La figura
del secretario
en la obra
dramática de
Lope de Vega


      


Elena del Río Parra
Brown University


 

El extenso estudio que Agustín de Amezúa dedica al epistolario de Lope de Vega cuenta con un capítulo dedicado a Lope como "poeta secretario" (197-322). En él, proporciona información muy completa acerca de las diferentes actividades secretariles que el dramaturgo tuvo que llevar a cabo a lo largo de su vida. Al igual que otros autores, Lope de Vega desempeñó dicho cargo en diferentes casas, con el fin de ir sufragando sus gastos bajo un mecenazgo seguro. Secretario del Marqués de las Navas, del de Sarria, del Duque de Alba y del de Sessa, no es extraño que este cargo haya sido tenido en cuenta con cierta preeminencia a la hora de elegir a los personajes que aparecen a lo largo de su producción dramática.

A lo largo de los siglos XVI y XVII se va configurando todo un subgénero didáctico que atiende a la formación de los secretarios, de modo que proliferan los manuales orientados tanto a su educación y comportamiento como a la manera en que deben escribir cartas. Sendos artículos de J. Lafaye (1984) y de L. Rodríguez Cacho (1988) se dedican a la figura de Antonio de Torquemada y a su Manual de escribientes -que en parte se ocupa de las actividades de un secretario-, llamando la atención sobre la caída de las ars dictaminis, tan veneradas durante el Renacimiento, y su sustitución por los formularios de cartas, que cada vez son más extensos y se ocupan de los eventos más peregrinos.

El propio Lope de Vega, como señalan A. de Amezúa y J. Lafaye, Lope de Vega había sido el encargado de escribir la aprobación del Nuevo estilo y formulario de escribir cartas misivas y responder a ellas, en todos géneros y especies de correspondencias a lo moderno, conforme a el uso que hoy se practica, de Juan Páez de Valenzuela (Córdoba: Salvador de Cea Tesa, 1630). En este documento de 1629 declara que "Los estilos de tan diversas materias, podrán darlos a los que escriben guiando la pluma a estos ejemplares, para no errar en la disposición, ni en las cortesías; que aunque la retórica natural es el maestro común de esta ciencia (que cuando viven profesan) mejor irán con esta luz a imitación del arte; pues no todos pueden leer para las severas, y graves a Séneca, y Jerónimo; para las familiares a Cicerón, y a Plinio; y para las ínfimas a Menucio y Lhilelpho".

De la misma opinión es Diego Saavedra Fajardo: la "Empresa LVI" contenida en La idea de un príncipe político-cristiano, representada en cien empresas, obra publicada en 1640, se ciñe a la idea expresada por Lope, rechazando nuevamente los formularios de cartas: "¿Qué importa que resuelva bien el príncipe, si dispone mal el secretario y no examina con juicio y advierte con prudencia algunas circunstancias, de las cuales suelen depender los negocios? Si le falta la elección, no basta que tenga plática de formularios de cartas; porque apenas hay negocio a quien se pueda aplicar la minuta de otro" (448). Ambos autores, por tanto, remiten al "buen seso natural" del secretario para desempeñar con tino su oficio, y de hecho no encontramos a ningún secretario dentro de la comedia de Lope en el acto de consultar ninguno de estos manuales. Es más, esta característica es perfectamente reconocible en El perro del hortelano, donde Teodoro es halagado siempre por poseer discreción natural.

Pero A. de Amezúa, después de haber recorrido con exhaustividad la bibliografía referente a los manuales de secretarios, declara que Lope tuvo oportunidades de desarrollar el tema, pero no lo hizo. Tras citar un par de casos, concluye: "Y fuera de esto, nada más en su inmensa producción dramática: al fin su oficio no es un cargo, sino una carga; no hay, pues, por qué ni para qué ocuparse de ella…" (237, n. 23).

Encuentro buenas razones para contradecir la opinión del crítico, y abordar el estudio de esta figura en la obra dramática de Lope de Vega. En primer lugar, el secretario debía tener algo de actor también: según Saavedra Fajardo, "no será bueno para secretario quien no fuere tan modesto, que escuche más que refiera, conservando siempre un mismo semblante, porque se lee por él lo que contienen sus despachos" (Empresa LVI).

