ORTOGRAFÍA E IDEOLOGÍA:
LOS NOMBRES PROPIOS NO CASTELLANOS
EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


Dra. Ana M. Vigara Tauste
Profesora Titular - Dpto. Filología Española III
Universidad Complutense de Madrid


 

   

Introducción

Curiosamente, nuestros periódicos de ámbito nacional comenzaron a escribir Bernabéu (acentuado) mucho antes de que la Real Academia diera a la luz (a finales de 1999) las nuevas normas ortográficas. Hasta hace solo un año y medio o dos (quizá tres; la verdad es que este dato habría que verificarlo en una hemeroteca), lo normal era encontrar Bernabeu (sin tilde) cuando se hablaba del estadio de fútbol del Real Madrid o del presidente que, en su momento, le dio el nombre. Creo que este ha sido y es un caso paradigmático de lo que viene ocurriendo desde hace tiempo con la escritura de nombres propios no castellanos en nuestra prensa escrita en castellano/español.

Como quiera que en la primera versión de la Ortografía académica se decía literalmente (§ 36. b; el subrayado es mío):

Los vocablos agudos terminados en los diptongos -ay, -ey, -oy, -uy, -au, -eu, -ou, se escribirán sin tilde: taray, virrey, convoy, maguey, Uruguay [se trata en realidad de un triptongo], Espeluy, Sanuy; Aribau, Bayeu, Salou. Túy, bisílabo y llano, lleva tilde sobre la u,

y en el texto no se entraba en otras consideraciones, solía deducirse que las terminaciones en -au, -eu, -ou (como en -iu) correspondían a nombres propios de origen catalán (antropónimos, topónimos) y que seguramente esta curiosa excepción se debía a que, no siendo terminaciones propias del castellano, en su lengua tampoco recibían tilde estos nombres[1]. Siendo explícita desde 1969 esta norma de la Academia, ¿por qué empezaron nuestros periódicos (en sospechoso acuerdo, además) a ponerle acento a Bernabéu, y en cambio no se lo ponían ni a Arnau (apellido de un jugador del F. C. Barcelona), ni a Gibernau (Sete: corredor de motociclismo) ni a Palau (‘palacio’), ni a Bayeu ni a Salou (localidad de Tarragona)...? Desde el punto de vista ortográfico no había justificación, puesto que la Academia imponía la norma de escribir sin tilde «los vocablos agudos terminados en los diptongos -au, -eu, -ou», y Bernabeu era, sin duda, uno de ellos. Como la Academia no se refería explícitamente a nombres de origen catalán, debía entenderse que cualquier palabra aguda terminada en -eu, como Bernabeu, estaba incluida en la regla; pero como de la redacción de ese punto parecía deducirse que tal regla afectaba solamente a nombres propios de origen catalán (los únicos aparentemente que presentan esas terminaciones, y todos los de los ejemplos, salvo Túy), ¿no madrileñizaba la tilde muy adecuadamente el apellido del fallecido presidente del Real Madrid (de origen alicantino, si no estoy equivocada) y de su estadio? De este modo, al parecer, la política, la ideología, la rivalidad futbolística... entraban a saco en la ortografía.

De hecho, desde la llegada de la democracia (tras la muerte de Franco en noviembre de 1975) y de la Constitución (1978), las dudas, las vacilaciones, los cambios y los «problemas» en la escritura de nombres propios no castellanos (tanto extranjeros como españoles) eran el pan nuestro de cada día en las redacciones de los periódicos, que tuvieron que ir adaptando sus criterios a una nueva realidad política y social. Casi sin percatarnos, el «respeto» a las lenguas con las que convivimos y la «corrección» política en su tratamiento pasaron a ser, a la hora de escribir, tan importantes como los criterios ortográficos, y en muchas ocasiones más. Y como los criterios de «respeto» y «corrección» no eran ni son los mismos para todos, las normas ortográficas de la Academia dejaron de ser, a su vez, indiscutidas y «universalmente» válidas (pero no en algunos casos desconocidas); y como, a su vez, esta se ha inhibido históricamente en muchas de las cuestiones política y ortográficamente más acuciantes, comenzó la confusión que, después de más de veinte años, reina todavía...

 

1. Antropónimos (nombres de personas)

Uno de los criterios en los que se alcanzó consenso muy amplio con cierta rapidez fue en el de respetar escrupulosamente la escritura original de los antropónimos (o nombres propios de personas) extranjeros, así como catalanes, gallegos y vascos (es decir, españoles no castellanos). Salvo excepciones (que se han ido, además, suavizando con el tiempo –caso del ABC, por ejemplo), fueron desapareciendo las traducciones, transliteraciones y acentuaciones castellanizadas de estos nombres [2].

Aunque la norma era sencilla y aparentemente fácil de seguir, no estaba exenta de problemas: los lectores, por ejemplo, no confundirían la k con ningún otro sonido que no fuera el suyo, pero tendrían que acostumbrarse a leer ch donde ponía tx (vasco Txiki), gui donde ponía gi (vasco Egiluz; léase «eguiluz»), ya, yo donde ja, jo (catalán Jaume, Jordi), ch suave o sh donde encontraba la x del gallego (Xacobeo)...; y a poner el acento tónico donde correspondiera en nombres como cat. Maria, vasc. Arzalluz (llana), Aoiz o Andoain (agudas, con diptongo: /a-óiz/, /an-do-áin/)... Claro que acostumbrarse es, en principio, solo una cuestión de tiempo... Cuantas más veces los leamos así escritos y de este otro modo los oigamos leídos o dichos, más fácil será nuestro aprendizaje, más rápidamente conseguiremos acostumbrarnos a esas grafías. Pero así simplificadas, las cosas son demasiado sencillas (o al menos mucho más sencillas que en la realidad)...

«Induráin lleva acento, si él quiere», rezaba, muy gráficamente, un titular de Álex Grijelmo en El estilo del periodista (Taurus, Madrid, 1997). Porque, claro, si hemos de ser respetuosos con los nombres propios de nuestros conciudadanos, deberíamos saber si, independientemente de su procedencia, ellos quieren llamarse (en su vida pública) José o Josep, Cipriano o Ciprià, Andoni o Antonio, Benito o Bieito, Anna o Ana o Anne, Mari Carmen o Mayka...; y si acaso solo es vasco (o catalán o gallego o extranjero) uno de sus apellidos y no el otro ni el nombre (o solo el nombre, y no los apellidos, etc.); si han cambiado de opinión en un momento dado y desean cambiar la versión pública de su nombre (lo hizo Luis María Ansón cuando decidió escribir Anson y explicó que su apellido se escribe así porque es de origen británico); si querrían llamarse con una versión del nombre aquí y con la otra allá... Y aun sabiendo todo esto, para escribir bien sus nombres tendríamos muchas veces que conocer también ciertas reglas ortográficas de sus respectivas lenguas. Y aun sabiendo todo esto también, ¿será posible preguntar a cada uno de los personajes públicos cómo quiere que escribamos su nombre, si castellanizado o no, si con acento o sin él?; y aun haciéndolo, ¿sería razonable esperar de ellos (que no suelen ser ni lingüistas ni filólogos, ni tienen por qué estar especialmente preocupados por estas «menudencias») un criterio bien definido o suficientemente fundamentado al respecto? Y sobre todo, ¿podemos esperar del periodista, que es quien se enfrenta a diario a la responsabilidad de escribir estos nombres propios, que cumpla a rajatabla con tantas y tantas precauciones?

