EL GRAN ENNUI O LA MONOTONÍA DE LO INSIGNIFICANTE:
SEXUALIDAD, DISPOSITIVO FEMENINO Y ABURRIMIENTO


Dra. Sonia Núñez Puente
Professor – Department of Spanish
Vanderbilt University


 

 

  

En el texto fundacional de Reinhard Kuhn The Demon of Noontide. Ennui in Western World Literature, una exploración nueva que afecta a la configuración del concepto del ennui se describe como una fuerza dinámica que corre pareja a la formación de la modernidad1:

The idea does not reflect a reality completely formed without it, as a stream reflect the willows along its banks; it becomes one of the factors of reality and helps to create that which without its action would not have been or would have been completely different.2

El ennui no es, por tanto, tan sólo una idea que arranca de la fabricación textual, sino que imbricada en la noción de espacio y tiempo3 determina el ritmo intrínsico del discurso literario. Es, por tanto, en el discurso literario donde encuentra su representación más precisa, especialmente, en el ámbito de la literatura decimonónica y, concretamente, en la novela de la burguesía de la segunda mitad del siglo XIX, que sistematiza desde su propia construcción toda una tipología del ennui4. Esta operación que la novela decimonónica lleva a cabo ha sido elaborada en la definición intentada desde varias perspectivas: desde el terreno de la psicología hasta el campo de la sociología o la teología.5 Los orígenes del concepto han sido ciertamente muy discutidos, y de ellos diversas derivaciones han sido propuestas desde la crítica y la creación literaria. La etimología que ha sido generalmente adoptada es la latina odium y con toda probabilidad la que deriva de la expresión esse in odio6, aunque han sido muchas las interpretaciones que el término y el concepto han adoptado desde la Edad Media.7

Desde una óptica moderna, será Pascal8 quien recupere en sus Pensées toda una confiscación de la privación inherente al ennui. Es decir, desde las manifestaciones modernas, el ennui se recupera como un elemento significativo en la aproximación crítica al fenómeno de la restricción de las capacidades del individuo moderno para la acción. Sin embargo, en la inclinación hacia la inactividad hay un signo diferenciador que distingue el ennui del aburrimiento9 entendido en términos generales, y es que el primero está dotado de un sentido de desorden metafísico del que éste último carece.

A este carácter transcendente y que va más allá de la condición meramente psicológica del ennui se añade, en palabras de Andrè Gidé, un profundo temor casi convertido en pánico, un recurrente aislamiento de la realidad circundante transformado en exilio perpetuo del resto del mundo10:

When I found myself alone in my room that evening, an intolerable anguished seized me, body and soul; my ennui almost turned into fear. A wall of rain separated me from the rest of the world, far from any passion, far from life. It enclosed me in a a gray nightmare, among strange beings, cold blooded and colorless, whose hearts had ceased beating long ago.11

Frente a la aguda conciencia del ennui, Gide establece una conformación sustancial del tedio burgués y ésta es la consideración que el ennui refuerza; es decir, su condición de experiencia total que afecta de igual modo al cuerpo y al espíritu. Por ello, y quizá desde una perspectiva más sutil no se puede entender el ennui sin considerar previamente el extrañamiento, la alienación y el sentido atemporal12 que lo acompaña en sus manifestaciones en el texto literario.

Siguiendo un orden estrictamente crítico, Kuhn acierta a compilar en cuatro características fundamentales el fenómeno del ennui, que Gide13 ya había determinado en 1911, recogiendo bien es cierto las definiciones burguesas del XIX. Así pues, de acuerdo con la estructura conformadora propuesta por Kuhn, éste es un estado psicosomático que se manifiesta de igual manera en la actividad corporal que en la del espíritu; que se trata, sin lugar a dudas, de un fenómeno endógeno, autónomo y ciertamente autogenerador de nuevas pulsiones; es independiente de la voluntad anulada del sujeto que lo experimenta y, finalmente, se trata de una condición totalizadora que determina un estado de extrañamiento, de disolución subjetiva con respecto a la estructura social de la que el individuo se aleja sin solución de continuidad. Esto es, el individuo afectado por el ennui queda estigmatizado e imbricado en su nueva condición de paria, lo que revela una configuración que comienza a producir en la segunda mitad del siglo XIX un nuevo tipo literario: el de la mujer exiliada de la sociedad burguesa, atrincherada en el espacio asocial en el que, gracias a la expulsión provocada por el tedio, inicia la gestación de un nuevo desorden pulsional paralelo y, a un tiempo, ajeno al sistema del orden pasional burgués.

Ensaya Kuhn, así pues, una definición sintética del término ennui y del concepto que éste lleva aparejado: un vacío psicológico, una hoquedad existencial, en definitiva, una nada casi sartreana14:

By reducing these multitudinous characteristics to their essential common factor, we can tentatively define ennui as the state of emptiness that the soul feels when it is deprived of interest in action, life, and the world (be it this world or another), a condition that is the immediate consequence of the encounter with nothingness, and has an inmediate effect a disaffection with reality.15

Esta definición destaca principalmente el carácter de ajenidad, de alteridad —que explorará la nueva ciencia de la psicología— característico del ennui y que, consecuentemente, resulta en un fenómeno dual de elevación sobre lo cotidiano y de conciencia minimizada del propio destino, que reduce lo monótono a la experiencia resignada del discurrir vital. No obstante y, aunque, supone un esfuerzo ingente de exhaustiva documentación, el estudio de Kuhn se vertebra en torno a una cuidadosa argumentación, exclusivamente literaria, que deja a un lado las consideraciones sociales, políticas y económicas. Características éstas que modelan también la aparición de un sentimiento aguzado de tedio, tanto en la vida real como en la imaginada a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Y es que se hace necesario relacionar el surgimiento del mito del jardín de civilización decimonónico con la incorporación de la categoría del ennui al discurso social. Nace, precisamente en esta época, el mito del progreso16 inducido desde las categorías políticas y económicas.

Se trata, pues, de una nueva religión, de un nuevo credo al que la sociedad burguesa se aferra en el proceso de construcción de la modernidad. La Revolución Industrial estaba ya en avanzado estado de consolidación y, mediante una silenciosa evolución progresiva, comienza a cambiar la fisonomía de la burguesía que inicia un proceso de desarrollo no siempre lineal17:

A diferencia de la toma de la Bastilla que produjo el cambio, o el vertiginoso proceso de cambios, en veinticuatro horas, la Revolución Industrial había de reformar la anatomía de la nueva sociedad paso a paso,en verdad más por un desarrollo evolutivo que revolucionario. Tras un período de ensayos, de investigaciones individuales y descubrimientos capitales, de una fértil colaboración entre visionarios, científicos, industriales y promotores, hacia 1840 estaban las bases de la mecanización de la industria tan sólidamente asentados que los historiadores no dudan en llamar a la fase que se inicia en esa fecha la Segunda Revolución Industrial, el momento en que se introduce la máquina-herramienta, se produce la gran expansión de los nuevos métodos fabriles y tienen lugar, al compás de los tecnológicos, los grandes cambios sociales.18

La consolidación de los avances técnicos predispone al imaginario burgués a una suerte de reforma de la vida cotidiana que cobra vigencia en el establecimiento de un estado prolongado de paz y desarrollo tecnológico y científico. La inauguración el uno de mayo de 1851 de la Gran Exposición abrió una época de continuo bienestar; el Palacio de Cristal, centro visible de la Exposición, emblematiza la presencia ubicua del ideal burgués de uniformidad y avance socioeconómico; lo que se hizo extensivo al resto de Europa y, en un ambicioso proyecto, al resto de la humanidad.19 La Exposición permaneció abierta durante seis meses hasta el quince de octubre, y constituyó en palabras de Benet un templo de culto a los dos elementos medulares del orden de la burguesía decimonónica20:

La Exposición fue el templo donde se rindió culto a las deidades del momento: el trabajo y la paz, las dos panaceas capaces de conjurar todos los males de la sociedad industrial, a su vez articuladas por las dos filosofías -el cristianismo y el libre cambio- que en feliz conjunción podrían cubrir con sus soluciones todos los problemas espirituales y políticos.21

