De Ocnos a Sevilla: Cernuda nuestro
Nostalgia, desolación y esperanza


Patricio Eufraccio
Universidad Nacional Autónoma de México



Nota introductoria

Hace unos meses recibí un correo electrónico en lenguaje directo y hasta chocante, inusual en mi correspondencia y alejado del habla mexicana siempre sensible y ultra solemne. Era claro que no lo escribía un latinoamericano pues se acercaba más al estilo recto y sin ambages del hablar de mi esposa, mujer de sangre asturiana. Lo firmaba "Antonio Burgos; El RedCuadro", un hasta entonces desconocido remitente que había leído mi breve estudio crítico sobre el poema Peregrino, de Cernuda, y me preguntaba a bocajarro si tenía algún otro estudio de la obra del poeta; particularmente sobre su libro Ocnos. No lo tenía entonces, pero entre idas y vueltas de correo me comprometí con Antonio a realizar una crítica del texto, debido primordialmente a la diferencia surgida entre nosotros por lo "sevillano" que emana de este libro de Cernuda. Lo que a continuación se lee es el resultado de la amistosa discrepancia literaria entre Antonio y yo. Él afirma que Ocnos, es todo y únicamente Sevilla; yo, que un poeta como Cernuda jamás es todo y únicamente algo.

Ocnos: poesía y prosa

A lo largo de este ensayo me referiré a Ocnos como poesía y a sus textos como poemas; pero al aproximarse al libro alguien podría considerar que no es poesía sino prosa lo que contiene. No es así; no podría ser así, pues la intención que subyace en los textos es la poesía, entendida ésta como fuente evocadora de la recreación del pasado. Es su intención "poética", de "creación" lo que da vida a estos textos; de ahí su calidad de poiesis. Además, en una lectura cuidadosa Ocnos revela la cadencia con que se hilvanan las frases y que, a mi juicio, dan vida a una poesía escrita en forma de prosa. El lector podrá estar en desacuerdo con mi definición de poesía en prosa, pero, sin duda, no lo estará con los fundamentos poéticos que son la fuerza de las imágenes de Ocnos.

 

Nostalgia de Cernuda

... iba
como un ángel que arrojan
de aquel edén nativo...

Donde habite el olvido. X.


La nostalgia es poderosa. Remueve la tierra elemental y anida en la entraña dejándonos indefensos y vulnerables ante el pasado. Los calostros, sonidos y aromas de nuestros días iniciales en el mundo poseen una fuerza avasalladora que nos desnuda al mostrarnos los pliegues y estrías del comienzo; de lo ya ido.

Los recuerdos, siempre vivos y actuantes en nuestra cotidianidad, son el constituyente esencial de la nostalgia. Mi casa, mi calle, mi pueblo; mi..., mi..., mi..., es la nota preponderante de la escala nostálgica. Cuando en los momentos de temor o duda (quizá, también, en algunas alegrías), volvemos la vista, olfato y oído, buscamos escuchar, ver y oler el ritmo y la cadencia del pasado; las huellas de aquellos "yo" que forman nuestro ego cotidiano. Sí, la nostalgia busca y encuentra el yo con su diapasón de pronombres y tiempos verbales de pasados perfectos e imperfectos que reclaman ser presente en esos momentos de angustia y desazón ante el futuro.

Esto es verdad para cada momento de la vida pues todos los días nos enfrentamos al pasado; acaso lo único seguro de nuestra existencia.

En una vida simple este enfrentamiento, felizmente, no provoca más allá de algunas sonrisas y suspiros por las tropelías que cometimos de niños, por el sabor del primer cigarrillo o el beso de iniciación al amor, más que robado, encontrado. ¡Qué distinto cuando la vida ha sido intensa, como la de Luis Cernuda!; de tal suerte, algunos de esos recuerdos son menos sonrientes y más lacerantes. La felicidad, en los casos de los dobles exilios que enfrentan el destierro y la marginación social, se construye con elementos distintos a los del parroquiano común. Entonces la felicidad son el dolor y la soledad; es una angustia continua y recurrente de la que gotean imágenes ingratas que caen como sal y vinagre en las llagas siempre vivas. No son muchos los caminos que pueden elegirse en esos momentos; los hombres pequeños buscan sonreír de dolor como patético clown de cuento barato; otros, los grandes, escriben poesía.

