ENTREVISTA A MANUEL SECO REYMUNDO


"El diccionario que no se renueva
está condenado a muerte"

Carlos J. Rodríguez


 

  


—¿Se puede abarcar todo un idioma en 4.670 páginas?

—Los idiomas son absolutamente inabarcables porque una cosa es lo que se puede registrar y otra distinta lo que realmente se usa. Además, nosotros no hemos pretendido hacer un diccionario de todo el uso del léxico español, sino solamente del idioma de España. No porque no nos interese el de América, que puede ser tan importante como el de España, ya que todos somos copropietarios de la misma lengua, sino por dos razones de nivel práctico: una es que el idioma que se habla en España coincide en un 90 por ciento con el que se habla en los países americanos, por lo que tiene una importancia menor el hecho de que hayamos tenido que limitar el estudio. Luego hay otro motivo, que se corresponde con las razones metodológicas. Lo esencial de nuestra obra es que no está basado en lo que han hecho otros diccionarios, sino en lo que nosotros hemos podido indagar del uso real en nuestro país. El recoger estos materiales para poder establecer un inventario suficiente de la lengua que se habla en España nos ha llevado mucho tiempo y trabajo. Pensar que ese trabajo referido sólo a España nos ha entretenido durante 30 años da a entender que si hubiéramos emprendido la misma operación con respecto a Argentina, Chile, Uruguay..., probablemente hubiéramos tardado tres veces más. La primera premisa de nuestro trabajo era hacerlo en el espacio de nuestra vida.

—Los medios de comunicación han calificado la obra como "monumental", "catedral del idioma", "monstruo devorador de años y palabras" o "el último gran diccionario", entre otros muchos adjetivos ¿Impresionan tan grandes calificativos? ¿Los comparte?

—Todo es relativo. Lo del último gran diccionario puede ser verdad porque en el momento de publicarse no hay otro posterior, aunque sea una perogrullada, pero los otros calificativos no digo que sean desacertados. Lo de que sea una catedral es porque ha alcanzado por sus características unas dimensiones muy notables. Este diccionario, con las casi 4.700 páginas que tiene, supera al Diccionario de la Academia (en su edición grande) y al Moliner juntos en número de páginas. ¿Por qué tiene estas dimensiones el diccionario? No porque tenga más palabras, que en número son casi igual al de la Academia o al Moliner. El nuestro tiene 75.000 palabras y el de la Academia tiene en torno a las 83.000. Lo que ocurre es que nuestras entradas tienen mucho más desarrollo que los diccionarios corrientes porque detrás de cada definición hay un ejemplo de un texto tomado del uso. Estas citas son las que diferencian claramente nuestro diccionario de los demás.

¿Esa es la diferencia más importante?

—Sí. Es la característica más destacada, el hecho de que tiene citas de uso real. Los otros diccionarios tienen ejemplos inventados. Esta diferencia se debe, precisamente, a nuestro método. Nos hemos basado en documentación real, no en información de los otros diccionarios. Por esta razón nuestra obra ha sido capaz de ejemplificar con textos reales las expresiones que hemos incluido en él.

—Huir de la manera habitual de hacer diccionarios y crear uno de nueva planta es una apuesta muy fuerte ¿No le generaban suficiente confianza los que ya existían?

—No sólo nos interesaba certificar el uso de las voces que nosotros registramos, sino que también nos interesaba hacer una 'limpieza' respecto al léxico que recogen los otros diccionarios. De las demás obras teníamos la experiencia comprobada de que se incluyen muchas voces que han desaparecido del uso en nuestro tiempo. Por ejemplo, voces nacidas en la Edad Media y desaparecidas en los siglos XVI, XVII, vienen calificadas con la nota de anticuado. Hay otras muchas veces que son antiguas y que por las razones que sea carecen de esa indicación y el lector puede confundirse y creer que están en uso palabras que han perdido su vigencia desde hace mucho tiempo. Nosotros queríamos borrar del contenido del diccionario las voces que no se usan. Por eso nuestra obra se llama 'Diccionario del español actual' y por eso nuestra documentación se limita a textos correspondientes a la segunda mitad del siglo XX.