Por otra parte, el potencial de conflicto entre el señor y el criado es otra faceta en la que Lope está interesado (recordemos que "los casos de la honra son mejores", según el verso 327 del Arte nuevo), aspecto que desarrolla, de nuevo, en obras como El perro del hortelano, que Amezúa no consideró en su estudio. Hay que puntualizar que el secretario no es la única figura que plantea este tipo de conflictos: se da el mismo caso, por ejemplo, en El mayordomo de la Duquesa de Amalfi, donde como indica el título es el mayordomo quien se casa en secreto con su señora y, a diferencia de El perro del hortelano, la diferencia social no logra superarse y se resuelve en tragedia.

Las condiciones del buen secretario se incluyen aquí y allá en las comedias de Lope de Vega. En Querer la propia desdicha se declara:

A esta traza el vulgo dice:
maestresala limpio y diestro;
mayordomo, miserable,
y secretario, discreto;

(Ac. N., XIII, 450)

Una enumeración similar aparece en Servir a señor discreto, del mismo Lope:

CONDE

   
Y ¿qué es a un secretario necesario?
GERARDO
   

Saber cinco o seis lenguas.

CONDE

   

................................... Él las sabe.

GERARDO
   

¿Tiene estilo elegante?

CONDE

   

................................... Culto y vario.

GERARDO
   

La frase, ¿es fácil?

CONDE

   

................................... Y el hablar es grave.

GERARDO
   

Luego, ¿imita al señor?

CONDE

   

................................... Divinamente
el hablar y escribir

GERARDO
   

Esa es la llave.

CONDE

   

Nació en la Corte, cosa conveniente
para la inteligencia de sus cosas

GERARDO
   

¿Tiene ejercicio?

CONDE

   

................................... Y ciencia suficiente.

GERARDO
   

Y ¿no ha de ser leal?

CONDE

   

................................... Partes forzosas
son el secreto y la lealtad.

................................... (Acto III, vv. 2101-2111)

La gran variedad de personajes que el dramaturgo utiliza en el conjunto de su producción teatral ha sido objeto de estudios como los de R. del Arco (1941), en el que se da cuenta de los diferentes criados de una casa, su jerarquía, y las relaciones entre ellos. Por la puente, Juana ofrece una breve relación de los sirvientes de una casa, donde el secretario aparece esta vez como una figura indeseable a los ojos de otros criados:

Es discreto de ordinario,
que es ordinario discreto:
la gente más enfadosa
del mundo y más peligrosa;
que de uno y otro conceto
son mártires todo el día
de su mismo entendimiento,
sin discrepar un momento
de aquella filatería.
Huya de éstos; que es crueldad
sufrir su conversación;
que matan con discreción,
como otros con necedad.
Aunque para otros efetos
le hable y le tenga en pie,
cuando más seguro esté
le dirá treinta sonetos.
Sabe un poco de latín
(que de pensarlo me angustio),
con que dice que Salustio
fue sastre y Tulio rocín.
Peca en peregrinidad,
propio ingenio de español,
sabiendo que se honra el sol
de ser todo claridad.

(Acto II)

Por su parte, M. Herrero García señala que, según la idea general en la literatura de la época, los mejores secretarios, aunque no sean los más elocuentes, son los vizcaínos. B. Gracián declara en el Criticón: "Quedó Critilo tan hallado como favorecido en la corte de Artemia, muy entretenido y aun aprovechado, viéndola cada día obrar mayores prodigios: porque la vio convertir un villano zafio en un cortesano galante, cosa que parecía imposible; de un montañés hizo un gentilhombre, que fue también gran primor del arte, y no menor hacer de un vizcaíno un elocuente secretario" (251).

En los capítulos XLVII y LI de la segunda parte del Quijote, se menciona al secretario -también vizcaíno-, junto con el mayordomo y el maestresala, como parte integrante del gobierno de Sancho. Lo peculiar en esta obra es que Sancho necesita al secretario por el simple hecho de que es analfabeto, y que le da licencia para añadir lo que quiera a su carta en una ocasión, mientras que en otra le prohibe quitar ni añadir nada, es decir, Cervantes sabe cómo un secretario tiene la facultad de completar lo dictado por su amo, aunque debe ser fiel a éste si tiene órdenes explícitas para ello. El mismo Cervantes pone en boca del Licenciado Vidriera lo que parece ser una opinión no demasiado favorable:

"Y, subiéndose más en cólera, dijo que mirasen en ello, y verían que de muchos santos que de pocos años a esta parte había canonizado la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno se llamaba el capitán don Fulano, ni el secretario don Tal de don Tales, ni el Conde, Marqués o Duque de tal parte, sino fray Diego, fray Jacinto, fray Raimundo, todos frailes y religiosos; porque las religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos, de ordinario, se ponen en la mesa de Dios" (72).

