Borges y "El sur": Entre gauchos y compadritos


Guillermo Tedio
mortega@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico
Magister en Literatura Hispanoamericana
Profesor de Literatura Latinoamericana
Barranquilla, Colombia


  

Borges sentía una gran admiración intelectual por su coterráneo Domingo Faustino Sarmiento, hasta llegar a pensar que era el argentino con una mejor formación cultural y un profundo conocimiento sobre lo que pudiéramos llamar la argentinidad, esencia sincrética de cualidades y defectos surgidos a partir del choque entre civilización (Europa) y barbarie (América) en el hombre nativo de la llanura argentina. Si bien es cierto que Sarmiento quiso divulgar en su tierra la enseñanza del francés, por ver en Francia el súmmum de la cultura universal, y manifestó, con ardor, la idea de que por los accidentes rudos y salvajes del suelo, del paisaje pampero, lo mismo que por el clima y por la presencia del indio y aun del gaucho, la tarea de civilizar o europeizar a Argentina era difícil en extremo, se pasó toda la vida tratando de entender al gaucho, al indio y a la pampa. A pesar de su eurolatría, las figuras que se destacan en su obra Facundo --una especie de polifonía genérica, pues tiene de historia, de novela y de ensayo--, son la del caudillo Facundo, surgida del pampeano arribista; la de los gauchos en sus diferentes tipos (baquiano, rastreador, cantor, matrero) y la de la pampa indómita. Decía Sarmiento: "Si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y sobre todo de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia1".

Considero que Borges es de la misma estampa que Sarmiento. A pesar de sus reticencias sobre la cultura americana y sus proverbiales antojos de la cultura y lengua inglesas y de otras latitudes exóticas, se pasó también toda la vida tratando de comprender al gaucho y al compadrito, así que en sus cuentos y ensayos, aun en sus poemas, con infinita laboriosidad poética del lenguaje, nos dio sus conocimientos, sus sentimientos y sus visiones sobre el modo de ser argentino, rescatando, sin posiciones dogmáticas, la importancia de la cultura europea en la formación de esa esencia. Si había un Borges civilizado que sentía disgusto por la música de tangos y milongas, había otro Borges, mucho más anacrónico y auténtico, que se moría de gusto y de nostalgia con los acordes de La Cumparsita. Por ejemplo, en relación con las causas que originan la poesía gauchesca, Borges reconoce los dos lados de la moneda: "Derivar la literatura gauchesca de su materia, el gaucho, es una confusión que desfigura la notoria verdad. No menos necesario para la formación de ese género que la pampa y que las cuchillas fue el carácter urbano de Buenos Aires y de Montevideo. Las guerras de la independencia, las guerras del Brasil, las guerras anárquicas, hicieron que hombres de cultura civil se compenetraran con el gauchaje; de la azarosa conjunción de esos dos estilos vitales, del asombro que uno produjo en otro, nació la literatura gauchesca"2.

Uno de esos diamantes en los que Borges logra mostrarnos con una diafanidad sugestiva la disputa entre civilización y barbarie en el alma del argentino, es el cuento "El sur"3. El relato se construye sobre una serie de pares de contrarios que a su vez parten de la matriz central dicotómica civilización y barbarie, señaladora de dos concepciones del mundo que se cruzan en el texto. El título del relato ya nos está remitiendo a su contraespacio, el Norte, de donde surge que el Sur es bárbaro y el Norte, civilista.

El personaje Juan Dahlmann, habitante del Norte, intelectual, secretario de una biblioteca municipal, después de sobrevivir a una septicemia en un sanatorio, va a convalecer a una pequeña estancia que tiene en el Sur, así que una mañana se desplaza en un coche a la estación donde tomará el tren que lo llevará a su finca: "Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía decir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio".

Juan Dahlman era nieto de un alemán, pastor evangélico, que llegó a Buenos Aires en 1871. Su otro abuelo, el materno, era "aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel". Como se puede ver, ya en los abuelos, paterno y materno, se aprecian varias dicotomías que reproducen el dilema central entre civilización y barbarie. Mientras el abuelo paterno es extranjero y pastor, el materno encarna al criollo guerrero. Estas dos sangres van a disputarse el alma del nieto Juan Dahlmann, quien ya en el nombre y el apellido —criollo y foráneo— muestra esta rivalidad: "en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica". Pero aunque a primera vista parezca que en Dahlmann hay una lucha irreconciliable entre los dos linajes, se observa que los dos se complementan pues fue a instancias de la sangre germánica que él escogió el linaje criollo. No hay que olvidar que el romanticismo nació en Alemania, con Goethe y su novela Las tribulaciones del joven Werther.

Esta tendencia hacia la sangre del abuelo materno se afirma en Dahlmann por la herencia cultural que le deja el abuelo Francisco Flores. Se dice en el relato: "Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso". Es decir, a pesar de ser el secretario de una biblioteca —la típica profesión civilista, según Borges—, de vivir en el Norte, de haber estado aplazando su viaje de veraneo a la estancia en el Sur, Juan Dahlmann lleva en el alma un gaucho escondido que va a hacer la eclosión de su vuelo, como la mariposa de una larva fiel a su genética de alas, cuando se encuentre en el ámbito propicio de la llanura.