Sin embargo, estos dos pilares sobre los que se construyó la llamada paz del siglo son especialmente atacados desde los elementos más críticos de la sociedad.22 Crece así, en una proporción cada vez mayor según avanzan los años tras el ecuador del siglo XIX, el número de los llamados enemigos de la época que dedicaban sus esfuerzos a desestabilizar el orden impuesto por el progreso científico y económico responsables, según su criterio, de la mediocridad que minaba los cimientos de la burguesía del desarrollo. Ciertamente, se podría decir que la paz del siglo escondía una tensión dinámica que nació de la identificación de dos términos: progreso científico y progreso moral. Efectivamente, el avance científico y técnico que arrastró la Revolución Industrial caminaba a una velocidad distinta de las necesidades de los que no acertaban a encontrar un espacio en la distribución burguesa de poderes.23 Si bien una minoría accedía a lugares preeminentes en la disposición de la sociedad, la gran mayoría veía mermada tanto su capacidad de acción, como el ámbito de ubicación más allá de la frontera que la propia burguesía imponía para ello. Steiner acude a la creciente densidad en la experiencia humana para acotar una suerte de definición de la pasividad mórbida que se iba apoderando de los espíritus más avezados en la percepción de los procesos históricos y que iniciaban así un lento pero seguro estancamiento a partir de 1815. En su estudio sobre el ennui atribuye G. Steiner, precisamente, a éste la dicotomía que se estableció en la historia de Europa a partir de 1815. Es decir, a la colisión entre la nueva aceleración del tiempo, producto del futuro mesiánico que las visiones políticas utópicas24 construyeron, y el largo periodo de calma que siguió:

Lo que siguió fue, por supuesto, un largo período de reacción y calma. Según el propio idioma político que uno tenga, puede ver aquí ora un siglo de represión, ejercida por la burguesía que había aprovechado la Revolución Francesa y las extravagancias napoleónicas para obtener ventajas económicas, ora como cien años de gradualismo liberal y de orden civilizado.25

El aflojamiento de la tensión26, la incapacidad para una nueva renovación tras las guerras europeas y la euforia primera de los avances de la Revolución Industrial, es según Steiner, el origen de un corrosivo ennui propio de la nueva edad burguesa:

Para muchos que experimentaron personalmente el cambio, aquel aflojamiento de la tensión y aquel correr el telón sobre la mañana que apuntaba fueron profundamente decepcionantes. En aquellos años posteriores a Waterloo es donde debemos buscar las raíces del gran ennui que ya en época tan temprana como 1819 Schopenhauer definía como la enfermedad corrosiva de la nueva edad.27

Cualquier atisbo de revolución28, de cambio era la única alternativa a un tedio, el de la vida cotidiana, que desarrolla una incapacidad enfermiza y hasta narcisista para proseguir con el ritmo moroso de lo cotidiano; y que transforma al soldado napoleónico en un funcionario del sistema absorto tan sólo en la contemplación propia, despreocupándose del exterior a sí mismo. Un exterior que a su vez, había perdido ya el esplendor de la acción en el campo de batalla en favor de una continua inercia.

Una reserva de energías remanente29 quedaba, según Steiner, a merced de una nueva canalización de las fuerzas revolucionarias excedentes sin espacio concreto donde definir su constitución, esto es, en el que posibilitar una transformación o, más bien diríamos, una ocupación de la energía excedente; siendo así que ésta se disocia de la acción inherente al progreso revolucionario y comienza a modular la vertebración del ennui, en el que encuentra un campo receptivo de expansión.

Esta tensión que dinamizó la producción literaria de la segunda mitad del siglo XIX, fue según Steiner el punto de partida del desarrollo de la nostalgia del desastre que no sólo llevará al burgués a los grandes genocidios del siglo XX30, sino también a nuestro juicio, a un nuevo ámbito de exploración de la pulsión desterrada. Y ello sin menoscabo alguno del modo de ser burgués, al que fascinó sobremanera las nuevas construcciones patológicas31 a las que dedicaba la energía sustraída:

Los ideales románticos de amor, especialmente el acento puesto en el incesto, dramatizan la creencia de que el extremismo sexual, el cultivo de lo patológico puede restaurar la existencia personal a la plenitud de la realidad y negar de algún modo el grisáceo mundo de la clase media. Es lícito ver en el tema byroniano de la condenacióm por el amor prohibido y en el Liebestad wagneriano sustitutivos de aquellos perdidos peligros de la acción revolucionaria.32

Alfred de Musset en La confesión de un hijo del siglo atribuye al cultivo de la pasión frente a la racionalización de las primeras décadas del XIX, la condición deseante del hombre que en esas fechas no se resignaba al traje negro, ni a la visión reducida, estancada en los límites de la realidad constreñida del funcionario de la época:

Pero la juventud no se resignaba. Es indudable que se dan en el hombre dos potencias ocultas que luchan hasta la muerte. Una de ellas, clarividente y fría, se agarra a la realidad, la calibra, la sopesa y juzga el pasado. La otra está sedienta de porvenir y se lanza hacia lo desconocido. cuando la pasión arrastra al hombre, la razón le sigue llorando y advirtiéndole del peligro; pero, en cuanto aquél se ha detenido ante la voz de la razón, en cuanto se dice: "Es cierto, soy un loco, ¿dónde iba?", la pasión le grita: "¿Y yo, voy entonces a morir?".33

Atentos los más afortunados a la seducción del libertinaje34 y los menos a las grandes frases, como apunta Musset, un sentimiento corrosivo hizo presa en ellos alimentando la pasividad y declarando así tácitamente un frente abierto en el aparentemente homogéneo escenario burgués:

Un sentimiento de inexpresable malestar empezó, pues, a fermentar en todos los jóvenes corazones. Condenados a la inacción por los soberanos del orbe, entregados a patrones de toda especie, a la ociosidad y al tedio, los jóvenes vieron cómo se retiraban sus espumeantes olas contra las cuales habían dispuesto sus brazos. Todos aquellos gladiadores frotados con aceites sentían, en el fondo de su alma, una insoportable miseria. Los más adinerados optaron por el libertinaje. Quienes disfrutaban de una mediocre fortuna, tomaron estado resignándose al traje talar o a la espada. Los más pobres se lanzaron al entusiasmo en frío, a las grandes frases, al horrible mar de la acción sin norte.35

Es así que la representación de este estado de desesperanza que Musset nos describe, se presta a ser leída como una ficccionalización de la negación expresa inherente al ennui ofreciendo una versión desolada que nos devuelve a una negación de los valores que, si anteriormente constituían los pilares de la sociedad, son en esta época de Musset objeto tan sólo de burla36 por parte de aquellos que viven un tiempo vacío y monótono:

De este modo los jóvenes hallaban una forma de emplear la fuerza inactiva en la afectación del despecho. Burlarse de la gloria, de la religión, del amor, del mundo entero, constituye un no flaco consuelo para quienes no saben qué hacer. De ese modo se burla uno de sí mismo y, a la vez, se da la razón al espolearse. Aparte de que es dulce creerse desgraciado, cuando no se está sino vacío e irritado.37

Y es, naturalmente, en este momento cuando la imagen femenina confisca el arquetipo del ennui en tanto que al mismo tiempo cumple la figuración del ángel doméstico;38 indicio de una sociedad asentada en los principios que tanto Kuhn como Steiner confirman en la descripción del grand ennui. La domesticidad se convierte por lo que a la mujer se refiere en el símbolo de la estabilidad burguesa39, de la paz del siglo, y es así que ésta acoge en su ámbito la pasividad que al hombre se le impone en las nuevas profesiones a las que destina su empeño. Si el hombre es ya por la primera época del siglo XIX funcionario, la mujer es, fundamentalmente, la raíz misma del hogar burgués. La incapacidad de ésta es, sin embargo, seña de identidad frente a la potencialidad del hombre en el mundo de los negocios o del comercio. La feminidad40 comenzaba, pues, a delimitarse por entonces, a centrar sus propósitos en la definición de la misma mediante la expresa aceptación del modelo de una concepción particular de la vida burguesa doméstica. La casa burguesa41 emerge, de este modo, como el recinto exclusivo de la mujer que, vuelta sobre sí misma, se ve recluída en ella, haciendo de su encierro su morada física y también el interior de su única vida: la privada. Negada, encerrada, ocupada en el mantenimiento de una estructura social que comienza a serle ajena, la mujer burguesa revela la potencia vencida de la acción, del estímulo pulsional y pasa a representar, a emblematizar, en suma, el prototipo de la feminidad que será, en definitiva, a nuestro juicio, el arquetipo del ennui que se desliza en el texto literario de la figura masculina a la femenina.

