"MANUELA": PROBLEMAS POLÍTICO–SOCIALES
EN EL MOVIMIENTO DE TRANSICIÓN
LITERARIA EN COLOMBIA

 

Nubia Amparo Ortiz Guerrero


  

La novela, fundamentalmente la costumbrista y realista, coadyuva a pintar magistralmente las costumbres o caracteres locales de conjunto de poblaciones y provincias, en donde el tiempo parece que se detiene tornándose indefinido, y que viven un tanto al margen de los vaivenes y dinámica del progreso; el que si en alguna forma se manifiesta, permite que esas costumbres muy particulares contribuyan a enriquecer la personalidad histórica de una nación o sociedad determinada.

 Oscar Gerardo Ramos, refiriéndose a la novela del siglo XIX, nos dice que el narrador era ante todo un cronista que aspiraba a resaltar con precisión el mundo circundante; así le añade perfiles imaginarios, consigna su testimonio, describe costumbres que desaparecen, critica aquellas que perduran sin validez, para ayudar a su abolición a exaltar los méritos para enriquecer la tradición. En su hora, faltaban sociólogos y antropólogos y él se apresuró a reemplazarlos. El mismo Eugenio Díaz considera que los artículos de costumbres son el suplemento de la historia de los pueblos.

 Pero, en esencia, ¿hasta qué medida podemos hallar acercamiento entre historia y novela y qué diferencias existen entre la historia que ambos géneros narran y la conexión que tienen con la realidad?

 Indudablemente tienen relaciones y también distancias; el fundamento en ambas es contar historias en donde generalmente se relatan manifestaciones de la realidad humana (Una excepción pueden ser las novelas de ciencia-ficción); en ambos casos, puede hacerse necesario recoger información, evaluar y comparar situaciones, aunque, sin lugar a dudas, para la historia estas son una necesidad inexorable más no es así para la novela.

 Dentro de las distancias encontramos cómo la novela no tiene rigurosamente que ser verdadera, y sus construcciones pueden tener un carácter imaginario; mientras que en la historia, la narración de hechos verdaderos en su finalidad básica y su carácter científico le impone ciertos rigores como heurística, hermenéutica y finalmente la interpretación y el análisis.

 Pero no hay que olvidar que la novela es escrita por personas que reflejan en una forma u otra, la realidad social individual o de grupo, y si bien no se trata de una narración histórica o de costumbres, el autor deja de ver la imagen o el ideal que se forja de la sociedad donde se desenvuelve. De ahí que este tipo de creación sea una fuente histórica de carácter supletorio, mucho más si se trata de la novela histórica que se nutre de los relatos mismos de la historia y los enriquece y amplia con la información que suministra en conocimientos históricos.

En lo referente a la importancia de la novela como documento histórico, es preciso tener en cuenta el carácter del mensaje expresado, al que puede ir encaminando, desde un ángulo a señalar bajo la óptica del novelista, una problemática real que existe; en otro caso, el autor nos puede presentar cuadros que no obstante manifiestan cierto realismo; él pretende, fundamentalmente mostrar un ideal, es decir, no representar un mundo real y concreto, sino la imagen subjetiva en un ámbito objetivo; la búsqueda del modelo, de la perfección, la plenitud de las aspiraciones de lo que el escritor cree que debe ser. En síntesis, son las representaciones de ese mundo que se añora del que en verdad vive.

 Sin embargo las dos visiones son producto de las condiciones socio - históricas en que vive el novelista tanto imágenes como ideales y símbolos están mediatizados por el complejo tejido de vivencias, creencias e ideologías que caracterizan su mundo circundante. No obstante, cabe anotar como, no siempre una imagen predominante recoge toda la gama de concreciones reales, y no siempre existe una relación directa entre una realidad y la imagen más persistente. De acuerdo con George Duby, señalamos cómo en una sociedad pueden coexistir varios sistemas de representaciones que responden a la existencia de una gama de niveles o planes de la cultura. En el caso de las ideologías populares, es necesario resaltar que, generalmente, no cuentan con instrumentos culturales capaces de traducir en formas duraderas una visión del mundo, y solo perduran en forma significativa las ideologías que responden a los intereses y a las esperanzas de las clases dirigentes.

 Cabe señalar cómo, por más realista que sea una novela, no encontraremos en ella una visión neutra y objetiva del mundo, que responde a un mero registro alejado de toda deformación subjetiva; no hay que perder de vista que la realidad que el mundo nos ofrece es la de una imagen siempre personal sujeta a percepciones individuales y apreciaciones subjetivas.

 Para nuestra investigación se ha seleccionado la obra de Eugenio Díaz Castro titulada: MANUELA, cuya publicación sucede casi a finales del siglo XIX. Fue la primera novela colombiana que se publica en un diario o periódico de circulación nacional como fue EL MOSAICO. A partir de esta edición se harán todos los estudios y análisis de los ideologemas propuestos.

 Es necesario rescatar y dar la importancia debida al gran aporte que hizo don Eugenio Díaz Castro a la literatura colombiana. Es hora de recordar las elocuentes palabras de Rafael Maya cuando al cumplirse el centenario de la muerte de don Eugenio Díaz Castro dijo:

"De ese barro que habían pisado sus pies, a la orilla de los ríos, en las quiebras de la cordillera o en los patios de las haciendas; de ese barro alimentado con detritos de bestias y de pájaros, henchido con descomposición de hojas y de troncos y revueltos, también, con partículas de minerales preciosos; de ese barro primordial, activo y germinante, modeló don Eugenio Díaz a los personajes de su novela; y después de haber soplado sobre ellos, para infundirles vida perdurable, los puso a andar por los caminos de América. Esa fue la primera avanzada que mandó Colombia, hace más de cien años, para rescatar el espíritu del Continente"

 

  IDEOLOGÍA Y LITERATURA

 Michel Pecheux y John Beverley, nos dicen que las "ideologías no están hechas de ideas sino de prácticas", plantean que la literatura constituye una práctica ideológica especifica, con sugerencias sobre las tareas de la crítica literaria, particularmente en el contexto latinoamericano.

 Dice Althusser que la función de la ideología, consiste en la "interpelación del individuo en sujeto", a través de "la representación de una relación imaginaria entre el individuo y sus condiciones reales de existencia". Es interesante señalar que una relación imaginaria, no significa decir irreal; involucra más bien el concepto lacaniano de lo imaginario como un orden o estado psíquico, previo al lenguaje y a la formación de una identidad clara, donde el individuo desarrolla un sentido de sí mismo como sujeto.

 El trabajo ideológico consiste en producir, en articular sujetos con identidades coherentes de género, clase, etnia, nacionalidad, apropiadas a un lugar y dentro de un orden social concreto.

 En toda sociedad, el lenguaje es el sistema simbólico principal a través del cual los seres humanos que la componen representan su relación con las normas y los proyectos de la colectividad.

 Esto lleva a afirmar que, el terreno de la interpretación ideológica es esencialmente, aunque no exclusivamente: el discurso. La literatura, como una práctica discursiva especial, es en las sociedades donde se ha desarrollado, una práctica ideológica por excelencia. Francoise Perus, al respecto plantea:

 "Sin duda, el desarrollo material de la sociedad se acompaña necesariamente de una creciente división y especialización del trabajo material e intelectual, que reediten las formas de aprehensión y representación de la realidad, y las distintas esferas de aplicación del saber. Pero la literatura, que no es propiamente un saber, sino una práctica especifica en la ideología, situada al nivel de lo vivido, sentido y percibido, no participa de la misma manera que las distintas disciplinas científicas de la creciente división social del trabajo intelectual..."

 El concepto de ideología y práctica ideológica, desarrollada por Althusser y que acabamos de bosquejar, permite conceptualizar de diferente manera la relación entre arte e ideología.

 Si la ideología es lo que constituye el sujeto con relación a lo real, entonces el campo de la ideología no se limita a cierta visión del mundo o programa político o forma de conciencia enajenada como la religión, sino abarca el conjunto de prácticas de significación social: es decir, la cultura.

 Desde el punto de vista de la ciencia, cualquier ideología comprende una estructura de equivocación análoga a la idea lacaniana de la etapa-espejo en la formación de la psique. Sin embargo, un sujeto individual o colectivo toma conciencia de sí mismo como tal, solamente a través de un continuo proceso de interpelación. En otras palabras, la ideología es la condición de toda práctica social y toda práctica social es una práctica en una ideología.

 En relación con esta noción de verdad para el sujeto y la paralela problemática de la ideología, Etienne Balibar y Pierre Nacherey han desarrollado el concepto de un efecto de realidad o pseudo-real en la representación literaria.

 Según ellos, un texto literario —una ficción en el sentido genérico que confiere Borges a esta palabra lejos de reflejar lo real de la sociedad y la historia (como la epistemología mimética de Luckas, por ejemplo)— da más bien una sensación de lo real, mediatizada por el deseo.

