HISTORIA, FICCIÓN Y NARRACIÓN
EN LA LITERATURA
DE VINCENZO CONSOLO


Miguel G. Ochoa Santos

Universidad Autónoma de Zacatecas. México



Preludio

Habitar en el tiempo fugaz de la finitud ha sido para el hombre un suceso enigmático, misterioso; un acontecimiento feliz o un hecho trágico. Su tránsito en la temporalidad le ha permitido descubrir la erosión y el fenecer: la mortalidad. Pero, al mismo tiempo, ha visto aparecer la fuerza creativa de la vida en sus figuras sutiles y en sus formas tremendas. Así, la sucesión temporal avanza llevando en sus entrañas tensiones y conflictos que el vínculo contradictorio entre muerte y vida procrean. Para el hombre, entonces, existir en el cosmos y en el mundo ha implicado una doble resistencia; por un lado, ha luchado contra la evanescencia y la finitud de su propio ser, en cuanto ente sujeto a la degradación y, por otro, si bien ha podido beneficiarse de las bondades que la naturaleza le ofrece, no es menos cierto que también ha tenido que enfrentarse a los desastres provocados por la sobreabundancia de vida.

Este asedio permanente de las fuerzas del cosmos y de la contingencia ha hecho que el hombre busque tempranamente una explicación radical de las causas, motivos o energías que están detrás de los sucesos trágicos. Entre los griegos el pensamiento mítico logra dibujar un cuadro interpretativo pleno de sentido, donde las distintas fuerzas de la naturaleza y del cosmos adquieren imágenes principalmente antropomórficas, y, además, consigue tejer sutiles tramas para narrar historias que de alguna manera ofrecen una respuesta a lo que sucede en el cosmos, en el mundo y en la propia intimidad humana. De esta forma, el tiempo histórico queda atado al designio del tiempo mítico de los dioses. Éste le sirve de fundamento y paradigma en tanto remite al tiempo sagrado y prestigioso de los orígenes donde dioses y héroes habitan el mundo. La tragedia del tiempo mortal encuentra, entonces, explicación en el relato mítico cuyo mundo de seres divinos opuestos y contradictorios expresan cualidades benévolas o maléficas que se derraman sobre el curso de la existencia humana hasta la desmesura. Por ejemplo, Hesíodo en su Teogonía ofrece un mapa genealógico de la distintas divinidades griegas y de las cualidades de sus rostros. En esta especie de topografía podemos apreciar una línea de sucesión que va del primigenio Caos a Eris (figura de la Discordia) y sus vástagos. Se trata de una descripción, como señala Carlos García Gual, de aquellos personajes «procuradores del lado oscuro de la existencia. Son hijos de la Noche, se mueven en silencio, pero acosan a los humanos y asedian su destino». (1)

Efectivamente, Caos engendra a Erebo y a la Negra Noche, y ésta sin relación sexual alguna da a luz a la Burla, al Lamento, a las Hespérides, a las Moiras y a las Keres: «vengadoras implacables: a Clot, a Láquesis y Átropo que conceden a los mortales, cuando nacen, la posesión del bien y del mal y persiguen los delitos de los hombres y dioses. Nunca cejan las diosas en su terrible cólera antes de aplicar un amargo castigo a quien comete delitos». (2)

Además, La Negra Noche procrea a Némesis, de funestas consecuencias para los hombres, a Engaño, a la Ternura y a la tremenda Vejez y, finalmente, a Eris. De esta ultima divinidad surgen aquellas figuras asociadas a las desgracias y calamidades más intensas que ha padecido la humanidad: la Fatiga, el Olvido, el Hambre, los Dolores causados por los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Ambigüedades, así como el Desorden y la Destrucción. Sobre este horizonte mítico los sucesos trágicos de los mortales transcurren como hechos desplegados por la naturaleza y por las maquinaciones de las catastróficas divinidades. Los hombres poco pueden hacer frente a este destino sagrado que escapa a su voluntad. Mas, al mismo tiempo, su desdicha posee un origen trascendente situado más allá de sus potencias finitas y efímeras. Su discurrir en el tiempo de la Historia no es un proceso donde su libertad de acción pueda desplegarse para construir su propio camino y destino. Por el contrario, bajo estas condiciones la vida mortal se desarrolla a la deriva teniendo como trama un argumento que ya ha sido escrito por la divinidad y del cual desconoce tanto sus episodios como su desenlace. En este sentido, la tragedia griega como espacio re-interpretativo de los mitos expone este condición inevitable, dolorosa y precaria del hombre.