—¿Es esto, quizá, lo que le ha llevado a declarar en alguna ocasión que la lengua española no tenía un inventario léxico riguroso o fiable?

—Así es. Nuestro diccionario tiene la aspiración de ser un inventario léxico fiable. Lo que ocurre es que es imposible hacer un inventario total. Es una empresa inalcanzable aunque hubiésemos manejado una documentación cien veces más poderosa, rigurosa y extensa que la que hemos utilizado. Lo difícil no es la recogida de materiales, lo difícil es convertir esos materiales en un diccionario. Nosotros habíamos reunido un fichero bastante copioso que lo estimo en unos dos millones de apariciones de palabras y ejemplos. Pero dos millones es una cantidad abarcable, y a pesar de ser abarcable nos ha costado 30 años, porque elaborar esos materiales en forma de entradas exige estudiar uno a uno los ejemplos recogidos y analizar sus sentidos, clasificarlos, ordenarlos. Si todo este trabajo es una labor verdaderamente agotadora con una base documental de dos millones de fichas, hay que imaginarse cómo será con 100 millones.

—Hasta cierto punto, entonces, es verdad la afirmación que mantiene que el 'Diccionario del español actual' son dos volúmenes que revolucionarán la lexicografía.

—Sí. Se puede decir tranquilamente porque, precisamente, lo que faltaba en el español era un diccionario con citas auténticas, de uso real. Existía desde el siglo XVIII el famoso 'Diccionario de Autoridades' hecho por la Real Academia Española. Después se han hecho intentos para producir obras según esa misma técnica. El primero lo hizo la misma Academia entre el año 33 y el año 36, pero quedó interrumpido por la Guerra Civil, y un segundo 'Diccionario Histórico' se empezó a realizar en 1960 y ha quedado paralizado desde 1993. Esos dos diccionarios históricos estaban hechos también por el método de la documentación. Nosotros al limitar nuestro trabajo a sólo medio siglo del español y a sólo el límite de España hacíamos más alcanzable la meta.

—¿Esperaban sus compañeros y usted el tremendo interés despertado por la obra?

—Esperábamos que tuviese una acogida interesada por parte de los niveles profesionales y universitarios que se ven obligados a trabajar mucho con diccionarios. Ahora bien, la acogida ha sido mayor de la que nosotros esperábamos porque el lector medio se ha interesado por la obra y en dos días, después de su aparición, se ha agotado la primera tirada. Eso sí que ha sido una sorpresa para nosotros y para los mismos editores, que se encontraron sin preparación para hacer la segunda tirada.

—¿Hubo algún momento crítico a lo largo de los 30 años de elaboración en el que pensaran abandonar el proyecto? ¿No se le pasó nunca por la cabeza?

—Hemos pasado momentos de temor porque la Editorial Aguilar, con la que habíamos firmado el contrato en 1970, se declaró en quiebra en los años 80. En ese instante tuvimos la incertidumbre de qué pasaría con nuestro diccionario, que ya iba muy avanzado. Cuando Aguilar fue comprada por el grupo Santillana se hizo un replanteamiento desde los nuevos propietarios de la editorial. Esto nos tranquilizó, pudimos seguir trabajando. En un determinado momento, además, llegamos a un acuerdo que hizo que a partir del año 93 pudiéramos contar con equipos informáticos y con un grupo humano al servicio de los ordenadores para llevar a cabo la última fase del diccionario, la de la preparación para la imprenta.

—¿El diccionario ha sido fruto más de una actividad profesional o de la vocación?

—Las dos cosas. Dos de las tres personas que hemos formado el equipo, dos estábamos vinculados al Diccionario Histórico de la Academia. Yo en el año 62 empecé a trabajar en el 'Diccionario Histórico' como redactor y a los pocos años pasé a redactor jefe, y desde el año 81 hasta el 93 fui director del mismo. Olimpia Andrés entró a trabajar en el año 70 en el mismo diccionario y, en seguida, lo mismo que me había pasado a mí, se interesó por la producción del 'Diccionario del español actual', que era una obra verdaderamente importante y, desde el punto de vista profesional, apasionante, ya que era un trabajo de investigación en el que se tomaba el pulso a las palabras en directo. Este trabajo, que empezó siendo profesional, se convirtió en una vocación.

