La construcción de la identidad y la alteridad
en Jorge Luis Borges y Nathaniel Hawthorne

Lic. Víctor Silva
Universidad de la República Oriental del Uruguay
Universidad de Sevilla


      

Lic. José Gutiérrez
Universidad de Sevilla


 

"Yo es otro siempre me ha parecido una patraña.
Una patraña brillante, de acuerdo"
Colette Audry, Rien au-delà.

"Mi identidad es la que hace que yo no sea
idéntico a ninguna otra persona"
Amin Maalouf.

"Es todopoderosa la idea de un sujeto único"
Jorge Luis Borges.

 

   

1. Introducción.

"Las obras sucesivas de un escritor son como las ciudades que se construyen sobre las ruinas de las anteriores: aunque nuevas, prolongan cierta inmortalidad, asegurada por leyendas antiguas, por hombres de la misma raza, por las mismas puestas de sol, por pasiones semejantes, por ojos y rastros que retornan". Esta metáfora de Ernesto Sábato contiene en su interior la figura del palimpsesto, y permite realizar un paralelismo entre las ciudades y los escritores, a partir de las ‘huellas’ que se encuentran entre las distintas ‘obras’1 , esos rastros, aunque borrosos, habilitan la realización de un planteo de posibilidad, comparando a escritores y sus obras en el marco de la transdiscursividad. En este contexto nos acercamos a Jorge Luis Borges (1899-1986) y a Nathaniel Hawthorne (1804-1864).

Un punto de partida para este estudio es la importancia que le concede en forma explícita el escritor argentino al autor estadounidense, en la conferencia de apertura de un ciclo que realizó Borges sobre literatura norteamericana en el otoño de 1949 en Buenos Aires.2

El argentino sostenía que "aunque hay otros escritores americanos (...) anteriores en el tiempo sólo Hawthorne tiene importancia, los demás se pueden olvidar sin riesgo". En esa conferencia Borges examina el texto breve Wakefield en vez de sus largas y complejas novelas (The Scarlet letter, The marble faun...). Para Emir Rodríguez Monegal "Borges está demostrando una vez más sus preferencias por los relatos sobre las novelas".

En el ámbito de la literatura fantástica no es aventurado establecer que la influencia que Hawthorne ejerció sobre Borges, la podría haber recibido el escritor norteamericano del argentino, aunque cronológicamente se ubique anterior en el tiempo. "El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra labor del pasado como ha de modificar el futuro", escribía Borges en Kafka y sus precursores 3. De esta forma adquiere validez la conceptualización borgeana sobre el autor. El argentino previa lectura del ensayo del Premio Nobel Thomas Stearns Eliot La tradición y el talento individual, añade a la diacronía del escritor anglonorteamericano una sincronía producida por el hecho de que en la lectura todos los escritores son contemporáneos. Así, plantea en Kafka y sus precursores, que Aquiles es uno de los primeros personajes kafkianos de la literatura. Darío Villanueva en Literatura Comparada y Teoría de la Literatura escribe sobre el ensayo de Eliot: "la originalidad de un escritor brilla más y más a medida que se le enmarca en la tradición. Porque respetando lo que viene de ella, pero aportándole nuevos aspectos, matices y perspectivas, es como el escritor se vuelve realmente original y se incorpora a un sistema en que todo son simultaneidades". Con Michel Foucault, en este mismo contexto, se puede establecer además que "los márgenes de un libro no están jamás neta ni rigurosamente cortadas: más allá del título, las primeras líneas y el punto final, más allá de su configuración interna y la forma que lo autonomiza, está envuelto en un sistema de citas de otros libros, de otros textos, de otras frases, como un nudo en una red". Es que no hay que obviar que la construcción se da siempre "a partir de un campo complejo de discursos" (Michel Foucault; 1996: pág. 37). Sin dejar de lado las diferencias estilísticas y tematólogicas que se visualizan entre Hawthorne y Borges, es pertinente señalar que algunos de los temas centrales que considera el escritor norteamericano en sus cuentos, podrían haber sido influenciados por el argentino (hecho que no descarta Borges en su conferencia).

Adquieren importancia en la obra de ambos escritores las nociones de identidad y alteridad: en la obra de Hawthorne, se percibe en algunos de sus personajes algunas percepciones de su vida ligeramente disfrazadas. Wakefield, por ejemplo, puede leerse, como interpreta el traductor y crítico Malcolm Cowley, "como una alegoría de la curiosa reclusión del propio Hawthorne" (Borges en Rodríguez Monegal ed.; 1981: 285, 286). La construcción de la identidad en el norteamericano adquiere una presencia fantasmagórica/fantasmática, en la medida en que hay permanentes influencias del "mundo imaginario" y "el real" (más oportuno sería sostener que en la lectura simulamos que es real). En Borges se libera ‘el otro’ mediante el cuestionamiento a la noción de ‘el mismo’ habilitando la presencia de ‘el doble’. Siguiendo a Adrián Huici: "el tema de ‘el doble’ se refiere en principio a la existencia de ‘otro’, que duplica la existencia de un personaje, repitiendo sus rasgos u oponiéndosele de forma simétrica" (Adrián Huici en Juan Bargalló; 1994: 251).

En el relato Borges y yo el escritor argentino describe aspectos de su vida pero sosteniendo que "al otro, a Borges es a quien le ocurren las cosas". Ese ‘otro’, que es ‘el mismo’ va desgranando detalles, pero al final: "no sé cuál de los dos escribe esta página" (Borges en Emir Rodríguez Monegal ed., 1981: 351). Ese relato se convierte en un ‘hipotexto’ (Gerard Genette, 1989) de El otro, donde un anciano Borges conversa con su alter ego más joven que lo sueña: "el encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme".

Por lo tanto la identidad y la alteridad toman un carácter paradigmático en las obras de los escritores anteriores:

"podemos imaginarle en el momento de comprar una nueva peluca rojiza y seleccionar varias prendas de la tienda de ropa usada de un judío, con un estilo distinto al de sus acostumbrados trajes marrones" (Nathaniel Hawthorne; 1949: 135) 4.

 

2. Conceptualización de la identidad y de la alteridad.

Es conveniente señalar que la identidad y la alteridad son construcciones intelectuales que se confirman en su carácter relacional; se afirman en la singularidad y la diferencia. La singularidad reclama necesariamente un exterior de confrontación que mida la identidad en cuanto construcción que inaugura el campo de lo humanamente posible. La diferencia, presencia fantasmagórica de la singularidad, necesita poseer un ‘locus’ que también habilite y permita su existencia. Por ejemplo Wakefield -en el caso de Hawthorne- intenta construirse su ‘otro’ pero a partir de romper con su propia identidad, aunque paradójicamente no modifique su nombre que ‘sustancializa’ la identidad (más adelante nos referiremos a la problemática del nombre propio, con la complejidad que la conceptualiza Jacques Derrida).

El antropólogo francés Marc Augé, en su análisis de los no lugares como espacio del anonimato, escribe que "simplemente, hemos aprendido a dudar de las identidades absolutas, simples y sustanciales , tanto en el plano colectivo como en el individual". Para Augé en la relación entre indentidad y alteridad participan, además, la "percepción individual del tiempo" y su "relación con el espacio"; en este último punto se localizan las instancias identitarias. En este contexto ampliamos la noción de ‘cronotopo’ de Mijail Bajtin y la trasladamos a la conceptualización de la identidad y la alteridad y no obviamos la teoría del "emplazamiento" de Manuel Ángel Vázquez Medel, porque las relaciones que se plantean entre la identidad y la alteridad son inseparables de las nociones de tiempo y espacio.

"Cada ser humano pertenece a un espacio, a unos lugares... Cada ser humano pertenece a un tiempo, a un decurso temporal... A su vez, esos espacios y tiempos le pertenecen. Se trata de una doble y recíproca per-tenencia: una tenencia hasta el final, perfectiva. Nuestra co-pertenencia a unas coordenadas espacio-temporales es, pues, perfecta, acabada. Conclusa en cada punto de esa dinámica cuadrícula espacio-temporal, cronotópica. Y, a la vez, dinámica y abierta... Estamos, pues, emplazados. Y ese emplazamiento es, a la vez, espacial (en una ‘plaza’, en un espacio) y temporal (en un ‘plazo’, en un tiempo). Recordemos que las raíces indoeuropeas de ambas palabras, plak- (plazo) y plat- (plaza), respectivamente ‘ser plano’ y ‘extender, esparcir’, aluden a esa extensión espacio-temporal imprescindible para la existencia" (Vázquez Medel; 1998: 5).