Para el hombre de la modernidad esta situación de desamparo y ansiedad que la Historia propicia es distinta tanto por su naturaleza como por la intensidad de su efecto. A diferencia de aquellas sociedades en las que existía una mitología que otorgaba un significado trascendente a las desdichas y alegrías humanas, y en las que la religiosidad dominaba por completo su quehacer en el mundo, las sociedades contemporáneas transitan sobre una lógica secularizada de la existencia que genera –como ya lo había percibido con lucidez Weber- un desencantamiento de la imagen mítica del mundo. Es cierto que este proceso puesto en marcha durante la época de ilustración no ha logrado anclarse por completo en las sociedades de hoy, pero también lo es que los espacios regulados por la religiosidad tienden a ser cada vez más estrechos. El desarrollo paulatino del pensamiento racional con su pretensión de verdad objetiva e invención tecnológica ha provocado una reducción, también progresiva, del espesor antes ocupado por las narraciones míticas y los discursos religiosos. Además, con la desacralización, el hombre, primero, y, luego, el individuo ocupan el lugar primordial que el cristianismo les había negado en virtud de su condición de seres mortales e imperfectos. Esta nueva divinización del hombre crea las condiciones necesarias para que aparezca en el horizonte mundano la idea de que en el transcurrir temporal los sucesos, las acciones y las obras son productos ya no de la intervención de los seres trascendentes sino de los propios hombres. Así, la Historia no es más Historia Sagrada, por el contrario, la Historia se transforma en Historia Humana, con todas sus consecuencias desde el punto de vista existencial. Por tanto, con esta mutación el hombre emerge como único personaje en el mundo, como el protagonista de la trama creada por él mismo. Algunos pensadores, cristianos principalmente, hablan de desamparo ontológico para referirse a este suceso de extrema secularización de la existencia. Lo perciben como un hecho negativo porque rompe con la unidad de Padre e hijo y con los lazos espirituales que ligan al ser finito y accidental con la Inmortalidad Divina. Al quedar huérfano el hombre transita solitario en el tiempo y sin el cobijo de un hogar sagrado ni el consuelo que el relato divino puede otorgarle a su propia vida terrenal; es decir, está a merced de la fatalidad de la Historia. Mircea Eliade, por ejemplo, en su obra El mito del eterno retorno se pregunta, al respecto, lo siguiente:

¿cómo puede ser soportado «el terror de la historia» en la perspectiva del historicismo? La justificación de un acontecimiento histórico por el simple hecho de ser un acontecimiento histórico, dicho de otro modo, por el simple hecho de que se produjo de ese modo, encontrará grandes dificultades para librar a la humanidad del terror que los acontecimientos le inspiran. (3)

Según el autor rumano, el hombre arcaico gracias a su creencia en relatos míticos, en figuras arquetípicas y en la práctica de rituales podía abolir el tiempo histórico y, además, atribuir al designio de los dioses su propia situación trágica. Mas para el hombre moderno, la adopción de la perspectiva del historicismo secular y radical supondría la caída vertiginosa en el torbellino del terror del tiempo, sin tener a la mano una respuesta metahistórica para enfrentarlo. Pero como ya lo hemos dicho con antelación, y en esto Eliade está de acuerdo, la posición historicista es más un tendencia que una lógica dominante en nuestras sociedades. Según su particular punto de vista, el cristianismo viene a llenar positivamente el espacio dejado por la imaginación mítica y arquetípica; es la religión adecuada al hombre moderno. Vale la pena citar la conclusión a la que llega en la obra mencionada:

Desde la «invención» de la fe en el sentido judeocristiano del vocablo (o sea que para Dios todo es posible), el hombre apartado del horizonte de los arquetipos y de la repetición no puede defenderse de ese terror sino mediante la idea de Dios. En efecto, solamente presuponiendo la existencia de Dios conquista, por un lado, la libertad (que le concede autonomía en un universo regido por leyes o, en otros términos, la <<inauguración>> de un modo de ser nuevo y único en el universo) y, por otro, la certeza de que las tragedias históricas tienen una significación transhistórica, incluso cuando esa significación no sea siempre evidente para la actual condición humana. Toda otra situación del hombre moderno conduce, en última instancia, a la desesperación. Una desesperación provocada no por su propia existencialidad humana, sino por su presencia en un universo histórico, en el cual la casi totalidad de los seres humanos viven acosados por un terror continuo (aun cuando no siempre sea consciente).