—Habrá supuesto un gran sacrificio emocional 'robar' tantas horas a la familia y el tiempo libre...

—Las dos cosas han sido nuestras grandes privaciones. Yo, personalmente, tuve que sacrificar mucho la atención a mi familia, y no digamos ya el ocio, el entretenimiento, la vida social. Todo eso desapareció mucho con el trabajo del diccionario. Hay que tener en cuenta que la obra la hacíamos en el tiempo libre que nos quedaba después de nuestras ocupaciones principales, porque la hicimos gratis hasta un determinado momento en que la editorial, ya casi al final, empezó a pagarnos un anticipo sobre los futuros derechos de autor. Hasta ese momento no habíamos ganado absolutamente nada con el diccionario. Entonces los tres teníamos que trabajar en nuestras actividades principales; la de Olimpia y la mía era el 'Diccionario Histórico' y la de Gabino era su cátedra de instituto, con lo que sólo disponíamos de media jornada para el diccionario. E incluso en mi propio trabajo profesional, que me reclamaba dar conferencias y escribir artículos, tuve que sacrificar muchas cosas. Lo que pude hacer fue robando tiempo al trabajo del diccionario.

—¿Cuál es la mayor virtud de la obra?

—En una palabra, se puede decir que es su novedad. Tiene características que son atractivas para el lector. Una es que es un diccionario del español actual, es decir, de nuestro tiempo. Se ha dedicado de manera exclusiva al idioma de medio siglo, lo que quiere decir que 75.000 palabras de nuestra obra significan mucho más en cantidad que las 83.000 de otros diccionarios, porque otras obras tratan de registrar el español de todos los tiempos, como mínimo de 1.000 años. Lógicamente, dentro de los 50 años, el número de entradas ha sido tratado con más esmero, con más cuidado, como si lo hubiésemos mirado con lupa.

—Han analizado cerca de 600 periódicos españoles ¿Qué grado de influencia tienen hoy los medios de comunicación en el idioma?

—Tienen una gran influencia, porque así como hay, relativamente, pocos lectores de libros en España, el periódico siempre se lee algo más. Por otra parte, el periódico emplea aproximadamente, en la parte informativa, el mismo lenguaje que la radio y la televisión. Nosotros hemos huido de fuentes orales, hemos recurrido solamente a fuentes escritas. Pero no echamos de menos el no haber utilizado la información oral porque todo eso lo refleja bien la prensa. Y la prensa, al ser escrita, representa un estado más consolidado del léxico que lo que se oye. La lengua oral puede ser en buena parte volandera y, sobre todo, es difícil de registrar de una forma material. En cambio, la lengua escrita es una forma ya consolidada del léxico y podemos examinarla, estudiarla despacio. Esto es lo que nos hizo atenernos a la forma escrita. Por otro lado, la lengua oral aparece muy bien reflejada en géneros literarios realistas como la novela, el cuento o el teatro, y estos tres géneros durante el último medio siglo reflejan con mucha fidelidad la lengua coloquial, que la hemos recogido a través de estas fuentes.

—¿Es entonces indispensable que una palabra pase del lenguaje oral al escrito para que sea tenida en cuenta?

—Sí, es indispensable por una razón, porque aunque tuviésemos registrado en una grabadora todo lo que se oye, habría una cantidad tan abrumadora de material que tendríamos que hacer una selección. La única piedra de toque para esa selección sería que una palabra hubiese cuajado en la lengua escrita. Entonces, para qué esa molestia. Recogemos el material directamente de la lengua escrita, que es lo que nos da una medida muy fiel de lo que está consolidado en el léxico. En un diccionario jamás se puede aspirar a registrar todo lo que se usa, sino solamente lo que constituye la base de la lengua que circula entre todos los hablantes, y esa base es lo que se llama el español estándar. Esa lengua es precisamente la registrada en la escrita, en esos medios que le digo y en ese tipo de literatura que le digo.

