Editorial


Rojo y blanco universitarios

   En nuestro número anterior dábamos cuenta del bárbaro asesinato de un profesor universitario a manos de la sinrazón terrorista. La muerte del profesor E. Lluch era la segunda de las muertes recientes de personas vinculadas con la Universidad. La primera fue la del profesor F. Tomás y Valiente en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid. Despacho abierto, como corresponde a un profesor universitario, siempre dispuesto a recibir a los que buscan entablar el diálogo del que surge el conocimiento. Aquella vez solo entró la muerte. Aquel crimen dio origen al movimiento y al símbolo de las "Manos blancas", manos sin manchas de sangre que los jóvenes universitarios levantaban hacia los ojos de esos terroristas, ciegos en su odio y su desprecio de los valores más elementales.

En fechas anteriores a las navidades, otra profesora, esta vez en la Facultad de Ciencias de la Información del País Vasco, se libró de la muerte porque el destino trae, en ocasiones, la vida en sus manos. Un potente artefacto explosivo había sido colocado en el ascensor de su Facultad. El descubrimiento del paquete libró a la profesora y, probablemente, a un buen número de alumnos y personal universitario de una muerte absurda. Otras que habrían sido añadidas a la sangrienta lista que el totalitarismo terrorista escribe en rojo con su mano implacable.

La Universidad vasca no vive una situación diferente del resto de la sociedad. El mismo acoso, la misma situación de intimidación permanente y de ausencia de libertad que padecen los ciudadanos vascos se vive entre las aulas. Son ya varios los casos de profesores que, hartos de este clima, han decidido emigrar a otras zonas de España o al extranjero. Por segunda vez en este siglo, España vuelve a vivir un éxodo de intelectuales, una nueva emigración por miedo a ser víctima de las pistolas, las bombas o el insulto, ya sea verbal o como pintada en la puerta de su despacho o domicilio.

Hace unos días, los rectores de las Universidades españolas han acudido a firmar un manifiesto de apoyo a la libertad y a la cordura, solidarizándose con los miembros de la Universidad del País Vasco. Hoy todos somos profesores de esa universidad acosada; todos estamos en esas tarimas, en esas sillas, escribiendo en esas pizarras, explicando en esas aulas. Los nuevos inquisidores no lograrán convertir un espacio de diálogo, de debate, de transmisión del conocimiento, en un páramo de terror, en un desierto de ideas muertas. Vaya desde estas páginas nuestro apoyo y solidaridad con todos aquellos, profesores, alumnos, personal universitario, que cada día han convertido el simple hecho de sentarse en un silla y escuchar o impartir una clase en un acto heroico.

El Editor

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