ROMANTICISMO FRENTE A CLASICISMO
EN EL ARTISTA (1835-1836)

 

Genoveva Elvira López Sanz (*)


  

 

1. Introducción:El Artista, modelo para las publicaciones literarias. Características formales.

A pesar de la breve vida que tuvo El Artista (poco más de un año) es una de las revistas del siglo XIX más consideradas tanto por su belleza tipográfica como por la calidad de sus contenidos. El 17 de junio de 1834 Federico de Madrazo y su amigo Eugenio Ochoa solicitaban a la Reina Regente el permiso de publicación de una revista "cuyo objeto no será otro que el de popularizar, si nos es posible, entre los españoles la afición de las bellas artes, para lo cual contendrán todos sus números retratos y biografías de hombres célebres, como también descripciones de monumentos y trozos de amena literatura." (1)

Los editores de la revista ya habían anunciado su aparición para el 6 de julio de 1834 según consta en un aviso de la Gaceta de Madrid; sin embargo, debería esperar El Artista al 4 de enero de 1835 para ver la luz: una epidemia de cólera y el consiguiente cordón sanitario que paralizaría las comunicaciones con la capital retrasaron su aparición. El "Prospecto" del periódico anunció los pormenores de su publicación y fijó su criterio editorial. El Artista iba a publicarse todos los domingos en entregas de doce páginas, con una o dos estampas litografiadas en cada una, de tan alta calidad que pronto los lectores las desglosaron de la publicación para coleccionarlas por separado.

La calidad artística de las láminas litografiadas de la revista ha sido celebrada unánimemente por los estudiosos. Las Cartas Españolas (1831-1832) y El Correo de las Damas (1834-1835) habían precedido a El Artista en la utilización de estampas cromolitografiadas, pero Las Cartas habían empleado el grabado con menor intensidad y como atractivo gráfico añadido al texto escrito. Las láminas de El Artista, sean retratos, paisajes o bocetos de monumentos, cumplen la función ilustradora que va mucho más allá, puesto que las estampas hacen referencia a un texto narrativo del que forman parte indisoluble.

Aunque la revista fue dedicada a la reina Isabel II, el prospecto dejó claro que su finalidad era artística y no política. Nacía la publicación con la intención didáctica de dar a conocer entre los españoles a sus mejores literatos y artistas según el ideal herderiano del romanticismo nacional:

"El objeto de este periódico no es otro que el de hacer populares entre los españoles, los nombres de muchos grandes ingenios, gloria de nuestra patria, que sólo son conocidos por un corto número de personas y por los artistas extranjeros que con harta frecuencia se engalanan con sus despojos. Contendrá EL ARTISTA, biografías de hombres célebres, discursos sobre las bellas artes, descripciones de monumentos antiguos y modernos, noticias de descubrimientos curiosos, tanto en nuestra nación como en las extranjeras, todo en fin que pueda deleitar e instruir a nuestros lectores."

Sin desviarse de este programa, y amenizado además por novelas, cuentos, traducciones, poesías, anécdotas, etc., El Artista logró imprimir sesenta y cinco entregas que deben representar el mismo número de semanas, al no existir noticia alguna de interrupción. De cada serie de veintiséis entregas se ha formado un tomo; de los tres tomos, los dos primeros serán de trescientas doce páginas y el tercero de dieciséis, cuatro más que la paginación normal.

Los prestigiosos talleres tipográficos de Sancha, en uno de sus últimos trabajos, fueron la fábrica de la bella revista cuyo modelo en cuanto al diseño periodístico debe buscarse en París, en la publicación de su mismo nombre (L’Artiste), de Achille Ricourt, e iniciada en 1831. Siguiendo a José Simón Díaz, parece que los jóvenes editores de El Artista quedaron deslumbrados por la revista francesa durante su estancia en París y, de regreso ya en España, llevaron a la Sancha varios ejemplares de la misma para obtener una revista de igual calidad tipográfica y belleza estilística que su homónima parisina. El Artista, además, dedicó artículos sueltos a las técnicas e innovaciones litográficas y colaboraron en ella varios artistas extranjeros que habían participado en la Colección lithográfica de cuadros del rey de España como Asselineau, Blanchard o Cayetano Palmaroli.