En su importante estudio Nacimiento de la mujer burguesa Julia Varela regula mediante el dispositivo de feminización el mecanismo de expulsión de la mujer burguesa del recinto de poder, de la vida pública excluyente, ya que éste en el siglo XIX recluye a la mujer en el nuevo régimen de la interioridad:

El concepto de dispositivo de feminización que permite mostrar la articulación del nacimiento de la prostitución, con la institucionalización del matrimonio cristiano, con la expulsión de las mujeres burguesas de los recintos del saber académico legítimo, y con los programas de subjetivación que desarrollaron los humanistas para las mujeres del patriciado urbano pone de manifesto el nacimiento de un sistema de racionalización de la vida de las mujeres de determinadas clases sociales, allí donde la mayor parte de los historiadores positivistas únicamente han percibido campos diseminados e inconexos.42

La definición que Valera elabora del dispositivo de feminización nos acerca, pues, al concepto foucaltiano del juego de poderes en el que es preciso acudir a un proceso de carácter reflexivo de racionalización que permite comprender la formación de estrategias y tácticas de legitimación de una categoría nueva; la de la feminización, que, a nuestro juicio, encarna el concepto, analizado en mayor profundidad por la crítica, del ennui. Es en esta época, mediado ya el siglo XIX, precisamente el momento en que la categoría o el dispositivo de feminización se vincula, una vez recodificada por la moderna división que se estableció entre los espacios públicos y privados, a la categoría del ennui; adquiriendo así un estatus extramuros de la producción social de modo que la esfera de producción relega al exilio de las relaciones marginales toda manifestación ajena a la organización interna de la propia sociedad, inmersa ya en el modelo del incipiente capitalismo.43 El ennui, al igual que el recién estrenado dispositivo de feminización se sitúa, de este modo, en un terreno híbrido, a medio camino entre las relaciones de poder que lo problematizan y las posibilidades de exclusión del sistema burgués que éste propicia. La experiencia de resistencia que ambos dispositivos esencializan es consustancial a unos presupuestos implícitos de los que el estudio de Kuhn ya daba buena cuenta; y a través de los que la creciente inactividad, en la que se ve instalada la mujer burguesa, construye el dispositivo de feminización en la génesis misma del ennui. Es éste la única categoría capaz de hacer explícita la concepción de raíz burguesa de la nueva mujer que, representada en la inacción, amplía su anclaje en dicha categoría mediante el funcionamiento productivo de poderes y saberes concretos en la vida cotidiana.

En el inicio del modelo burgués, la mujer pierde la condición social que le es propia en otras épocas y minimiza su actividad pública, de modo que sólo dentro de la esfera privada encuentra un espacio propio.44 Erika Bornay argumenta a este respecto la última relación existente entre la pasividad del dispositivo de feminización y la emergencia del ennui al tiempo que ambas categorías se implican en un proceso más amplio de relaciones entre las diversas formas de subjetivización:

Pero, aun alcanzada esta "corona", nunca la mujer ha estado más ociosa, ha permanecido más pasiva y se ha visto más desprovista de responsabilidades de otro orden que no sea el referido al estricto espacio doméstico. El famoso ennui del decadente, aunque de otra calidad y procedencia, era el mismo que debieron sentir -y padecer- muchas de las esposas de la opulenta sociedad bienpensante del siglo.45

Serán, según Bornay, varias las representaciones que adquiere la categorización del dispositivo femenino, del inmutable Ella.46 Las artes plásticas se ocuparon largamente de la ociosidad de la mujer burguesa, del ennui destilado lentamente en la formación de su propia estructura, de su capacidad escasa para hallar los espacios de acción social y también del ennui que, como disposición dialéctica, construye junto a la categoría de la feminización una exploración última de la mujer tediosa, que desembocará a finales de siglo en el arquetipo literario de la femme fatale. Como señala B. Dijkstra47 la guerra contra la nueva mujer, contra el poder asocial de la femme fatale comienza a librarse en el discurso de la novela del siglo XIX. Es ésta una guerra asentada en el poder exacerbado, intimidador e invasor del dispositivo de sexualidad48, que junto a la categoría del ennui, se convierte en la instrumentalización social del dispositivo de feminización. La mujer inicia su andadura en el límite de los parámetros de la sociedad burguesa; iniciando así la presencia inquietante de la sexualidad intrusiva49, aniquiladora que, por via de la pulsión entrópica, vino a desequilibrar el sistema burgués de poderes que Foucault atomiza en su Historia de la sexualidad. Frente a la sistematización del orden burgués se configura subterráneamente un poder altamente corrosivo, afianzado en la estructura centrípeta de la esfera de la sexualidad. Éste hace arrancar del centro de la médula burguesa una redistribución de la categoría de lo femenino que amenaza los cimientos del pensamiento filosófico50, y que desde la mitad del siglo XIX hasta principios del XX acerca la noción masculinizante del etermo femenino a la creciente inseguridad de un elemento corruptor de las estructuras burguesas: la mujer creada y modulada en función de los principios del dispositivo del ennui.

Hemos llegado, pues, desde nuestro análisis de la creación y asentación en el siglo XIX del dispositivo de feminización reconducido en su propia estructura por el dispositivo de sexualidad y del ennui. De éste último hemos intentado desglosar una caracterización desde las varias perspectivas abordadas: la literaria en la génesis del discurso de Kuhn, la histórico-social de Steiner y la psicológica que más adelante desembocará en el concepto de abulia noventayochista.51 De todas ellas se ha de considerar, sobre todo a mi juicio, un aspecto necesariamente definitorio en el desarrollo del dispositivo de sexualidad decimonónico relacionado con el surgimiento del tedio52 que es, naturalmente, la dicotomía establecida, a partir de la creación del dispositivo de sexualidad, entre éste y el ennui. Ésta es una relación dialéctica y sustancialmente móvil que sitúa a ambas categorías en una suerte de ampliación de sus propias identidades.

Concebida la categoría pulsional como una pasión al margen de la configuración social burguesa, se sustrae en su desarrollo a la categoría del ennui. Ésta última híbrida, exiliada y en constante riesgo de disolución estimula, por tanto, la condición de misterio fantasmático de la desvertebración del orden burgués, y se diferenciará así de la melancolía en su pérdida última de ubicación no del objeto perdido, sino del propio espacio perdido. Un ámbito hurtado a la nueva mujer que sólo mantiene como suya la pulsión sexual entrópica a la que opone en un complejo juego de poderes establecidos y transgredidos, la monotonía de lo insignificante que es el ennui. Y que, sin embargo, debido a la complejidad de su constitución puede, al tiempo, establecer un poder de sublimación y catalización de lo excepcional que las representaciones burguesas normalizan en el dispositivo de feminización:

El aburrimiento es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. No es que yo crea que del examen de tal sentimiento nazcan aquellas consecuencias que muchos filósofos han extraído de él; sin embargo, el no poder estar satisfecho de ninguna cosa terrena, ni, por así decirlo, de la tierra entera; el considerar la inacalculable amplitud del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número de mundos infinitos, y el universo infinito, y sentir que nuestro ánimo y nuestros deseos son aún mayores que el mismo universo, y siempre acusar a las cosas de su insuficiencia y de su nulidad, y, padecer necesidades y vacío, y, aún así, aburrimiento, me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana. Por eso el tedio es poco conocido por los hombres de escasa importancia y poquísimo o nada por los otros animales.53

Concluimos, de este modo, un nuevo acercamiento a la categoría del ennui realizada desde la aproximación del discurso de la novela del XIX al dispositivo de la sexualidad y de feminización. Se hace, pues, necesaria una exploración detallada de los complejos procesos de formación y desarrollo en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX de la categoría del ennui que emblematiza la figura femenina en una nueva proyección a través de unas categorías, hasta ahora poco analizadas desde este punto de vista, como la del matrimonio, la pasividad femenina, el tiempo circular o la propia pulsión sexual.54 Es, de este modo, el siglo XIX el receptor de una emergente conceptualización del ennui arrancando del dispositivo sexual y anidando, hasta nuestra época, en la formación del moderno constructo de la imagen femenina.