En este aspecto, el cristianismo se afirma sin discusión como la religión del «hombre caído en desgracia»: y ello en la medida en que el hombre moderno está irremediablemente integrado a la historia y al progreso, y en que la historia y el progreso son caídas que implican el abandono definitivo del paraíso de los arquetipos y de la repetición. (4)

Tesis fuerte, sin duda, la que Mircea Eliade ha elaborado. Pero más allá de su núcleo polémico, nos ayuda a comprender el paso de la experiencia trágica del hombre arcaico, y de las posibles soluciones que a ella daba en plano de la conciencia mítica, a la radical condición trágica del hombre moderno que se confronta con la inmanencia del terror de la Historia: los dioses ya no pueden salvarlo. Ahora el tiempo histórico no puede ser abolido por medio de la rememoración mítica y ritual, sino que, en todo caso, debe ser asumido como un hecho procreado por la interacción humana y como un suceso que está a la espera de una interpretación racional. Más aún, en virtud de que el horror es una obra de las relaciones humanas, el individuo debe asumir la carga de culpa que le corresponde por haber participado en su gestación. Hay, por tanto, una responsabilidad ética unida al peso del dolor histórico y al sentimiento asociado a la falta cometida.

Desde mi punto de vista, aquel consuelo y aquella catarsis purificadora proporcionada por los relatos míticos hoy perviven en la literatura. El hecho poético se ha transformado en una opción reflexiva, lúdica y existencial que abre la posibilidad no sólo de abolir el tiempo del acaecer, a través de la edificación de moradas ficticias más habitables, sino, también, de explorar y pensar la propia condición histórica del hombre moderno a partir de la indagación documental y la invención literaria. Creo que dentro de esta perspectiva podemos situar a la escritura de Vincenzo Consolo.

 

Experiencia trágica y mistificación literaria

Considero que la obra de Vincenzo Consolo, a pesar de ser compleja y variada, está atravesada de principio a fin por la experiencia trágica de un escritor al que los desastres de la Historia le provocan malestar y desasosiego. Pese a ello, no busca abolir la temporalidad de los sucesos refugiándose en el consuelo metafísico o en la negación nihilista del mundo. Todo lo contrario, hay en su literatura una pulsión vital a partir de la cual se expresa su voluntad de afirmarse en la existencia terrenal. Ciertamente, la visión del autor siciliano se aleja del optimismo de los escritores ilustrados, pero no por ello asume un escepticismo radical ni tampoco una actitud mística. Él mismo se ha definido como un escritor melancólico que explora el pasado para comprender por qué el presente es como es y cómo pudo haber sido si las cosas hubiesen tomado otro rumbo en aquel entonces:

En mi elección estilística –nos dice-, como en todos los experimentalistas, hay una gran melancolía. Creo que los racionalistas son los más optimistas. Me gustaría ser optimista pero no lo consigo. Siento una gran melancolía y a menudo una fuerte desesperación. La desesperación es debida a la inmovilidad de la historia, que no llega a ser lo que uno quisiera, una sociedad armónica, ideal, donde cada uno tuviera su lugar, y sus derechos fueran respetados. Esta situación no se ha dado nunca en mi país... Su historia es la historia de una constante esperanza y desilusión, esperanza y desilusión. Yo intento explicar esto. Por tanto, no soy optimista y en mi escritura hay, sin duda, melancolía. (5)

La cita deja en claro el punto de partida de la indagación literaria propuesta por Consolo. Se trata de bucear dentro del propio océano de la Historia para descubrir aquello que le impide alcanzar un estado de relativa armonía. Así, el escritor se transforma en historiador y va al encuentro del documento, con el fin de descifrar el sentido de las huellas dejadas por los hombres a su paso por el tiempo. Sin embargo, los límites propios de la indagación histórica, positivista o crítica, son superados con la aplicación de la mistificación literaria. Y digo superados, porque el historiador tiende a mantenerse fiel al pasado, busca la verdad que el documento le aporta, lo cual sin duda es un hecho positivo, pero al precio de perder de vista la significación que para el presente y el porvenir tiene la reflexión sobre el tiempo pretérito. Al obnubilarse este horizonte de sentido, la lectura de la huella que los hombres han dejado en su camino no logra alcanzar su extensión hacia el ahora y no permite proyectar hacia el futuro la posible liberación de lo que ha sido negativo en el pasado, para evitar, con ello, la reiteración histórica de los estragos producidos en el ayer. Sin una visión integradora donde el pasado quede articulado al presente y al por-venir se corre el peligro de considerar el tiempo pretérito como lo absolutamente Otro, lo absolutamente diferente, lo absolutamente incognoscible. Por el contrario, en la medida que la conciencia crítica de la historia mantenga abierto el camino de la significación del pasado y evite aferrarse exclusivamente a la objetividad del documento, podrá encontrar similitudes entre la condición trágica de los hombres de antaño y la de los hombres de hoy.

