Roger
Chartier

"Hay que volver a situar al libro en el centro de la educación"

 


Dr. Joaquín Mª Aguirre Romero
Dpto. Filología Española III - CC. Información
Universidad Complutense de Madrid


   

 

En los últimos tiempos tenemos la suerte de poder contar con la presencia de Roger Chartier entre nosotros. Esta vez viene a la Universidad Complutense a participar en un Seminario internacional sobre la Ilustración, organizado por el Departamento de Historia Contemporánea. Se requirió nuestra participación y la Facultad de Ciencias de la Información pudo contar con una conferencia. Su título: ¿La muerte del lector? La cultura escrita, entre reproducción mecánica y representación electrónica".

Para algunos de nosotros, el momento tenía algo de cumplimiento. Chartier ha sido un punto de referencia —también de inspiración— en los enfoques con los que el Departamento de Filología Española III hemos tratado de desarrollar las materias que impartimos. Siendo la nuestra una Facultad que se ocupa de la Comunicación, la utilización de la obra de Roger Chartier es un paso obligado. Y así se lo hicimos saber.

Sus investigaciones y planteamientos teóricos y metodológicos permiten introducir aspectos dejados de lado tradicionalmente por la crítica. Los textos adquieren nueva vida cuando son recuperados no solo en su significación sino en su práctica social. A diferencia de la Estética de la recepción, que devuelve a los textos su historicidad comprensiva, Chartier parte de la materialidad de los objetos culturales y de su participación en los procesos sociales. No solo hay que estudiar el significado de los textos, sino los fenómenos de apropiación, concepto clave en el pensamiento de Chartier. La apropiación implica un uso y unas prácticas alrededor de los objetos culturales dentro de un determinado contexto histórico. En su dimensión material, los objetos culturales —no solamente los libros— son producidos, transmitidos y apropiados. Y este es el nuevo campo de trabajo del historiador.

Habíamos acordado realizar la entrevista al término de la conferencia, pero lo animado del coloquio posterior lo imposibilitó al alterar el horario previsto. Acordamos realizarla en la Facultad de Geografía e Historia, tras la sesión de la mañana y la comida, antes de que diera comienzo la sesión de la tarde. Los calores madrileños de esta época del año han hecho efecto sobre los participantes en la comida que buscan algún lugar fresco —misión casi imposible— antes de que dé comienzo la sesión de tarde. Nos retiramos a una amplia sala vacía junto a la que albergará las conferencias restantes. Antes de comenzar, Chartier se interesa por nuestra publicación. Le doy algunas explicaciones sobre Espéculo, su origen y las materias habituales en la revista y él recuerda haber leído la entrevista publicada con el historiador Fernando Bouza.

 

El trabajo del Historiador.

Pregunta: La amplia repercusión de sus escritos en disciplinas separadas, como la Historia, la Sociología, la Filología, nos demuestran que es difícil comprender la realidad desde posiciones parceladas. El esfuerzo de las comunidades académicas en parcelar sus terrenos frente a otros, ¿ha ido en detrimento de una mejor comprensión de los fenómenos sociales?

Roger Chartier: Si pensamos en el campo de investigación, de trabajo, de esta revista es claro que la diferencia entre la Literatura, como el campo de trabajo de los historiadores de la Literatura o de los críticos literarios, la Historia Cultural —que nació sobre la referencia a la tradición de una Historia socioeconómica a la manera de los Annales— y finalmente los saberes más técnicos, como los de la Paloegrafía o de la Bibliografía —en el sentido anglosajón del término— han definido objetos, técnicas, instrumentos desvinculados; mientras que parece que para entender un texto, es decir, los sentidos plurales involucrados en la circulación y apropiación de una obra literaria, por ejemplo, es claro que debemos articular estos saberes y técnicas para comprender las condiciones de la elaboración, de la redacción, de la construcción de la obra movilizando todos los recursos de la crítica textual, o de la poética, de la narratología... Y, al mismo tiempo, si pensamos que una obra se transmite siempre a través de un objeto, de una forma —la voz que lee, la representación teatral, el manuscrito, la edición impresa— inmediatamente vemos que los saberes descriptivos de estos soportes de lo escrito son elementos clave para la construcción del sentido. ¿Y a quiénes podemos remitir la construcción del sentido? A los lectores, espectadores, oyentes que participan de comunidades de interpretación que tienen sus competencias, sus hábitos, su formas, sus usos, en relación con la cultura escrita. Y se ve que las fronteras clásicas entre las disciplinas desaparecen para que sea posible dar realmente una comprensión histórica de la comprensiones del pasado, del presente de una obra. Es solo un ejemplo, pero podríamos multiplicar los ejemplos de esta separación de las disciplinas académicas para asirse de objetos que, de hecho, necesitan la convergencia y la articulación de estas disciplinas.