El texto literario en su materialidad articula un espacio social ficticio, imaginario –como en el caso más explícito de la utopía literaria, una sociedad imaginaria– es capaz de producir en el lector sensaciones de nostalgia, bienestar, asco, temor, peligro, odio, etc. por ejemplo, a través de, entre otras muchas formas de significación literaria, la identificación del lector con el héroe. La literatura es una forma de experimentar lo real y confirma o problematiza la relación del sujeto con lo real.

 Lo que Jean Franco ha escrito, con respecto al Macondo de Gabriel García Márquez –ficción, como se sabe, que funciona como una condensación simbólica de la historia y la sociedad latinoamericana– quizá pueda ayudar a aclarar o por lo menos concretizar el uso del concepto de un imaginario social literario. Ella señala que, en García Márquez, tanto como en la novela del boom en general, se duplica el concepto cultural del autor.

Esto equivale a decir que la narrativa de García Márquez no es la representación de la realidad histórica y social de América Latina (es o ha sido algo que sería el objeto de estudio de las ciencias sociales), sino más bien la representación de la realidad de esas identificaciones imaginarias, a través de las cuales se ha, vivido y sentido esa realidad. Un texto como Cien Años de Soledad, no sólo es una representación dentro de la ideología –un imaginario social– que presenta una manera de percibir o sentir el pasado histórico y el potencial de América Latina en su etapa de liberación nacional.

 En su momento histórico de origen, los textos que componen el canon literario (tanto como el mismo canon como institución cultural) tienen una pertenencia de clase y aseguran las condiciones de dominación social. Parte de la tarea de la sociocrítica ha sido demostrar precisamente esa determinación social de la forma literaria negada como posibilidad por el formalismo.

 Pero, ¿por qué? ¿Con qué visión estratégica de la relación entre literatura, crítica literaria y política de masas? Volvamos al problema de la distinción entre arte e ideología con la cual comenzamos. Si como sugerimos, esta distinción carece de rigor, sin embargo, puede tener un valor coyuntural en ciertas circunstancias: precisamente, como ideología.

 Estamos conscientes de la validez de la observación de Walter Benjamin acerca de que, todo documento de la civilización es también un documento de la barbarie.

 La literatura es, al menos en la forma en que se presenta como institución social, un fenómeno determinado por la lucha ideológica burguesa contra la cultura feudal o precapitalista. Su generalización como forma cultural en el mundo moderno depende, entre otras cosas, de su utilidad ideológica como sucedáneo secular de las formas discursivas de la religión o la narración oral épico-mítica; la teología de la imprenta y el advenimiento.

 Aunque sea parte de la ideología de lo literario concebir a la literatura como un modo de expresión universal, aquello que la literatura interpela no es él género humano o la nación o el pueblo, sino más bien al público lector: Es decir, en toda sociedad de clases, las llamadas clases educadas. Como se sabe, en muchos países éstas son una fracción muy pequeña de la población, dados los problemas de analfabetismo o alfabetización parcial y a veces la falta de desarrollo o institucionalización de la misma literatura nacional.

Sin embargo esto no quiere decir que carecen de importancia. Las clases educadas presentan una gama de posiciones socioculturales contradictorias que pueden ser movilizadas a favor o en contra de un proyecto político concreto. Para Gramsci, uno de los terrenos de la constitución de lo nacional-popular, como forma de hegemonía, es precisamente la literatura.

 Como se sabe, en muchos países de América Latina, para estudiantes, profesores, profesionales y técnicos de todo tipo y para algunos fracciones de la burguesía nacional, no existe siempre una identidad de intereses con el Estado oligárquico dependiente, representado en su forma más característica, aunque no única, por la dictadura militar, mostrando la incapacidad de dicho Estado para llevar adelante un proyecto de Estado Nación.

 En este contexto, la articulación diferencial de un interés nacional-popular antioligárquico puede tomar la forma de una creencia que el bloque de poder dominante no permite o es incapaz de adelantar, el desarrollo pleno de la cultura, tanto en las formas elitistas (bellas artes, poesía, literatura, educación universitaria) como en las populares (lenguas y culturas indígenas o minoritarias, fiestas y otras tradiciones populares).

 La máxima eficacia política se consigue precisamente, con la caracterización de la misma oligarquía como filistea. Lo estético en sí, a diferencia de su carácter generalmente afirmativo dentro de una situación de normalidad burguesa, agudiza un sentimiento de desacuerdo con el status quo nacional y sirve como estímulo y contexto a la vez para una concienciación personal y política.

 De allí, la función de la poesía o de la canción en el compromiso revolucionario de los movimientos sociales latinoamericanos a través de la historia, cuyos ejemplos recientes son el sandinismo y las organizaciones populares salvadoreñas.

 No se trata de averiguar la presencia de una conciencia social en la poesía, como un elemento –positivo o negativo- de su eficacia estética, como sería el caso de los poetas Roque Dalton y Ernesto Cardenal.

 El problema es entender cómo se condiciona el éxito o fracaso estético de su poesía, con la eficacia política para organizar y alentar el movimiento revolucionario en sus países. En otras palabras, su compromiso en la producción de una literatura de partido, para acudir a un concepto de Lenin, con la salvedad de que, tanto el partido como la literatura, van a ser distintos de aquellos tradicionalmente asociados con el leninismo.

 Insistir en la importancia de las prácticas artísticas y críticas, dentro de un proceso de movilización política no quiere decir que todas o cualquiera de ellas sean iguales.

 La literatura como idea o institución ha tenido un valor ideológico especial en América Latina: v.g. la función del barroco literario, como signo de una autoridad metropolitana en la Colonia (el dominio de la escritura era algo que distinguía al colonizador de las masas indígenas conquistadas), pero también fue el modo de expresión para la naciente conciencia criolla. El papel del escritor liberal-romántico durante la guerra de independencia, como una especie de conductor de pueblos, capaz de informar a través de su retórica, los procesos de liberación y formación nacional.

 El cultivo del esteticismo y de la poesía en particular, por los intelectuales orgánicos de la oligarquía terrateniente desplazada por el imperialismo primero inglés o francés y luego yanqui, a fines del siglo XIX (fenómeno que ha estudiado Francoise Perus en su libro Literatura y sociedad en América Latina: el modernismo) o la idea del escritor genial como foco simbólico de la voluntad nacional y por lo tanto posible candidato presidencial (Sarmiento, Gallegos, Neruda, la siempre discutida y postergada candidatura de García Márquez en Colombia, etc.).

 En sociedades donde, a causa de un desarrollo cultural y pedagógico desigual, el analfabetismo está muy extendido, la poesía y la retórica política tienen la virtud de presentarse a la transmisión oral. Al mismo tiempo, incluso ante la población analfabeta o aquellos que tienen un limitado acceso a la literatura culta, se le atribuye al escritor y a la literatura un aura de autoridad y carisma.

 Sergio Ramírez, novelista y expresidente del gobierno sandinista, observa por ejemplo que la figura de Dario "siempre estuvo en el alma popular nicaragüense, como un gran orgullo intuido e incomprendido, un genio de hazañas ignoradas, que venía de lejos vencedor de la muerte y triunfaba sobre cualquier otro genio, como señor de los ingenios, versificador infinito y fabricador de rimas imposibles, porque la poesía como tal, y la inspiración, son valores frente a los que rinde su admiración sin límites este pueblo".

 En un sentido más directamente político, el letrado como líder revolucionario, es parte de una larga e importante tradición en América Latina que va desde Tupac Amaru, el Padre Hidalgo, hasta Fidel Castro. Su figura y/o su obra constituyen un significante ideológico donde la iletrada voz del pueblo puede convertirse o encontrarse a sí misma reflejada, en un discurso de poder equivalente y por lo tanto capaz de desplazar, la cultura oficial de las clases dominantes.

 Se escogió como tema de investigación, el aspecto de la sociocrítica en la narrativa Colombiana. El enfoque puede ser desde el estudio de la organización política, de la economía, de la evolución histórica del país o del aspecto religioso. Es en la narrativa colombiana y en casi toda la de América Latina, donde se brinda un testimonio inmediato.

 Al respecto son muy claros los planteamientos de Fernand Braudel, cuando manifiesta que, para tener un conocimiento personal de América, se tiene que leer su admirable literatura, la cual es directa, ingenua y decididamente comprometida: permite hacer miles de viajes con la imaginación y su testimonio es de una claridad tal que supera a todo lo que los reportajes, los estudios sociológicos, geográficos e históricos pueden ofrecernos.

 La narrativa europea ofrece también un valor testimonial; pero la sociedad en que nace tiene el grado tal de complejidad que no puede ser totalmente significativa de la realidad social.