 

Notas:

  1. Y es que "si creemos que la modernidad devino como un compromiso entre la otridad y el cambio, y que toda su estrategia se formaba sobre una 'tradición antitradicional' basada en la idea de diferencia, no nos debería ser tan difícil darnos cuenta de por qué se frustra al confrontarse con la perspectiva de la repetición infinita" (Matei Calinescu, Cinco caras de la modernidad, Madrid, Tecnos, 1991, pág. 74). De este modo, como bien señala Octavio Paz (Los hijos del limo, Barcelona, Seix Barral, 1974, págs. 49-50), la modernidad al igual que el ennui se asienta sobre una búsqueda incesante de la alteridad, es decir, se vertebra en torno a un sentido conceptualizado de lo fantasmático revelado como ausencia: "Como si se tratase de uno de esos suplicios imaginados por Dante (pero que son para nosotros una suerte de bienaventuranzas: nuestro premio por vivir en la historia), nos buscamos en la alteridad, en ella nos encontramos y luego de confundirnos con ese otro que inventamos, y que no es sino nuestro reflejo, nos apresuramos a separarnos de ese fantasma, lo dejamos atrás y creemos otra vez en busca de nosostros mismos, a la zaga de nuestra sombra". Cf. sobre este tema, Denis de Rougemont, Man's Western Quest, Nueva York, Harper and Row, 1975; Lionel Trilling, Mind in the Modern World, Nueva York, Viking Press, 1973; Harry Levine, Memories of the Modern, Nueva York, New Directions, 1980.

  2. Reinhard Kuhn, The Demon of Noontide. Ennui in Western Literature, Princeton, Princeton University Press, 1976, pág. 3. Esta es la definición que de las 'idées-forces', entre las que podemos incluir la del ennui, elaboró el filósofo francés Alfred Fouillée, Morale des idées-forces, París, F. Alcan, 1908. Sobre los estudios del ennui como 'idée-force', véase Madeleine Bouchez, L'Ennui de Sénèque à Moravia, París, Bordas, 1973; Vladimir Jankélévitch, L'Alternative, París, Felix Alcan, 1938; Vladimir Jankélévitch, L'Aventure, l'ennui, et le sérieux, París, Aubier, 1963.

  3. "Ennui is not just an idea about which authors have written. Inextricably linked with the notion of time and space, ennui is not only the subject of certain works of art but also a part of their temporal fabric and spatial structure" (R. Kuhn, op. cit., pág. 5).

  4. Una tipología que, ciertamente, se dibuja en la novela de la segunda mitad del XIX y que toma a la mujer como centro de su análisis exploratorio del ennui. Desde el tedio asfixiante que Ana Ozores padece en Vetusta hasta el ennui casi existencialista de Emma Bovary, el dispositivo de feminización de la burguesía decimonónica cobra una relevancia especial en los textos literarios del XIX, que se convierten en una topografía minuciosa del concepto del tedio, instalado ya definitivamente en lo femenino. De este modo también nos muestra Víctor Quintanar con respecto a la Regenta (Leopoldo Alas, La Regenta, I, Madrid, Cátedra, 1991, pág. 466) las características que lo definen, es decir, la sensación de encierro físico y el ensimismamiento de raigambre moderna que son, finalmente, los rasgos comunes a la elaboración del concepto del ennui: "El doctor opina que la vida que llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire libre, ir y venir…y yo, por último, opino lo mismo, y estoy resuelto -esto lo dijo con mucha energía- estoy resuelto a que termine la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus sueños…Basta, hija mía, basta de soñar".

  5. Ciertamente desde una perspectiva psicológica el ennui ha sido definido como un desorden de la conducta producido fundamentalmente por la sensación de alteridad propia de la modernidad. Así Edward Bibning lo ha definido como "a painful feeling originating in a tension between the need for mental activity and the lack of adequate stimulation. According to him, the unconscious goals, aspirations, and ideals are maintained in this state of boredom, but the ability to reach them is interferred with by the repression of these true goals and the rejection of subtitutes that all seem either inadequate" (R. Kuhn, op. cit., pág. 7). Véase Edward Bibning, "The Mechanisim of Depression", en Philis Greenacre, ed., Affective Disorders, Nueva York, International University Press, 1968. La sociología, por su parte, ha descrito el ennui como un fenómeno propio del concepto moderno de la repetición inserta en los hábitos monótonos de las sociedades herederas de la Revolución Industrial: "It is the boredom that accompanies the performance of routine and meaningless labor. We have a tendency to think of this form of depression as a phenomenon of the twentieth century, but as early as 1840 the historian Michelet had described it in dramatic terms" (Kuhn, op. cit., pág. 8). Cf. Jules Michelet, Le Peuple, París, 1840, y también sobre la aproximación sociológica al tema, Wolf Lepenies, Melancholie und Gesellchaft, Frankfurt, Suhrkamp, 1969. Por lo que hace al análisis teológico del ennui, el estudio más completo es el de Agamben (Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, Valencia, Pre-Textos, 1995, págs. 24-25) que sitúa el fenómeno en la Edad Media y que lo ejemplifica con párrafos como el siguiente que, definitivamente, nos acercan a las descripciones de la figura femenina en los textos del XIX: "La mirada del acidioso se posa obsesivamente sobre la ventana y, con la fantasía, se finge la imagen de alguien que viene a visitarlo; ante un crujido de la puerta, salta sobre sus pies; oye una voz, y corre a asomarse para mirar; y sin embargo no baja a la calle, sino que vuelve a sentarse donde estaba, embotado y como amedrentrado".

  6. "The origins of this word have much been disputed, and various derivations (such a as 'nausea', 'noxia', and 'non giogia') have been proposed. The accepted etymology seems to be that ennui stems from the Latin 'odium' or 'odio' and most probably from the expression 'esse in odio' (to be an object of hate)" (R. Kuhn, op. cit., pág. 5). Cf. sobre este tema la introducción de Kenneth McKenzie a Antonio Pucci, Le Noie, Princeton, Princeton University Press, 1931.

  7. Se hace necesaria en este punto una sistematización terminológica. Veamos lo que G. Steiner afirma en este sentido: "El tema que deseo precisar es el del ennui. Boredom no es una traducción apropiada y tampoco lo es Lamgweile, salvo quizás en el sentido en que emplea este vocablo Schopenhauer; noia se aproxima mucho más a lo que quiero decir" ("El gran ennui", En el castillo de Barba Azul, Barcelona, Gedisa, 1993, pág. 25). Por tanto, de aquí en adelante utilizaremos el término ennui y el español tedio como equivalentes semánticos. Dejamos a un lado el término italiano noia y el inglés boredom, pues éstos se alejan más del concepto del que aquí nos ocupamos. El DRAE distingue, no obstante, el hastío del tedio y éstos a su vez del aburrimiento al que añade la peculiaridad de ser un fenómeno motivado, es decir, 'originado generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta'. En cuanto a la distinción entre el ennui y la melancolía, o el spleen baudeleriano relacionado más con las condiciones espaciales, temporales y climatológicas, cf. Guy Sagnes, "Spleen, ennui, melancolie", Magazine Litteraire, 273 (1990), págs. 38-41. Por lo que hace a las distintas interpretaciones que el concepto del ennui ha tenido desde la Edad Media, es preciso recordar las consideraciones de Kuhn (op. cit., págs. 5-6): "From the early Middle Ages on, the word had two different meanings, with a range of subsidiary connotations between the two extremes. On the one hand, it designated something, often of a petty nature, that proved vexatious and irritating (…) On the other hand, in the twelfth-century Encas the word 'ennui' is used to designate a profound sorrow, in this stronger sense it recurs throughout French medieval epics and romances. This dual meaning, present from the very begining, was to persist throughout the ages and is still with us today".

