Devolvamos a Sartre su sitio


Catalina Uribe Merino


   

Jean-Paul Sartre es uno de los más grandes escritores que ha dado Francia y uno de sus intelectuales más críticos y controvertidos. El vigor de su lenguaje y la diversidad de sus modos de expresión, la profunda unidad de su pensamiento y su compromiso en las luchas concretas de nuestro tiempo, han convertido a Sartre en una celebridad mundial y lo han hecho acreedor de la admiración y la estima de la mayoría de quienes luchan por orientar la historia en vistas a la superación de las injusticias y la conquista de la libertad para todos los hombres. La filosofía de Sartre representa una especie de punto de inflexión en la historia del pensamiento contemporáneo y su literatura, una bisagra entre dos épocas de la novela y el teatro francés: su novela La Náusea es considerada por algunos como la antecesora del «nouveau roman» y su pieza A puerta cerrada como el signo precursor del «anti-teatro».

La obra de Sartre, por la lucidez de su pensamiento y la audacia de sus temas, constituye uno de los testimonios más representativos de su tiempo. Desde el final de la segunda guerra mundial, ningún intelectual marcó tanto su época como lo hizo él. No en vano, recién despuntado el año 2000, comenzó a ser considerado por muchos como el escritor del siglo en Francia. Numerosos son los homenajes que se le han rendido a Sartre en los últimos meses por el aniversario de su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1980. Entre ellos están la reedición del número especial que el periódico Libération sacó al día siguiente de su muerte, números especiales en diversas publicaciones, artículos en la prensa, entrevistas en la radio y la televisión, la aparición de por lo menos ocho libros nuevos dedicados a él y el conferimiento del nombre «Place Jean-Paul Sartre - Simone de Beauvoir» a una plaza situada en pleno corazón de Saint-Germain des Prés, a la sombra de los míticos cafés parisinos de Flore y Deux-Magots. Como dice el autor de una biografía reciente sobre Sartre, el suizo Denis Bertholet, aunque es un hecho que en Francia existe una manía conmemorativa, es cierto que ya era hora de volver sobre Sartre.

La interpretación que hizo Jean-Paul Sartre de las realidades sociales y políticas de su época y su forma personal de expresar sus opiniones y desacuerdos, no sólo ofrecen una esperanza sino que develan el compromiso y la responsabilidad del hombre frente al mundo y su transformación. La obra de Sartre es sin duda la empresa singular de un individuo, pero en tanto la situamos en el contexto social e ideológico que la condicionó y mostramos la forma en que Sartre se enfrentó a los problemas de su época, tenemos que la experiencia sartreana, en sus diversas formas de expresión, es la manifestación del sentir de toda una generación.

El valor particular del pensamiento sartreano está en que representa una forma particular de interpretación de los acontecimientos, una manera de ver el mundo, a través de la filosofía existencialista. El existencialismo sartreano propone una moral diferente, cuya importancia radica, entre otras cosas, en la incorporación de ciertos conceptos filosóficos a la literatura, especialmente a la novela y al teatro, donde se ilustran y corporeizan con mayor claridad sus teorías.

Pero la actividad de Sartre no fue solamente la de un escritor; fue también la de un intelectual, y la tarea propia del intelectual es criticar, oponerse, denunciar, no solamente con un propósito negativo de destrucción, sino en la búsqueda de nuevos valores y de una sociedad diferente. Sartre fue un contestatario radical, en la medida en que pensaba que la única posibilidad de inventar verdaderamente al hombre es a través de la liquidación de los sistemas que lo alienan robándole su libertad. Como crítico implacable de la sociedad capitalista, puede decirse que Jean-Paul Sartre es un intelectual con todas las letras.

El intelectual y la historia

El período que marcó de forma determinante la trayectoria sartreana comenzaba con el final de la segunda guerra mundial, la derrota del nacionalsocialismo y el fascismo, el derrumbe de la vieja Europa y el triunfo de Estados Unidos y de la Unión Soviética. Esta era de bipolarismo, que tendría fases diversas, termina hacia la segunda mitad de los años ochenta, cuando se distingue claramente el comienzo de una nueva época. Este vuelco histórico, que Sartre no viviría, empieza con la designación de Gorbachov como secretario del partido comunista soviético, la retirada progresiva de la Unión Soviética de sus países satélites, la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana, y se cierra con la disolución de la Unión Soviética.