—¿Cómo evalúa el nivel de la lengua en los medios? ¿Se cometen muchas irregularidades?

—Todo el que escribe en los medios debe tener mucho cuidado porque no habla a una persona, dos o tres, habla a decenas de miles de personas. Entonces hay que cuidar lo que se escribe, no por el hecho de que sea más bonito o elegante, sino que sea más eficaz, que exprese con precisión lo que se quiere decir. En este sentido, los defectos que yo señalaría en todo el que escribe son los que suponen errores en la eficacia de la transmisión, es decir, fracasos en la comunicación de pensamientos. Si uno no sabe expresar lo que quiere decir, entonces no sabe escribir. Ahora, lo que la gente echa en cara a los periodistas no es eso precisamente, sino el hecho de que unas palabras les parezcan incorrectas. Yo siempre procuro salir al paso de esa opinión, porque lo cierto es que los periodistas sí incluyen palabras que no son muy 'católicas', como términos nuevos o creaciones que no todo el mundo reconoce como válidas. Pero hay que pensar que la mayor parte de lo que escriben los periodistas refleja la lengua que circula a su alrededor, son mensajeros de la lengua real. Dicen cosas que están en boca de la gente y lo único que hacen es reflejar lo que se usa. En ese sentido, si se confirma que el uso existe, entonces por qué considerar que están destrozando el idioma, como dice la gente. Lo que están es reflejándolo.

—El diccionario resume el español del último medio siglo ¿Cómo es ese español? ¿Hacia dónde ha evolucionado? ¿Ha sido un periodo rico para el idioma o ha supuesto un retroceso?

—Retroceso nunca. La sociedad española va avanzando y lo único que cabe preguntarse es si ha avanzado rápidamente o se ha estancado, y creo que ha progresado bastante rápido. Otra cosa es preguntarse cuáles han sido los motores de ese avance, que no están en nuestro propio país, sino que nos vienen de fuera. Esta es una de las razones por la que es inevitable la entrada de anglicismos o de palabras extranjeras. Pero es inevitable porque también las cosas que usamos son extranjeras. Qué le vamos a hacer. Lo que tendríamos que hacer sería inventar más, progresar en la investigación, pero para ponerse a la altura de otros países hace falta muchísimo dinero, muchísimo esfuerzo y muchísimas ganas de trabajar, y yo creo que a los españoles nos siguen faltando las ganas de trabajar.

—¿Conocen los españoles suficientemente su primera lengua o el nivel cultural es muy bajo todavía?

—Creo que no es satisfactorio y no porque los españoles sean más necios que antes. Lo que pasa es que se da poca importancia al idioma. Los sistemas de enseñanza son malos, no por culpa de los profesores, sino por culpa de los programas oficiales, por culpa de los currículos de la enseñanza en los que se da escasa atención al aprendizaje de la lengua. Yo estoy convencido —y no es una cosa de formación profesional, sino de sentido común— de que el conocer bien la lengua es fundamental no sólo para el escritor o el traductor, sino para todo el mundo, porque sólo para estudiar, el que no conoce bien la lengua es incapaz de enterarse de lo que pone un libro de otra materia distinta a la suya. Estoy convencido de que la enseñanza es mejorable, pero, como digo, eso es una responsabilidad del Ministerio de Educación y Ciencia, y el Ministerio lleva muchos años dando 'palos de ciego' en la enseñanza y, concretamente, en la enseñanza de la lengua.

—¿Evolucionan los hablantes a partir de la lengua o evoluciona la lengua a partir de los hablantes?

—La lengua es producto de la sociedad, por tanto son los hablantes los responsables de que la lengua sea eficaz o no. Y si no dominamos los hablantes nuestro propio idioma empezaremos por no ser capaces de discutir. La palabra "discutir", curiosamente, tiene en otras lenguas un sentido etimológico que en el español también existe, pero que es secundario. Discutir quiere decir simplemente intercambiar opiniones para que salga una conclusión positiva. En España, la palabra tiene un sentido peyorativo, que parece ser 'pelear'. Tenemos la mala costumbre de hablar como si estuviésemos peleando.