Como no es posible encontrar una identidad absoluta, tampoco es factible hallar una alteridad sustancial, sino que ‘el alter’ se disemina en ‘otros’.

La debilidad del sujeto creador en Borges libera al ‘otro’ autor y fortalece al lector. El relato Pierre Menard, autor del Quijote5es un buen ejemplo de lo señalado. Siguiendo a Jacques Derrida se puede establecer que la posible muerte del escritor habilita el escrito a la alteridad. En palabras de Geoffrey Bennington: "(...) todo destinatario determinado y, por tanto, todo acto de lectura se encuentra afectado por la misma ‘muerte’: por consiguiente, se deduce que todo refrendo espera a ‘otros’, de forma indefinida, que la lectura no tiene fin, está siempre por venir, como labor del ‘otro’ (y nunca del ‘Otro’); un texto no encuentra jamás su reposo en la unidad y el sentido finalmente re-encontrado (Geoffrey Bennington; 1992: 77). Pierre Menard podemos ser todos los lectores del Quijote pero también contextualmente todos sus escritores. El nacimiento de uno de ellos habilita su muerte y viceversa.

En Borges hay diversos ejemplos que se pueden mencionar sobre su referencia más o menos explícita (e implícita) a la debilidad del sujeto creador (o directamente a su ‘muerte’). Se puede hacer referencia a la entidad ‘Biorges’, esa particular superposición de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (escritor argentino. Buenos Aires 1914- 1999); más transparente (‘transparencia’ del sujeto, ‘espectro’ y ‘muerte’) que los seudónimos H. Bustos Domecq y Suárez Lynch, híbrido de apellidos y de familiares con los que, además, se fusionaban las creaciones (también ‘híbridas’).

Al estudiar la relación de la identidad y la alteridad tanto en Hawthorne como en Borges, no pueden obviarse sus referencias a los laberintos, los sueños y los espejos. Los laberintos pueden ser oníricos, interiores, naturales, artificiales pero también la escritura puede transformarse en un laberinto.6

En Borges se encuentran argumentos que contienen otros argumentos, historias que se entrelazan, que se repliegan sobre sí mismas en donde el orden recurrente, la fragmentación del texto y el insistente ritmo sugieren la imagen del laberinto (Cristina Grau en Adrián Huici, 1981: 135). La escritura borgeana habilita los márgenes, la circularidad, pero también se disemina, o como diría Gilles Deleuze, en momentos se transforma en una escritura rizomática.7

El laberinto onírico se encuentra tanto en Wakefield ("Wakefield concreta sus objetivos tan minuciosamente como puede, y se encuentra con curiosidad por saber cómo marchan las cosas en su casa -cómo su ejemplar esposa sobrellevará su viudedad de una semana y, durante un instante, cómo la pequeña esfera de criaturas y hechos donde él era el núcleo central, estará afectada por su desaparición")8 como en El otro de Borges. En Wakefield hay momentos en que el relato se convierte en un gran sueño del que quizás el propio Wakefield nunca se despierta.9 Los sueños en las narraciones de estos autores, y en la literatura fantástica, habilitan pensar lo impensable, poblando el universo de heterotopías, y colocándose en el límite del lenguaje y de lo pensable.

"Las heterotopías inquietan, sin duda, porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto o aquello, porque rompen los nombres comunes, porque arruinan de antemano ‘la sintaxis’ y no sólo la que construye las frases sino aquella -evidente que hacen ‘mantenerse juntas’ (unas al otro lado o frente a las otras) a las palabras y a las cosas" (Michel Foucault; 1986: 3).

Las heterotopías (como las que con tanta frecuencia se encuentran en Borges) para Michel Foucault liberan al lenguaje, "secan el propósito, detienen las palabras en sí mismas, desafían, desde su raíz, toda posibilidad de gramática; desatan los mitos y envuelven en esterilidad el lirismo de las frases" (Michel Foucault, ibídem). Las heterotopías permiten pensar al ‘otro’, acercarse a él, plantearse su posibilidad de existencia.

La reflexión sobre los laberintos viene acompañada de los espejos, porque bastan dos espejos opuestos para formar un laberinto, como escribía Borges. Los espejos, en el caso del escritor argentino, horrorizan al multiplicar los seres y el planeta, en un imposible espacio de reflejos especulares. La inversión de las figuras también es ‘monstruosa’10, como el espejo lo es por su condición de híbrido (monstruos: del latín ‘monstrare’, da muestras –imagen- y monstruos; hibridez de la figura porque multiplica, muestra, y por tanto, ‘no cuenta’. Contar y mostrar durante mucho tiempo han sido figuras antagónicas). La monstruosidad habilita los sueños, dramas y cuentos. Por lo tanto, el rostro mira y es mirado y el espejo prolonga el mundo transformándolo en incierto: "ya no estoy solo: hay otro. Hay el reflejo". En este sentido no deja de ser ‘monstruosa’ la figura de un Borges ya ciego mirándose en un espejo. El espejo ya no le devuelve la imagen, no la multiplica ni la muestra.

El espejo también permite la aparición del doble, que aparece de repente y permite que ‘el yo’ adquiera conocimiento del ‘otro’ dentro de sí. "El doble es una figura imaginaria que, como el alma, su sombra o su imagen en el espejo asedia al sujeto con una muerte sutil y siempre conjurada" (Jean Baudillard, 1989: 19). En el cuento El otro, Borges se mira, como en un espejo, en su alter ego; en ese relato la propia escritura se transforma en un espejo. Wakefield, por su parte, se siente más viejo al reflejarse en el espejo de su mujer:

"(...), dejándolo que realice su paseo, lanza tu mirada en la dirección opuesta, donde una mujer corpulenta, en un considerable abatimiento, con un libro de oraciones en su mano, viene de una iglesia situada más arriba. Ella tiene el plácido semblante de una viudedad asentada. Sus lamentos han desaparecido, o han llegado a ser tan esenciales en su corazón, que ellos serían pobremente cambiados por alegría. Justo cuando el hombre delgado y la bien situada mujer están cruzándose, un ligero choque ocurre, y trae estas dos figuras cara a cara. Sus manos se tocan: la presión del gentío conduce su pecho contra su hombro; permanecen encarados, mirándose mutuamente a los ojos. (...) su mente débil adquiere una breve lucidez: toda la miserable extrañeza de su vida le es revelada en un instante"11 (Nathaniel Hawthorne; 1941: 137-138).

Por tanto, para Hawthorne, y en el caso concreto de Wakefield, el espejo no horroriza, sino que se convierte en un intento de recuperar su identidad perdida. Es un paso que tiene que dar su ‘otro’ íntimo para encontrarse (o más bien reencontrarse) con su ‘identidad’. En ese momento es que asume que es ‘otro’... La angustia que persigue al protagonista del cuento, desde el momento en que se ausenta de su casa sin dar mayores explicaciones, es la del ‘yo’ que busca la forma de quebrar con el ‘otro’, una débil alteridad que no encuentra puntos de referencia en la ‘identidad’, que en ese momento se encuentra en ese ‘espejo’.

El espejo desdobla las figuras y permite la aparición del ‘alter’.

Como escribe Juan Bargalló: "el desdoblamiento quizás no suponga más que una metáfora de esa antítesis o de esa oposición de contrarios, cada uno de los cuales encuentra en el otro su propio complemento; de lo que resultaría que el desdoblamiento (la aparición de ‘el otro’) no sería más que el reconocimiento de la propia indigencia, del vacío que experimenta el ser en el fondo de sí mismo y de la búsqueda del ‘otro’ para intentar llenarlo; en otras palabras, la aparición del doble sería en último término, la materialización del ansia de vivir frente al ansia de la muerte" (Juan Bargalló; 1994: 11).

Obviamente, ‘el doble’ se enmascara y se disfraza: Wakefield se disfraza para no ser reconocido, Borges se disfraza y se enmascara en su propia escritura. Como escribe Vattimo en su análisis de Nietzsche: "el problema de la máscara es el problema de la relación entre ser y apariencia".