De acuerdo con lo anterior, la época de Sartre, caracterizada por valoraciones políticas, religiosas e ideológicas específicas, está de cierto modo concluida, pero la influencia de su pensamiento repercute indudablemente hasta nuestros días. La literatura y la filosofía sartreanas se encuentran claramente comprometidas con expresiones que, muy propias de su tiempo, siguen teniendo en gran parte vigencia. La repercusión de las ideas de Sartre en los intelectuales de su generación parece no haber llegado a su fin, y en esta medida puede decirse que todavía podemos aprender mucho de él.

La época de posguerra fue un momento crucial en el que los hombres descubrieron su historicidad. El pensamiento de Jean-Paul Sartre se desarrolló así de cara a la historia, gracias a una concienciación política y social a la que fue conducido por los diversos acontecimientos que vivió. La obra sartreana es la manifestación de un hombre –artista y filósofo– que cuestiona su mundo convulsionado y plantea su posición frente a los diferentes conflictos que lo afectan, siempre consciente de estar «haciendo historia», no tanto por su papel decisivo como intelectual, sino a través de sus pequeñas acciones, como hace cada hombre en el transcurso de su vida. De este modo, Sartre concibió una historia humana que rescataba el papel del individuo en el acontecimiento histórico.

La función, actividades y preocupaciones de Sartre están definidas en el marco de una sociedad, de una clase específica y un grupo determinado: el de los intelectuales. Sartre es representante «ejemplar» de este grupo, definido y delimitado de acuerdo con una situación social, ubicación geográfica e histórica en un período determinado, y una cierta ideología. Siendo el que más conscientemente vive su relación con el mundo, el intelectual, al asumirse a sí mismo como tal, asume el reto de explicar la sociedad e intentar cambiarla. El intelectual no solamente está hecho por la sociedad, no es un objeto de la historia, sino el sujeto activo de la historia, es aquel que tanto en su expresión como en su acción realiza la historia.

Las manifestaciones de la vida cultural, como el arte y la filosofía, son medios privilegiados de expresión e interpretación del mundo, y como tales, instrumentos valiosos para la comprensión de la historia, en la medida en que están íntimamente ligados al momento histórico al que pertenecen. Jean-Paul Sartre, presente como pocos en los debates más relevantes de su época, interpretó de forma ejemplar los acontecimientos políticos e intelectuales y transmitió en sus escritos una visión aguda de la realidad y sus contradicciones, que lo convierte en un destacado portavoz de su tiempo. Sartre estableció unas relaciones profundas con la sociedad mediante sus posiciones políticas, cuya expresión constituye un testimonio privilegiado de la historia contemporánea. Sus escritos políticos constituyen un intento por actuar en el mundo en tanto intelectual, a través del ejercicio del pensamiento y la escritura.

Un escritor, se dice, es un individuo cuya única arma es la pluma. Sartre vivió la historia y expresó esta vivencia a través de diversos medios, entre ellos el arte, que tiene la capacidad de sensibilizarnos frente al mundo de una forma en que ningún otro saber puede hacerlo. El arte, en efecto, es uno de los medios más eficaces que posee el hombre para conocer y comprender, es un modo privilegiado de expresión e interpretación de la realidad. Tomando prestado el propio vocabulario sartreano, Sartre se «historializa» a través de la significación de sus diversas actuaciones, en relación con el arte, la filosofía y la política. Él mismo lo ha dicho: un hombre es una totalidad en situación, pero las situaciones sólo existen por la manera de pro-yectarse el hombre como totalidad a través de ellas. De esta manera, los hechos exteriores actúan sobre el hombre, en la misma medida en que él se proyecta sobre ellos.

Con su contribución a la transformación del mundo de las ideas, Sartre ocupa un lugar importante en la historia de la cultura. Como testigo ejemplar supo manifestar, a través de sus escritos, las principales cuestiones que movilizaron a los hombres de su época. La trayectoria filosófica, literaria y política de Jean-Paul Sartre es la expresión peculiar de una época, a través de la conciencia de un individuo particular, íntimamente comprometido con la historia de su tiempo. No hay duda de que la obra de Sartre no sólo constituyó la forma en la cual Sartre realizó su «apropiación» de la historia, sino que contribuyó a que los hombres tomaran conciencia de su papel de «sujetos» activos en la construcción del devenir histórico, tal como él concebía que debía ser una historia «humana».

