Devastación

Guadalupe Ángeles (*)


Novela ganadora del Premio Nacional de Novela Breve
Rosario Castellanos 1999



¿...cómo abrir un pasaje en la tierra dura y no llegar jamás a sí misma?
Con la simple inocencia de lo que es grande y leve y sin culpa.

Clarice Lispector

Lo que vuelvo ahora a descubrir es que la voluntad se reafirma por sí misma
cuando el alma está intacta.

Henry Miller

Esperar es reconocerse incompleto.
Joao Guimaraes Rosa


I

Hasta hace poco me hubiera gustado verte. Acomodé los muebles en nuestra casa y lavé los vidrios para que entrara el sol a tu llegada. No vendrás. ¿Recuerdas que era hermoso llenar de humo perfumado la estancia y ver cómo se filtraba el sol entre las ramas del árbol tan querido y tan abandonado? Hoy (pero hablo sólo por mí) creo que hemos avanzado. Es decir, ya no necesitamos el uno del otro. ¿Aprecias ya el silencio? En medio de él hoy espero. Ya no a ti. He merecido totalmente tu ausencia; la he ganado con la dura lucha de irme de ti. Así, suavemente. Sin regreso. Ahora puedo esperar que el pantano seque sus aguas densas. Aunque no haya bendición que me salve, sé esperar, esperaré.

Quería decirte todo esto de una manera mesurada, para que pudieras entender que el amor no es el principio, ni el símbolo total de la pasión.

Lleno mi corazón de silencio. Puedo obligarme a desaparecer. Soy capaz de hacerlo. Sólo me quedo callada, ¿un rayo de luz habrá de atravesarme? No sé. Al abrigo del instante digo sí, pero el verdadero sufrimiento todavía no me toca. No sé de que se forma mi verdadero ser.

Estoy de visita en esta casa. Puedo pensar en ello tranquilamente. No me duele tampoco que no estás. Me has llevado en tu nombre que hoy me viene como de un recuerdo difuso. En mi cuerpo vivo por primera vez, mi cuerpo tantas veces en silencio junto al tuyo, atento a ti; podría decir que es todo demasiado distinto, quizá más claro, pero menos preciso que todo aquello que antes pude ver, sentir; si acaso, necesitaría mejores luces para entender. Mi cuerpo es nuevo para mí, cada mañana rompo lazos con el ayer. Imagino que ha sido un sueño la vida que hasta entonces viví, y ese despertar, es un nuevo nacimiento, es un juego inofensivo, y quizá sea algo más, tal vez un camino mejor a mí; creo en él como ayer creí en la paz, en la ceguera de amarte, era un girasol, ¿porqué te imaginé habitado de luz, había luz en ti?; hoy creo que un poco de curiosidad es suficiente, y romper de veras lazos con cuanto se ha sido es una tarea delicada, tanto, que a veces ese suavemente alejarme de ti me ha herido hasta hacerme pensar en los días como si su transcurso fuera una finísima tortura. No quiero hablar de muerte, ni soy amiga del dolor; quisiera vivir rodeada de perfumes y en silencio, un total silencio sólo interrumpido por hondas palabras expresadas con sencillez. ¿Recuerdas que hubiera querido ser árbol? Viví en un mundo húmedo antes de mi nacimiento, en la más profunda vejez, en esa inocencia innombrada. Hoy sé que el desasosiego enreda imperceptiblemente, raíz de locura, otro rostro de la soledad. Ya no hablo por ti. Tampoco por mí, las densas aguas de mi pensamiento poco a poco se estancan; quizá algún día la claridad se refleje en la superficie, para entonces seré capaz de saber que el lodo sucumbe, cede su espacio al diáfano rostro de la luz. Esperaré ese momento en silencio. Aquí, inmóvil, en el corazón de nuestra casa que no lo es ya habitada sólo por mi voluntad.

