Hernández declara la inmortalidad del Poema

 

Fernando Sorrentino (*)

 

el cantar mi gloria labra
Martín Fierro, I, i, 39

 

   

En apariencia, la técnica narrativa del Martín Fierro correspondería a la del diálogo teatral.

A) En El gaucho Martín Fierro (1872) la narración está puesta en boca de dos personajes, a los que llamaremos 1) y 2):

1) Martín Fierro (cantos I-IX y XIII).

2) Cruz (cantos X-XII).

1) Martín Fierro (canto XIII).

B) En La vuelta de Martín Fierro (1879) esa forma de discurso directo se desarrolla en las voces de cinco personajes, a los que llamaremos 1), 2), 3), 4) y 5):

1) Martín Fierro (cantos I-XI).

2) El Hijo Mayor (canto XII).

3) El Hijo Segundo (cantos XIII-XIX).

4) Picardía (cantos XXI-XXVIII).

1) Martín Fierro y 5) el Moreno, alternadamente (canto XXX).

1) Martín Fierro (canto XXXII).

En esta estructura cuasiteatral interviene en varias ocasiones un narrador omnisciente que emplea también la lengua gauchesca y a quien debemos identificar, sin ninguna duda, con el propio José Hernández. Tales intervenciones se producen en los siguientes pasajes:

A) El gaucho Martín Fierro :

Canto XIII, versos 2269-2316: "En este punto el cantor […]".

B) La vuelta de Martín Fierro:

Canto XVI, versos 2451-2474: "Dice el refrán que en la tropa […]".

Canto XX: "Martín Fierro y sus dos hijos […]".

Canto XXIX: "Esto contó Picardía […]".

Canto XXXI: "Y después de estas palabras […]".

Canto XXXIII: "Después, a los cuatro vientos […]".

Sin embargo, tras un examen algo más atento, resulta obvio que el narrador omnisciente José Hernández es, desde el principio, quien lleva el hilo del relato, tal como ocurre, por ejemplo, en una novela que comience con un diálogo sin acotaciones. Que la primera acotación narrativa se produzca sólo después de 2268 versos no torna el hecho menos válido que si ocurriera en el verso 1.

En 1879, Hernández entrega "a la benevolencia pública, con el título La vuelta de Martín Fierro, la segunda parte de una obra que ha tenido una acogida tan generosa, que en seis años se han repetido once ediciones con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares". Estas precisiones estadísticas pueden llevarnos al engaño de suponer que Hernández está confundiendo el éxito comercial con la gloria literaria. Pero los variadísimos méritos del Poema mismo nos revelan que (en razón, precisamente, de su inteligencia superior, de su vastedad de recursos estilísticos, de su ironía y de su escepticismo) Hernández no creería que —parafraseo y tergiverso cierta sutileza de Borges— el comercio fuera un género literario (tal como es considerada hoy la narrativa por los infraescribidores que redactan best-sellers).

Claro que no son, ni pueden ser, los crasos números los que llevan a Hernández a esta exaltación. No: su entusiasmo no es un entusiasmo mercantil sino un entusiasmo noble y tiene su origen en la mágica intuición del creador de genio: Hernández ha adquirido la exacta certidumbre de su inmortalidad literaria.

Acaba de terminar La vuelta de Martín Fierro, y, con toda razón, se halla satisfecho de su obra y siente la alegría que experimenta el creador de belleza.

Las preocupaciones sociales, el encono político, cierto saludable mal humor que lo impulsaron a escribir El gaucho Martín Fierro ahora han pasado a segundo, tercero o cuarto plano. Hernández acaba de descubrir que es dueño del maravilloso don de la creación literaria; más aún, se ha dado cuenta de que su capacidad narrativa y poética posee dimensiones enormes. ¿Por qué, entonces, limitarse a la sola protesta social en torno de un solo personaje, cuando él está en condiciones de llenar un libro con muchas peripecias (trágicas, amables, risueñas, profundas, cómicas, amargas) y con bastantes personajes (con distintas psicologías, con riqueza de matices, con contradicciones, con fingimientos, con reticencias)? Y, entonces, olvidado de aquellas cuitas (importantes en un pequeñísimo momento de la vida, pero insignificantes en el transcurrir general de la historia), comprende que, al fin y al cabo, la protesta social es sólo un atributo, un ingrediente más que sirve para sazonar, en un sentido o en otro, la esencia de su labor: de su labor literaria.

El resultado de esta iluminación es La vuelta de Martín Fierro, que no es sino una magistral novela en verso; una novela que, según los casos más ilustres (por ejemplo, Cervantes o Dickens), abunda en anécdotas vívidas y verosímiles, interesantes en el más íntimo sentido de la palabra.

Hernández conoce ahora quién es. Comprende la magnitud de lo que acaba de realizar y sabe que sus límites no son estrechos. No puede menos que estar contento y orgulloso de sí mismo.