Durante la primera época de su exilio a raíz de la Guerra Civil Española, Luis Cernuda es todo desolación, nostalgia y esperanza. Difícil momento el de la soledad en el exilio que lo impulsa a recuperar, con tonos más vivos y actuantes, su infancia y pasado en la España de aromas y ruidos sevillanos. Su historia personal se constituye en refugio y por ello resulta imperativo recuperarla con avidez para formar con ella las cataplasmas que alivien, fugazmente, la herida que produce el no estar ahí donde se pertenece.

Es en los primeros días de este exilio se gesta Ocnos; nostalgia literaria; grito testimonial de su desencanto por la marejada de estupidez e intolerancia que lo arroja de España. En Londres (¡tan abismalmente distinto a Sevilla!), Cernuda intenta recuperarse en estos poemas. Sí, más que recuperar la España sevillana, acude a la poesía con la intención de no desmoronarse ante la inaudita realidad que en la península enfrenta, cuchillo en mano, a padres contra hijos. Se lo confiesa a Rafael Martínez Nadal diciendo: "Para mí es casi un alivio ver esas páginas publicadas (las de Ocnos): son, o pretenden ser, un rescate de mi vida" (15 de diciembre de 1942).

La doble condena ancestral del pueblo español, batallar y exiliarse, se cumple en los días de Cernuda. Su condición de testigo del inmenso desperdicio de dolor y sangre de estos hechos, impulsa al poeta a recrear el pasado de España. Ese pasado es Ocnos.

 

Sevilla y Ocnos

En el verano de 1938, Londres es para Cernuda un refugio desesperado. Las cartas que envía a Rafael Martínez Nadal, dan cuenta de lo tormentoso de esos momentos. La mayor alegría de Cernuda en esos días es su empleo en el Cranleigh School, pues le permite sobrellevar la miseria y abonar algunos chelines a las deudas contraídas. No obstante, la desazón por España es llama perenne que se aviva con las novedades que a diario llegan de la península. A finales de noviembre de ese año recibe noticias de su hermana Ana. No son halagüeñas, carece de casi todo y alguno de los chicos está enfermo. Cernuda intenta hacerle llegar parte de su misérrima bonanza.

Cuando los hermanos se hallan en desgracia cobra fuerza la desolación y la nostalgia por la placidez y despreocupación que en la infancia se compartió con ellos. ¡Qué hubiera dado Luis Cernuda en 1938, por estar de nuevo en ese tiempo infantil!, pero su estancia en Sevilla sólo es posible en el recuerdo y la poesía. Ocnos es la respuesta, más bien, el desafío y reclamo ante la ingrata España que ha decidido destruirse a puñaladas. El poemario se convierte así en un intento personal del poeta por conservar la cordura en medio de esos años demenciales. Una cordura fincada en el recuerdo de España, de la que Sevilla es ejemplo. De ahí la pertinencia de mi pregunta a la aseveración de Antonio Burgos: ¿en Ocnos, está Sevilla? Sin duda, pero creo que la interrogación debe extenderse y cuestionar: ¿en un poeta como Cernuda y en los textos de Ocnos, sólo está Sevilla? No; respondo. Está España y con ella la nostalgia por el pasado que se troca en esperanza por el porvenir. También están la rabia del momento, la indefensión de los días de guerra, la rebeldía de la condición personal y el reclamo de una justicia que no acaba de ser divina, ni puede ser humana. Están, asimismo, el temor, la incertidumbre, la duda y la viva demostración de la fragilidad de la existencia. Ya no existen los refugios; en esos días ser español es ser Caín y no hay sitio en la Tierra donde desahogar la pena del fratricidio. Sólo queda el espacio poético para lavar la culpa.

