El universo filosófico de La Regenta


Miguel Angel de la Cruz Vives
Catedrático de Filosofía
I.E.S. Arquitecto Peridis
Leganés (Madrid)
macruz@platea.pntic.mec.es



 


Índice


 
  

Introducción

La Regenta es un fresco de la España de la Restauración. Clarín crea en su novela un microcosmos, Vetusta, por el que desfilan nada menos que ciento cincuenta personajes a los aplica el bisturí con mano certera, dejándonos ver sus entrañas. No estamos ante una novela histórica aunque el ambiente de la Restauración sea el marco preciso en el que se desarrolla la historia de Ana Ozores. Las referencias a los sucesos políticos de esos tres años en los que se desenvuelve la trama brillan por su ausencia. No era esa la intención del autor: el marco histórico y social se da por sobreentendido. Leopoldo Alas adopta una técnica de distanciamiento que va mejor con sus propósitos; por eso, la acción se desarrolla en Vetusta y no en Oviedo, aunque el lector que conoce Oviedo no deje de reconocer cada uno de los rincones de la descripción de Vetusta como una réplica de esta ciudad. La Regenta es sobre todo una novela psicológica cuyos personajes, tanto principales como secundarios, desnudan su alma no sólo ante el lector sino ante sí mismos. El marco histórico y social está presente porque en otras circunstancias, en otra sociedad, hubieran sido distintos de como son. Pero las especificaciones no son necesarias porque los lectores a los que va dirigida la obra son demasiado parecidos a los personajes de la misma. Más adelante señalaremos la importancia que otorga Clarín en la descripción de los personajes a la educación que han recibido y ha moldeado sus pensamientos y sentimientos. Esta educación no es distinta de la que han recibido los lectores, por lo que éstos pueden comunicar perfectamente, sin mayores explicaciones, con los sentimientos de los personajes de ficción.

El autor se esconde detrás de los personajes y les deja hacer. Es suficiente. Rara vez encontramos la voz del narrador dirigiéndose a nosotros. No estamos, pues, tampoco, ante una novela de tesis. El autor no trata de ilustrar a través del relato ninguna opinión particular. Es una novela total, un mosaico en el que los personajes muestran cada uno su particular ideología sin que en ningún momento aparezca la ideología del autor.

Pero, ¿es posible afirmar que el autor es neutral como asegura el profesor Vidal Peña?:

Desde el punto de vista ideológico, La Regenta me parece ofrecer, más que nada, el aspecto de la neutralidad. Este rasgo podría explicarse de modo general diciendo algo como ésto: "es neutral porque es una novela psicológica -entre otras cosas- y, en una novela de este tipo, las ideas presentes en el texto quedan cargadas en la cuenta de la particular ideología de los personajes y, vistas así, todas valen lo mismo".1

Creo que no podemos afirmar la neutralidad del autor: ciertamente que, como señala el propio Vidal Peña, los personajes no formulan "opiniones materialistas o espiritualistas, tesis liberales o conservadoras" sino más bien "sandeces liberales o conservadoras, majaderías materialistas o espiritualistas", pero ahí precisamente está la mano del autor que hace que sus personajes se traicionen a sí mismos y se pongan en ridículo sin el menor decoro. Clarín se mantiene al margen pero no es neutral: ni uno sólo de los personajes dice una proposición sensata a la hora de exponer las ideas que dice profesar.

La crítica de Leopoldo Alas no va tanto contra esta tesis o la otra sino contra la incultura de los pretendidamente cultos, a los que despedaza con sátira mordaz. Él, que mantuvo toda su vida una estrecha amistad con un Menéndez Pelayo, que estaba en las antípodas de sus propias convicciones pero era un hombre culto, no soporta a los zoquetes del casino de Vetusta, sean materialistas o espiritualistas, conservadores o liberales, que no leen ni saben de lo que hablan. Creo que Vidal Peña confunde la neutralidad con el desprecio.

Aunque La Regenta está escrita en clave naturalista no se adecua plenamente a los cánones de esta corriente. Comparada con la obra de un Zola o un Maupassant se echan de menos algunos aspectos que caracterizan al naturalismo ortodoxo. Entre ellos destaca el quebrantamiento del dogma de la total objetividad, pese a que el autor se esfuerza en permanecer oculto en ocasiones en que, quizá obedeciendo a un impulso irresistible, la voz del narrador se dirige directamente al lector. Pero en todo momento, Clarín sabe mantener un logrado efecto de impersonalidad, como ha señalado Gonzalo Sobejano:

Lo cierto es que el narrador de La Regenta asoma como autor no pocas veces; pero no menos cierto es que se esfuerza por lograr la impersonalidad; mediante el estilo indirecto libre, que aplica sobre todo para Ana y don Fermín, los personajes de más densa vida interior, y mediante la propiedad lingüística y gestual de esos otros personajes.2

Esta impersonalidad impide descubrir la ideología del autor a partir de la mera lectura de la novela. En sus páginas encontramos más lo que Alas aborrece que lo que profesa. Se diría que se siente a don Leopoldo rechinar los dientes, unas veces, reír a carcajadas, otras. El autor se esfuerza por no estar presente pero se siente su personalidad detrás de cada trazo caricaturesco, de cada sátira sangrienta y de cada grito de rebeldía.

Por ello, para tratar de describir el universo intelectual de La Regenta, no puede utilizarse un método directo, buscando a lo largo de la narración formulaciones explícitas de tesis filosóficas, que no las hay sino en negativo. Vamos a intentar utilizar un método indirecto, siguiendo la evolución intelectual del propio Clarín, sus inquietudes filosóficas, sociales y políticas para tratar de trazar el espíritu con el que la novela fue escrita, efectuando una relectura de la misma desde la perspectiva de la situación intelectual del autor y de la propia España en los tiempos iniciales de la Restauración3.
 

La formación intelectual de Leopoldo Alas

Pocos hombres había en la España de su tiempo que pudieran compararse con Leopoldo Alas en cuanto al seguimiento puntual de los distintos movimientos filosóficos, políticos y literarios de dentro y fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, adscribir a Clarín a un movimiento o tendencia específico es inútil. El mismo reconoce en ocasiones su oportunismo y su biografía muestra cambios de orientación que evidencian la insatisfacción de quedarse anclado en un puerto, la necesidad del peregrinaje cultural continuo a impulso de lecturas ávidas de todo lo que se escribe en España y Europa. Krausismo, positivismo y espiritualismo van jalonando sucesivamente las etapas de su pensamiento, pero Alas no estará nunca completamente comprometido con ninguna de estas tendencias.

Terminados sus estudios en la Universidad de Oviedo en un tiempo excepcionalmente breve (se licencia al cabo de dos años en Derecho civil y canónico) se traslada a Madrid con una doble intención: por un lado, estudiar Filosofía y doctorarse en Derecho; por otro lado, entrar en contacto con el ambiente intelectual de Madrid. Es allí donde Leopoldo Alas va a encontrar como profesores de la Universidad Central a los discípulos de Sanz del Río: Canalejas, Salmerón, Giner de los Ríos, Azcárate, etc. Con alguno de ellos, como Giner de los Ríos, entablará una estrecha amistad.

Cuando el decreto de Orovio desplaza a los krausistas de sus cátedras, Clarín publicará artículos en El Solfeo y La Unión, asumiendo la defensa de los krausistas frente a los ataques de la derecha más conservadora.

