Espéculo

Reseñas, críticas y novedades


Carlos Pujol

Cada vez que
decimos adios

     


 

En esta nueva entrega de Carlos Pujol, uno de nuestros más valiosos críticos literarios y él mismo autor avezado en la transferencia de géneros -de la poesía al ensayo, la biografía y el relato- la narración posmoderna logra una nueva "vuelta de tuerca" que tal vez no sea sino la genial aplicación de los antiguos tópicos clásicos de la mímesis. En efecto, tal como nuestros antepasados entendieron la imitatio, a modo de pértiga sobre la que ejercitar la propia destreza, una vez reconocidos y cuplimentados los esquemas maestros de cada género, en esta novela Pujol busca el parentesco con aquellas viejas figuras de la novela negra, -sin duda, añoradas- al tiempo que recrea el intimismo de la bildungsroman.

Así pues, Cada vez que decimos adiós, en su tributo a la novela de espionaje y policiaca, nos presenta un protagonista masculino, distanciado como narrador, y hasta en ocasiones perplejo y desorientado. Un personaje que, a pesar de sus bravatas, no despierta las sospechas del lector, como suele suceder en todas las novelas policiacas que se precian. Se trata de un joven profesor de español, único especímen de la cultura latina en una ciudad escocesa donde tienen lugar crímenes inexplicables, donde se mezclan y confunden pistas y sospechosos, y en que la irracionalidad de la intriga acaba por desquiciar al lógico y frío inspector, pieza inevitable en el género. Pero la melancólica cita de la novela negra introduce sus versiones, sus variantes. Así pues, el héroe de la novela, a pesar de su ironía y su sarcasmo, no es ni cínico, ni desalmado. Ni siquiera mujeriego. Molly, la propietaria del local en que se amontonan figuras de porcelana, pasteles de colores, y cerveza de variadas marcas, será el único ejemplo de mujer fatal en la novela. Al igual que sus predecesoras en el género, atracción e interés no pueden separarse por completo de sus intenciones (estaría dispuesta incluso a casarse con su joven protagonista, pese a la diferencia de edad; o al menos, a vincular a Billy a alguna de sus díscolas hijas). Pero entretanto, como en la bildungsroman, tiene lugar para Billy la revelación de la mujer ángel, Theresia, por la que el personaje concibe una pasión tan pura como irrealizable. Toma cuerpo de este modo una de las situaciones típicas de la novela de aprendizaje, el vaivén entre la mujer experimentada, en cuyos brazos ha de madurar la virilidad, y la sublimación de la mujer ángel, o estrella, polo orientador, casi irreal a fuerza de excelsitud. Sin embargo, este protagonista, alejado del canon del héroe épico de la serie "noir", resulta mucho más convincente y humano. Su aventura en las lindes de la legalidad repercute en el desarrollo de su autoconciencia, índice de la madurez afectiva e intelectual. Se trata de un héroe distinto: ni fuerte, ni atractivo o poderoso, tampoco insensible, que, sin embargo, arriba al mismo destino de sus predecesores:

En la línea del género, la novela arranca de un acontecimiento inevitable, un crimen, y se remonta hasta las causas de éste y otros delitos inexplicables, a través de varias entrevistas entre policía y sospechosos de las que no resulta sino la confusión creciente y el malentendimiento, la niebla de la incomunicación (tal vez la misma que la niebla de la ebriedad). Otros elementos argumentales continúan su homenaje a la novela y el cine negro: venenos, falsas pistas, el cebo del criminal, la supuesta ineptitud de la policía, el ambiente tabernario, incluso el cura católico tan propio de las películas de Hitchcock. Como de costumbre, el primer crimen inexplicable no es sino el desenlace de una trama previa, la manifestación de un enredo urdido previamente. A la postre los hechos se muestran como impostura: el orden no encuentra sede, la belleza es huera, el inocente o ignorante sabe más de lo que sospechábamos. Y en definitiva, nada es lo que parece. Es esto algo que el protagonista conocía desde el principio, razón por la que sus angustiadas preguntas acerca de la propia identidad, el destino, la trascendencia, tienen cierta fundamentación. El amor ha servido no tanto para recuperar el yo perdido anteriormente como para autodescubrir la identidad: un español en Escocia no puede sino regresar a su patria. Y todas estas decisiones se toman de modo casi casual, pues en el fondo, así es la vida. Podrían haber sucedido estas y otras cosas, y tal vez la desidia, la incapacidad o la apatía nos arrojan a un destino que nos resulta indiferente.

Como botón de muestra del desinterés de los personajes en su propia historia valen quizá su expresiones, lapidarias, dogmáticas, y certeras, a propósito de futilidades o de argumentos obvios. Y probablemente, para ocultar la ternura, el desamparo y la infelicidad unos se brindan al laconismo y otros a la parlería.

Entre la ironía y la sensibilidad, pudiera ser éste el parámetro en el que ubicar al narrador de esta historia, agudo y desengañado, pueril y profundamente cercano al lector.


Pilar Vega Rodríguez
Dpto. Filología Española III (UCM)
11/01/2000

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/c_pujol.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999