Así que –y no puede extrañarnos demasiado–, allí donde no hay un criterio claro desde el punto de vista ortográfico (la Academia ha evitado cuidadosamente pronunciarse al respecto y, vistas las cosas, justo es reconocer que no sin cierta razón), ni unánime desde el punto de vista ideológico (para algunos, escribir Eguíbar en vez de Egibar es una grave falta de respeto; para otros, un modo de facilitar la lectura adecuada de este apellido vasco), ni riguroso en la adopción de las diferentes normas relativas a una lengua particular ni en la extensión a todas las secciones y a todos los profesionales de una determinada opción, reina la confusión...

Los nombres propios son –no lo olvidemos– como «etiquetas sociales» que aplicamos a las cosas (y a las personas) para poder referirnos a ellas y hacerlas inequívocamente identificables y reconocibles de forma rápida y «económica». Así que, en principio, parece razonable respetar la etiqueta que otras personas han recibido o elegido para sí mismas, la que quiera que esta sea, como nos gustaría que se respetara la propia; más aún: en estos momentos parece lo razonable y lo único «políticamente correcto» y socialmente aceptable. Y esto, en general, parecen tenerlo claro nuestros medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales (cadenas de televisión), aunque siga, en parte, reinando la confusión (ortográfica).

Respetar la etiqueta, lógicamente, implica respetar su grafía literal (las letras) y su acentuación originales. Salvo excepciones, por lo que puede verse en los medios, parece más fácil cumplir con lo primero que con lo segundo en el caso de los nombres gallegos, catalanes y vascos; y bastante difícil llegar a un acuerdo que permita la unidad en la (necesaria) adaptación de los nombres extranjeros que proceden de lenguas con alfabeto no latino.

 

1. a. Antropónimos vernáculos

En efecto, los antropónimos vernáculos aparecen escritos de la misma forma (con las mismas letras) en prácticamente todos los medios de comunicación (incluida la televisión, cuando los reproduce escritos). De los periódicos nacionales, el ABC es el que muestra más titubeos en este terreno, titubeos que afectan solamente a los nombres vascos y que no creo que puedan atribuirse actualmente a motivos ideológicos ni políticos (quizá sí a falta de coordinación entre las diferentes secciones del periódico). De hecho, el periódico conserva sistemáticamente la tx y la k del vascuence, así como su ausencia de tilde (como en Ibarretxe, Txiki y Arzalluz, que, españolizados, serían Ibarreche, Chiqui y Arzálluz o Arzallus), pero a veces (y como lo hace solo a veces, no es fácil saber por qué) la ge, gi las convierte en gue, gui, además de adaptar siempre el nombre del cargo (lehendakari ‘presidente’) como lendakari:

La concentración [en protesta por el asesinato de Jesús María Pedrosa], que tuvo lugar en la plaza de Txiki y Otaegui –dos miembros de ETA ejecutados en 1975, al final del régimen de Franco– [...] (ABC, 6-6-2000, pág. 20).

A este mismo periódico corresponde también una curiosidad que además se ha contagiado a otros diarios de nuestro país y a la televisión: cuando todavía solía castellanizar los nombres vascos, respetaba, sin embargo, en lo esencial el apellido de una de sus colaboradoras, la escritora Lucía Etxebarría, que durante algún tiempo se había presentado en sociedad como Lucía Echevarría. Y el periódico lo escribía (y lo escribe) así, Etxebarría, y así lo escriben también la mayoría de los medios, sin percatarse –al parecer– de la incongruencia de utilizar la grafía vasca del apellido con la tilde castellana (en vascuence no existe acento ortográfico). Pero este es uno de esos casos en que la persona utiliza nombre castellano (Lucía) y apellido vasco (Etxebarria) y es posible que el híbrido Etxebarría sea también elección explícita de la autora y por eso lo escriba así el periódico. Es posible. Pero ¿cómo saberlo? Y aun siéndolo –y sabiéndolo–, ¿justificaría esta elección «personal» que le presentemos un híbrido ortográfico (vascuence-castellano) al lector? Mi primera tentación es contestar inmediatamente que sí, puesto que la tilde no solo no estorba a los lectores castellanohablantes, sino que les facilita la lectura correcta de la palabra, como, de acuerdo con las antiguas normas de ortografía académicas, ocurría cuando se le ponía la correspondiente tilde a (al.) Wágner[3], aunque este se considera ya un argumento anticuado. Pero, claro, exactamente lo mismo ocurre con otros muchos nombres vascos como Indurain y Arzalluz, y nadie les pone la tilde; y como la apariencia también cuenta, y mucho, en asuntos de ortografía, la tilde en Egíbar, sin duda, dificultaría nuestra percepción de este apellido vasco que tendría plena apariencia de castellano... Y en estos casos, además, si el híbrido respondiera al deseo expreso del personaje que lleva el apellido, algunos periódicos (los que lo escriben sin tilde) no estarían siendo fieles a su principio de respetar la elección personal de los afectados... Dicho de otro modo: los que son fieles a la ortografía no pueden serlo al principio de respeto a la elección personal, y viceversa. Por extensión, estos días en que se juega la Eurocopa de fútbol, en algunos periódicos y en algunos informativos de televisión escriben también con tilde el nombre del jugador vasco (de la selección española) Etxeberria.

La misma o muy similar duda puede surgir –y se ve que surge, a juzgar por los dobletes que con frecuencia aparecen– con cualquier antropónimo que sume nombres en dos o más idiomas diferentes: el tenista catalán Carlos Moyà (damos por supuesto que este es el nombre con que se presenta él mismo) aparece algunas veces «catalanizado» como Carles Moyà y alguna otra «castellanizado» como Carlos Moyá; es más que probable que Miguel Indurain (ciclista) no tenga ningún inconveniente en que se presente castellanizado su apellido (con la tilde: Induráin), o incluso lo prefiera, como su nombre (acaso tampoco el tenista), pero lo cierto es que ni siquiera cuando los periódicos lo castellanizaban se la ponían (entonces por error)...; y si se la pusieran ahora, ocurriría como con Etxebarria, que desde el punto de vista ortográfico no tendría mucho sentido que estos dos apellidos la llevaran y otros similares (Etxeberria, Lizasoain...) no.

Y es que, como se ve, para escribir correcta y coherentemente estos antropónimos no basta con conocer la elección del afectado y respetarla. Primero, porque hacer todo eso o dejar de hacerlo supone muchas veces tomar decisiones (a veces contradictorias) de carácter ortográfico o «ideológico» que quizá no correspondan al periodista en particular, aunque sean él y el medio para el que trabaja quienes acaben asumiendo esa responsabilidad. Y además porque, si no se conocen bien ciertas reglas de escritura de los idiomas implicados, es fácil que haya interferencias (¿no es posible que la inclinación a poner la tilde en Etxebarría venga inducida también por la proximidad del nombre, que tiene el mismo esquema tónico, -ía?) o se cometan errores.