El símbolo del error

Por un lado, Sartre defendía una forma muy amenazada de individualismo (cada hombre es dueño de su propio destino), mientras, por otra parte, combatía la mala fe e insistía en la responsabilidad que tiene el hombre frente al mundo. Por eso fue odiado por gente de todos los sectores sociales, por los académicos, la prensa, los intelectuales y los políticos. Mientras los capitalistas lo llamaron esbirro comunista y lo atacaban cuando se pronunciaba en favor de los pueblos oprimidos, los comunistas a su vez lo tildaron de hiena capitalista y lo insultaban cuando levantaba su voz condenando sus atropellos. Sartre demostró siempre una independencia de criterio que lo ha constituido, en palabras de Ernesto Sábato, en el ejemplo de lo que debe ser un gran escritor: un testigo insobornable. «O sea, atendiendo a la siempre reveladora etimología: un mártir».

Los críticos de Sartre no odiaron tanto sus «errores» como la decisión de no militar en ningún partido ni trabajar para ninguna institución o respaldar establecimiento alguno. Así, es necesario reconocer en Sartre un mérito fundamental, que aun su adversario Louis Althusser le concedía, y es el de no haberse doblegado jamás ante los poderosos. Althusser diría que Sartre «era nuestro J. J. Rousseau», que después de éste, Sartre es el intelectual más honesto que Francia haya tenido: «Yo he escapado a la mundanidad. También él lo ha conseguido. Un hombre profundamente honesto, que moral y políticamente nunca ha accedido a compromisos. Es lo que Marx decía de Rousseau: Su vida es modesta, sencilla, desprecia el dinero, no le da importancia… Este hombre era de una intransigencia muy honda, y por mucho que se haya equivocado jamás aceptó el más mínimo compromiso con el poder».1

En esta perspectiva podemos ubicar el rechazo por parte de Sartre del premio Nobel de literatura, concedido por la Academia sueca en octubre de 1964, suceso que provocará una gran conmoción. La negativa de Sartre a aceptar el premio se debía, como explicaba Jeanson, a que él no había dejado de "gritar al mundo entero, en una mezcla asombrosa de rabia y de gozo, su odio a los burgueses, su hostilidad a los poderes establecidos".2 El mismo Aron, a pesar de las diferencias que lo enfrentaron a él, decía que Sartre era un espíritu superior y que sólo los ciegos o los ignorantes necesitaban el Premio Nobel para percibirlo: "no me gustan mucho (ni tampoco a él) los elogios académicos de que es objeto desde hace algunos días. Elogios tanto más ridículos cuanto que conciernen a un escritor comprometido e ignoran las causas a cuyo servicio Sartre se comprometió".3

Muchos no dejaban de preguntarse por los motivos que habría podido tener Sartre para no aceptar el premio, mientras la única respuesta auténtica, decía Jeanson, no la retuvo nadie, porque sin duda era demasiado sencilla para ser retenida por alguien: es que no podía soportar esa «consagración». Tan difícil es para muchos comprender que se pueda rechazar distinciones o condecoraciones, que el nombre de Sartre sigue apareciendo en la lista de los premiados por la Academia sueca, lo cual sin duda representa un insulto a la memoria de este escritor.

Para Sartre, este rechazo significaba también la negativa a ser «embalsamado en vida», a que lo convirtieran en estatua viviente y lo consagraran antes de tiempo. Sin embargo, muy a pesar suyo, no pudo evitar que lo convirtieran en una especie de «monumento público». Pero, sin duda, la razón más importante que tuvo para no aceptar el premio era que estimaba que éste tenía, desde hacía cierto tiempo, un color político. "Si hubiera aceptado el Nobel –incluso aunque hubiera hecho un discurso insolente en Estocolmo, lo que habría sido absurdo–, me habrían recuperado. Si hubiera sido miembro de un partido, del partido comunista, por ejemplo, la situación habría sido diferente. Indirectamente, el premio se habría otorgado a mi partido; en todo caso, le hubiera podido servir. Pero cuando se trata de un hombre aislado, incluso si tiene opiniones «extremistas», se le recupera necesariamente, en cierto modo, coronándole. Es una manera de decir: «Finalmente, es de los nuestros». Yo no podía aceptar eso".4 Recuperar, es decir, exorcizar lo que se teme bautizándolo. Esto, o la condena absoluta con la aplicación de la primera etiqueta disponible.