 Román López Támes plantea que en Colombia como en toda Iberoamérica, Argentina sería una excepción por razón de evolución histórica, clima y población la novela denuncia su raíz en la épica, dimensión ya diluida en el largo camino de la historia europea

 "Podría decirse que las obras de Gallegos, Rivera, Carpentier, Asturias o García Márquez tienen una función social, perdida en los países de larga tradición cultural, una tendencia a ofrecer un mundo en su plenitud y señalar los lineamientos de la colectividad que nace en balbuceos, ofrecer modelos de conducta o rechazos, horizontes de valores morales. Porque la narrativa colombiana insiste en temas que se repiten obsesivamente como en relatos épicos y traslucen una pretensión testimonial y didáctica"

 En Europa hay tal pluralidad de status y roles, que hacen múltiples los mundos de la novela, cada vez más lejos de su fuente y necesidad de ser en la épica. García Gual recuerda que Hegel consideraba la novela como la moderna epopeya burguesa en una sociedad prosaicamente organizada.

 En Colombia, más bien en toda América, tan multiétnica y pluricultural existe, una necesidad común: "Perfilar su fisonomía, crear el hombre americano mestizo y ofrecer a los que detentan el monopolio de la historia un repertorio de logros culturales originales. Podemos anotar de esto que el continente recién nacido posee como un aliento épico y que la narrativa es participe de cosmogonías, leyendas y fundaciones míticas. Lukacs lo plantea: "¡Bienaventurados los tiempos que pueden leer en el cielo estrellado el mapa de los caminos que le están abiertos y que se ve seguir por la luz de las estrellas! Para ellos todo es nuevo y no obstante familiar"

 Pero todo esto se vislumbra como imposible. Ya sea en Colombia o en cualquier país de América Latina, lo que se desea es construir una vida propia, sin paradigmas eurocentristas o yanquis, donde todo parece desencantado. Los latinoamericanos, aparte de los colombo-mexicanos deben mirar y abrir bien los ojos al entorno e iniciar un camino propio. Entre los factores de la lenta adquisición de la toma de conciencia y de construcción de morada histórica, el principal es el crecimiento demográfico en un cruce racial incesante.

 Quizás sea Colombia, el países que está más cerca del concepto vasconceliano de la raza cósmica, triétnica, distinta del indio, del negro y del blanco. Este hombre nuevo tiene en su textura nerviosa, aún no sedimentada, tres concepciones del mundo, que son a su vez interpretaciones míticas. Es el abuelo blanco y el abuelo negro de Guillén, el quechua que habla por la boca de Arguedas. Observar este proceso es como asistir, si privilegiadamente pudiéramos, al nacimiento del mestizo romano-germano-árabe.

 El mestizo americano se manifiesta con narraciones que tienen vigor y la ingenuidad normativa de la epopeya y con el lenguaje directo o alegato, de la difícilmente llamada novela de la denuncia social. Rulfo y sus luvinas en busca afanosa de los pasos perdidos de todas las mitologias, hasta llegar al embrión de lo americano. García Márquez cree que ha llegado el momento de contar o narrar muchas, pero aquí cabe preguntarse si es que antes los escritores no lo hacían.

 Analizar la relación existente entre las dos realidades, esto es, la sociedad y la obra de ficción, constituye el primer objetivo de esta investigación. Viene una gran interrogante, ¿es la novela un mero trasunto de la vida?. El lema de la sociología literaria es la naturaleza del mundo logrado y coherente y su vinculación con el entorno, es uno de los más citados. El autor toma de la vida o lo que es lo mismo de la realidad social, que a su vez está condicionada y se condiciona por la lengua, el sistema que le impone en última instancia una forma de concebir el mundo.

Goldmann, dice: "Creo, en efecto, que tratar de comprender la creación cultural al margen de la vida global de la sociedad en que se desarrolla es una empresa tan inútil como tratar de arrancar, no provisionalmente y por necesidades de estudio, sino de una manera fundamental y duradera, la palabra a la frase o la frase al discurso"

 Al pretender usar la narrativa, como medio de conocimiento de la realidad social colombiana, no se descartan los aportes brindados por la sociología. La narrativa tiene un tiempo determinado y brinda aspectos políticos, sociales, históricos, de toda una comunidad. El objetivo es sumar o vincular ambas dimensiones: La obra como logro formal y estético y su vinculación con una realidad social, es una pretensión difícilmente alcanzada. Una sociología de la novela, estudia el origen social del escritor, su sostenimiento económico y el trasfondo social de la obra, así como la influencia del autor en la sociedad y de ésta sobre él.

 No se escoge un tema al arbitrio individual, sino que se condiciona por diferentes causas que se encuentran consciente o inconscientemente ligadas a la vida del escritor y al momento histórico que le toco vivir, desde el momento mismo en que se decide escribir acerca de tal o cual tema, se escoge un camino vinculado a los antecedentes culturales de la sociedad en que se desenvuelve y a las necesidades históricas concretas.

 Escarpit estudia la relación con el público, los procesos de edición, distribución y consumo, problemas que parecen periféricos pero que aportan datos como condicionantes de la labor del autor.

 Luego viene la gran interrogante ¿Qué hace el novelista? López Támes nos dice: "Elabora con la palabra un mundo cerrado, narración que empieza y termina. Hay un paralelo entre lo escrito y lo vivido, pero no es historia, por ejemplo, con la pretensión de decir una época objetivamente, deja de deslizarse la escala de valores del autor, como pone de manifiesto la sociología del conocimiento. Por otra parte, el historiador, el sociólogo se sirve de categorías: generaciones, estilos, tipos ideales, como en Weber, generalizaciones que suponen una inevitable simplificación de la realidad empírica. Los tipos ideales de Weber no están lejos de los personajes del novelista o las formas de vida de Spranger"

 Goldman ya había hecho estos planteamientos. Hay una especie de dialéctica fecunda entre la obra imaginaria y las condiciones sociales y económicas de los grupos sociales. La novela será un epifenómeno de un pensamiento colectivo. Hay una homología entre estructura de la obra y la de ciertos grupos sociales a los que el autor pertenece. La relación esencial entre la vida y la creación imaginaria no se refiere a los contenidos, son a lo que se llama estructura mentales, categorías que organizan a la vez la conciencia empírica de un grupo social y el universo imaginario creado por el artista.

 Hay una diferencia entre un autor colombiano y un autor europeo y es la distancia que existe entre su vida y ámbito y el tema de la obra. Balzac o Galdós escudriñan el mundo que escriben. Cualquiera que sea el status del personaje, hay una identificación y posibilidad de vivir cualquiera de esas vidas. Entre el autor y el tema, tanto en Colombia como en Europa, la distancia es enorme.

 Es un mundo lejano. Hay muchos mundos en un país latinoamericano, que no pueden ser abordados con la caracterización europea de clases sociales o con visión eurocentrista. En su definición hay algo más que el criterio económico y la concientización. Inevitablemente, el escritor en general, dotado de medios de cultura y de expresión eficaz, pertenece o se asocia a la clase rectora, propietaria de la tierra y de los medios de producción, así como a la oligarquía tradicional.

 Entran así, en la narrativa colombiana, las ansias de extender la justicia social, quedándose a un lado la agonía y el dramatismo, manifiesto en las letras contemporáneas del mundo, por explicar y situar al hombre, en cuanto hombre: naturaleza e individuo, dentro de los límites del universo.

 De forma que si se pregunta cuál es el espíritu distintivo de nuestra novela última, habría de pensarse inevitablemente en su carácter sociológico con su acusada índole de muestrario de miserias, problemas y dolores sociales: carácter que aleja a la novela de la consideración del destino individual humano y que recuerda igualmente aquel realismo social vigente en otras latitudes y hoy cancelado. De hecho no nos corresponde dilucidar el acierto o el desatino de la literatura y el arte comprometidos, es decir, colocados al servicio expreso y directo de una ideología, debemos, en todo, registrar su aparición y permanencia en la obra de ficción, afirmando que tal urgencia, es causa, quizás de la ineptitud subjetiva para incorporarla debidamente a la creación artística, ha redundado las más de las veces en gravoso arrastre de la significación poética exigible a toda obra, que ambicione aparecer con un poco de solicitud por su plaza y dignidad en la historia de las letras.

 

EL MOVIMIENTO DE TRANSICIÓN LITERARIA EN COLOMBIA

 EL MOSAICO:

A pesar de su poco estudio, fue Díaz hombre de mediana cultura, atento al acontecer político del país y a la lucha de ideas que en él se desarrolla y que refleja fielmente en su novela MANUELA. Parte de su formación proviene, sin lugar a dudas, de los periódicos de la época y de las tertulias con sus contemporáneos. Pero no hay que olvidar que influyo mucho en él la lectura de las novelas de moda. Puede decirse de novela como las de W. Scott, de Eugenio Sue y algunos costumbristas españoles, sin descartar la producción nacional. Fue así como cultivo el costumbrismo para el cual contaba con su profundo conocimiento de las gentes, las costumbres y las formas de producción y organización social de los sitios de trabajo. Todas estas condiciones unidas a una capacidad aguda de observación lo hicieron regresar a Bogotá contertulio de grandes hombres que nunca pudieron producir obras de la gran calidad de MANUELA.