El 1 de julio de 1878 lee su tesis doctoral, dedicada a Giner, bajo el título El Derecho y la Moralidad. En su tesis, Alas asume los postulados krausistas de Sanz del Río, Giner y Ahrens4. No es muy original pero es suficiente para que se considere al ser publicado en forma de libro como "uno de los mejores de la producción krausista"5.

Algunos comentaristas consideran que Leopoldo Alas permaneció toda su vida fiel al krausismo. Así, por ejemplo, Antonio Ramos-Gascón:

...En su tesis revela Alas la profunda influencia que el pensamiento krausista ejerció sobre él en las clases de la Central. Aunque a veces se haya dado a entender otra cosa, Alas nunca renegó del krausismo. Pero dada su curiosidad intelectual y espíritu abierto, no es extraño que tuviera palabras de recriminación para los que durante tiempo y tiempo cerraban los ojos al progreso científico y, amparándose en la fidelidad a la "doctrina", intentaban ocultar su pereza mental. Creo que este es el sentido de su conocida declaración de 1880, "no está mal haber sido krausista a los veinte años; lo temible es ser un attaché toda la vida". Conviene advertir, además, algo con frecuencia olvidado: si bien es cierto que Alas se separa del idealismo estético al interesarse por el movimiento naturalista, la influencia de Krause será duradera y bastante acusada, por lo que se refiere a su pensamiento jurídico de madurez6.

Es indudable que el krausismo ejerció una influencia profunda en Leopoldo Alas. Al fin y al cabo era, en la época de su juventud, la única corriente filosófica que se oponía al pensamiento oficial ultraconservador, pero suponer a un Clarín inmovilizado en los conceptos krausistas es tanto como negar su personalidad inquieta, ávida de conocimiento, fluyente. Es posible, incluso, que su adhesión al krausismo sea oportunista. Aceptar la defensa de los krausistas perseguidos no significa aceptar la totalidad de sus postulados. Ni siquiera su tesis doctoral, lo más krausista de su producción, supone una aportación sino simplemente una aceptación metodológica. Desde el punto de vista doctrinal nada le debe el krausismo a Clarín, aunque le deba -y mucho- en cuanto a la lealtad que mantuvo en los tiempos difíciles del canovismo.

Quizá la más aguda descripción de la relación de Alas con el krausismo sea la que proporciona Adolfo Posada:

Allá en los primeros años de enseñanza era "un krausista" -sin serlo; es decir, fuera de toda preocupación de escuela-: krausista en el sentido en que pueden llamarse así a los que, formados en el contacto directo e íntimo con Salmerón y Giner -formados, a su vez, bajo el influjo de Sanz del Río-, lograron despertar en su espíritu a la obra del pensamiento, en un ambiente saturado de la más rigurosa austeridad intelectual. Leopoldo Alas había comprendido, como nadie, el valor de las cualidades éticas de aquellos grandes maestros que lucharan entre nosotros por la dignidad de la conciencia y por la emancipación del pensamiento, y recibiera, primero, con la natural reserva del hombre de creencias; luego, a cielo abierto, las influencias educadoras de aquel apostolado filosófico y moral ejercido de modo tan ejemplar, por los más eminentes de los llamados krausistas7.

Algo queda impreso indeleblemente en el carácter de Alas en su contacto con los krausistas, pero no es la doctrina sino la actitud. Como muchos otros, más profundamente krausistas que él, Clarín se interesará por el positivismo y -no lo olvidemos- el positivismo parte de la crítica del idealismo. Alas mantendrá siempre un lazo de unión, siquiera sea sentimental con el krausismo; la eticidad y religiosidad de Clarín son indudablemente de índole krausista, pero sus ideas estéticas se acercan al naturalismo en la medida en que se alejan del idealismo estético. No obstante, todavía en 1888, reconoce la validez de la Filosofía del Derecho krausista:

En cuanto a Krauss yo no he leído más libro suyo que esa "Estética" traducida, y de lo que de él han dicho Ahrens (deslenguada medianía, Azcárate alemán), Leonardi a Bernardi, o como se llame aquel señor, Tibergen, Sanz del Río (a quien también conozco poco), Salmerón, etc., me fío poco. Del Krauss del que yo me atrevo a responder es del Krauss filósofo del Derecho, y en este punto creo que se equivoca Vd. al negarle toda influencia actual.
Esta influencia, pero grandísima, existe, confirmada por este mismo Ihering, cuya última obra El Fin del Derecho y la otra clásica El Espíritu del Derecho Romano prueban cómo del concepto kantiano le van trayendo sus reflexiones y estudios históricos al concepto krausista... Y en cuanto a mí, creo firmemente que si hay, como no dudo, Dios y orden divino, etc., el Derecho es lo que dice Krause8.

En 1883, publica Clarín un cuento en el que mientras unos ven un "ajuste de cuentas" con el krausismo, otros lo niegan fehacientemente. Me refiero a Zurita, incluido en el volumen Pipá, que cuenta la historia de don Aquiles Zurita, tímido estudiante provinciano que llega a Madrid para sacudirse el polvo de la provincia y queda deslumbrado por el krausismo. La juventud de Zurita se consume en la vana espera de la revelación del Ser en la Unidad, desdeñando cuantas emboscadas eróticas traman varias señoras a su yo finito, pues a lo que aspira no es sino a disolverse en lo Infinito, siendo uno con el Todo. El desengañado Zurita verá al positivismo campar por sus respectos incluso entre las filas de los krausistas y acabará como catedrático de Instituto en un apartado pueblo de marineros, donde será recordado a la postre no por sus hazañas filosóficas sino por su pericia gastronómica tocante al pescado.

La patética aventura de Zurita resulta bajo la pluma de Clarín una sátira mordaz y cruel: el personaje no inspira piedad sino burla. Es imprescindible para situar la evolución ideológica de Clarín este cuento, sobre cuyo significado se han dado opiniones contrapuestas. Así, mientras Luis Saavedra opina que "es, posiblemente, el ataque más mordaz, la obra de ficción más desdeñosa para con el krausismo, que salió de una pluma liberal de la época"9, Antonio Ramos-Gascón es de la opinión contraria:

>No se ridiculiza al krausismo en esta estupenda narración; se dirige la sátira contra unos personajes que, en reducidos círculos, debieron abundar en el Madrid de los años setenta... En el mundo ideológico de sus años de estudiante en Madrid proyecta Clarín la historia de esta "cándida avecilla" con nombre de Zurita, personaje que apenas tiene nada de autobiográfico. Llena la narración de situaciones y anécdotas vividas o presenciadas por el autor, no es que Clarín se asome con sarcasmo a la historia de sus propias inquietudes en la primera juventud, sino que las utiliza como marco para estudiar el comportamiento de un humorístico ser que, inmerso en un medio similar, no acierta a captar y trascender lo que Alas entendió y superó10.

Creo que Ramos-Gascón se equivoca al suponer a Leopoldo Alas apegado al krausismo toda su vida, al menos en su parte doctrinal. El cuento referido tiene pasajes que claramente indican el alejamiento de Clarín de la metafísica krausista. Pero tampoco creo que deba entenderse la obra simplemente como una sátira de los krausistas. El tono con el que parodia los postulados metafísicos de Sanz del Río y su lenguaje abstruso es ciertamente sangriento. Pero, sin embargo, hay un comedimiento evidente cuando Salmerón y Giner de los Ríos son aludidos en el cuento. Clarín reconoce la valía de ambos aunque no comparta totalmente sus ideas. El krausismo, de hecho, ha decaído en esta época desde que el positivismo le planteara batalla y el propio Salmerón acabará militando en sus filas. En este sentido, el cuento no hace sino levantar acta de la evolución ideológica del liberalismo español.