  8. La noción del ennui como un desorden privativo de la voluntad, que destina los esfuerzos productivos del hombre a un estado de inactividad inherente al concepto moderno del tedio, ha sido definido desde la psicología y que ya, como advierte Kuhn (op. cit., pág. 7), "Pascal developed at lenght the same insight in the reflections of the nature of distractions that scattered through his Pensées". Cf. Pascal, Pensamientos, Madrid, Austral, 1981.

  9. Ese otro tipo de aburrimiento es definido por Kuhn (op. cit., pág. 6) de este modo: "This type of boredom, which the French call 'désoeuvrement', is hardly worth serious study. It is a temporary state dependent almost entirely on external circumstances. When the conditions that make for this frame of mind cease, as they always do, the forced inactivity of the minds comes to an end as well". Cf. sobre este tema, Edmund Bergler, "On the Disease-Entity Boredom", Psychiatric Quarterly, 1 (1945), págs. 38-51; I. Bieber, "Pathological Boredom and Inertia", American Journal of Psychotherapy, 5 (1951), págs. 215-225; W. Heron, "The Pathology of Boredom", Scientific American, 196 (1957), págs. 52-56.

  10. Magistralmente categorizado en Isabelle, donde el narrador Lacase describe la sensación de asilamiento que desemboca en un estado de ruptura e incomunicación con el resto del mundo, propio también de la figura femenina moderna. Así lo ve también Víctor Quintanar que en relación al estado de Ana Ozores -especialmente la voluntad de ésta hacia un pertinaz encierro que desemboca en una representación de la soledad instalada en la sociedad moderna- le dice que: "volvemos a Vetusta, casi pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como si estuvieras a destajo… No me interrumpas; ya sabes que riño pocas veces; pero ya ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es, todo. Frígilis me lo repite sin cesar: 'Anita no es feliz' " (Leopoldo Alas, La Regenta, I, op. cit., pág. 467).

  11. R. Kuhn, op. cit., pág. 11.

  12. "The state of ennui is entirely independent of any external circumstances. It is, to use Binswanger's terminology 'endogenous' rather than 'reactive' (R. Kuhn, op. cit., pág. 12). Cf. sobre este tema, Ludwig Binswanger, Melancholie und Manie, Pfullingen, 1960; Paul Charpentier, Une Maladie Morale- Le Mal du siècle, París, 1880; Anatole France, "Pourquoi sommes-nous tristes?", La vie littéraire, vol. 3, París, Calmann-Lévy, 1899-1900; Charles Richet, "Les deux visages de l'ennui", Revue des Deux Mondes, Julio 15 (1932).

  13. Las características que Kuhn acierta a consignar como inherentes al fenómeno del ennui, habían ya sido recogidas por Gide en 1911 en Isabelle, que por su parte no son otra cosa que la confirmación de la tendencia de la novela del XIX hacia la presentación del tedio como un elemento sustancial en la configuración del dispositivo de feminización, y que habían sido previamente exploradas en los textos de autores como Alas, Flaubert o Eliot. Por su parte Kuhn, resume en cuatro características principales el concepto del ennui, que confluirán en un resultado incierto que va desde el suicidio al sentimiento de superioridad sobre el resto de los elementos que conforman la realidad, y que Flaubert sintetizó en el 'bovarysmo': "Such alienation does in turn produce a number of different effects. It can bring about, as in the case of Emma Bovary, a morose joylessness that occasionally culminates in total despair or suicide. Or it can result in the Byronian pride of the children of the century who consider themselves superior to the reality from which they have been divorced, who sometimes, as in the case of Manfred, think themselves the equals of the Divinity. It can inspire the artist to become, like Stephen Dedalus, the rival of God in creation. It can even, as in the case of Rancé, lead to the total abnegation that is a prerequisite of sainthood. Schizophrenics, supermen, artists, and saints -these are but a few of the types who people the landscape of ennui" (R. Kuhn, op. cit., pág. 13).

  14. El concepto moderno de náusea aplicado al ennui fue ya articulado por La Rochefoucauld en el siglo XVII y ha persisitido hasta el momento aplicado, sobre todo, al vacío existencial -aunque también es utilizado en referencia al proceso monótono de la realidad inserto en el hábito- que el tedio provoca en aquellos que lo padecen: "So in the seventeeth century La Rochefoucauld could use 'ennui' both to designate his deep spiritual distress and to complain of the trivial nuisances of court life, just as in the twentieth century Sartre can write of ennui as the emotion that caused Roquentin's nausea and use the same expression when he talks of the bother of having to locate a book in the library" (R. Kuhn, op. cit., pág. 6). Cf. La Rochefoucauld, Maximes, París, Garnier, 1967 y también para un estudio de la náusea en la modernidad véase Fritz Stern, The Politics of Cultural Despair, Los Angeles, University of Califronia Press, 1961.

  15. R. Kuhn, op. cit., pág. 13.

  16. Veamos lo que dice Steiner ("El gran ennui", op. cit., pág. 23) a este respecto citando "El ensayo sobre Bacon" de Macaulay de 1837: "La ciencia prolongó la vida; mitigó el dolor, extinguió enfermedades; aumentó la fertilidad de los suelos; dio nuevas seguridades al marino; suministró nuevas armas al guerrero, unió grandes ríos y estuarios con puentes de forma desconocida para nuestros padres; guió el rayo desde los cielos a la tierra haciéndolo inocuo; iluminó la noche con el resplandor del día; extendió el alcance de la visión humana; multiplicó la fuerza de los músculos humanos; aceleró el movimiento, anuló las distancias; facilitó el intercambio y la correspondencia de acciones amistosas, el despacho de todos los negocios; permitió al hombre descender a las profundidades del mar; remontarse en el aire; penetrar con seguirdad en los mefíticos recovecos de la tiera; recorrer países en vehículos que se mueven sin caballos; cruzar el océano en barcos que avanzan a diez nudos por hora contra el viento. Éstos son sólo una parte de sus frutos, pues la ciencia es una filosofía que nunca reposa, que nunca llega a su fin, que nunca es perfecta. Su ley es el progreso". Cf. sobre este tema, Norman Cohn, En pos del milenio, Madrid, Alianza, 1989; Robert Nisbert, Historia de la idea del progreso, Barcelona, Gedisa, 1980.

  17. Así lo manifiesta G. Steiner ("El gran ennui", op. cit., pág. 22): "Es inevitable reconocer que la riqueza intelectual y la estabilidad de la clase media y la clase alta durante el largo verano liberal dependía directamente del dominio económico y, en última instancia, militar de vastas porciones de lo que ahora se conoce como el mundo subdesarrollado o tercer mundo. Todo esto es manifiesto. Lo sabemos en nuestros momentos racionales. Sin embargo es éste un tipo de conocimiento intermitente menos inmediato a nuestro curso de sentimiento que la mitología, que la metáfora cristalizada, generalizada y compacta de un gran jardín de civilización que está ahora devastado".

  18. Juan Benet, Londres victoriano, Barcelona, Planeta, 1988, pág. 42.

  19. Parece interesante observar en este sentido que las grandes exposiciones que se inauguraron con la de Londres de 1851 inician a juicio de Agamben (Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental, Valencia, Pre-Textos, 1995, pág. 80) la época de la fantasmagoría; es decir, su poder de exhibición alcanza no sólo a la universalidad de lo que allí se expone, sino también a una figuración moderna del objeto que se instala de este modo en el ámbito de lo inasible, a pesar de la pretendida voluntad de progreso lineal apuntada en los discurso inaugurales del príncipe Alberto: "En la Exposición universal se celebra así por primera vez el misterio que hoy se ha vuelto familiar para cualquiera que haya ya entrado en un supermercado o haya quedado expuesto a la manipulación de la réclame: la epifanía de lo inasible". Cf. sobre este tema, Sidney Pollard, The Idea of Progress: History and Society, Baltimore, Penguin Books, 1971.

  20. Y sin embargo este gran 'jardín civilizado' que constituía la Europa de la burguesía decimonónica, escondía según Steiner ("El gran ennui", op. cit., pág. 22) otra cara: "Se nos da a entender que el revestimiento de elevada civilización encubría profundas fisuras de explotación social, que la ética sexual burguesa era una capa exterior que ocultaba una gran zona de turbulenta hipocresía; que los criterios de genuina afabetización se aplicaban sólo a unos pocos, que el odio entre generaciones y clases era muy profundo, por más que a menudo fuera silencioso; que las condiciones de seguridad del faubourg y de los parques se basaba sencillamente en la aislada amenaza mantenida en cuarentena de los barrios bajos".