 Es así como Díaz se convierte en fundador de El Mosaico. Agrupación literaria de intelectuales de diversas edades, tendencias políticas y aficiones estéticas. Sus reuniones no eran académicas, sino íntimas, familiares, en las que se comentaban los libros nuevos, se discutía sobre ideas estéticas, se leían composiciones originales de toda clase, mientras saboreaban el chocolate, los bizcochos y mantecados.

 Buscaban lo real, lo ameno, lo confortable, lo sobrio y equilibrado. Se tradujo su orientación y la vida de sus reuniones, en una revista literaria El Mosaico (1858-1871). A juzgar por esta revista, prevalece la producción de sabor real y ameno en la descripción de las costumbres locales, tanto en prosa como en verso, nacen entonces los cuadros y novelas de costumbres, que dan lugar a la literatura costumbrista, cultivada en la Colonia por Rodríguez Freile, en la Independencia por Vargas Tejada, y en el romanticismo por Gregorio Gutiérrez González.

 Costumbrismo o literatura costumbrista es la pintura casi fotográfica de las costumbres de un individuo, de una familia o de una región, por medio de la palabra. Al pintar las costumbres, se hace resaltar más lo ridículo con el objeto de satirizar, hacer la burla, moralizar, o dejar a la posteridad las características simpáticas de las costumbres de una época.

 Se distinguen los cuadros de las novelas de costumbres, por la extensión. El cuadro sintetiza los hechos que satirizan, ofreciendo un conjunto que se abarca de un solo golpe de vista. La novela de costumbres es una serie de cuadros que reproducen el ambiente real de una época. La novela y el cuadro, coinciden en el tema, las costumbres; en el procedimiento, la pintura fotográfica; en la finalidad, la crítica, burla, sátira de lo ridículo.

 El Mosaico fue el grupo literario más importante en su época de él participaron la mayor parte de los que entonces cultivaban la literatura:

 "Si hubiéramos de caracterizar en una publicación el movimiento literario de la época, citaríamos El Mosaico, celebre revista literaria de la cual se publicaron cuatro volúmenes (1858-1865). Redactábanlo los concurrentes a las tertulias literarias de carácter familiar que por gracejo se apellidaron mosaicos"

 El carácter de la tertulia de El Mosaico dice mucho de la vida literaria colombiana en el siglo XIX: lejos de tratarse de una cenáculo de artistas al modo europeo, lo que dio vida a la publicación durante l0 años fue una apacible reunión de hombres cultos, reunidos para tomar chocolate y dialogar sobre literatura, tratando de eludir las pugnas partidistas que hubiesen podido dividir a sus miembros. Sin embargo, en esos 10 años esa tertulia dirigió la vida literaria colombiana y de allí salió no solo " Manuela" sino "María" de Jorge Isaac y muchas de las novelas de la época, a demás de un sinnúmero de poesías y artículos de costumbres. El Mosaico fue la revista literaria más importante pero no la única; en 1864 había 15 periódicos en Bogotá y todos daban cabida en sus páginas a obras literarias.

 MANUELA es ante todo una obra de transición, manifiesta tanto las tendencias artísticas dominantes surgidas de la imitación de modelos extranjeros, como los elementos de una novela nacional arraigada en los grandes problemas del país en ese momento. En cierta medida, por su tema y su carácter costumbrista, hace una pintura social. Sus personajes y el mundo en que actúan corresponden a grupos sociales. Sus personajes y el mundo en que actúan corresponden a grupos sociales y escenarios geográficos de nuestro país. Desfilan allí ante el lector los partidos políticos y los grupos humanos característicos de aquella sociedad, todo ello dentro de una visión y un tratamiento cuyas limitaciones y cuyos logros están estrechamente ligados al momento tanto histórico como literario que vive el país. Sin que nuestro análisis pretenda agotar todas las dimensiones de la novela trataremos de esclarecer esta relación cuyos términos son de una parte la novela con sus personajes y el mundo en que estos actúan y de otro la sociedad colombiana de mediados del siglo pasado.

 

LA GRUTA SIMBÓLICA

Así se llamó una agrupación de poetas pertenecientes a la juventud de las postrimerías del siglo XIX. Novelesco episodio originó este centro literario: fueron detenidos 7 amigos, por congregarse en la calle en las horas de la noche, hallándose la urbe en estado de sitio; lograron no ser conducidos a la cárcel sino a la mansión de un amigo, donde hasta el amanecer y sostenidos por el vino, pasaron en amena tertulia literaria. Este suceso tuvo lugar en el período más agitado del gobierno presidido por Marroquín. Los amigos prosiguieron sus juntas en el mismo local: carrera 5 N o. 203, así como en otros recintos de la ciudad. Nombraron presidente al señor Rafael Espinosa Guzmán dueño de la casa. No tuvieron otro reglamento sino la buena educación. El Número de contertulios llegó a 70. El rubro de Gruta Simbólica fue acogido desde la segunda sesión, cuando al entrar a la casa, los contertulios encontraron en el fondo del zaguán, y colgado de la puerta e iluminado por una vela de sebo, un artístico farol y en rojo y dorado esa sorprendente leyenda. El salón de reuniones lo arreglaron así, en forma de gruta con motivos referentes a los escritos clásicos, románticos, modernistas, europeos. Aunque el principio estético que los guiaba era expresar la belleza por medio del símbolo, procedimiento que estaba en moda en la literatura francesa, como reacción contra el romanticismo, sin embargo, no alcanzaron en su producción a definirse exclusivamente por la nueva tendencia. Por eso son de transición. Tienen algo de clasicismo, romanticismo, simbolismo y parnasiamismo

 

LA PROBLEMÁTICA POLITICO – SOCIAL EN MANUELA

 MANUELA, escrita y publicada en una época particularmente agitada de nuestra vida política nacional, en una temporada en los que el viejo y nuevo orden se enfrentaron, se combatieron a muerte y se transaron. Mucho de lo que hemos sido en este siglo tiene sus raíces en esos años.

 A partir del decenio de 1850, con el Gobierno de José Hilario López y precisamente hasta 1886, fin del olimpo radical, las raíces y condiciones de nuestra nacionalidad se revolvieron, se agitaron públicamente en debate y se rehicieron por canales parcialmente distintos, parcialmente iguales respecto al orden colonial.

 Los liberales, especialmente los llamados Gólgotas y después los miembros del grupo radical, quisieron reorganizar las cosas, dando paso a una organización social más moderna y más democrática, Se quiso limitar el poder de la iglesia y restarle privilegios, se ensayó el federalismo, se pretendió democratizar la educación y ampliar el derecho del voto, todo esto sobre la base de un nuevo ordenamiento económico más liberal. Estos intereses fallidos o logrados se realizaron en medio de grandes tensiones y violencias: enfrentamientos públicos, golpes de Estado, guerras civiles, dictaduras, congresos, reordenamientos constitucionales. El fondo del período es ése: tensiones continuas, ajustes de distintos intereses.

 Es necesario dejar claro que durante esta segunda mitad del siglo XIX se revolucionó la estructura económica y sociopolítica del país y se revoluciono no en un solo sentido o una sola vez, sino en varios sentidos y en varias ocasiones: significados distintos y matices diversos tienen: el Gobierno de José Hilario López, la dictadura de Melo o la Constitución de Rionegro.

 Tampoco hay que olvidar el aspecto local y nacional que Díaz registra en MANUELA. Los críticos han señalado en varias ocasiones que Manuela es de carácter local y no válida para la totalidad del país. Uno de los que plantean esta tesis es Salvador Camacho Roldán en el prólogo a la edición de 1889 hecha por la casa Garnier en París. Otros comentaristas se han limitado a transcribir las palabras de Camacho Roldán sin ir más allá en este aspecto.

 Díaz, aunque no menciona el nombre de la parroquia donde se desarrolla la novela da claras indicaciones de su localización geográfica. Más tarde a fines del siglo XIX, Isidoro Laverde Amaya, crítico e historiador colombiano indica la población de Mesitas del Colegio como escenario de MANUELA y reconoció muchos de los lugares que describe Díaz

 Mesitas del Colegio, era conocida en aquel entonces con el nombre de "tierra caliente", su temperatura oscila entre los 18 y 24 grados centígrados, y está compuesta de regiones boscosas y mesetas que bajan hacia el valle del Magdalena. En época posterior tuvo un gran auge como sitio de vacaciones de los bogotanos pero en la época de la novela era un mundo aparte de Bogotá a pesar de su proximidad: Mesitas se ubica a solo 40 kilómetros de la capital.

 Los primitivos pobladores de la región fueron repartidos en encomiendas por los españoles, pero sin que ello significara el exterminio de los indígenas por sobre explotación. La inexistencia allí de minas hizo de los cultivos de maíz, yuca, plátano, caña y de la cacería las fuentes de subsistencias principales. De estas solo la caña y fabricación de panela daba lugar a una explotación comercial realizada en los trapiches por arrendatarios de las haciendas. Los hacendados solían vivir en Bogotá y visitar algunas veces sus propiedades encargadas a un mayordomo. Hacia 1850, época en que transcurre el argumento de MANUELA, los lazos comerciales con Bogotá es escasa y se reducen de una parte a la venta de panela y de otra a la compra por los campesinos de sal, carne y algunas manufacturas.

