Julio Ortega

"Apostar por lo más valioso es un ejercicio provocador y desencadenante"

Elena del Río Parra
Rio@brown.edu
Universidad de Brown

 

Julio Ortega es un crítico tan prolífico y versátil que nadie sabe a ciencia cierta el número exacto de sus publicaciones. Decir que es especialista en César Vallejo sería limitar una actividad que recorre las diversas avenidas de la literatura hispanoamericana y la teoría literaria contemporánea. Por enumerar algunas de sus ocupaciones académicas, cabría decir que es director de la Serie Futura de la Biblioteca Ayacucho (Caracas) y coordinador del Consejo Editorial de la Colección Archivos (París). Entre sus publicaciones recientes pueden contarse el Retrato de Carlos Fuentes (1995), Arte de innovar (1994), Una poética del cambio (1992), Reapropriaciones: Cultura y literatura en Puerto Rico (1991) o The Picador Book of Latin American Short Stories (1998). Algunos de sus trabajos más imaginativos sólo pueden consultarse en formato electrónico (http://www.brown.edu/Departments/Hispanic_Studies/Juliortega), demostrando una vez más que es capaz de cambiar de piel e incorporar el uso de la tecnología en su labor creadora.

 

E- Comencemos con un tema de actualidad: a propósito del centenario de Borges se han dejado oír en España algunas voces, autorizadas por la prensa diaria, que han manifestado su disconformidad con el supuesto menosprecio que el escritor argentino habría tenido de la literatura española. ¿Qué cree Ud. que estas protestas significan? ¿Ud. se declararía ofendido si alguien descree de la literatura latinoamericana?

JO- Borges fue el primero en descreer de la literatura latinoamericana. Dijo varias veces que nunca había conocido a un latinoamericano, tal vez a argentinos o mexicanos. Y solía escandalizar a los periodistas al contrastar la modestia de la novela latinoamericana frente a la inglesa o la rusa. Incluso dijo que el éxito de sus libros demostraba la decadencia de la literatura. No hay que olvidar, por otro lado, que había observado, con pareja ironía, que el esnobismo era la más auténtica pasión argentina. Dudo que se hubiese sentido un "snob", era demasiado autoirónico como para eso; pero es verdad que practicaba el "understatement," bien avenido a su ingenio de ironista con regusto por las paradojas. Es cierto que Borges ha dicho muchas barbaridades, algunas de las cuales no son dignas de él. Pero me sorprende un poco, en efecto, que alguien requiera insultarlo o declararse ofendido por sus opiniones sobre literatura española. Supongo que ello al menos demuestra que existe una literatura española, aunque sería interesante saber cuál es la concepción de una literatura que exhibe esa susceptibilidad extraordinaria. Confieso que soy inmune al sentimiento de ofensa literaria, y me tiene sin cuidado lo que se pueda decir sobre la peruana o la latinoamericana. Edmund Wilson dijo que no se ocupaba de la latinoamericana porque no existía. Esa opinión es arbitraria pero inocente. Y dudo que nadie en Estados Unidos o, para el caso, en Francia o Inglaterra, se declarara ofendido si Borges se hubiese permitido descreer de su tradición literaria. Sé que los anglosajones ríen un poco cuando Borges trata de convencerlos de que Kipling es un gran escritor; y pueden incluso escandalizarse por la insistencia suya en traer a cuento a Bernard Shaw. Pero nadie le reclamaría por no conocer a Beckett, por ejemplo; o por insistir en que el mejor poeta norteamericano sigue siendo Emily Dickinson. Hace muchísimos años, cuando murió Unamuno, Borges escribió en Sur una nota espléndida, en la que afirmaba que la crítica española había perdido al gran escritor al confundir a la obra con el hombre. Ese provincianismo, esa superchería, lamentablemente no ha cesado. Y es capaz incluso de lo más difícil, de confundir las opiniones de Borges con el sentido de su obra. Para decirlo de una vez, Borges es el mayor herededo de la gran literatura española: es el verdadero continuador de Cervantes, al haber hecho de la lectura el centro de su visión del mundo.

E- Pero, ¿no descreía Borges de Quevedo, Góngora y Gracián? ¿No había Borges convertido a Cervantes más en un personaje de su propia lectura que en un gran escritor? ¿Se puede advertir más diferencias que simpatías en su relación con la literatura española?