 

3. Metodología y marco teórico: fundamentación teórica del análisis transdiscursivo

Es pertinente estudiar a estos autores desde una perspectiva transdiscursiva, ampliando la noción de transtextualidad de Gerard Genette. La transtextualidad o transcendencia textual del texto es, según Genette, "todo lo que pone al texto en relación manifiesta o secreta con otros textos". Esta definición se encorseta en lo textual, sin embargo el "discurso" libera al lenguaje y lo des-estructura. En este marco es conveniente destacar que discurso viene de ‘discursus’, que en latín proviene del verbo ‘discurrere’, que significa correr de aquí y allá. Ese ‘correr’ y discurrir rompe las cadenas que ‘encarcelan’ al texto en unidades homogéneas e inmediatas (como por ejemplo el libro); lo intenta liberar, ‘desamordazarlo’ y permitirle salir al discurso que se encontraba mudo. Lo manifiesto se mezcla con lo que estaba oculto.

Foucault recuerda: "desde que fueron excluidos los juegos y el comercio de los sofistas, desde que se ha amordazado, con mayor o menor seguridad, sus paradojas, parece que el pensamiento occidental haya velado por que en el discurso haya el menor espacio posible entre el pensamiento y el habla; parece que haya velado por que el discurrir aparezca únicamente como un aporte entre el pensamiento y el habla". (Michel Foucault; 1999: 47).

El ‘discurso’ y sus paralelismos conceptuales como las visiones extendidas del texto en el sentido de Vázquez Medel o escritura en el caso de Jacques Derrida, liberalizan y permiten pensar la discontinuidad junto con sus diferentes conceptos (umbral, ruptura, mutación, corte, transformación). Siguiendo a Foucault: "Los discursos deben ser tratados como prácticas discontinuas que se cruzan a veces, se yuxtaponen, pero que también se ignoran o se excluyen". Como señala Manuel Ángel Vázquez Medel: "más que los textos, por más dinámicamente que los consideremos, es la actividad discursiva la que produce semiosis".

Para llegar a la noción de transdiscursividad es conveniente recordar la importancia que le otorga Michel Foucault al discurso en su planteamiento arqueológico12. En la noción de discurso de Foucault se habilita la noción de formación discursiva como principio de partición y de repartición de los enunciados. Un discurso es un conjunto de enunciados y depende de la misma formación discursiva; lo constituyen un número limitado de enunciados, los cuales necesitan un conjunto de "condiciones de existencia" o de posibilidades. La apertura que le da el autor francés implica que al discurso se le añadan las rarezas, la exterioridad y la acumulación, porque no son totalidades cerradas sino que están llenas de lagunas y recortes y se dispersan en una exterioridad. El discurso en Foucault13 habilita la discontinuidad y sus diferentes conceptos. Como diría Lévi-Strauss: "nunca aprehender más que el discontinuo" o junto con Foucault pensar en la inversión de la discontinuidad y sus cambios de signo negativo a positivo. De esta forma, Foucault trabajó, entre otros, el discurso clínico, el discurso de la historia de las ideas en Occidente y el discurso psiquiátrico.

Habermas llamaba discurso a aquellas "razones que fundamos con pretensiones de validez". Como interpreta Manfred Frank, la definición de Habermas nos aproxima al empleo que hace Foucault del término, ante todo en el sentido de que el discurso es reacio a reglamentaciones rígidas, aunque se sitúa a mitad de camino entre un sistema lingüístico con normas y una utilización puramente individual del lenguaje (Manfred Frank,1990: 112). Ya Lévi-Strauss se había referido al discurso como portador de un programa teórico concreto, lo abría al considerar que el mito procede del discurso. Consideraba que eran susceptibles de estar comprendidos dentro del concepto de lengua aunque se conformaban como hechos de la palabra.

En este recorrido ‘no lineal’ y ‘rizomático’ poblado de senderos, se puede realizar otro ingreso, considerando la noción extendida de escritura de Jacques Derrida, porque se vincula por vecindad con las conceptualizaciones ‘transdiscursivas’ que se vienen planteando. La escritura, siguiendo a Geoffrey Bennignton, designa con propiedad el funcionamiento de la lengua en general. Así como se vincula con la repetición, la ausencia, el riesgo de pérdida y obviamente con la muerte, ha querido decir siempre significante, que remite a otro significante y, para Derrida, todo significante remite sólo a otros significantes.

La noción de discurso es importante en el marco del análisis comparatista porque consigue acotar su libertad de interpretación característica.

Como afirma Vázquez Medel, en el marco de su teoría extendida del texto, "éste se constituye en una retícula de encrucijadas, y es captado y significa, no por su inminencia, sino precisamente por todo aquello que le transciende: desde el código verbal, audiovisual, en que queda cristalizado hasta las determinaciones genéricas que nos permiten adoptar, en relación con él, unas determinadas actitudes y unas concretas expectativas" (Vázquez Medel; 1998: 3).

Pero todavía realizamos otra extensión de la noción de ‘discursividad’ ampliándola a la de "transdiscursividad" que, como señala Vázquez Medel, "no remite a un hecho aislado o que afecte en exclusiva a la relación entre algunos textos y discursos".

Es decir "no se trata de que, por ejemplo, descubrimos en unos textos sí y en otros no la huella de otros textos que los hacen posibles o inteligibles. Por el contrario, todo texto, por su propia naturaleza está abierto y remite a otros textos: unos previstos desde la productividad emisora, y otros postulados por esa reproductividad receptora sin la cual el texto no existe como contenido de conciencia (...). Una lectura será tanto más co-rrecta (...) cuando los discursos a que apela un discurso concreto en dicho lector más se aproximan a la interacción o transcendencia discursiva del discurso que produjo el autor. Por ello, es tan cierto que las palabras significan lo que les hacemos significar, cuando que este hacer-significar no es totalmente arbitrario, sino que está co-rregido por el texto, que de ser muy desplazado de su intentio, daría lugar a una lectura in-correcta, por más enriquecedora que sea" (Ibídem).

En este marco adquiere validez comparar a Borges y Hawthorne no sólo a partir de sus textos sino también a partir de la búsqueda de ‘huellas’, que nos lleva a realizar un análisis socio-histórico. De esta forma encontramos a Hawthorne escribiendo una ficción pero integrando, como antes señalábamos, aspectos de su vida disfrazados. Asimismo, el interés de Borges por Hawthorne, en otro punto de partida se puede rastrear en su primera juventud, cuando se convierte en el primer intelectual rioplatense que no sólo mira a Francia y España (actitud que tenían la mayoría de los escritores latinoamericanos), sino también al Reino Unido, Estados Unidos y Alemania. Como el propio Borges lo recuerda: "he traducido a Kafka, a Melville y a Bloy", a los que podría agregarle William Faulkner.

Por sólo mencionar algunos datos sobre la vinculación de Borges con la cultura anglonorteamericana: lee en inglés antes que en español por influencia de su abuela materna Fanny Haslam; a los 7 años escribe en inglés un resumen de la mitología griega y un año después el cuento La víscera fatal, inspirado en un capítulo de El Quijote; a los 9 traduce al español El príncipe feliz de Oscar Wilde. Esta búsqueda de huellas adquiere importancia, y siguiendo a Derrida, es uno de los ejes centrales de la escritura en el sentido que le otorga el filósofo francés. Escritura como 'diffèrance' pero también como diferencia y como postergación (relacionada con el verbo diffèrer). Aunque la 'diffèrance' no tenga una traducción lineal al español y sólo se distinga en la escritura, porque paradójicamente en el habla no se observan sus diferencias. La postergación ('diffèrer') es también la de la escritura, la que se ‘consuma’ en un acto posterior al habla. Pero ‘el otro’ también se diferencia ('diffèrance') de ‘el mismo’, otra vinculación de vecindad con la 'diffèrance' derridiana. Las ‘huellas’ también implican una ausencia, un ‘otro’ que no se encuentra presente, pero que fue ‘presencia’ en alguna parte y en algún tiempo, que estuvo ‘emplazado’. Una alteridad que en su momento, en su ‘aquí’ y ‘ahora’, es decir en su tiempo y espacio, puede haber mantenido sus ‘identidades’. La ‘huella’ tampoco podría concebirse como ‘ser’, si ‘ser’ implica una presencia en alguna parte, solamente que esa ‘presencia’ se encuentre en algún no-lugar (como, por ejemplo, un cuento fantástico). La noción de huella también se encuentra integrada en la de palimpsesto o transtextualidad de Gerard Genette.