En la medida en que Dahlmann desciende en el Sur, va viviendo una especie de catarsis, de refundición con la sangre gaucha amordazada por las lecturas y el ambiente de la biblioteca. Así, se reencuentra con un gato enorme, en un café, que —él se acordaba— se dejaba acariciar por la gente, y entonces llega a la reflexión de que mientras el hombre vive en la sucesión del tiempo, el mágico animal vive "en la actualidad, en la eternidad del instante", como el gaucho que va a encontrar en el almacén. Ya en el tren, recobra, en el goce tranquilo y agradecido del almuerzo, "el caldo servido en boles de metal relucientes, como en los ya remotos veraneos de la niñez".

El tren se detiene "casi en medio del campo" y Dahlman decide cenar —ya es el crepúsculo de la tarde— en un almacén donde encontrará su destino de gaucho. Mientras cena, observa el paisaje del comedor del almacén: En una mesa, tres muchachones medio ebrios, y "En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo". "Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de esos ya no quedaban más que en el Sur".

Los llamados muchachones son, en realidad, compadritos. Hay una diferencia notable entre el gaucho y el compadrito. El primero es un hombre que por ser campesino, formado en el contacto permanente con la naturaleza pampeana, es leal, respetuoso, honesto pero bravo y duro cuando se le busca. Trasladado a la ciudad, así sea a los suburbios, resulta un anacronismo, de allí que Borges diga que "A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos". Los tres guapetones del almacén encarnan al compadrito: "los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra; otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto". El compadrito va ser el gaucho que perdió su moral, por el contacto con la ciudad, con la industrialización y los avatares del capitalismo, y se hizo delincuente, seguramente resentido porque la ciudad le robó su espacio. Es el campesino inmigrante que se vio obligado a venirse a los suburbios, a los arrabales, desplazado del campo por la mecanización de la pampa, y para sobrevivir, ante el desempleo, debió convertirse en maleante orillero, en pandillero o contrabandista, como el Otálora del cuento "El muerto"4 o los cuatreros Nelson de "La intrusa"5. No se debe confundir el gaucho malo o matrero con el compadrito. El gaucho matrero es el campesino argentino que, perseguido por el juez de campaña porque no votó en las elecciones por el candidato oficial o por cualquier otro asunto, debe huir, abandonando a su familia. Luego, en algún altercado de pulpería o cantina, se ve obligado a matar a un hombre, normalmente a un negro, como lo hace Martín Fierro, y entonces es perseguido por una partida de la "polecía", a quien combate con sumo valor. Los gauchos, como asegura Borges: "No murieron por esa cosa abstracta, la patria, sino por un patrón casual, una ira o por la invitación de un peligro"6.

Considero que el Norte y el Sur de Buenos Aires, en el cuento de Borges, se presentan como los dos polos de la sociedad que describe José Luis Romero, cuando analiza el desarrollo de las ciudades latinoamericanas: "Una fue la sociedad tradicional, compuesta de clases y grupos articulados, cuyas tensiones y cuyas formas de vida transcurrían dentro de un sistema convenido de normas: era, pues una sociedad normalizada. La otra fue el grupo inmigrante, constituido por personas aisladas que convergían en la ciudad, que solo en ella alcanzaban un primer vínculo por esa sola coincidencia, y que como grupo carecía de todo vínculo y, en consecuencia, de todo sistema de normas: era una sociedad anómica instalada precariamente al lado de la otra como un grupo marginal"7. Según Romero, esa sociedad anómica (sin leyes) va a actuar fuertemente sobre la sociedad oficial, ignorando su sistema de normas primero y luego desafiándolo. Desde este punto de vista, los compadritos, inmigrantes que vinieron del campo, hacen parte del grupo anómico y por ello, en "El Sur", desafían a un representante de la sociedad normal, de tal modo que su acto, más que un duelo, constituye un asesinato, una violación de la norma.


El gaucho es una pieza anacrónica, está de paso por los suburbios puesto que aún, de un modo romántico, busca los pajonales para dormir, como lo hacía Martín Fierro. Es clara entonces en este cuento la dicotomía gaucho/compadrito, acentuada por la diferencia en la vestimenta. Los compadritos del almacén provocan a Juan Dahlman, tirándole "bolitas de miga", por lo que interviene el patrón del almacén: "—Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres". Seguramente por vileza —también de compadrito—, el patrón llama a Dahlmann por su apellido extranjero, con lo que echa leña al fuego bárbaro que tiene encendidos a los tres peones. La mención del apellido es un señalamiento de no ser criollo, de no ser del Sur, aspecto que se acentúa porque Dahlmann ha sacado el libro que ha llevado en el viaje y se ha puesto a leer, lo que a los tres compadritos les debe parecer una provocación a su condición de incultos: "Dahlmann, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las mil y una noches, como para tapar la realidad". Un nuevo par de contrarios se expresa en los libros que manipula Dahlmann. Por un lado, su hábito de leer las estrofas bárbaras del Martín Fierro, y por otro, Las mil y una noches y el recuerdo de unos grabados de Pablo y Virginia, dos libros de literatura civilizada. Es importante aclarar que lo que hace obra civilizada a los cuentos de Sheherezada no es su contenido —que de alguna manera, es bárbaro— sino el hecho de que el volumen sea la traducción hecha por Weil.