JO- Fue una relación muy larga, es verdad. Recuerde Ud. que muy joven llega Borges a Madrid y en la tertulia de Pombo alguien, tal vez Gómez de la Serna, le pregunta, "¿Y a qué se dedica el joven sudamericano?" Y él responde, "A traducir la Ilíada." "¡Boto a bríos!" replica el otro. Algo así cuenta él en su breve relato autobiográfico. Luego, está la visita a Palma de Mallorca, donde conoce a Jorge Sureda y a Alomar, cuyo vanguardismo de inmediato comparte. Y, en seguida, la relación con Cansinos Asséns, una especie de Dr. Johnson divagante, a quien Borges considera uno de sus maestros; el otro es Macedonio Fernández, no menos divagante y estrafalario. Borges cultivó la obra de Quevedo, y escribió muy joven su admiración. Más que una obra, no lo olvidemos, le pareció una literatura. En efecto, se puede habitar dentro de ese país lleno de sombras y de reverberaciones. Pero hay también una cierta elocuencia quevediana que, al parecer, a Borges se le fue haciendo abstracta. Yo creo que uno tiene grandes filiaciones literarias que evolucionan con la edad, con la edad de la lectura, digo. Uno no puede vivir en la admiración imparcial de todos los grandes autores que ha cultivado. Son muchos para la casa literaria donde uno comparte la conversación periódica con la parentela y los huéspedes. Pasa con la música: Bach, Mozart, Vivaldi, se suceden en el trato. Supongo que ya alguien ha escrito sobre el Quevedo de Borges y también, por qué no, del Borges de Quevedo. La poesía de Borges se nos ha ido revelando en su trama emotiva pero hemos aprendido, poco a poco, a leerla; porque primero se nos hacía una glosa del género que bordeaba lo genérico. Vallejo es más quevediano en el ardor verbal, pero Borges tiene de Quevedo la tensión de un esquema que se desenvuelve con el rigor del nombre suficiente.

E- En todo caso, no podrá Ud. negar que Borges ha gastado varias bromas a costa del estilo de Gracián.

JO- ¿Qué autor más gracianiano que Borges? Se lo decía yo hace poco a un lector postmoderno de Gracián, Calin-Andrei Mihailescu, de la Universidad de Western Ontario, cuyos estudios sobre el barroco europeo son el mejor contexto para releerlo. La pasión por las construcciones intelectuales de armazón barroquizante, el conceptismo extremado, el gusto por las simetrías y paradojas, esa vasta enciclopedia barroca que es la obra de Gracián tiene que haber cautivado a Borges; y no sólo por las semejanzas con sus propios artificios sino también por el espejo contrastante en que podía verse reflejado. Lo que ocurre es que Borges, como cualquier lector actual, llamó la atención sobre los disparates hiperbólicos del estilo de Gracián, que es capaz de proyectar como generalidad cualquier objeto doméstico. Borges recordaba que Gracián llamó a las estrellas "gallinas de los campos celestiales." Yo encontré otra hipérbole típica suya, que me gusta aún más: dice de alguien que "devoró libros, pasto del alma."

E- Dados a buscar versos que sean memorables por las razones contrarias, Borges proveería buenos ejemplos, ¿no lo cree Ud.? Me refiero, por ejemplo, a cuando rima "Golem" con "Scholem"...

JO- Sin duda. Y observe que nos reímos, pero con cierto asombro, como de las audacias de Gracián, que por ser tan absurdas resultan magníficas. No se trata de coleccionar barbaridades de un poeta para meramente confirmar nuestra opinión, sino de esa ironía cómplice del lector que comparte los arabescos de un sistema expresivo. ¡Qué sería de Vallejo sin esas grandes caídas de los cristos del lenguaje! Seria un poeta correcto, poca cosa. Otra vez, la lectura debe liberarnos de la biografía del autor y, más bien, permitirnos reescribirla desde su escritura. No se puede leer a Vallejo como si su filiación cristiana o su adhesión marxista explicaran su obra. Ni a Antonio Machado desde el cielo o a Cela desde el infierno.

E- ¿Y en cuanto a Góngora y Cervantes?

