Mariano Azuela:
Amauta y la novela de la Revolución Mexicana

 

Luis Veres
Facultad de Ciencias Sociales, Jurídicas y de la Comunicación
Universidad Cardenal Herrera-CEU (Valencia)


 

   

En Amauta se publicaron los cuatro últimos capítulos de la novela más famosa sobre la revolución mexicana: Los de abajo de Mariano Azuela. La publicación vio la luz en el número once de Amauta, en enero de 19281. En una nota a pie de página se destacaba el valor de la novela como "uno de los más recientes y mejores éxitos literarios y editoriales hispanoamericanos"2. Se destacaba también las tres ediciones que en poco tiempo se habían realizado.

La crítica precoz de la Revolución Mexicana surgió ya en la novela de Mariano Azuela Los de abajo. La novela fue publicada en 1916 por entregas en un periódico mexicano, El Paso del Norte. Entretanto se estaba publicando la primera edición de la novela completa3. Curiosamente esta edición nunca llegó a verla su autor ya que los carrancistas tomaron Ciudad Juárez, sin que se sepa hasta el momento qué fue del destino de aquellos libros4. En 1920 se hizo una nueva edición de la obra que se mantuvo durante cinco años en la librería sin que ni el público ni la crítica mostrasen su interés por el libro de Azuela5. Fue a partir de 1924, cuando la crítica muestra la importancia que tenía este libro, y es a partir de un artículo de Julio Jiménez Rueda cuando se llama la atención sobre esta novela breve que tanta resonancia iba a tener en las letras mexicanas. Allí se plantea el problema de por qué los escritores mexicanos se mantienen tan alejados de la realidad inmediata cuando la tragedia de la Revolución les ha explotado tan cerca. Así mismo se califica a Los de abajo de "literatura mexicana viril" y de "reflejo fiel de la hoguera de nuestras últimas revoluciones"6.

Ya en 1925 Azuela era un escritor consolidado entre la avanzadilla prevanguardista que estaba preocupado por los problemas de su tiempo como demuestran algunas explicaciones suyas en donde critica el distanciamiento de la realidad y el apoyo en moldes pasadistas de los escritores de su tiempo:

"Cuando el alma del pueblo está empapada en lágrimas y chorreando sangre todavía, nuestras lumbreras literarias escriben libros que se llaman Senderos ocultos, La hora de Ticiano, El libro loco de amor."7

Como demuestran sus afirmaciones, Azuela desde la publicación de Los de abajo era un escritor comprometido con la realidad de su tiempo, un escritor que huía ya de la anécdota folletinesca de muchos de sus contemporáneos y que se situaba junto a los escritores que veían cómo la modernidad estaba cambiando el entorno que le rodeaba y que en la Revolución había configurado su más intenso signo. Esto se unía a una necesidad de explicar a México como nación, lo cual venía unido a la corriente nacionalista que recorría las páginas de los escritores del Continente durante las primeras décadas del siglo XX.

La novela de Azuela tuvo una buena aceptación en Europa. La defensa del hombre por encima del poder del Estado y los políticos debió contribuir a lo que de positivo vieron sus contemporáneos en la significación de la novela. El libro se publicó en España en 1927. Sobre él aparecieron comentarios de críticos importantes como Díez-Canedo, en El Sol, y Ernesto Giménez Caballero, en La Gaceta Literaria. En 1928 apareció, sin el consentimiento del autor, en Francia, gracias al empeño que Henri Barbusse, director y fundador de Clarté, tomó en favor de la novela para que se publicara en la revista Monde del partido comunista. En 1930 se haría una nueva edición, con notables mejoras en el texto y con un prólogo de Valery Larbaud. La novela ha seguido siempre un buen juicio crítico y así, Carlos Fuentes, señala que gracias a ella la novela en América Latina sufre un cambio considerable en la literatura sobre la revolución8.

