EL ABISMO PRESENTIDO

(CARTOGRAFIAS DE LAS SENSIBILIDADES DE FIN DE SIGLO)

 

Carlos Fajardo Fajardo
carfajardo@hotmail.com


DE LA DIFERENCIA A LA INDIFERENCIA

Caminamos por el desierto; un "desierto paradójico", contradictorio, lleno de abismos, cimas, sedentarismos y horror. Cada día tropezamos con fragmentos de árboles calcinados, esparcidos por todas partes. Son árboles que alguna vez fueron frondosos, puntos de guía para los extraviados. Hace poco constituían el bosque de una modernidad hoy en vías de extinción. Muchos de nosotros vimos aquellas señales y gracias a ellas tuvimos menos miedo, nos desesperanzamos de forma distinta a la que hoy se registra y asume.

Se dice que la deserción es preocupante. El desierto se apresura a tomar como rehenes a los incrédulos. Crece una tierra fértil para las apatías. Algunos años atrás asumimos las nociones de Vanguardia, exploración, ruptura y, sobre todo, de Diferencia. Ser diferente era transmutar un orden, dar valor a una actitud de explosión, comunicar nuestra no satisfacción. La modernidad nos brindaba – y tal vez nos siga brindando – la crítica y la tensión analítica. Incursionar en la transgresión implicaba respirar en una atmósfera llena de peligros. Utopía y peligro; exploración y aventura, sintetizados en dos fines: ser rebeldes o revolucionarios. Pero esto se ha ido extinguiendo, y parece que a nadie le importa. Ni siquiera existe angustia metafísica; no inquieta la muerte de las grandes teleologías. Ante el desencanto de lo moderno y la desentronización de monumentos ideológicos, no se asume un nihilismo combativo. No, lo que se siente es indiferencia. "Relájate y goza", parece decirnos la época. No denuncies, descansa; observa actuar el mundo, dándote un baño de espectáculo a domicilio.

Es indiscutible: entramos a la condición transpolítica finisecular. "Seres políticamente indiferentes e indiferenciados, andróginos y hermafroditas" que "hemos asumido, digerido y rechazado las ideologías más contradictorias llevando únicamente una máscara, y transformándonos en nuestra mente, sin saberlo quizá, en travestis de la política"(1). Expulsados del Ser político, penetramos al campo de combate como peregrinos que lo observan equidistante, igualándolo con cualquier programa de divertimento. Al tratar de actuar en lo "real-real" chocamos con lo "real-simulado", con la transrealidad, o mejor, con la desrealización escenográfica. Actores, entonces, en las tablas de la simulación, hemos perdido realidad, capacidad ontológica para distinguir los "entes ahí", los cuales, según Paul Virilio, han pasado al "ya no ser ahí" gracias a la telemática.

Escuchemos a Lipovetsky: "indiferencia por exceso, no por defecto, por hipersolicitación, no por privación. ¿Qué es lo que todavía puede sorprender o escandalizar? La apatía responde a la plétora de informaciones, a su velocidad de rotación; tan pronto ha sido registrado, el acontecimiento se olvida, expulsado por otros aún más espectaculares"(2). Nuestra hazaña está en la capacidad que hemos adquirido para distanciarnos de los hechos. Entre más alejados estemos del estruendo, mayor es nuestra diversión; en tanto más miremos con ojos ajenos, mayor será nuestra satisfacción. Poco importa el macro-futuro, los proyectos históricos. Libertad, emancipación, son suplantadas por micro-proyectos privados, personalizados. Consumo, uso y deshecho, he allí tres grandes imaginarios emocionales para lograr la felicidad. Postindustrialización masiva y transnacional. Para el hombre posmoderno, apabullado por una economía de mercado que le ofrece variedad y cantidad, todo es posible: puede escoger, llenar, seducirse. Democracia aparente de los gustos. El posmoderno no sufre de angustia traumática, sufre de llenura por exceso de mercado. Así, su deserción se da, sobre todo, cuando no logra abarcar ese vacío global del marketing. De allí la banalidad, la cursilería de sus ademanes. El estress ante el fracaso de la no adquisición –tanto económica como sexual- es el síntoma de una esquizofrenia sutil y simulada.