  21. Juan Benet, op. cit., págs. 86-87.

  22. Estos elementos críticos se apoyaban en el espejismo que suponía el jardín civilizado de la Europa burguesa que Steiner ("El gran ennui", op. cit., págs. 21-22) sitúa en lo textos literarios de la época: "Si nos detenemos a examinar las fuentes de ese conocimiento, comprobaremos que a menudo ellas son puramente literarias o pictóricas, que ese siglo XIX que llevamos dentro de nosotros es la creación de un Dickens o de un Renoir. Si prestamos oídos al historiador, particularmente al historiador que milita en el ala radical, rápidamente nos enteramos de que el "imaginado jardín" es en aspectos fundamentales una mera ficción". Cf. Edgar Zilsel, "The Genesis of the Concept of Scientific Progress", Journal of the History of Ideas, 6 (1945), págs. 325-349; Georges Sorel, The Illusions of Progress, Los Angeles, University of California Press, 1969.

  23. Especialmente en relación a la división específicamente burguesa de las dos esferas: la pública y la privada. Iniciada por Hegel esta bipartición de la sociedad decimonónica que, más allá de su utilidad socioeconómica, generó una serie de ámbitos o espacios híbridos donde el individuo, sobre todo la mujer, no hallaba una representación definida de su función social: "Hegel se detiene largamente en esta división del espacio doméstico y el espacio público, división entre dos 'racionalidades'. Una, que tiende a la autonomía y la actividad universal; la otra, cogida en la pasividad y la individualidad concreta. Una, dirigida al Estado, la ciencia y el tabajo, la otra, vuelta hacia la familia y la creación de la moralidad. Antígona, figura privilegiada para Hegel, expresa esta distribución entre la ley del hombre y la ley de la mujer, la ley manifiesta del Estado y la ley eterna de la piedad familiar, la ley humana y la ley divina. Según el momento dialéctico, esta distribución es armoniosa o conflictiva; en todo caso, es necesariamente un juego de interacción entre una y otra ley, allí donde se juega la relación entre la familia y la ciudad en el todo de la sociedad, allí donde se dibuja el surgimiento de la persona, más allá del individuo contingente" (Georges Duby y Michel Perrot, eds., Historia de las mujeres, Madrid, Taurus, pág. 61). Cf. G. W. F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, 1817; Los principios de la filosofía del derecho, 1821.

  24. Calinescu (op. cit., pág. 71) cifra la modernidad en un espacio dominado por la utopía, una vez arrumbada la imaginación religiosa del hombre: "Por tanto, la modernidad en general, aunque intentara hacerlo, no logró suprimir la necesidad en imaginación religiosa del hombre; y separándolas de su curso tradicional puede que incluso las haya intensificado en forma de un indecible florecimiento de las heterodoxias -en la propia religión, en el pensamiento moral, social y político y en estética-. El gran florecimiento del utopismo está directamente relacionado con el declive del papel tradicional del cristianismo quizá el único hecho importante en la historia intelectual moderna de Occidente. Mirando atrás, aunque el hombre ya era mucho antes un soñador utópico, éste parece ser el legado más significativo del siglo XVIII a nuestra modernidad, obsesionado como está por la idea y el mito de la Revolución. Desde luego el anhelo de la utopía -directa y positivamente o por el camino de la reacción y la polémica- penetra todo el espectro intelectual de la modernidad, desde la filosofía política a la poesía y las artes". Cf. Thomas Molnar, Utopia, the Perennial Heresy, Nueva York, Sheed and Ward, 1967.

  25. G. Steiner, "El gran ennui", op. cit., pág. 32. Para la gran mayoría de los escritores del XIX, el siglo se convirtió, sin embargo, en un marasmo de atraso que no se correspondía con la autocomplacencia que destilaban las teorías científicas. Veamos lo que dice Baudelaire al respecto (Correspondence générale, IV, ed. de Jacques Crépet, París, Conard, 1947-1966, pág. 99): "Enfin! Enfin! Je crois que je pourrai à la fin du mois fuir l'horreur de la face humaine. Tu ne saurais croire jusqu'à quel point la race parisienne est degradée. Ce n'est plus ce monde charmant et amiable que j'ai connu autrefois: les artistes ne savent rien, les littérateurs ne savent rien, pas même l'ortographe. Tout ce monde est devenu abject, inférieur peut-être aux gens du monde".

  26. Una vez terminadas las grandes guerras y revoluciones, se enfrenta el hombre a la uniformidad de la burguesía, al estatismo de la vida que se abre sin más pretensiones de acción que las del funcionario o el sacerdote. Así nos lo describe Musset (op. cit., págs. 14-15): "Los niños miraban todo aquello pensando siempre que la sombra de César iba a desembarcar en Cannes y aventar a aquellas larvas. Pero el silencio siempre perduraba y no se veía flotar en el cielo más que la palidez de los lises. Cuando los niños hablaban de gloria se les decía: 'Haceos sacerdotes'. Cuando de ambición: 'Haceos sacerdotes'. Si de esperanza, de amor, de fuerza, de vida: 'Haceos sacerdotes' ".

  27. G. Steiner, "El gran ennui", op. cit., pág. 33. Banville (Les exiles, París, Charpentier, 1878, págs. 1 y 4) resume de este modo la creación de un nuevo espíritu que inunda la burguesía; se trata de un estado de progresiva paralización que demeboca en el ennui: "Victimes de la tyrannie des dieux nouveaux passants épris du beau et du juste, qui au milieu d'hommes gouvernés par les vils appétits se sentent brûlés par la flamme divine (…) adorateurs des Dieux morts, champions obstinés des causes vaincues, chercheurs de paradis qu'ont dévorés la ronce et les cailloux, et sur le seuil desquels s'est même éteinte comme inutile l'epée flamboyante de l'Archange!".

  28. Una revolución que no llega en un momento de atonía universal y que Musset (op. cit., pág. 23) describe como un estado de 'blasfemia', es decir es ésta -la única fuerza revolucionaria, la recurrencia a la negación de Dios- todo lo que queda en la sociedad del XIX de los grandes impulsos revolucionarios: "Es desgraciadamente cierto que se da en la blasfemia un gran derroche de fuerzas que alivia el corazón colmado en exceso. Cuando un ateo, mirando su reloj, concedía a Dios un cuarto de hora para fulminarle, cierto es que se procuraba un cuarto de hora de cólera y atroz diversión. Era el paroxismo de la desesperación, una llamada incalificable a todas las potencias del cielo".

  29. Es decir, existían después de 1815 una serie de energías sociales, de ansias de actividad que quedaron frenadas por la llegada de la sociedad uniforme de la burguesía, que se ahogaron, en suma, en la paz del siglo, y que Steiner ("El gran ennui", op. cit., pág. 34) describe de este modo: "El colapso de las esperanzas revolucionarias después de 1815, la brutal desaceleración del tiempo y de las radicales expectaciones dejaban una reserva de energías turbulentas que no se habían usado. La generación romántica estaba celosa de sus padres. Los 'antihéroes', los dandies, acometidos por el spleen del mundo de Stendhal, Musset, Byron y Pushkin, se mueven a través de la ciudad burguesa como condottieri sin trabajo".

  30. Éste es, ciertamente, el núcleo central de la argumentación de Steiner ("El gran ennui", op. cit., págs. 40-41) acerca del fenómeno del ennui: "¿Es razonable suponer que toda civilización elevada desarrolla acentos implosivos e impulsos que la llevan a la autodestrucción? ¿Tiende un complejo tan delicadamente equilibrado, simultáneamente dinámico y limitado, tiende necesariamente a un estado de inestabilidad y, por último, de conflagración? (…) ¿Es la fenomenología del ennui y de un anhelo por la disolución violenta un hecho constante en la historia de las formas sociales e intelectuales una vez que éstas hubieron pasado determinado umbral de complicación?". Y más adelante (ibid., pág. 42) llega a decir Steiner que "la carrera armamentística y la creciente fiebre de los nacionalismos europeos fueron, según me parece, sólo síntomas exteriores de este malestar esencial. El intelecto y el sentimiento estaban literalmente fascinados por la perspectiva de un fuego purificador".