No obstante la pena que se siente en Ocnos me maravillo en sus poemas, porque a pesar de la penumbra absurda de la Guerra Civil que obliga el exilio, bajo los temores y de entre los escombros surgen los poemas gozosos que nos muestran la España pasada que pugna por continuar viva en el espíritu. Poemas que, sin duda enraizados en Sevilla, nos imaginan, es decir, nos recrean las imágenes de la españolez subyacente a la piel quemada por la pólvora. Es en este punto preciso donde se encuentra mi discrepancia mayor con Antonio, pues pensar que sólo es Sevilla lo que está en los cimientos y cuerpo de estos poemas sería permitir que únicamente campeara en Ocnos la nostalgia, soslayando a la esperanza. No puede ser; más aún, no debe ser, pues la nostalgia es hija de la esperanza. Se apela a los recuerdos con la ilusión de que regresen en el presente, materia del porvenir. De esa forma los recuerdos permanecen vivos y podemos habitarlos nuevamente. El poeta no es un ser muerto ante los recuerdos sino vivo por ellos. Y Cernuda, al fin poeta, no podía ir contra su naturaleza.

Pero estas líneas no pasan de ser mi sentir y Ocnos mismo debe mostrárnoslo, así que vayamos a él.

Ocnos y el delfín

La primera edición pública de Ocnos (pues según me dice Antonio Burgos, existe una anterior, casi artesanal), es la de la editorial londinense The Dolphin, fechada en 1942. En esta edición aparecieron 31 poemas escritos entre 1940 y 1941. La edición se presenta como una unidad nostálgica, sentimiento que se diluirá en las subsecuentes. De esta edición delfínica tomaré los textos para comentarlos.

Phillip Silver, autor interesado en la obra de Luis Cernuda, asegura que los poemas en prosa de Ocnos "son al mismo tiempo recreación y definición". Sin duda, en lo primero va bien orientado pues la recreación del mundo que se ha resquebrajado en la Guerra Civil y que terminará de perderse con la Segunda Guerra Mundial, es el acicate principal de la nostalgia de Cernuda. En cambio, la "definición" que destaca Silver, merece más tempero en su análisis.

¿Qué definen, qué perfilan los poemas de Ocnos: el pasado, el presente o el futuro? Si el pasado, la nota sobresaliente sería la nostalgia; si el presente, sería la desolación; si el futuro, sería la esperanza. Es indudable la interacción de los tres, pero me resulta claro que el sentimiento liberador de los otros es la desolación de aquel presente español que vivió en los años de guerra. De las cartas enviadas a Martínez Nadal, un fragmento de la fechada el 5 de julio de 1938 en el Hotel Médicis de la Rue Monsieur Le Prince, en París, da cuenta de la desesperada desolación de Cernuda, punto de partida en que se gesta Ocnos:

Aquí me encuentro un ambiente de exiles. Las cosas parecen aquí más difíciles aún y graves que ahí en Londres.

¡Qué locura, Rafael! Yo a veces tengo ganas de dormir y no despertar más. (P. 35)

La distancia, sí, pero sobre todo el abatimiento, la pena creciente, en suma, la desolación llena su exilio. De ésta nacerán, hermanas siameses, la nostalgia y la esperanza. Tríada fundamental en que se equilibran los poemas.

Ocnos y la desolación

La desolación, ese sentimiento de abatimiento extremo, de pena profunda hay que buscarlo en otras páginas y no en Ocnos. Un sitio de éstos es la correspondencia que durante esa época, 1938, sostiene con Rafael Martínez Nadal. La descripción de Martínez Nadal del primer encuentro que tiene con Cernuda en esos momentos, resulta ejemplar del ánimo con que vivía:

Recuerdo el primer encuentro. Parecía más pálido el oliva de su rostro, más lejana la mirada, más triste la tímida sonrisa. Se acentuaba la impresión de sentirse solo, de cervato desbandado, ansioso de cariño, lleno de desconfianza (...) Con elegante sobriedad ocultaba ante extraños el peso de la tragedia colectiva, la separación de pocos pero queridos amigos: los Altolaguirre, Concha de Albornoz, Rosa Chacel...(p. 16).