Parece que las coincidencias más importantes entre las dos publicaiones atenderían, pues, a rasgos formales aunque autores como Leonardo Romero Tobar piensan que la influencia de L’Artiste sobre la revista madrileña fue mayor: "los préstamos son más de los que hasta ahora han sido aducidos, véase, por ejemplo, la abreviación experimentada por el libro IX de Les Martyres (episodio de los druidas galos) en el trabajo anónimo "Sacrificios humanos entre los galos" (El Artista, III, 28-29)." (2)

2. Románticos vs. clásicos en El Artista.

La labor de El Artista no se limitó a servir como órgano publicitario de los escritores que en la revista colaboraron. Ochoa y sus amigos sentían un profundo descontento con el nivel cultural de España. En toda una serie de ensayos, se reflexionará sobre el estado del arte en nuestro país y, sobre todo, se intentará desbancar por caducos los preceptos clásicos. Eugenio de Ochoa está convencido de que el siglo XIX posee los ingredientes para hacer florecer una "nueva" literatura:

"Y no se crea que conformándonos con la opinión de algunas gentes, convenimos en la decadencia de las bellas artes, en que es esencialmente antipoético el siglo XIX, porque es un siglo de movimiento, de especulaciones, y aun no ha faltado quien diga de vapor; antes bien, estamos persuadidos, y la experiencia confirma nuestra persuasión, de que vivimos en una de aquellas grandes épocas favorables al desarrollo de la inteligencia humana, en que, como en el siglo XVI, la fuerza de las circunstancias hará brotar de entre el desorden universal, en todos los puntos de la antigua Europa, ingenios vastísimos, almas sublimes y enérgicas como las de Calderón, Shakespeare, Miguel Ángel y Rafael." (3)

Partiendo de esta idea optimista, los jóvenes de El Artista se embarcarán en una lucha contra el peor enemigo del arte: el clasicismo. El romanticismo pugna por la introducción en España de ideas nuevas y de innovadoras formas de comprender la realidad, mientras que los clásicos han sumido a España en el estancamiento más absoluto. Un artículo firmado por Eugenio de Ochoa -"De la rutina"- podría resumir perfectamente este sentimiento. Ochoa se queja así:

"La rutina, sólo la rutina es la causa de que se hallen tan atrasadas las artes en nuestra nación. Y descendiendo a los objetos más humildes, la rutina es causa de que tengamos braseros, calesines, horrible empedrado y no buenos teatros, ni medianas fondas, ni posadas habitables (...). Los arquitectos reproducen exactamente los monumentos de la Grecia, los poetas trágicos, o repiten al pie de la letra los pensamientos de los antiguos, o revisten con formas griegas o romanas asuntos de la historia moderna, ¡enorme anacronismo!" (4)

En "un romántico", protesta en los mismos términos:

"¿Qué quiere decir clasiquista? ¿Admirador de los autores clásicos? No; porque esta definición convendría igualmente a los llamados románticos. ¿Quiere decir persona que ha estudiado y seguido las que en lenguaje escolástico se llaman clases? No, por la mismo razón que antes dimos. Lo que quiere decir clasiquista es, traducido al lenguaje vulgar, rutinero, hombre para quien ya todo está dicho y hecho, o mejor decir, lo estaba ya en tiempos de Aristóteles; hombre para quien toda nueva idea es sacrilegio; que no cree en los adelantos de las artes ni en los progresos de la inteligencia, porque es incapaz de concebirlos." (5)

No en vano, Ochoa, los Madrazo y muchos de los colaboradores de El Artista, habían vivido los aires de la renovación que el romanticismo había traído a Europa. España necesitaba abrirse a un movimiento que lo que significaba, en definitiva, era una regeneración que sacaría a las bellas artes de su letargo.

Sin embargo, parece que en España el concepto de romanticismo no es comprendido en toda su significación; antes, se le asocia a exageraciones, extravagancias, espectros y tinieblas. Contra esta idea luchará también la revista de un modo brillante. El artículo "Un Romántico" es un ejemplo magnífico de las quejas de estos jóvenes ante la incomprensión que generan sus ideas:

"El Romanticismo. ¡Cuántas ideas contrarias despierta esta palabra en la imaginación de los que la escuchan! Semejante a un mágico talismán, a unos halaga dulcemente como los acentos de una voz amada, como una celeste armonía! Otros hay para quienes la palabra romántico equivale a hereje, a peor que hereje, a hombre capaz de cometer cualquier crimen: romántico es para ellos lo mismo que Ante-cristo, es sinónimo de Belcebuth; en los oídos de los que no la comprenden, la palabra romanticismo suena como un eco de disolución y de muerte, como una campana sepulcral, como el sonido que toca a degüello. Y, ¿por qué? ¿En qué se funda esta mortal antipatía? ¿Qué daños ha acarreado al mundo la escuela romántica? Escuela a que van enlazados los nombres de Homero, Dante, Calderón!..."