  31. Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, Madrid, Siglo Veintiuno, 1995, pág. 62) sistematiza estas sexualidades perversas o patológicas que el siglo XIX, al contrario de lo que en un principio pudiera parecer, colocó en el centro de su construcción social: "Esos comportamientos polimorfos fueron realmente extraídos del cuerpo de los hombres y de sus placeres; o más bien fueron solidificados en ellos; mediante múltiples dispositivos de poder, fueron sacados a la luz, aislados, intensificados, incorporados. El crecimiento de las perversiones no es un tema moralizador que habría obsesionado a los espíritus escrupulosos de los victorianos. Es el producto de la interferencia de un tipo de poder sobre el cuerpo y sus placeres. Es posible que Occidente no haya sido capaz de inventar placeres nuevos, y sin duda no descubrió vicios inéditos. Pero definió nuevas reglas para el juego de los poderes y los placeres: allí se dibujó el rostro fijo de las perversiones".

  32. G. Steiner, "El gran ennui", op. cit., pág. 39. Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, op. cit., pág. 141) atribuye al siglo XIX el nacimiento de una nueva aproximación a la sexualidad, que comienza en los inicios del siglo a ser considerada como un elemento de análisis social, sustituyendo en buena parte a los asuntos de prioridad bélica de siglos anteriores: "Por mediación de la medicina, la pedagogía y la economía, hizo el sexo no sólo un asunto laico, sino un asunto de Estado; aún más: un asunto en el cual todo el cuerpo social, y casi cada uno de sus individuos, era instado a vigilarse".

  33. Alfred de Musset, op. cit., pág. 18. Ciertamente, el siglo XIX convirtió, en un proceso de carácter romántico, al hombre en un individuo doble: pasional y hastiado a un tiempo: "The nineteenth century literally tracked the elusive self to its lair -and the 'beast' that he proved to be was a poor, bare, forked, unaccommodated creature indeed" (Clark, op. cit., pág. 7).

  34. A ello contribuyó sobre todo la proliferación de la figura de la cocotte que resuelve en la sociedad del XIX la necesidad pulsional de la sexualidad más allá del núcleo familiar, pero alejada todavía de la prostitución del burdel. Así nos lo muestra Fuchs (Historia ilustrada de la moral sexual. La época burguesa, Madrid, Alianza, 1996, pág. 305): "Hoy en día, casi todas han escapado de las sombras de la vida hogareña, despliegan el mismo lujo desorbitado en todo cuanto hacen y han adoptado las mismas formas extravagantes en sus apariciones en público; en una palabra, se han hecho tan mundanas como antes, hace veinte o treinta años, sólo lo era la grande cocotte. Son incontables los casos en que la verdadera dama no puede ya distinguirse realmente de la cortesana".

  35. Alfred de Musset, op. cit., pág. 18.

  36. Que se resume en la actitud de duda e indiferencia de las generaciones jóvenes del XIX: "¿Quién osará narrar lo que entonces ocurría en los colegios? Los hombres dudaban de todo: todo lo negaban los jóvenes. Los poetas cantaban la desesperación: salían los adolescentes de las escuelas con frente serena, rostro fresco y coloreado y la blasfemia en los labios" (Alfred de Musset, op. cit., págs. 22-23).

  37. Ibid., pág. 23.

  38. Para una definición del concepto del ángel doméstico, cf. Coventry Patmore, "The Angel in the House", en Erna Olafson Hellerstein, Leslie Parker Hume y Karen Offen, eds., Victorian Women, Stanford, Stanford University Press, 1982, págs. 134-140, y también C. Patmore, "The Social Position of Women", North British Review, 14 (1851), págs. 514-540.

  39. "If the image of harmonious domesticity remained a pervarsive ideal that shaped both individual and collective consciousness, so also did a sense of uneasiness about that ideal. Out of this uneasiness, this unspoken recognition that the ideal must, by its very nature, reamain unattanaible, arose a series of parallel images, images that were negative in character. Thus, alongside the image of the warmth hearth arose the image of the cold, neglected, loveless household. And just as the notion of femininity was central to the conception of the ideal home, so also was an image of the unfeminine central to the negative vision of the cold, loveless home" (Deborah Gorham, The Victorian Girl and the Feminine Ideal, Londres, Billing and Sons, 1982, pág. 37). Cf. sobre este tema, Alice Corkran, The Romance of Woman's Influence, Londres, Blackie, 1906; W. Nicholson, How to be a Lady: A Book for Girls Comprising Directions for Being Useful and Happy, Accomplished and Agreeable, Loved and Respected in Single and Married Life, Wakefield, Nicholson and Sons, 1850; Joan Burstyn, Victorian Education and the Ideal of Womanhood, Londres, Croom Helm, 1980; Sara Delamont y Lorna Duffin, eds., The Nineteenht-Century Woman, Londres, Croom Helm, 1978; Elizabeth Langland, "Nobody's Angels: Domestic Ideology and Middle-Class Women in the Victorian Novel", PMLA, 107 (1992), págs. 290-304.

  40. Veamos lo que dice significativamente al respecto del concepto de feminidad un artículo publicado en la Monthly Religious Magazine en 1862: "Man is intellect, woman is love. Man is mind, woman is heart. Man is truth, woman is goodness…so it has been from the foundation of the world, and a thousand woman's conventions cannot make it otherwise" (cit. en Susan Ostrov Weisser, Woman in Sexual Love in the British Novel, 1740-1840. A Craving Vacancy, Londres, Macmillan, 1997, pág. 21). Véase sobre este tema, Sally Mitchell, The Fallen Angel Chastity, Class and Women's Reading, 1835-1880, Ohio, Bowling Green University Press, 1981; Judith Newton, "Engendering History for the Middle Class", en Anthony Harrison y Beverly Taylor, eds., Gender and Discourse in Victorian Literature and Art, DeKalb, Northern Illinois University Press, 1992.

  41. Y ello considerando la casa burguesa como el único refugio del que dispone la mujer en el siglo XIX: "Escogida, sufrida o simplemente asumida, la soledad de las mujeres es siempre una situación difícil, ya que es una situación radicalmente excluida de la reflexión. 'La mujer perece, si no tiene hogar ni protección', dice Michelet, pesimista; y el coro de los epígonos lo repite: 'si hay una cosa que la naturaleza nos enseña de manera evidente, es que la mujer está hecha para ser protegida, para vivir de muchacha junto a su madre, y de esposa bajo la tutela y la autoridad de su marido. Las mujeres están hechas para mantener oculta su vida'. Fuera del hogar y del matrimonio, no hay salvación" (Philippe Ariès y Georges Duby, eds., Historia de la vida privada, op. cit., págs. 304-305). Cf. Edward Shorter, Making of the Modern Family, Nueva York, Basic Books, 1975; Gillian Brown, Domestic Individualism: Imagining a Self in Nineteenth-Century America, Berkeley, University of California Press, 1991.

  42. Julia Varela, Nacimiento de la mujer burguesa, Madrid, La Piqueta, 1997, págs. 238-239. Es preciso hacer notar en este momento la distinción que haremos entre los conceptos de dispositivo de feminización y dispositivo femenino. Mientras que el primero se refiere a la articulación social que el discurso burgués desarrolló en torno a la figura de la mujer, la segunda se refiere más bien a la proyección que dicha articulación reveló tanto en los discursos literarios y sociales, como en la vida cotidiana de la mujer de la segunda mitad del siglo XIX.

  43. Es decir, el ennui, que se remonta al concepto de la acidia medieval, es considerado en el XIX un elemento proscrito dentro de los cánones que regían los principios sociales; la productividad inherente al capitalismo que se estaba iniciando como modelo económico relegaba fuera de sus límites la tendencia de lo femenino, sobre todo, a la inercia, a la pasividad que se oponía frontalmente a los parámetros instalados en la esfera de la producción de la burguesía. Sobre este tema cf. Patrick Joyce, ed., The Historical Meanings of Work, Nueva York, Cambridge University Press, 1987.