Otro ejemplos, en palabras de Cernuda, completan la semblanza:

Creo que aquí podré ganar algún dinero para regresar a Londres, pero debo continuar unos días, tal vez hasta fin de mes, en París. De ese modo evitaré la estancia con los niños vascos y la desagradable familia Vullioni. (5 de julio)

Aquí (en París) no tengo ocupación, pero me dedicaría a vagar por las calles y a comer de vez en cuando antes que volver a estar con los niños vascos. Será una manía, pero es más fuerte que yo (...) No dejes de responderme lo más pronto posible, por favor. (11 de julio)

He cobrado unos quinientos francos con los que voy tirando. No puedo aguantar mucho y las posibilidades de trabajo son a largo plazo e inciertas. Si tú hallases algo ahí para dar lecciones en una casa au pair, iría a Inglaterra otra vez. Pero ya sabes que no puedo esperar mucho: debería ser cosa rápida. (14 de julio)

Por último, la carta fechada el 20 de julio:

Aquí todas las gestiones para trabajar en algo sólo han dado como resultado ganar unos 500 francos. Con eso no puedo tirar mucho, aun haciendo la vida más económica que pueda imaginarse. ¿Tú crees posible hallarme ahí un sitio donde guarecerme au pair?

Como la necesidad aguza nuestras facultades (eso dicen: yo creo que las embota), recuerdo que me hablaste de la posibilidad de publicar ahí unos poemas, en un folleto como el de Madariaga en sus versos a Unamuno. ¿Es verdad o lo sueño yo? Si eso fuese posible, suponiendo que por ello me diesen una o dos libras, podría aguardar en París más tiempo, hasta ver si ahí se halla algo, o hasta que el pacto sea más visible.

En todo caso, y para que conozcas algún otro poema mío reciente (ya que no tuvimos tiempo de hacer la lectura), ahí te envío una Elegía Española. Va a mano, porque no tengo máquina. Supongo que debe ser bastante enojoso leer un poema largo escrito con una letra como la mía.

No dejes, si tienes ocasión, de ponerme unas líneas sobre la posibilidad de imprimir esos dos o tres poemas. Y si sabes algo respecto a mi trabajo en una casa particular ahí. Perdóname, Rafael. Debo estar dándote una lata espantosa. La única excusa que puedo tener está en los días terribles que pasamos.

"Los días terribles que pasamos", resume el ánimo de Cernuda que se disculpa ante su amigo por la pobreza que vive y que lo obliga a enviarle su poema "escrito a mano".

La correspondencia con Martínez Nadal se constituye en el hilo del que pende la esperanza; palio de la desolación. "No me dejes", le pide. "No permitas", entendemos, "que me devore la desesperanza". Por ello no solamente lo exhorta a que le ayude a conseguir un sitio para vivir y trabajar, sino que le pide que lea sus poemas; que lo rescate en la poesía si no le es posible en lo material.

La creación poética adquiere en esos momentos la condición de refugio antibélico y a él intenta Cernuda volver cuando recrea a España en Ocnos.

Ocnos y la nostalgia

Lo más notable en los poemas de Ocnos es la nostalgia. Nadie que los lea puede sustraerse a su seducción. ¡Cómo podría si evocan lo pasado; ese tiempo común a todos! Pero, ¿nostalgia de qué?: ¿de Sevilla?; ¿de la infancia?; ¿del irrecuperable tiempo? Lo más sencillo es aceptar que Ocnos refiere la nostalgia de Sevilla, pues ésta incluye la infancia de Cernuda y lo irrecuperable de su tiempo pasado. Si esto fuera verdad, conmovería por su contenido sevillano y no por su evocación nostálgica del tiempo; sin embargo, no es así. Cualquiera que tenga entrañas, sea sajón, latinoamericano, africano u oriental se sacude ante su poder evocativo que, siendo testimonial, no apela a la compasión de los relatos de la guerra, sino al espíritu humano que pervive a pesar de ella. Y esto más que sevillano es español; entendido esto último como universal humano, más que como local y particular.

Creo que la nostalgia de Ocnos no se dirige a lo sevillano. Parte de él, no hay duda, pero no por que sea su razón sino su historia; es decir, no es la nostalgia por Sevilla, es la nostalgia por lo pasado (español en este caso) lo que en verdad sustenta a los poemas. Ese pasado que fue de paz y cordura, distinto a ese presente de guerra y demencia. Pero, como dije líneas arriba, no es Sevilla lo que se recupera, es España, en lo más caro que tiene: sus hombres que piensan y sienten.

A pesar de mi argumentación, los poemas me obligan, por momentos, a darle la razón a Antonio, debido a lo indudable y puramente sevillano que se imagina en algunos de los textos. Pero en el recuento final, son más los que me insinúan a España, de los que me aseveran a Sevilla.