La narrativa poética de Vincenzo Consolo puede considerarse como una escritura ligada a la conciencia crítica de la historia, porque gracias a la mistificación literaria, el discurrir trágico de los hombres en el tiempo adquiere un sentido existencial y ejemplar para el lector. Sus relatos trascienden el horizonte de la novela mercantil, cuya máxima preocupación está dirigida a la construcción de tramas atractivas e ingeniosas asequibles a todo público. Para el escritor siciliano, por el contrario, la exploración del tiempo y de la existencia trágica es un punto de partida esencial al que no puede renunciar. En sus poemas narrativos los personajes son seres sufrientes, atormentados por la virulencia de la historia, del poder, de la sinrazón y de los intereses económicos y mezquinos; son seres cuyo espíritu lacerado los empuja a tomar diferentes opciones, unas positivas, como la escritura y la búsqueda de la perfección absoluta encarnada en el deseo estético, otras negativas, como la afasia, la locura o la muerte. Basta recordar cómo el personaje de Nottetempo, casa per casa, Petro Marano, se halla inmerso en un mundo hostil y decadente muy propicio para el advenimiento del fascismo. Ya al inicio del relato, la mutación de su padre en hombre-lobo presagia la caída de la arcaica y hermosa ciudad de Cefalù en las garras terribles de la bestia reaccionaria. Petro es una víctima de ese discurrir histórico ajeno a su propia voluntad, a su propios intereses y a sus particulares relaciones con el espacio vital. Experimenta su presente sombrío y tremendo sin lograr comprender el origen concreto de la fatalidad de los hechos a los que se enfrenta. Encerrado en la torre de la catedral normanda de Cefalù, reflexiona, hurga en su conciencia sin encontrar una explicación satisfactoria a su sufriente condición individual y familiar. Ante la ausencia de una interpretación que otorgue sentido a su existir, llora de impotencia, cae, implora a los dioses ausentes para que detengan el castigo. Pero el silencio divino profundiza el patetismo de la situación trágica, sólo puede acudir al recuerdo solitario de la madre, arquetipo mítico de la Tierra, esa divinidad piadosa cuyos dones y cuidados cobijan el desamparo; esa diosa que conduce la memoria hacia el pasado para recuperar aquellos instantes de felicidad que pudiesen sepultar el dolor experimentado en el presente. Agobiado por el peso de la soledad y en límite de la cordura, Petro evoca e invoca a su madre:

Madre... oh, madre –y la evocación leve, huidiza, nos dice el narrador,(una mano ligera, un seno acogedor, un aroma de aceite, de cidra, una sonrisa triste, una actitud ansiosa...), y el recuerdo vívido, imborrable (la luz de las velas en el centro del cuarto, la oscuridad en los rincones, contra las paredes, los mantones, los velos, un olor alcanforado, a lirios, el ritmo de los lamentos. (6)

Y la rememoración transforma el pasado armónico en escenas familiares; en ellas los objetos sencillos que acompañan a los hombres en sus actos íntimos y cotidianos se muestran fraternales en ese espacio sin fractura del recuerdo, y adquieren una presencia cargada del significado emotivo que la metáfora proyecta en el mundo de las cosas para hacerlo visible, tangible, agradable:

Allá, en la casa grande de Santa Bárbara, continúa el narrador. Comían todos juntos en torno a la mesa, iluminada por la lámpara con su contrapeso de porcelana, abiertas las persianas sobre la terraza, abiertas hacia las canteras, las rocas calcáreas, San Calogero, el mar al fondo, hacia Santa Lucía, los tiestos de áloe sujetos con abrazaderas a los pilares, las mariposas que revolotean, se golpean en luces y caen, la vitrina con los tazones de bordes anaranjados, la jarra, los vasos facetados, las tazas de café con sus damiselas pintadas en un óvalo, la botella de rosoli con la guirnalda de violetas, y el vasar, la artesa, el cesto de pan, la jarra, el barril, los cántaros... (7)

Justo ahí, en el territorio de la anamnesis, personas y objetos consagran la existencia de un mundo aún no escindido, aún no tocado fatalmente por la pugna de poderes e intereses: mundo bucólico el de Sicilia que contrasta con el que ha sido devorado por la espiral trágica del fascismo. Así, a pesar de la ausencia de una explicación contundente para la situación deplorable del presente histórico, la conciencia de Petro logra conjurar el sufrimiento, aunque sólo sea por un instante, a través del acto de rememoración y de la imaginación mítica. Al proceder de esta forma, atribuye simultáneamente una causa histórica al advenimiento de la temporalidad fascista, puesto que el movimiento de la memoria permite arribar a una época donde la consonancia era posible.