Mientras Dahlmann trata de leer, el compadrito de la cara achinada "lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó, e invitó a Dahlmann a pelear".

En este momento interviene nuevamente de un modo traicionero el patrón. Aparentando que trata de evitar la pelea, objeta "con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado", lo que hace reaccionar al gaucho que "estaba como fuera del tiempo, en una eternidad": "Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo".

Borges establece aquí una nueva contradicción: cuchillo/daga, para marcar la categórica diferencia entre el gaucho y el compadrito. Un cuchillo es un objeto vulgar, fácil de conseguir en cualquier tienda ferretera de los suburbios. En cambio, una daga es un arma anacrónica, antigua, con una mayor tradición cultural, hecho que se reafirma por provenir de manos del gaucho. Ya de antemano, sabemos que la daga, siendo un arma corta, no tiene nada que hacer frente al "largo cuchillo" del compadrito. Al recoger la daga, Dahlmann sintió dos cosas: "La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran". No obstante, Dahlmann vive el coraje de su dicha. Al duelo lo anima la forma como va a morir: en el Sur, peleando a cuchillo, como un gaucho, igual que su abuelo materno, de una manera heroica, romántica, frente a la llanura infinita: "Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, esta es la muerte que hubiera elegido o soñado".

Borges, creyente más de la causalidad que de la casualidad, nos deja entender que Dahlmann muere en el Sur porque se encontró en la biblioteca un tomo incunable de Las mil y una noches, de Weil. Parece absurdo que ello sea así porque, como ocurre en nuestras vidas, nos resulta difícil relacionar dos hechos distanciados en el tiempo y en el espacio. No nos damos cuenta de que la larga enumeración de minuciosos y a veces insignificantes sucesos que se producen, no es más que una inevitable cadena de causas y efectos. En el decurso de los hechos que conducen a la inevitable muerte de Dahlman, podríamos partir del encuentro del libro. Interesado en examinar el volumen traducido por Weil, no espera el ascensor y sube apurado las escaleras, de modo que la arista de una batiente le parte la frente. En su casa, padece fiebres a causa del golpe. Es trasladado a un sanatorio en el que dura varios días, enfermo de septicemia, hasta la curación y la orden de salida para que vaya a convalecer en su estancia del Sur, donde encontrará la muerte. Quizás por ello, Borges diga: "Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones", lo cual confirma la idea de la causalidad pues es la distracción que le produce el golpe en la frente lo que lo lleva a su muerte despiadada.

"El Sur" se construye sobre el modelo de que "A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos". Los anacronismos, determinados por la presencia de cosas antiguas en ambientes modernos, se perciben, como ya dijimos, en ese gaucho a quien los muchos años "habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia". Lo fuera del tiempo está también en la ropa del gaucho (chiripá, vincha, poncho, bota de potro), en la daga, en la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio. Por su parte, las simetrías o los paralelismos vienen determinados por el coche de plaza que lleva a Dahlmann al sanatorio, es decir, a la posibilidad de morir a causa de la septicemia, y luego en el coche de plaza que lo conduce del sanatorio a la estación, o sea, a la muerte. Otro paralelismo es el que se presenta cuando Dahlmann sale de mañana del sanatorio, sano aunque convaleciente, con una nueva vida y el pensamiento de recobrar su esencia criolla en la estancia, por un lado, y por otro, cuando se va a enfrentar a la muerte, al terminar el día. Luz que comienza y luz que termina. Cuando está en el almacén, antes del duelo, Dahlmann percibe la noche: "La oscuridad fue quedándose en el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro". Juan Dahlman, nieto del soldado Francisco Flores, resplandece en la penumbra que acuchilla a la tarde, no tiene miedo, va de fiesta a su propia muerte, para que se cumpla aquella frase del poeta Valencia: "Hay un instante en el crepúsculo en que las cosas brillan más".

 

NOTAS:

1. Domingo Faustino Sarmiento. Facundo: Civilización y barbarie. Medellín: Bedout, 1971, p. 42.

2. Jorge Luis Borges. "La poesía gauchesca". En: Obras completas. (Discusión). Tomo I. Buenos Aires: Emecé Editores, 1989, p. 179.

3. -----."El Sur". En: Ficciones. Ibid., p. 525-530.

4. -----."El muerto". En: El Aleph. Ibid., p. 545-549.

5. -----."La intrusa". En: Obras completas. (El Informe de Brodie). Tomo II. Buenos Aires: Emecé Editores, 1989, p. 403-406.

6. -----."Los gauchos". En: Elogio de la sombra. Ibid., p. 379.

7. José Luis Romero. Latinoamérica: Las ciudades y las ideas. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 1999, p. 400.

 


© Guillermo Tedio 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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