 Camacho Roldán describe agudamente la situación de la región antes y después de la independencia. En la Colonia, el centro político administrativo y religiosos la "parroquia", pequeño poblado provisto de iglesia, cementerio, cárcel – que a veces se reducía a un cepo y una venta, establecimiento comercial para proveerse de velas, licores, manteca y otros artículos indispensables. La parroquia era centro religioso y del escaso mercado. Por lo demás el aislamiento era caso absoluto. Con la independencia sobrevino un cambio en estas apacibles costumbres. Las haciendas cambiaron de manos en muchos sitios pasando de españoles y criollos realistas a republicanos que si bien continuaron el régimen económico existente, introdujeron la reactivación de la vida municipal, el nombramiento de cabildos, jueces y alcaldes algo del periodismo naciente y el conocimiento de las leyes de la república recogidas en la " Recopilación Granadina".

 Pese al aislamiento, la guerra de independencia y las guerras civiles llevaron a las parroquias las nuevas ideas republicanas y las pugnas partidistas. En algunos casos aparecieron las escuelas y junto al poder del cura y del hacendado "gamonal", el maestro y el tinterillo – abogado sin título diestro en el manejo de pleitos- hicieron su aparición. La transición hacia la república suprimió los mayorazgos e hizo de la tierra un bien sujeto al mercado, pero dejó intacto el régimen de las haciendas y el poder señorial de los hacendados. La República, la libertad, la patria y la ley fueron ideas que se extendieron por los campos y las regiones más distantes, no siendo en la mayoría de los casos más que eso: ideas mal comprendidas a falta de una realidad institucional que les diera realidad.

 Es en el escenario de una de estas parroquias y en el contexto histórico descrito que se desarrolla MANUELA. Su argumento solo sale de allí para desarrollar un capítulo en Bogotá y otro en Ambalema, población del río Magdalena, situada a 50 km. de Mesitas y a 90 km. De Bogotá, notable entonces por el auge de la producción tabacalera y que, con la capital, constituyen los dos epicentros de la región mencionada. Es en este sentido una novela local como bien señala Camacho Roldán.

 Rafael Maya, desarrollando esta tesis, hace del localismo una caracterización necesaria del costumbrismo:

"Hoy sería difícil el resurgimiento de esa literatura, porque las costumbres se han uniformado, lo mismo que el lenguaje, debido a la intercomunicación entre las distintas secciones del país, lo que tiende a formar un tipo "standard" de colombiano. A mediados del siglo pasado aconteció lo contrario y el país era un verdadero mosaico de regiones distintas y opuestas entre sí. El costumbrismo era la vegetación propia para ese suelo, porque el costumbrismo se funda en la diferencia del hombre, de la naturaleza y de la cultura"

 La tesis así formulada significa que el costumbrismo y en particular MANUELA, fue producto de la inexistencia de unidad económica y cultural del país o en otras palabras, de la inexistencia de la nación colombiana.

 Cabe preguntarse aquí, en que medida puede hablarse de existencia o inexistencia de la nación colombiana. Una conocida definición de nación dice que ésta es: " Una comunidad humana estable históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de sicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura"

 Las naciones se forman a través de un proceso histórico lo cual hace imposible, en ciertos momentos de transición, afirmar o negar definitivamente su existencia. Es, a nuestro parecer, el caso de Colombia hacia 1850.

 La diferenciación de lo americano frente a lo español por una parte y a lo indígena por otra, se inicia desde la conquista, el asentamiento de grupos humanos en América y el arraigo de determinadas formas de producción, el enfrentamiento a condiciones geográficas particulares son factores que contribuyen a esta diferenciación. La fundación de ciudades como centros administrativos y la constitución, en torno de ellas de ciertas relaciones económicas, van marcando las primeras diferencias territoriales que más tarde van a formar los países americanos. El exterminio, sometimiento de los indígenas y el mestizaje contribuyen a unificar la cultura. La guerra de independencia es ya un momento decisivo para la consolidación de este proceso, surge de la existencia de suficientes elementos de diferencia frente a España. Pero es durante el siglo XIX que las naciones americanas adquieren su configuración definitiva.

 El surgimiento de Colombia y los otros países americanos de territorios coloniales hace que este proceso tenga características particulares. La independencia arranca de manos de la corona un aparato de poder político y a partir de él constituye un estado e implanta un sistema jurídico que pretende unificar bajo su mando un territorio. Sin embargo, este territorio carece de unidad económica, hay grandes regiones aisladas a tal punto que durante mucho tiempo la autoridad del gobierno es puramente nominal y se limita a algunas ciudades y sus áreas de influencia más inmediatas. La historia del siglo XIX transcurre en este conflicto, la superestructura juridico-política se alza sobre realidades económicas insuficientes para hacerla sólida. La lucha política gira en buena medida en torno a este problema, muchos de los hombres que dirigen el país son conscientes de ello y desde el Estado orientan su esfuerzo a dotar al país de instituciones adecuadas a esta situación y a consolidar el desarrollo económico que pueda superar la desarticulación regional. Este proceso no esta exento de retrocesos y las guerras civiles ocupan un lugar destacado en la disputa.

 En 1850 el país se halla en un punto de transición, algunos elementos de la nación se hallan presentes, otros apenas empiezan a surgir. El localismo característico del costumbrismo es expresión de esta situación. La desarticulación regional que bien señala Camacho Roldán y Rafael Maya hace que en esta literatura la búsqueda de lo nacional pase necesariamente a través de lo local. Sin embargo, en MANUELA hay algo más que localismo. Allí aparece lo nacional precisamente bajo la expresión de más vigencia en ese momento. La superestructura juridico-política. La tesis central de la novela es la inadecuación de la legislación a la realidad. Díaz enfrenta a su personaje Demóstenes, político y legislador a una situación en la que demuestra la inutilidad de sus convicciones teóricas, casi al final de la obra pone en boca del cura una advertencia en que sintetiza su tesis. Al despedir al bogotano que se marcha de la parroquia, le dice el sacerdote: "Usted ha hecho en la parroquia un estudio más provechoso que el que hizo en los Estados Unidos. Allá vio usted como es un pueblo extraño, aquí ha visto como es nuestro pueblo. Allá vio usted que civilización se debe imitar, pero aquí ha visto qué vicios hay que corregir. Estoy seguro que si va usted al congreso, no se acordará al legislador, de lo que vio allá sino de lo existe aquí"

 Con esto el carácter local del escenario adquiere el valor de un ejemplo, en cualquier sitio que visite el legislador va a hallar lo mismo, una realidad que no se parece a los países extranjeros que trata de imitar. La parroquia no es pues, simplemente, un mundo aparte, es la representación de todas aquellas partes del país en las cuales las leyes no se cumplen porque han sido hechas pensando en el desarrollo real de éste sino en una universidad abstracta y ficticia.

 En síntesis, esta es la forma que adquiere lo nacional en MANUELA: pasa necesariamente a través de lo local pero no se queda allí. Díaz trata así de darle a la novela validez general para todo el país y en cierta medida lo consigue. No obstante, lo local pesa mucho en la novela y en cierto sentido son válidas las tesis de Camacho Roldán y Rafael Maya. Es precisamente, el producto de una época de Transición.

 La novela colombiana se nutre, en su origen, de un cierto caudal de recursos técnicos en el sentido más amplio, aprendidos de la novela europea en boga y de los elementos que aporta la realidad en que vive el novelista y que le sirven para construir su relato. En MANUELA son claramente discernibles estas dos fuentes. Precisamente porque la asimilación de la tradición europea por Díaz es insuficiente y aparece como yuxtapuesta a los elementos surgidos de su experiencia directa.

 El modelo de donde Díaz ha aprendido su técnica para la novela es sin duda el folletín francés cuyo exponente más destacado, por reunir todos los defectos del género, es Eugenio Sue. Veamos los puntos donde es más notable la técnica folletinesca:

 El intento de renovar la intriga al final de cada capítulo, característico de una literatura por entregas periódicas, precursora de nuestras radionovelas y telenovelas, tiene por objeto garantizar el interés del público y conservar así su atención de entrega en entrega. Díaz no deja de emplear este recurso aunque lo hace en forma muy imperfecta: la presencia en su novela de los cuadros de costumbres le impone secuencias de capítulo que no están unidos por ningún elemento de intriga, solo en aquellos capítulos en que conduce el desarrollo argumental, apela al recurso de dejar planteada una situación que más adelante ha de resolver.

 Los elementos misteriosos, recurso predilecto del folletín es empleado también por Díaz: en uno de los primeros capítulos aparece un embozado misterioso que oculto de las miradas de los asistentes a una baile los observa y toma apuntas, luego se sabe que es Tadeo el perverso gamonal. La figura de este personaje y sus secuaces está rodeada de tales elementos por doquier, siempre se anuncia que hay algo que encierra un misterio terrible preparando así al lector para revelárselo.