Hay diversos argumentos para realizar un análisis comparativo entre Borges y Hawthorne en el marco de la transdiscursividad. El primero ya lo hemos mencionado, es el interés mostrado por Borges en la obra de Hawthorne y concretamente en el relato Wakefield. Asimismo, Borges fue uno de los primeros escritores de América Latina que aprovechará la falta de una escritura nacional para referirse a la escritura de habla inglesa. Hawthorne, por su parte, se puede considerar uno de los iniciadores de la Literatura Norteamericana, como lo establece el propio Borges y Henry James (escritor que admiraba a Hawthorne). Por otro lado, es pertinente acotar que así como Borges en sus inicios se dedicó a una literatura que podría definirse como gauchesca, la universalidad está presente en la mayoría de sus escritos. Siguiendo a Claudio Guillén, podría señalarse que tanto Borges como Hawthorne, supieron captar la tensión entre lo local y lo universal, es decir, ‘glocalizaron’ sus discursos. Borges, a diferencia de algunos coterráneos no cayó en localismos, como plantea Guillén. Esta universalidad Adolfo Bioy Casares la intenta explicar haciendo un análisis diacrónico.

Bioy: "(...) estamos en la periferia de los grandes bosques y de la arqueología de América. Creo, sin vanagloria, que podemos decepcionarnos de nuestro folklore (...) Nuestra mejor tradición es un país futuro (...) Podemos ser ecuánimes y lógicos: un pasado breve no permite una gran acumulación de errores que después haya que defender. Podemos prescindir de cierto provincialismo de que adolecen algunos europeos. Es natural que para una francés la Literatura sea la Literatura francesa. Para un argentino que su Literatura sea la buena Literatura del mundo".

 

4. Similitudes y diferencias entre Borges y Hawthorne.

Aunque los tratamientos que realizan ambos autores son diferentes, hay también temáticas e intereses comunes. Como por ejemplo los temas que estamos analizando: los espejos, los sueños, los laberintos... En el caso de los espejos se puede citar (ya expusimos la mención que Hawthorne realiza en Wakefield) como ejemplo, que en el relato El experimento del Doctor Heidegger, Hawthorne narra: "Los ancianos después de beber el agua de la fuente de la juventud se miraron el uno al otro como un espejo y vieron como un poder mágico borraba las hondas y tristes inscripciones que el padre tiempo venía inscribiendo en sus frentes". Esta mención al espejo u otras que realiza el escritor norteamericano se diferencian de las de Borges, en la medida en que el autor argentino escribe en más de un relato que los espejos son "abominables" (Tlön, Uqbar, Orbius Tertius), mientras que Hawthorne los tematiza calificándolos de manera positiva. Es que –reiteramos- para Hawthorne en los espejos se puede intentar recuperar la identidad perdida o que se está perdiendo (Wakefield), auto-reconocerse o retornar en el tiempo como en una especie de ‘eterno retorno’. Para Wakefield el espejo lo identifica, le devuelve identidad a ese ‘otro’ que es ‘ el mismo’ cuando se enfrenta con el rostro de su esposa por la calle.

Pero también en Borges y Hawthorne la reflexión sobre el tiempo (el pasar de los años) adquiere importancia. En momentos los relatos se inscriben en "el eterno retorno", en otras circunstancias el tiempo evolutivo-cronológico es irreversible (El experimento del doctor Heidegger) y la ‘muerte’ se acerca con prisa.

En el caso de la escritura se visualizan importantes diferencias entre los escritores , porque así como Hawthorne trasladó su visión puritana del mundo convirtiéndola en un importante error estético y, como sostiene Borges, "cada fábula le inducía a agregarle moralidades y a veces a falsearlas y a deformarlas"; hay grandes coincidencias entre los críticos de Borges que su prosa es "magistral", como escribe Amado Alonso.

Para Bioy Casares, Borges cumplió "con serena maestría", la labor "de varias generaciones de escritores. En sus cuentos nada sobra (ni falta), todo está subordinado a las necesidades del tema (no hay esas valientes insubordinaciones que hacen moderno cualquier escrito y lo envejecen). No hay una línea ociosa. Nunca el autor sigue explicando un concepto después de que el lector lo ha comprendido. Hay una sabia y delicada diligencia: las citas, las simetrías, los nombres, los catálogos de obras, las notas al pie de las páginas, las asociaciones, las alusiones, la combinación de personajes, de países, de libros, reales e imaginarios, están aprovechados en su más aguda eficacia (...)" (Adolfo Bioy Casares; 1986: 58).

Alfonso Reyes es más tajante y afirma que "en su obra no tiene una página perdida". Estas opiniones coincidentes, para el caso de Borges, podrían contraponerse a las críticas que se le realizan a Hawthorne, considerando que trasladó a su escritura sus raíces puritanas. Como ejemplo, podríamos señalar el final de Wakefield, que carece de acción, ya que es, en realidad, un comentario moral de Hawthorne. Pero hay más: de sus cuadernos de apuntes se puede leer entre sus ideas para argumentos, algunos como los que siguen. En 1836 escribió: "Una serpiente es admitida en el estómago de un hombre y es alimentada por él, desde los 15 a los 35, atormentándolo horriblemente"; luego escribe: "podría ser un emblema de la envidia o de otra malvada pasión". De 1838 se puede citar el siguiente argumento: "que cruzan acontecimientos extraños, misteriosos y atroces, que destruyen la felicidad de una persona. Que esa persona los impute a enemigos secretos y que descubra, al fin, que él es el único culpable y la causa moral, la felicidad está en nosotros mismos". Del mismo año: "un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él plenamente, pero le inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se rebela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero. Los sueños tenían razón. La explicación sería la percepción instintiva de la verdad". Citamos dos más: "en medio de una multitud imaginar un hombre cuyo destino y cuya vida están en poder de otro, como si los dos estuviesen en un desierto"; "un hombre de fuerte voluntad ordena a otro, moralmente sujeto a él, que ejecute un acto. El que ordena muere y el otro, hasta el fin de sus días, sigue ejecutando aquel acto". Como se observa, estos dos últimos argumentos son similares, y en estas coincidencias podemos encontrar una relación palimpsestuosa entre ambos escritos. Su deseo de trasladar su moral puritana a la escritura dañó parte de sus relatos. Este rasgo distintivo en las escrituras de Borges y de Hawthorne puede explicarse buscando las ‘huellas’ (nueva búsqueda ‘palimpsestuosa’) históricas en la vida de ambos. Borges sentía afición por la escritura medida, si se quiere por la búsqueda de su exactitud, desde sus primeras obras. Cuando quedó definitivamente ciego al tener que dictar sus escritos, se dedicó básicamente a la poesía, porque podía encontrar mayor exactitud que en las narraciones.

Diacrónicamente, se puede encontrar que Hawthorne siempre mostró una preocupación obsesiva por la educación puritana de aquella burguesía anglosajona y protestante que colonizó la costa este de norteamérica desde la segunda mitad del siglo XVII. La familia de Hawthorne fue una destacada miembro de estos pioneros. Así, el autor nos muestra en el prólogo de The Red Scarlett (La letra escarlata): "la figura de ese antepasado todavía me persigue (John Hawthorne). Fue un soldado, legislador, juez y un cabeza de culto; tenía todos los excesos puritanos, tanto buenos como malos. Él era también un perseguidor amargado, como lo atestiguan los quákeros, quienes lo han recordado en sus relatos (...) Su hijo, también, heredó el espíritu de persecución y se hizo culpable del martirio de las brujas (de Salem), cuya sangre puede decirse justamente que lo ha marcado..."14. Otro ejemplo definitivo, nos lo señala Borges en su conferencia sobre Hawthorne: "Una parábola de Hawthorne, que estuvo a punto de ser magistral y que no lo es, pues lo ha dañado la preocupación de la ética, es la que se titula "Earth’s holocaust": "El Holocausto de la tierra". (...) Hawthorne, aquí se ha dejado arrastrar por la doctrina cristiana y específicamente calvinista, de la depravación ingénita de los hombres y nos parece haber notado que su parábola de una ilusoria destrucción de las cosas es capaz de un sentido filosófico y no sólo moral" (Borges en Rodríguez Monegal ed.; ibídem: 227-229).