Pero, aparte de estas características ideales contenidas en los manuales, el secretario -sea real o literario- no es todo lo que dicen los libros para su instrucción: el propio Lope sirvió a menudo de alcahuete al Duque de Sessa, como estudia el propio Amezúa, y escribió cartas que no están tipificadas en los libros de Pérez de Guzmán o de Páez de Valenzuela. Que las funciones secretariales para con el Duque de Sessa van más allá de lo normativo aparece reflejado en Peribáñez y el Comendador de Ocaña, donde el Comendador afirma:

Si sirviera una dama, hubiera dado
parte a mi secretario o mayordomo
o a algunos gentilhombres de mi casa.
Estos hicieran joyas y buscaran
cadenas de diamantes, brincos, perlas,
telas, rasos, damascos, terciopelos,
y otras cosas extrañas y exquisitas…
Pero la calidad de lo que quiero
me obliga a darte parte de mis cosas,
Luján; que, aunque eres mi lacayo, miro
que para comprar mulas eres propio.

(Acto I, vv. 921-931)

El príncipe inocente, considerada como la segunda obra de Lope de Vega, cuenta con un secretario dentro del elenco dramático, y lo mismo puede decirse de la última de sus comedias, Las bizarrías de Belisa. Es decir, desde 1590 hasta 1634 el secretario es una figura que, con numerosos matices y variaciones, utiliza Lope a lo largo de su producción dramática, y no puede dejarse de lado, no sólo por su germen autobiográfico, sino por las diferentes posibilidades que presenta.

Ciertamente no debe de ser casual la aparición de más de treinta y cinco secretarios en el conjunto de la producción dramática de Lope de Vega (amén de tres secretarias, caso, éste sí, atípico). Muchos de ellos dejan sus funciones subsidiarias para convertirse en protagonistas, incluso por encima de los personajes nobles a quienes sirven, a pesar de lo cual no hay una función que sea privativa de este personaje. Esto es, encontramos secretarios graciosos, bobos, violadores, letrados, hidalgos arruinados, príncipes, pobres venidos a más, etc.

Entre todos ello, se puede aislar un buen grupo de obras cuyo argumento avanza gracias a la intervención de un secretario, que aporta información de hechos pasados o acaecidos fuera de la escena pero cuyo carácter no se desarrolla en lo más mínimo. En otras, en cambio, el secretario utiliza su formación específica, o se citan sus cualidades particulares en este oficio; en este sentido, por ejemplo, el fragmento transcrito de Servir a señor discreto (1610-18) mencionaba los atributos que debe tener un buen secretario: "saber cinco o seis lenguas", tener estilo elegante, "culto y vario", saber imitar al señor en hablar y escribir (imagino que a efectos de poder suplantarlo, llegado el caso), haber nacido en la corte y, por descontado, ser leal y saber guardar un secreto. Según Saavedra Fajardo, "la parte más esencial en el secretario es el secreto; de quien se le dio por esto el nombre, para que en sus oídos le sonase a todas horas su obligación". Esta última cualidad, no obstante, está asimilada por otros personajes en muchas obras, y sobra comentar el potencial dramático de este recurso, matizado por el tópico de que la mujer es incapaz de guardar un secreto. Renuncio por tanto a desarrollar esta vertiente, ya que no es una función privativa de un secretario, sino inherente a la técnica dramática misma.

Esta función básica de consejero aparece por ejemplo en La fuerza lastimosa, donde el rey se deja convencer por la elocuencia de Clenardo, su secretario:

Cle.

 
Es el Conde, señor, tal caballero,
tan discreto, leal, noble, sencillo,
tan liberal, tan bien intencionado,
tan poco entremetido y cauteloso,
tan bienquisto de todos, tan amable,
tan seguro, y tan bueno finalmente,
que cuando me mandaste con secreto
que le llamase, dije que sin duda
merced le hacías de algún título nuevo

Rey

Mi gracia ha conquistado con tu lengua.

