Espéculo

Reseñas, críticas y novedades


Germán Gullón

Querida hija


 

La trascendencia de lo cotidiano y la novela.

La búsqueda de nuevos temas en el género narrativo y poético frente a una sociedad sin rumbo, en la que el sujeto se halla perdido ante la inexistencia de asideros ferreos a los que asir su propia vida, ha desembocado en un tipo de literatura cuya investigación de lo cotidiano marca uno de sus valores más destacables. La indagación de la existencia diaria de un hombre como otro cualquiera, distanciado de los grandes héroes de la épica de otros tiempos apunta, sobre todo en el género narrativo, a una nueva visión del hombre que coincide con la muerte de las ideologías y con el derrumbamiento de los grandes sistemas filosóficos con capacidad de dar respuesta a las preguntas básicas que rodean nuestra existencia. A este tipo de relato, denominado a veces postmoderno, pertenece la novela de Germán Gullón Querida hija.

Este autor, nacido en Santander en 1945, reproduce con apariencia autobiográfica las cartas de un padre a su hija tras la disolución de su matrimonio. A través de una buena serie de cartas el narrador en primera persona se enfrenta a los problemas que rodean esa dificultosa relación entre padre e hija que se muestra marcada por la separación física y el distanciamiento generacional. De este modo, al hilo de la evocación de los sucesos aparentemente triviales que cercan la existencia del padre, personaje que coincide con el autor en profesión y edad, se construye una narración en donde se elimina la voz de la hija -ninguna carta se ve correspondida en el relato con una respuesta- y el discurso paterno sirve de inevitable justificación a los problemáticos vínculos que mantienen esos dos seres aquejados de soledad y de errores pretéritos. Pero es mediante esta inmersión en los sucesos de cada día como se edifica un solido relato que habla del yo y de los problemas de la soledad del hombre moderno ante la incapacidad de encontrar respuestas a los males que nos aquejan a todos. El mismo autor no duda en reconocerlo al sacar a colación al César Vallejo de Los heraldos negros en las primeras páginas, que constituyen una especie de poética que corre en paralelo con lo que ya es el inicio de la recreación de la historia que acecha a esos dos seres desventurados: "César Vallejo, el espléndido poeta peruano, advirtió cincuenta años ha en un genial poema premonitorio, que los momentos supremos de la existencia llegarán sin anunciarse, sin perfilar la ocasión."

Lo cotidiano surge así como un sistema válido para recrear una historia con intenciones de consecución realista que aparece justificada a partir de la perdición en que parece hallarse el hombre de la modernidad ante una realidad demasiado compleja para ser explicada, ante el relativismo de las ideas y la pérdida de los valores fundamentales como familia, religión, fe o teoría, que caracterizaban épocas pasadas. El héroe de los antiguos relatos se ha convertido en un padre que relata los detalles de una precaria existencia que no es capaz de acertar en los medios para ajustar su vida familiar, un antihéroe que sólo encuentra en ese monólogo convertido en literario la justificación para salvar al Hombre y a la Humanidad, un sujeto deforme que por más esfuerzos que aplica a la distante relación con su hija no alcanza a ser más que un hombre dolorido que se identifica con el protagonista de El grito en el cuadro de Munch: "La literatura, una de las pocas esperanzas de la humanidad para clausurar con dignidad el presente milenio, sigue sin encontrar el Goethe o el Tolstoi que explique el severo dilema, primer paso para descubrir una vacuna."

El narrador en las primeras páginas reconoce que el relato está pleno de vacíos que el lector tendrá que rellenar y que son el resultado de lo que él mismo no ha sabido confeccionar, y ello da lugar a una narración fragmentaria, una obra abierta, como diría Eco, que omite muchos detalles y se atiene a lo estrictamente necesario. Y esta es su virtud fundamental: la concisión deliberada en el estilo que aporta a la narración un lenguaje fresco, con dotes de sinceridad y de verdadero dramatismo, de modo que en la narración no aparece exagerado ni tendenciosamente idealizado a la hora de lograr el efectismo. Narración y estilo se adecuan en un tono llano, familiar, alejado de la retórica epistolar de otras épocas o de relatos mal confeccionados, encontrando en Querida hija la sencillez requerida en una novela del yo, una novela que nos hace reflexionar sobre el quebradizo asiento en que apoyamos los pilares de nuestra vida, una novela que nos habla de la realidad más transparente y que logra transmitir el desencanto del hombre sumido en los problemas del día a día, aunando la compleja elaboración literaria y el disfrute de la buena literatura.

Luis Veres
CEU-San Pablo (Valencia)

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999