De esta forma, los propios argumentos de las dos novelas más famosas de Hawthorne, como son The Scarlett letter y The house of the seven gambles (La casa de los siete tejados), muestran un mundo puritano cuyo orden se rompe ante la aparición del amor, que el escritor estadounidense justifica como elemento para dinamizar su rígido orden. No en vano, Hawthorne había elaborado estas novelas tras sus vivencias como militante demócrata y en la comuna de socialistas utópicos de la Granja Brook. Todo esto aumentó la obsesión de Hawthorne por las contradicciones de su puritanismo familiar, como él mismo reconoce en una carta escrita a William Pike en enero de 1859: " (...) Me encontré con una situación con muy poca relación con respecto a mis antiguos hábitos y me predispuse para recoger cuanto beneficio estuviera en mi mano; tras mi compañerismo de trabajo duro con mis hermanos del alma en la Granja Brook; (...) tras charlar con Thoreau acerca de pinos y reliquias indias (...), podía relacionarme con hombres contradictorio y nunca murmurar ante sus cambios"15.

Nunca perdió su profunda religiosidad familiar y eso contaminó toda su obra, sin embargo, sus experiencias socio-políticas le posibilitaron mantener una actitud relativamente crítica. Todo esto deja a Nathaniel Hawthorne, frente a su discípulo Henry Melville y a los poetas puritanos del siglo XVIII de la costa este norteamericana, como creadores de las bases de una literatura nacional norteamericana. Esta contradicción entre su rígido puritanismo y sus ansias de libertad las refleja al final de The Scarlett Letter: "¡Sé verdad! ¡Sé verdad! Muestra libremente al mundo, sino tu maldad, si al menos algún rasgo que permita deducirla"

En ambos escritores las imágenes pueblan sus relatos. Desde las imágenes físicas de los espejos (retorno ‘rizomático’ a los espejos) hasta las imágenes que se reflejan en la escritura. Siguiendo a Paul de Mann, todos los relatos de Borges "tienen una estructura similar de imagen reflejada en el espejo, aunque los artificios varían con ingeniosidad diabólica". Borges, por su parte, en sus conferencias sobre Nathaniel Hawthorne afirma que el escritor norteamericano "pensaba por imágenes".

 

5. Obras objeto de estudio.

5.1. Jorge Luis Borges: Borges y yo; El otro.

Los relatos elegidos son paradigmáticos de la preocupación que guía a estos autores por la identidad y la construcción intelectual de ésta. En el caso de Borges, El otro puede leerse como un palimpsesto de Borges y yo. Jaime Alazraki escribe contextualizando esa figura: "el lector familiarizado con viejos textos desde los cuales emerge como un palimpsesto el texto nuevo". El otro integra el segundo libro de cuentos que publica Borges desde que se oficializó su ceguera, se llamó Libro de arena. El relato es uno de los que trata explícitamente el tema del doble y que se refiere paradigmáticamente al espejo. Pero también se encuentra en este caso un laberinto onírico.

La narración se refiere a un encuentro entre Borges y su joven alter ego : "El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969 (...)

-"Usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.

-"No" -me respondió con mi propia voz un poco lejana.

Al cabo de un tiempo insistió:

-"Yo estoy aquí en Ginebra" (Borges en Emir Rodríguez Monegal ed., ibídem: 403).

El diálogo quiebra el tiempo (o los tiempos) y el espacio (o los espacios), el aquí y el ahora como instancias que localizan la identidad se liberan y en el no lugar del lenguaje ‘el mismo’dialoga con su ‘otro’ interior. Se produce un ingreso del mundo ficticio en el real (o que simulamos que es real) que lo contamina. Los tiempos (y las imágenes temporales teniendo en cuenta como escribe Bajtin que "las imágenes literarias son imágenes temporales") se relacionan, pero el pasado y el presente se convierten en marcas ficticias. En el relato El otro nos encontramos con el cronotopo del encuentro, el joven Borges y el anciano Borges están "emplazados" (nuevo retorno al ‘emplazamiento’) en el camino. "Generalmente (en los relatos) los encuentros tienen lugar en el ‘camino’. El ‘camino’ es el lugar de preferencia de los encuentros casuales. En el camino (en el gran ‘camino’), en el mismo punto temporal y espacial, se interceptan los caminos de gente de todo tipo: de representantes de todos los niveles y estratos sociales, de todas las religiones, de todas las edades" (Bajtin; 1989: pág. 394). En el camino se encuentran (y ‘emplazan’) dos generaciones de la misma persona, se combinan las series espaciales y temporales. "El tiempo parece aquí verterse en el espacio y correr por él (formando caminos); de ahí viene la rica metamorfosis del camino" (Bajtin; 1989: pág. 394). Los dos Borges están emplazados en un banco (bancos) de una plaza (plazas) de Cambridge y Ginebra.

"Yo le contesté:

-"Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados de acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, Las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartos Resortus de Carlyle, una biografía de Amiel y escondido detrás de los demás un libro en rústica sobre las costumbre sexuales de los pueblos balcánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza Dubourg".

-"Dufour"16 -corrigió.

-"Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?".

-"No -respondió- Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catalogo prolijo es del todo vano".

No es la primera vez que en Borges se libera la alteridad y se producen en sus relatos cambios sobre los hechos que protagonizó en su propia vida. En este caso el joven corrige al propio Borges, en otros fue su madre y en momentos hasta la propia ficción se acerca más a algunos hechos de su vida.

El laberinto onírico encuentra a los dos Borges preguntándose quién sueña a quién, en un nuevo ‘emplazamiento’ esta vez onírico:

" (...) Si esta mañana este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar , tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar" (Ibidem: 403).

El alter ego pregunta si el sueño durará y el anciano Borges le contesta: "mi sueño ha durado ya 70 años". En el no lugar del lenguaje el universo se convierte en otro no lugar como es el sueño. En palabras de Iván Almeida: "lo supuestamente ‘real’ es sólo un ‘sueño’ (una ficción, una representación) que contiene a otro sueño. Lo único que existe son sueños, y la noción de realidad es sólo una cuestión de ‘posición relativa’: cada sueño es realidad para el sueño que contiene y sueño para el sueño que lo contiene" (Iván Almeida, 1999: 98-99). Como la imagen invertida que se refleja en el espejo la representación invierte la dualidad que es su naturaleza, es decir, la relación entre representante y representado. El objeto se confunde con lo que representa... En el mapa de un país se encontraría contenido el mismo país o citando a Pierce:

"Imaginemos que sobre el suelo de Inglaterra se extiende un mapa de Inglaterra, que muestra cada detalle, por ínfimo que sea. En ese mapa deberá aparecer el verdadero lugar donde está el mapa, con el mapa mismo en todo sus ínfimos detalles. Deberá haber una parte que representa enteramente a su todo, exactamente como la idea representa supuestamente a toda la vida. En dicho mapa debe aparecer el mapa mismo, y en el mapa del mapa debe aparecer, de nuevo, un mapa de sí mismo, y así hasta el infinito. Pero cada uno de esos mapas sucesivos debe estar dentro del mapa que lo representa inmediatamente. En consecuencia, a menos que haya un agujero en el mapa, en el cual ningún punto representa un punto no representado de otra forma, estas series de mapas deben todas convergir en un único punto, que se representa a sí mismo a través de todos los mapas de la serie".

La "arbitrariedad" es afectada y lo que representa al objeto se emancipa. No obstante no deja de ser paradójico que esa inversión de las figuras: representación-objeto, en un espejo (otro retorno a los espejos) se normalizaría, porque los espejos normalizan el fenómeno de la inversión....

Como en el poema:

"Si (como el griego afirma en el Cratilo)

El nombre es arquetipo de la cosa,

En las letras de ‘rosa’ está la rosa

Y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’"

(Poema El Golem de J.Luis Borges. Rodríguez Monegal ed., 1981: 345).

El mundo fantástico ingresa en el mundo real y se puebla de "fantasmagorías", en El otro, como ocurre también en La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, se profundiza la bilocalización, se ubican otros universos, diversos, ‘multiversos’ o como escribe Almeida: "El universo de Borges es, como dice citando a William James, un ‘pluriverso’ ".

La intrusión del mundo fantástico en el mundo real no es aislada en la obra de Borges, sino que se encuentra presente en numerosos relatos. Llega al extremo en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de inventar un planeta que se debe "a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia (...) Entonces desaparecerán del planeta el inglés, el francés y el mero español. El mundo será Tlön" (Borges en Emir Rodríguez Monegal ed., ibídem: 159).