Sátira la hay, sin duda, de los krausistas; pero también, ciertamente, de los positivistas:

Discutiendo tímidamente en los pasillos con un paladín de los hechos, con un enemigo de toda conciencia a priori, Zurita, que sabía más lógica que el otro, le puso en un apuro, pero el de los hechos le aplastó con este argumento:
-¿Qué me dice usted a mí, santo varón, a mí, que he comido tres veces con Claudio Bernard, y le di una vez una toalla a Vulpian, y fui condiscípulo de un hijo del secretario particular de Littré?11

La sátira está dirigida en un caso y otro más que hacia la propia doctrina, hacia los abundantes contemporáneos de Clarín (y nuestros) que abrazan una doctrina sin entenderla. Las referencias que aparecen en La Regenta a distintas corrientes ideológicas son de corte similar:

Una mujer casada peca menos que una soltera cometiendo una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.
-¡Esta es la moral positiva! -decía el marquesito muy serio cuando alguien le oponía cualquier argumento- Sí, señor, ésta es la moral moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño se le hace a un marido que no lo sabe?
Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él consideraba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen conservador, no la quería en las Universidades.
¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos.12

La burla no va dirigida a las doctrinas sino a los personajes. Clarín que no fue ni positivista ni krausista ortodoxo adopta un distanciamiento respecto al contenido doctrinal y se ríe mordazmente de tanto zoquete que se pavonea de profesar lo que no comprende.

Hay, además, en Zurita otro extremo que merece la pena destacarse: el cambio que se produce en la anatomía y en las costumbres del personaje cuando cambia de doctrina. Así, don Cipriano, que introduce a Zurita en el krausismo, y que es un hombre "cejijunto, taciturno y poco limpio", que vive solitario y sin un céntimo en una miserable pensión, tras su conversión al positivismo casa con mujer rica, bautiza a su hijo y vestido de "levita muy limpia y flamante" va a ver torear al Gallo. El mismo Zurita adelgaza y empalidece mientras "esperaba encontrar a Dios en la conciencia, siendo uno con Él y bajo Él", que no se preocupa de lo que come, sufrirá una transformación no menos singular al convertirse en un gourmet. Cambios fisiológicos similares encontramos en La Regenta.

En cualquier caso, Clarín va a interesarse por el positivismo a través del naturalismo precisamente en los años en los que escribe La Regenta. El 15 de marzo de 1884 escribe una carta a Galdós en la que dice:

Los dos únicos novelistas vivos que me gustan en absoluto son usted y Zola. ¿Qué le falta a usted? Muchas cosas que tiene Zola. ¿Y a Zola? Muchas que tiene usted. ¿Y a los dos? Algunas que tenía Flaubert. ¿Y a los tres? Algunas que tenía Balzac. ¿Y a Balzac? Otras que tienen ustedes tres13.

Zola es el primer novelista que trata de aplicar el método filosófico y científico del positivismo a la narración literaria. En el naturalismo se conjugan la filosofía de Comte, con su mandato de ir a los puros hechos, sin trascenderlos, las doctrinas de Taine, Darwin y Haeckel. Mientras los representantes del realismo se limitan a observar, el naturalismo quiere ir más allá: es necesario que el novelista, tras un minucioso acopio de datos, trate los mismos con criterio experimental. De este modo, la novela naturalista trata de ser un experimento y al mismo tiempo una explicación científica que demuestre que los hechos psíquicos están sujetos a leyes tan inexorables como los fenómenos físicos. El naturalismo toma en cuenta las leyes de la herencia, de la adaptación al medio y de la lucha por la existencia, así como los factores sociales, educacionales y ambientales que explican la conducta de los personajes.

En 1881, Galdós publica La Desheredada, aplicando por primera vez en España los postulados de la nueva estética naturalista. Al año siguiente, Clarín publica un artículo en La Diana con el nombre Del naturalismo. Un año más tarde prologará La cuestión palpitante, colección de artículos sobre el naturalismo de doña Emilia Pardo Bazán. Al año siguiente, esto es, en 1884, publica el primer tomo de La Regenta.

La Regenta fue considerada durante mucho tiempo como una de las obras de mayor ortodoxia naturalista del realismo español del siglo XIX. Sin embargo, Leopoldo Alas tampoco fue ortodoxo en este respecto y La Regenta, que es sin duda una novela naturalista, no es, en cambio, plenamente ortodoxa.

En La Regenta está patente la influencia del medio, de la fisiología, de la educación y de la herencia sobre los personajes. Las enfermedades de Ana Ozores, su personalidad anormal, la caracterizan como un personaje naturalista típico; pero, sin embargo, están descritos los síntomas de la enfermedad de manera imprecisa, en tanto que es propio del naturalismo la descripción minuciosa y descarnada de los mismos. Así lo pone de manifiesto Mariano Baquero Goyanes:

Personalmente estimo que, entre otras diferencias que la novela de Alas presenta con las más decididamente naturalistas, cabría citar, por ejemplo, la imprecisión con que se describen las enfermedades que Ana Ozores padece a lo largo de la obra. El carácter predominantemente nervioso, propio de las mismas, parece explicar sobradamente la ausencia de datos técnicos y de pormenores fisiológicos. Así, en el capítulo XIX, cuando el médico Robustiano Somoza, al no saber cómo tratar la enfermedad de Ana, la deja en manos de su sustituto Benítez, éste declara "que la enfermedad no era grave, pero sí larga y de convalecencia penosa. No le gustaba emplear los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades y empleaba los técnicos si le apretaban". Ni de unos términos ni de otros se nos ofrece muestra alguna, lo cual supone un vivo contraste con lo que suele ocurrir en algunas de las más típicas novelas naturalistas. Así, en Monte Oriol, de Maupassant, sobre un fondo de balnearios, médicos y farmacopea, se describen escenas tales como un parto, un lavado de estómago, etc. Germinia Lacerteux, de los Goncourt, abunda en descripciones densamente fisiológicas, como la de los efectos de la fiebre puerperal o la de las sucesivas pleuresía, tuberculosis, peritonitis y muerte de la protagonista. Por eso, Emilia Pardo Bazán pudo decir que, en esta novela, el naturalismo dio "entrada en el arte a la enfermedad".14

Si las descripciones fisiológicas están claramente atenuadas, otro tanto cabe decir de las eróticas. La historia de La Regenta es la de un adulterio; a lo largo de toda la obra se nos describe minuciosamente el proceso psicológico que conduce a Ana Ozores a los brazos de Alvaro Mesía. Pero ni una sola escena erótica aparece en el texto salvo por leves insinuaciones que obligan al lector a reconstruir mentalmente lo que el autor deja sumido en la ambigüedad.

Estas diferencias con el modelo naturalista ortodoxo permiten afirmar que la pertenencia de La Regenta a la estética naturalista es una pertenencia crítica, que no asume obedientemente sus postulados sino que los maneja con total libertad. El propio Clarín había declarado en La Literatura en 1881:

El naturalismo como escuela exclusiva de dogma cerrado, yo no lo admito; yo no soy más que un oportunista del naturalismo; creo que es una etapa propia de la literatura actual...; creo que de él quedará mucho para siempre.