  44. "We associate the idea of the home, with all its fond recollections and innocent enjoyments, and of love with its thousand gentle ministries, strewing life's pathway with flowers from the cradle and the grave" (Mrs S. T. Martyn, "The Social Position of Women", Ladies' Wreath, 1 (1847), pág. 76, cit. en S. Ostrov Weisser, op. cit., pág. 25). Cf. sobre este tema, Janet Wolff, "The Culture of Separate Spheres: The Role of Culture in 19th c. Public and Private Life", en J. Wolff y J. Seed, eds., The Cultural of the Capital: Art, Power and the Nineteenth Century Middle Class, Nueva York, St. Martin's Press, 1988.

  45. Ibid., pág. 69.

  46. Ésta es la principal característica que define el dispositivo de feminización, delimitado por la inmutabilidad que sobre todo le es atribuida en el espacio textual: "It became habitual for writers to refer to the nature of 'Woman' or the ¿sex?, as though individual variation were a strictly male prerogative. It is this conceptualization of woman as a blank space, a vacancy, an empty page on which the drama of the desiring/constraining will could be rewritten, that was the foundation for her role as the self-creating literary heroine" (S. Ostrov Weisser, op. cit., págs. 21-22). Cf. Joan Burstyn, op. cit.; M. Jeanne Peterson, Family, Love and Work in the Lives of Victorian Gentlewomen, Bloomington, Indiana University Press, 1989; P. Branca, "Myth of the Idle Victorian Woman", en M. Hartman y Lois Banner, eds., Clio's Consciousness Raised, Nueva York, Octagon books, 1976, págs. 186-189.

  47. Idols of Perversity. Fantasies of Feminine Evil in Fin-de Siècle Culture, Nueva York, Oxford University Press, 1986. Cf. sobre este tema también, Eva Figes, Actitudes patriarcales: Las mujeres en la sociedad, Madrid, Alianza, 1972; Richard Evans, Las feministas. Los movimientos de emancipación de la mujer en Europa, América y Australasia, 1840-1920, Madrid, Siglo XXI, 1980.

  48. El dispositivo de sexualidad entra, de este modo, a formar parte de la condición del moderno dispositivo femenino al que, por otra parte, se aisla del entramado social : "Like the figure of the masturbator in the Victorian era, the modern 'girl of the period', free to seek the gratification of her will (and by implication, a 'masculine' will to sexual gratification), was a caricature of antisocial self-indulgence. Yet in her resolute pursuit of individualism, she mirrored the very essence of modern, commercial society to a degree heretofore reserved for her male counterpart" (S. Ostrov Weisser, op. cit., págs. 23-24). Cf. William Leech, True Love and Perfect Union: the Feminist Reform of Sex and Society, Nueva York, Basic Books, 1980; Elaine Hoffman Baruch, Women, Love and Power: Literary and Psychoanalytic Perspectives, Nueva York, New York University Press, 1991.

  49. En este sentido, Coventry Patmore, el autor del conocido poema "The Angel in the House", en "The Unknown Eros" sitúa el dispositivo de sexualidad en el ámbito de lo intrusivo, de lo peligroso y desestabilizante en el seno de la sociedad burguesa: "O, Unknown Eros?…/ what portent and what Delphic word/ such as in form of snake forbodes the bird/ Is This?" (cit. en Ostrov Weisser, op. cit., pág. 19). Y sobre ello nos dice Ostrov Weisser (ibid.) al respceto del poema de Patmore que: "Sexuality embraces, to use Foucault's word, a great secret, yet its significance for our lives is a frightening Unknown". Cf. sobre este tema el estudio de Havellock Ellis, Man and Woman: A Sudy of Human Secondary Sexual Characteristics, Nueva York, Scribner's, 1914, y también Nina Auerbach, Woman and the Demon: The Life of a Victorian Myth, Cambridge, Harvard University Press, 1982; Arnold I. Davidson, "Sex and the Emergence of Sexuality", Critical Enquiry, 14 (1987), págs. 16-48.

  50. Resultan significativas en este sentido las teorías, que acerca de la posición de la mujer como sujeto en la sociedad del XIX, proponen los filósofos más relevantes de la época. Fitche, Hegel y Kant dividen sus posiciones en este aspecto, que varían desde la división o ley de separación de los dos sexos propuesta por Fitche hasta la consideración de Kant acerca del matrimonio como una acción moral y libre. Sin embargo, será a partir de 1830 coincidiendo con la publicación de las obras de Charles Fourier cuando se inicia un encendido debate en torno a la condición de la mujer y, también, en torno a la posibilidad de emancipación del sujeto femenino; de ahí que su teoría de la atracción pasional fuese retomada por las feministas como fuente de los principios de la emancipación femenina. Por lo que hace al amor y al conflicto del sexo, se ha de recurrir a las teorías de Comte, Schopenhauer, Stuart Mill y Jeremy Bentham y a sus respectivas posiciones acerca de la condición del individuo moderno sexuado. Sobre todas estas cuestiones, véase el magnífico estudio de Geneviève Fraisse, "Del destino social al destino personal. Historia filosófica de la diferencia de los sexos", en G. Duby y M. Perrot, eds., op. cit., págs. 57-89 y también Geneviève Lloyd, The Man of Reason. "Male" and "Female" in Western Philosphy, Londres, 1987; Diana Coole, Women in Political Theory. From Ancient Misogyny to Contemporary Feminism, Brighton, 1988; E. Kennedy y S. Mendus, eds., Women in Western Political Philosophy, from Kant to Nietzsche, Brighton, 1987.

  51. Veamos la definición de Ribot de la abulia para constatar la cercanía de ésta al concepto del ennui decimonónico: "The lack of energy characteristic of aboulia is attributed by Ribot to a diminishing of excitation and to a consequent inability to actively excercise the will" (Gayana Jurevich, "Abulia, Nineteenth-Century Psychology and the Generation of 1898", Hispanic Review, 60 (1992), pág. 183). Cf. sobre este tema, Téodule Ribot, The Diseases of the Will, Chicago, Open Court, 1894; Edwin Boring, A History of Experimental Psychology, Nueva York, Century, 1929.

  52. Y es que ciertamente la intensificación del debate en torno al dispositivo de sexualidad que se acentuó en el siglo XIX lleva aparejado, a mi juicio, la consolidación en el imaginario de la burguesía decimonónica del ennui. Cuando la sexualidad y todo el complejo juego de poderes que se vertebra a su alrededor se instala en la médula del sistema social burgués, esto es, cuando se asienta en la familia, el tedio que, a un tiempo, la había ocupado también, inicia un proceso de desarrollo sostenido que culmina en la tensión de poderes explícitos: de un lado la fuerza desestabilizadora de la pulsión sexual y de otro la fuerza constrictiva del tedio, que resulta como bien afirma Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, op. cit., 1997, págs. 135-136) en una suerte de núcleo familiar penetrado por el dispositivo de sexualidad: "Y hela ahí , desde mediados del siglo XIX cuando menos, persiguiendo en sí misma las menores huellas de sexualidad, arrancándose a sí misma las más difíciles confesiones, solicitando ser oída por todos los que pueden saber mucho sobre el tema, abriéndose de parte a parte a la infinitud del examen. En el dispositivo de sexualidad la familia es el cristal: parece difundir una sexualidad que en realidad refleja y difracta".

  53. Giacomo Leopardi, Poesía y Prosa, edición de Antonio Colinas, Madrid, Alfaguara, 1974, págs. 465-466.

  54. Sobre el tema de la sexualidad femenina y la relación que se establece entre ésta y el ennui, véase Jessica Benjamin, "A Desire of One's Own: Psychoanalytic Feminism and Intersubjective Space", en Teresa de Lauretis, Feminist Studies/Critical Studies, Bloomington, Indiana University Press, 1986, págs. 78-101; Katheleen Blake, Love and the Woman Question in Victorian Literature: The Art of Self-Postponement, Brighton, Harvester, 1983; Rosalind Coward, Female Desires: How They are Sought, Bought and Packed, Nueva York, Grove Weidenfeld, 1985.


© Sonia Núñez Puente 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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