A diferencia de su padre y sus hermanas - Lucía y Serafina, sumidas en la más delirante locura y en la inane afasia, respectivamente-, Petro mantiene su vida en los límites de la razón y de la lucidez. El terror de la Historia ciertamente atropella tanto su ser como su espíritu, pero la ruptura con el sentido de realidad jamás sucede, como tampoco sucumbe a la veleidades del irracionalismo hedonista, cínico y orgiástico que disemina la tribu conducida por el mago satánico Aleister Crowley, personaje cuya estancia real en Cefalù, a principios de este siglo, sirve de motivo histórico a la novela de Consolo y permite la creación de una figura simbólica que expresa la actitud decadentista propia de las modernas sociedades europeas de finales del siglo pasado e inicios de éste. Petro Marano, joven enseñante, puede esquivar con éxito los estados místicos y extáticos porque en los momentos de mayor sufrimiento y debilidad espiritual consigue asirse a la existencia por mediación del lenguaje nominal:

Como otras veces, nos relata el narrador, sintió que llegaba a un límite, a un punto extremo. Allí aún podía detenerse, volver atrás, mantener viva la luz en medio de la noche, de la tempestad. Y se aferró a las palabras, a los nombres de las cosas reales, visibles y concretas. Escandió en voz alta: «Terra. Pietra. Sénia. Casa. Forno. Pane. Ulivo. Carrubo. Sommacco. Capra. Sale. Asino. Rocca... Tempio. Cisterna. Mura. Ficondindia. Pino. Palma. Castello. Cielo. Corvo. Gazza. ColombaFringuello. Nuvola. Sole. Arcobaleno...» -escandió como si quisiese volver a nombrar, recrear el mundo, empezar de nuevo desde el instante en que nada había ocurrido, nada estaba perdido todavía, cuando la sucesión de ocurrencias era serena, sereno el tiempo. (8)

Pero no basta con recurrir a la memoria y al lenguaje para exorcizar la inmanencia del tiempo real de la Historia. La conciencia puede evadir de muchas formas el curso de los acontecimientos, pero no puede evitar su marcha objetiva ni los estragos desplegados por su flujo en el mundo. De ahí que el dolor de Petro, provocado por la condición trágica de su existencia, no desaparece por completo, la rememoración y la huida literaria sólo mitigan su intensidad. Mientras tanto la espiral concreta de la temporalidad avanza sobre la vida. El personaje toma conciencia de esta paradoja cuando descubre el fenómeno de la acción política, acción que pretende intervenir en la Historia para modificar su dirección. Súbitamente, pasa del estado de encierro y de tortura interna -a la que se veía arrojado por las desgracias familiares- a la perplejidad surgida de la ebullición política, de la protesta popular por los vejaciones, explotaciones y sufrimientos padecidos por los trabajadores y los campesinos sicilianos a causa del trato inhumano dispensado por los poderosos. Ante la procesión de los humildes, Petro se asume como un testigo ajeno al espectáculo de la agitación política. Nunca antes había visto una marcha, una protesta pública, ni comprendía bien a bien la situación trágica de sus semejantes:

Leía, cuenta el narrador, sí leía L’Ora, L’Idea de Cefalù y también, en la mercería de Miceli, los periódicos socialistas; escuchaba los discursos de su amigo Cicco Paolo, un hombre débil pero gran politiquero, conocía el hambre eterna de la tierra de los peones, la plaga del latifundio, de los eriales que los amos mantenían sin cultivo, la altanería y la prepotencia de los capataces mafiosos, conocía la historia de las rebeliones en distintos pueblos desde que llegara allí Garibaldi, de las huelgas de los Gremios de artesanos, de los choques y matanzas del noventa y tres...Y también los derechos y las esperanzas de los combatientes y veteranos de guerra, y la carestía actual, la escasez de pan, de harina...Pero parecía que todo le había llegado como un eco, desde lejos, como si hubiese sido un extraño a las circunstancias de los demás, a los hechos corrientes, a los conflictos de cada día. Le parecía que hasta ese momento había vivido encerrado en la red privada de su familia, en el cerco temible de los fantasmas, de los delirios, de la pena, en su torre secreta de los aullidos, del lamento, o aun del alivio, de la huida a través de la lectura de novelas y poesías. (9)