Relajarse es lo mejor, pero hacerlo es quedar sin defensas, vulnerable ante los golpes de la masificación intrascendente. Por ello, la indiferencia es una traumática situación que afecta no sólo al micro-espacio privado, sino la relación con el otro. Imposibilidad de habitar la otredad; soledad en el vacío; vacío y aislamiento. No es la soledad rilkeana creativa, sino la soledad del grito. Del "infierno son los otros" que promulgaba J.P. Sartre, pasamos al infierno artificial de sí mismo.

Fin de la utopía heroica colectiva; principio de un narcisismo psicologizante y privado. Derrumbe del individualismo aventurero, audaz, fabricante, emprendedor, futurista, revolucionario o rebelde; inicio de un individualismo ecuánime, suelto, ligero, apático, ingrávido, lo que significa disperso y distraído. "Cuidar la salud, preservar la situación material, desprenderse de los complejos, esperar las vacaciones: vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible" (3). Dicho en otros términos, vemos cada día crecer un hombre psicologizado superando al hombre político. Ese es nuestro abismo presentido, un extenso y aterrador desierto. Las terapias narcisistas y hedonistas tratan de apaciguar el espacio de dolor dejado por las crisis del naufragio. Abandono de la esfera pública, entusiasmo por la esfera privada. La sensibilidad individualizada toma conciencia del "ego" marginando la conciencia política. El sujeto autónomo moderno, autoconsciente, crítico y con voluntad transformadora, ha sido desplazado por la idea terapéutica de un Yo excitado, inmediatista, saturado de información. Por lo tanto, todas las propuestas de una ética civil y ciudadana, junto a los conceptos de participación y pertenencia, van siendo desplazados por un "intimismo incivil" que destroza los cimientos de más de doscientos años de Iluminismo. Preocupante situación para un país como Colombia que no ha asimilado de forma democrática y real estas propuestas ilustradas; un país con un sonambulismo colectivo e individual, con sentimientos de marginalidad y aislamiento, cuyo desconcierto y pérdida de conciencia política, cambiada por el relajamiento ideológico, fomenta la inutilidad de la acción civil, caldo de cultivo para la indiferencia.

 

TEJEDORES DE NUDOS.

Hoy circulamos y fluimos por redes blandas, volátiles, aéreas. Redes ingrávidas que atraviesan espacios y tiempos convirtiéndonos en viajeros por invisibles hilos telemáticos. Este es el tiempo de entrelazamientos. Todo se conecta, se fusiona: lo particular con lo universal; tiempo de deslizamientos. La microelectrónica nos habita. Múltiples y diversos, ahora podemos tocar virtualmente espacios que sólo habíamos soñado con una imaginería ilusoria. El Todo ya está aquí. La red de redes y sus sistemas simulan esa totalidad aprehendida. Simultaneidad de lugares y tiempos, borrando fronteras, gracias a la capacidad de conexión en red que nos hacen cohabitar juntos, explotar en un mismo instante sin tener necesidad de aplazar el viaje. El mundo es inmediato en esta virtualidad. La ubicuidad, tan cara a los antiguos, está ahora al alcance de las manos. Concentramos los imaginarios de otros que habitan lejos de nuestra piel, de nuestros limitados cinco sentidos. Hemos construido una nueva forma sensorial: la existencia del otro en red, la telepresencia cinética. ¿Se habrá superado la ausencia de la otredad a través de su pantallización en el escaparate catódico? Si esto es así, construimos el ideal poético de presencia en la ausencia, fundación de una realidad a pesar de su lejanía; tendemos puentes al sueño metafísico de estar en todas partes y en ninguna.

Prolongados, deslizándonos como nautas ciber, nuestra sensibilidad actual se caracteriza por ser acumulativa de saberes. Múltiples e híbridos, nos hemos convertido en un gran Leviatán masificado, global. He aquí nuestros logros. "¿Qué enorme animal estamos construyendo? ¿Nosotros mismos?", se pregunta Michel Serres. Vamos hacia un monstruo con emocionalidad en red; un animal el cual ha descubierto que su localidad no está sola, que existen otras en una telaraña que la oprime. Lo global localizado, lo local globalizado. El paseante, prisionero en estas redes, se ha dado cuenta que habita en un universo diverso, disperso pero almacenado en una pantalla a la que puede asistir como ciber-turista, ciber-viajero, sin desplazarse de su casa, pues todo le llega sin que sea necesario partir (Virilio), logrando la idea tan promocionada por los estoicos: ser ciudadano del mundo, así sea un simulacro.