Pregunta: La nueva forma de enfocar la Historia ha modificado el concepto de "documento" histórico ampliándolo a otras esferas. ¿Cuáles son las nuevas herramientas del historiador?

R. Chartier: Podemos pensar en los que constituyen objetos de una aproximación a la Historia Cultural. Para mí la Historia Cultural abarca lo que hemos dicho, pero se pueden utilizar otras categorías. Hay una definición de la sociología que podría también abarcar esta vinculación entre textos, soportes y prácticas, lo que McKenzie llamaba Sociología de los Textos, no importa la categoría. Pero el proyecto intelectual importante es que a partir de este momento los objetos de los que se puede apoderar son textos canónicos o no, obras clásicas o sin méritos, pero también la producción iconográfica en todas sus formas o inclusive, si es posible reconstituirla, la circulación de la música, del canto y de todas las formas que se remiten a la palabra viva. Son objetos legítimos, fundamentales y articulados, podríamos decir, de la Historia Cultural. Y para acercarse a estos objetos están los documentos, los documentos que también pertenecen a todos estos órdenes, inclusive los objetos materiales dejados por el pasado o los espacios de existencia tal como podemos encontrarlos en una ciudad o en otros espacios como grandes casas, castillos, etc.

Y de este modo el desafío esencial sería, por un lado, evitar una lectura de las obras estéticas como documentos, es decir, como si reflejaran inmediatamente una realidad social —que fue una tentación de los historiadores el reducir la obra literaria o la obra iconográfica a su contenido de documento—, que es un gran error porque cada obra fue concebida con reglas, referencias, modelos, intentos que la gobiernan. Así, a mí me gusta decir que debemos acercarnos a la práctica de la representación para poder decir algo de la representación de las prácticas. Y hay también, por otro lado, la posibilidad, si no de reducir las obras al estatuto de documento, de movilizar los documentos tradicionales o nuevos de la historia para acercarnos a este misterio que es la apropiación, la construcción del sentido de comunidades de lectores frente a obras, cualesquiera que sean. Y eso me parece un juego entre obras y documentos —evitando la reducción de uno a otro— que puede definir este tipo de trabajo histórico.

Pregunta: El texto ya no es el fin, sino el punto de partida para la reconstrucción social de las condiciones de producción y consumo, un generador de prácticas e interpretaciones...

R. Chartier: Sí, depende un poco de lo que el historiador defina como objetivo, lo que quiere entender. Algunas veces puede ser cómo fue producido un texto, transmitido, apropiado, y aquí el texto sería el objeto mismo de la investigación. Al revés, puede ser el fin del trabajo, porque a partir de un estudio de prácticas sociales o de relaciones de dominación su análisis puede conducir a entender cómo ciertos textos fueron a la vez la expresión y el alimento de tal o cual sistema de dominación, sistema de relaciones sociales o de prácticas. De esta manera, no hay ni la visión del texto como un único documento o un único objeto de la investigación histórica ni, al revés, el abandono del mundo de los textos en provecho de otras realidades supuestamente más reales que la textualidad. Es entre estas dos posiciones donde me parece que podemos caminar para situar producción y apropiación de los textos dentro de los constreñimientos o las coacciones que gobiernan tanto su producción, es decir, su escritura y su publicación, como su apropiación, es decir, su lectura o su escucha.

Pregunta: Se pasa de una concepción más estática a otra más dinámica del objeto...

R. Chartier: Me parece que esta es la razón por la cual la obra de McKenzie, Sociología de los textos, termina con la producción, la transmisión, la recepción de los textos sin que necesariamente sean etapas separadas. Es una dinámica porque el proceso mismo de publicación y apropiación implica operaciones técnicas; y también es una operación dinámica porque, por otro lado, el sentido no está cristalizado en la obra. Se construye en ese momento de encuentro entre el texto y el lector; un texto, que tiene una forma material, y el lector, que tiene una identidad sociocultural.