Esta actitud exultante se manifiesta en varios pasajes del último canto (el XXXIII) de la Vuelta, y todo este canto, como sabemos, no está puesto en boca de un personaje sino en labios del propio Hernández:

no se ha de llover el rancho
en donde este libro esté.
(4857-4858)

Y, si la vida me falta,
ténganlo todos por cierto
que el gaucho, hasta en el desierto,
sentirá en tal ocasión
tristeza en el corazón
al saber que yo estoy muerto.
Pues son mis dichas desdichas
las de todos mis hermanos;
ellos guardarán ufanos
en su corazón mi historia;
me tendrán en su memoria
para siempre mis paisanos.
(4871-4882)

Préstese especial atención a tan taxativa profecía: me tendrán en su memoria para siempre mis paisanos. ¡Qué alegría de haber creado, qué certeza de eternidad!

Sin embargo, las declaraciones más curiosas y significativas se hallan, no en el canto XXXIII (que cierra el libro), sino en el canto I de la Vuelta. Quien habla allí es Martín Fierro, el personaje; no José Hernández, el autor. Desde un punto de vista estrictamente literario, podemos señalar que Hernández ha cometido un error al atribuir a su gaucho (personaje que está dentro de la obra) las palabras que pertenecían a su opinión de autor (que está fuera de la obra y, por ende, funcionan como el juicio de cualquier crítico o lector); es decir, quizás Hernández se ha descuidado y no ha advertido la incongruencia de que Martín Fierro hable, no como personaje, sino como autor del libro.

Tal cosa es posible. Pero me parece más probable que dicha incongruencia haya sido notada por Hernández —¿cómo no iba a notarla?— y que, no obstante, la haya incluido, simplemente, porque un impulso poético (o un impulso vital) lo llevó a hacerlo. También pudo resultar decisiva la muy respetable razón literaria de la real gana, que suele culminar en recordables aciertos.

Como se ha dicho, en ese canto I de la Vuelta los versos están en boca de Martín Fierro.1 Pero, entonces, ¿por qué habla Martín Fierro como si él fuera el autor del libro? Un autor, por otra parte, muy orgulloso y muy consciente de los extraordinarios méritos de su obra.

Dice (versos 73-78):

Lo que pinta este pincel
ni el tiempo lo ha de borrar;
ninguno se ha de animar
a corregirme la plana;
no pinta quien tiene gana
sinó quien sabe pintar.

Y luego (versos 91-96):

Y el que me quiera enmendar
mucho tiene que saber;
tiene mucho que aprender
el que me sepa escuchar;
tiene mucho que rumiar
el que me quiera entender.

Y después de ésta viene la estrofa que es la síntesis y la clave de la certeza que Hernández tenía de su gloria literaria. En los dos versos finales de esta sextina nos dice que la afirmación recién formulada —acaso vanidosa— ha sido, sin embargo, fruto de una larga reflexión ("Mucho ha habido que mascar / para echar esta bravata").

Pues, previa y súbitamente, Hernández ha arrojado a un segundo plano el contenido social e histórico del Poema y ha intuido que aquél no será ya lo sustantivo sino sólo un mero atributo de su inmortalidad. El autor no lo sugiere ni lo da a entender; lo dice con todas las letras y de un modo inequívoco: morirá José Hernández, morirán sus lectores contemporáneos y morirán sus lectores futuros, concluirán las injusticias denunciadas… y el poema seguirá viviendo para siempre, independiente y más allá de las circunstancias que le dieron origen, ahora como única e irrepetible obra de arte (versos 97-100):

Más que yo y cuantos me oigan,
más que las cosas que tratan,
más que lo que ellos relatan,
mis cantos han de durar.

Esta sentencia del vate (en sus dos acepciones: poeta y profeta) se ha cumplido rigurosamente: el Martín Fierro ha sobrevivido a su autor, a sus lectores y a sus propios episodios.

En Buenos Aires, mi ciudad natal, he leído y releído, siempre con desinteresado placer, el Martín Fierro, procurando ser digno del consejo de su autor ("tiene mucho que aprender / el que me sepa escuchar; / tiene mucho que rumiar / el que me quiera entender").

No sé si, en términos literarios, un lapso de algo más de cien años significa para siempre. Pero estamos en el año 2000 y, según indica la experiencia, creo que —compatriota como soy de José Hernández— puedo suscribir como indudablemente verdaderos estos valerosos versos:

ellos guardarán ufanos
en su corazón mi historia;
me tendrán en su memoria
para siempre mis paisanos.

Fernando Sorrentino
Buenos Aires, mayo de 2000


Nota:

  1. Adviértase, de paso, que, en ninguno de los versos citados (tanto los que recita "Martín Fierro" como los que dice "Hernández"), podemos hallar ni siquiera un solo rasgo lingüístico del habla gauchesca (con la dudosa excepción -muy difundida en la lengua oral de toda la Argentina- de la conjunción sino con la forma aguda sinó): el vocabulario, la morfología y la sintaxis son los habituales del estilo literario llano del español.


(*) El siguiente artículo, ahora ampliado y mejorado, se publicó por primera vez en La Prensa, Buenos Aires, 22 de noviembre de 1981.

 

© Fernando Sorrentino 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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