Otro punto a favor de la visión de Antonio lo encuentro en el ser constituyente de cada quién. Mi ser tiene al mar como esencia. Nací en un puerto a mediados de este siglo en un país en el cual los días de los años cincuenta del siglo XX, no eran muy distintos de los del XIX. Yo no extraño en mis nostalgias lo porteño con sus ritos y costumbres, sino al mar. Y esta llaneza de mi nostalgia es probable que condicione mi criterio orillándome a pensar que no es que Cernuda añorase lo particular sevillano sino lo español total, en aquellos momentos que estando en Londres en realidad no vivía en ningún sitio geográfico, sino en la poesía.

Con la intención de aclarar, analicemos dos textos de Ocnos; uno, Pregones, irrefutablemente sevillano y, el otro, El vicio, indudablemente españolano (si se me permite el término).

Pregones

Eran tres pregones.

Uno cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde, abiertos los balcones, hacia los cuales la brisa traía un aroma áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas ligeras y claras; hombres, unos con traje de negra alpaca o hilo amarillo, y otros con chaqueta de dril desteñido y al brazo el canastillo, ya vacío, del almuerzo, de vuelta al trabajo. Entonces, unas calles más allá, se alzaba el grito de "¡Claveles! ¡Claveles!", grito un poco velado, a cuyo son aquel aroma áspero, aquel mismo aroma duro y agudo que trajo la brisa al abrirse los balcones, se identificaba y fundía con el aroma del clavel. Disuelto en el aire había flotado anónimo, bañando la tarde, hasta que el pregón lo delató dándole voz y sonido, clavándolo en el pecho bien hondo, como una puñalada cuya cicatriz el tiempo no podrá borrar.

El segundo pregón era al mediodía, en el verano. La vela estaba echada sobre el patio, manteniendo la casa en fresca penumbra. La puerta entornada de la calle apenas dejaba penetrar en el zaguán un eco de luz. Sonaba el agua de la fuente adormecida bajo su sombra de hojas verdes. Qué grato en la dejadez del mediodía estival, en la somnolencia del ambiente, balancearse sobre la mecedora de rejilla. Todo era ligero, flotante; el mundo, como una pompa de jabón giraba frágil, irisado, irreal. Y de pronto, tras de las puertas, desde la calle llena de sol, venía dejoso, tal la queja que arranca el goce, el grito de "¡Los pejerreyes!" Lo mismo que un vago despertar en medio de la noche, traía consigo la conciencia justa para que sintiéramos tan solo la calma y el silencio en torno, adormeciéndonos de nuevo. Había en aquel grito un fulgor súbito de luz escarlata y dorada, como el relámpago que cruza la penumbra de un acuario, que recorría la piel con repentino escalofrío. El mundo, tras de detenerse un momento, seguía luego girando suavemente, girando.

El tercer pregón era al anochecer, en otoño. El farolero había pasado ya, con su largo garfio al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la llama azulada, encendiendo los faroles de la calle. A la luz lívida del gas brillaban las piedras mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí, una puerta allá, comenzaban a iluminarse por la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha calle. Luego se oía correr las persianas, correr los postigos. Tras el visillo del balcón, la frente apoyada al frío cristal, miraba el niño la calle un momento, esperando. Entonces surgía la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con su pregón ronco de "¡Alhucema fresca!", en el cual las vocales se cerraban, como el grito ululante de un búho. Se le adivinaba más que se le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído sobre él como teja, que iba, con su saco de alhucema al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la vida.

Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas.

 

En ocasiones la nostalgia aparece como relámpago; en otros momentos llega en oleadas.

Cuando relámpago, la luz del recuerdo es brillante y fugaz; encandila con su concentrado fulgor; acaso ciega momentáneamente y el dolor o la alegría, según el caso, pasan sin ecos ni reverberaciones. El espíritu tocado por estos destellos queda como suspendido, la respiración se contiene y la pupila se dilata en su intento por captar la mayor cantidad posible de luz. El arrobo es casi un chasquido, una intrepidez de algún ángel travieso que cruza la dimensión divina para darnos un beso centelleante. Esos momentos producen uno o dos versos; una viñeta tal vez, pero difícilmente sustentan poemas de gran aliento. Éstos necesitan de un cuerpo nostálgico más pleno y sostenido; como las oleadas de nostalgia que nos embaten en momentos de profunda reconsideración o recuento de nuestras vidas. Entonces la nostalgia abarca lentamente todo hasta llegar a lo inconmensurable de nuestra alma. La luz nostálgica emerge con la determinación del sol en el alba y el compromiso de iniciar el ciclo vital que ha de culminar en el necesario ocaso que presagia la resurrección. Pregones, obedece a ésta dimensión. El corpus que se logra en el poema abarca tanto el ciclo diario de las horas, como el anual de las estaciones y el universal de la vida.

