Aproximación a La condena, de Kafka

Teodosio Muñoz Molina


 

   

El suicida es un preso que ve en el patio de la prisión una horca,
cree equivocadamente que le está destinada,
se escapa por la noche de la celda, baja y se ahorca solo.
 
Franz Kafka, "Consideraciones acerca del pecado,
el dolor, la esperanza, y el camino verdadero"
Tercer cuaderno en octavo.

 

El nombre de Franz Kafka ejerce tal magnetismo que tienta de continuo a los críticos y a otros escritores, desde Walter Benjamin a Robbe-Grillet, desde Max Brod a Nathalie Sarraute y desde Thomas Mann a Elémire Zolla, pasando por Sartre, Camus, André Breton, Oskar Baum, Felix Weltsch, Hesse, Rougemont, Janouch, Wagenbach, Marthe Robert, Charles Moeller, Gide, Borges, Nabokov y Kundera, por citar algunos. Casi todos se engolosinan con La metamorfosis, con El castillo o con El proceso y pasan por alto o hacen alguna referencia distraída a La condena, acaso por haber tomado al pie de la letra cierta alusión epistolar del mismo Kafka: "¿Llegas a descubrir algún sentido en La condena, algún sentido homogéneo, coherente, que el lector pueda seguir? Yo no lo encuentro, y tampoco puedo explicarlo. Sin embargo, hay en la obra muchas cosas extrañas. Todo ello ha sido redactado en una sola noche, desde las once hasta las seis de la mañana.

"Cuando me puse a redactar la historia, después de un desgraciadísimo domingo (durante toda la tarde había estado dando vueltas en torno a los parientes de mi cuñado que, en aquella ocasión, nos visitaron por primera vez), quise describir una guerra: un joven debía ver cómo desde el puente se iba acercando una enorme multitud. Pero entonces todo se puso a girar bajo mis manos. Otra cosa importante: la última palabra de la penúltima frase ha de decir precipitándose hacia abajo y no caer". (1)

La cita anterior produce la extrañeza de la duda sobre "algún sentido homogéneo, coherente, que el lector pueda seguir", formulada por el profeta del sinsentido de la vida humana, por el mismo que inventó la mitología del absurdo y de la desesperación del hombre contemporáneo, el que nos recordó que es imposible vivir y es imposible no vivir, que somos inocentes pero también somos culpables, que debemos justificarnos y no podemos, que tenemos que asentarnos en un suelo, en una patria y en una ley y no lo conseguiremos jamás, que somos los agrimensores que nadie ha contratado, que lo hemos abandonado todo para dirigirnos a un castillo donde nadie nos espera, porque somos contrabandistas y, antes de pronunciar una palabra, ya hemos sido condenados.

"¿Cómo puede ser culpable un hombre?", se pregunta, en El proceso, un K que no tiene capacidad de opción. Y el mismo Kafka nos da una respuesta que puede erigirse como clave de su obra: "Nada se afirma con tanta rapidez en la mente como un sentimiento de culpa sin fundamento – no se lo puede eliminar mediante ninguna fórmula de arrepentimiento o redención" (2)

Por lo tanto, el absurdo de sentirse culpable sin registrar culpa alguna en la conciencia, la sensación inefable de sentirse de más en el mundo coloca al hombre en la misma posición que el Georg Bendemann de La condena ante su padre, es decir, como "el suicida que ve en el patio de la prisión una horca, cree equivocadamente que le está destinada, se escapa por la noche de la celda, baja y se ahorca solo".