Pregunta: Los libros no son portadores transparentes de los textos. ¿En qué forma nos hablan los libros desde su materialidad, como objetos?

Roger Chartier: Me parece que la mejor demostración de esto son los casos en que el mismo, entre comillas, texto se da a leer en formas diversas o se da a entender en formas diversas. Si pensamos en los siglos que me son más familiares –XVI, XVII-, en un estudio que he empezado sobre las obras teatrales en Inglaterra, España –en Castilla- y Francia se puede demostrar esto. Entre el manuscrito, la representación teatral, la publicación impresa en diversas formas –si estamos en España, en forma de pliego suelto, etc.- aquí se puede apreciar que es el mismo texto tal como podemos conocerlo, pero que cada vez que cambia su soporte cambia la definición social de su público y cambian las posibilidades de su interpretación. Si pensamos en el siglo XIX, la novela desde la forma del feuilleton, de las publicaciones por entregas, de las ediciones para los gabinetes de lectura o de las obras de un autor definen también una pluralidad de soportes que se abren a usos y públicos diversos y que permiten o impiden tal o cual construcción de sentido. Serían ejemplos que demuestran que las formas contribuyen al sentido de una obra.

Si en términos jurídicos podemos pensar en el copyright como aplicado a una obra cualquiera que sea su forma o si, en términos de la estética, podemos pensar en una obra a través de una identidad puramente textual, cuando planteamos el tema de la construcción del sentido por parte de los lectores, inclusive nosotros como lectores, inmediatamente la materialidad plural del soporte se impone como un objeto fundamental de estudio. Y me parece que dentro del campo de los estudios de Historia de la Literatura o del Literary criticism hubo una transformación importante cuando se introdujo dentro del proceso mismo de análisis de las obras las variaciones creadas sobre el estatuto, registro y sentido de esta obra por estas materialidades. De ahí, me parece, la manera de articular a la vez todos los procesos que han desmaterializado en la tradición occidental las obras —filosófico, jurídico, estético y finalmente crítico, con la crítica estructuralista, semiótica, el deconstruccionismo—. Por otro lado, toda la materialidad de la obra contribuye a la construcción del sentido por lectores concretos, de carne y hueso, que siempre encuentran una obra no a través de las categorías desmaterializadas del Derecho o de la Estética, sino conllevado por una voz o por un escrito.

 

La Cultura en la Sociedad de Consumo.

Pregunta: Ayer nos habló de los valores e ideales de la Ilustración, que es el marco general del seminario para el que ha venido a España. El mundo cultural ha quedado en manos de las grandes empresas multinacionales del ocio, con un resultado de estandarización de productos y públicos. ¿Qué efecto cultural tiene esto a medio y largo plazo?

Roger Chartier: Es una tensión en el desarrollo de una Sociedad de Consumo, que encuentra en el siglo XX —con los nuevos Media— una dimensión inédita y que intenta imponer productos, ideologías, modelos... Frente a esto lo que podemos decir es que, inclusive en los casos en que hay esta imposición, no obstante se mantienen a través de la apropiación posibilidades de desplazamiento, interpretación y, algunas veces, subversión. No debemos pensar, tal como ha pensado durante mucho tiempo la crítica de los Mass Media, que destruyen totalmente el espacio de la apropiación. No quiero decir que no haya desigualdades, no quiero decir que no haya una intención ideológica, pero no debemos pensar que el lector o el espectador necesariamente se conforman, se identifican con este lector buscado por los Mass Media. Los estudios, por ejemplo, sobre la apropiación de las telenovelas o sobre los diarios de gran circulación o sobre la literatura rosa, demuestran que sus públicos siempre pueden –aunque no necesariamente- interpretar de una manera inesperada el texto y, finalmente, reforzar una manera de pensar o una espontaneidad de las representaciones que va en contra de la intención de la producción textual o mediática. Es una primera aclaración. La segunda es que, pese a la dificultad, no hay necesariamente algo ineluctable en la imposición de los Media.