El primer pregón se instala en el atardecer y la primavera. Refiere al clavel de picante aroma y de atrevido, desafiante color. Flor que semeja el vestido y cuerpo de la sevillana bailadora de flamenco; profusión de holanes escarlatas que nacen de unas rítmicas caderas ajustadas a una cintura y tronco esbeltos como tallo. El clavel no permite ser deshojado fácilmente, igual que la hembra sevillana segura de su ser de mujer.

Cernuda ubica a los claveles en la época cuando florece el amor, según asegura la conseja y lo confirman los filmes de los años veinte. También cuando la tarde ha traspuesto las prisas de la mañana y se apresta a llegar a su refugio, deshecho el nudo de la corbata, a reencontrarse con los placeres de la desnudez de cuerpo y espíritu. Si hay que recuperar la vida pasada, parece decirnos, debe comenzarse en la primavera y entre los seductores holanes de los claveles.

El segundo pregón se ubica en el mediodía, rubicundo y goteante, del caluroso verano español. Pareciera referir el placer del paladar por la mención del pejerrey de regio sabor; sin embargo, lo evocado es el sopor del mediodía veraniego. Época de estío; de una casi perfecta inmovilidad; de flojera, como se dice en México; es decir, de cuerpo flojo, sin fuerza ni tono, de total desmadejamiento debido al agobiante calor. ¡Qué gozo de no dar golpe justificado por el desorbitado crecimiento de la roja columna del barómetro! En esos momentos sobran la ropa y los pensamientos profundos y cualquier limosna de brisa es bienvenida y bendecida. Verano, tiempo en el que las responsabilidades escolares y laborales se relegan y el día no presenta mayores retos que el de llegar a la noche sin deshidratarse. Verano y la placidez del recreo, del asueto sin remordimientos, de la holganza justificada por la inevitable realidad de regresar a las responsabilidades cuando se terminen los días de descanso. Verano, época feliz.

El tercer pregón habla de la noche y el otoño, y también de la esperanza. La alhucema en el sur, el espliego en el norte, es una flor nocturna en su color y muy aromática al grado de utilizarse parte de ella como sahumerio.

El pregón refiere el ocaso, final de la vida y promesa de continuidad al otro día. Se antoja como las oraciones de la noche previa a la Resurrección de Jesucristo, en el que los fieles rezan en voz baja apretando en las manos el rosario, intentando en esa acción atrapar el aliento que se escapa en cada "Amén". Es, asimismo, la certeza de la caída de la noche y del temor que nos recorre, a nosotros, seres solares. Entre los antiguos mexicanos cada 52 años, final de un ciclo solar, se celebraba una ceremonia de alta estima entre ellos. Hijos del sol, los aztecas apagaban el fuego y durante la noche cerrada de obscuridad aguardaban rezando la resurrección de su dios. Las voces, como en Cernuda, se hacían graves semejando los cantos de los animales nocturnos. Cuando llega la obscuridad lo que se teme es la posibilidad de la noche eterna. Y no hay duda que en ella viviríamos si no existiera la esperanza.

El ciclo de la vida se presenta en este poema y bien dice Antonio, que los referentes de él son sevillanos y más aún, me atrevería a decir que son referentes de aquella Sevilla de la infancia de Cernuda, por ello más real, pues refiere una personalidad definida que estoy seguro no contiene en los sevillanos actuales los rasgos tan marcados y reconocibles de su geografía.

Vamos al poema españolano.