De este modo, tenemos la sensación de existir colectivamente. "Algún día, nos hablaba Saint Pol Roux, la ciencia eliminará el viaje al hacer llegar hasta nosotros el país que queríamos visitar. Es el país el que nos visitará...". Teleglobalizados, sentimos la muchedumbre pero tenemos la sensación de que nuestra soledad y el vacío siguen intactos. Las redes informáticas ponen la soledad en línea, la masifican. Sin embargo, seguimos sintiendo desde nuestro sillón o en la cama de cibernautas, el aislamiento. ¿Conexión o comunicación? De allí que la desrealizacion del espacio local, lleve a una masiva esquizofrenia por la pérdida de identidad. Multiculturales, sin centro, extraviados, buscando un sitio que nos legitime y dé seguridad, vamos hacia una posible esquizofrenia colectiva en red, donde la necesidad de establecer contacto con lo "real-real" se volverá cada día más imposible pero deseable. Los nautas del futuro, - nuestros nietos- serán víctimas de los espejismos de las tecnologías blandas, y querrán, tal vez con nostalgia de sus abuelos, sentir la presencia de lo grávido, la pesadez de los cuerpos que caen y tocan la abismal existencia.

Fuera de mí y fuera de ahí, por el ciberespacio, no tengo necesidad de cuerpo. A la materia, que hasta hace poco era considerada masa y energía, se le ha agregado la noción de información. Somos ahora ENERGÍA EN INFORMACIÓN. El cuerpo lentamente deja de latir pesado, terrestre, y llega convertido en imágenes pixel, en información que se enreda, transfigurándose en audio y video. Entonces el tacto y el contacto son posibles sólo a través de esta "energía informática" que sintetiza de una vez por todas el espacio-tiempo gracias a la velocidad. Ya estamos conduciendo un cuerpo portátil ciber, cuya velocidad nos vuelve instantáneos. Vencemos la distancia por la velocidad de información; derrotamos las fronteras reales por medio del vuelo virtual. Para el mañana no habrá quizá límite geográfico sin superar; construiremos una cibergeografía cuya tele-exploración se hace desde ya sorprendentemente posible.

El hombre telemático, con las prótesis electrónicas, está superando su localidad provinciana. Así, deslocalizándose, desterritorializándose, sus prótesis apabullan lo no natural y natural, lo socializado. Pero, y esto tal vez sea un consuelo, no hay prótesis, técnica ni mediática, que tenga y lleve en sí "el placer de ser hombre" (Baudrillard, Jean. 1995,60). Cinemáticos, estamos transformando todo paradigma de sensibilidad. La mirada, por ejemplo, ha cambiado. De mirar lo "real-real" nuestros ojos se acostumbran cada día más a situarse en pantallas. Ya no hay mirada, hay pantallas. Imágenes-prótesis, no imágenes-orgánicas. Artificio de lo real, nudos de imágenes fluidas a través de la energía-velocidad; mirada electrónica en red, más rápida, más global, y, por ello, ¿menos humana?

 

SENSIBILIDADES MULTIMEDIÁTICAS.

Desde Hegel hemos presentido el "Fin del Arte". Fin de su aura, de la ensoñación y construcción de un milagro. Agotamiento para describir la "otra orilla", lo innombrable e inexpresable, aquello oculto tras pesadas piedras. El lenguaje de un arte explorador, fundador de realidades por medio de la palabra creadora, se ha cambiado por un sedentarismo facilista, cómodo. La agudeza para potenciar una estética como utopía posible, gracias a la fuerza provocadora del artista, ha sido transmutada por una relajación sin promesa ni horizonte. ¿Qué futuras sensibilidades artísticas nos aguardan entonces? Sensibilidades de nudos en línea, "estetización" de lo cotidiano, democratización de un simulacro: todos podemos ser creadores. Pero, ¿a qué precio para el arte?

Hoy sentimos los pasos de una multimedia abrazadora y monopolista de nuestras percepciones y emociones. Los géneros estéticos tradicionales, los gustos, cohabitan sin excluirse, sin ningún trauma ni delito moral, diluyéndose lo uno en lo otro. Coexistencia pacífica de lo mediocre con lo altamente elaborado; indiferencia ante lo que nos lleva hasta los límites y extremos. Nadie desea pasear por la cuerda floja de un arte visceral hecho con sangre, por el "peligro de los peligros". Para las nuevas sensibilidades ojalá se acabara el arte de los sanguíneos y se impulsara un arte de confort, flemático, decorativo. Proliferación de gustos banales, cursis. Allí nada se contradice; multimedia e indiferencia sensible; intercambio de imaginarios, legitimación de todos los estilos; eclecticismo de pulsiones y tonalidades. "Todo sirve", "todo vale", pero ¿se podrán aceptar por estas tolerancias el pastiche estético, la moda retro, la ambigua idea de expresar el individualismo "libremente"; los artefactos kitsch y light?