Me parece que si volvemos al sueño de la Ilustración es porque quizá, con la técnica electrónica, existe la posibilidad de hacer real lo que quería Kant, es decir, cada uno puede como escritor, como lector, participar en un diálogo extendido a la dimensión de un espacio público universal, en la crítica de las instituciones y en la propuesta de transformaciones. Y no es tampoco éste el futuro ineluctable del mundo electrónico, pero es un futuro posible y de ahí el rechazo de la desesperación o el rechazo de la idea según la cual los ciudadanos, los individuos no pueden intervenir, de que hay como un mecanismo implacable que impide la producción cultural. Es claro que hay poderes, que hay desigualdades y que no todos pueden intervenir con la misma fuerza o la misma potencia. Pero es claro también que cada uno, en su propia posición, puede —con mayor o menor fuerza— intervenir en este mundo. Porque lo contrario sería pensar que hay como una evidencia intrínseca de las técnicas que imponen por sí mismas ya la alienación o la liberación. Ambas posiciones me parecen dudosas, y hay siempre en el lado de la alienación un espacio, quizá muy reducido en algunos casos, para la apropiación. Y, al revés, en la liberación, la técnica no tiene porqué establecer el bienestar general, también puede agredir. Hay tensiones, conflictos, negociaciones entre todos los protagonistas de este juego, los poderes políticos y aún más los económicos y las comunidades o los individuos.

Pregunta: Mi siguiente pregunta iba en esa línea: cómo las redes de comunicación se pueden convertir en un foco de resistencia cultural contra la corriente cultural de puro consumo. Cada día se multiplican los foros, las publicaciones electrónicas, etc. ¿Es una salida para esa diversidad cultural?

Roger Chartier: Sí, pero con el riesgo inverso, que sería no la homogenización cultural —en gran parte lingüística— por la oferta que viene de las empresas multimediáticas que esperan controlar a la vez la propuesta de textos, la transmisión de la información y la fabricación de los aparatos. Sería el riesgo inverso, quizás menos peligroso, de la parcelación, otra forma de pérdida de referencias comunes, de lenguajes comunes. Y lo vemos en la tensión en el medio electrónico entre todas las tentativas que quieren imponer este modelo hegemónico cultural y lingüístico a partir de la publicación electrónica y del control de los aparatos de su recepción y, por otro lado, esta fragmentación casi infinita entre grupos de discusión, websites... y que se pueden constituir en la resistencia contra la imposición en medios restringidos, anclados, desvinculados...1

No es fácil responder, pero me parece que debemos apoyar, evidentemente, esta resistencia a través del uso libre, gratuito de la red electrónica para la comunicación entre las personas, para la construcción de este espacio público o para la difusión –como lo hacemos ahora- del saber, del conocimiento a través de la red. Debemos pensar que sosteniendo todos estos esfuerzos hay también un riesgo que es el riesgo de pérdida de lo común y aquí todas las mediaciones que se puedan inventar son absolutamente fundamentales, quiero decir, traducciones, pero no únicamente traducciones de una lengua a otra, sino traducciones de un saber a otro, traducciones de una sabiduría a otra, y constituyendo así, en este espacio más o menos protegido, los vínculos, no del hipertexto, sino de la hipercomunicación, de las relaciones entre los protagonistas que utilizan la red informática para comunicar sus opiniones, sus ideas, su saber o su sabiduría.

Pregunta: El mundo electrónico es un medio privilegiado para observar ciertas comunidades culturales y sus prácticas. ¿Es un campo futuro de estudio?

Roger Chartier: Sí, pero sobre la condición de una forma de concertación y me parece que el texto electrónico —al contrario de lo que vemos con los borradores de la escritura o con las huellas de cambios— tiene como una de sus características el hecho de no archivarse por sí mismo, necesita un esfuerzo para su conservación y si no es un texto de lo efímero, de lo móvil, del momento.De ahí presumo una dificultad para pensar lo que es un archivo electrónico, un archivo de textos electrónicos. Me parece que la reflexión está suficientemente desarrollada en el mundo de los archivos, de las bibliotecas, de los investigadores o de los usuarios en relación con esto, porque, como usted lo decía, la idea de una comunicación libre y sustraída a las exigencias de la economía mercantil y capitalista de los multimedia conduce a pensar que este mundo libre no debe estar fijado, vigilado, por cualquier institución que sea. Vigilancia y archivo fueron a menudo vinculados. De esta manera hay aquí un problema intelectual, teórico, ético, y las fuentes que usted propone al historiador de la cultura del siglo XXI o XXII no sé si realmente van a encontrarlas porque como condición previa está la reflexión sobre la conservación del texto electrónico. Durante mucho tiempo esta conservación era imposible porque los nuevos aparatos eran incapaces de leer los formatos de los textos electrónicos previos. Ahora supongo que hay técnicas que pueden evitar esta dificultad, pero lo que falta es la reflexión, es la estrategia, finalmente, de la conservación y es la constitución de archivos, incluso más, de edificios, de una serie de papeles, de dossieres, si no un archivo electrónico, pero me parece un gran desafío para el futuro.