Seducido por una joven militante -símbolo de la esperanza en un mundo nuevo-, Petro se une a la procesión. Pero más tarde vuelve a ocupar un lugar marginal en el curso de la acción política de la que se siente lejano. Su amigo Cicco Paolo y él representan dos extremos de la conciencia histórica y de la política, de la mistificación literaria y del discurso racional. El diálogo mantenido por ambos deja entrever la distancia y la mutua fascinación que entre ellos se da:

-Ah, la pluma, ¡tienes el don de la pluma! –le decía Cicco Paolo-
-Y tú, el de la palabra.
-Hablo, sí, y lo que digo se desvanece como el humo...
-Sabes razonar.
-Quizá... Pero imaginar es mejor...
-Yo me pierdo en la fantasía. Siempre creo que estoy fuera, que soy un extraño, que camino por las murallas de la Rocca, que caigo....
(10)

El enseñante, el joven fantasioso, aquel ser consumido por el terror de la herencia violenta de su pasado trágico, el lector voraz de literatura, el suplicante, se percibe como un extranjero en la arena de la acción política, llega a comprender la fractura, pero le resulta difícil comprometerse en la intervención social porque es algo extraño a su propia vocación especulativa. Sin embargo, la irrupción violenta de los fascistas del pueblo en su lastimado hogar provoca una reacción contra los poderosos. Petro dinamita el balcón del palacio del Barón Ciccio, ese noble decadente e irracional de la última hora que abraza los rituales orgiásticos practicados por el mago Crowley, y cuyo desprecio hacia la gente humilde y pobre de Cefalù lo llevan a alistarse a las filas del fascismo. El acto subversivo desencadena una tremenda sucesión de explosiones y rebeliones que son apagadas de manera violenta por las milicias de los terratenientes, las fuerzas policíacas, los mafiosos y los camisas negras. Experimentar la injusticia en carne propia procrea sentimientos de venganza y propicia la reacción violenta. Con ello, Petro entra de forma brutal al terreno de la acción y del movimiento de la Historia; sin embargo, este acto lo involucra en la gestación de sucesos no deseados por él y lo compromete con sus posible efectos adversos. De cierta forma, Petro es co-responsable de la orientación que tome la Historia y de su movimiento catastrófico. Adquiere conciencia de ello, reflexiona sobre el significado de sus acciones y advierte las repercusiones negativas de su eventual huida y exilio. El narrador expresa ese sentimiento de culpabilidad e impotencia que embarga al protagonista cuando ve por última vez a su padre-lobo:

Le pareció que entregaba su casa al peligro, que la exponía a todos los ataques, a la prepotencia, al insulto, que la abandonaba por vileza, por cansancio, por egoísmo; que tanto su adhesión a la política, a la fe en la redención general, en la venganza, como el atentado eran opciones, subterfugios para huir, irse lejos, sustraerse al peso atroz, al riesgo de la rendición, para buscar la salvación propia.
-Perdóname –murmuró (
a su padre)-, perdonadme... (11)

Finalmente, Petro decide tomar un barco rumbo a Túnez para alejarse de aquel mundo infame de la Historia y del terror al que no pudo vencer ni exorcizar. El exilio es un hecho no deseado, es un suceso impuesto por la naturaleza de su propia intervención en el tiempo humano; simbólicamente representa la expulsión del hombre de los confines de la Historia y su posterior reclusión en un territorio situado más allá de la propia memoria. La Historia arranca de su lugar de origen a Petro, profundizando su condición trágica. Es un personaje derrotado y sin un lugar dentro del mundo atroz de la violencia fascista. Lentamente la nave que lo conduce al exilio se aleja de Cefalù, mientras, Petro observa por última vez la ciudad de su memoria, de su existencia, pero también paisaje lastimado y ultrajado:

Conocía ese pueblo, señala el narrador, cada casa, cada pared, cada piedra, había leído cada hecho de su historia, cada acontecimiento, en los libros heredados de don Michele y en los de la biblioteca de Mandralisca: lo había amado. Amado a las personas, a los labriegos, a los pescadores, a los niños de la escuela. Ahora estaba desilusionado de todo, enturbiado su amor a causa de lo ocurrido, del avasallamiento, del dominio que ejercía la peor gente, la más infame, de la ignorancia y la violencia, a causa del ocaso de las costumbres, del respeto, de la piedad... Por todo el mal que le tocaba, por lo que temía. Volvió la espalda, miró hacia delante, hacia la proa, al buen Aliseo que gobernaba la vela. Recordó otra vez a Grazia, al niño, al padre, a las desdichadas... (12)