No poner la tilde a Indurain cuando era considerado simplemente un nombre «español» era un error (muy similar al de buscais en lugar de buscáis o teneis en lugar de tenéis, tan común, aunque poco presente en los medios, dado que se trata de la segunda persona del plural), es decir, un deficiente conocimiento de la norma ortográfica del castellano. El mismo quizá que subyace en el hecho de convertir Moyà en Moyá (pero en este caso, de la norma del catalán, que aplica siempre acento abierto, y no cerrado o agudo, a la a, que es la vocal más abierta). El mismo seguramente –pero quizá no– que nos conduce a poner la tilde a Etxebarría y violentar la regla de que no hay acento ortográfico en vascuence. El mismo, casi seguro, que ha difundido hace no mucho entre nosotros, en todos los periódicos (al menos en todos los que cayeron en mis manos) y en todos los titulares televisivos (que vi) el «caso Cuiña» y su protagonista, que le da nombre: Xosé Cuiña. Fieles a su principio de respetar escrupulosamente el nombre original, nuestros medios escribieron José en gallego (Xosé), pero seguramente casi todos (los no gallegos, supongo) desconocían la regla de acentuación de esta lengua que dice que en las palabras llanas lleva tilde la combinación vocal débil (i, u)+vocal débil (miúdo ‘menudo’; muíño ‘molino’), y escribieron el apellido gallego a la castellana: Cuiñ en vez de Cuíña, que sería lo correcto (y lo coherente tras Xosé).[4]

Moyá, Etxebarría, Cuiña... Naturalmente, el lector podrá preguntarse siempre (a sí mismo) si el castellanizar el apellido o el nombre ha sido deseo expreso de quien lo lleva (respetado, entonces, por unos, pero no por otros), decisión del periódico (sin consulta previa, lo cual presupondría una elección tan política e ideológica como ortográfica) o error del periodista (desconocimiento más o menos justificado de la norma). Y como raramente trasladará esta pregunta al periodista, al periódico o al personaje afectado (y, si lo hiciera, muchas veces no podría obtener cumplida respuesta), el lector difícilmente podrá sentirse seguro de qué criterios han guiado la elección y de si estos son o le parecen correctos o adecuados...

¿Y qué hacer cuando aparecen nombres nuevos? Porque, errónea o correctamente escritos, los apellidos de que hemos tratado hasta ahora llevan ya cierto tiempo apareciendo en nuestros medios de comunicación y podemos considerarlos «asentados» en ellos. ¿Pero qué puede/debe hacer el periodista cuando tiene que hablar en un breve (que además le ha llegado normalmente de agencia) de la tenista Cristina Torrens (El País, 21-5-2000, pág. 54) o del futbolista Guimerans, jugador del Depor (que «ortográficamente» debería ser Dépor, como se explica en otro cajetín) en la liga 1949-1950 (ABC, 20-5-2000, pág. 62)? ¿Son Torrens y Guimerans apellidos castellanos, gallegos, catalanes o vascos? Porque si son castellanos, catalanes o vascos no deben llevar tilde, pero si son gallegos ... El periodista, al pronto, no puede saberlo; y la mayoría de los lectores, por fortuna, tampoco... Porque para un lector observador y consciente, podría resultar desconcertante encontrar Torrens sin tilde (porque es catalán, por ejemplo) y Guimeráns, en cambio, con ella (porque es gallego)[5]. Y darle todas estas explicaciones podría resultar complicadísimo... Por otra parte, si yo, lector, sé que Guimeráns es gallego y debe llevar su tilde, y el periódico no se la pone, ¿debo pensar que este es estrictamente respetuoso con el catalán, pero no con el gallego? Y si lo pienso, ¿estoy en lo cierto? Y si estoy en lo cierto, ¿debo interpretar que se trata de una actitud intencional por parte de los responsables del periódico (o de la televisión) o de una simple omisión por ignorancia? Y si considero, generosamente, que se trata de esto, simple omisión por ignorancia, ¿debo aceptar y disculpar sin más que los medios de comunicación ignoren precisamente lo relativo al gallego y no al catalán? (o al contrario, que sería igualmente válido para el argumento)...

He puesto puntos suspensivos, pero las preguntas podrían aún multiplicarse. En realidad, de fondo subyace otro motivo más para tanta confusión (y discusión). Mi amigo Antonio Aguirre, que ha escrito toda su vida su apellido con gui a pesar de ser de origen vasco(sus bisabuelos paternos lo eran), no ha cambiado ni piensa cambiar la ortografía de su apellido; para hacerlo, necesitaría una buena razón y, puesto que no la tiene, ni siquiera se lo ha planteado. Y a la inversa: los hijos de unos amigos de Bilbao eliminan sistemáticamente la tilde de su apellido (Lopez, escriben) porque así lo sienten más acorde con su entorno y así es como lo prefieren. Y es innegable que esto representa una opción personal (política, ideológica y social) muy respetable, pero no ayuda mucho a la clarificación ortográfica. Si somos (o queremos ser), y nuestros apellidos son, de donde estamos o de donde nos sentimos, conviene proclamar la no estabilidad (gráfica, sonora) de los antropónimos. En España confunden a veces mi apellido, Vigara (llana), con Viguera o con Vígara (esdrújula), alguna vez incluso con Viagra, y cada vez que esto ocurre me tomo la molestia de corregirlo; no me atrevería a hacer lo mismo, sin embargo, en Francia, donde mis primos pasean y difunden un apellido de apariencia muy diferente al mío, aun siendo el mismo: allí nuestro apellido, escrito Vigara, suena aproximadamente /bigagá/, pero yo no puedo ni debo considerar un error ese /bigagá/... Para el mismo lector que, acostumbrado a leer Aguirre durante tantos años, ha acabado aceptando que de este apellido se puede encontrar otra versión ortográfica (que tiene exactamente la misma lectura), resulta todavía muy difícil aceptar Lopez como versión ortográfica válida de López...

Por lo demás, el problema, aunque agudizado desde la llegada de la democracia, es antiguo, y no se le ven trazas de rápida ni fácil solución. Cuando, todavía en época franquista, todos los nombres propios terminados en diptongo iu tónico se escribían sin tilde (Feliu, Codorniu), el que lucía la familia del propio Francisco Franco se escribía, y se sigue escribiendo, siempre con tilde (a la castellana): Carmen Martínez Bordiú, por ejemplo. Quizá tal excepcionalidad no fuera inocente, pero no olvidemos que –como ya hemos advertido en otras ocasiones– el oído y la vista influyen también en nuestra ortografía y en nuestros hábitos ortográficos: por alguna curiosa razón (probablemente cercana a la que subyace en que escribamos Depor, super, hiper, sin tilde), escribimos con mucha frecuencia Miriam en lugar de Míriam (nombre que pronunciamos como llana en -m), Jonatan o Jonathan en lugar de Jónathan (quizá la pronunciación de la j- y la presencia de th nos induzca a considerarlo extranjero y a no tener en cuenta que es esdrújulo), como hemos podido ver recientemente con las noticias sobre un niño desaparecido; y durante muchos años (todos los que estuvo en activo) hemos escrito como Michel el nombre del exjugador del Real Madrid (hoy comentarista deportivo en televisión), aunque siempre lo hemos pronunciado igual que el de Míchel Salgado, jugador actual del Real Madrid también, que lleva siempre su tilde. Y hoy, un nombre nuevo (es decir, nacido para la prensa ya en la democracia) se ha convertido en el mejor ejemplo de la rebeldía ortográfica de nuestros medios, que –con extraño acuerdo también– escriben, en contra del criterio de la Academia[6], Rociíto (y no «Rociito»), como escriben priístas y chiíta, llevando a sus últimas consecuencias la contrarregla de acentuación...

