CENSURA Y APROBACIÓN ECLESIÁSTICA


ILMO. Y RVM0. SR.:

Cumpliendo el superior mandato de V.S.I., que me fue comunicado el 20 de los corrientes, he leído el manuscrito titulado «Influencia de la prensa periódica en la cultura e ilustración de los pueblos» su autor D. Vicente Calatayud y Bonmatí. Al emitir, dictamen sobre dicho manuscrito, puedo asegurar a V.S.I. que su lectura me ha proporcionado una verdadera satisfacción. Conocido ya su autor por otros trabajos literarios y científicos que ha publicado, su nombre garantiza la bondad y el mérito del que me ocupo. Dar a conocer el periodismo tal cual hoy es, señalar el espíritu que lo informa y exponer los deplorables efectos que produce, es el laudable fin que se propone en el desarrollo de su tema. Para proceder con claridad, distingue el periodismo sumiso a la autoridad de la Iglesia, de aquel otro que se arroga una autoridad soberana y reclama una libertad independiente del supremo magisterio de la Iglesia. Por eso, con lógica contundente y valiente frase, combate la última especie de periodismo en todas sus manifestaciones, lo mismo en el orden intelectual, que en el moral y político. Sombrío es, a la verdad, el cuadro que traza al describir los malos que produce en la inteligencia y en el corazón del individuo, así como en el cuerpo social; quizás parecerá exagerado a los que mal se avienen con la doctrina y con la pureza de la moral evangélica; pero es menester convenir en que las tintas que oscurecen y afean el cuadro, las ha tomado el autor de los funestos efectos que causa el señalado periodismo. No es culpa suya que la raíz esté viciada, y por consiguiente que el árbol dé tan amargos frutos. Es evidente que de fuentes canagosas nunca podrán extraerse, aguas limpias.

La manera misma de obrar de una gran parte de la prensa periódica viene a confirmar el juicio emitido por el señor Calatayud, pues es un hecho harto reconocido que no responde a la misión que debe llenar el periodismo, esto es, servir a la verdad; cuando por el contrario se le ve aplicado con ardor a difundir errores, a incitar las pasiones, y a servir a partidos, que si luchan frecuentemente entre sí, no por eso dejan de juntarse para combabir los derechos Sagrados de Dios, y lastimar los intereses legítimos de Su Iglesia. «La mala prensa,—decía Pío IX a los representantes del primer Congreso Católico Italiano,—grita contra vosotros; pero desde el momento en que es solo eco de grandísimo número de hombres perversos, no debe causaros maravilla su crítica.»—«Ciertos diarios que circulan, decía en otra ocasión, no entre tinieblas y en secreto, sino abiertamente, manchados con la baba más venenosa del infierno, pintan cada día con negros colores, o ridiculizan, y desprecian a hombres honrados, sólo porque son católicos o ministros de la Iglesia. Y su imprudencia llega al extremo de blasfemar de los Santos, y del mismo Rey de los Santos, Jesucristo nuestro Salvador.»

¿Y qué males no causa, Ilmo. Señor, en el seno de la familia? Aflige ciertamente ver a la mujer cristiana, tan aficionada al folletín del periódico, como olvidada de la lectura de libros piadosos, únicos que pueden fomentar la piedad en su corazón destinado a exhalar el puro aroma de la virtud entre el esposo y sus hijos queridos. También estos por desgracia se aficionan desde muy temprana edad al periódico, y así vienen a perder el gusto de estudios serios y útiles, de donde se sigue la pérdida de tantas inteligencias que han debido brillar en una carrera y se secaron en flor. Lean, pues, sin preocupación los padres de familia el escrito de que hablo, y aprendan una vez a conocer la causa generadora de tantos males, y arrojen con desdén de su casa ese huesped que les visita para arrebatar insensiblemente la fe del niño, el pudor de la hija, y arrancar del corazón el amor a la virtud. Tengan siempre en su memoria este aviso del inmortal Pío IX, que hablando de los impresos prohibidos, dijo: «Todo lo más, que se sirvan de ellos los artistas, mas para destinarlos a operaciones mecánicas; que se sirva de ellos el herrero, mas para encender la fragua; que se sirva de ellos el zapatero, mas para envolver la resina; que se sirva de ellos el sastre pero cuando mida con ellos su ropa; esté persuadido de que estos impresos traspasan toda medida en la iniquidad.» ¿Ha dicho más el Sr. Calatayud al exhibir en toda su repugnante malicia al periodismo, ídolo a quien la época actual quema tanto incienso de adulación, y rinde culto de vergonzosa apostasía?

Por todo lo expuesto, Ilmo. Señor, el que suscribe entiende que el escrito que ha leido y examinado contiene doctrina sana, y juzga oportuna su publicación, llamada a producir saludables efectos en los que de católicos se precian. Esto no obstante, V.S.I. en su alta sabiduría resolverá lo que estime conveniente, que siempre será para el que dice lo más acertado.

Orihuela 24 de Agosto de 1890.

Ilmo. y Rvmo. Sr.:
Su más humilde súbdito,
PEDRO ROCAMORA,
Canónigo Penitenciario.

Ilmo. y Rvmo. Señor Obispo de Orihuela.


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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999