La escala de valoración al medir lo estético se guía, en estos momentos, por la capacidad de seducción y espectáculo que la obra contenga; según la fuerza de estetización en el mercado de sueños que impulse. Ello quiere decir que cualquier imaginario, sea trivial, profundo, permitido, prohibido, se acepta, simulando una "democratización del arte", todo gracias a los medias, al audiovisual y la puesta en red de la informática. Arte elaborado para todos, complaciente y sin resistencias críticas ni traumas personales. Fin de las categorías de sublimidad, autenticidad, angustia, de tensión estética. Puesta en escena de la llamada "muerte del sujeto" pasional; es decir, ahora entra en acción un artista discreto, medido, que oculta las emociones. La rebeldía y la ira de los artistas modernos ya no sacude a nadie. La pasión de un Van Gogh, la fuerza de un Obregón, la rebeldía metafísica de Artaud, no existen en estos mapas trans-estéticos.

Esta trans-sensibilidad muestra en el fondo un proceso de control y vigilancia por parte de la autoridad oficial. Se confirma con ella un miedo al "descontrol" del artista, una prevención frente a la fuerza que sacude una norma tanto jurídica-social como metafísica. Relajamiento existencial, seducción de lo ornamental en contra de lo esencial.

Es cierto, se agotaron las Vanguardias, su fuerza provocadora. Improvisación versus disciplina; discursos "blandos" versus discursos "duros"; ligereza versus experimentación; hedonismo permanente versus revolución permanente; ornamento versus monumento; compromiso futurista versus entronización del instante; sublimidad versus marketing estético; proyecto versus inmediatismo; mínimo de resistencia y máximo de indiferencia.

Arte de procesos multimediáticos. Fragmentación de los sistemas clásicos (objetuales) y modernos (subjetivos) e imposición del proceso en red. Ya no importa el contenido, sino el trabajo desarrollado sobre las imágenes. Cualquier medio es legítimo para realizar la obra: hologramas, realidades virtuales, sonido, velocidad, palabra, duración, materiales tradicionales e incluso orgánicos; video-instalaciones, herramientas tecno-artísticas (lápices gráficos, scanners, sintetizadores, base de datos, programación de menúes). Fin del estilo llamado personal. Desaparece el concepto del Yo Creador moderno. Arte programado, modificado, procesado cuantas veces se desee. De la época de la interpretación provocadora a la etapa de la programación conciliadora y del imaginario estético del confort.

MAQUILLAJES Y PASARELAS.

La creciente individualización posmoderna o "ideología individualista", impone sus imaginarios sobre las concepciones del Iluminismo Moderno. Ideal intimista, versus ideal social. Ampliación del campo privado. Se ha abierto una gran brecha entre mi semejante y yo. La otredad existe pero ya no como potencial para la realización ética, sino como valor de cambio. Glorificación del otro como producto; pasión a mí mismo como egocentro. "Cultura personalizada" cuya gran tendencia es conquistar espacios privados en detrimento de lo público. Sobre las ruinas de la racionalidad cívica y ética, se sitúan un individualismo narcisista y hedonista y una trivialización de las acciones vitales. Es como si se pusiera en juego la Miniaturización de la existencia, reduciéndola sólo a la esfera personal; un hombre del rincón, solitario pero globalizado por la fuerza deseante del marketing y la información.

Desde esta psicologización egocéntrica se alzan pasarelas para hacer lucir, admirar y poner en vitrina nuestras cualidades personales, sobre todo, hacer circular un cuerpo deseable, excitante, transplantable. Exhibición y pasarela. Maquíllese, luzca radiante, pose en la pasarela su aparente salud. Al individuo posmoderno se le abre un nuevo sentido de belleza: "su cuerpo es Usted, existe para cuidarlo, amarlo, exhibirlo...". Apersonarse del cuidado del cuerpo quizá tenga sus ventajas: hay mayor amor propio y menos miedo a la intimidación de los regímenes totalitarios morales y religiosos, a los fundamentalismos puritanos políticos. El pluralismo - con su apertura hacia el goce y el placer- ha erosionado el régimen disciplinario sexual, posibilitando una mayor transparencia en las relaciones. Gracias al erotismo en pasarela, ahora hay menos horror a la condena y al castigo, a la culpabilidad y al pecado por practicar el destape y el strep-tease de la intimidad.