Oportunista del naturalismo, como antes lo fuera del krausismo, Clarín se apartará por fin del positivismo al término de la década de los ochenta como antes lo hiciera del krausismo. Leopoldo Alas es un hombre situado siempre en vanguardia: el espiritualismo que constituye la última etapa de su desarrollo intelectual es contemporáneo de la reacción idealista contra el naturalismo que se produce en Europa en el albor de los años noventa. Fiel a sí mismo, que mantuvo durante toda su vida una profunda religiosidad, y fiel a su época, Clarín no se queda nunca rezagado ni enquistado en una corriente determinada sino que evoluciona siempre al ritmo que marcan los tiempos. Es oportunista, sí; pero también oportuno.

¿Cómo aplicarle una etiqueta a un hombre siempre inquieto y disconforme, que ni se deja llevar por la corriente ni se queda estancado en la orilla, sino que mantiene siempre su propio rumbo?

En 1900, un año antes de su muerte, Alas escribe en el prólogo de su traducción de Trabajo, de Zola:

En España tuve el honor de ser el primero, allá en mi juventud, casi adolescente, que defendió las novelas de Zola, de entonces (para mí las mejores de las suyas), y hasta su teoría naturalista, con reservas, como un oportunismo, pero sin admitir la supuesta solidaridad del naturalismo estético y del empirismo filosófico... Era yo entonces, sin embargo, tan idealista como ahora, así como soy ahora tan naturalista como entonces15.

¿Era Clarín idealista y naturalista a un tiempo como parece desprenderse de la cita anterior? La pugna entre el idealismo y el positivismo que se desarrolla en las últimas décadas del siglo XIX tanto en España como en Europa es introyectada por Clarín, cuya evolución intelectual nos muestra los avatares de tal lucha.

Es la lucha entre el espíritu y la materia, entre el alma y el cuerpo, que vemos asimismo representada a través de las páginas de La Regenta. En el fondo, al margen de doctrinas, Alas es sobre todo un moralista, como pone de manifiesto Gonzalo Sobejano:

La personalidad de Leopoldo Alas como escritor es la de un moralista en doble sentido: observador penetrante de la vida social, y defensor de un ideal de justicia y verdad, cuya falta de efectividad en el mundo le lleva a la irritación y a la melancolía. Romántico en el fondo de su sensibilidad, hallaba insatisfactoria la realidad que le tocó vivir; realista en la dirección de su inteligencia, consideraba extemporánea la continuación del romanticismo. Espíritu religioso, mente necesitada de nutrición filosófica, excelente educador, infatigable lector y espectador del desenvolvimiento literario europeo desde su retiro provinciano, Clarín cumplió su vocación de moralista en la crítica, en el cuento y en la novela16.

 

El tema de la educación en La Regenta

Entre los factores determinantes de la conducta humana que el naturalismo emplea para explicar el comportamiento de sus personajes es el de la educación el más destacado en La Regenta. Ahora bien, si el interés por la educación es uno de los postulados del naturalismo, no menos importante fue este tema entre los krausistas españoles, cuyos mayores logros se consiguieron en este terreno. La educación es, pues, un territorio en el que se cruzan los caminos del krausismo y del naturalismo.

La pedagogía krausista, encarnada en la Institución Libre de Enseñanza, trató de oponerse a la educación clerical predominante. Frente a un tipo de educación que castraba en flor las potencialidades del individuo, dogmática, autoritaria y cerrada, los krausistas opusieron un tipo de educación liberal, científica, pluralista y abierta, que permitiese el desarrollo de las potencialidades innatas. Una educación integral, como ellos mismos definieron.

En La Regenta encontramos, por un lado, la influencia de la educación sobre el carácter de los personajes, lo que la sitúa dentro del campo del naturalismo; por otro lado, una crítica feroz de la educación clerical, que se alinea con las emanadas del campo krausista.

En los capítulos IV y V aparece el relato retrospectivo de la infancia y primera juventud de Ana Ozores. Clarín se vale de la confesión general que Ana debe evacuar con el Magistral para ofrecernos un retrato completo de la protagonista basándose en el recuento que de su propia vida realiza la Regenta. El método de asociación de ideas empleado por Leopoldo Alas está en consonancia con el naturalismo estilístico.

En el comienzo mismo establece Ana una comparación entre aquella niña que fue y la mujer que ha llegado a ser:

Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel angelito que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a oscuras era más enérgica que esta Ana de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.III,162

El párrafo es expresivo de lo que la educación ha hecho de aquella niñita para convertirla en la Regenta: en algo muy distinto de lo que ella quería ser. Ana Ozores es consciente de la escisión que ha sufrido, no reconoce en la mujer de hoy a la niña de antaño, "aquel angelito que se le antojaba muerto". Esta escisión entre el deseo y la realidad, la voluntad de libertad y el sometimiento al dictado de la conveniencia social constituyen el eje de la aventura vital de Ana Ozores, en la que todavía periódicamente aparecen aquellas ansias de libertad que fueron brutalmente reprimidas.

A continuación asistimos al largo proceso que fue cercenando una por una sus potencialidades y la fue conformando a un modelo que acabará ahogándola. En primer lugar la aventura de la barca de Trébol con su amigo Germán. Una aventura infantil e inocente que acabará convertida por la maledicencia y perversión de los adultos en un grave pecado que en cierto modo marca toda la vida de Ana Ozores:

Desde entonces la trataron como un animal precoz. Sin enterarse bien de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los pecados que la atribuían a ella...III,165

A partir de este momento, cada vez que Ana intente ser libre experimentará la libertad como un pecado. El sentimiento de culpabilidad que crea el desenlace de la aventura de la barca de Trébol no la abandona en toda la vida:

La calumnia con la que el aya había querido manchar para siempre la pureza virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba, y mucho, Ana misma. Al principio la calumnia habíala hecho poco daño, era una de tantas injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu la sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones obligaba al aya, quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban, y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de esta mujer, se afiló la malicia de la niña, que fue comprendiendo en qué consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender que su aventura de la barca del Trébol había sido una vergüenza, su ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia perdió su último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal cosa, pensaba ella todavía, y confundiendo actos inocentes con verdaderas culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era la ley del mundo, porque Dios lo quería, tuvo miedo de lo que los hombres opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer traición nunca.IV,180-181

La educación de Ana Ozores se desarrolla en tres períodos: el primero a cargo de un aya cruel y brutal, doña Camila; el segundo a cargo de su propio padre; el último cuando cae en poder de sus tías.

Respecto al tipo de educación que Ana recibió de doña Camila, el siguiente fragmento es bien expresivo:

El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales concupiscencias. En voz baja decía el aya que "la madre de Anita tal vez antes que modista había sido bailarina".
De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno fueron sus disciplinas.IV,177

La educación que proporciona doña Camila a Ana es una educación contra la naturaleza, como ella misma reconoce, basada en la represión de los instintos y dirigida a anular toda espontaneidad y autonomía.

Cuando don Carlos vuelve de la emigración y se dedica personalmente a la educación de la niña, el cambio es demasiado brusco para ella. Don Carlos era librepensador y se propuso contrarrestar la viciosa educación que Ana había recibido del aya. Frente al oscurantismo de ésta opone una educación neutra que deja que el espíritu de Ana se desarrolle libremente, una "educación omnilateral y armónica" en la que encontramos los ecos del krausismo. Es en este período cuando Ana entra en contacto con la Mitología y lee las Confesiones de San Agustín, el Cantar de los Cantares, versión de San Juan de la Cruz y las poesías de Fray Luis de León, que tanta influencia tendrían a lo largo de toda su vida, sobre todo en los períodos de misticismo. La evolución intelectual de Ana Ozores es paralela a la del Leopoldo Alas adolescente:

Fue Clarín de una receptividad precoz para la literatura y el arte. Cuando en 1864 inicia el bachillerato en el Instituto de la capital, compagina la preparación de las lecciones para clase con la ávida lectura de los libros que ha ido encontrando en casa de sus mayores. Primero las vidas de los santos, novelas de caballerías, colecciones de romances... Poco después, los grandes hallazgos: dos tomos de El Quijote, Las Confesiones de San Agustín, las poesías de Fray Luis y el Cantar de los Cantares.17

A la muerte de Don Carlos, Ana cae bajo la férula de sus dos tías solteronas y beatas: de nuevo el oscurantismo y la represión. Es entonces cuando Ana empieza a manifestar sus tendencias y aspiraciones personales que, una tras otra, serán segadas apenas aparece su brote.