Pero no me he detenido del todo, no puedo quedarme quieta a la orilla de una ventana esperando el invierno, la madrugada; siempre me ha vencido el sueño, el dolor que nunca es más grande que el tiempo, y en él me amparo, a él me uno para que me dé vida o me ayude a encontrar la fortaleza necesaria para entender que he muerto, y que si hay un juicio para mí, al final de la vida de mi cuerpo, he de encontrarme en él desarmada, muda, sin argumentos; porque no basta haber preguntado, era necesario encontrar las respuestas y en ellas las virtudes, la dicha de vivir lejos, muy lejos del desencanto, y no tendré argumentos porque no supe dar con la magia, siempre estuve llegando, siempre fui nueva en el vacío de una habitación desnuda, en el silencio, ahí donde quizá era mejor un trazo, una mancha de pintura, una línea rota, algo que significara, que diera una justificación al tiempo, a la breve pausa (de no sé qué) que debe ser la vida.

Siempre fue para mí demasiado pronto, demasiado temprano o demasiado tarde, nunca el antes ni el después me dijeron nada, es como si hubiera vivido a la orilla de un abismo, a la espera de ver surgir algo de allí, algo que fuera yo, claramente, sin dudas.

Mi hoy se compone de pedazos (cosidos no con filosofía ni con espasmo) unidos precariamente con la sorpresa de seguir viva; y cada respiración profunda fue un encuentro, una manera diferente de saber que seguir era esperar, sin desesperaciones, sin tumultos, la muerte, pero quizá sólo en ella seré plenamente.

Pienso a veces que la orientación del viento rige las más hondas preocupaciones, y ante ese inmenso territorio que imagino me separa del último acto de mi vida, conservo la certeza de que tan enorme lejanía, aunque revestida de belleza, no dejará nunca de inspirarme preguntas, de presentir en ella algo más que la existencia de quien pregunta.

Y ver, creer que ver, en medio de todo esto, que no es más que neblina, una discreta semilla germinando, un sonreír que parece irónico y posiblemente es amor, nuevo amor, ¿un sonreír puede ser amor? La sospecha sí; porque miríadas de preguntas no pueden ensombrecer, no deben atenuar la voz que viene de dentro y dice amor, dice el impulso que sigue al movimiento de unas manos tocando una suavidad, una textura, una soberbia en su belleza suavidad, la suavidad de lo inesperado, la suave solicitud silenciosa de lo que se ofrece al deseo sin porque, sin apenas nada decir, sin fin y sin sustancia quizá, sólo la del solo amor que se da sin fruto y sin más, sin nada más que el instante, construido sobre silencio, enormemente vivido como un desastre automático, como un desmoronamiento intacto. Tocar, amar en tocar sin un murmullo, sin una sílaba de aceptación ni de rechazo, tocar como si la vida del tacto habitara un tiempo distinto, un tiempo oscuro donde hemos sido abandonados, como quien ante un lenguaje desconocido sólo sonríe, e inaugura en ese gesto una nueva manera de amar, de tocar, de vivir.

Infelices son las alas sin un vuelo, insensiblemente se endurecen y preguntan ¿qué es volar?, ¿qué son alturas o vuelos en circunferencia? Intacto, el vuelo que tocan las alas desastradas se desintegra en vientos inútiles, incomprendidos.

He necesitado del tiempo para creer, para inventar nuevas maneras de transformar en materia durable el viento que alrededor de las constelaciones va; porque sin motivo la devastación toma su nombre y tuerce los músculos, recomponiendo el mundo, deslizándolo por la pendiente irracional del miedo, ese animal pequeño siempre moribundo que sólo necesita los sonidos temibles o sagrados para otear el viento y estremecerse, estremeciendo la configuración del mundo toda.

Naufragio es navegar en tiempo muerto, en mares silenciosos, ¿qué desea el mar sino la paz?, aunque la naturaleza de las corrientes submarinas lo desmienta, el mar ansía la calma, la múltiple soledad de la vida vibrando en su interior, la suave danza de las mareas, su repetirse una y otra vez como sagrado canto.

Algo que se me oculta muere tenaz. (¿O nace?) Me someto a su designio. Eso desconocido me envuelve. Duerme en mí, creo rodear, y en verdad miro de frente al desconsuelo; dormir después de llorar, siempre sentí, es profundo alivio.

"Matamos lo que amamos, lo demás no ha estado vivo nunca" y de fantasmas no se puebla el mundo, todo aquello que se pueda tocar, amar, sólo eso puede vivir, aunque su vida se viva en un parpadeo.