De allí que hayamos puesto de moda una cierta "sensibilidad terapéutica" para ayudar al cuerpo a conseguir su mejor postura. Psicologías alternativas, meditación, yoga, tai-chi, zen, jogging, expresión corporal, danza, aeróbicos, jacuzzi, acupuntura, adelgazantes sin mayores esfuerzos, gimnasia pasiva, mil y una dietas rápidas. Pronto, eficaz y sin esfuerzo, son algunos símbolos paradigmáticos de la velocidad actual. Sin embargo, al situar el cuerpo juvenil como modelo de exhibición, la vejez adquiere un sentido de bajeza en la escala social: ser viejo es ser detestado, marginado. Ya no se le hace un ritual por contener y guardar la memoria tribal; ahora se le pone en entredicho. Improductiva, parásita y corporalmente inservible para promover la moda, a la vejez se le encarcela en un sanatorio repugnante, o bien, se le "revitaliza" a través de métodos simuladores de juventud, caldos de cultivo para los programas de la tercera edad con transplantes, masajes, aeróbicos, cirugías estéticas, terapias ocupacionales. Apariencia corporal, vejez real. Los tan mencionados miedos a la muerte se ocultan tras los cuidados de una sociedad farmacéutica y médica. Búsqueda de la línea corporal y del buen maquillaje. Si es preciso recíclese, pero no permita que se degrade su corporalidad. Masificación de la cultura del bisturí y la silicona; culto a los dietéticos y a los cereales.

Parece que el gran problema de los antiguos sobre la dicotomía cuerpo/ alma se ha ido disolviendo por momentos. Hoy vivimos una psicologización de la carne a la vez que una encarnación del espíritu. El cuerpo humano ha entrado a las categorías posmodernas de lo indecible, imprevisible, aleatorio, al bricollage de las formas, lo travestido, transexual, a la inestabilidad morfológica. ¿Qué es entonces el cuerpo actual? Su definición está determinada por el concepto de hibridación. Más que como objeto o sujeto, se le asume hoy como proceso multimediático, es decir, como tránsito hacia algo indefinible. Se trata de apuntar cada día con mayor fuerza a las prótesis corporales: cambio de sexo, de piel, de rostro, de morfología natural. Nos seduce la artificialidad, su potencial de transformación. La naturaleza queda dominada ahora sí por una apariencia quirúrgica. Nuestro cuerpo sube a la pasarela travestido. Lo ponemos a circular de una morfología a otra hasta poseer la figura deseada, un cuerpo mediático, Frankensteiniano. Marilyn Manson, Michael Jackson, son los nuevos héroes de este bricollage corporal: ni femeninos ni masculinos, sólo procesos multimediáticos, mutantes, andróginos, hermafroditas, indecibles. Como monstruos neobarrocos, expresan la desmesura en una escenografía adaptada para su happening artificial. Son quizá los modelos del siglo XXI, pues sus signos penetran y penetrarán en las sensibilidades de los jóvenes hasta lograr un cometido aterrador: ser una performance constante del cuerpo, imágenes de alteridad, o, al decir de Baudrillard, "empresarios de su propia apariencia".

Frente a la posibilidad de encaminarnos hacia un cuerpo artificial, quirúrgico y travestido, existe también la tendencia a conseguir un cuerpo telemático, edificado a medida que crece la miniaturización electrónica virtual y cibernética. ¿A lo "real- real" corporal se le desacralizará gracias al ímpetu que tomará la pantallización y sus ondas electromagnéticas virtuales? ¿Se logrará, tal como lo percibe Paul Virilio, "un metacuerpo independiente de las condiciones del medio, en la medida en que el espacio real - la extensión del mundo propio pero también el espesor del cuerpo propio del individuo- pierda progresivamente su importancia en provecho del tiempo real de impulsos, de sobrexcitaciones nanotecnológicas que sucederán a los ritmos vitales"? (4)

Tales preocupaciones enmarcan las tendencias actuales tecnocientíficas que suponen una liquidación ponderada de las acciones tradicionales del cuerpo, de su movimiento físico y muscular. De ser ello posible, tendremos un telecuerpo cuya proximidad con sus semejantes se hará a través de las redes mediáticas. Navegaremos por espacios simulados con la velocidad transformada en información. ¿Se modificará la estructura orgánica del cuerpo convertida en pixeles y lenguaje numérico proteiforme? Hacia un tecnocuerpo virtual. Los actuales procesos de simulación son tan solo el comienzo de una descorporización sistemática del placer: Telesexo, sexo virtual, compromisos amistosos a través de la red de redes, amores ciber...