Cuando Ana manifiesta su vocación literaria surge el primer escándalo:

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiese visto un revólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas señoras. "¡Una Ozores literata!"V,203

Ana se ve obligada a renunciar a esta primera vocación:

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.
A solas en la alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba enseguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus peleas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la "literata", aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.V,204

No es menor la oposición que encuentra en su vocación religiosa. En esta ocasión es el confesor el que se opondrá tajantemente y, de nuevo, se verá obligada a renunciar:

Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.
Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San Juan de la Cruz no valía nada, había sido cosa de la edad crítica que atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el teatro, pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios que escalasen conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano y amigo.
Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le gritaba que no era aquel el sacrificio que ella podía hacer. El claustro era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quién iba a vivir, sino con hermanas más parecidas de fijo a sus tías que a San Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de las "veleidades místicas" de Anita, y las que la habían llamado Jorge Sandío no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el nuevo antojo.V,208-209

Al casarse con don Victor Quintanar, Ana Ozores ha dejado de ser aquella niña de cuatro años de la que todavía se acuerda y empieza a ser la Regenta. Para ello ha tenido que renunciar, una tras otra, a todas sus aspiraciones y vocaciones, ajustándose al modelo que sus tías y la sociedad de Vetusta habían tramado de antemano. Ni literata ni mística, sino mujer del Regente. La vida de Ana Ozores sigue entonces un camino que no ha elegido y le ha sido impuesto, un camino que acaba en un adulterio del que es cómplice toda la ciudad de Vetusta.

El determinismo social y educativo que explica la evolución de Ana Ozores desde lo que pudo llegar a ser y lo que fue efectivamente, se aplica también al otro gran personaje de la novela: el Magistral.

En el caso de Fermín De Pas es su madre, mujer ambiciosa y dominante, quien determina su conducta. Imposibilitada por su condición de mujer de ser cura, condición que sabe propicia para satisfacer su avaricia, empujará a su hijo a la carrera eclesiástica primero y a la corrupción después. Así como Ana Ozores fue lo quiso la sociedad vetustense, otro tanto le ocurrió a Fermín con su madre. También él, al recordar su pasado, no reconoce en el Magistral a aquel estudiante de Teología que fue:

Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. "Allí, por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a sacrificarse en Jesús... ¡Todo aquello estaba tan lejos! No le parecía ser él mismo...IX,305

No, no era él mismo, porque doña Paula no quería un hijo santo sino un clérigo corrupto, que dominase y saquease a la feligresía. Y aquella fe de antaño del estudiante de Teología deviene en la voluntad de poder del Magistral de Vetusta:

...Cuando pensaba así oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba, al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturria de escuela "Veritas in re est ipsa, veritas in intelectu..." Era un seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto, pensando entonces en los años en que él también aprendía que "la verdad en la cosa es la cosa misma". Ahora le importaba muy poco la cosa misma, y la verdad y todo..., no quería más que hundir el alma en aquella pasión innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo, las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias, las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos...XXI,528

 


Naturaleza y existencia inauténtica

La Regenta y el Magistral no son sino la expresión de la existencia inauténtica de lo que pudieron haber sido Ana Ozores y Fermín De Pas. Es la sociedad de Vetusta la que los ha convertido en lo que son. Ni Ana es adúltera ni Fermín es corrupto por naturaleza, llegan a serlo empujados por el medio social en el que viven.

Pero hay ocasiones en que recuperan su autenticidad, en que vuelven a ser ellos mismos. Así, mientras Ana descansa en el Vivero y vuelve a estar en contacto con la naturaleza, lejos de Vetusta, del Magistral y de Alvaro Mesía, se atemperan sus pasiones y es feliz. Es entonces cuando resurge su antigua vocación y comienza de nuevo a escribir. Se siente libre:

"Memorias de Juan García, podría decir algún chusco... Pero como ésto no ha de leerlo nadie más que yo... ¡Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser! Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera el mundo me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice Visita. A Dios Gracias, estos miedos al qué dirán han pasado. La salud me ha hecho más independiente".XXVII,641

O, también, cuando Fermín De Pas lee la carta de Ana en la que ésta le llama "hermano mayor querido":

...¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia, nada de teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo pasaban los fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas, subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo, esto era vergonzoso, más que nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos del cerebro, la dicha presente, aquella que gozaba en una mañana de mayo cerca de junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres ocultos y encogidos en una cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón de rosa con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar misterios naturales debajo de aquellas capas de raso... El Magistral, perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo, que volvía a caer en su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad refinada de que él no se daba cuenta.XXI,528-529

Observemos cómo estos momentos de autenticidad, en los que lo reprimido aflora y la espontaneidad contrasta con el convencionalismo impuesto, coinciden con momentos de intenso contacto con la naturaleza.

Cuando Ana y Fermín se encuentran, convertidos ya en Regenta la una y Magistral el otro, vuelven a florecer en ellos los antiguos anhelos, creen encontrar el uno en el otro una tabla de salvación entre tanta podredumbre como les rodea. Basta releer los pasajes en los que se nos cuenta la influencia mutua que ejercen el uno en el otro tras su primera entrevista.

Ana Ozores y Fermín De Pas podrían haberse salvado mutuamente de no haber sido la Regenta y el Magistral sino la niña soñadora y el estudiante sincero de su fe. Si el drama se consuma y los dos se condenan es debido a que optan por una existencia inauténtica, incapaces de enfrentarse al mundo opresor de la sociedad vetustense. En una sociedad falsa e hipócrita no hay lugar para la autenticidad de los sentimientos, cada uno debe cumplir su papel de cara al mundo. No hay sitio para la verdad. Por eso, cuando el adulterio de Ana Ozores se resuelve dramáticamente, todos le volverán la espalda. El adulterio está bien mientras se guarden las formas, lo que se valora no es la virtud sino el disimulo:

...Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos vetustenses el íntimo placer que les causaba aquel escándalo que era como una novela, algo que interrumpía la monotonía eterna de la ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido. ¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un ex regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En Vetusta, ni aún en los días de la revolución había habido tiros. No había costado a nadie ni un cartucho la conquista de los derechos inalienables del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la Regenta, rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y precavido. Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de la colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su respectivo esposo, ¡pero no a tiros!...XXX,735

En tal ambiente de hipocresía e inautenticidad es imposible la sinceridad de los sentimientos, la autenticidad de la conducta. Los personajes que circulan a lo largo de la novela son todos falsos consigo mismos, inauténticos: ni Fermín De Pas tiene vocación sacerdotal, ni Alvaro Mesía es tan potente como presume, ni Quintanar es capaz de representar su propia comedia de capa ni espada, ni Saturnino Bermúdez es un erudito, ni Trifón Cármenes es poeta. La inautenticidad llega en ocasiones a la caricatura: Santos Barinaga, dedicado toda su vida a la venta de objetos para el culto muere renegando de la religión; Pompeyo Guimarán, ateo militante, muere en el seno de la Iglesia, recibiendo los santos sacramentos nada menos que de manos del Magistral. La utilización de la muerte de uno y otro por parte de los enemigos y de los partidarios del Magistral lo pone de manifiesto: la conversión de uno y la apostasía del otro no son sino armas arrojadizas. Se pasea a los cadáveres en marcha triunfal contra el enemigo. ¿Qué tiene que ver la religión en todo ésto? Inauténticos son los materialistas y los espiritualistas, los liberales y los conservadores que aparecen a lo largo de la obra.