 

1.b. Antropónimos extranjeros

El principio del respeto ortográfico al original de la «etiqueta nombre propio» o a la elección personal de quien la ostenta no siempre puede ser cumplido a rajatabla cuando se escriben nombres extranjeros que proceden de alfabetos no latinos (el cirílico, por ejemplo).

Puesto que no es adecuado conservar la grafía del nombre en un alfabeto ilegible para el público, la regla aceptada por todos es, en estos casos, su adaptación-transliteración de modo que la ortografía española que le demos se aproxime lo más posible a la pronunciación original (al menos tal como la oímos, con el acento en la sílaba correspondiente). Como las noticias internacionales suelen llegar a través de las agencias internacionales de prensa, los libros de estilo de los periódicos suelen advertir a sus autores contra la posibilidad de adoptar mecánicamente la transliteración de otras lenguas, el inglés y el francés sobre todo. Aun así, ni el público (que solo accede a estos antropónimos por lo que ve u oye en los medios de comunicación) puede saber normalmente si la versión del nombre que le proporciona el periódico es la más adecuada a la norma ni los medios de comunicación consiguen tenerlo del todo claro. Veamos algunos ejemplos.

Aunque se pronuncia (y los medios escriben) mayoritariamente Vladimir (aguda) y Boris (llana), El País escribe Vladímir Putin y Borís Yeltsin (pero Boris Izaguirre, que es de origen venezolano; quizá por contagio, Borís Izaguirre lo escribió ABC en su edición del 6 de junio pasado, pág. 84). En la Eurocopa 2000, que se juega estos días (junio), participa Mijatovic, que fue jugador del Real Madrid, cuyo apellido creo que nunca escribimos con tilde, a pesar de que siempre lo pronunciamos esdrújulo (y con la -ja- como -ya-: /miyátovic/); su reaparición en los medios españoles nos da ahora tres versiones distintas de su nombre: Pedja (pronunciado /pédia/, la más común), Pedrag, Predrag (de los tres modos lo he visto escrito en televisión), sin tilde en los dos últimos casos, a pesar de leerse también como llanos...[7]

¿Quién tiene razón? ¿Cuál de las versiones es la buena? Sin duda, para que unos medios escriban Vladimir y otros Vladímir tiene que haber una buena razón; sobre todo teniendo en cuenta que si el nombre nos llega transcrito del inglés, esta lengua no tiene tildes, y si nos llega del francés, no la necesitaría, como palabra aguda, en español. Quizá en ruso se pronuncie Vladímir, y en este caso quien así lo escriba está en lo cierto; pero cierto es también que en español decimos Vladimir

(incluso, como he podido comprobar en una prueba con mis alumnos, cuando leemos en voz alta la palabra con la tilde en la segunda sílaba), así que respetar la pronunciación del ruso significaría traicionar la del castellano (y a la inversa, claro), y al fin y al cabo nuestros lectores son españoles, no rusos... Como ocurre en otros casos, ninguna de las dos opciones es realmente buena, así que cualquier elección podrá ser discutida.

A veces parece que el problema es más estrictamente ortográfico: decidir, por ejemplo, si los usos no específicos de algunos nombres propios (los de las ganaderías para referirse a sus toros, los de los autores para sus obras de arte, etc.) los convierte en nombres comunes: si han de escribirse o no con mayúscula inicial, en singular o en plural, de este modo o de este otro. El uso demuestra que no es fácil anticipar una norma válida para todos los casos ni para todos los usuarios. Así, por ejemplo, aunque parece que nuestros periódicos aceptan con normalidad utilizar ciertos nombres propios como comunes (en minúscula, generalmente en cursiva o entrecomillados), como en

Los miura y los pablorromeros dieron buen juego

Diecisiete picassos en el MOMA,

el uso vacila de hecho entre aplicarles o no el plural cuando pueden llevarlo (miura> miuras; velázquez> ?) e incluso entre conservarlos o no como nombres propios cuando el de origen es invariable: «Los velázquez/los Velázquez han vuelto a su sitio en El Prado». Tal vez por eso, los famosos óscars (así solemos decir en lengua hablada) de Hollywood, cuya denominación proviene, según la leyenda, del nombre propio del tío de una secretaria que participaba en su creación, hemos podido verlos escritos en casi todas las versiones (con y sin mayúscula inicial, con y sin tilde en la o, con y sin -s de plural): los «oscar» (también cursiva, en lugar de las comillas), los «óscar», los «Oscar», los «Óscar», los «Óscars», los «óscars»... (nunca, curiosamente, con plural regular: los «óscares»). Naturalmente, en inglés el nombre no lleva la tilde que nosotros le pondríamos, y la duda aquí estriba, sin duda, en decidir hasta qué punto «óscar=estatuilla-premio» es nombre propio (del galardón: con mayúscula inicial y sin tilde, para respetar su carácter de nombre extranjero) o nombre común (de un galardón: en minúscula, con tilde, pluralizable), aunque provenga de nombre propio. ¿Quién debe decidir esto y cómo debe decidirse?[8]

 

1.c. Y volviendo a Bernabéu...

En tal océano de dudas y vacilaciones estábamos cuando comenzó a prodigarse Bernabéu (con tilde) en nuestros periódicos, que casi no nos sorprendió el repentino cambio acentual en nuestros medios de comunicación ni hemos podido casi percatarnos bien de que parece definitivamente asentado en ellos. Cuando apareció la nueva Ortografía académica, tuvimos la curiosidad de comprobar si nuestros medios de comunicación se habían adelantado a la nueva norma o simplemente habían instituido un modo diferente de escribir el nombre, una convención nueva, con criterio ideológico-ortográfico propio. Y lo cierto es que todavía no sabemos qué responder si se nos pregunta...

En su Ortografía de la lengua española (Espasa Calpe, Madrid, 1999), la Academia ha eliminado todo vestigio del párrafo que citábamos al principio de este trabajo, pero, en el apartado de acentuación dedicado a diptongos (pág. 43), concluye explícitamente:

A efectos ortográficos, para que haya diptongo debe darse una de estas dos situaciones:

    1. Que se sucedan una vocal abierta (a, e, o) y una cerrada (i, u), o viceversa, siempre que la cerrada no sea tónica. En consecuencia, son diptongos las siguientes combinaciones: ai, au, ei, eu, oi, ou, ia, ie, io, ua, ue, uo. Ejemplos: aire, causa, peine, Ceuta, oiga, bou, viaje, ciego, quiosco, suave, fuerte, cuota.
    2. Que se combinen dos vocales cerradas (i, u) distintas: ui, iu. Ejemplos: ruido, diurético, etc.

