Julio
Llamazares

Mi visión de la realidad es poética



Yolanda Delgado Batista

 

Pocos somos los afortunados a quienes se nos presenta la ocasión de provocar un encuentro con uno de los escritores a los que admiramos no solo por las palabras que nos regala cuando sostenemos sus libros en nuestras manos, sino por los sentimientos que destilan y que siento míos. Sí, Julio Llamazares es uno de los creadores más sólidos y consecuentes de la literatura española actual. Este autor, enemigo de encasillamientos y definiciones, a la sombra del cuasi anonimato, disfruta libremente sus paseos por los barrios de Madrid, para luego retirarse, en silencio, a su oficio. Allí, en su taller —como el artesano—, pule y da forma a esa materia mágica que son las palabras. Fue en una de estas calurosas tardes de julio cuando tuve la suerte de disfrutar la compañía de Julio Llamazares, con quien conversé sobre literatura y cine.


(...) Pues, detrás, hay otro pueblo que le dicen Nocedo y que se llama así porque allí vivía el rey cristiano y, entonces, el rey Mon, que quería conquistarlo, iba y le decía desde lejos: "¿Cedes o no cedes?" Y el cristiano: "No cedo". Y, así un día y otro día hasta que el pueblo se quedó con Nocedo.
(El río del olvido)

P.- TÚ, QUE ERES UN CONTADOR DE HISTORIAS, ¿POR QUÉ CREES QUE LOS SERES HUMANOS NECESITAMOS HISTORIAS?

R.- En este tipo de cosas se suele contestar con frases contundentes y lapidarias. Pero a mí no se me ocurre ninguna. Lo que si sé es que desde el origen del hombre está la necesidad de contar y de que te cuenten historias. En la infancia lo primero que pedimos es que nos cuenten cuentos y cuanto más fantásticos mejor. En las noches de las tribus africanas o europeas enseguida alguien empieza a contar historias. Decía Juan Cruz, tu compatriota, que las novelas son historias que contamos para olvidar otras historias. Y yo creo que hay parte de razón. Las novelas son historias que la gente lee para olvidar otras historias que les están ocurriendo. Aunque no siempre. Yo creo que, en parte, sí hay un aspecto de evasión de la realidad a través de la fantasía y, por otro lado, ocurre lo contrario, que también son historias que nos ayudan a interpretar la realidad y a conocer nuestra propia historia.


Mi voz será como un paréntesis de duda

(La lentitud de los bueyes)


P.- ESTUDIASTE DERECHO, ¿CÓMO SURGIÓ TU VOCACIÓN LITERARIA?

R.- La literatura es algo vocacional en sentido estricto del término, no en el sentido religioso. Yo desde que me recuerdo a mí mismo, desde que tengo uso de razón o de memoria, me recuerdo escribiendo. En mi entorno no había nada que me empujara hacia la literatura. De pequeño vivía en un pueblo minero donde no había ni un libro seguramente. Digamos que no tenía un ambiente precisamente literario, sino todo lo contrario. Y, sin embargo, siempre me recuerdo escribiendo o queriendo escribir cosas desde los ocho o diez años. Estudié Derecho por accidente, como digo, por exclusión. Pero yo sabía que lo que quería hacer era escribir y, bueno, ejercí de abogado un año. Trabajo en el periodismo como otra faceta de la literatura; para mí el periodismo forma parte de lo mismo, del afán de contar; y que tiene la ventaja sobre la literatura de que te permite, de una forma más inmediata, vivir de lo que haces. Pero no solo he concebido el periodismo como un paso hacia la literatura, porque ahora —que podría dedicarme solo a la literatura— sigo haciendo periodismo porque me gusta.

 

Fue el principio del fin, la iniciación del largo e interminable adiós en que a partir de entonces, se convirtió mi vida. Como la luz del sol, cuando se abre una ventana después de muchos años, rasga la oscuridad y desentierra bajo el polvo objetos y pasiones ya olvidados, la soledad entró en mi corazón e iluminó con fuerza cada rincón y cada cavidad de mi memoria.
( La lluvia amarilla)


P.- TU FORMA DE ESCRIBIR ESTÁ MUY PEGADA A LA TIERRA. PODRÍAMOS DECIR QUE ERES UN ESCRITOR ROMÁNTICO.

R.- Sí, creo que soy un escritor romántico, aunque es una palabra muy devaluada últimamente. En el sentido original que es el de la conciencia de escisión del hombre con la naturaleza, de la pérdida de una edad de oro ficticia porque nunca ha existido. En ese sentido soy un escritor romántico, sobre todo porque me tomo la literatura como un fin en sí mismo y no un medio para algo, para ser famoso, para hacerme rico, para lo que sea. Para mí la literatura es un fin en sí mismo y, en ese sentido, soy un escritor romántico. Los temas que abordo no los elijo yo, porque creo que el escritor no elige los temas, sino que los temas le eligen a uno en función de su propia vida, de su trayectoria personal, pues esos también son temas que entran dentro de la órbita del romanticismo. Yo creo que el propio hecho de escribir es una actitud romántica, es un acto de romanticismo.