En estos cuatro últimos capítulos de Los de abajo se cuenta el regreso de Demetrio Macías a su casa después de dos años en las filas del ejército revolucionario. Estos cuatro capítulos constituyen un referente ineludible de las críticas sobre la Revolución que convergen en dos direcciones sobre este espacio en el que concluye el recorrido narrativo del relato. Por un lado se censura el comportamiento del bando federal contra el que se lucha y que constituye el elemento excluyente de esa guerra fratricida que es la Revolución y, por otro, se cuestiona la unidad de las filas revolucionarias y la legitimidad del hecho revolucionario en cuanto que no ha servido para reparar las injusticias, sino que también entre sus filas se han producido injusticias:

"Valderrama, en el primer período de la primera borrachera del día, había venido contando las cruces diseminadas por caminos y veredas, en las encrespaduras de las rocas, en los vericuetos de los arroyos, en las márgenes del río. Cruces de madera negra recién barnizada, cruces forjadas con dos leños; cruces de piedras en montón, cruces pintadas con cal en las paredes derruidas, humildísimas cruces trazadas con carbón sobre el canto de las peñas. El rastro de sangre de los primeros revolucionarios de 1910, asesinados por el gobierno"9.

Para Azuela, este es el universo de la Revolución, éste es el resultado de la guerra: un cementerio que se agolpa hasta donde alcanza la vista y que persigue el camino de los revolucionarios en su regreso a Juchipila. En esta ruta que hace retornar a los expedicionarios se ven inmersos numerosos soldados que han abandonado el ejército federal:

"Juchipila, cuna de la revolución de 1920, tierra bendita, tierra regalada con sangre de mártires, con sangre de soñadores... de los únicos buenos!

-Porque no tuvieron tiempo de ser malos -completa la frase brutalmente un oficial exfederal que va pasando."10

Los mártires, los soñadores han sido los únicos buenos, pero esa bondad natural, por pertenecer al bando de los que luchan por la justicia y la equidad entre los hombres, queda anulada por el juicio del que ya ha conocido los dos frentes de la Revolución, y la buena voluntad de los hombres se difumina a causa del factor temporal: "no tuvieron tiempo de ser malos". De este modo, los límites que dividían la antigua polaridad que separaba a los personajes desaparece. Los hombres de Demetrio Macías se quejan, así pues, de que su estado no es muy diferente del que tenían antes de la Revolución. El estatismo de la situación no es muy diferente del que existía previamente11. Los hombres se sienten incapaces de cambiar esta situación y por ello establecen la comparación entre el soldado que sirve a los dirigentes del proceso revolucionario y el siervo que sirve a un patrón. Ambos se quejan de su servidumbre, pero también ellos son incapaces de modificarla:

"-Compadre, es cierto lo que usted dice. Malmente andamos: los soldados hablan mal de las clases de los oficiales, y los oficiales de nosotros. Y nosotros estamos ya pa despachar a Villa y a Carranza, a la... que se diviertan solos... Pero se me afigura que nos está sucediendo a lo que aquel peón de Tepatitlán. ¿Se acuerda compadre? No paraba de rezongar de su patrón, pero no paraba de trabajar tampoco. Y así estamos nosotros: a reniega y reniega y a mátenos y mátenos... Pero eso no hay que decirlo compadre..."12

Lo que se denuncia desde el texto es la falta de unidad en el seno de las filas revolucionarias, la falta de integración entre las distintas clases sociales. La opresión sigue existiendo, así como el primitivismo, y la Revolución no ha podido modificar la estructura social que sume al país en el atraso. La desigualdad y la servidumbre siguen existiendo con el perjuicio de un horizonte de muertes e iniquidades. Este aspecto se manifiesta en el diálogo que mantiene Demetrio Macías con Anastasio Montáñez, diálogo en el que se pone de manifiesto el rechazo con que se recibe a las tropas revolucionarias a su llegada a cualquier población:

"-Se me figura, compadre, que estamos allá en aquellos tiempos, cuando apenas iba comenzando la revolución, cuando llegábamos a un pueblito y nos repicaban mucho, y salía la gente a encontrarnos con músicas, con banderas, y nos echaban muchos vivas y hasta cohetes nos tiraban -dijo Anastasio Montáñez.
-Ahora ya no nos quieren -repuso Demetrio.
-¡Sí, como vamos ya de rota batida! -observó la Codorniz.
-No es por eso... a los otros tampoco los pueden ver ni en estampa.
-Pero, ¿cómo nos han de querer, compadre?
Y no dijeron más."13

La Revolución se ha convertido en algo incontrolable que se les ha ido de las manos a los propios revolucionarios. Todos han pecado por exceso de las mismas ansias de poder que la oligarquía prerrevolucionaria mantenía antes de iniciarse la rebelión. Esta idea que subyace a lo largo de toda la novela queda manifiesta mediante una imagen muy significativa en palabras de Macías cuando habla con su esposa, ya en casa, y ésta le pregunta por qué continúa la guerra:

" -¿Por qué pelean ya, Demetrio?
-Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero y dice:
-Mira esa piedra como ya no se para."14

La Revolución es como ese canto rodado que gira sobre el suelo sin que nadie pueda detener su paso. Y son los mismos hombres que participan en la Revolución los responsables de ese hecho que no cesa y que parece inevitable detener:

"Y cuando Demetrio comienza a referir aquel famoso hecho de armas, la gente se da cuenta del grave peligro que va corriendo. ¿Con que si el enemigo, en vez de estar a dos días de camino todavía, les fuera resultando escondido entre las malezas de aquel formidable barranco, por cuyo fondo se han aventurado? Pero, ¿quién sería capaz de revelar su miedo? ¿Cuándo los hombres de Demetrio Macías dijeron: Por aquí no caminamos?"15

Hacia esta idea apuntan las últimas frases de la novela, en donde no se vislumbra el final de la guerra, esa misma guerra que parece eterna y que, tras un recorrido de boomerang, en el que el protagonista ha regresado a su lugar de origen, desde donde salió para unirse a las filas revolucionarias, nada ha cambiado. Frente a la tranquilidad aparente del paisaje, los hombres vuelven a salir para continuar la guerra. El tiempo, de este modo, retoma el ciclo iniciado a modo de círculo al principio de la novela, y todo vuelve a comenzar:

"El humo de la fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas.
La sierra está de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia.
Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil..."16

Mariano Azuela es uno de los escritores más conocidos de la novela de la Revolución Mexicana. Esta revolución mantenía rasgos comunes con el indigenismo, y de ahí que Amauta incluyera una muestra de la novela de Azuela en sus páginas. La Revolución Mexicana significó sacar a la luz el México de las provincias que, al igual que las regiones andinas, permanecían en el ostracismo del aparato estatal. La narrativa de la Revolución sacó de este olvido a las regiones con la pretensión de que los mexicanos se vieran a sí mismos:

"El movimiento político y militar de la Revolución despertó a las gentes mexicanas en los más apartados lugares del país. No hay nada tan revolucionario, en el simbolismo popular, como un tren revolucionario mexicano. El tren revolucionario fue el vehículo de trasvase de gentes de ideas, de costumbres. De norte a sur, el pueblo salió del aislamiento y del letargo anónimo porfiriano para tomar el tren revolucionario que lo inicia en la actividad comunitaria y que habrá de llevarlo a las estaciones sucesivas donde todas las promesas van a cumplirse. En la Revolución el mexicano encontró al otro mexicano y conoció su descontento gemelo. Supo el hombre mexicano que no existía solo, y empezó a preguntarse para qué existía con el hermano."17