Aunque las palabras de Ochoa sean totalmente ciertas, no olvidemos que había también jóvenes "de tumba y hachero", de los que veían por todas partes crímenes y suicidios, cementerios y cavernas y que, como diría Mesonero Romanos "poblaron nuestra atmósfera poética de lúgubres y fantásticas visiones, cuadros sanguinolentos, víctimas y verdugos, castillos feudales, búhos agoreros, puñales y venenos, féretros y responsos".

Esta literatura "gótica" a la manera de un E.T.A. Hoffmann, o un Edgar Allan Poe, no caló en España pues, realmente, no tuvo la suficiente calidad (salvo casos excepcionales representados por algún relato corto publicado normalmente en prensa: El Artista dio cabida a cuentos fantásticos como "Luisa. Cuento fantástico", de Ochoa o "El día de difuntos", de Bermúdez de Castro) y se nutrió únicamente de las traducciones e imitaciones. La obra "gótica" más leída de aquel entonces constituye uno de los ejemplos más claros de plagio: hablamos de la colección de novelas que bajo el título Galería fúnebre de historias trágicas, espectros y sombras ensangrentadas publicase Agustín Pérez Zaragoza y Godínez en 1831. Esta galería adquirió una popularidad extraordinaria y contribuyó, quizás, a viciar la idea del romanticismo. El Curioso Parlante la incluye entre los libros que más daño causaron al buen gusto y a la moral y Larra, en su artículo "¿Quién es el público y dónde se le encuentra?", pregunta: "Será el público el que compra la Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas y las poesías de salas, o el que deja en las librerías las Vidas de los españoles célebres y la traducción de la Ilíada?"

Bretón de los Herreros es uno de los escritores que antes puso en ridículo a esta clase de románticos, ridiculizándolos siempre que pudo en sus comedias. En Todo es farsa en este mundo, presenta a un Don Faustino contagiado por el romanticismo y a quien dirá cierta señora:

Ella ha nacido en Madrid
No a orillas del Senegal;
No ha leído a Víctor Hugo,
Ni a Lord Byron, ni a Dumas;
Se ha criado en un colegio,
Es aun muy tierna su edad,
¿Y ha de ser por fuerza una actriz
en un drama sepulcral?

A los redactores de El Artista no les agradó la caricatura y responderían así a Bretón: "El personaje al que llaman romántico en la comedia, no es romántico: Don Faustino es un tonto de capirote y nada más; es lo que se llama en buen castellano un solemne majadero."

Las posiciones opuestas e irreconciliables entre clásicos y románticos se manifiestan en numerosas publicaciones. El Semanario Pintoresco Español, lanzó desde sus páginas continuos ataques al romanticismo, ya sea a través de dibujos, ya a través de artículos. Uno de los escritos satíricos más fuertes contra el romanticismo sería el que Mesonero Romanos escribiese bajo el título "El romanticismo y los románticos". Tras ser leído en el Liceo, se publicó en el Semanario Pintoresco el 10 de septiembre de 1837. Mesonero describe a un supuesto sobrino:

"Quedó, pues, reducido todo el atavío de su persona a un estrecho pantalón que designaba la musculatura pronunciada de aquellas piernas; una levitilla de menguada faldamenta, y abrochada tenazmente hasta la nuez de la garganta; un pañuelo negro descuidadamente anudado en torno de ésta, y un sombrero de misteriosa forma, fuertemente introducido hasta la ceja izquierda. Por debajo de la cabeza dos guedejas de pelo negro y barnizado, que formando un bucle convexo, se introducía por debajo de las orejas, haciendo desaparecer éstas de la vista del espectador; las patillas, la barba y el bigote, formando una continuación de aquella espesura, daban con dificultad permiso para blanquear a dos mejillas lívidas, dos labios mortecinos, una afilada nariz, dos ojos grandes, negros y de mirar sombrío; una frente triangular y fatídica. Tal vez era la vera effigies de mi sobrino, y no hay que decir que tan uniforme tristura ofrecía no sé qué de siniestro e inanimado, de suerte que no pocas veces, cuando cruzado de brazos y la barba sumida en el pecho, se hallaba abismado en sus tétricas reflexiones, llegaba yo a dudar si era él mismo o sólo su traje colgado de una percha; y acontecióme más de una ocasión el ir a hablarle por la espalda, creyendo lomo."