P.- Y SIEMPRE EN SOLEDAD...

R.- El acto de escribir es un acto solitario. Escribir es un vicio solitario. Lo que ocurre es que en estos últimos años —no conozco las razones— se ha convertido en una actividad prestigiada socialmente. Entonces al escritor se le exige también que sea personaje social. Yo no estoy de acuerdo con eso. No estoy dispuesto, sobre todo por carácter. Yo soy —tímido no tanto— poco sociable. Soy sociable con la gente que quiero y tengo confianza, pero no me gusta ir de escritor por la vida. Me parece una falacia. Y de la literatura lo único que me interesa es escribirla o leerla. Todo lo que hay en torno a la literatura: el mercado, el glamour..., me parece una mentira que no tiene nada que ver con la literatura y, sobre todo, lo que hace es impedirte escribir normalmente.

P.- ¿NO CREES QUE TANTO A LA LITERATURA ESPAÑOLA ACTUAL COMO AL CINE LES FALTAN ARGUMENTOS CAPACES DE REFLEJAR REALIDADES MÁS CERCANAS?

R.- El cine, la literatura, el periodismo, y muchos de las actividades sociales y culturales de la España de los últimos veinte años han estado muy contaminados por este afán de modernidad que nos entró a todos a raíz de la normalización del país. De repente España, que era un país de medio pelo, se ha creído —seguramente por complejo de inferioridad— el país más moderno del mundo y para ser modernos lo primero que había que hacer era no responder al arquetipo de lo español y recordar de dónde venimos y quiénes somos. Esto es un grave error que pagaremos y que estamos pagando ya en todos los sentidos porque de repente la cultura de cartón piedra responde a unos arquetipos prefijados por una serie de personas que dicen por dónde tienen que ir las cosas, cuando el país es el que es y la realidad es lo que es.

Y por eso decía yo, a propósito de Flores de otro mundo [película dirigida por la directora española Iciar Bollain y guión de Llamazares, que obtuvo este año el Premio de la Semana Internacional de la Crítica en el Festival Internacional de Cannes], de Barrio de Fernando León, de Solas de Benito Zambrano, que el cine, entre otras cosas, como la literatura, entre otras cosas, siempre tienen que ser reflejo de su tiempo. En España no lo ha sido en los últimos años o no lo ha sido en todo. Si tú tienes que entender este país a través de las películas que se han hecho en los últimos veinte años sobre todo las películas que más éxito han tenido dentro y fuera de España, verás un país que no tiene nada que ver con éste. Es decir, fuera de España el cine que se conoce fundamentalmente es el de Almodóvar. En Canadá o en Polonia deben pensar que España es un país de travestidos, de modernos de diseño, y España es eso en una mínima parte pero sobre muchas más cosas.

Sobre todo lo que quería decir, y eso pasa en el cine y en el periodismo y en la literatura, es que hay un fenómeno de ensimismamiento, de autocomplacencia que consiste en que las películas hablan de lo que le pasa a la gente que trabaja en el cine, no de la gente que pasa por la calle, y la literatura —mucha literatura— habla de los que se dedican a la literatura y no de lo que pasa a la gente que anda por la calle. La cultura española — según muchos de los que la teledirigen o de los periodistas— ha vivido una época de vacas gordas. Creo que no es exactamente así, que ha habido más ruido que nueces.

P.- ¿VISLUMBRAS UN CAMBIO?

R.- Está cambiando; como todo, se va a normalizar. Todo se habrá de normalizar. Pasando esa especie de fiebre de modernidad y de esa repentina riqueza de los pobres de comba que nos entró a todos, pues España va a ser, en todos los sentidos —está siendo ya—, un país que está avanzado muchísimo en muchísimas cosas, pero no precisamente en la cultura. España ha avanzado mucho políticamente, económicamente, pero culturalmente ha vivido en una especie de campana de cristal, en una especie de nube de autocomplacencia que se va desvaneciendo. Yo creo que todo volverá a la normalidad y la literatura volverá a hablar, como el cine y como el periodismo, de las cosas que realmente importan a la gente, no de las cosas que determinadas personas dicen que le importan a la gente.


Con la primera palabra nace el miedo y, con el miedo se incendia la hojarasca del conocimiento y del olvido.
(La lentitud de los bueyes)

P.- ¿POR QUÉ OLVIDASTE ESCRIBIR POESÍA?