La Regenta es el drama colectivo de la inautenticidad. Todo es inauténtico, incluso la propia Vetusta que no es sino un Oviedo disfrazado. Sólo dos personajes se salvan de tal ambiente de falsedad, precisamente los dos que más al margen se encuentran de la vida cotidiana vetustense: uno, don Fortunato Camoirán, obispo de Vetusta; el otro, Tomás Crespo, Frígilis. Ellos ponen, como veremos, el contrapunto de autenticidad en medio de tanta farsa.

El drama que relata la novela no se refiere tanto a la historia de un adulterio y de un cura enamorado como a la lucha dramática entre la carne y el espíritu, entre lo natural y lo convencional.

En el personaje de Ana Ozores se manifiesta con mayor virulencia esta lucha. La Regenta sufre un doble asedio: el Magistral y Alvaro Mesía disputan por conseguirla. El primero pone cerco a su alma, el segundo a su cuerpo. Ana Ozores se debate entre dos pretendientes que representan a la Iglesia y al mundo, al espíritu y a la carne.

La antítesis que se establece entre ambas instancias no es absoluta. El alma y el cuerpo luchan por conseguir el dominio absoluto: obedecer a la llamada de la carne significa abandonar las exigencias del espíritu y viceversa. Ana sufre esta escisión de su personalidad, se siente dominada por dos fuerzas opuestas, cuya tensión acabará destruyéndola. Pero, además, en esta lucha, Ana Ozores es totalmente pasiva: no dispone ni de su alma ni de su cuerpo. Sus exigencias espirituales se encuentran dirigidas y manipuladas por el Magistral. Los deseos carnales son asimismo manipulados por Alvaro Mesía. La Regenta es simplemente el campo de batalla. Su vida está regida por las vicisitudes de esta lucha, dividida entre dos dogmatismos: el de la religión y el de la mundanidad:

Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Alvaro, y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo, lugares había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en cuanto mujer de sociedad.
Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer, pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.XIX,494

Entre el mundo y la iglesia, la carne y el espíritu, consume Ana su juventud sin llegar a vivir plenamente. La felicidad hubiera podido encontrarla si el equilibrio armónico entre el alma y el cuerpo fuera posible. Pero no lo es. Uno y otro contrincante aspiran a la posesión total, desplazando al otro. Al final no gana ninguno de los contendientes pero el campo de batalla queda destrozado por la refriega.

Ana Ozores es un personaje místico. Su religiosidad se aparta en mucho de lo acostumbrado en las damas de la sociedad vetustense, pura apariencia y disimulo, sin ápice de fe. La religiosidad de la Regenta es profunda, pero tampoco se adecua a la medida que la propia Iglesia desea de ella: los clérigos, asustados de su religiosidad, tratan de someterla a los cauces establecidos. El sometimiento a la Iglesia está bien, pero el misticismo, el anhelo de santidad, está fuera de lugar.

Es la propia fantasía de Ana Ozores, que la sirvió de refugio en la niñez para sustraerse a las crueldades de doña Camila, el caldo de cultivo de su misticismo. Y en contacto con san Agustín aparece el primer impulso:

...Pasaba esto mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo refiere que, paseándose él también por un jardín, oyó una voz que le decía "Tolle, lege", y corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la Biblia... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó erizados muchos segundos.
Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo... Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.IV,185

La lectura de san Agustín tiene como consecuencia en Ana la aparición del misticismo, pero supone, además, la negación del cuerpo. El amor espiritual aparece como la negación del amor carnal. En Ana Ozores se desarrolla la lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad del Diablo, descrita por san Agustín. Para el santo de Hipona el hombre es ciudadano de dos mundos debido a su doble naturaleza espiritual y corporal. Como ciudadano de la Ciudad Celestial aspira a la salvación y a la paz espiritual. Toda la historia de la humanidad es el desarrollo de estas dos ciudades que no se encuentran separadas una de otra como no se encuentran separados cuerpo y alma en el hombre. La lucha entre las dos ciudades se desarrolla en el alma de cada hombre, el cual debe elegir entre la vida según la carne o la vida según el espíritu. Este es el conflicto que marca toda la existencia de Ana Ozores.

En la vida de Ana Ozores vemos prevalecer unas veces el espíritu, otras veces la carne. Ana es un personaje agustiniano que sufre la tortura de la tensión entre estos dos extremos. La vemos mística, pero también sensual. Ana se sabe hermosa, sabe que debe su aceptación en la sociedad vetustense a su hermosura, pero la repugna oír hablar de su cuerpo como una mercancía. Pese a su misticismo, pese a su negación de la carne, en ocasiones se abandona a la contemplación voluptuosa de su cuerpo:

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza, algo inclinada, y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste ni confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de distenderse a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.III,161

Hay ocasiones en las que Ana siente el paso del tiempo, viendo como se marchita su cuerpo sin haberle concedido satisfacción alguna:

...Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez que estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero, ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?X,289-290

Sin embargo, cuando la tentación la acosa siente miedo. Un sentimiento de culpabilidad le atenaza. No caerá en brazos de Alvaro Mesía sino cuando conoce horrorizada que el Magistral también la desea carnalmente y pierde la confianza en él. Es la mezquindad del Magistral y no la habilidad seductora de Mesía la que le entrega a éste. Ana, que ha estado en las puertas de la locura dejándose arrastrar por sus arrebatos místicos, se entrega entonces con la misma intensidad a satisfacer su cuerpo al que había tenido olvidado tanto tiempo. Como en otros pasajes, pero aquí con más fuerza, vemos como cada triunfo del cuerpo significa una derrota del espíritu y viceversa:

Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que había encontrado en la meditación religiosa. En ésta última había un esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta y en rigor algo enfermizo, una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer, salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. "No, por allí no se iba a la locura".XXVIII,669

Ana Ozores no conoce el término medio sino que nos es presentada siempre en la extremosidad de las pasiones. Sólo en un breve período (la convalecencia de Ana en el Vivero) alcanza por un momento la paz y el equilibrio: Fermín De Pas y Alvaro Mesía se encuentran apartados, pero cuando vuelven a irrumpir en escena de nuevo se produce el desgarro. A lo largo de toda su vida, Ana cae en el misticismo o en la enfermedad; son estados equivalentes: uno afecta al alma, el otro al cuerpo, pero ambos ponen de manifiesto la ausencia de equilibrio que caracteriza al personaje.

Al final de la novela encontramos una Ana Ozores desamparada y hundida. No ha sido capaz de adaptarse a la existencia inauténtica de Vetusta. Lo que de ella pide la sociedad es una religiosidad falsa pero que guarde las apariencias, un adulterio con sordina, manteniendo a los ojos de todos la virtud. Pero Ana Ozores es incapaz de seguir la vía de la inautenticidad: si se deja llevar por sus anhelos espirituales cae en el misticismo, si se entrega al amor carnal lo hace con sinceridad. Rechazada de la Iglesia y rechazada del mundo, como su padre, Ana pierde el cielo y la tierra. Ha sido doblemente prostituida por una ciudad corrupta: Alvaro Mesía prostituyó su cuerpo, el Magistral prostituyó su alma.