De cualquier modo, acercarse a La condena, genera un sentimiento de intimidación semejante al que habrían de sentir los pasajeros de Tebas frente a la esfinge pues, según Camus, "el mundo de Kafka es, en verdad, un universo indecible donde el hombre se da el lujo torturante de pescar en una bañera, sabiendo que no saldrá nada".(3). Y, si aceptamos eso, no queda otro remedio que aceptar con humildad el consejo que, a continuación, ofrece el autor de La peste: "Todo el arte de Kafka es obligar al lector a releer –sus desenlaces o sus secuencias de desenlace sugieren explicaciones pero no se revelan claramente y exigen, para parecer fundamentales, que la historia sea releída desde otro ángulo-. A veces, hay una doble posibilidad de interpretación, de donde la necesidad de dos lecturas. Es lo que buscaba el autor. Pero nos equivocamos al querer interpretarlo todo detalladamente en el caso de Kafka".(4)

El lector que se acerca a La condena, con frecuencia familiarizado con otros personajes kafkianos, descubre coincidencias entre Georg Bendemann con sus hermanos de La metamorfosis, El proceso y El castillo y los enfrenta con los personajes de la narrativa tradicional. El "héroe" de Kafka no es un carácter, una personalidad, un hombre fuerte que se sitúa en el mundo con naturalidad despreocupada, ni un aventurero superior cuya capacidad lo arma para apasionarse y hasta para pecar. No es poderoso ni sano ni inquebrantable ni pretende legar a su descendencia un nombre inmortal. No lo distingue tampoco la vivacidad concreta que nos impresiona en las esculturas griegas o renacentistas ni comunica al lector la sensación de identificarse con la fuerza, el poder, la pasión o la suerte de un hermano mayor al que se admira. Siempre nos topamos con alguien degradado, un individuo torturado, "de torpeza inexpresiva y zarandeado por fuerzas hostiles", que se encarnará, para vergüenza de la condición humana, en la abyección de los campos de exterminio dejándonos en el alma "un inmenso estupor vacío, un no comprender definitivo y total".(5)

El hombre kafkiano, llámese Gregor Samsa, Georg Bendemann, José K o la escueta inicial K, nos transmite siempre la incomodidad de que, con nombre o sin nombre, termina convirtiéndose en un NN prescindible que la irracionalidad encumbrada despedaza hasta la deformidad para que en Picasso reaparezca como testimonio irrefutable. En Kafka todo surge porque sí , como en los sueños. La futilidad del hombre es una constante, porque "vivir es someterse, adecuarse, renunciar", "el sistema es todopoderoso" y "la paranoia es la manifestación en la conciencia de este ser-para-otro de la existencia humana". (6)

La futilidad de la existencia se extrema en la abyección masoquista de metamorfosearse en un bicho, o en un Odradek ("una hechura viva que, a primera vista, se asemeja a un carretel de hilo"), o en "animal curioso, mitad gatito, mitad cordero", que lleva "a plantear las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano".

Después de estos prolegómenos, La condena aparece como una correspondencia coherente con el resto de la obra kafkiana.

El cuento establece un paralelismo entre Georg Bendemann con su voluntad de felicidad en el matrimonio, que proyecta con Frieda Brandenfeld, y el mundo de un padre frustrador que lo angustia con quejas y evocaciones de la madre fallecida.

"Un domingo por la mañana, en lo más hermoso de la primavera", Georg escribe una carta a un amigo de San Petersburgo para anunciarle su casamiento.

La carta transmite una vago sentimiento de conmiseración por el amigo exiliado, porque carece de "una auténtica relación con la colonia de sus compatriotas" y está arrinconado en "la idea de una soltería definitiva".

Enfrentado con el ambiente de cotidianeidad apacible y de soñolienta luminosidad que rodea a Georg, se yergue el mundo del padre. El anciano, que apenas ha probado el desayuno, simula concentrarse en la lectura del diario ante la ventana cerrada, "en un rincón adornado con recuerdos de la difunta madre". El aire soleado del exterior no llega al cuarto sombrío y el padre, lejano e indiferente, nos da la impresión de haber renunciado a todo lo que le recuerda la vida.

En la entrañable nota fúnebre que Milena Jesenska (7) firma en Viena para el diario Narodni Listy de Praga, concede a Kafka "una sensibilidad que lindaba en lo maravilloso", y lo retrata "tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo".