El vicio

Camino del colegio, por aquella calle de casas señoriales, a través de cuyo zaguán se entreveía en el patio anchuroso, entre la blancura del mármol, verde, fina, solitaria, una palma, cierta casa de persianas siempre corridas y cancela cerrada por un portón, conventual y enigmática, me intrigaba. ¿Qué familia, qué comunidad recatada podía habitarla? Jamás, en mis diarias idas y venidas por delante de ella, pude ver un balcón abierto, y rara vez el verdulero detenía allí su borriquillo para pasar a través de una reja, la celosía apenas entreabierta, su fresca y brillante mercancía de tomates, pepinos y lechugas.

Una mañana de invierno, camino yo del colegio más temprano, roja aún la luz eléctrica en algún cristal, luchando con el vago amanecer, al cruzar aquella calle vi parado un coche ante la casa; un coche de punto, viejo y maltratado, echada la capota, y el cochero de pañolillo blanco anudado al cuello, gorra de hule ladeada en la cabeza y una pierna sobre la otra en actitud jacarandosa, como quien espera. Por la acera, una mujer alta vestida de amarillo, el abrigo de piel derribado sobre un hombro, paseaba dando voces coléricas junto a la puerta de la casa, al fin abierta.

Un temor infantil me impidió pasar junto a ella, y desde la otra acera vi su cara pálida y deslucida, cubierta de pesados afeites, el pelo estoposo teñido, negreando a ambos lados de la raya que lo dividía sobre la frente, terrible y risible, con algo de muñeca flácida cuyo relleno se desinfla. Por la cancela abierta de la casa venía un relente de perfume rancio, de vicio que la ley pasa por alto y ante el cual la religión cierra los ojos. El cochero, en su pescante, reía de los gritos de la mujer, y recostado de mala gana en el quicio de la puerta, un policía contemplaba abstraído y soñoliento.

El abordaje crítico de este poema necesita la explicación de lo españolano, a que me referí anteriormente.

Los hombres y mujeres de un pueblo adquirimos rasgos que nos son comunes y definen particularmente. En los españoles, aún entre los descreídos, se evidencian las huellas del catolicismo y su visión moral del mundo. Creo que en todas las épocas, en unas con más furor que en otras pero presente en todas, el catolicismo ha sido un elemento importante de la sociedad española.

En el caso del poema de Cernuda, lo españolano se encuentra en lo católico subyacente en la sociedad que enfrenta la moral pública con la privada al repudiar por un lado y fomentar por el otro, la existencia de las cortesanas. Esta moral católica que condena en público lo que tolera y fomenta en privado, se hace clara en el comportamiento de los actores de esta escena, que no resulta ser exclusivamente sevillana, sino española y más aún, podría ser representada en cualquier sociedad latinoamericana, hijas y herederas de estas manifestaciones de doble moral.

Si en vez de pensar que la escena se desarrolla en Sevilla, imaginamos que es en Madrid o en Asturias provincias en las que el comportamiento social también se regía mayoritariamente por la moral católica, el resultado sería igual al del poema de Cernuda; lo mismo en la sociedad de México o de Venezuela; es decir que este comportamiento describe a lo sevillano, sí, pero no como local sino como genérico de España: como españolano y, más, como madrileño, asturiano, mexicano o venezolano; cada uno de ellos en su momento y todos en conjunto, nos describen tanto a los iberos peninsulares como a los americanos.

Preguntemos ahora ¿cuáles son los elementos que están en El vicio? Primordialmente la moral; más bien, una pincelada de eso llamado moral; un leve guiño a la forma en que la moral podía representarse en esos momentos españoles: entre los extremos del comportamiento desparpajado de una cortesana y los asombros (y asomos) primeros de un niño ante el sexo comprado.

Contrastan en la escena 1) la actitud retadora de la cortesana, mujer de la noche, que en esas primeras horas del alba para la gente que se hace llamar decente y últimas para los calificados de indecentes, su presencia se antoja como una imprecación. Su cuerpo semeja una marioneta colorida que "ofende" los negros ropajes severos de aquellos que en esas horas de la madrugada acuden al llamado metálico de la misa tempranera; 2) el cinismo del cochero y la indolencia del policía, personajes parasitarios de un negocio (deshonroso pero dineroso) del que participan pero no aportan más allá de su complacencia y complicidad y del cual la cortesana es la protagonista, deseada y repudiada al mismo tiempo; y 3) el ignorante (me niego a llamarle inocente) asombro de un niño resguardado, que no protegido, por los artífices de esa conducta calificada de moral y decente, que a toda costa intentan retrasar con mentiras y artilugios el inevitable encuentro de todos los niños con la realidad.