 Los personajes en MANUELA se dividen en buenos y malos sin lugar a mediaciones. En este maniqueísmo de folletín los malos llegan a un grado exagerado; no solo son perversos sino que hacen de ello motivo de orgullo. Tadeo dice de Juan Acero, asesino tenebroso: "Tiene Juan Acero una voluntad de hierro, una voluntad incontrastrable, un alma estoica y una rectitud de espíritu que lo hacen el mejor de los caballeros"

 Otro recurso teatral para golpear la sensibilidad está en los cambios bruscos de situación: al llegar Manuela con su novio a Ambalema, Tadeo les tiende una celada acusándolo de haber robado la mula en que viajan. Cuando el juez se dispone a condenarlos y a dejar a Manuela en manos de Tadeo, llega una carta que cambia todo, Tadeo va a la cárcel y queda Manuela libre y limpia de culpas.

 La presencia de estos recursos ha llevado a un crítico colombiano a escribir lo siguiente: "MANUELA es una barahúnda de personajes incongruentes en truculentos episodios alquilados al novelón francés de aventuras"

 Este juicio es a todas luces desproporcionado, el interés de la obra de Díaz radica precisamente, en que los elementos que nacen de su contacto con la realidad colombiana son tan vigorosos como para relegar a segundo plano la arquitectura folletinesca de que se sirva para armar la intriga de la novela. Los trucos de folletín que usa Díaz están empleados con una suerte de ingenuidad que les quita mucho de lo truculento que podrían tener. Díaz es por otra parte un maestro del costumbrismo, capaz no solo de describir un festejo popular sino de caracterizar con precisión del ideario político de los partidos, la vida económica de los campos, etc. A lo largo de MANUELA contrapone en Demóstenes, Tadeo y el cura el pensamiento de Gólgotas, draconianos y conservadores respectivamente. Muestra la explotación de los campesinos en los trapiches y el poder absoluto del señor de la tierra y en cada uno de estos temas, analiza en minucia sus manifestaciones. Díaz reúne una técnica narrativa de folletín con una materia prima proporcionada por el paisaje, y las gentes del país, que desborda aquella técnica y acaba por imponerse.

 Al examinar el nacimiento de la novela en el siglo XIX, su primer período se caracteriza por un romanticismo de imitación de pésima calidad literaria. El camino que conduce a una expresión propia en las letras habría de conducir más tarde a una novela realista ya libre del lastre romántico cuya máxima expresión es Tomás Carrasquilla. En las décadas del 50 y 60 este realismo está aun en germen y se prepara especialmente en algunas expresiones del costumbrismo. MANUELA constituye un hito definitivo en esta transición, el primero de alguna significación literaria.

 Díaz no logra sustraerse a las influencias derivadas de sus lecturas de novelistas extranjeros y de las preocupaciones literarias en boga en el país en ese momento. De ahí la presencia en su obra de la técnica folletinesca que hemos descrito y de ciertos elementos propios del romanticismo. Tanto los protagonistas como las figuras femeninas son descritas en términos que las privan de toda individualidad y las asimilan a un tipo de mujer perfecta física y moralmente.

 Igual sucede con las relaciones sociales. MANUELA es una novela "social" en un sentido muy diferente del que suele tener ese término en el folletín francés de esa época, que ha sido llamado no solo realista y social sino incluso proletario. En un autor como Sue lo social estriba en entretener al lector con la pintura de lo grotesco, con personajes extraídos de los bajos fondos de París, muestras de una humanidad degradada sin otro propósito que suscitar la repugnancia y elevar más aún, por el contraste al héroe salvador y providencial. Díaz está muy lejos de ello, sin caer en la vulgaridad teatral del folletín, su novela es una viva pintura de las condiciones de vida del campesino arrendatario desprovisto de tierra, sujeto al poder del hacendado y obligado a trabajar en los trapiches en condiciones infrahumanas. Inclusive cuando toca el tema de la muchacha caída en la prostitución lo hace con mesura y sin sentimentalismos.

 La tesis central de la novela que sitúa a un legislador bogotano frente a un mundo que le es desconocido tiene el sentido de una reflexión sobre los problemas que aquejan al pueblo colombiano. Díaz no-solo pinta la injusticia sino que va más allá discutiendo sus soluciones. Aboga por el desarrollo técnico que mejore tanto la productividad como las condiciones de los trabajadores. Aboga por el cese de las arbitrariedades, de la sujeción religiosa del arrendatario al hacendado, del reclutamiento forzoso del campesino para ir a defender causas que no entiende, del manejo amañado de las leyes. Pero se muestra escéptico frente a las soluciones de los legisladores, no cree en el poder mágico de las leyes y sostiene que cualquier transformación puede partir solo del conocimiento exacto de las condiciones que se quieren transformar.

 El valor histórico y literario de MANUELA está en su realismo en cuanto este indica el surgimiento de una expresión propia en la literatura. La presencia de lo nacional es lo suficiente fuerte para hacer de esta novela el primer anuncio del advenimiento de una narrativa auténticamente nacional.

 

MUJER – SOCIEDAD

 Durante el período 1850-1886, se identifican dos contradicciones que vale la pena señalar a los conceptos de mujer y familia que prevalecieron: por un lado el débil cuestionamiento de la subordinación femenina en un momento en el que se apoyaban las ideas de " igualdad" y de "libertad"; por otro lado el interés de preservar la familia monógama establecida por lazos matrimoniales católicos indisolubles, cuando esta institución contradecía de plano el ethos burgués que poco a poco se establecía en la república.

 El período analizado se inicia con las reformas liberales que se llevaron a cabo con el Gobierno de José Hilario López y finaliza en la década del 80 con la Constitución de 1886 y la firma del Concordato, un año más tarde bajo la segunda presidencia de Rafael Nuñez. Las reformas que se desarrollaron durante los años mencionados fueron muy importantes: se abolió la esclavitud, se impulsó la desamortización de tierras de resguardos y de la Iglesia, se suprimió la pena de muerte por delitos políticos, se aceptó la libertad de prensa, se dio la separación entre Iglesia y Estado, se impulso el federalismo, se estableció el libre cambio; el periodismo y la imprenta tuvieron un gran desarrollo durante estos años; las ideas socialistas de Proudhon y Luis Blanc se hicieron bastante conocidas entre los intelectuales y artesanos de la época y en general en materia de derechos individuales se avanzó bastante. Sin embargo, en el contexto anterior, tanto la condición de la mujer como de la familia, sólo fueron tangencialmente cuestionadas.

 Es claro que en esta época la bandera feminista no hizo presencia fuerte en Colombia, a pesar de ello no podemos ser ingenuos en nuestra apreciación. Elisabeth Schuussler Fiorenza, teóloga cristiana norteamericana, dice que las mujeres tenemos que aprender a interpretar la historia también desde los silencios poblados de sentido.

 El gólgota de la novela MANUELA, don Demóstenes, maneja un discurso ambiguo en torno a la mujer y en sus confrontaciones con la protagonista termina por conceder a ésta una serie de razones y de privilegios. De alguna manera éstos tendrían que estar presentes en la ideología que habita a Eugenio Díaz. Tampoco es gratis el hecho inusitado de que en la provincia de Vélez - cuando el federalismo dio libertad para ello – se le concediera a la mujer por primera vez en Colombia y posiblemente en el mundo (Suecia lo concedió en 1866? ,la libertad y la posibilidad de votar. En Vélez se otorgó el sufragio a la mujer en 1853

 En MANUELA se muestra de alguna manera la resistencia femenina al mundo de los hombres. Hay que contar, si, conque para esa ambivalencia y para esa resistencia las condiciones generales del país son absolutamente adversas, porque se vive un clima en el que los liberales no quieren cuestionar para nada el orden patriarcal que los beneficia.

 Los derechos de la mujer o las reformas a la estructura familiar no se debaten ampliamente; pero lo más importante es señalar que Manuela surge a la ida, en medio de una sociedad que maneja imágenes y proyecciones femeninas muy precisas: "Además se les sugirió tener en cuenta consejos especiales apara su edad y estado civil. Las recomendaciones fueron las siguientes. Rechazar la seducción y la adulación de los hombres; evitar ser demasiado estudiadas para que no se convirtieran en seres masculinos; perfeccionar la educación obtenida en el colegio con la capacitación de las labores domésticas en el hogar; no olvidar que el matrimonio era un paso difícil y que la virtud no siempre encontraba recompensa en este mundo sino en el cielo; no coquetear ni vestir en forma llamativa cuando salieran fuera del hogar, especialmente en los templos y en los entierros, además las señoritas debían evitar tener largas conversaciones en los lugares públicos y en caso de estar en una casa de familia no tener visitas en privado con jóvenes, si no estaba presente una tercera persona. Se les aconsejó igualmente estar siempre ocupadas y observar un régimen higiénico, para evitar la melancolía que a alguna de ellas invadía durante la época"

 Manuela en cuanto mujer de la ficción, comparte algo fundante en su ser femenino: forman parte de un mundo de hombres, pensado y diseñado por hombres para hombres. Sus relaciones con el mundo y sus relaciones con el hombre están determinadas por el régimen patriarcal al que pertenecen.