Ahora el joven enseñante ha dado la espalda a la Historia y al pueblo tomado por los decadentes aristocráticos, por los seducidos labriegos, por los mafiosos amantes de los paraísos artificiales, por la horda satánica y orgiástica de Aleister Crowley, por los demenciales fascistas. La Historia ha parido a la Bestia, ha transformado al hombre en lobo, ha triunfado. La decepción muta en odio, pero el odio también forma parte de la sinrazón. Petro logra percibir esta paradoja suya, y la euforia enfermiza que invade al viejo anarquista Schicchi , cuando exalta la violencia y el asesinato como vías justas para la liberación de los oprimidos, no hace más que revelarle nítidamente la verdad trágica que el narrador de Nottetempo, casa per casa nos expresa:

Consternado. Petro había visto la bestia indómita aun en ese viejo. La bestia que está dentro del hombre, se desencadena y se rebela, conduce al marasmo. La bestia triunfante de aquel tiempo terrible, de la historia, que pare horrores y sufrimientos.

Tenía que huir de Schicchi, de todos. En la nueva tierra estaría solo, como un emigrante, en busca de trabajo, de casa, de respeto. Solo para esperar con paciencia que pasase la tormenta. (13)

Aquí se cierra el capítulo de la interpretación de Vincenzo Consolo del fascismo, como fenómeno histórico. Aquí emerge la verdadera explicación a los males y las catástrofes producidas por la Historia. Ya no se trata de la inmanencia del tiempo cronológico y de la imposición por la fuerza de los intereses de unos a los otros. En realidad, el mal reside en el Hombre mismo, es un mal radical, es un mal que se mantiene oculto y silencioso, y que no obstante, puede irrumpir en cualquier momento. Es el mal de la regresión, de la transformación del hombre en bestia, de la caída del hombre en las pulsiones más arcaicas e irracionales. Es el mal que por pertenecer al género humano está latente en cada uno de los individuos. El fascismo representa el advenimiento de ese mal radical en la propia temporalidad humana, anunciado ya en la transformación del padre de Petro en hombre-lobo.

Sin embargo, la bestia tiene que encontrar el momento y el contexto propicio para mostrarse. Al respecto, Consolo supone una conexión esencial entre el cultivo del decadentismo –no como estilo literario, sino como proyecto práctico- la asunción del irracionalismo y el surgimiento del fascismo. Es decir, los esfuerzos por disolver la moral comunitaria y destruir el ejercicio de la razón, de alguna manera provocan , tarde o temprano, la irrupción del aspecto puramente instintivo y animal del ser humano. Liberados de toda restricción estas pulsiones se alimentan de los frutos de los paraísos artificiales, del misticismo práctico, de la corrupción moral y ética, de los detritus de la civilización. Sumido en el torbellino orgiástico y en el frenesí esotérico, el individuo termina por disolver su propia persona en el marasmo de lo indiferenciado, se anula como ser sensato e inteligente para buscar todo aquello que está más allá de su propia particularidad. Al mismo tiempo, el semejante, el prójimo, deja de ser algo tangible y real, desaparece como elemento de la comunidad de hombres para transformarse en objeto o instrumento. Por ello, Consolo utiliza como soporte de la trama el hecho histórico del arribo de Crowley a Cefalú -ocurrido durante la segunda década del presente siglo- para fundar una extraña Abadía Thelemita. En ella el mago inglés, La Bestia, como gustaba llamarse, deseaba difundir una religión curiosa y particular en la que se mezclan elementos de la tradición ocultista, mágica y sagrada de oriente y occidente con rituales sexuales y el consumo generoso de drogas. Pretendía establecer una nueva época, Eón, donde las religiones de la muerte no tuviesen cabida. Sin la tiranía de la moral y el peso de la culpa, la naciente religión permitiría a cada hombre encontrar su lugar en el cosmos. Para ello, habría que abandonarse a los designios de lo Uno Primordial, a través de la iniciación mágica y de la gimnasia relacionada con la anulación del cuerpo y la conciencia. Sólo consiguiendo la disolución del yo individual en el Yo Cósmico se haría posible la liberación de la persona respecto del pálido y espectral mundo de la realidad. Como la tarea para conquistar el infinito es enorme, no estaba de más acudir a un consumo generoso de drogas para ayudar al incipiente espíritu a iniciar, en un plano superior, su viaje hacia la trascendencia.