La persona del mañana estará, es cierto, llena de prótesis miniaturizadas y de un instrumental tecno, como un "inválido equipado", (Virilio) sin necesidad de desplazamiento. Sin embargo, y este es el horror, ¿desaparecerá la fuerza sensorial, pasional, en las obras del amor y del goce; pulsiones que tanto han motivado al hombre en sus creaciones artísticas?

 

 

ICONOADICCIÓN.

 

Dedicado a engañarme, el demonio maligno, que me encandila,
lo puedo comprar ahora, para instalarlo permanentemente en mi casa,
frente a mí, en mi estufa o mi chimenea,
mago todopoderoso, que resuena en los multimedias.
Peor aún: en lugar de instalarlo en mi casa, ahora habito en su puesto,
cableado, encadenado.

Michel Serres (5)

 


Vivimos en pantallas. Inundados por tele-imágenes nos volvemos pantallas circulantes, portátiles, construyendo una red de paseantes catódicos que arrastran tras de sí toda la energía informática iconotelemática, invasora de la vida íntima. "Todas nuestras máquinas son pantallas" nos dice Baudrillard. Es decir, hemos construido un hombre al que sólo le interesa explorar lo dado instantáneamente a través de la imagen visual, y al cual no le importan los contenidos, sino la alteración y aceleración del ojo, el consumo rápido de lo enunciado en esta imaginería instrumentalizada.

Somos pantallas en red, interactivas; tan lejanas y tan cercanas, familiares y táctiles como distantes y sordas. Aceptamos las pantallas, pues sin ellas nos sentimos desplazados del mundo. Estos vehículos estáticos audiovisuales, nos han cambiado incluso el concepto de memoria. Ahora todos – gracias al video- aspiramos a quedar representados, grabados, filmados, memorizados en una imagen técnica; se apunta a vencer el anhelo metafísico de permanencia por medio de la virtualidad artificial, y así poder ser reproducido cuantas veces se desee. Iconografía metafísica-tecnológica: se vence lo efímero mortal a través de una reproducción que hoy por hoy es televisiva bidimensional, pero mañana – y esto ya es probable – será holográfica tridimensional, lo que facilitará tener al ausente en casa, esté vivo o muerto, programado según sus gestos, su voz, sus gustos, para actuar en telepresencia virtual. ¿Venceremos de manera parcial a la muerte del otro? Nos identificaremos cada vez más con las pantallas, nos amaremos a través de ellas, simularemos vencer al tiempo en rayos catódicos.

De esta forma, nuestra cultura audiovisual está generando una ritualidad religiosa en torno al escaparate electrónico, por medio del cual "fabricamos pequeños dioses" desde su teatro o templo, con sus nuevos mitos y místicos, sus promesas metafísicas de estar en todas partes y en ninguna, por la ubicuidad a que nos lanza. Nos orgullece poder verter las angustias y deseos en una virtualidad; deseamos adaptar el mundo a nuestro tamaño y ser múltiples: estar donde se quiere estar cuantas veces se desee. La Internet ha logrado edificar la escenografía de esta ilusión. En esta mega-red se desaparece nuestro rostro, disuelto en una ciber-identidad, una ciber-ontología; nuevo paradigma filosófico y cambio de gnoseología.

Sin embargo, a pesar de la desgravitación del Ser, la sangre, la angustia, la muerte siguen manando por las heridas del mundo histórico. El dolor crece –a lo césar Vallejo– "a treinta minutos por segundo, paso a paso/ y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces/ y la condición del martirio, carnívora, voraz, /es el dolor dos veces...". Y aunque las redes blandas construyan ciber-geografías, borren los espacios políticos, sustituyan a los sujetos activos por una masa indiferente, llena de mensajes globales, o se desaparezcan la autonomía y la sensación de pertenencia a un sitio; el dolor, las guerras, los cadáveres y los abismos sin límites seguirán creciendo en un mundo todavía no desaparecido por estas "tecnologías de la disolución".