Al igual que los indigenistas descubrían en esos años el Perú del interior, los escritores de la Revolución descubrieron México como escenario y como argumento. El problema nacional, el problema del ser del país entraba, entonces, en las literaturas de ambos países, y esta nacionalidad venía unida, también en México, al destino del indio como elemento constitutivo de la realidad nacional. Se reconocía, así pues, la capacidad del habitante nativo de cambiar los rumbos del entorno social y político mediante la reivindicación de los rasgos esenciales del ser. A su vez se ponía de manifiesto la conciencia revolucionaria de la masa y la inversión de un complejo de inferioridad propiciado por visiones pretéritas. Todo ello suponía una nueva respuesta a la modernidad, "una toma de conciencia del mexicano de su ser frente a los modos europeos importados"18, la adquisición de una postura frente a la crisis, la desmoralización y la decadencia que el mundo de occidente supuraba ante la crisis derivada de la guerra de 1914. Los distintos indigenismos narrativos y la novela de la Revolución Mexicana respondían a estos hechos. Se unía vida y literatura como estandartes de la vanguardia literaria mexicana. La literatura se ponía al servicio de las necesidades del pueblo, y, por ello, José Carlos Mariátegui alababa la importancia que México tenía en esta labor de reencuentro con el alma de América:

"México detenta la clave del porvenir de la América india. Por esta posesión, el pueblo azteca ha pagado, sin cicatería ni parsimonia, el tributo de su sangre. Tuvo don de profecía Vasconcelos cuando escogió el lema de la Universidad mexicana: Por mi raza hablará el espíritu. En México se exaltan y se agrandan prodigiosamente las posibilidades creadoras de nuestra América. El pueblo que primero ha hecho una revolución, es el que primero está haciendo un arte, una literatura, una escuela. Pueden sonreír los que suponen que la literatura, es una categoría independiente de la política, del espacio y del tiempo. El poder de creación es uno solo. Una época revolucionaria es creadora por excelencia. Es una época de alta tensión en la cual todas las energías y todas las potencias de un pueblo -políticas, económicas, artísticas, religiosas- logran su máximo grado de exaltación."19

Mariátegui afirmaba así el asentamiento de una tradición literaria de carácter nacional que, como en Perú, era un objetivo que se debía fortalecer en México al tomar como referente inmediato la revolución:

"La revolución mexicana ha tenido en literatura su período de poesía. Período de cantos a la revolución. (El estridentismo es su batalla literaria característica y Maples Arce su poeta representativo). Los de abajo, la novela de Mariano Azuela, parece ser el signo de que la revolución entra, también en literatura, en su período de prosa. La novela, el relato, fijarán más duradera y profundamente que el verso el carácter y la emoción de la epopeya revolucionaria."20

Sin embargo, estos aparentes elogios hacia la obra revolucionaria y la literatura de vanguardia que en esos momentos se ponía sobre la escena mexicana, había que leerlos con reservas. Para Mariátegui la obra de Azuela era un obertura a lo que debía ser la literatura nacional, al igual que había visto en la obra de Vallejo lo que tenía que ser la literatura hecha por indios:

"Los de abajo no es todavía la novela de la revolución. A esta novela no será posible llegar sino a través de tentativas preparatorias. Azuela nos revela en su libro tan sólo un lado, un contorno de la revolución. No desfila, delante de nosotros, el ejército de la revolución, sino una de sus columnas volantes. La versión de Azuela, robusta, honrada, violenta, se detiene en la guerrilla, en la escaramuza, en el episodio."21