En otro de sus relatos, Borges escribe : "¿Por qué nos inquieta que el mapa esté contenido en el mapa y el libro de Las Mil y Una Noches en el libro de Las Mil y Una Noches? ¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector de El Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser sus lectores, sus espectadores, podemos ser ficticios". El espejo como inversión de los objetos pero también de los sujetos. El joven es el reflejo invertido del anciano Borges. En el propio relato Borges, a través de su alter ego explicita que ese encuentro ya se había producido: "si usted ha sido yo, ¿cómo explica que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?" (Ibídem: 406).

Pero también se puede interpretar que el sueño del anciano se convierte en su propia muerte. "Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de setenta era casi un muerto" (Ibídem.: 406).

En el transcurso del relato el anciano Borges le detalla a su alter ego distintos aspectos de su vida, sus lecturas preferidas: "No sé la cifra de libros que escribirás, pero sí que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clase como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre" (Ibídem: 404).

Se despiden sin tocarse y al día siguiente ninguno va a encontrarse con el otro, según conjetura17 el narrador. La clave, sigue conjeturando, "sería que el encuentro había sido real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que puede olvidarme" (Ibídem: 408). Como se visualiza, la propia escritura se convierte en laberíntica.

Las huellas de El otro pueden encontrarse en Borges y yo, otro texto paradigmático sobre el tema del doble y una reflexión sobre la construcción de la identidad en el escritor argentino. Es decir, la identidad se tematiza vía el doble. Como puntualizábamos al comienzo: la relación entre la identidad y la alteridad se asienta en los atributos de la singularidad y la diferencia. Para Adrián Huici, Borges y yo es uno "de los textos canónicos sobre el tema" de la identidad (Huici en Bargalló, 1994: 253). En esta narración Borges desaparece para dar lugar al otro:

"Al ‘otro’, a Borges, es a quien le ocurren las cosas (...) De Borges tengo noticias por el correo, y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario bibliográfico". El ‘otro’ nos atrae, nos desconcierta, pero a su vez nos inquieta y asusta. "Me gustan los relojes de arena, los mapas, las tipografías del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado decir que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su Literatura, y esa Literatura me justifica".

En El otro emergen las líneas de Borges y yo. Esta narración también es laberíntica y no es casualidad (o no deja de ser un juego borgeano) que haya sido publicado en Estados Unidos en el volumen llamado Laberintos. Para Paul de Mann en ese cuento "el escritor engendra otro ser que es el reverso de su imagen, como se reflejaría ésta en un espejo. En este anti-ego las virtudes y vicios del original quedan curiosamente deformadas e invertidas". Más adelante escribe: "aunque se da cuenta de su perversa costumbre de falsear y magnificar del otro Borges, cede más y más a su máscara poética, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributo de un actor. Este acto por el cual el hombre se pierde en la imagen que ha creado es para Borges inseparable de la grandeza poética". (Paul de Man; 1986: 146-147).

Borges se coloca la máscara y se disfraza, opacando su propia identidad pero paradójicamente justificándola en su propia alteridad: "yo he de quedar en Borges, no en mí, si es que alguien soy, pero me reconozco en sus libros menos que en muchos otros". Como señala Gianni Vattimo: el disfraz "es algo que no nos pertenece por naturaleza sino que se asume deliberadamente en consideración de algún fin, impelidos de alguna necesidad (Gianni Vattimo, 1989: 20).

La literatura de Borges está poblada de esta paradójica relación entre la identidad y la alteridad: "nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agippa soy Dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio, soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy". Siguiendo a Baudrillard se puede afirmar que "existe una intimidad del sujeto hacia el mismo que descansa en la inmaterialidad de su doble, en el hecho de que es y sigue siendo un fantasma. Cada uno puede soñar, y ha debido soñar toda su vida con una duplicación o multiplicación perfecta de su ser pero a fuerza de sueño, y se destruye al querer forzar el sueño en lo real" (Baudrillard; 1989: 158). Podría aplicarse a Borges la negación que propone Marc Augé sobre la identidad como objeto absoluto y sustancial. La realidad es negada por el autor que prefiere ficcionarla.

 

5.2. Nathaniel Hawthorne: Wakefield.

El relato Wakefield fue publicado en 1837, dentro del volumen Twice-Told Tales (Cuentos Contados Dos Veces). Este libro contiene muchas de las ideas para argumentos que Borges apreció en este autor.

Los relatos de la primera edición de Twice-Told Tales fueron realizados antes de su experiencia en la comuna de la Granja Brook y de su participación activa en el Partido Demócrata.

Wakefield es la transcripción de las conjeturas de Hawthorne en torno a la lectura de una supuesta noticia, donde se cuenta como un marido se ausenta de su casa durante 20 años cuando se suponía que iba a hacerlo por sólo una semana y vuelve a su vida matrimonial como si nada hubiera pasado. A partir de este hecho, el escritor decide llamar al protagonista de la historia Wakefield y realiza un proceso de introspección en la mente del mismo:

"Todos sabemos, cada uno por sí mismo, que no somos capaces de cometer una locura semejante, pero sentimos que algún otro podría hacerlo. Diré, por mi parte, que la historia ha vuelto una y otra vez a mis propias meditaciones y ha sido siempre para mí causa de asombro, aunque estoy convencido de que es verdadera y tengo una idea del carácter de su protagonista"18 (Mark Van Doren ed.; 1949: 131).

En primer lugar Hawthorne realiza un análisis psicológico del protagonista, un burgués de clase media, de vida rutinaria y aburrida, que quiso romper esa monotonía con una broma que, en principio, duraría una semana: "Él tenía aptitudes intelectuales, pero no las ejercía de forma muy activa; su mente se ocupaba a sí misma en largas y vagas meditaciones, que no tenían propósito alguno (...) y de ahí se sigue que el maduro Señor Wakefield, que decidió, de esta forma, dejar perpleja a su buena esposa durante toda una semana"19 (Ibídem:131-132).

Hawthorne se imagina, a continuación, los pensamientos de la esposa, que con el paso del tiempo se imagina a su marido muerto, con el mismo gesto que tuvo en el momento de partir de la casa:

"Una vez la puerta cerrada la puerta, ésta vuelve a entreabrirse y, a través de la abertura, la mujer ve la cara de su esposo que le sonríe (...) en sus ensueños ella rememora la sonrisa con multitud de fantasías distintas, que la hacen extraña y horrible; por ejemplo, si ella lo imagina en un féretro, la mirada de despedida se congela en pálidas facciones; si lo sueña en el cielo, su alma bendita tiene esa sonrisa tranquila y astuta"20 (Ibídem: 132-133).

La esposa tiene presente a un Wakefield muerto, probablemente más real que el vivo ya que éste decidió auto-desterrarse y perder el contacto con el resto de la sociedad.

Acto seguido, el autor se centra en Wakefield y el desarrollo de su vida y pensamiento a lo largo de sus 20 años de ausencia, que transcurrieron sin que él lo planificara realmente y perdido en medio de Londres, un gran ‘laberinto’ tanto para Borges21 como para Hawthorne:

"(...) fundido en la gran masa de la vida de Londres. Sería inútil buscarle allí (...) Sin duda, una docena de individuos habían estado ocupados en observarle, y le contaron a su esposa todo el asunto. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes sobre tu propia insignificancia en este mundo desproporcionado! Ningún ojo de un vivo, a excepción del mío, ha divisado el tuyo (...)"22 (Ibídem: 133).

Wakefield vive su encierro en una habitación justo al lado de la casa familiar. Reflexiona continuamente de cómo su vida transcurre allí sin su presencia:

"Wakefield concreta sus objetivos tan minuciosamente como puede, y se encuentra con curiosidad por saber cómo marchan las cosas en su casa -cómo su ejemplar esposa sobrellevará su viudedad de una semana y, durante un instante, cómo la pequeña esfera de criaturas y hechos donde él era el núcleo central, estará afectada por su desaparición" (Ibídem; 134).23

Cuando Wakefield se da cuenta de que esta huida dura más de una semana, decide cambiar sus ropajes habituales dando paso a ‘otro’, a una alteridad que opaca su identidad .

Pero hay un acontecimiento que provoca de forma decisiva el alargamiento en el tiempo de este exilio con respecto a la sociedad:

"(...) Hacia la medianoche viene el carruaje de un físico y deja ante la puerta de Wakefield a un solemne pasajero de gran peluca, que vuelve a salir tras un cuarto de hora, quizás convertido en el heraldo de un funeral. ¡Querida mujer! ¿Morirá? (...) sería imprudente agitarla en este trance. La mujer va recobrándose tras unas semanas (...) Los muertos tienen casi la misma posibilidad de visitar sus casas en la tierra que Wakefield, el hombre que se exilió a sí mismo"24 (Ibídem: 136).