Algunas de estas combinaciones vocálicas pueden articularse como hiatos (es decir, en dos sílabas), dependiendo de distintos factores: [...].// Sin embargo, a efectos de la acentuación gráfica, se considerará siempre que se trata de diptongos.

Ningún ejemplo, como puede verse, parecido a Aribau, Bayeu, Salou, Feliu... Quizá con buen criterio, la Academia renuncia a pronunciarse sobre cómo deben escribirse en español estos nombres propios no castellanos, entre otros motivos –supongo– porque seguramente alguna vez ha recibido el reproche de haberse interesado (en la edición de 1969) solo por los nombres catalanes y no por los gallegos ni por los vascos...

Y así llegamos de nuevo al punto «ortográfico» en que estábamos y enlazamos con el tema de la escritura de topónimos y nombres de equipos deportivos, que tratamos en el punto siguiente. Bernabéu se nos ha quedado huérfano porque la Academia no dice ya absolutamente nada sobre este tipo de nombres acabados en diptongo tónico, seguramente porque, en general, no son castellanos, y la Academia establece su norma para el castellano, y no para otras lenguas (y parece que el mínimo roce con ellas puede provocar fricción). Pero a Bernabéu le ponen todos los periódicos tilde, y de esto quizá podamos deducir que están considerándolo como «castellano» ya, y, puesto que los madrileños y los madridistas parecen habérselo apropiado, esto podría servir de justificación... Algo parecido ocurrirá pronto –supongo–, si no ha ocurrido ya, con el Lopez de los hijos de mis amigos, que por más apariencia que tenga de castellano, deberemos considerar vasco, sin la tilde (a su vez, sus padres, que se lo han transmitido, probablemente seguirán escribiéndolo con ella). La ideología, la política, la rivalidad deportiva, etc., tomando al asalto la ortografía; o, visto de otro modo: las personas decidiendo (no es fácil estar seguro de con qué grado de libertad o de coherencia) qué etiqueta quieren usar y que se use. Y ahora podríamos hacernos otra vez aquí muchas de las preguntas que nos hemos hecho ya a lo largo del trabajo, y quedarnos, una vez más, sin las respuestas. Parece claro que si reina en estos y tantos otros casos no mencionados en este trabajo, la confusión es solo porque, de momento, es imposible el acuerdo...

2. Topónimos (nombres de lugar)

Todo lo que hemos dicho para los antropónimos extranjeros y los vernáculos no castellanos, y algo más, sirve también para los topónimos; y para los nombres de instituciones y de equipos deportivos; y, en general, para los nombres propios (y algunos comunes). Con un importante añadido en el caso de los topónimos que contribuye también, y mucho, a la confusión: una norma de uso antigua (que afecta a la mayoría de los idiomas, no solo al español) que casi nadie discute explícitamente, pero difícil de seguir con objetivo rigor:

cuando un lugar tiene ya un nombre conocido (históricamente, por tradición) en español, debe seguir usándose este; por ejemplo, Londres, Nueva York, París, Múnich, Oporto, Florencia..., y no London, New York, Paris, München, Porto, Firenze...

Cierto que la regla parece también sencilla y fácil de cumplir, pero tampoco aquí (por motivos ideológicos, políticos, ortográficos...) parece posible, por el momento, el acuerdo.

Curiosamente, tras publicar la nueva versión de la ortografía, la Española ha recibido muchas críticas airadas, algunas formales (de las academias catalana, gallega y vasca), por su apéndice 3, donde incluye una lista de los «topónimos cuya versión tradicional en castellano difiere de la original». ¿Debemos esperar de la Academia que ignore (y ni siquiera mencione) que tradicionalmente, en castellano, hemos dicho y escrito Baviera y no Bayern (al.), Braganza y no Bragança (port.), Champaña y no Champagne (fr.), Carballino y no O Carballiño (gall.), Carcagente y no Carcaixent (val.), Figueras y no Figueres (cat.), Fuenterrabía y no Hondarribia (vasc.)...? En realidad, la docta institución no se pronuncia explícitamente sobre la conveniencia, obligación o posibilidad de seguir llamándolos así; simplemente, proporciona en su apéndice una información lingüística, información que no es bien recibida por todos.

¿Sería disparatado deducir que igual que la Academia defiende que no digamos ni escribamos Bayern (sino Baviera), defiende que no digamos ni escribamos Hondarribia (sino Fuenterrabía), por el mero hecho de aparecer ambos topónimos en el mismo apéndice, bajo el mismo rótulo? Ciertamente, la deducción no parece disparatada, pero se plantea directamente otra pregunta: ¿por que nos parece a todos (tan radicalmente) bien seguir utilizando Baviera o Londres y en cambio a unos cuantos, quizá no tan pocos, parece (tan radicalmente) mal Lérida, Fuenterrabía, La Coruña, Elche, Baracaldo, Gerona...?[9] También aquí son posibles argumentos (ortográficos e ideológicos, inevitablemente imbricados además) para todos los gustos, y cualquiera que sea la postura que adoptemos o la preferencia que sigamos, esta excluirá a otra u otras y a casi nadie le parecerá «inocente» la elección hecha...

Para unos, lo adecuado es utilizar el nombre castellano (tradicional) cuando la comunicación se realiza en castellano, lo cual significa que los topónimos vernáculos reciben, como no castellanos, el mismo tratamiento ortográfico que los extranjeros (Baviera en vez de Bayern, y Lérida en vez de Lleida, por ej.) y son, por tanto, tratados con el mismo respeto. Para otros, tratar como «extranjeros» nombres de lugar que son «españoles, aunque no castellanos» es en sí mismo una falta de respeto, una exclusión que de ninguna manera debería aplicarse a nuestros topónimos: lo adecuado sería, pues, escribirlos en la lengua correspondiente, como siempre se ha hecho con los castellanos (españoles). Para otros se trata, simplemente, de respetar las «etiquetas», dejar que cada uno sea nombrado como dice llamarse, sin entrar en su origen (para no crearse problemas innecesarios); pero estos mismos escriben Lleida y Baviera, dando diferente tratamiento a unos y otros topónimos (es decir, implicándose también inevitablemente con su elección). Para otros, la distinción entre escribir el topónimo en castellano o mantenerlo en la otra lengua debe tener en cuenta la categoría del topónimo: tradicionalmente, se han traducido o adaptado los topónimos extranjeros «mayores» (es decir, importantes), que eran los más usados, pero no los «menores», y así debería hacerse también con nuestras lenguas vernáculas (luego Lleida no, porque es topónimo mayor y debe castellanizarse, y Fuenterrabía tampoco, porque, por ser topónimo menor, debe mantenerse en vascuence: Hondarribia). Ya en este terreno, sin embargo, a otros les parece que si decimos y escribimos Londres (que es la capital del Reino Unido) y Aquisgrán (al. Aachen) es porque así los conocemos (no importa si son o no objetivamente importantes en sus respectivos países) y así los usamos en castellano, lo mismo que ocurre con otros catalanes, gallegos o vascos...