Tras la lectura de las palabras de Mariátegui, ¿Se puede pensar que no es su lectura un tanto parcial? ¿No lee Mariátegui aquello que quiere leer y se queda en la superficie de los hechos para ser coherente con sus ideas? En nuestra opinión, parece ser que sí, que Mariátegui parte de un concepto idílico de lo que era el hecho revolucionario en México, visión mucho menos realista que la que tenía el autor mexicano que había vivido desde muy cerca, como médico en el ejército revolucionario, la sangrienta revolución. En la visión de Mariátegui, por tanto, se acusa a Azuela de presentar sólo una parte de los hechos revolucionarios, hecho que en realidad es cierto, pero justamente era esa parte la que ni muchos de los indigenistas ni el propio Mariátegui querían aceptar. De ahí que Mariátegui no entienda el final del libro que el reinicio de la marcha de Demetrio Macías apunta a la revolución como un hecho interminable, cuyos dirigentes no son capaces de dominar:

"La guerrilla de Demetrio Macías sucumbe en una emboscada en la misma sierra donde tiempo atrás deshizo a una columna de federales. La acción de la novela constituye un episodio villista. Su naturaleza de episodio es patente hasta por el desenlace. El episodio necesita terminar; la historia es siempre una continuación y un comienzo. La revolución está hecha de muchos episodios como el de Los de abajo; pero está hecha también y sobre todo de un gran caudal de anhelos y de impulsos populares que, después de mucho estrellarse y desbordarse, se abrió el hondo cauce por el cual corre ahora. La guerrilla es un arroyo que baja de la sierra, para perderse a veces; la revolución un gran río que confuso en sus orígenes, se ensancha y precisa en su alto curso."

La relación de Mariátegui se pierde en los mismos planteamientos que para Valcárcel suponían que la "Tempestad" descendería de los Andes, de manera que para ambos autores se podía justificar la violencia así como los distintos excesos que conllevaban una revolución, aunque éstos se plantearan en clave metafórica como lo hacía el director de Amauta.

Frente a las distintas variantes que se daban en el indigenismo narrativo en donde se daba una visión imaginaria de la realidad social, la novela de la Revolución Mexicana incidirá en la realidad social sin exagerar la violencia o el heroísmo de los protagonistas22, de manera muy distante a lo que veía Mariátegui. Porque la revolución en México era una realidad, mientras que en Perú sólo un deseo. Frente a la exaltación de los textos de Churata, Valcárcel, Martínez de la Torre o Garro, los novelistas mexicanos de estos momentos se caracterizaban por el escepticismo respecto a una contienda de la cual fueron testigos: "La Revolución es como un huracán y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval..." Este realismo unido a la esencia del ser mexicano viene caracterizado por una visión pesimista que en otro horizonte, como el español, coincide con la presencia del pensamiento de los hombres de la Generación del 98. Del mismo modo que los noventayochistas reflexionaban sobre el problema de España, los narradores de la Revolución se interrogarán por el modo del ser mexicano, y esta reflexión tiene en América un antecedente que es el de algunas facetas de los escritores modernistas23, aunque contra esta tesis se han pronunciado diversos autores, teniendo únicamente en cuenta una faceta muy estrecha de los modernistas caracterizados sólo por sus preocupaciones esteticistas24.

El grueso de la narrativa de la Revolución Mexicana refleja la problemática de los hechos que acaecieron en torno a la Revolución: "ni todo lo anterior a la Revolución es condenable, ni la Revolución ha colmado las esperanzas del pueblo ni siquiera ha cumplido sus fines más inmediatos, ni todo lo indígena es admirable, ni los caudillos fueron siempre héroes o siempre bandidos...25 Frente a muchos de los relatos indigenistas, la narrativa de los mexicanos de la Revolución no propuso un programa redentor. Cumplida la etapa militar de la lucha, los escritores giraron su mirada hacia los años inmediatamente precedentes y allí encontraron un fecundo material para desarrollar una de las etapas más importantes de la novelística hispanoamericana del S.XX. Una mirada crítica fue la que adoptaron los escritores mexicanos ante al hecho más importante que ha sacudido su historia reciente y, nótese que este hecho, la crítica frente a la acción revolucionaria, no se dio en otros países, como en el caso de Perú, en donde se seguían alabando los distintos episodios de la revolución de México y Rusia. Posiblemente, la ausencia de esta crítica se debió a la lejanía con que eran observados los acontecimientos desde países como Perú. La distancia les hizo quedarse en la superficial significación de los hechos. Los escritores mexicanos, por el contrario, se encontraron con los resultados de la Revolución, muy distantes de lo que habían proclamado los políticos nacionalistas, de modo que la literatura les sirvió como un instrumento que planteaba nuevos interrogantes frente al hecho revolucionario. Estas consideraciones no implican que los escritores de la Revolución fueran imparciales. El novelista quería contar la verdadera historia, pero, como señala Marta Portal, "su visión es local y su interpretación parcial, (...) Es una propuesta de conocimiento, de ahondamiento en el ser nacional"26 y Azuela será el primer escritor en poner este carácter nacional encima de la mesa:

"...comprender que la función de la novela es la de recoger lo que no siendo todavía historia, o siéndolo ya, pero, sin orden ni concierto, puede ser leyenda moderna o epopeya social contemporánea."27

La Revolución Mexicana fue "un movimiento político nacionalista, agrarista, anticlerical, reformista y socializante"28. Todos estos aspectos se fueron implantando en las diversas etapas de la Revolución, por que los ideales de los ideólogos de la Revolución siempre fueron vagos y carecían de la consistencia necesaria para que aportara un programa de gobierno una vez superada la etapa militar. Por ello los diversos caudillos se suceden tras ser asesinados en la consolidación del régimen y la Revolución se va haciendo a sí misma mediante rebeldías y asesinatos que bajo el título de "traición a la Revolución" se convierten en una sentencia de muerte oficial:

"Al hambre de pan, al hambre de tierras, al hambre de justicia, motores primero del movimiento revolucionario armado, se les vino a sumar el hambre de mando, la ambición de poder de los caudillos. Triunfante la Revolución, la palabra misma se convirtió en símbolo de legalidad único para proteger las ambiciones -y los desmanes- personales. De ser acción pasó a ser justificación. De ser palabra política funcional pasó a ser una explicación, la naturalización de los procedimientos y las conductas de los revolucionarios."29

De este modo, la Revolución perdía parte de ese sentido primigenio que la había hecho nacer. Las ambiciones en la cúpula del poder traicionaban en cierto sentido los ideales que habían condicionado su gestación y así, frente a este mito que desleía sus palabras primeras, surge una narrativa que mediante la palabra introduce su bisturí literario en el seno del movimiento "como un intento de sus autores de desmitificación de una realidad dada"30.

"La descripción de la sociedad contemporánea de México es una crítica cruel (y justa) del mundo que ha creado nuestra revolución, pero la violencia misma de esa crítica engendra inmediatamente la evocación de otra realidad: los años encendidos de la lucha armada. La lucha se vuelve creación de un mito y el mito está amenazado siempre por la crítica."31

Según señala Marta Portal, el status del escritor se convierte en un status de exclusión al sentirse solidario con esta desmitificación y, aunque los esquemas de las novelas revestidos de realismo son a menudo demasiado simples, "su moral es la verdad, su estética la ironía o la amargura, su política, una negación del hoy, una oposición insobornable a la estructura sociopolítica"32. De ahí necesariamente tenía que surgir una denuncia de las falsedades, pero, casualmente -y he aquí un evidente paralelismo con la narrativa indigenista- esta denuncia no se dirigía contra el poder para que fuera leída por las voces sin voz, por el pueblo llano, sino para sus propios compañeros de profesión, los escritores, los intelectuales y una minoría privilegiada más cerca de la elite que de la muchedumbre. Como señalara Carlos Fuentes, "el escritor latinoamericano (...) sospecha que sólo se dirige desde el ala liberal de la élite al ala conservadora de la misma..."33


Notas:

  1. Mariano Azuela, "De Los de abajo", en Amauta, Lima, n11, enero de 1928, pp.30-31.

  2. Ibídem, p.11.

  3. Mariano Azuela, Los de abajo, Ciudad Juárez, Gamiopichi Editor, 1916.

  4. Vid.Marta Portal, "Introducción", en Los de abajo, Madrid, Cátedra, 1989.

  5. Mariano Azuela, Los de abajo, México D.F., Imprenta Razaster, 1920.

  6. Citado por Marta Portal, "Introducción", en Los de abajo, ed., cit., p.26.

  7. Mariano Azuela, Páginas autobiográficas, México D.F., Fondo de Cultura económica, 1974, p.264.

  8. Carlos Fuentes, "La nueva novela latinoamericana", en Juan Loveluck, La novela hispanoamericana, ed., cit., p. 166.

  9. Amauta, n11, p.30.

  10. Ibídem.

  11. Carlos Fuentes señala que la novela de Azuela no es sino el resultado de la opresión y las esperanzas frustradas que se desarrollaron en la mayoría de las repúblicas del continente después de la Independencia: "La historia de la América española parece escribirse con ley jesuita del malmenorismo y comparativamente el hacendado se permite desempeñar este papel de protector, patriarca , juez y carcelero benévolo que exige y obtiene, paternalistamente, el trabajo y la lealtad del campesino que recibe del patriarca raciones, consolación religiosa y seguridad tristemente relativa. Su nombre es Pedro Páramo, Don Mónico, José Gregorio Ardavín. Debajo de esta losa de siglos salen los hombres y mujeres de Azuela: son las víctimas de todos los sueños y todas las pesadillas del Nuevo Mundo. ¿Hemos de sorprendernos de que, al salir de debajo de la piedra, parezcan a veces insectos, alacranes ciegos, deslumbrados por el sol, girando en redondo, perdido el sentido de la orientación por siglos y siglos de oscuridad y opresión bajo las rocas del poder azteca, ibérico y republicano? Emergen de esa oscuridad: no pueden ver con claridad el mundo, viajan, se mueven, emigran, combaten, se van a la Revolución. Cumplen los requisitos de la épica original, pero también, significativamente, los degradan y los frustran." Carlos Fuentes, Mariano Azuela: La Ilíada descalza", en Valiente mundo nuevo, Madrid, Mondadori, 1980, p.181.

  12. Amauta, n11, p.30.

  13. Ibídem.

  14. Ibídem, p.31.

  15. Ibídem.

  16. Ibídem.

  17. Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, Madrid, Espasa- Calpe, 1980, p.31.

  18. Ibídem, p.32

  19. José Carlos Mariátegui, "Los de abajo, de Mariano Azuela" (reseña), en Amauta, Lima, n12, febrero de 1928, p.42.

  20. Ibídem.

  21. Ibídem.

  22. Ibídem.

  23. Vid. Mario Hernández Sánchez-Barba, Las tensiones históricas en Hispanoamérica en el S.XX, Madrid, Guadarrama, 1961.

  24. Joseph Sommers, Yáñez, Rulfo, Fuentes, Caracas, Monte-Ávila Ediciones, 1969, pp.16-17.

  25. Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, ed., cit., p.35.

  26. Marta Portal, "Introducción", en Los de abajo, ed., cit., p.34.

  27. Antonio Magañana Esquivel, La novela de la revolución, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución mexicana", 1964, t.I, p.16

  28. Marta portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, ed., cit., p.71.

  29. Ibídem, p.82.

  30. Ibídem, p.86.

  31. Octavio Paz, "La máscara y la transparencia", prólogo al libro de Carlos Fuentes, Cuerpos y ofrendas, Madrid, Alianza Editorial, 1972, p.7.

  32. Ibídem, p.89.

  33. Carlos Fuentes, La nueva novela hispanoamericana, México D.F., Cuadernos de Joaquín Moritz, 1969, p.12.

 

© Luis Veres 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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