Así, los años van pasando y en el protagonista se van dejando sentir las huellas del tiempo, de tal manera que se encontrará en una calle de Londres con su esposa y no será reconocido por ésta:

"¡Ahora, una escena! En medio del gentío de una calle londinense, distinguimos a un hombre, ya envejecido, con pocos rasgos que atraigan la atención de los viandantes descuidados (...) devocionario en mano, una señora madura y robusta, camino de la iglesia que se puede ver un poco más lejos. Tiene el aspecto plácido de la viudez estable. (...) de pronto están cara a cara, mirándose a los ojos. ¡Tras diez años de separación, Wakefield encuentra a su mujer! (...) la viuda tranquila vuelve a caminar y llega a la iglesia (...)"25 (Ibídem; 136-137).

Una tarde, tras 20 años de ausencia, Wakefield decide volver a su hogar con la Señora Wakefield:

"Sube los peldaños con dificultad (...) Cuando Wakefield entra reconocemos en su rostro, en una última mirada, la sonrisa astuta, prólogo de la pequeña broma que desde hace tiempo le ha estado gastando a su esposa. (...) ¡Bueno, que Wakefield descanse bien esta noche!" 26 (Ibídem: 139-140).

Finalmente, Hawthorne culmina el relato donde nos pone de manifiesto su fascinación por el hecho de que la identidad de un individuo se define por su relación con un conjunto insertado en la sociedad y como la desvinculación de este conjunto puede suponer la asunción de la alteridad:

"Entre el desorden misterioso de nuestro mundo, los individuos están tan fuertemente unidos a un sistema y éstos entre sí y todos a una totalidad, que si se camina fuera por un momento, un hombre se expone al terrorífico riesgo de perder su lugar para siempre. Se puede llegar a ser, como Wakefield, el Marginado del Universo"27 (Ibídem: 140).

De este modo nos encontramos en este cuento temas y lugares que serían comunes para autores futuros como Poe, Melville, Kafka o Borges.

El tema de la identidad y la alteridad tienen un peso específico en el relato. Wakefield como personaje es un juego continuo entre estas dos entidades. El personaje intenta aislarse en el laberinto de Londres para dar salida a su vida tranquila y carente de profundidad. Pero Wakefield sin el entorno que lo ha definido como persona está solo, en peligro de ser "el Paria del Universo", como lo define el propio Hawthorne según la traducción de Jorge Luis Borges.

Los veinte años de aislamiento son un vivir para el recuerdo de su identidad perdida y el deseo de retomar esos elementos que la definían, como si el tiempo no hubiera pasado. Para Wakefield el ‘otro’ es el resto de la población de Londres, un laberinto, donde a cada paso que da puede encontrarse con individuos que pueden reconocerle. Sin embargo, está perdido en la gran masa, convertido en su alteridad.

Paradójicamente Wakefield se coloca distintos disfraces para remarcar su ‘otredad’, pero no cambia su nombre. El nombre (¿propio?) sustancializa la identidad, define al individuo, lo diferencia de los ‘otros’. "El nombre propio me señala a mi mismo mi identidad, que se basa en última instancia en esos momentos de certeza irrefutable", escribe Geoffrey Bennigton. En su libro Jacques Derrida complica un poco más la situación: "el nombre propio debería garantizar una cierta conexión entre lenguaje y mundo, en la medida en que debería designar a un individuo concreto, sin ambigüedad, sin necesidad de pasar por los circuitos de la significación". No obstante sostiene que el nombre propio plantea un desafío importante, porque "lo que designamos con el nombre común genérico ‘nombre propio’ tiene que funcionar también en un sistema de diferencias", es que este o aquel nombre propio, y no otro, designa a este o aquel individuo, y no otro, y se encuentra, por tanto marcado por la huella de los demás.

"Para que exista un nombre verdaderamente propio, sería necesario que no hubiera más que un solo nombre propio, que entonces no sería ni siquiera un nombre, sino la pura llamada al otro puro, al vocativo absoluto, que ni siquiera llamaría, porque la llamada implica distancia y diferencia" (différance derridiana), "sino que se pronunciaría en presencia del otro, que, entonces, no sería ni siquiera otro".

Por tanto, para Bennington, "lo que denominamos ‘nombre propio’ es, pues, siempre impropio, y el acto del nombramiento que se desearía como origen y propio del lenguaje supone la escritura" en el sentido derridiano. Es decir una ‘escritura’ que supone siempre la posibilidad de la muerte del escritor. (Concordancia entre el pensamiento derridiano y el foucaultiano). Por tanto para Hawthorne, en concordancia con el pensamiento que predominaba a principios del siglo XIX, el nombre (propio y sustancial) implicaba la última morada donde se alojaba la identidad, último paso para recuperarla antes de transformarse en el "Paria del Universo". No obstante Borges debilitaba al sujeto, resaltaba la ‘muerte’ del creador.

Además, podemos ver en ese largo encierro de Wakefield como un reflejo de un período de tiempo durante el cual estuvo encerrado en una habitación de la casa familiar para dedicarse exclusivamente al ejercicio de la Literatura: "Me he aislado de la sociedad, sin saber todavía qué quiere decir eso, y sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme. Me he convertido en un prisionero, me he encerrado en un calabozo, y ahora ya no doy con la llave, y aunque estuviera abierta la puerta, casi me daría miedo salir"28 (Malcom Cowley: 1967; 608) , como él confiesa en una carta escrita a Longfellows en 1837 desde Salem.

 

6. Conclusiones.

Parece oportuno analizar las obras de Jorge Luis Borges y Nathaniel Hawthorne por diversas razones. En primer término, ambos escritores pueden encuadrarse en lo que ha sido definido como Literatura Fantástica. En la conferencia dictada por Jorge Luis Borges en torno a Nathaniel Hawthorne, el autor argentino lo considera como el primer autor norteamericano de importancia. La elección de Wakefield por parte de Borges permite detenerse en ese cuento antes que en otras de sus complejas novelas. En Wakefield se encuentran algunos de los tópicos que más abundan en la literatura borgeana.

Esta comunicación se centró en la relación entre la identidad y la alteridad paradigmáticas en Wakefield en el caso de Nathaniel Hathorne, y en Borges y yo y El otro en el de Jorge Luis Borges. Los laberintos, espejos y sueños se diseminan y se integran en las nociones de identidad y alteridad.

Wakefield con su huida y autoexilio hace, realmente, un juego con su identidad y su alteridad. Su identidad la conformaba su nombre (¿propio?) pero, a su vez, todos los individuos y elementos donde él era el núcleo: mujer, sirvientes, casa... Es esto un pequeño mundo que sólo habilita pequeñas rupturas que cambian su rígida rutina. Cuando abre la puerta para iniciar su huida es cuando realmente habilita su alteridad. Hace un juego con su mundo al salirse voluntariamente de él.

Los cuentos y relatos de Borges liberan al otro y al doble, que se convierten en los autores. Así en Borges y yo el propio Borges desaparece para dar lugar al otro. En el relato se enfrentan como en un espejo dos Borges, detallando parte de sus vidas, preferencias pero al final no se sabe cuál de los dos escribe la página. Este relato puede leerse como un palimpsesto de El otro, en un nuevo juego de espejos, donde se encuentra un anciano Borges con su alter ego más joven. Nuevamente el escritor argentino habilita su escrito a la alteridad.

Por tanto, en estos relatos tanto Borges como Hawthorne construyen sus narraciones a partir de la liberación del otro, aunque el escritor norteamericano paradójicamente no modifica el nombre de sus personajes, como última defensa de su identidad, aunque sí lo haga con aspectos de su universo cotidiano.

En cuanto al tópico del laberinto nos encontramos con la estructura de la escritura que es laberíntica, la creación del laberinto onírico y Londres como laberinto artificial. La implosión del mundo ficticio en el real, en Borges aparece de forma explícita y en Hawthorne pueden adivinarse rasgos de su vida en el encierro de Wakefield.

En el tópico del espejo podemos señalar cómo en los relatos analizados de Borges se da una inversión de figuras. En Wakefield está presente en el encuentro con su mujer y en la aparición del médico en su casa por la dolencia de la esposa, episodios en los que se estremece y le hace pensar acerca de su identidad perdida y sus deseos de retomarla. También, nos encontramos con que para Borges el espejo horrorizaba y para Hawthorne era un intento de recuperar su identidad.