Pregunta: Hay varias iniciativas internacionales en este sentido. Se trata de estabilizar un tipo de documento que muchas veces se acerca más al estado de lo oral, por lo efímero, que al documento escrito.

Roger Chartier: Lo vemos nosotros con nuestro propio e-mail. Supongo que a partir de un cierto momento, la selección en cuanto a los correos que se conservan es muy drástica y algunas veces hay personas que lo borran todo. Aquí, cuando algo se borra es una pérdida para el trabajo histórico. No podemos pensar que todos los correos electrónicos de cada persona, de todo el mundo puedan conservarse. Cómo conciliar la exigencia de la conservación con la necesidad de la desaparición de los megabytes ocupados. Aquí la abundancia, la instantaneidad, la multiplicación de estas formas de comunicación son ambiguas porque, por un lado, pertenecen al mundo de la cultura escrita pero, por otro lado, como usted decía, se utilizan como el teléfono, y de las llamadas telefónicas, salvo por las actuaciones policiales en ciertos regímenes, nada se ha conservado.

Pregunta: ¿Qué diferencia al lector del medio impreso del digital?

Roger Chatier: Hay dos distinciones que nos llevan a pensar que este lector del mundo digital se enfrenta a una noción de contexto muy diferente, porque aquí no se da el contexto, en el sentido primero de la palabra, como los textos que están junto o dentro del mismo texto. Aquí hay una contextualización lógica, una contextualización a partir de los bancos de datos o de los websites en que los textos están presentes. El mismo artículo en un periódico impreso o en un banco de datos de artículos de periódicos muestra inmediatamente la diferencia. Está también la cuestión de la lectura, en cuanto a la postura del cuerpo. Está mas mediatizada, porque el lector no tiene un contacto físico como lo tenía el lector del rollo –que movilizaba todo su cuerpo para leer- o el lector del libro tal como lo conocemos –que puede tener una distancia más grande, pero mantiene la relación física con el objeto-. En la lectura digital está la mediación de la pantalla.

También se dice, y me parece que de manera aguda —ya que aquí reside lo más importante—, que en el mundo de los lectores de la cultura impresa había un sistema de relaciones inmediatas entre los objetos físicos y las clases de textos, un sistema de reconocimiento que inmediatamente distinguía entre la carta manuscrita, la revista impresa, el periódico, el libro, las fichas, el archivo... Un sistema en el que cada forma material de lo escrito se correspondía, más o menos, con una clase de género textual. Y para el lector del texto electrónico, frente a la pantalla, esta diferencia desaparece porque, hasta ahora —no sabemos en el futuro— el único objeto con el que negocia este lector es su computadora, ya sea su e-book, su portátil... pero es la pantalla de una computadora. Y esta pantalla es una superficie que puede recibir y transmitir todos los géneros de textos casi en la misma forma. De ahí me parece que surge una diferencia en cuanto a la percepción de las entidades textuales, de los géneros textuales. Y se ve en el uso de los estudiantes –naturalmente, en los Estados Unidos-; es suficiente para ellos encontrar algo en el mundo de los textos digitales para considerar que este documento tiene autoridad suficiente para transformarse en una cita, en un argumento científico. Se ve que esto es el efecto de la desaparición de una jerarquización de la autoridad de los textos en relación con su género, es decir, en relación con su percepción material. Son transformaciones muy importantes de la posición del lector. Y no solo de esto. Claramente hay la posibilidad de una lectura que no es tan necesariamente lineal y encerrada dentro del objeto que conlleva el texto, como sucede con los libros, en los que si se quiere salir de este objeto se debe tomar otro texto en otro libro. Aquí, como sabemos todos, la posibilidad del hipertexto es la de vincular textos unos con otros, de convocar documentos, fuentes, referencias, imágenes, palabras o sonidos, permitir un tipo de lectura diferente, lo que para los textos de saber, de conocimiento puede conducir, por un lado, a construir de una forma diferente las demostraciones –lógicas, históricas, sociológicas-, y del lado de la lectura puede conducir a un control más agudo, más exigente del lector que encuentra, finalmente, en una gran medida los documentos, los textos, las fuentes, los instrumentos utilizados o analizados por el autor del libro.