Si bien hay notorias coincidencias entre la personalidad de Georg Bendemann y la que Milena Jesenska atribuye al mismo Kafka, esa mujer brillante reduce La condena (acaso presionada por el carácter sucinto de una nota necrológica) a "un cuento largo que refleja el conflicto entre dos generaciones". Y no es que ese conflicto no aparezca, pero ese relato evidencia además las dos tensiones que zarandearon a Franz Kafka a lo largo de su vida: el matrimonio diferido por cualquier pretexto y la torturada relación con el padre, según lo confirman las Cartas a Felice y la Carta al padre.

Sintomáticamente, las siglas de la prometida de Georg Bendemann, Frieda Brandenfeld, coinciden con las de la prometida de Franz Kafka, Felice Bauer. y, más sintomáticamente, el cuento está dedicado a "Felice B".

El conflicto kafkiano entre la singularidad y la sociedad, en cualquiera de sus alcances, (familia, clase social, funcionarios, burguesía, pueblo) se desdobla en La condena perfilándose en el amigo anónimo de San Petersburgo y en Georg Bendemann como encarnaciones de la permanente tentativa de identificación de los contrarios, eco del lejano Heráclito de Éfeso y de la desazón existencial de Sören Kierkegaard.

En la búsqueda y defensa de su singularidad, se enfrenta Kafka con el mundo de los otros. La defensa de la singularidad es la meta perseguida, pero, para la lucidez glacial del escritor, amenaza, al mismo tiempo, como un género de locura por ir en contra de las tendencias de la naturaleza, porque "si la verdad está en la indisoluble unidad del mundo humano, fuera del cual la vida es absurda y fragmentaria, el individuo solo no tiene existencia verdadera, porque el aislamiento no es más que locura y la soledad no es más que un refugio engañoso, una huida ante las responsabilidades de la vida" (9)

La cabeza de Kafka entiende que la verdad está en el mundo de los otros y de ahí sus esfuerzos continuos por llegar a ser como los demás. Sin embargo, el corazón le dicta, tan oscura como certeramente, que los otros son la negación de uno mismo, el desvío del itinerario y, en definitiva, la alteración de un destino.

Tironeado por el dilema de huir de la casa paterna o quedarse con su familia y establecer un hogar como lo ha hecho su padre, o el de elegir entre la feliz apariencia rutinaria del matrimonio o la única felicidad que le interesa, la de la escritura, Kafka nos lo hace patente en la disyuntiva dolorosa de La condena.

Georg Bendemann representa los esfuerzos de Kafka por identificarse con los otros, por "someterse, adecuarse y renunciar, porque el sistema es todopoderoso" (10). En cambio, el exiliado de San Petersburgo, "sin una auténtica relación con la colonia de sus compatriotas" y "hecho a las ideas de una soltería definitiva" es una resonancia del exilio interior de Kafka, aislado de la comunidad bohemia por su elección de la lengua alemana y aislado de la colonia sudete por su condición de judío que, además padeció el desasosiego de "una soltería definitiva", según él mismo lo consigna en su Diario: "En el Talmud se dice que un hombre sin mujer no es un hombre".

La condena se nos presenta como una alegoría de los continuos esfuerzos de Franz Kafka por conciliar la realidad del mundo del padre con la suya propia, aunque, en el cuento lo imagine viudo, desganado y débil, el polo opuesto del verdadero Hermann Kafka, que lo hacía víctima de "constantes recriminaciones", y lo "aplastaba por la mera presencia física", hasta el punto de sentirse perseguido por "la imagen torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre" (11).

El padre de Georg Bendemann, necesita la ayuda del hijo que le ofrece un afecto que nunca le ha permitido manifestar, como hubiera deseado Franz Kafka con su padre Hermann: "Yo hubiera sido feliz teniéndote como amigo, jefe, tío, abuelo y hasta (aunque en esto ya titubeo un poco) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte para mí.(12)

El conflicto, en Kafka, suele estallar porque sí y de repente. Georg Bendemann, con la carta en el bolsillo, va al cuarto del padre y le anuncia que "por fin, he informado a San Petersburgo de mi compromiso". El padre, desdentado y descuidado en su aspecto general, trata de inducir en Georg una culpabilidad que se nutre únicamente en la suspicacia paterna: "...se me escapan algunas cosas, quizá no se me oculten, ahora no quiero alimentar la sospecha de que se me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria... Pero ya que estamos tratando este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me engañes... ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?".