JO- La lectura que hace Borges de Góngora es misteriosa, como supongo yo es siempre cualquier frecuentación seria de esa constelación del Sur español. Europa se contempla a sí misma en ese espejo cordobés. A Borges, sin embargo, le parece que hay en Góngora un afán innovador. Ud. recuerda que en las Soledades Góngora anuncia: "No es sordo el mar: la erudición engaña." Esta declaración corrige a la tradición del tropo, que es de estirpe clásica, y supongo yo que reescribe la aventura homérica (del héroe y de la imagen) para proponer el nuevo topos, el del lugar encantado por el nombre español, cordobés. Se diría que Borges encontró que el gongorismo era una sustitución del tropo, no un afincamiento en el topos; seguramente su lectura estuvo enmarcada en esa dicotomía, jerarquizada por las definiciones de su momento. Espero que alguien haga un estudio serio sobre estos temas, porque yo sospecho que Borges reaccionaba al gongorismo del 27, donde pudo haber visto un privilegio del significante, esto es, una estetización de Góngora. Como parte de su propia identidad, Borges reaccionaba en los años treinta frente a las formas estetizantes, sin entender otros sentidos de la recuperación de Góngora dentro del propio contexto español. Pero, claro, los poetas no leen para hacer justicia, ni siquiera para poner las cosas en orden, como creemos leer los críticos. Leen desde sus filiaciones y opciones, buscando definir el espacio abierto de su propia ejecutoria y no, como a veces se cree, buscando definir el museo de su tradición personal. Borges, en efecto, es casi un personaje cervantino, pero no por su vida sino por la creatividad irrestricta de su obra, que incluye también la historia de nuestra propia lectura. Cada vez que volvemos al "Quijote" es otra novela, otro "Quijote." No solamente porque sea un clásico (una fuente de información múltiple que no se agota) sino porque el libro cambia con nosotros. A tal punto que lo cervantino sería una postulación de la condición humana revelada en la lectura, como tránsito que el lenguaje reescribe proteica y fantásticamente. Por eso se puede afirmar que después de la lectura de Borges, Cervantes es otro autor: le ha dado a su obra un espacio contemporáneo, una indeterminación interna, que ha librado al "Quijote" tanto del esencialismo idealista como del panteón nacional para ofrecerle la libertad de nuestra lectura, ese relativismo quizá algo melancólico, según el cual sólo somos la materia de lo que hemos leído. Pero también ha concebido el "Quijote" como la apuesta por una escritura que empieza cada vez como si el mundo no estuviera, gracias a la lectura, condenado de antemano. Los incólumes caminos polvorientos de España, ese escenario del tedio melancólico del ser predeterminado sin remedio por los códigos que saturan lo real, se despejan en la lectura borgeana como caminos donde, todavía, es posible no volver a La Mancha. Uno de los medios de eludirla fue, para Borges, la glosa irónica: dijo que había leído primero el "Quijote" en inglés, aunque sabemos por testimonios que lo hizo en español; algunos se han ofendido por esa boutade sin advertir que es una glosa de Byron, quien dijo haber leído a Shakespeare primero en italiano. Byron se burlaba de los pobres espíritus imperiales; Borges de las obligaciones nacionales.

E- En conclusión, entonces, para Ud. no existe una mutua indiferencia entre la literatura española y la hispanoamericana, ni mucho menos una deliberada disidencia. ¿A qué se deben, por último, las alarmas de estos escritores y críticos españoles?

JO- Nunca he conocido a un gran escritor español que no haya sido al mismo tiempo un verdadero escritor latinoamericano. Y al revés. Es cierto que en los años del franquismo prevaleció en América Latina, tanto como en Europa, la visión esquemática de que en España ocurría, si algo, muy poco. Por otro lado, Ángel González me ha contado cómo leyó a Vallejo, en la edición prohibida de Losada, clandestinamente. Esa larga desatención y ese penoso destiempo empezaron a saldarse con el "boom" de la novela latinoamericana, que abrió las ventanas al mundo literario, y no sólo en España. Después, sobrevino la reacción quizá comprensible de atender más a lo nacional y relegar lo hispanoamericano. Hoy las cosas parecen equilibrarse, y nos leemos los unos a los otros, próximos y distintivos. Quizá el problema esté en otra parte, y exceda a la literatura. Tal vez las alarmas no son, en el fondo, por el lugar de la literatura en una u otra orilla del idioma, sino por el lugar de la opinión autorizada y mediadora. O sea, por el poder de las interpretaciones literarias. En España, este fin de siglo, la literatura es una institución cultural que se define en el mapa de los poderes en juego. Pocas interpretaciones tienen hoy el valor de su propia gratuidad, pasión o inteligencia. Las voces de alarma que vienen del mercado o de la burocracia cultural dudo que sean, en verdad, tan provincianas como para asumir la ofensa nacional. Es más probable que Borges sea un mero pretexto de su agenda de saldos gananciosos. No podemos, por eso, tomarlos en serio. Pero sí podemos tomarlos como un liviano pretexto para prolongar esta conversación.

E- Prolonguémosla, entonces, con una pregunta impertinente: ¿por qué se empeña en confeccionar listas de obras que, salvo contados, casos nadie leerá dentro de cien años? ¿Es por el gusto de avivar la polémica, de crear un debate? Me refiero a publicaciones como "Las diez mejores novelas latinoamericanas del siglo XX" y "Las mejores novelas españolas del XX", que han aparecido en distintas revistas y suplementos culturales.