¡Ah! Cambiemos de canal, programemos, hagamos, lo más rápido posible, zapping, ¿qué encontramos? Noticias voraces, terribles, junto a la banalización de la vida; cursis acontecimientos de la privaticidad. Quiere decir esto que a la historia la hemos vuelto escenografía; un espectáculo al cual asistimos desde primera fila, relajados y tranquilos, para ver los asesinatos. ¿Será posible hacer desaparecer tanto esfuerzo cotidiano, tanto vacío detrás de una pantalla? Desde nuestro cómodo sillón, "la guerra, bien lo intuye Serres, se desarrolla menos con gran estruendo de choques y explosiones, materiales duros, que en el espacio de los signos, donde se libra la guerra que ahora es blanda" (1995,155). A esta explosión de mensajes basuralizados, la asumimos como una gran verdad pública. Desrealizada la vida, simulada la sangre, queda el show, el vidente tramado: asista, la función es gratuita, pero usted paga con su engaño.

En los recintos electrónicos, habitamos con los espejismos de la iconoadicción. Telepolitizados, telesemantizados, teledesrealizados, teleaccionados, somos energía en imagen y sonido, contaminados por la hiperinformación. A lo fáctico se le desmonta, poniendo sobre su cuarteado pedestal una "ideografía cibernética" (Virilio); imágenes teleculturales a domicilio que traen el mundo a casa, identificándonos con lo más cosmopolita. Simulación de una sensibilidad: ahora puedes sentirte cosmonauta sin tiquete. Conéctate e infórmate; tu tiempo no se mide en oro, se mide desde hoy en velocidad.

Y así vivamos para apreciar los acontecimientos del hombre en la imagen televisada, somos expulsados como "público real", existiendo sólo como "público abstracto", transpolitizado, puesto en un campo neutro, silencioso, en la campana del vacío. Sin embargo, podemos creer en la democratización de los medios: llame ya a su programa favorito, sea usted un actor-locutor; anímese a presentarse como tele-actuante, diga lo que piensa, masifique sus opiniones, todo aquí es espectáculo, lo que diga usted es, a pesar de los pesares, insignificante, indiferente. De este modo se comunica por comunicar, se presenta por representar, se habla a la nada.

Comunicación sin resistencia, la cual impulsa un imaginario de acontecimientos que, en tanto suceden, se olvidan, superados por la espectacularidad de otros hechos tan efímeros como los primeros. Comunicación e indiferencia. Esto nos sitúa en la cuerda floja de la iconoadicción. Somos operarios ciegos de ella, no edificamos una verdadera mirada, una inquietante pregunta, un gran "inventario de asombros" ni la posibilidad de permanecer maravillados por esa magia que de las imágenes se escapa.

EL ABISMO PRESENTIDO.

Nuestro cuerpo social está enfermo. Lo grave es que su cura no va a llegar tan pronto como se desea. Son múltiples los virus que lo atacan; virus en red y simultáneos. El cuerpo social ha hecho metástasis en este fin de siglo, y ésta seguirá generándose durante tanto tiempo que ya nos asusta su horizonte. Hemos anunciado en el transcurso de este ensayo algunos de los más resistentes virus de las sensibilidades actuales. Faltarían los que habitan de forma masiva en Colombia: violencia, corrupción, terrorismo, hambre, miseria, horror y la muerte impuesta. Estos son alimentados por los ya descritos, construyendo un mapa de la virulencia sensible y social para la cual se ha descubierto una efectiva vacuna: la indiferencia.

Nuestro cuerpo social es necrofílico. Sus imaginarios son contaminados con tanta crueldad que vemos casi improbable una limpieza ética en los próximos cuarenta años. Está lejana la época en que se registre una convivencia civil, democrática y ciudadana real en Colombia. De allí parte nuestro desencantado optimismo. La violencia y la muerte que alimentamos son una performance a la cual asistimos pasionalmente, un espectáculo que nos fascina, pues es más seductor que nuestras vidas, tan pervertidas por las acciones de la supervivencia.