Estos me parecen los rasgos más fundamentales, aunque ciertos especialistas del mundo digital, como aquí el profesor Rodríguez de las Heras, de la Universidad Carlos III, piensa que todo esto es una visión anticuada del texto electrónico, que son los elementos más superficiales, y que hay dentro de la textualidad electrónica otras posibilidades que no aparecen tan claramente, pero que pueden transformar totalmente nuestra visión del texto electrónico. No entro en esta discusión, pero me parece que como un inventario clásico, breve, de las diferencias podemos apañarnos con estos criterios: contexto, materialidad de la obra, postura de lectura e hipertexto.

 

Los nuevos historiadores españoles.

Pregunta: En los últimos años ha habido una labor suya de apoyo a jóvenes historiadores españoles, que tienen en usted un referente intelectual, a través de la escritura de los prólogos de sus obras.

Roger Chartier: Mi idea sería publicar un libro con prólogo de los prólogos, pero Borges ya lo hizo y no puedo hacerlo. No soy hispanista; no trabajo –solo recientemente, marginalmente- sobre textos españoles... Un poco Gracián, la comedia y, por supuesto, Cervantes, como cada uno, pero no, no soy hispanista ni historiador de la literatura española. Pero, al mismo tiempo, siempre me ha llamado la atención la importancia y, se podría decir, la novedad de las investigaciones desarrolladas aquí y que fuera del medio de los que se dedican a la literatura y la historia de España -en Francia, en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania- no son conocidas por la diferencia de lenguas, por la imposibilidad de leer fácilmente el español, por la dificultad de circulación de los libros, por el hecho de que a menudo son jóvenes investigadores no conocidos ni reconocidos, y siempre me ha parecido una terrible lástima que, en un cierto sentido, repite el conocimiento débil de la literatura española, inclusive la del Siglo de Oro, dentro del marco de la literatura europea. Si alguien cita a Shakespeare, todos puede reaccionar; si se cita a Calderón, no se puede negar, hay una distancia más grande para muchos públicos fuera de España. Y siempre me ha parecido que, por un lado, la literatura española del Siglo de Oro era la literatura en la que se había construido una reflexión, quizá la más aguda de su tiempo en la literatura europea, sobre nuestros temas: escribir, publicar, leer, escuchar. Esta literatura tiene como objeto, finalmente, la cuestión de Sartre: ¿qué es la literatura? Pero qué es la literatura no únicamente en términos estéticos o de artes poéticas, sino en términos concretos de cómo circula una obra, cuáles son los públicos destinatarios, cómo se debe escribir para lograr el gusto del vulgo. De ahí un primer interés fundamental que siempre había mantenido con el mundo hispánico a través de esta literatura, que me parece que hace de la producción, de la transmisión y de la apropiación de los textos su objeto fundamental, inclusive cuando la intriga es completamente diferente. ¡Y hay muchos prólogos en las obras del Siglo de Oro y algunas veces dos, para el vulgo y para el discreto!

Aparte de esto, siempre me interesó, especialmente en los últimos años, el trabajo de los historiadores españoles o de los historiadores de la literatura española porque en este trabajo reconocía más que en otros -particularmente los franceses- el proyecto que hemos empezado, es decir, sea del lado de la historia acercarse a los textos, sea del lado de la crítica literaria acercarse a las condiciones de su producción –la Corte, el mecenazgo, el mercado- o a las formas de transmisión y recepción. Y de ahí mi interés por la escritura de prólogos para estos libros que parecen situarse exactamente en esta perspectiva histórica. Así sucede con el libro de Manuel Peña, que se ocupa de una forma clásica de la circulación de las obras –La Celestina, Lazarillo, Pedro Mexía, Guevara...- o al revés, que a partir de una reflexión sobre la producción estética se acercan a las representaciones colectivas, como el libro de Fernando Bouza2. Creo que son dos buenos ejemplos entre otros muchos.