Si la Academia no tiene autoridad (política) para decidir qué criterio ortográfico debería imponerse, de hecho tampoco los periódicos ni los usuarios tienen autoridad (lingüística) para imponer una opción que parezca a todos (o al menos a la mayoría) política o ideológicamente preferible. Todo el mundo parece tener algo que decir al respecto y sentir que «la» razón no puede estar más que de su parte... Así que no puede extrañarnos que algún lector un poco despistado considere que actualmente están vigentes dos pactos en relación con el terrorismo: el llamado de Estella y el llamado de Lizarra; ni que alguno, más enterado, le explique que se trata del mismo pacto, que en realidad se llama deEstella-Lizarra, interpretando literalmente la solución intermedia que consiste en citar en primer lugar el nombre tradicional castellano del topónimo que nomina al pacto y a continuación, unido a él mediante guión, el vasco, con la intención de facilitarle el reconocimiento al lector sin resultar del todo «políticamente incorrecto».

Por lo demás, algunos topónimos extranjeros sufren también la falta de acuerdo de nuestros medios de comunicación acerca de cómo deben escribirse. Significativamente, además de Sidney (que encontramos también como Sydney), sede de los próximos juegos olímpicos, dos que apenas presentan vacilación en nuestra lengua hablada: Rumanía, que algunos medios escriben siempre Rumania (sin tilde) o incluso Romania, y la capital de China, Pekín, nombre que procede de una lengua con alfabeto no latino, que algunos escriben siempre Beijing. Creo que la pronunciación claramente mayoritaria del primero es con hiato (Rumanía) y que, salvo excepciones, nadie diría Beijing (ni /beijíng/ ni /beiyíng/) sabiendo que se trata de Pekín... No parece claro en estos casos que haya un motivo «ideológico» detrás, pero la falta de unidad es, como en los topónimos de lenguas vernáculas, un hecho.

 

3. Nombres de equipos deportivos [10]

Muchas veces, los equipos deportivos toman el nombre de la localidad en que han nacido, que es donde tienen inicialmente su cantera y en donde suelen contar con un mayor número de seguidores. Un buen equipo de fútbol es en Europa e Hispanoamérica (en estados Unidos deberíamos hablar de baloncesto o de béisbol) el mejor representante público con que puede contar una ciudad o un país, y no es nada raro que, aun cuando no hayan integrado el topónimo en su nombre propio, lo hagan constar cuando se presentan o juegan en el extranjero.

El criterio claramente predominante en estos casos en nuestros medios de comunicación es el de respetar a rajatabla la «etiqueta» o nombre propio que cada equipo haya adoptado, contenga o no topónimo o gentilicio, sea español o extranjero, con excepción de los que proceden de lenguas con alfabeto no latino, que se adaptan o traducen (por ej., el Estrella Roja de Belgrado). De modo que los mismos medios que no admiten Lleida para Lérida ni Ourense para Orense (ciudad, provincia), no suelen tener ningún inconveniente en utilizar esa versión (del topónimo) para referirse al equipo de fútbol. ¿Es esto una incongruencia? No importa mucho la respuesta, si tenemos en cuenta que al menos aquí funciona una norma clara que parece aceptada por todos. El uso, sin embargo, no está exento de vacilaciones, problemas y curiosidades...

Ya hemos tratado en un cajetín de la no acentuación de Depor (abreviación popular de «Deportivo de la Coruña»). Pero, por distintos motivos, otros nombres de equipos de fútbol en nuestro país pueden sumarse a las vacilaciones acentuales de nuestros medios de comunicación y de sus lectores. El Racing (de Santander) y el Sporting (de Gijón), por ejemplo, no han llevado nunca –que yo recuerde– tilde en nuestros periódicos nacionales, ni siquiera cuando solían adaptarse los nombres propios de apariencia extranjera pero fácil lectura en castellano. El Eibar (vasco) aparece unas veces sin tilde (como en vascuence) y otras con ella, Éibar (castellanizado): así (acentuado, lo cual no deja de ser curioso tratándose de este periódico) lo encontramos, por ej., en El País del 9-5-2000, pág. 63. Con el mismo significado encontramos tres palabras diferentes: Atlético (de Madrid), Athletic (de Bilbao) y Atlétic (Terrassa); la primera con tilde por tratarse de una esdrújula castellana, la segunda sin tilde se supone que por ser de origen inglés, y la tercera acentuada como en catalán (que coincide en esto con el castellano).

Las mayores vacilaciones, sin embargo, aparecen en el uso gramatical y referencial que se hace de estos nombres propios, mucho más que en el ortográfico. Y, como ocurría con los antropónimos, algunos usos pueden crear auténticos problemas desde el punto de vista ideológico o de lo políticamente correcto...

Sin duda, el caso más curioso nos lo proporciona el nombre de un equipo navarro que juega la liga española: el Club Atlético Osasuna, de Pamplona, recién ascendido a Primera División. Al parecer, el sustantivo vasco Osasuna contiene ya en su -a final el artículo correspondiente (el), por lo que decir/escribir el Osasuna (como decimos o escribimos el Atlético o el Betis) sería redundante (expresaría dos veces el artículo determinado). Naturalmente, esto no suele saberlo el usuario común, que dice, sin prejuicios y sin crearse problemas, el Osasuna, puesto que para él se trata, como en todos los demás casos, de un equipo (referente verbal masculino): de ahí el artículo determinado, que en castellano aparece siempre en masculino: el [equipo de fútbol llamado] Barcelona/Atlético/Deportivo/Alavés/Betis..., Osasuna. El usuario común, que no suele conocer semejante curiosidad lingüística (artículo integrado en el sustantivo vasco, es decir, en la «etiqueta»), actúa con coherencia. Pero nuestros medios, al parecer, sí saben, y alguien se ha debido de encargar de propagarlo[11], que «el Osasuna» es sintagma redundante, y se empeñan en escribir (y a veces incluso en decir en televisión) solo Osasuna donde el lector común diría (y de hecho «lee», precisa leer u oír) «el Osasuna». Es posible que el afán de ser respetuosos con las otras lenguas de España haya influido de forma tan curiosa en este uso... Y he subrayado intencionalmente las otras, aunque tampoco en este caso están claras las cosas y cualquier lector podría acusar a su periódico de ser muy respetuoso con el vascuence (imponiendo a sus lectores algo tan difícil de hacer espontáneamente como quitar el artículo a un solo club de todos los que hay en España, al Osasuna, dándole de hecho tratamiento de nombre propio de persona), pero muy poco respetuoso con el castellano y el catalán, que tienen también equipos con nombres que integran el artículo, y no se les tiene en cuenta a la hora de mencionarlos:

Osasuna se une al Las Palmas y al Villarreal en el ascenso a Primera (El País, 5-6-2000, portada).

El Las Palmas deja escapar la oportunidad de colocarse líder. (El País, 2-4-2000)

Hoy el L’Eliana [equipo valenciano de balonmano cuyo nombre completo es –si no estoy equivocada– Milar L’Eliana] buscará asegurarse la Recopa (ABC, 20-5-2000, pág. 71).

 

Como puede apreciarse, el tratamiento masculino singular (con el artículo el) se aplica a todo nombre de equipo, incluso si en su denominación completa constan otras palabras con género y número distinto o consta el artículo: Unión Deportiva Las Palmas> el Las Palmas; excepto, curiosamente, al Osasuna, que ni siquiera tiene aspecto redundante cuando recibe el artículo.