JO- Seguramente por impertinencia, precisamente. O sea, por espíritu deportivo. Reconozco que estas encuestas son vistas con intensa antipatía por mucha gente. Algunos, con razón, creen que la literatura no es una carrera de postas y que estos balances crean una visión trivial de lo que debería ser tomado más en serio. Otros piensan que la literatura tiene que ver no con el gusto arbitrario de los críticos sino con la trascendencia, con esa imparcialidad juiciosa que esperamos de la eternidad. Yo, en cambio, prefiero creer que la lectura decide desde la situación del gusto los valores, y que estos no son normativos sino procesales. Por tanto, el gusto es fugaz, y estos balances son una demostración de ello mismo. Pero, a la vez, apostar por lo mejor, por lo más valioso, es un ejercicio provocador y desencadenante. No es imponer una lista sino convocar otra. La idea de lo mejor nos acompaña, brevemente, y al formularla sabemos que en esa fugacidad reconocemos también una disputa por las interpretaciones. Y a ese debate nos debemos.

E- Ud. ha empezado un proyecto de diálogo académico, al que llama Proyecto Trans-Atlántico, ¿de dónde surge la idea, y cómo se inserta en el contexto de la academia actual? Nos gustaría saber también si hay otros proyectos similares ya en marcha.

JO- El Proyecto Trans-Atlántico en Brown University es una iniciativa académica (o sea, no es un programa ni un centro de estudios, es un espacio independiente) para explorar las interacciones modernas entre España (y eventualmente Francia y Portugal), los Estados Unidos (donde nuestro común denominador es la cultura hispánica) y América Latina. La idea nace de varias necesidades nuestras. Primero, la extenuación del monólogo departamental. Prefiero creer que los límites de mi departamento no son los de mi lenguaje. Esta es una asfixia intelectual compartida por quienes requieren tender puentes y ampliar el diálogo. Segundo, el hecho de que los objetos culturales que recorren este triángulo (las vanguardias, el cine de Buñuel, la traducción, las comunicaciones, la literatura de viaje, el debate sobre el canon, entre otros) se leen mejor en su proceso de ida y vuelta que como meros objetos disciplinarios. Y en tercer lugar, las prácticas transdiciplinarias (luego de la fatiga modélica y teórica, que se derrumba hoy dejando una pluralidad diseminada de opciones) nos permiten encontrarnos no en la maestría de nuestros saberes sino en la perplejidad de los objetos que exceden nuestras seguridades disciplinarias. Quiero decir que este Proyecto nace de una necesidad crítica pero también de una demanda intelectual. En cuanto a su inserción en el contexto académico actual, por lo pronto crea un espacio interdepartamental. Hay ya algunos cursos que exploran los marcos del tema y que tratan de exceder la división convencional entre literaturas peninsular y latinoamericana. Y de incluir la literatura latina, hecha desde Estados Unidos. Las posibilidades son enormes tanto para la investigación como para la enseñaza. En varias universidades empiezan a surgir proyectos semejantes, sobre todo de estudios Inter-americanos, pero no dudo que pronto veremos nuevas iniciativas trans-atlánticas.

E- ¿Cuál es el proyecto más inmediato que se trae entre manos y que aún no ha desvelado a nadie?

JO- Estoy empezando a escribir una suerte de historia cultural de América Latina a partir de los tres modelos de representación que la construyen: el discurso de la abundancia, el de la carencia y el de la virtualidad. Algo he escrito ya sobre esto, pero ahora quisiera abordar el conjunto temático a través de instantes y cristalizaciones reveladores. Es un libro para Reaktion de Londres, una editorial que me gusta mucho, cuyos libros incluyen un buen número de ilustraciones.

Pero también empiezo a recuperar páginas, relatos muy breves, anotaciones, para un tomo de un "Diario imaginario," una serie de varia inventiva que sale de mis cuadernos de notas, y que he venido escribiendo a lo largo de estos viajes. Son proyectos que se toman su tiempo y que progresan placenteramente. No es una mera transcripción, y se me impone como una resta, como una desescritura. Quiero decir que el material inédito tiene también su sentido, el de un taller en proceso, y que a veces se resiste a abandonar ese estado de promesa.

E- Uno de sus temas preferidos es el de la abundancia, pero ¿sobre qué se niega terminantemente a escribir una sola palabra?

JO- Soy incapaz de escribir sin simpatía. No puedo, por eso, escribir sobre libros o autores que no me interesen. Entiendo que profesionalmente sea necesario reseñar negativamente un libro mediocre. Pero yo no podría hacerlo. Si el libro es malo, no hay nada que decir sobre el mismo. Hay tantos libros buenos sobre los cuales decir algo, que no hay tiempo que perder en los otros. Por eso, sólo excepcionalmente (tal vez una o dos veces) he escrito sobre un libro que no me ha gustado. Octavio Paz escribió hace mucho tiempo el primer elogio de mi trabajo cuando dijo que practico "el mejor rigor crítico: el rigor generoso." Para un joven de 27 años esa exageración sólo podía ser propicia.

E- Muchas gracias por esta entrevista.


© Elena del Río Parra 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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