Algo más que un deseo de ternura crea tempestades en lo hondo de la tarde, en el más oculto lugar de mí que se imaginó a salvo del amor, del sufrimiento, su hermano, su igual. Descendamos ¿Qué es esto? Desfigura y crea un rostro nuevo (quizá), imagino el sueño diluyéndose, cera tibia bajo mi pecho; los sueños son el desconocimiento, la materia incierta que lamentamos no vivir conscientemente, esa oculta música descrita por fantasmas en el aire más secreto de la noche. Digo deseo y me transfiguro tras el llanto: "Dije tantas cosas ciertas, pero él descendía en su amor y no las escuchó. No tomé el camino del olvido, me quedé ahí, a ver su intenso vuelo en torno a la luz". Descendamos. Cada rabia que se adhiere tenaz al cuerpo que la oculta es un peso en falso que se imaginó claro pero insensiblemente duele. Es inherente a la devastación el duelo, el llanto; el viento frío que se acumula tras intensas soledades no va a dar al tiempo, crea configuraciones rocosas en el ánimo y un rezar, una súplica no alivia; enceguece, otra vez. Quiero tocar la piel del tiempo, deshacer mi cuerpo de sal en la marina altura, caminar con aplomo, olvidar que, víctima del tiempo, he merecido el triunfo de la muerte quizá antes de otras glorias no pasajeras. "No pasarán los años sin que intentes nuevas soledades, sin que hagas de un silencio una catedral, un rubio diamante, una discreta duda". Descendamos. Tuve una vez un gesto honrado, dije que no me conocía, y los hilos de las sábanas se prendieron a mis labios, que aliados a mis brazos, contuvieron el impulso original de correr, de fingir un llanto. Vi entonces la luna, conocí que me engañaba: no era sólo brillo y movimiento, era ese cuerpo flotante, amarrado al fondo de la altura que no me dejaría perderme, y con su luminosa voz cifrada me guiaría a través de todas las noches por venir; yo no sería yo, sino el camino que la luna para mí eligiera, quizá una voz, un balbuceo, una espera. Descendamos. Un recuerdo es un parpadeo; el amor, un movimiento involuntario, un profundo vuelo en la inmovilidad: descenso, devastación, destino. Impropio es ahora decir que he merecido el llanto, que he ganado un milímetro de altura; voces cerca del silencio tocan la piel que no escucha, pero siente, y en esa sensación nace como una aurora, un impulso de mirar y quedarse quieto, a la espera de entender unas palabras no pronunciadas. A la espera de completarse. Descendamos. Imposible es ahora recomenzar, desdecirse, aunque la destrucción venga de fuera, la estatua de sal desde siempre nos habita y toda palabra, todo intento de abolir la sencilla lejanía no es más que un esbozo del dibujo que se imagina magnífico y no es más que esperanza, vieja costumbre humana de creer que hay algo más definitivo que la muerte, más nuestro, más importante.

La vida material que me rodea insiste en significar, aquellos árboles, aquella luz, como si el impulso monótono de resucitar cada mañana de la muerte nocturna intentara completarme; mientras yo, dominada por el movimiento ciego del insecto que no ha logrado vencer la resistencia del cristal, reinicio, de tanto en tanto, la pregunta que quizá morosa, hiera por fin el vidrio y libere mis alas que no han nacido.

Hay una quietud que no me pertenece. Si nací de mujer, un hondo naufragio nació conmigo.

Pero en la sospecha presiento un camino.

Si ante el mar, dentro de sus aguas, llena mi piel de su piel tibia, transparente, envuelta en el sol que proyecta mi sombra puedo encontrar mi nombre, no será en vano que un día haya querido olvidar, reconstruir, empezar, como si decir no fuera crear la propia muerte.

Yo no inventé creer, sólo quise hacerlo, como quien forja metales para fabricar una espada, pero el vientre de la luna, inmaculado, aunque lo hiriese jamás daría una respuesta, no la que pudiera cambiar mi naturaleza, la honda seguridad de que no soy nadie, de que por más que invoque y vuelva a narrar los hechos, ninguno de ellos dará fiel testimonio del paso de mi sombra por la vida, que al fin y al cabo, puede que sea sólo cantar en voz baja, para no despertar al miedo que duerme, sentir en el rostro el viento, beber la sal del mar, con la mínima certeza de que no habrá al final nadie que nos de un pegaso, una diminuta nada para perdernos otra vez en el silencio de donde vinimos.