 Este mundo está reflejado claramente en MANUELA, en las pretensiones de don Tadeo, en la historia de Pía, víctima de ese cerco que la lleva a enfrentar una maternidad no buscada y finalmente la muerte de su hijo ante la irresponsabilidad del hombre que la ha seducido. Sin embargo, por tratarse de un mundo semirrural (Ambalema, por ejemplo) y de clases sociales más bajas en el escalafón, este mundo tiene resquicios:

—¿Nos vamos?

-¿Juntos? Le respondió él, con más contento que admiración, por cierto.

—¿Y eso qué le hace... ? Sola o acompañada nadie me ha comido hasta el presente.

—¿Y lo que dirán en la parroquia de verte ir de los montes con un cachaco?

—¿Allá en su Bogotá no van acompañadas las niñas que vuelven del río de lavar o de bañarse?

—No Manuela, ellas no van al río, sino las peonas que llaman lavanderas.

—¿Y las señoras no van a bañarse?

—Se bañan en sus paseos de familia, sin que al tiempo de estar en el pozo o río se acerque hombre ninguno; otras se bañan en sus casas. Ni creas que una señorita salga sola sino después de casada.

—Con que al revés de nosotras que solteras tenemos la calle por nuestra, y el camino y el monte, y los bailes y cuanto hay; y después de casadas ¡nos ajustan la soga!.

—¡Oh, las costumbres que varían tanto, según lo estoy viendo!... ¡Cuándo en Bogotá caminábamos los dos así viniendo del río de San Agustín o del Arzobispo...!

La discusión política, aunque ya hemos dicho, no toca la esencia del problema de la discriminación sexual, sí la ronda de alguna manera en el trozo del ámbito social enfocado en la novela:

 Mientras que los señores trapicheros conversaban de esta suerte, las dos señoritas habían pasado a tratar del socialismo, cosa que les parecía muy extraña a mis lectores.

—¿ Y cómo es eso Juanita? Preguntaba Clotilde a su amiga.

—Pues que hay una escuela que quiere que hagamos nuestro 20 de julio, y nos presentemos al mundo con nuestro gorro colorado, revestidas del goce de nuestras garantías políticas.

—Será que dicen.

—Que escriben... Desean que votemos, que seamos nombradas jurados y representantes, y todo eso.

—¿ Y para qué?

—Para elevarnos a nuestra dignidad, dicen.

—Conque respetaran nuestras garantías de mujeres, conque hubiera como en los Estados Unidos, una policía severa a favor de los jóvenes...

—¡Cómo, niña!

—Pues no ves que porque nos ven débiles y vergonzosas y colocadas en posiciones difíciles nos tratan poco más o menos; ¡ y ahora a las pobres...! Eso da lástima. ¿Hay infamias por las que no hagan a estas desdichadas arrendatarias, nada más que por ser mujeres pobres? Por eso te digo Juanita que conque nos traten con la dignidad debida a nuestro sexo, aunque no nos invistieran de los derechos políticos, no le hacía. ¿No has reparado cómo nos trata don Diego? ¿ Y hasta el beato de don Eloy?

 Este universo social que nos presenta la novela muestra pues, algunas cosas: discriminación a la mujer por razones exclusivamente sexuales. Además de ello se deja ver alguna diferencia entre la mujer rica y la mujer pobre, oposición que alguna vez se identifica con la oposición entre mujer de la ciudad, más cultivada, mujer de campo, más ignorante y menos culta. Esta diferenciación de rica a pobre, presenta un doble filo: en algunas ocasiones las mujeres pobres tienen ventajas sobre las de las clases altas, esas ventajas se miden en términos de mayor libertad en las costumbres, mayor liberalidad en sus relaciones con los hombres (muestra palpable de ello es el viaje que Manuela realiza con su novio hasta Ambalema, antes de casarse y en medio de su huida). En otras ocasiones tienen desventajas, desventajas que se miden en la falta de respeto con que son tratadas y en la total desprotección económica de que son víctimas.

 En este contexto se ubica Manuela, una mujer rebelde que extrae todo lo que puede de su condición ventajosa y no acepta de ninguna manera las limitaciones que le impone su ser de mujer.

 Manuela demuestra una inteligencia clara y una aguda visión para enfrentar las cosas, los problemas y el mismo debate de ideas. Desde las primeras páginas de la novela la vemos exigiéndole a don Demóstenes un trato de igual, y esto tanto por su condición de mujer, como por su estrato social:

—De todo lo que sacamos en limpio, dijo Manuela, es que usted en Bogotá no andará conmigo, y tal vez ni aun hablará conmigo.

—La sociedad, Manuela, la sociedad nos impone sus duras leyes; el alto tono que con una línea separa dos partidos distintos por sus códigos aristocráticos.

—Es decir que usted quiere estar bien con las gentes de alto tono, y con nosotras las del bajo tono; ¿y yo no puedo ni aun hablar con usted, delante de la gente de tono?

—Ni sé qué te diga.

—Pues me alegro de saberlo, porque desde ahora debemos tratarnos en la parroquia, como nos trataremos en Bogotá; y usted no debe tratarnos a las muchachas de aquí, para no tener vergüenza en Bogotá, porque como reza el dicho, cada oveja con su pareja.

—Eso sería intolerancia, Manuela.

—Yo no sé de intolerancias, lo que creo es que la plata es la que hace que ustedes puedan rozarse con todas nosotras cuando nos necesitan, y que nosotras las pobres sólo cuando ustedes nos lo permitan y se les dé la gana.

 El diálogo nos muestra claramente dos cosas: la conciencia y la clarividencia de Manuela, que asume la bandera femenina y la bandera de su clase. Y por otro lado, la resistencia de don Demóstenes – máximo exponente de la ideología progresista en la novela – a llevar al terreno de lo personal y de la relación hombre – mujer, las consecuencias del pensamiento que predica.

 Pero Manuela no se conforma fácilmente. No renuncia a la confrontación. Como mujer no se arredra ante las diferencias que la separan de Demóstenes: diferencias de sexo, de raza, de cultura, de formación. Entre Manuela y Demóstenes se realiza una verdadera amistad, sobre la base de un tato igual. Esa relación está continuamente atravesada por la discusión, por el debate. Manuela, a través precisamente de esta relación, se capacita para una confrontación social amplia. Y el papel que ella desempeña en la relación no es un papel masivo, a la espera... ella continuamente busca a su interlocutor y lo fuerza en una confrontación que prácticamente pone al radical contra la pared. No hace concesiones ni deja traslucir debilidades:

—...Que usted echa a pasear la igualdad cuando se apodera de la hamaca en esta casa o en la de mi prima.

—¿La igualdad?

—Si señor, la igualdad, porque todos los demás estamos fregados en los poyos o los escaños, mientras que usted está meciéndose en la visita, acostado muchas ocasiones, y ya usted ve, eso no se puede llamar igualdad. Y si entran las señoras a ese tiempo, yo no sé como se entienda usted con ellas.

—¡Oh! Pues entonces me levantaría.

—Eso tampoco se conviene muy bien con la igualdad de que usted nos habla; pues querría decir que a nosotras se nos debe tratar poco más o menos, y usted nos ha dicho que todos somos iguales.

—Ah, pero era porque estábamos hablando de la igualdad de derechos me parece.

—¿Entonces no hay más igualdad que esa igualdad de derechos que usted dice?

—Pues sí hay: la igualdad social, pero tiene sus excepciones.

—¿Igualdad y excepciones’ ¡ Está muy bueno!

—Es que una cosa es con guitarra...

—Entonces diga usted que una cosa es cacarear y otra poner el huevo; una cosa es hablar de igualdad y otra de sujetarse a ella.

 Además de su capacidad confrontadora, Manuela muestra una sensibilidad femenina capaz de detenerse en los pequeños detalles, una visión capaz de simbolizar los mínimos actos cotidianos de la vida.

 

Nos hemos referido a la novela como argumento para oponerla al cuadro de costumbres. Sin embargo, más allá del argumento como curso de acción, se caracteriza la novela por el conflicto que se desarrolla en tal argumento, En este sentido es indispensable la referencia a los personajes que en ella intervienen y cuya relación entre sí y con el mundo novelístico forma lo esencial del conflicto. Un argumento complicado no necesariamente lleva en sí un conflicto igualmente desarrollado. Este no se reduce a la pura acción, depende de los actores y puede ocurrir en un argumento, pobre en movimientos. Es la dimensión del héroe en cuanto subjetividad e interioridad y su relación con el mundo en que actúa.

 En MANUELA aparecen más de 50 personajes de entre los cuales solo 4 son significativos plenamente pues en ellos se concentra todo el sentido de la novela. Los demás están siempre con relación a estos y son más bien comparsas que sirven para la ambientación, que personajes propiamente. Demóstenes, el cura, Manuela y Tadeo, no solo ocupan un lugar de primera importancia en la narración sino que sirven al autor, según veremos, para construir la tesis política sobre la cual se basa la novela. Examinemos brevemente el carácter de cada uno de ellos.