El triunfo del espíritu sobre la carne se manifiesta siempre en un quebrantamiento del cuerpo. Las crisis místicas de la Regenta, que son en realidad una reacción a los deseos corporales insatisfechos, acaban en enfermedad. La enfermedad es el medio del que se vale el cuerpo para reclamar sus derechos. La curación sólo puede llevarse a cabo si las veleidades místicas son olvidadas. Entonces el cuerpo recobra su frescura, fortaleza y hermosura.

Hay un pasaje de la novela en el que aparece crudamente esta oposición entre la religiosidad extrema y la salud corporal:

-¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?
-Sí, señor; de aquella pocilga vengo.
-¿Cómo está Rosita?
-¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es sor Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre ni en las mejillas.
Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:
-¡Aquello es el acabose!
El Magistral sintió un escalofrío.
-Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo, distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña sigue respirando aquel medio... no hay salvación, pero si se la saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja... Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es una letrina; sí, señor, una cloaca.
-Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están haciendo, como usted sabe su convento junto a la fábrica de pólvora.
-Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.XII,322

Y, efectivamente, en el capítulo XXII, nos enteramos de que Rosita muere en el convento de tuberculosis.

Escuchemos también el grito lastimero de Santos Barrinaga muriendo de hambre en su lecho:

-Vamos, don Santos -se atrevió a decir el cura-, no aflija usted a la pobre celeste. Hablemos de otra cosas. Ni usted se muere, ni nada de eso... Va usted a sanar enseguida... Esta tarde le traeré yo, con toda solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a solas un rato. y después..., después..., recibirá usted el Pan del alma...
-¡El pan del cuerpo! -gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado cuanto podía-. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito...! Que así me salve Dios... ¡Muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo..., ¡que muero de hambre..., de hambre...!XXII,564

Y Alvaro Mesía, el apóstol de la sensualidad, el afamado Tenorio de Vetusta, siente decaer su vigor, porque si una vida entregada al espíritu hace olvidar el cuerpo y lo quiebra, no menos lo quiebra una vida dedicada a la religión del cuerpo:

-Está usted desmejorado -le decía Somoza.
-Cuidado -repetía Visitación.
Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a la fortaleza de la Regenta.
Sí, sentía que dentro del cuerpo había algo que hacía crac de cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla. Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame...XXIX,686

Ni los excesos espirituales, ni los excesos corporales son saludables. Es necesaria la medida, el equilibrio que ni Ana Ozores, ni Fermín De Pas, ni Alvaro Mesía consiguen.

Estos dos últimos, De Pas y Mesía, son el exponente más claro de la inautenticidad. Pues mientras Ana Ozores busca desesperadamente la autenticidad y no la encuentra, ellos representan la falsedad de los dos extremos: la del espíritu y la de la carne. Ambos se ven a representar su papel social y a ambos les pesa como una condena.

Ya hemos visto como a Mesía le acaba resultando insoportable su papel de Tenorio, al punto que siente desfallecer sus fuerzas sin poder poner fin a la representación sin merma de su prestigio. Pero no menos gravoso es para Fermín De Pas su papel de Magistral. Ciertamente es poderoso, domina a su antojo dentro y fuera de la Iglesia, pero, ¿a qué precio? Al precio de la renuncia del amor: su poder tiene como contrapartida el odio: es temido, no amado. En su papel de padre espiritual debe reprimir los deseos corporales, aparecer en sociedad como un ser puro y ajeno al mundo. Pero él sabe que la sotana esconde a un hombre fornido y potente, siente los impulsos libidinosos de su cuerpo, se reconoce lascivo. Pero todo ello es contrario a su papel de Magistral de Vetusta y a sus aspiraciones de alcanzar el obispado algún día.

En pocos personajes literarios se ha representado con mayor fuerza y crudeza la oposición poder-sexo, como en Fermín De Pas. En el capítulo XI, se le presenta contemplando con tristeza su cuerpo fuerte pero inútil:

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil. Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de color rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules...XI,310

Todo su poder se ha fabricado sobre la negación de aquel cuerpo poderoso. El Magistral debe rehuir cualquier tentación carnal que le conduciría a la pérdida del prestigio y del poder. Pero ese cuerpo puesto en cuarentena se rebela al fin y surge su pasión por Ana Ozores, que en sus primeros momentos don Fermín trata de ocultar incluso a sí mismo. Pero finalmente se dejará llevar por la pasión carnal. Desea a Ana no ya como hermano mayor del alma sino como amante y llega a confesárselo y a sentir celos de Mesía:

...Sintió el olor de una rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de la flor en mística composición... "Ay, sí, amor, y buen amor era todo aquello... Era un enamorado; el amor no era todo lascivia, era también aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave. Deber..., sacerdocio..., votos..., castidad..., todo esto le sonaba ahora a hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían inventado obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de la justicia. Ella, ella misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era..." El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas... "¡Infame, infame! Y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar...; él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual..., don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor propio ni por el ajeno... ¡Aquello era la mujer!"XXV,601-602

Pero la sotana reduce a la impotencia su cuerpo fuerte y ansioso de placeres carnales. Ha conseguido el poder a costa de convertirse en un guiñapo de hombre, en un eunuco:

...Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro ridícula... Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había deshonrado como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él, atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas... ¿Quién le tenía sujeto? El mundo entero... Veinte siglos de religión, millones de espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era un suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel... Cientos de papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran grilletes...XXIX,695

Y en el colmo de su furor, el Magistral arroja lejos de sí la sotana y se pone su traje de cazador, quiere convencerse a sí mismo de que todavía es un hombre. Pero la Regenta no le ha visto nunca vestido así sino con el infame disfraz de clérigo que le convertía en eunuco a los ojos de todos.

Quizá Fermín De Pas es la figura más patética de toda la novela, precisamente porque en él se combinan el poder social y la impotencia humana en una mezcla indisoluble. Al cabo, el poderoso Magistral de Vetusta, que tiene a sus pies a toda la ciudad y al mismísimo obispo, no es sino un pobre hombre, dominado por su madre, que ha renunciado a la felicidad para alcanzar el poder.

Frente a estos personajes que pueblan la novela, arrastrando una existencia inauténtica, falsa, hipócrita con los demás y consigo mismos, aparecen dos personajes secundarios que suponen un contrapunto de autenticidad y de equilibrio. Parece como si Clarín hubiese querido poner dos ejemplos de salud, uno espiritual, corporal el otro, entre tanta podredumbre como la que nos describe. Estos dos personajes son Tomás Crespo, Frígilis, y el obispo de Vetusta, Fortunato Camoirán.

Frígilis representa el ideal armónico y equilibrado de un hombre que vive en contacto con la naturaleza. Es un personaje sano que da al cuerpo lo que el cuerpo pide. Lejos de la lascivia contenida del Magistral y de la desenfrenada de Mesía o de Obdulia, Frígilis es un ser armónico que encuentra la felicidad lejos de Vetusta, en el campo, en el monte. Sin ambiciones, sin falsedad: no necesita aparentar nada porque la sociedad de Vetusta nada puede ofrecerle, todo lo que necesita está fuera.

...Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba poco y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quién le oía...XVIII,462

Quintanar le acompaña en sus paseos campestres, pero ¡qué contraste! La autenticidad de la relación de Frígilis con la naturaleza contrasta con la patética caricatura de la misma que hace don Victor al intentar emularle:

Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte, claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel gordos, y, más decidor que en Vetusta, hablaba jovial, expansivo, con los hijos del campo, de las cosechas de hogaño y de las nubes de antaño...XVIII,463

Ningún otro personaje de La Regenta se mezcla con las clases bajas sin un gesto de desagrado: recordemos a Ana Ozores paseando por las calles de Vetusta. Por el contrario, Frígilis se encuentra allí a sus anchas, en tanto que le encontramos incómodo y apartado en la sociedad vetustense:

...En cuanto las lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto los días en que lo reclamaban sus árboles y sus flores.XVIII,463

Otro tanto le ocurre al otro personaje del que hemos hecho mención: el obispo Camoirán, al que vemos siempre al margen de los acontecimientos vetustenses. Camoirán es el único personaje dotado de una espiritualidad sincera: ni la hipocresía religiosa de Fermín De Pas, ni el misticismo exacerbado de Ana Ozores. Por eso le abandona la nobleza vetustense que prefiere la religión hipócrita e interesada que expende el Magistral: Camoirán es el obispo de los pobres; sin ambiciones personales, viste pobremente y entrega todo lo que tiene a quien lo necesita. Clarín lo describe como un santo:

Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se podía admirar y amar una obra de Dios.XII,329

El contraste de este santo varón con el corrompido clero vetustense se encuentra subrayado en varias ocasiones. Parece imposible que haya llegado a obispo un ser tan puro, sin ambiciones y sin doblez como Fortunato:

¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga, de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se buscó un santo a quién dar una mitra, y se encontró al canónigo Camoirán.XII,329

En este personaje se pone de manifiesto el carácter del anticlericalismo clariniano y a la vez su profunda religiosidad. Lo que Leopoldo Alas reclama es una religiosidad pura como la de Camoirán. La figura del Obispo es la crítica más despiadada de la Iglesia oficial, en la que dominan los ambiciosos con ansias de poder, como el Magistral. La simple presencia de un hombre íntegro constituye un peligro para el clero corrupto que se queja de su conducta, ya que les pone a ellos en evidencia:

-Esto es absurdo -decía De Pas- ¿Quiere usted ser el Obispo de Los Miserables, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpiachimeneas, llegaría la Iglesia a dominar en la regiones en que el poder habita?XII,331

Ambos personajes, Frígilis y Camoirán, no sólo viven al margen de la vida social vetustense sino que son despreciados por ella. De Frígilis "los vetustenses decían que era un chiflado, un tontiloco".XVIII,462

Al Obispo Camoirán le abandonan las damas vetustenses como confesor y nadie le hace caso en el púlpito.

Otro rasgo une a Tomás Crespo y al Obispo, al tiempo que les separa de todos los demás. Ambos tienen la rara virtud de la tolerancia en una ciudad donde reina la maledicencia, la envidia y la calumnia:

A don Tomás le llamaban Frígilis, porque si se le refería un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia sino por filosofía, y exclamaba, sonriendo:
-¿Qué quieren ustedes? Somos frígilis, como decía el otro.
Frígilis quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la fragilidad humana.V,207

¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de nadie; para él, como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra revolucionaria, ni un satánico non serviam librepensador.XII,332


El ideal ético de Clarín

Dos personajes puros, marginados, los únicos de los que con palabras de Machado se puede decir que son en el buen sentido de la palabra buenos. En ellos está tal vez contenido el doble ideal de Clarín: el ideal de la religiosidad auténtica y tolerante y el ideal de la vida en contacto con la naturaleza.

Este doble ideal ético, que Clarín opone como un espejo crítico a la corrompida sociedad vetustense, no se encuentra tan alejado del krausismo, sino que, por el contrario, refleja una de las concepciones más características del mismo: la idea de la unidad del Espíritu y la Naturaleza en la Humanidad.

Evidentemente, ni Frígilis ni Camoirán son portavoces, ni siquiera símbolos de este ideal. Pero en la síntesis del hombre apasionado por la naturaleza y del hombre auténticamente religioso encontramos el ideal krausista de que, lejos de dogmatismos, sea posible la fusión de la ciencia con la religión.

Con ello no hacemos la afirmación categórica de que La Regenta sea una novela krausista, pero sí ponemos de manifiesto lo que del krausismo madrileño de Clarín queda impreso en esta obra monumental. Ya hemos visto que no se trata tampoco de una novela de tesis y no hemos de buscar un mensaje en el trasfondo de la novela.

Por ello, podemos concluir que así como Clarín no fue en ningún momento ni un krausista ortodoxo ni un positivista ortodoxo -aunque se dejó influenciar por ambas doctrinas-, La Regenta no es tampoco encuadrable con precisión: es una novela naturalista, pero se aparta de algunas de las reglas del naturalismo ortodoxo y mantiene en su trasfondo la marca indeleble que el krausismo marcó en el espíritu del joven Leopoldo Alas y de tantos españoles de fines del siglo XIX.

 

NOTAS
     
  1. Vidal Peña: Algunas retóricas de La Regenta, Cuadernos del Norte, año II, número 7; Oviedo, 1981, pág. 37 a.
  2. Gonzalo Sobejano: Introducción a La Regenta en Clásicos Castalia, Madrid, 1981, tomo I, pág. 25.
  3. Para una visión panorámica de la cultura española durante la época de Clarín puede consultarse: Panorama intelectual de la segunda mitad del siglo XIX en España (http://platea.pntic.mec.es/~macruz/regenta/XIX.html).
  4. Sobre el pensamiento jurídico-político de Leopoldo Alas puede consultarse: J.L. del Hierro: Aproximación al pensamiento jurídico-político de Leopoldo Alas "Clarin"; Espéculo, nº 7 (http://www.ucm.es/info/especulo/numero 7/jlhierro.htm)
  5. "El Derecho y la Moralidad, un tout petit livre, mais l'une des trés bons de la production krausiste", escribe Pierre Jobit, Les educateurs de l'Espagne Contemporaine, Bourdeaux,1936.
  6. Antonio Ramos-Gascón en su Introducción a Pipá, Ed. Cátedra,1981, pág. 28.
  7. Adolfo Posada: "Leopoldo Alas", en España en crisis; Cf. José María Martínez Cachero: Leopoldo Alas, Clarín, Editorial Taurus,1978.
  8. Carta de Clarín a Menéndez-Pelayo, fechada en Oviedo el 12 de marzo de 1888. Epistolario de Clarín, Ed. Escorial, 1943.
  9. Luis Saavedra: El pensamiento filosófico de Clarín, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, nº 1 102 (separata), Granda-Siero (Oviedo), 1981, pág. 90.
  10. Ramos-Gascón: o.c., págs. 96-97.
  11. Clarín: Zurita, en el volumen Pipá, Ed. Cátedra, 1981, páginas 338-339.
  12. Clarín: La Regenta, Espasa-Calpe, 1984, cap. VII, págs. 241-242. Todas las citas sucesivas de esta novela se refieren a esta edición, indicando capítulo y página.
  13. Clarín: Cartas a Galdós, Revista de Occidente, 1964, pág. 214.
  14. Mariano Baquero Goyanes: Introducción a su edición de La Regenta, Espasa-Calpe, 1984, págs. 12 y 13.
  15. Mariano Baquero Goyanes: Ibídem., pág. 11.
  16. Gonzalo Sobejano: o.c., pág. 11.
  17. Antonio Ramos-Gascón: o.c., pág. 18.

 


© Miguel Angel de la Cruz Vives 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero14/regenta.html