"Hondo y tenaz un brillo me define", creo adivinar que ese brillo es la locura. Pero es posible que ésta también sea sólo una palabra, una de tantas que tomo irresponsablemente y adjudico sus poderes a mi desmesura; pero si nadie me detiene, si nace nuevamente el sol mañana, la tomaré otra vez y revisaré todos sus pliegues, la cubriré de sombras, le contaré la historia de mi olvido y quizá ella sonría y me diga tranquilamente que no es locura, que mis palabras son las otras, aquellas que un día descubriré no dicen nada, nada más que un gran desconsuelo, una melancolía más grande que mi vida y que nace en medio de otras vidas, las de aquellos que debieron amarme y sólo me dejaron aquí, olvidando que los minerales que mi raíz necesitaba eran su presencia, alguna voz, el abrazo que no podrá ya darse, porque somos tan pequeños, ciertamente mortales que quizá la palabra llanto como si se dijera aceite tibio, perfume de maderas sobre las sienes, es la palabra que debo decir antes o después de cualquier pregunta.

Ahora sé que vienen los vientos del norte, y por fin las velas de la embarcación que espera podrán llenarse; que la lluvia se caracteriza por dar vida y la lluvia se parece al llanto, que nadie puede arrancar el fruto que ha madurado y caído, que nuevos bosques pueden nacer en medio de la vida, y que la luz, filtrándose entre las ramas de los pinos ilumina suavemente el corazón que otra luz germina.

Sé de desiertos, de antiguos horizontes que nada ya me dicen. Sé mi nombre, reconozco el impulso de la vida. Sé que cortezas caen y nuevas nubes traerán la lluvia.

El viento sabe su nombre, lo dice constantemente, pero no entiendo su lenguaje. Conozco mi voz, pero sus modulaciones me son ajenas, en ello entiendo que la vida no me toque y todo en mí sea intento, ansia dividida, temblor oculto, quizá sólo miedo.

Habrá que crear signos incomprensibles, dibujar en el agua espejos para merecer un nombre, un canto llamado mío.


Guadalupe Ángeles nació en diciembre de 1962 en Pachuca, Hidalgo. Actualmente reside en Guadalajara, Jalisco.
Participó en el Taller de Narrativa coordinado por Humberto Guzmán en la Casa del Lago de la UNAM en Chapultepec, D.F., en el Taller de Poesía de Ricardo Yañez en 1983 en Guadalajara, Jalisco y fue miembro del taller de novela "El círculo de la casa tinta" coordinado por Víctor Manuel Pazarín.
Ha publicado en los diarios jaliscienses: El Occidental, El Financiero (en el que sostuvo a lo largo de dos años las columnas Claroscuros y Souvenirs), así como en El Informador, en el suplemento dominical y en Ágora, suplemento cultural del Diario de Colima.
En 1993 la Editorial Mala Estrella publicó su libro de relatos Souvenirs; Sobre objetos de madera (cuentos), fue publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 1994; Suite de la duda (también de relatos) apareció en 1995 en la colección Los cuadernos del jabalí de la Editorial del Gobierno del Estado de Jalisco; un cuento suyo fue incluido en la antología Cuentistas de Tierra Adentro III, publicada en abril de 1997; algunos de sus trabajos fueron recopilados en la Muestra de literatura contemporánea de Jalisco, editada por la Universidad de Guadalajara en septiembre de 1997, asimismo en noviembre de 1998 Extremos, Cuento último de Guadalajara, antología preparada por la Editorial Arlequín incluyó una narración suya.
Su novela Devastación, obtuvo Mención Honorífica en el Concurso Juan Rulfo para Primera Novela convocado por el gobierno de Tlaxcala en 1998 y en 1999 obtiene el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos convocado por el gobierno de Chiapas. Es Subdirectora de la revista de literatura Soberbia.


El presente texto es el primer capítulo de la novela Devastación

© Guadalupe Ángeles 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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