Y muchas serían las etiquetas que se le aplicarían a Sartre, atacándolo la mayoría de las veces de manera injusta. Él estaba habituado a los insultos; en alguna ocasión llegó a decir que ya se había acostumbrado a las agresiones a mano armada: "me matan, me roban la bolsa y el honor y huyen; yo resucito; la bala o el cuchillo no han dejado huellas".5 El «excrementalismo» sartreano, la «hiena dactilográfica», el «depravado de Saint-Germain des Prés»… Sartre no amaba su gloria, recuerda Michel Contat6; la hubiera preferido menos escandalosa. Y si salía de casa era porque, siendo célebre, pretendía permanecer libre de ir a comprar los periódicos en el quiosco o hacer una cita en un café.

El «retorno de Sartre» al que asiste Europa occidental desde el comienzo de este año 2000, ha proporcionado la oportunidad de evocar, una vez más, en bloque y en detalle, sus famosos «errores» políticos, y de levantar el expediente de sus «necedades», con la ayuda de citas que se vuelven ridículas, aisladas de su contextos estilístico y semántico. Pero el asunto permanece intacto si no se toma el conjunto de su obra, su movimiento a través de las diversas situaciones que enfrentó, su proyecto general y el punto de vista que Sartre adoptaba sobre la historia, el de los más desfavorecidos. Puede decirse, en efecto, que el pensamiento sartreano ha sido bastante mal comprendido y que Sartre tuvo que debatirse contra las imágenes que intentaban colocarle y bajo las cuales pretendían asfixiarlo. Ya en 1947, según cuenta Francis Jeanson, se afirmaba que el existencialismo era una filosofía de moda. Pero, se preguntaba este autor, ¿quién sabe lo que significa realmente?.7

Quizás el paso de los años nos haya proveído de una mayor madurez para reconocer lo más auténtico y rescatable de la postura filosófica sartreana. Alguien afirmaba que "se ha requerido de cuatro décadas y media para caer en la cuenta de que no se había caído en la cuenta, aun cuando categóricamente (y más emotiva que categóricamente) se sostuvo que la última palabra proferida para Sartre era condenatoria. Ahora su figura resulta más familiar y tratable, su actitud más digna de consideración".8 Vale la pena entonces ocuparse de Sartre, en tanto muchos de los problemas filosóficos planteados en su obra pueden actualmente conservar una gran importancia existencial e histórica. Que cada quien juzgue según sus propias concepciones, pero es un hecho que la obra de Sartre no ha dejado de ser un punto de referencia para los que hoy hacen filosofía.

Sartre, en efecto, no fue solamente aquel «símbolo del error político» que muchos recordarán siempre, sino también el autor de una obra monumental cuya fecundidad está lejos de haber sido agotada. En cuanto a la tesis tan machacada que pretende que Sartre se ha equivocado siempre a la inversa de Aron y Camus, sería necesario mirar más atentamente lo que ella oculta. El asunto reiterativo de los errores de Sartre se zanjó acuñando la fórmula de que era mejor haberse equivocado con Sartre que haber tenido razón con Camus o Aron. Pero algunos piensan que la cuestión estaba mal formulada en su origen mismo. La pregunta es ahora si no será mejor tener razón con Sartre que equivocarse con Camus y Aron. Porque una obra tan rica como la de Jean-Paul Sartre, en perpetua ruptura e inagotable invención, supera con mucho las obras pobres y cerradas sobre sí mismas, en una especie de perfección clásica estéril, como son las obras de Camus y de Aron.9

Volviendo a lo político, el verdadero conflicto entre Sartre y Camus, como muy bien dice Jean Daniel10, no era el que separaba a dos personas que creían o no en la existencia de los campos de exterminio soviéticos, sino el que oponía a dos seres que pensaban o no que el capitalismo era el peligro supremo. Hoy podemos comprender mejor que hace diez o quince años esta deriva delirante, pues, muerto el marxismo en occidente, quedan al descubierto los defectos, los vicios y los crímenes de las democracias capitalistas.