R.- Porque se me olvidó rezar. Escribir poesía, yo creo, es escribir oraciones laicas y hubo un momento en que a mí se me olvidó rezar, como también se me olvidó rezar en la iglesia. Pero yo creo que sigo haciendo poesía en todo lo que escribo, porque mi visión de la realidad es poética. Mejor o peor, pero poética en el sentido de aplicar una cierta subjetividad límite a la contemplación. Creo que la literatura, si no tiene un substrato poético no es literatura. Son historias que se cuentan, sin más, pero lo que da un plus a un relato, a una historia, lo que hace que se convierta en literario, es el substrato poético y yo he procurado mantener ese substrato, que he heredado de cuando escribía poesía, incluso en el tratamiento del lenguaje —que es lo que es la literatura—.

 

Amasar la memoria es bondad de alfareros, lentitud de veranos de fabulación.
(Memoria de la nieve)

Yo creo que la labor de un escritor es contar de la mejor manera posible; de los miles de millones de formas de contar una historia, tratar de contarla de la mejor manera posible. No se trata de contar una historia por contarla, sino de sacarle el máximo jugo a esa historia, y eso solo se consigue a través de la manipulación del lenguaje. Otros trabajan manipulando hierro, manipulando la piedra…, el escritor trabaja manipulando el lenguaje y creo que la labor del escritor, en cierto modo, es como la labor de los ríos que van puliendo las piedras hasta que producen una música determinada en el agua. Los escritores hacemos eso, lo que yo entiendo por escritor: limamos, pulimos las palabras como si fueran piedras hasta que producen una música y una poesía determinada que es la que uno pretende.

 

(...) La discusión se extiende, cada vez más enconada, por los mismos derroteros y argumentos de todos los veranos. Los asturianos insisten en la vieja sentencia de que Asturias es España y el resto tierra conquistada y Socorro -la bayeta en mano- se defiende diciendo que León es, en efecto, una provincia conquistada pero no por los moros, sino por los borrachos asturianos.
(El río del olvido, 58)


P.- ¿ESTÁS DE ACUERDO CON QUE TU LITERATURA ESTÁ COMPROMETIDA CON EL MUNDO RURAL?

R.- No es exactamente eso; eso sí que es el Romanticismo, la escisión entre el hombre y la naturaleza. Lo que ocurre es que simplemente yo vengo de un mundo y he sido transplantado a otro, como le ocurre por otra parte a la mitad de los españoles en primer o segundo grado. Decía Julio Caro Baroja que durante miles de años en Europa se vivió sustancialmente igual. Cambiaban cosas, pero se vivió de la misma manera; y en este siglo y sobre todo en España, más tarde que en el resto de Europa, se produjo el gran cambio cultural, que fue el cambio de la cultura rural a una cultura urbana. Esa escisión entre una cultura y otra yo la he vivido personalmente, porque nací, me crié los primeros años en lugares pequeños, y luego toda la vida he vivido en ciudades. Ese salto de una cultura a otra, esa sensación de escribir y de pérdida, aunque sé que no se puede volver atrás —ni yo querría volver atrás—, creo que forma parte de mí y por eso hablo de ello; no porque lo añore, sino porque, como la mayor parte de los escritores, bien por ese afán de modernidad, bien porque su propia vida es diferente, hablan de una sola de las dos Españas. El hecho de que haya alguien que se preocupe —porque yo también escribo historias que pasan en ciudades y en lugares lejanos—, el que alguien se preocupe de una manera más intensa de ese otro mundo, ya parece que se ha especializado y que lo reivindica. Yo no reivindico nada, simplemente que yo soy eso. Yo soy alguien que viene del mundo rural y vive en el mundo urbano. Ni reivindico el mundo rural ni lo añoro, ni hago una alabanza de aldea y menosprecio de corte porque si no yo no estaría aquí. Pero quizás destaca más porque, como vivimos en un país que es el que tenemos, pues parece que nadie quiere preocuparse de estos mundos que están ahí, que desaparecen, y el hecho de que alguien se preocupe de ello, parece que se especializa en ello. Yo no quiero especializarme en ello, pero, simplemente, a mí me afecta.


Hombres valientes, acostumbrados desde siempre a la tristeza y soledad de estas montañas.

(La lluvia amarilla)

P.- COMO MUY BIEN LO REFLEJA FLORES DE OTRO MUNDO, LOS PUEBLOS ESPAÑOLES EMPIEZAN A SER REPOBLADOS DE UNA MANERA MUY ORIGINAL: AHORA LLEGA GENTE DE OTROS SITIOS Y DE OTROS PAÍSES. ESTO TRAE CONSIGO UNA TRANSFORMACIÓN BRUTAL DEL MUNDO RURAL.