 

La situación de la edición universitaria.

Estamos llegando al final. Pregunto a Roger Chartier cuál es la situación de la edición universitaria en Francia. —¡Mala!—me responde sin dudar, y el gesto acompaña a su rotunda afirmación. Lo sabe de primera mano. Le ha sido encargada por una comisión del Ministerio de Educación una investigación sobre la situación del libro en las áreas de Humanidades y Ciencias Sociales.

La edición universitaria ha quedado mayoritariamente en manos privadas y el primer efecto, nos dice, ha sido la reducción de títulos y tiradas. También se han abandonado las traducciones de libros en otros idiomas y la preferencia de los editores se decanta hacia los manuales y los diccionarios. Le comento que es el mismo proceso que se está dando en España en el sector.

—Sí, con algunas excepciones —me dice—, es el proceso general.

Esto ha llevado a que se planteen la utilización de la edición electrónica como alternativa a esta situación restrictiva de la publicación científica.

—No es la única solución; también estamos barajando las posibilidades de la edición bajo demanda y la tirada de las primeras ediciones directamente en libro de bolsillo.

Cuando han analizado las causas de esta situación regresiva han comprobado la existencia de dos elementos principales. El primero es el retroceso de los niveles de lectura en los grupos de "grandes lectores", los comprendidos entre los 15-19 años y los de 20-25. El otro factor explicativo, añade, es la producción excesiva de malos libros, que ha creado una distancia con los buenos textos. Según parece, los malos libros desmotivan o dificultan la lectura de los buenos libros. Acostumbrados a lo fácil, los lectores encuentran más dificultad al enfrentarse a textos con un mayor grado de complejidad. Todo esto, dice Chartier, es el resultado de las estrategias editoriales erróneas.

Le pregunto sobre las salidas a esta situación. En el estudio han hecho una serie de recomendaciones que Roger Chartier me resume. "—Lo principal es restablecer el libro como instrumento fundamental de la práctica universitaria. Hay que volver a situar al libro en el centro de la educación: leerlo, comentarlo en las aulas, analizarlo..." También es necesaria una reflexión colectiva sobre la edición electrónica: ¿Cómo se organiza ese mundo disperso? ¿Cuáles son los parámetros para medir su autoridad? ¿Qué filtros garantizan la calidad de las ediciones?... Todos estos aspectos han de ser tenidos en cuenta para que se introduzca con efectividad en el ámbito universitario. Por último, a los poderes públicos hay que pedirles actuaciones sobre los precios de los libros, la fiscalidad, el precio único, la creación de redes de librerías cercanas a las Universidades, etc.

Nuestro tiempo se ha terminado y Roger Chartier debe partir a la sesión de la tarde del seminario. Hemos sobrepasado el tiempo que habíamos calculado. Creo que ninguno de los dos lo hemos lamentado. "Ayer hablé; esta mañana también. Esta tarde me toca escuchar", me dice sonriendo.

Notas:

  1. Chartier alude en este momento a parte del diálogo mantenido el día anterior, tras su conferencia en la Facultad de Ciencias de la Información, sobre los intentos empresariales de llevar la publicación electrónica hacia dispositivos lectores aislados, como el e-book, por ejemplo, para evitar la apertura característica de la Red, hecho que se planteó en el coloquio.

  2. En Espéculo hemos dedicado espacio a estos dos historiadores a los que hace referencia Chartier. Pueden verse: 1) Manuel Peña Díaz, Cataluña en el Renacimiento: libros y lenguas Espéculo nº 6; 2) Manuel Peña Díaz: El laberinto de los libros. Historia cultural de la Barcelona del Quinientos Espéculo nº 7; 3) La entrevista con Fernando Bouza, Espéculo nº 12, con motivo de la aparición de su obra Imagen y propaganda. Capítulos de la historia cultural del reinado de Felipe II (1998) y su edición de las Cartas de Felipe II a sus hijas (1998). En este mismo número de la revista se incluye la noticia de la aparición de otra de sus obras: Comunicación, conocimiento y memoria en la España de los siglos XVI y XVII (1999)

 

© Joaquín Mª Aguirre 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/chartier.html