Veinte años después de su muerte, es de desear que ya los famosos errores y extravíos de Sartre no sean un obstáculo para una reflexión seria alrededor de aquel escritor que marcó, como ningún otro, el siglo xx. En lugar de seguir sepultándolo bajo sus errores y pensar que sus equivocaciones delatan el supuesto engaño al que nos sometió, debemos asumir que Sartre, para lo mejor y para lo peor, como dice Bernard-Henri Lévy, es nosotros mismos. Michel Contat11 admite que Sartre, por ejemplo, se equivocó sobre la posibilidad que tendría la URSS de alcanzar y sobrepasar el nivel de vida de los americanos. Pero, ¿desde cuándo lo sabemos nosotros? En lugar de juzgar como «errores» sus posiciones políticas respecto del comunismo, Michel Contat se pregunta: ¿quién nos asegura que la victoria americana en la guerra fría, que Sartre no conoció, sea una victoria para el género humano? Lo que habría que hacer es tomar cada una de esas posiciones políticas que se le critican a Sartre y preguntarse ¿qué era lo contrario del «error»? ¿Qué habría ganado Sartre, literaria y filosóficamente, tomando la posición inversa? ¿Quiénes se habrían convertido en sus aliados?

Sartre y la posteridad

A Sartre lo caracterizó un interés permanente en «pensar contra sí mismo», es decir, según sus propias palabras, restregarse contra todo lo que lo impugnaba y rebelarse contra aquello que había de «inculcado» en él. Pensar contra uno mismo, diría Simone de Beauvoir, es muy fecundo, pero a la larga arruina la salud; en su empeño por cuestionarse y ponerse en tela de juicio, Sartre se rompía la cabeza y destrozaba sus nervios. Él malgastó su «capital de salud», pero admitía: «Prefiero morir un poco antes y haber escrito la Crítica de la razón dialéctica»".12

Francis Jeanson, conocedor profundo del pensamiento sartreano, decía que uno de los aspectos fundamentales de la influencia de Sartre es que los problemas que plantea impregnan años más tarde el mundo de las ideas, alcanzando incluso a aquellos que le eran hostiles y penetrando en las costumbres, de forma que contamina aun a quienes nunca lo han leído. Los problemas sartreanos son indudablemente en gran medida nuestros propios problemas, y éstos pueden verse iluminados si nos situamos en el mismo nivel de su pensamiento y experiencia. Las contradicciones sartreanas son igualmente nuestras propias contradicciones y, si las asumimos como él lo hizo, podemos aprender mucho de nosotros mismos.

Un hombre solo, decía Jeanson, no podría influir sobre el curso de las cosas sino modificando la forma en que sus semejantes lo viven: "Nosotros tenemos la historia en la piel… hemos elegido, frente de ella, no considerarnos como impotentes. Sin embargo, lo somos, sin duda, y totalmente, de cierta manera. Pero es también verdadero que en otro sentido no lo somos, y que comenzamos a darnos cuenta. Por ser el que es el curso de las cosas, esta nueva conciencia no procede de ellas: yo pregunto a quién se la debemos".13 En la medida en que Sartre actuó sobre sí mismo cambiándose, ha cambiado el mundo, o al menos la manera como sus lectores lo ven. Jeanson opinaba, hace ya varios años, que el pensamiento de Sartre era el más importante del siglo xx, y explicaba que no pretendía que "la trayectoria concreta de Sartre sea la mejor posible: solamente digo que su actitud fundamental, respecto a sí mismo y al mundo, es hoy en día una de las más esclarecedoras en las tinieblas en que nos debatimos. De todos modos, ese hombre no nos pide que le sigamos. Su orgullo se opone a ello, así como su humildad: su absoluta exigencia de libertad, y su absoluta convicción de que toda exigencia está condenada a permanecer injustificable".14

En octubre de 1999, decía de nuevo muy acertadamente Jeanson15 que los intelectuales, hoy, no se dan cuenta de que Sartre está presente en todas partes, que la época está empapada del pensamiento sartreano sin imaginar incluso que se pudiera recurrir a este pensamiento para superar algunas de nuestras dificultades: en la acción política, la creación cultural, la psiquiatría, el compromiso moral y la tentativa de hacer más «humanos» los procesos actuales de globalización. Michel Contat opina que Jeanson hubiera estado más estimulado por el «retorno» de Sartre que se ha producido desde que pronunció esas palabras. Un retorno que deja perplejos a unos, exaspera a los otros y regocija a los que amamos en él su inagotable vitalidad, su radicalidad. Haciendo referencia al libro de Bernard-Henri Lévy, Le siècle de Sartre, Josyane Savigneau dice que recorrer el siglo al lado de Sartre es todo lo contrario de un regreso atrás: es darse los medios de imaginar el futuro. Desear justicia para Sartre y apostar por él es como un soplo de juventud; releerlo, no para clausurar «su» siglo, sino para inventar, con alegría, el siguiente.16