(Acto I, escena XIX)

La relación entre el secretario y su señor casi siempre da pie a conflictos de honor o de poder. Lo más frecuente en el caso de Lope de Vega es que, si el secretario es protagonista, el amo sea una mujer, con lo que entra inmediatamente en juego un problema de honor, que se resuelve de diferentes maneras (aunque, a decir verdad, la más original en su solución sigue siendo la de El perro del hortelano). En El príncipe inocente, el secretario Celauro se enamora de la hija de un Duque, y se expresa en términos de ascenso y caída:

¡Oh, amor!, ya que me diste atrevimiento
siendo de tan humilde y bajo estado,
para poner tan alto el pensamiento,
muriera yo no más de enamorado;
mas tengo de morir en el tormento
lleno de celos y de amor llagado

(Acto I, escena XIII)

Semejantes imágenes encontramos en El secretario de sí mismo (1599-1606) donde Feduardo, enamorado de la hija del Duque de Mantua, reflexiona en un soliloquio:

No pidas para sólo despeñarte
el carro de oro al sol que ya el abismo
del mar sus ondas abre a sepultarte.
No puede haber más ciego barbarismo
que llamándose el Duque de mi nombre
imagine que soy el Duque mismo

(Acto II)

Estas referencias tienen más extensa continuación a lo largo de todo El perro del hortelano (1613-15), más específicamente en los mitos de Ícaro y Faetón, y necesariamente ha de verse un antecedente o, al menos, un cierto parentesco en las obras citadas.

En Las burlas de amor (1604), la reina requiebra a su secretario, quien se plantea el problema del linaje y del honor, para descubrir más tarde que se estaba burlando de él. Otro caso es el de La vengadora de las mujeres (1613-20), que no plantea este conflicto pero sí la cuestión del origen del amor en la envidia, así como la paradoja de los celos previos al amor mismo ("antes que tenga amor, me matan celos"): Diana, enamorada del secretario de Laura, su señora, suscita los celos de ésta; Laura muestra involuntariamente, como la Diana de El perro del hortelano, sus sentimientos al sonrojarse:

De divinas colores se ha compuesto.
Pues si la nieve, de clavel la baña,
de estos vivos esmaltes y colores,
bien puede mi esperanza tomar flores.
¿Atreveréme a ser tan atrevido?

(Acto II)

Otro recurso más enlaza El perro del hortelano tanto con comedias cronológicamente próximas como con otras más alejadas en el tiempo: si bien hasta el momento todas las conexiones o antecedentes muestran tópicos rastreables en otras comedias (el sonrojarse, los celos previos al amor mismo, el enamorarse de un vasallo con el consiguiente conflicto de honor o el saber guardar un secreto), lo que realmente me parece privativo de la figura del secretario es su don de la palabra, y su poder de modificar el discurso, y por tanto de dar un giro a la trama. La relación de poder entre un señor y un secretario permite otro tipo de competencia diferente de la que podemos encontrar con otros sirvientes (maestresala, lacayo, escudero, maestro de baile, etc.); la rivalidad entre ellos sólo puede darse en el nivel discursivo, puesto que socialmente es inviable que el secretario iguale a la persona a quien sirve.

Naturalmente, esta contienda ha de ser velada, porque el secretario puede perder su cargo si da muestras de excesiva discreción, amenazando así la posición de poder de su superior. Tanto en El perro del hortelano, como en La vengadora de las mujeres asistimos a la competición entre la señora y el vasallo. Éste, claro está, encarece lo escrito por ella, e incluso en El perro del hortelano se declaran abiertamente las consecuencias que puede tener el haber escrito Teodoro una carta superior a la de Diana:

«Vámonos del reino luego;
que en gran peligro estoy yo.»
El mozo le preguntó
la causa, turbado y ciego;
y respondióle: «Ha sabido
el rey que yo sé más que él.»
Que es lo que en este papel
me puede haber sucedido.

(Acto I, vv. 791-798)

Del mismo modo, en La vengadora de las mujeres, Lisardo se rinde tras una discusión filosófica acerca del sexo femenino, en la que sin embargo ha razonado mejor que Laura:

Lis. ¿Haste cansado de mí?

Lau. Eres muy flaco enemigo

Lis. Bien dices, rendido estoy

Dian. Quien rinde no está rendido

Luc. ¿Qué dices?