 Demóstenes es un joven bogotano, parlamentario, Gólgota en política, que llega a la parroquia no se sabe bien por qué motivo. Allí se dedica a leer, cazar y coleccionar animales y plantas. Como buen Gólgota ha viajado a Estados Unidos, país cuyas costumbres y organización social admira y propone como modelo para Colombia. Desde que llega se enfrenta a un mundo que le es totalmente desconocido. El descubrimiento de la miseria, de los desafueros de los terratenientes del poder omnímodo de Tadeo, de la tragedia del arrendatario desposeído de tierras, choca permanentemente con su ingenua Fé en las leyes, en la constitución y en las libertades. Sorprendido ve un pueblo que conserva costumbres religiosas que se le antojan y que no son las que ha visto en los Estados Unidos. Este conflicto, en que Demóstenes más de una vez hace el ridículo, es el núcleo de la novela, por así decirlo, Demóstenes es el héroe que se enfrenta a un mundo con el cual entra en choque pues sus valores no corresponden a esa realidad que se mueve ante sus ojos. En este sentido la novela contiene un elemento esencial de oposición de un individuo y la sociedad, sin embargo este conflicto está muy poco desarrollado: Demóstenes posee como rasgos distintivos solo aquellos que tipifican a un bogotano gólgota de su extracción social, es una magnífica caricatura de un hombre de la ciudad que se enfrenta al campo. Pero no es un individuo pues carece en absoluto de interioridad. De principio a fin de la novela es igual: utopista, generoso, grandilocuente, y un buen día se marcha, tras descubrir el archivo de Tadeo, creyendo ingenuamente que ha resuelto todo el problema. Al irse es el cura el encargado de sintetizarle la enseñanza que debe derivar de su estadía en la parroquia: dejarse de doctrinas e imitaciones extranjeras y pensar en su pueblo cuando vaya a legislar. Pero hasta ese momento nada hace pensar que el protagonista haya experimentado un cambio en su posición por el contacto con esa realidad. Se indigna ante cada injusticia pero sigue diciendo que Estados Unidos es la república modelo. Así pues, Demóstenes es un personaje carente de sicología y carente de evolución, su enfrentamiento con el mundo de la parroquia no transforma ni al hombre ni al mundo. Esta pobreza de subjetividad hace que el personaje no sea un héroe novelesco en la forma en que tal elemento ha sido desarrollado por los grandes exponentes del género.

 

Él cura es el encargado de contraponer a Demóstenes una opinión política diferente aunque motivada por idénticas intenciones. Hombre recto, humanitario y bondadoso, es un conservador republicano, conoce profundamente las costumbres de su parroquia y adecua su prédica y su acción al medio en que vive. Desde que conoce a Demóstenes le hace notar el arraigado catolicismo del pueblo y la necesidad de tomar en cuenta ese y otros rasgos de la mentalidad del campesino si se quiere hacer una labor de progreso eficaz. Es, tal vez el personaje que encarna la posición del autor, aunque no cabe hablar aquí de una identificación muy clara pues el cura carece aún más de rasgos individuales que Demóstenes. Es un buen cura de pueblo y todas sus acciones y palabras son las que se esperarían del tipo genérico que representa. Los dos personajes el legislador y el sacerdote dentro de su tipicidad abstracta son simplemente la encarnación de los dos partidos políticos dominantes en la vida del país en ese momento: Los liberales Gólgotas y los conservadores, enfrentados a la conducción del Estado. El ideario de los partidos está reflejado en la novela con singular exactitud pero los representantes de cada tesis son individuos solamente en la medida que esto es indispensable para construir el relato.

 Manuela es la representación de parte de ese pueblo sobre el cual legislan los políticos de los dos bandos. Es una muchacha sencilla y encantadora, tipo genérico que representa a la mujer del pueblo. Es el personaje más adecuadamente caracterizado: careciendo también de interioridad, sus conversaciones con Demóstenes revelan un ingenio chispeante que logra individualizarla un poco a pesar de compartir los rasgos idealizantes con que Díaz dibuja sus personajes femeninos. Su papel es contraponer a Demóstenes ya no las opiniones del partido sino la sensatez de la experiencia y del sentido común. Su carácter genérico se revela al aparecer los "Manuelistas" como bando en la parroquia, estos son todas aquellas gentes humildes partidarias de la justicia y víctimas del otro bando los "Taedistas". Cada uno de los personajes que forman el bando de los "buenos", es una reproducción con matices derivados de su oficio, edad u otra circunstancia de Manuela. Esta es ventera, Pía es trapichera, Patrocinio es la madre de Manuela, Marta su prima, pero todos se identifican en cuanto constituyen un sector del pueblo. A pesar de ser el centro de la anécdota que forma el argumento, la individualidad de Manuela se limita al encanto de sus respuestas, por lo demás es también un tipo como los anteriores.

 Si el cura, Demóstenes y Manuela representan el bando de la justicia en sus diferentes manifestaciones, corresponde a Tadeo con los Taedistas el papel de la maldad. Tadeo es un siniestro personaje, ha llegado a la parroquia como peón, pero gracias a su habilidad ha pasado a ser el amo absoluto. Aprovechando la ignorancia de los funcionarios municipales y la complicidad de unos cuantos hacendados tiene en sus manos una arma poderosa, la ley que utiliza a su antojo valiéndose de toda clase de enredos y artimañas. En política es draconiano y predica la igualdad y la lucha de los "descalzos" contra los de "botas". Díaz reproduce una opinión que desde entonces ha sido generalizada en la historiografía oficial: los draconianos, gestores del golpe militar de Melo en 1854 con los artesanos, ya eran para la época de escribir MANUELA un partido derrotado y proscrito. Su radicalismo y su tesis igualitarias, bebidas en el socialismo utópico les han valido hasta hoy el repudio de una historia que ve en ellos la primera aparición del comunismo en nuestro país.

 Díaz se cuida, sin embargo, del sectarismo y hace aparecer la figura de un honesto artesano, el herrero Francisco Nova, que sirve para contraponer a los dirigentes y las masas que los siguieron, explicando así el movimiento de los artesanos con otra opinión consagrada por la historia oficial: la del engaño a los artesanos por sus dirigentes que como Tadeo es el mal absoluto, con sus artimañas, pone a su servicio criminales como Juan Acero, obliga a las mujeres a ser sus amantes, crea la "sociedad baratera" con la que emprende un lucrativo negocio de robo de ganado, vive el resentimiento y el odio producido por la frustración. Es un personaje esquemático, y carente de individualidad y hasta de verosimilitud por su exagerada maldad.

 Con estos cuatro personajes se construye la tesis central: un pueblo dividido en buenos y malos ante el cual los partidos proponen formas diferentes de conducción, de las cuales la más adecuada es aquella que tenga en cuenta las particularidades de ese pueblo y que vea que las libertades no bastan por si sola para garantizar el orden, pues la ley, es una arma de doble filo que puede ser usada por individuos como Tadeo. Alrededor de esta tesis se mueve una multitud de personajes que en distintos grados concurren a exponerla. Son campesinos arrendatarios, hacendados, peones de los trapiches, obreros de la manufactura tabacalera, etc. Todos ellos sirven para hacer una pintura excepcionalmente fiel de las condiciones sociales de la época.

 No obstante el vigoroso realismo con que se pinta la vida del pueblo el elemento propiamente novelesco en la obra de Díaz está menoscabado por la pobreza del conflicto allí planteado lo que a su vez se debe a la pobreza de los personajes. Todos ellos carecen de interioridad son tipos en cuanto valen no por su individualidad sino por compartir los rasgos genéricos de un grupo social. Carecen también de historia, no solo es poco o nada lo que se sabe de la vida anterior de cada uno, sino que a lo largo de la novela permanecen siempre idénticos, rígidamente buenos o malos sin mediaciones.

 La narración se hace desde un punto de vista adecuado a este planteamiento esquemático: el narrador construye el mundo novelesco desde afuera, es un observador objetivo que cuenta lo que ha visto pero no conoce la interioridad de los personajes. Nunca describe un movimiento espiritual diciendo lo que pensó uno de ellos, sin embargo su objetividad no es absoluta en el sentido que el maniqueísmo del planteamiento lo lleva a tomar desde el principio posición a favor de un grupo dentro de la novela.

 El tratamiento de los personajes, combinando la objetividad en cuanto pura exterioridad, y el maniqueísmo en la construcción del relato es propio de una novela muy primitiva en la que la interferencia y la tesis política es demasiado inmediata. MANUELA es así una respuesta literaria a los problemas del país en ese momento y de ahí derivan tanto los evidentes valores de su realismo como sus limitaciones en cuanto novela, el esquematismo de sus caracteres y la pobreza del conflicto que entre ellos se desarrolla.

 

© Nubia Amparo Ortiz Guerrero 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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