Actores del drama, lo sufrimos y hasta lo observamos como telespectadores, pero no lo reflexionamos. Esta es otra de nuestras virulencias culturales. Sin potencialidad crítica, somos los consumidores de la historia, no sus gestores. Triste drama para un país que no posee todavía las nociones de autogestión y autoconciencia frente a su futuro; un país agotado en sus búsquedas, sin ningún entusiasmo por su bienestar y con una muy pobre noción de calidad de vida. Por ello nos hemos acostumbrado al maltrato, al golpe cotidiano, a la injusticia, a destrozarnos en lugares públicos, al asesinato.

Cansancio mental, político y económico que conduce al relajamiento y su correspondiente apatía. Desconfiando de lo nuevo, y con muy pocas posibilidades de construir una cultura verdaderamente democrática y participativa, presentimos el vacío, ese abismo aterrador que nos dejará sin tablas de salvación en los próximos años. La caída es profunda y grave. Sin proyecto histórico, incapaces de construir un país que sueñe, a lo Aurelio Arturo, ¿qué nos deparan nuestras obras?

Es cierto que los nuevos chamanes, brujos terapeutas y esotéricos del optimismo, plantean un pronto gran amanecer para nuestra gente, y junto a ellos los niños y niñas de la farándula, los políticos burócratas y demagogos, de los cuales nos hemos acostumbrado. Terroristas de un optimismo vergonzante. Y aunque no se trata aquí de anunciar el Apocalipsis nacional, éste es el sentimiento de una verdad, el presente de un abismo que ya existe, que no es utópico, sino real. No podemos negar su presencia, y lo triste es que no tenemos estrategias prácticas para evitar el desmoronamiento, pues los imaginarios culturales son manejados cada vez más de forma salvaje por un sistema económico y social impuesto globalmente, del cual parece que no hay escape.

Viviendo en un pasado tradicional premoderno, vigente y usable, en un presente tecnológico, no construido sino impuesto desde arriba, y en un futuro imprevisible, la gran masa de colombianos marchamos sonámbulos por los caminos de la historia que, muy pocas veces, ha sido asumida con responsabilidad de sujetos constructores de la misma. Híbridos y multiculturales, hemos tenido que ponernos al día con lo contemporáneo, saltándonos varias etapas, las cuales no se han superado todavía, creando una situación de extravío cultural. Enfrentados a estos extremos límites, cedemos espacios de confrontación, de resistencia crítica ante una institucionalización estéril y sin porvenir.

La fragmentación de los esquemas y paradigmas sociales van paralelos al naufragio de una colectividad sin ruta, que sin haber llegado todavía a una conciencia de nacionalidad e identidad, está sintiendo y sufriendo una globalización que parece irreversible. Esto ha producido entre nosotros esta cultura esquizofrénica, descentrada y polifacética, donde vivir es un gran riesgo y un provocativo plato para las matanzas Tal vez éste sea nuestro futuro y el de América Latina: deslocalización de lo local, globalización inevitable. Más pobreza real, más incontrolable jerarquización de los monopolios transnacionales. Glocalizarse será nuestro próximo destino. Ni globales ni locales; glocalizados, seres de fronteras, desplazados, descentrados en un sistema de ida y vuelta, sin espacio real. De allí una reflexión extra: ¿será la ubicuidad nuestra más cercana sensación de desnacional


Notas:

  1. Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Ensayos sobre los fenómenos extremos. Barcelona: Anagrama, 1995, 31.
  2. Lipovetsky, Gilles. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama,1998, 39, 40.
  3. Lipovestky, Gilles. La Era del vacío. Barcelona: Anagrama,1998, 51.
  4. Virilio, Paul. El arte del motor. Aceleración y realidad virtual. Buenos aires: Manantial,1996, 129.
  5. Serres, Michel. Atlas. Madrid: Cátedra, 1995.

CARLOS FAJARDO FAJARDO. Poeta y ensayista colombiano. Filósofo de la Universidad del Cauca (Colombia). Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá) y Candidato a Doctor en Literatura de la UNED (Madrid- España). Ha publicado entre otras obras Origen de Silencios (1981), Serenidad Sitiada (1990), Veraneras (1995), Atlas de Callejerías (1997). Ganador del Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos, Santiago de Cali, 1991; Primera Mención de Honor, premio Jorge Isaacs, 1997-1998, Primera Mención de honor, Premio Ciudad de Bogotá, 1994. Obras inéditas: Tierra de sol (poesía); Charlas a la intemperie (Sensibilidades estéticas posmodernas).



© Carlos Fajardo Fajardo 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/cfajardo.html