El sicópata se caracteriza no sólo por ignorar el sentimiento de culpa sino por hacer sentir culpable al otro. En la actitud de sometimiento de Georg el terreno se amplía para que la sicopatía del padre se instale con toda comodidad. Por eso le ofrece un abanico de reparaciones que abarcan desde buscar al médico hasta cambiarlo de habitación y acostarlo en su propia cama y, en una caricatura de sometimiento solícito, se pone de rodillas ante el padre.

Y porque sí y de repente, estalla el conflicto: "No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Tú has sido siempre un bromista y tampoco has hecho una excepción conmigo. ¡Cómo ibas a tener un amigo precisamente allí! No puedo creerlo de ninguna manera.". Y mientras Georg le recuerda que "hasta conversaste agradablemente con él", le saca la capa, "que no estaba precisamente limpia", otro motivo para hundirse más en la culpabilidad y hacerse reproches "por haber descuidado a su padre".

La carga de culpa que el padre vuelca sobre Georg Bendemann se intensifica con el sarcástico "mi señor hijo" y con referencias denigrantes para la prometida Frieda Brandenfeld, "porque se ha levantado así las faldas de cerda asquerosa, te has acercado a ella y, para poder gozarla sin que nadie molestase, has profanado la memoria de nuestra madre".

Una vez más y porque sí se produce un viraje en el relato. El anciano casi moribundo, que nos ha venido presentando Kafka, cobra de súbito una vitalidad extraña que lo mantiene "en pie sin apoyo alguno y lanza las piernas en todas las direcciones". Georg no pudo evitar el grito: ¡Comediante! Reconoció inmediatamente el daño y demasiado tarde, los ojos fijos, se mordió la lengua hasta doblarse de dolor".

La palabra "comediante" aumenta la excitación del padre, pero acepta el insulto para herir hasta lo más hondo a un Georg que se siente invadido por un rencor impotente: "Ahora se inclinará hacia delante, pensó Georg, ¡si se cayera y se estrellase! Esta palabra le pasó por la cabeza como una centella".

En la Carta al padre, Franz Kafka nos brinda datos que podrían constituirse en claves para entender la actitud del progenitor de Georg Bendemann: "Bastaba que yo tuviera interés por alguna persona para que tú intervinieses sin la menor consideración para mis sentimientos y sin respeto por mi opinión, que cubrías de insultos, chismes y difamaciones". (...) "Tus recursos oratorios, especialmente eficaces para la educación, y que al menos frente a mí no fallaban nunca, eran: insultos, amenazas, ironías, risa malévola y (extrañamente) autocompasión". "...la nerviosidad cardíaca es para ti un recurso para ejercer tu dominio, puesto que, al tomarla en cuenta, ahoga en el otro la réplica".

Cualquier comentario crítico sólo serviría para entorpecer , en este caso, la intensidad dramática que establece el escueto paralelismo entre la conducta del padre de Georg y la del padre de Franz.

Las ofensas al pudor de Frieda Brandenfeld resuenan como un eco en la Carta al padre: "Seguramente se ha puesto alguna blusa rebuscada, como saben hacerlo las judías de Praga, y eso te ha bastado para decidirte a casarte con ella, y además cuanto antes, en una semana, mañana, hoy mismo".

¿Cómo puede reaccionar un hijo cuando siente que el padre, el protector natural contra los peligros externos, el hombre que mejor lo puede comprender y aconsejar, levanta una muralla de incomunicación y hasta de menosprecio? Franz Kafka responde una vez más desde el dolor de la Carta al padre: "Yo había perdido frente a ti la confianza en mí mismo, y había adquirido, en compensación, una ilimitada conciencia de culpa. Ni siquiera tu desconfianza de los demás es tan grande como mi desconfianza en mí mismo, en la que me has educado".