—Los extranjerismos, vulgarismos, voces coloquiales... ¿enriquecen o empobrecen el español?

—Empobrecer nunca. Muchos enriquecen el español porque entran en el torrente circulatorio del idioma, y otros, los que no tienen esa capacidad o esa suerte, se olvidan, se pierden y no pasa nada. El idioma se empobrece si no sabemos usarlo o no lo usamos, si no somos capaces de hablar de manera que nos entiendan y de escribir de manera que nos comprendan.

—En el prólogo del 'Diccionario del español actual' se puede leer que la obra apuesta por el ciudadano de a pie ¿Por qué?

—Porque realmente el ciudadano medio es el que usa el diccionario general. Una persona que posee una formación profesional, digamos de arquitecto o de zoólogo, no tiene por qué buscar las voces de arquitectura o zoología explicadas en el diccionario general porque las tiene en su propia profesión. El que sí las necesita explicadas es el ciudadano común, que desea saber lo que quiere decir un término de arquitectura como "arquitrabe". Nosotros hemos creado un diccionario general y hemos pretendido que las definiciones estén a la altura del hablante medio. Si hacemos una definición de la palabra "arquitrabe" en términos técnicos de la arquitectura, el ciudadano se queda como antes; por eso hemos tratado de que entienda las explicaciones.

—Para ser lexicógrafo, según usted, hay que tener una veta de locura ¿Por qué?

—Es una forma perversa de decirlo. Quiere decir que hay que ser muy idealista porque el trabajo de lexicografía es sobrehumano.

—¿Cuándo podemos decir que muere una palabra?

—Es muy difícil levantar el acta de defunción de una palabra, porque como trabajamos sobre el concepto del léxico escrito, una palabra que puede haber sido olvidada desde cincuenta años atrás, de pronto puede ser resucitada por un escritor que la ha leído en textos de hace medio siglo y comienza a usarla. Si lo hace él sólo no pasa nada, no se le hace caso. Nosotros no hemos registrado palabras con una sola cita. Pero si esa palabra cae en gracia a otros dos o tres escritores o a otros periodistas, ya tenemos testimonios suficientes para decir que la palabra no ha muerto. Por eso es muy difícil decir que una palabra ha desaparecido.

—Después de todo el trabajo realizado y de ver la obra en la calle, ¿Está satisfecho con el resultado final?

—Estamos satisfechos de cómo ha salido el diccionario, pero como conocemos la naturaleza del lenguaje, sabemos que cuando se publica un diccionario no se le puede echar la llave a una colección de palabras, no se quedan encerradas. Pueden cambiar de sentido y recoger nuevas acepciones. Como el idioma no para, no podemos considerarlo detenido en un diccionario. Dentro de diez o quince años el nuestro habrá dejado de ser rigurosamente actual, aunque eso no signifique que sea anticuado. En ese momento será necesario de manera imperiosa la publicación de una segunda edición actualizada.

—¿Han pensado ya, incluso, en realizar algún tipo de reformas externas o internas?

—Reformas de contenidos no, pero preparación de una nueva edición para dentro de unos cuantos años sí. Es una necesidad. El diccionario que no se mueve, que no se renueva, está condenado a muerte.

—¿Es ahora capaz de leer un libro o un periódico sin tomar notas?

—Depende, aunque por lo general no soy capaz.

—¿A qué aspira ahora Manuel Seco?

—Aspiro a seguir trabajando en lexicografía, en los diccionarios que van a salir derivados del nuestro y a ir preparandome, con calma, para que dentro dentro de unos cuantos años podamos sacar la segunda edición.


Una versión reducida de esta entrevista, realizada el 29 de noviembre de 1999, fue publicada en "La Crónica universitara", del Diario Sur, el 1 de diciembre de 1999.


 


© Carlos J. Rodríguez 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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