Consolo recupera la figura de Crowley y, también, su religión esotérica pero mirándolas a través del espejo corrosivo de la ironía. Es el mago inglés, desde su punto de vista, un Dioniso artificial, decadente y grotesco, es decir, una burda caricatura:

En teoría, figuras rojas caminan contra el esmalte de la noche, avanzan cantando con antorchas humeantes, llegaron en las bodegas de navíos áticos o salieron de las oficinas de Centuripe, Lentini, Himera o Camarina... el verso de Eurípides salvó la vida al prisionero en la latomía o en el cráter artificial; está sentado el alfarero y mueve los dedos entre el calor y el frío, el fuego y el barro... avanzan con tirsos, tamboriles, flautas, redomas desnudas o envueltas en velos, llevan coronas, colas de caballo, enarbolan estacas, bailan en grupo por los recovecos, bajo cielos de pámpanos, de racimos, de hiedra, de verbena... el rey poderoso, desde el pedestal, dispensa pánico, pesadillas, estupro, ebriedad, desenfreno... vuelve hecho palabra, imagen, mito hoy ya remoto, o se manifiesta recreado en falsedad, en rito, en teatrillo estético, en imitación insana. (14)

A su cortejo de concubinas, putas, hermafroditas, monstruos sifilíticos, sátiros, drogadictos se unen otros personajes de Cefalù como el maduro y danunzziano barón Cicciò, a quien Consolo en tono sarcástico llama el pastor Dafnis. También participan los esbirros de éste, el mafioso del pueblo y el joven cabrero Janù, amigo entrañable de Petro, a quien la tribu logra seducir a través de la iniciación en los ritos sexuales. Este tíaso báquico convulsiona la vida cotidiana de los habitantes de Cefalù y abre las posibilidad de que la Bestia sea invocada. Es en la atmósfera del extravío, del frenesí y la sinrazón donde la violencia fascista muestra su rostro delirante. Cefalù, entonces, cae en el tiempo del terror y Petro tendrá que alejarse de ella.

Final

¿Cuál es el desenlace que propone Consolo? ¿Existe la posibilidad de salvarse del terror de la Historia? El escritor es escéptico y no avizora una salida fácil dentro de la práctica política. Por el contrario, antes que la acción está la elucidación de los hechos, la comprensión cabal de la complejidad del mundo, pero, también, el intento por interpretar la condición trágica del hombre en la Historia. Esta tarea puede y debe realizarla con decisión la escritura literaria, porque gracias al poder de la ficción las angustias y sufrimientos de los mancillados por la Historia adquieren corporeidad. La literatura puede trascender el frío y abstracto territorio del concepto para dibujar, por intermedio de la mimesis, el rostro trágico de los que hoy y en el pasado han padecido. Debido a este poder re-figurador de la literatura, nosotros aquí y ahora podemos identificarnos con aquellos que no son ya los otros, los del pasado, los de otros países, clases o regiones, sino que son nuestros semejantes, nuestros prójimos, los similares, los que comparten una análoga situación trágica frente al movimiento ciego de la Historia. Además, la ficción poética nos permite proyectar en el futuro la significación del pasado, nos ofrece armas para comprender que las cosas negativas no deben repetirse jamás, pero también nos enseña lo que pudo haber sido del presente si los hombres hubiesen elegido opciones distintas a la que tomaron en su momento. Creo que los poemas narrativos de Vincenzo Consolo logran interpelar a nuestra profunda condición humana y nos conmueven porque en ellos se teje con sabiduría historia y ficción.


Notas:

  1. García Gual, Carlos. Introducción a la mitología griega, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p.93.

  2. Ibídem., p. 92.

  3. Eliade, Mircea. El mito del eterno retorno, trad. de Ricardo Anaya, Alianza/Emecé, Madrid, 1992, p. 138.

  4. Ibídem., p.149.

  5. Consolo, Vincenzo. "El mensajero de la melancolía" (entrevista realizada por Noemí Bibolas), en Quimera, Revista de literatura, No. 147, mayo, 1996, Barcelona, p.15.

  6. Consolo, Vincenzo. De noche, casa por casa, trad. de Ana Poljak, Mucnik Editores. S.A., Barcelona, 1993, p.44.

  7. Ibídem., p.45.

  8. Ibídem., p.44.

  9. Ibídem., p.54.

  10. Ibídem., p.107.

  11. Ibídem., p.155.

  12. Ibídem., 157.

  13. Ibídem., p.161.

  14. Ibídem., 107.


© Miguel G. Ochoa Santos 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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