Espéculo

Reseñas, críticas y novedades

Hernán Rivera Letelier

Fatamorgana de amor
con banda de música

      


Desde la introducción de la imprenta, y el fatal desarrollo de la costumbre de leer entre las clases medias y bajas del país, ha habido en la literatura una tendencia a apelar cada vez más a los ojos, y cada vez menos al oído, que es, sin embargo, el sentido que, desde un punto de vista puramente artístico, debería tratar de halagar, y por cuyos cánones de placer debería regirse siempre.
Oscar Wilde, El crítico como artista


Si prescindimos de las connotaciones aristocráticas de la cita del comienzo, no le faltaba razón a Oscar Wilde al señalar que la palabra literaria tiene su origen en el placer acústico-musical. E.A. Poe decía que había que componer poemas como si se tratara de una partitura, manejar las sílabas como notas musicales. En muchos sistemas culturales, antiguos y modernos, el oído tiene su reino en el mundo literario. El por qué se desplaza nuestra escritura hacia la vista, que es el medio y no el fin, quizá tenga que ver con la pérdida de la lectura en voz alta, por lo que ya no sería un desplazamiento sino una falta de educación acústica.

La novela de Hernán Rivera Letelier (Talca, Chile 1950) es un placer acústico. Fatamorgana de amor con banda de música, desde la musicalidad de su título combina a la perfección lo que la buena literatura debe hacer: la imaginación con el oído. Ritmo y sonoridad se han perdido en beneficio de una prosa rápida y carente de continuidad.

Compruébese en este fragmento de la extraordinaria escena del dolor enloquecido de Cantalicio del Carmen, disfrazado de diablo, en la que Hernán Rivera Letelier construye una frase continua de varias páginas de extensión:

... se asoman los lacios borrachos de los días lunes burlándose y riéndose de las maromas del pobre Diablo que parece se le corrió una teja, se le soltó un tornillo, se le cayó una chaucha, mírenlo nomás cómo bota, cómo rebota, si parece pirigüín cómo cabriolea el muy cabrón, fíjense cómo toca el bombo con sus dedos de alicate, y él, impávido, sin tregua ni descanso, al son implacable del bom, bom, bom-bom-bom de su bombo retumbante sigue bailando, sigue saltando por las calles arenosas, sigue pirueteando bajo la luz mortecina de los faroles públicos recién encendidos, entre el ladrido de los perros y un bullicioso tropel de niños que se amontonan a su alrededor cada vez que se detiene frente a un poste como si fuera el Calvario y se arrodilla y se persigna fervoroso, consternado, y, tal como hace en la fiesta de La Tirana cada año, canta con voz lastimera, que le abran las calles, que le den el camino, porque ya ha llegado a su santo destino, que cansado ha llegado buscando a María por cerros y pampas con toda alegría, y luego se para haciendo reverencias y se persigna de nuevo y de nuevo sigue bailando calle arriba, brincando calle abajo, volatinando como perdido, como empampado buscando agua, pero lo que él busca es el templo, la iglesia, la Casa de Dios que no encuentra por ninguna parte, ¿es que acaso en este pueblo maldito no había una iglesia, una capilla miserable, una parroquia siquiera, por Dios santo?, y los niños, riendo zumbones, le indican para uno y otro lado, le apuntan para allá y le apuntan para acá, y él, siempre bailando, siempre saltando, empapado en sudor, con sus piernas larguiruchas ya flaqueándole de cansancio, se dirige para allá y se dirige para acá y el campanario de la iglesia no se divisa por ninguna parte, ni siquiera una cruz se ve en este pueblo malaventurado, pero él tiene que encontrar el templo...