También los clásicos serían atacados con las sátiras de El Artista. El artículo firmado por Espronceda, "El Pastor Clasiquino", y la lámina que lo acompaña, son rotundos:

"Y estaba el pastor Clasiquino sencillo y cándido recordando los amores de su ingrata Clori, en un valle pacífico, al margen de un arroyuelo cristalino, sin pensar (¡oh! ¡quién pudiera hacer otro tanto!) en la guerra de Navarra, y embebecido en contemplar el manso rebaño, símbolo suyo. "Églogas, decía, venid en auxilio mío donde la máquina preñada (es decir, el cañón) y el sonoro tubo (la trompeta) no vienen a turbar mis solaces (...). "Nada como las reglas de Aristóteles" solía decir también el pastor Clasiquino a veces, que aunque pastor, había leído más de una vez las reglas del estagirita. ¡La naturaleza! La naturaleza es menester hermosearla. Nada debe ser lo que es, sino lo que debiera ser. Y aquí saca un texto griego, porque era consumado helenista; y como sabía hablar en prosa y verso, continuaba: "Sí, por el Pan que rige mi manada, yo he de hacer ver al mundo que esa caterva de poetas noveles, idólatras de los miserables Calderón, Shakespeare y comparsa, son inmorales, y no saben escribir una égloga... qué digo una égloga. Ni cometer siquiera la figura llamada Onomatopeya." (6)

Podríamos emparejar este artículo con otro que actúa a modo de opuesto, acompañado a su vez de una lámina contraria a la de el "Pastor Clasiquino" -"Un Romántico"-, que describe a través de un magnífico retrato espiritual a un joven romántico:

"(...) contemple sin ceño nuestro romántico; mire en su frente arada por el estudio y la meditación; en su grave y melancólica fisonomía, donde brilla la llama del genio... Contemple, decimos, no un hereje ni un Ante-cristo, sino un joven cuya alma llena de brillantes ilusiones quisiera ver creencias, las virtudes, la poesía de los tiempos caballerescos; cuya imaginación se entusiasma, más que con las hazañas de los griegos, con las proezas de los antiguos españoles; que prefiere Jimena a Dido, el Cid a Eneas, Calderón a Voltaire y Cervantes a Boileau; para quien las cristianas catedrales encierran más poesía que los tiempos del paganismo; para quien los hombres del siglo XIX no son menos capaces de sentir pasiones que los del tiempo de Aristóteles."

Esta cita podría muy bien definir el ideal de hombre romántico por el que El Artista luchó y por cuyos valores, gustos e ideas veló hasta su último número.

NOTAS

  1. Leonardo Romero Tobar, Panorama crítico del romanticismo español, Castalia, Madrid, 1994, p. 54.
  2. Op. cit., p. 59.
  3. Donald Allen Randolph, Eugenio de Ochoa y el romanticismo español, Universidad de California, vol. 75, Berkeley and Los Angeles, 1966.
  4. "De la rutina", El Artista, tomo I, p. 123-4.
  5. "Un Romántico", El Artista, tomo I, p. 36.
  6. "El Pastor Clasiquino", El Artista, tomo II, p. 251.

 

BIBLIOGRAFÍA

- Alborg, J. L., Historia de la literatura española, tomo IV, El romanticismo, Madrid, Gredos, 1980.

- Alonso Cortés, Narciso, Zorrilla. Su vida y sus obras, Imprenta Castellana, Valladoliz, 1943.

- Ilarraz, Aurora Virginia, La prensa española ante el romanticismo europeo: resistencia y recepción, Tesis de la Universidad de Indiana, 1985.

- Lloréns, Vicente, Liberales y románticos: una emigración española en Inglaterra (1823-1834), Castalia, Valencia, 1979.

- Navas Ruiz, R., El romanticismo español, Madrid, Cátedra, 1982.

- Pizarroso Quintero, Alejandro, Historia de la prensa, Centro de Estudios Ramón Areces, Madrid, 1994.

- Randolph, Donald A., Eugenio de Ochoa y el romanticismo español, University of California Press, Berkeley and Los Angeles, 1966.

- Romero Tobar, Leonardo, Panorama crítico del Romanticismo español, Castalia, Madrid, 1994.

- Simón Díaz, José, El Artista, Madrid (1835-1836), Índices de Publicaciones Periódicas, CSIC, Madrid, 1946.

- Simón Díaz, José, "Un juicio sobre la prensa ilustrada del siglo XIX", Cuadernos de Literatura, Madrid, 1949.

- Simón Díaz, José, "El Artista y su continuador El Renacimiento", Revista de Literatura, Madrid, 1974.


Genoveva Elvira López Sanz, licenciada en Ciencias de la Información por la UCM, realiza su tesis doctoral sobre Relato breve no costumbrista publicado en la prensa de Madrid (1838-1840) en el Dpto. Filología Española III (UCM).



© Genoveva Elvira López Sanz 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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