En las conversaciones que sostuvo con Michel Contat, que se publicarían bajo el título de Autorretrato a los setenta años, Sartre replanteaba su vida y describía el ambiguo sentimiento que tenía en ese momento de sí mismo y de su relación con el mundo. Era a mediados de los setenta y Sartre ya había perdido la visión. «¿Qué tal está?», le preguntaba Contat; y Sartre respondía: «Es difícil decir que estoy bien. Pero tampoco puedo decir que estoy mal… Mi oficio de escritor está completamente destruido… En un sentido, eso suprime mi razón de ser: fui y no soy más, si a usted le parece. Debería estar muy desanimado y, por una razón que ignoro, me siento bastante bien: nunca siento tristeza ni melancolía cuando pienso en lo que he perdido… Bueno, hice lo que tenía que hacer… Escribí, viví, no me arrepiento de nada».17 En otra ocasión diría también: «Tendré que acabar por morirme. Al fin y al cabo, se ha hecho lo que se ha podido. Se ha hecho lo que había que hacer». Simone de Beauvoir decía que en 1977, si Sartre hubiera podido leer y releerse, habría desarrollado nuevas ideas, ya que su inteligencia estaba intacta. Él diría que «naturalmente, nunca se llega a todo, pero hay que querer todo». Lo único que Sartre le pedía al futuro, era que alguien lo leyera.

 

Notas:

  1. SALAS VARA DE REY, Joaquín de. Louis Althusser (una bio-bibliografía inocente y subalterna). (Documento en Internet).

  2. JEANSON, Francis. Jean-Paul Sartre en su vida. Barcelona: Barral Editores, 1974. p. 244.

  3. ARON, Raymond. Los marxismos imaginarios: De Sartre a Althusser. Caracas: Monte Ávila, 1969. p. 39-40.

  4. SARTRE, Jean-Paul. "La coartada". En: Escritos políticos, 1. [Situations, VIII]. Madrid: Alianza, 1986. p. 112.

  5. SARTRE, Jean-Paul. "Respuesta a Pierre Naville". En: Problemas del marxismo, II: Situations, VII. Buenos Aires: Losada, 1966. p. 101.

  6. CONTAT, Michel. On n'en a pas fini avec Sartre. En: Le Monde, 21 avril 2000.

  7. En: France-Dimanche. Citado por JEANSON, Jean-Paul Sartre en su vida, Op. cit., p. 214.

  8. SALA, J.F.A. El infierno son ustedes. En: Revista de Filosofía. México: Universidad Iberoamericana. Año XXIII. N°. 69 (sep. - dic. 1990); p. 292 y 297.

  9. En: Magazine Littéraire. N°. 384. Février 2000. p. 20.

  10. DANIEL, Jean. Vingt ans après sa mort, le retour de Sartre. En: Le Nouvel Observateur. N°. 1836. Avril 2000.

  11. CONTAT, Michel. Sartre, «ce grand vivant». En: Le Monde, 21 Janvier 2000.

  12. BEAUVOIR, Simone de. La ceremonia del adiós. Barcelona: Edhasa, 1982. p. 138.

  13. JEANSON, Francis. El problema moral y el pensamiento de Sartre. Buenos Aires: Siglo Veinte, 1965. p. 304-305.

  14. JEANSON, Jean-Paul Sartre en su vida. Op. cit., p. 319.

  15. Citado por CONTAT, Michel. On n'en a pas fini avec Sartre. En: Le Monde, 21 Avril 2000.

  16. SAVIGNEAU, Josyane. L'épopé de Sartre. En: Le Monde, 21 Janvier 2000.

  17. BEAUVOIR, La ceremonia del adiós. Op. cit., p. 68, 114-115 y 147.

 


© Catalina Uribe Merino 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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