Aunque el más representativo, este no es el único caso en que el uso escrito y el oral difieren y en que el principio de respetar las etiquetas de otras lenguas no parece (o no puede) aplicarse con rigor, o, si se aplica, puede conducir a error de lectura. El Villarreal, mencionado en uno de los ejemplos anteriores porque acaba de ascender también a Primera División, es un equipo castellonense (del ámbito lingüístico del valenciano, pues) que suele aparecer escrito así (y a sí leído/dicho en castellano): Villarreal; sin embargo, cuando su entrenador se refiere a él, dice Vilarreal, que sin duda es la pronunciación común del nombre en su lugar de origen (es decir, «su nombre oral», aunque el escrito sea con -ll-). Y, sin duda, un lector más entendido en deportes que yo podrá contribuir con otros ejemplos a este apartado...

Cuando el nombre propio del equipo (sea español o extranjero) incorpora un topónimo, cosa que ocurre con cierta frecuencia –como decíamos–, hay también motivos para vacilaciones, pues se puede elegir traducir el topónimo y atribuírselo al nombre propio o considerarlo intraducible como parte de la etiqueta global «nombre propio de un equipo». Si al mencionarlo en los medios se abrevia el nombre, normalmente se pierde el topónimo, pero si el equipo es poco conocido o extranjero, conviene no abreviarlo para dar una buena información al lector. El Atlétic Terrassa es a veces el Atlétic de Tarrasa, aunque aquí, lógicamente, cada medio decide (con criterios que he intentado plasmar en el apartado anterior) si le parece o no admisible el nombre tradicional castellano del pueblo. El equipo local del estadio Sclessin (de Lieja), una de las tres sedes de la última Eurocopa de fútbol (jugada en junio), ha aparecido en los periódicos como Royal Standard de Liege (véase, por ej., el ABC de 12-6-2000, pág. 61). Entre los equipos europeos que competían estaba el alemán Bayern München (literalmente, «Baviera (de) Múnich»), que hemos podido encontrar escrito de todas estas maneras (algunas combinadas en el mismo periódico, en diferentes informaciones o páginas):

Bayern; Bayern München; Bayern Múnich; Bayern de Múnich; Bayern Munich; Bayern de Munich...

La mayoría de nuestros medios han optado por la versión española del topónimo (irreconocible para el común de los lectores tanto en la lectura alemana –que oímos aproximadamente /mínjen/– como en la españolizada del alemán, /múnchen/), pero esta no se ha librado de las dudas acentuales que afectan a las palabras que, por acabar en consonante inusual en español, son o parecen extranjeras. Este topónimo (español Múnich), que a muchos parece extranjero por acabar en -ch, goza entre nosotros de las más variadas pronunciaciones en la lengua oral: /múnik, múnich, múnij, mínik, mínij, miúnik, miúnij.../.

Curiosamente, cuando se habla de equipos norteamericanos de baloncesto no suele utilizarse el artículo el, sino, siguiendo al nombre original, el plural los. Así, el equipo de la NBA L. A. Lakers aparece en nuestros periódicos como los Lakers o los Lakers de Los Ángeles. Pero también aquí caben las vacilaciones en el uso. Un titular de El País (9-5-2000, pág. 64) rezaba:

O’Neal, clave de los Lakers ante Phoenix.

(donde «los Lakers» es los Lakers de Los Ángeles y «Phoenix» es los Suns de Phoenix). Incluso admitiendo que los Lakers es un equipo muy conocido y que casi todo el mundo sabe que es de Los Ángeles, ¿por qué un equipo es mencionado por su nombre y el otro por su filiación?, ¿por qué no utilizar para los dos el mismo criterio de mención, que además sería más claro para el lector (un equipo contra otro, una ciudad contra otra, un estado –California– contra otro –Arizona–; y no un equipo contra una ciudad o la capital de un estado)?

Aunque parece que ya podríamos deducir una regla de uso que, pese a las vacilaciones, parece vigente (artículo masculino singular para referirse a equipo deportivo, salvo plural calcado de algunos equipos norteamericanos), lo cierto es que los equipos italianos de fútbol, tantas veces mencionados en nuestros periódicos, dan también al traste con ella. En italiano, la palabra para «equipo» es squadra, femenino, y esta nos parecía una buena razón para justificar que nosotros mismos habláramos muchas veces de la Juventus y no del Juventus (como del Hércules o el Las Palmas, pongamos por caso). Podríamos considerarlo error o desviación del uso español, pero tan justificado, en ese caso, como el plural de los nombres de equipos norteamericanos...: calcado al oído del uso original. Pero la regla deducida para el italiano no es exacta ni nuestro «oído» ha tomado de ella todos los cambios que hacemos en español. Aunque squadra es término femenino, los italianos no aplican sistemáticamente el femenino a sus equipos como nosotros aplicamos el masculino a los nuestros: la Juventus, la Roma, la Lazio, la Fiorentina y l’Inter[nazionale Milano], por ejemplo, son femeninos; pero il Parma, il Torino, il Milan e il Bari, por ejemplo, son masculinos. Sin duda, el italiano y los italianos tienen sus razones para ello (con la excepción de la Roma y la Lazio, sus equipos son masculinos si llevan el nombre de la ciudad o la región, y femeninos el resto), pero como nosotros las desconocemos y nuestro oído contribuye como puede a nuestro uso del lenguaje, conservamos con frecuencia el femenino para tres de los equipos mencionados (Juventus, Roma, Fiorentina), que son los que terminan en -a o tienen traducción española al femenino, pero convertimos casi siempre en masculinos, como si de equipos nuestros se tratara, los otros dos: el Lazio, el Inter de Milán. Y tenemos otros problemas con el Milan, que a primera vista parece el topónimo español mal acentuado de la ciudad italiana[12]: a veces aparece (incorrectamente) como el Milán. El Milan di Milano (o «Milan de Milán») es uno de los dos equipos de fútbol importantes de esta ciudad; el otro es el Internazionale Milano (o «Milán Internacional», si tradujéramos estos nombres), más conocido como l’Inter (femenino, en Italia) o el Inter (masculino, en España). Milano es, pues, el topónimo italiano que aquí usamos adaptado como Milán; que sepamos, ninguno de sus equipos de fútbol es *el Milán, sino el Milan.

 

A modo de conclusión

El lector ha podido seguramente concluir ya que esta curiosa situación ortográfico-ideológica no tiene solución fácil, si es que la tiene... Creo que sobre todo por dos motivos:

1) Las «fuerzas vivas» de nuestro país (autonomías, partidos políticos, medios de comunicación...) no reconocen autoridad externa alguna en ciertas cuestiones que consideran fundamentalmente ideológicas y políticas (es decir, de su competencia), y no meramente ortográficas. Así las cosas, ni la Real Academia Española, única institución cuyas decisiones en materia de ortografía tienen posibilidades de ser mayoritariamente aceptadas en el ámbito del español (incluyo aquí a Hispanoamérica, obviamente), ni las personas individuales pueden sustraerse al juicio ideológico de esas «fuerzas vivas» y de otros usuarios, que les atribuyen, según cuál sea su decisión ortográfica, un lugar u otro en el espectro ideológico circundante y en sus simpatías o antipatías personales...