Las vivencias felices o traumáticas de un escritor emergen casi siempre inconscientemente en sus textos y, aunque no necesariamente nos relate la autobiografía, aunque no haya tenido una participación personal en los hechos narrados, la resolución o el empantanamiento en los conflictos de los personajes acusan no sólo la cosmovisión del autor sino su propias reacciones frente al mundo. Por eso, no es de extrañar que Georg Bendemann acepte la sentencia del padre, aunque no se sienta culpable de nada, como el propio Franz Kafka ha aceptado "una ilimitada conciencia de culpa" : "Lo cierto es que fuiste un niño inocente, pero aún más ciertamente fuiste un hombre diabólico. Por eso has de saber que yo te condeno a morir ahogado.

Y en esa sentencia paterna, Kafka no hace más que rematar las sensaciones que nos ha transmitido a través de la Carta al padre y del cuento La condena. La omnipotencia del padre anula cualquier posibilidad de acercamiento entre la monolítica confianza en sí mismo de Hermann y la debilidad culposa de Franz. En La condena se muestra, desde el título, que toda posibilidad de acercamiento entre padre e hijo no sólo queda aniquilada sino que la eterna conciencia de culpa kafkiana se apodera de Georg al ver un padre al que pretende ayudar y no le permite ayudarlo y hasta lo condena por haberlo intentado. Y, como "el sentimiento de culpa sin fundamento no puede ser eliminado mediante ninguna forma de arrepentimiento o redención", Georg se convierte en "el suicida que se escapa por la noche de la celda, baja y se ahorca solo". En tales condiciones, quizá ni hubiera sido necesaria la condena paterna de morir ahogado para que Georg "se asiera a la baranda como un hambriento a la comida, seguir sujeto con las manos que se iban debilitando poco a poco, exclamar en voz baja: ‘Queridos padres, siempre os he querido`, y dejarse caer o precipitarse".

Todo nos indica que el camino hacia el afecto del padre, hacia el matrimonio o hacia los demás "pasa por una cuerda, que no está tendida en alto sino sobre el suelo. Parece dispuesta más para hacer tropezar que para que se lo recorra" (13)

 

Notas:

  1. Citado por La Razón. "Hombres y cosas" – "Cajón de sastre". Sin firma. Buenos Aires 21/3/1981.

  2. Gustav Janouch: Conversaciones con Kafka . Ed. Fontanella. Barcelona 1969

  3. Albert Camus: Le Mythe de Sisyphe. Appendice: L´espoir et l´absurde dans l´oeuvre de Kafka. Gallimard. Paris 1965.

  4. Ibid.

  5. Nathalie Sarraute: L´ ère du soupçon (De Dostoievski à Kafka) Gallimard, Paris, 1964

  6. Martín Hopenhayn: ¿Por qué Kafka? Paidós, Buenos Aires 1983

  7. Milena Jesenska, traductora de Kafka al checo, casada con Ernst Polak (del que se divorció después), fue la receptora del amor estropeado de Kafka y la interlocutora lúcida en una frecuentación epistolar que se publicaría años más tarde con el título de Cartas a Milena, desligadas milagrosamente de la aciaga suerte de su destinataria, que murió (1944) en Ravensbruck, un campo de exterminio de los nazis.

  8. Kafka se comprometió dos veces con Felice Bauer y otras dos rompió el compromiso, la última al enterarse de la tuberculosis que lo llevaría a la tumba , en Viena.(1924). Los altibajos de las relaciones con una mujer a la que Kafka no amaba y se había propuesto amarla, se reflejan en las 500 cartas que envía a Felice entre 1912 y 1917. Felice se casó en Berlín con un comerciante riquísimo en 1919. El matrimonio vivió en Suiza y, a partir de 1936, fijó la residencia en Estados Unidos, donde Felice murió en octubre de 1960.

  9. )Marthe Robert: "Kafka: La descripción de un combate". Vuelta Sudamericana, Nº 11. México – Bs. As.1987.

  10. Ver nota 6.

  11. Franz Kafka: Carta al padre. Edit. Leviatán. Buenos Aires. 1987.

  12. Ibid.

  13. Ver epígrafe.

 

 

© Teodosio Muñoz Molina 2000
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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