R.- Eso está ocurriendo mucho; no es algo anecdótico. Iciar Bollain y yo encontramos viajando por Guadalajara, por Soria, por Teruel muchísimas parejas de este tipo. Yo creo que eso no va a solucionar nada, lo único que delata es una desesperación. Una soledad tan profunda que la gente busca soluciones a veces disparatadas. Igual que la desesperación del hambre llevó a la gente a conquistar América y obligó a mucha gente a irse de muchos pueblos de Extremadura, ahora son los americanos los que vuelven. Yo creo que esta película pone el dedo en la llaga en un problema muy, muy grave y muy marginado, porque la prensa no habla de él si no es de forma esperpéntica, casi folklórica y risible, que es la soledad de la gente del campo. España está llena de pueblos habitados por gente sola que no tiene ninguna posibilidad de salir de ahí y que se busca por sí misma soluciones disparatadas, desesperadas y un poco esperpénticas, como la de traerse mujeres de América. Pero es algo que está ocurriendo. En ese sentido, la película de lo que habla es de la soledad, de la soledad de la gente; de las chicas dominicanas o cubanas sin ninguna esperanza de vida; y de la soledad de unos solterones perdidos por los pueblos de España que se juntan para buscar una solución común, lo que no parece que sea una solución muy fiable.

P.-ADEMÁS, CON UNA REALIDAD MUY DIFERENTE A LA QUE VIVIERON NUESTROS PADRES Y NUESTROS ABUELOS; SE PERDERÍA CIERTA IDENTIDAD.

R.- Se crearía otra; si funcionara, llegaría un momento que veríamos en la provincia de Teruel a un labrador africano en un tractor, lo mismo que ocurrió en América. En realidad, de lo que habla la película no es tanto de la inmigración, sino de la soledad, la soledad de la gente, de cómo huye de la soledad buscando fórmulas, las que sean, para salir de ahí.

Hasta el momento, Julio Llamazares ha escrito cinco guiones cinematográficos. En 1984 escribió y protagonizó Retrato de un bañista, dirigida por José Mª Martín Sarmiento. Tres años más tarde, el director Julio Sánchez Valdés contó con su colaboración para llevar a la pantalla su novela, Luna de lobos. En 1995 escribió el guión de El techo del mundo, que dirigió Felipe Vega. Ya en este año, Llamazares ha escrito el guión de la última película de Iciar Bollain, Flores de otro mundo.

P.- ¿CÓMO NACIÓ TU VINCULACIÓN CON EL CINE?

R.- De una manera accidental. A mí el cine me gusta mucho, he visto mucho cine pero nunca me había planteado escribir nada para el cine. La primera cosas que escribí fue a raíz de la adaptación de una novela mía, Luna de lobos. El director, Julio Sánchez Valdés, me propuso escribir con él el guión y la verdad es que me encantó la experiencia, porque es muy diferente de escribir solo una novela a larguísimo plazo. Escribes con otro, discutes y luego lo ves en imágenes al acabar. Es otra forma de escribir. A raíz de esto fui entrando en una inercia y ya el propio Julio contó conmigo para su siguiente película.

P.- ¿NO FUE RETRATO DE UN BAÑISTA TU PRIMERA COLABORACIÓN?

R.- Fue una colaboración mínima anterior a Luna de lobos en la que, además, salgo de actor. Fue una experiencia, casi un divertimento.

 

P.- [El pueblo leonés de Vegamián quedó sepultado para siempre en el fondo del embalse del Porma, en las montañas de León. En una ocasión fue vaciado y entonces el pueblo surgió del lodazal. Esta circunstancia fue aprovechada por Martín Sarmiento para rodar Retrato de un bañista, con Julio Llamazares como protagonista.] EN LA PELÍCULA DE JOSÉ MARÍA MARTÍN SARMIENTO APARECÍA VEGAMIÁN, TU PUEBLO NATAL, EMERGIDO DE LAS AGUAS. ¿QUÉ RECUERDO GUARDAS DE AQUELLO

R.- Es muy difícil de describir. Hay que tener en cuenta que yo apenas viví allí, que apenas tenía raíces allí. Mi familia era la familia del maestro y cuando comenzaron a construir el embalse se fue. No tenía abuelos, ni hubo generaciones viviendo allí, pero la sensación de volver al lugar donde nací y verlo lleno de lodo; Entrar en tu casa, en las habitaciones que todavía están allí, llenas de barro y de truchas muertas… es una sensación muy difícil de describir. Yo creo que es de las experiencias que marcan a uno.

Terminamos la entrevista hablando de su reciente viaje a Israel, donde pronto, además de su ya traducida Luna de lobos, se podrá leer La lluvia amarilla y Escenas de Cine mudo. Por fin, en un acto romántico, pude entregar a Llamazares la imagen que me asalta siempre que leo su poesía, poesía que lucha derrotada contra el óxido del tiempo que amarillea el paisaje de nuestros caminos.


© Yolanda Delgado Batista 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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