No es solo el desarrollo polifónico de la frase, la conjunción de voces en el interior del texto, como un coro que rodeara al solista acompañándole, es el ritmo poético musical que permite incluso la inserción de la música misma en forma de canción:

canta con voz lastimera,
que le abran las calles,
que le den el camino,
porque ya ha llegado
a su santo destino,
que cansado ha llegado
buscando a María
por cerros y pampas
con toda alegría,
y luego se para haciendo reverencias y se persigna de nuevo y de nuevo sigue bailando calle arriba, brincando calle abajo...,

La introducción de la canción no rompe el ritmo, sino que lo provoca. La prosa se contagia del propio ritmo de la canción en los momentos de mayor intensidad lírica. En la velocidad, la locura, la intensidad del momento, nos encontramos cantando. No se nos pide mirar, sino cantar: formar parte del coro que acompaña el momento trágico del personaje.

Rivera Letelier comenzó en la poesía y en el cuento y quizás esto explique algo de lo que estamos diciendo. Quizás explique por qué esta prosa reclama ser leída, entonada, recitada, como si de un poema o un cuento se tratara. La prosa necesita sonido, como las películas mudas a las que la protagonista pone música de acompañamiento con su piano, como la realidad misma, seca sin música. "Dios anidaba sobre todo en la música y en la poesía" (p. 232), creía Golondrina. Y así a Bello Sandalio "lo amó sin partitura, sin red protectora, sin botellita de agua para el camino. Lo amo a capella, a pie descalzo, a puro pelo" (p. 180). Música densa, música del cuerpo, que lo arrastra fuera de sí a componer la melodía con la música que surge del otro.

Esta fatamorgana, este espejismo de amor con banda musical no hace solo alusión a su argumento y protagonistas, unidos por la musica, el piano y la trompeta, sino a la propia composición de la obra, plenamente musical.

Parece ser que algunos han querido etiquetar esta obra como una novela "proletaria". Nada más lejos de la realidad. Independientemente de lo que pueda ser eso a estas alturas, su carácter de fatamorgana, de espejismo, nos lleva a una novela —política, sí— pero estilizada por su tratamiento, que la acerca más a la fábula, a la ensoñación. Ese pueblo surgido de la inmensidad de la nada del desierto, que rompe brevemente la horizontalidad del paisaje irreal de un mundo seco, no es ni el mundo de Zola ni el de Gorki. Es más el mundo del fabulador, del cantor que sublima la pobreza y la riqueza humana en tipos y espacios para construir un universo propio y, a la vez, compartido, suyo y de los otros. Hay una imaginación que se distancia de la realidad y la falsea; hay otra que nos lleva a ella por otros caminos que no son los del espejo, sino los del espejismo. La novela de Rivera Letelier no es un espejo a lo largo del camino, como reclamaba Stendhal; es la imagen fantasmal que el desierto produce desde la distancia. Es lo que llega de una historia después de haber pasado por boca de muchos, una mezcla de realidad y fantasía, un retrato de colores intensos y voces míticas, de leyenda.

No, la novela de Rivera Letelier no es "proletaria"; es popular, en el sentido de cómo el pueblo hace suyas las historias de su pasado: agrandándolas, embelleciéndolas, sublimándolas, mitificándolas... El mundo de lo popular es lírico, intenso, emocional; un mundo de héroes como le gusta al pueblo, rabelesianos, exagerados, tiernos, llenos de humor y vitalidad. El mundo popular es el del destino, el de la fatalidad, en el que nunca se ganan las batallas porque el pobre nunca gana y solo le queda su dignidad, que es la victoria del futuro. Así, los personajes de esta novela se mueven entre el rico detalle y el arquetipo, portadores de sus dramas, que son los de todos. Sus mismos nombres suenan a leyenda: Bello Sandalio y Golondrina del Rosario. Personajes impregnados de romanticismo auténtico, impregnados de Chopin y Bécquer, de música y poesía, elementos que cuando se saben conjugar —como buscaron los románticos—, se unen produciendo la intensidad de esta novela.

Joaquín Mª Aguirre Romero
Universidad Complutense de Madrid

17/07/99

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero12/rivera.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999