Las conductas y actitudes representadas en el poema que giran alrededor de la moral, no es algo que pueda calificarse de únicamente sevillano; debe haber sido generalmente español e iberoamericano. (Lo siento Antonio, pero no puedo pensar que este poema sea únicamente sevillano).

 

Ocnos y la esperanza

En su libro Las nubes, fechado 1937-1940, Cernuda incluye un poema titulado Lamento y esperanza. Este poema contiene los sentimientos que en esos años lo pueblan y que en Ocnos presentan su cara luminosa. Sirva el poema de puntal para entender la esperanza que brilla en el libro que nos ocupa. Transcribo el poema para recordarlo juntos:

Lamento y esperanza

Soñábamos algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.
Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
De un mundo donde desorden e injusticia,
Hinchendo oscuramente la ávidas ciudades,
Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
Y en la revolución pensábamos: un mar
Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.
El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.
Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.
Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.
Si con el dolor el alma se ha templado, es invencible;
Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso
Agonizará antes, presa ya de la muerte,
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.

Basándonos en este poema, ¿cómo podríamos entender a la esperanza; y qué de ella podemos encontrar en los poemas de Ocnos?

El poema se polariza entre dos orillas: el lamento y la esperanza; de éstos dos elementos el de mayor fuerza es la esperanza, de mayor peso ya que es un sentimiento; en cambio el lamento no es más que una manifestación de algún sentimiento. En el caso del poema, todo él es un lamento que invoca a la esperanza. El poeta se lamenta a lo largo de las estrofas por una revolución siempre huidiza y nunca realizada, a pesar de que se le anhela, puesto que se le sueña, en todo momento. Durante las dos primeras estrofas el sueño tiene una doble característica de esperanza e invocación. En la tercera, el sueño se troca en realidad al afincarse los días de los hombres en una revolución que obliga a la ruina, material y espiritual, "a pisar entre un fango rociado de sangre". En las dos últimas estrofas se yergue la esperanza como bastión en el cual ha de apoyarse el renacimiento futuro del "pueblo iluso", que será "rosa eterna en los mares". Y ¿cómo será ese pueblo en el porvenir?, como lo fue en el pasado, en Ocnos, dueño de sí, seguro en su tradición, adaptándose a lo que tendrá que cambiar necesariamente, después de que entre ellos decidieron hacer una revolución. Y la esperanza nace del dolor; es su contraparte; su compañera necesaria.

El camino de la redención tiene que pasar por la revolución, pero esta redención no clausura el pasado, en su tránsito hacia la resurrección lo recupera como barca en la cual navegará hacia ella. Eso no obliga a que el futuro sea igual que el pasado, cosa imposible, pero si a que no olvide para evitar la repetición de los errores y encuentre el camino evolutivo que ese pasado le señala.

Eso es lo que encuentro en Ocnos, y que al mismo tiempo entiendo por esperanza: un evocación del pasado que permita transitar en el presente con la ilusión de construir un porvenir.

Colofón

Al leer todo lo anterior con intención crítica, encuentro que a pesar de mis argumentos y razones, no logro despejar del todo la ecuación que tanto enorgullece a Antonio de que en Ocnos sólo está Sevilla, puesto que en un primer plano, más próximo al sentimiento y a la nostalgia que a la razón y al análisis, realmente Sevilla podría ser el personaje central de Ocnos; sin embargo, en un plano más allá, visión privilegiada de los que no nos une un sentimiento filial a Sevilla, me parece encontrar un gran canto a España toda.

Debo reconocer que mis sentimientos hacia España no se localizan en una provincia, como al parecer le sucede a los españoles en general, y quizá por ello no logro descifrar el bordado fino en que se basaría Antonio para aseverar categóricamente que Ocnos y Sevilla son una sola cosa. Lo cierto es que me resulta muy difícil imaginar que un poeta como Cernuda, pudiera lograr que la poesía se ciñera a un punto en el que sólo cupieran los sevillanos. Sería el caso de aceptar que los gitanos de Lorca y la luna que los acompaña, son solamente españoles y no universales.

 

Bibliografía


© Patricio Eufraccio 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/ocnos.html