2) Nos guste o no, nos situemos en la posición ortográfica o ideológica que nos situemos, la lengua «vive» y nosotros, sus usuarios, estamos siempre inmersos en su proceso vital: nace, crece, se desarrolla y se transforma... La experiencia nos ha enseñado que hay cosas contra las que es inútil luchar, puertas que no pueden ponerse al campo, ideas y normas que no vale la pena imponer... Con frecuencia, el tiempo es el auténtico juez y a nosotros, individualmente, no nos queda más que testimoniar (lo que está pasando, lo que ha pasado, lo que nos parece mejor o peor...).

Podemos ver, hoy, que la acción sobre el uso del lenguaje es poco efectiva si no es colectiva. Puesto que dos de los casos mencionados (uno más «ideológico» que ortográfico: Bernabéu; el otro, quizá más «ortográfico» que ideológico: Rociíto) presentan ya una curiosa unanimidad en nuestros medios, lo previsible es que se consoliden. Sin embargo, en general no es posible saber (con suficiente fundamento) cuáles de las opciones que hemos visto aquí sobrevivirán ni cuáles desaparecerán, ni cuánto tiempo será necesario para que el proceso de fijación en el uso culmine. Sí podemos decir, sin embargo, que prácticamente todas tienen una (alguna) justificación y que en poco tiempo cualquiera de ellas puede sacar ventaja en la balanza... La situación no tiene una solución que podamos ahora imponer artificialmente (porque toda imposición sería artificial); pero tampoco debemos olvidar que a veces las soluciones «artificiales» tienen éxito...

 

 

Notas

[1] Las terminaciones en vocal+y (-ay, -ey, -oy, -uy) no daban problemas, al considerarse –y así solía explicarse– que la -y contaba, a efectos de acentuación ortográfica, como si fuera una consonante (en este sentido, Túy era una auténtica excepción).

[2] El ABC ha pasado de castellanizar (traducir o transliterar) todos los nombres vascos y casi todos los catalanes (los gallegos solían llegar ya castellanizados) en la época en que Luis María Anson (Ansón) era su director, a no castellanizar más que los vascos y alguno catalán o gallego en la etapa de Francisco Giménez Alemán; actualmente, con un director muy vinculado al País Vasco, acepta de hecho escribir la tx y la k del vascuence, así como su ausencia de tilde (como en Ibarretxe, Txiki y Arzalluz, que, españolizados, serían «Ibarreche, Chiqui, Arzálluz»), pero no siempre la ge, gi, que a veces convierte en gue, gui (Egiguren> Eguiguren), ni la -h- en lehendakari, nombre del cargo que no castellaniza como «presidente», sino que adapta como lendakari; en general, tanto los nombres catalanes como los gallegos los reproduce en estas lenguas.

[3] Tal posibilidad (explícita en § 41 b de las normas de 1969) no aparece ya en las últimas editadas.

[4] Se trata probablemente en este caso de un fenómeno de hipercorrección. Hartos de corregir la tendencia (muy extendida) a escribir *huída y *jesuíta, se aplica a Cuíña la misma norma (que es castellana, pero no gallega).

[5] De hecho, al lector le puede resultar desconcertante la simple sucesión, en la misma unidad sintáctica, de nombres propios («etiquetas») que requieren modelos diferentes de descodificación lectora, sobre todo si el menos usual no presenta ningún rasgo formal que obligue a identificarlo «automáticamente» como perteneciente a otra lengua. Eso es lo que ocurre en el siguiente titular, en que la interpretación correcta del segundo nombre propio (apellido de un político catalán, agudo) no se realiza espontáneamente, dada su apariencia (silábica, ortográfica) de palabra castellana (la primera lectura es llana):

Acuerdo entre Piqué y Duran (El Mundo, 22-6-2000, pág. 16).

[6] Real Academia Española, Ortografía de la lengua española (citada), pág. 45:

A efectos ortográficos, existen tres clases de hiatos, según el tipo de vocales que están en contacto:

    1. Combinación de dos vocales iguales. Ejemplos: Saavedra, dehesa, chiita, Campoo, duunviro.
    2. Vocal abierta + vocal abierta distintas. Ejemplos: caen, ahogo, teatro, meollo, héroe, coartada.
    3. [...]

    4. Vocal abierta átona + vocal cerrada tónica o viceversa. Ejemplos. Caímos, día, aúllan, púa, reís, líe, reúnen.

Respecto de los casos a (el que ahora nos interesa: chiita) y b establece a continuación: «Las palabras que contienen este tipo de hiatos siguen las reglas generales de la acentuación gráfica de palabras agudas, llanas y esdrújulas [...]».

[7] Agradezco a Arturo Escarda Piedra, futuro periodista y bilingüe ruso-español, la información de que en ruso se pronuncia como loe escribe El País (es decir, Vladímir y Borís); y que, en el caso del futbolista, Pédrag es seguramente su nombre propio oficial y Pedja, que sería la versión familiar de su nombre propio, se pronuncia /pédya/ y no /pédia/; el apellido se pronuncia esdrújulo /miyátovic/ (Mijátovic).

[8] Por descontado, el mismo problema, si prescindimos de la tilde, tenemos con nuestros Premios Goya del Cine, a pesar de que, al terminar en vocal su plural no presenta especial problema: ¿los Goya?, ¿los Goyas?, ¿los goya?, ¿los goyas?

[9] Si por lo que dice y deja de decir la Academia, puede no parecer disparatada esta deducción (defender que usemos el castellano en los topónimos), tampoco debería parecérnoslo esta otra: la Academia otorga al valenciano la misma categoría de lengua (y no de dialecto) que otorga a las otras cuatro (castellano, catalán, gallego, eusquera). Y si es así (o al menos así puede deducirse de su apéndice 3, donde localiza Elx, por ej., como perteneciente al valenciano; en castellano, Elche), seguro que muchos se preguntarán por qué la Academia no guarda la misma cortesía con el bable, el andaluz o el castúo, por ejemplo... En fin, que, como decíamos, este es terreno en que cualquier decisión –la que quiera que sea– puede dar lugar a susceptibilidades (de muchos tipos)...

[10] Agradezco al profesor Roberto Veciana, gran aficionado al fútbol y experto en cuestiones de acentuación, las acertadas precisiones y correcciones hechas a este apartado, que me permite ahora su actualización (diciembre del 2000).

[11] En la página que el club tiene activada en Internet, se presenta (en castellano) como «el Club Atlético Osasuna», pero cuando se menciona abreviadamente en el texto, elimina también el artículo («Para su funcionamiento, Osasuna emplea a 6 personas»).

[12] Y con razón, pues los fundadores del club, de origen inglés, inscribieron su nombre con el topónimo inglés de la ciudad: Milan (pronunciado en inglés como en español, /milán/, pero sin la tilde, que no se usa en aquel idioma); así escrito, sin embargo, los italianos leyeron /milan/ y Milan (que no Milano -topónimo italiano- ni /milán/ -inglés y español) quedó como nombre propio del club.

 

Actualización: 3/12/2000

© Ana María Vigara Tauste 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/ortoideo.html