Dian. «Que no ha querido
rendirse.

(Acto II)

En la misma línea, El secretario de sí mismo muestra cómo Otavia, hija del Duque, tras haber encargado a su secretario que escriba una carta para su futuro esposo, la corrige despiadadamente e ignora las justificaciones de Feduardo, como queriendo demostrar su superioridad con la palabra, aunque también como forma de rebelión contra la decisión de su padre:

Fed. «No puedo significar,
mi bien, el bien que recibo…»

Ot. "Quita el «mi bien»

Fed. ¿Pues por qué?

Ot. No es honesto.

Fed. Es ya tu esposo.

Ot. Di «Feduardo».

Fed. Es forzoso

que algún favor se le dé,
porque pide tus regalos.

Ot. Con marido, por lo menos,
son entre los brazos buenos
pero para escritos malos"

(Acto II)

Si la rivalidad fuera entre iguales, probablemente se competiría por la fuerza (mediante un duelo) o habilidad física (en una corrida de toros) como encontramos en otras obras. Pero ésta es más sutil, y desde luego busca apoyo cierto en el lenguaje, permitiendo más alardes verbales, puesto que del secretario se espera un alto grado de competencia, que va más allá del de simple amanuense o escribano. En La vengadora de las mujeres la protagonista, para ganar tiempo, pide como prueba el escribir un libro, tarea en la que, claro está, sale vencedor el secretario.

De todo ello resulta un tipo de relación de poder a través de la palabra. En consecuencia, ese rol no lo podía haber desempeñado un simple criado, porque el secretario tiene el poder del discurso, y por tanto de modificar las acciones y actitudes de otros personajes superiores a él en rango. Además, su posición presupone un mayor grado de confianza con la persona a quien sirve que otros criados de la casa, al guardar sus secretos.

Son varios los recursos léxicos que se presentan a Lope, y que dependen en gran medida tanto del desarrollo de la trama como del estado de la anagnórisis en un momento determinado y de la información de que los personajes disponen. Por ejemplo, puede darse el caso de escribirse a uno mismo, sin saberlo más que al final del discurso. Esto permite al superior declarar sus intenciones veladamente, y descubrirse al final, justo antes de abandonar la escena, sin tener que pasar por el trance de contestar a preguntas indiscretas o de rebajarse al nivel del vasallo. En El secretario de sí mismo, Otavia dicta una carta a Feduardo, que va copiando y repitiendo el final de cada frase, formando una rima en eco; al terminar, revela el destinatario y se marcha:

Ot. «Y quédate adiós» Fed. «Adiós»

Ot. «Que te me guarde» Fed. «Me guarde»

Fed. ¿A quién escribes así?

Ot. Espera y te lo diré

Fed. ¿Quién tan venturoso fue
que esto merece de ti?

Ot. Cerralde y dadle, y adiós

Fed. ¿A quién? Que saberlo aguardo.

Ot. ¿Cómo a quién? A Feduardo

Fed. ¿Quién es Feduardo? Ot. Vos (Vase)

(Acto II)

Esta escena es equiparable a la de El perro del hortelano, donde Diana se declara a Teodoro dictándole una nota:

Teod. Ya el papel está cerrado; sólo el sobrescrito resta.

Dian. Pon, Teodoro, para ti,
y no lo entienda Marcela;
que quizá lo entenderás
cuando de espacio lo leas. (Vase y quede solo, y entre Marcela)

(Acto II, vv. 2034-2039)

En ambos ejemplos, la señora toma las riendas del discurso para sus propios fines, quedando el secretario en manifiesta inferioridad, ya que carece de la información precisa. Una vez desaparecida Otavia de la escena, Feduardo retoma el control por medio de un monólogo donde se entrega la carta a sí mismo y vuelve a leérsela (sospecho, además, que el mensaje ha sido tan interferido por el eco del dictado, que ha de volver a leerse seguido para la correcta comprensión por el auditorio). De esta forma, el protagonista, sin saberlo, está además actuando de "secretario de sí mismo", porque él mismo debería ocupar la posición que le ha sido arrebatada:

Fed. Fuese Otavia vergonzosa
y conmigo declarada,
que a mujer determinada
no hay cosa dificultosa.
Que le cierre y que le dé;
si para mí le escribí,
no es mucho dármele a mí
abierto, pues que se fue.
«Tomad, señor Feduardo,
que Otavia os da este papel.»
«¿A ver lo que dice en él?»
«Esto, si escucháis.»
«Ya aguardo.» (Lee)
«Mi estrella me fuerza,
aunque es injusto
a seguir mi gusto
y tu amor me esfuerza
a quererte tanto
que si mi igual fueras,
hoy me tuvieras…»

(Acto II)

Un ejemplo extremo de suplantación, esta vez real y no por equívoco, lo tenemos en El valeroso catalán. Lotario, tras haber llevado las misivas para efectuar un matrimonio por poderes, termina por enamorarse y querer suplantar a su señor. De ese modo, el transmisor del mensaje pretende convertirse en el emisor. Tras un soneto en el que Lotario declara su amor, y tras manifestar celos del copero de la dama (especie de mayordomo, que en realidad es una mujer vestida de hombre), exclama:

No pensé decir jamás
este loco pensamiento,
sino callar mi tormento
mientras padeciese más;
porque viendo que Isabela
era mujer, era honor
del supremo Emperador,
del pensamiento apartéla.
Mas viendo que favorece
sospechosamente a un hombre
hermoso y de obscuro nombre,
no le sufrir me parece.
Tras aquesto me ha picado
con no hacer caso de mí,
viendo, Rodulfo, que fui
el que tento bien le ha dado.
¿Yo no hice el casamiento
y las capitulaciones?
¿No firmé las condiciones
y truje el consentimiento?
¿A un español, un rapaz
ha de anteponer a mí?
Para cuanto quiera aquí,
¿no soy, Rodulfo, capaz?

(Acto II)

A partir de ese momento y hasta que se deshaga el embrollo, Lotario actuará como el marido celoso, echando en cara a cada momento que él es el engañado:

¿Cómo que me olvide así,
siendo yo el que a Londres fui
a tratar su casamiento?
¡Que me deba esta mujer
verse en el trono que está,
y que apenas sepa ya
si tengo en el mundo ser!
¿Esto sufro? ¿Soy de piedra?

(Acto II)

Otro caso diferente es el dictado de una carta para alguien que el secretario reconoce; puede así tomar el poder, puesto que tiene la pluma, subvirtiendo el dictado, que no siempre garantiza la fidelidad a lo oído. Encontramos un buen ejemplo de ello en Nadie fíe su secreto, donde Calderón de la Barca se sirve de los apartes para crear un nuevo discurso, totalmente diferente al inicial, dictado por el príncipe Alejandro a su secretario Don César. En este caso, la subversión es involuntaria:

D. Cés. Decid.

Alej. «Yo estoy…

D. Cés. «Estoy…

(Ap. Muerto de celos.)

Alej. «Tratando con secreto…

D. Cés. «Con secreto…

(Ap. ¡Aun no puedo gozar la ocasión, cielos!)

Alej. «El casamiento…

D. Cés. «El casamiento…

(Ap. Efeto
no ha de tener)

(Acto III)

El dictado prosigue, hasta que Alejandro hace repetir a Don César lo último que ha escrito, para descubrir que no coincide con lo que ha estado dictando. El mensaje resultante de los apartes es una misiva con sentido y tono totalmente opuestos, donde no sólo ha variado el contenido, sino que éste pasa a ser un escrito en prosa:

"Yo estoy muerto de celos, tratando con secreto… aun no puedo gozar la ocasión… el casamiento efeto no ha de tener; al fin vuestros desvelos le tendrán, no los míos; lo que yo os aseguro, es mi muerte, que vuestro honor procuro, por ser Doña Ana… aquí rendido quedo…".

El escribir a alguien por otro es un recurso que, con algunas variaciones, popularizaría Rostand casi un siglo después en Cyrano de Bergerac basado en un procedimiento similar, donde el poder de la palabra se delega en un tercero, que arregla el texto adoptando las funciones de alcahuete.

Cabe de todo ello preguntarse si la subversión a través de los actos de escritura no corresponde en último término a la consciencia del dramaturgo de su poder para modificar el gusto o la conducta del auditorio quien, a su vez, también influye en su manera de escribir, demandando ciertos protocolos, y recordándole que, por muy dueño de la pluma que sea, también él es capaz de reescribir el texto desde la cazuela.

Bibliografía

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© Elena del Río Parra 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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