Asimismo, la huida de Wakefield puede interpretarse como un gran sueño. En los relatos de Borges no se sabe quién sueña a quién. No se definen claramente las limitaciones espaciales y temporales. La realidad es negada por el autor que prefiere ficcionarla... "El mundo, desgraciadamente es real, yo desgraciadamente, soy Borges".

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VV.AA (1990).: Michel Foucault, filósofo, Barcelona, Editorial Gedisa, 1990.

 

8. Notas

  1. En el sentido foucaultiano: no considerando a ‘la obra’ como una unidad inmediata, ni como una unidad cierta, ni como una unidad homogénea, sino considerándola en su propia discontinuidad, introduciendo la complejidad a las unidades "que se imponen de la manera más inmediata" como el libro y la obra, porque éstas no se construyen "sino a partir de un campo complejo de discursos". Por tanto es preciso de entrada realizar "todo un trabajo negativo", que implique "liberarse de todo un conjunto de nociones que diversifican, cada una a su modo, el tema de la continuidad" (Foucault, Michel; 1996: pág. 33).

  2. "Al ser destituido de la Biblioteca Municipal Miguel Cané (por el gobierno peronista) Borges debió ganarse la vida dando conferencias. Una timidez inveterada había impedido hasta entonces que hablase en público ... Pero el agravio de Perón lo convirtió en conferenciante. Fue invitado a dictar un curso en Buenos Aires sobre literatura anglonorteamericana y la primera conferencia fue sobre Hawthorne". (Rodríguez Monegal ed., 1981: 460).

  3. Publicado originalmente en La Nación (diario de Argentina) el 19 de agosto de 1951. Fue incluido posteriormente en Otras inquisiciones. La primera publicación en libro de los cuentos de Kafka en español (La metamorfosis, 1938) fue iniciativa de Borges, que escribió el prólogo y realizó la traducción de algunos de los relatos. Antes, había incluido en la revista El hogar (Argentina), artículos sobre el escritor y había traducido una de sus parábolas.

  4. "we may suppose him, as the result of a deep deliberation, buying a new wig, of reddish hair, and selecting sundry garments, in a fashion unlike his customary suit of brown, from a Jew’s old-clothes bag".

  5. Emir Rodríguez Monegal: Hacia una lectura poética. Ediciones Guadarrama. Madrid, 1976: "Como su apócrifo Pierre Menard, Borges ha enriquecido ‘el arte detenido y rudimentario de la lectura’ de toda clase de aventuras públicas y de algunas secretas. Aquel escritor francés se había propuesto reescribir El Quijote, pero no quería ofrecer sólo una versión más de la célebre novela -sino como lo habían hecho los imitadores: como Avellaneda, como Montaldo, como Unamuno-. El quería alcanzar una versión que fuese a la vez, rigurosamente literal, y una obra totalmente nueva, suya".

  6. Para mayor información ver el libro de Adrián Huici: El mito clásico en la obra de Jorge Luis Borges. El laberinto y en la revista Anthropos (números 142-143) los análisis de Victoria Reyzábal: Jorge Luis Borges un soñado espejo para su paradójico laberinto; Adrián Huici: Tras la huella del Minotauro.

  7. Deleuze y Guattari consideran: "...a diferencia de los árboles o de sus raíces, el rizoma conecta cualquier punto con otro punto cualquiera, cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza" (...) Es "...un sistema acentrado, no jerárquico y no significante, sin General, ni memoria organizadora o autónoma central, definido únicamente por una circulación de estados (...) En un rizoma no hay puntos o posiciones, como ocurre con una estructura, un árbol, una raíz". Es clara la vinculación de la figura del rizoma con la del laberinto.

  8. "Wakefield sifts his ideas, however, as minutely as he may, and finds himself curious to know the progress of matters at home -how his exemplary wife will endure her widowhood, of a week; and, briefly, how the little sphere of creatures and circumstances, in wich he was a central object, will be affected by his removal".

  9. No deja de ser un dato importante que a Wakefield la mujer se lo imagina muerto, en un cajón con la sonrisa helada en la cara, o en el paraíso, en la gloria, sonriendo con astucia y tranquilidad.

  10. La ‘monstruosidad’ en los relatos de Borges es recurrente. Por ejemplo en "El idioma analítico de John Wilkins" (publicado en Otras inquisiciones en 1960) el argentino escribe sobre "cierta enciclopedia china" que plantea que "los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas". En el texto nuevamente se libera la alteridad y, como plantea Michel Foucault, "la monstruosidad que Borges hace circular por su enumeración consiste (...) en que el espacio común del encuentro se halla él mismo en ruinas" (Foucault, 1986: 2).

  11. "(...) leaving him to siddle along the foot-walk, cast your eyes in the opposite direction, where a portly female, considerably in the wane of life, with a prayer-book in her hand, is proceeding to yonder church. She has the placidmien of settled widowhood. Her regrets have either died away, or have become so essential to her heart, that they would poorly exchanged for joy. Just as the lean man and well-conditioned woman are passing, a slight obstruction occurs, and brings these two figures directly in contact. Their hands touch; the pressure of the crowd forces her bossom against his shoulder; they stand face to face, staring into each other's eyes. (...) his feeble mind acquires a brief energy from their strength; all the miserable strangeness of his life is revealed to him at glance (...)".

  12. Para ampliar el estudio foucaultiano ver, entre otras obras, La arqueología del saber (siglo XXI: 1996), donde examina los problemas de método que plantea tal arqueología, que había iniciado en las obras precedentes: La historia de la locura, El nacimiento de la clínica y Las palabras y las cosas y la posterior Historia de la sexualidad (en tres partes: La voluntad de saber, el uso de los placeres y la inquietud de si). Asimismo ver El orden del discurso (lección inaugural del Collège de France, cuando se hizo cargo de la cátedra de historia de los sistemas de pensamiento al suceder a Jean Hyppolite).

  13. Discrepamos con Bourdieu cuando afirma que Michel Foucault "se niega a buscar fuera del orden del discurso el principio de la elucidación de cada uno de los discursos que se insertan en él", porque precisamente Michel Foucault extiende la noción de ‘discurso’ más allá de los límites del texto, del libro y de la obra, sin embargo Bourdieu lo quiere llevar al terreno de las "unidades" que se "imponen de manera más inmediata". Bourdieu confunde en Foucault la noción de discurso con la de texto. Es cierto que Foucault en sus primeros planteos arqueológicos limita la noción de discurso, pero posteriormente (en El orden del discurso se puede observar con claridad) la extiende, considerando además, las relaciones entre el saber y el origen del poder, incluyendo, por ejemplo, los procedimientos de exclusión ("lo prohibido (...) la separación y el rechazo (...) y la voluntad de verdad") y las vinculaciones entre los discursos manifiestos y los ocultos.

  14. "The figure of that first ancestor still haunts me. He was a soldier, legislator, judge, he was a ruler in that church; he had all the Puritanic traits, both good and evil. He was likewise a bitter prosecutor, as witness the Quakers, who have remembered him in their stories (...) His son too, inhereting the persecuting spirit, and made himself so conpìscous in the martyrdom of the witches, that their blood may fairly be said to have left a stain upon him...".

  15. "I was thrown into a position so little akin to my past habits, and set myself seriously to gather whatever profit was at hand. After my fellowship of toild and impracticable schemes with the dreamy brethren at Brook Farm; (...) after talking with Thoreau about pine-trees and Indian relics (...) I could mingle at once with men of altogether different qualities, and never murmure at the change".

  16. Emir Rodríguez Monegal sobre este comentario escribe: "Contiene algunas tantalizadoras insinuaciones sobre su descubrimiento práctico del sexo en Ginebra, en una habitación y en una calle que la memoria ha enmascarado. Estas alusiones, así como el rápido catálogo de libros eróticos que esconde de sus padres el adolescente ginebrino, ayudan a reconstruir un momento decisivo de la vida de Borges" (Rodríguez Monegal ed., 1981: 474).

  17. La conjetura es cuando se afirma algo sin tener suficiente fundamento objetivo. Por esta figura Borges padeció cierta atracción. A la conjetura Pierce la llamó "abducción": "abduction is, after all, nothing but guessing" (después de todo la abducción no consiste más que en adivinar).

  18. "We know, each for himself, that none of us would perpretate such a folly, yet feel as if some other might to my own contlempations, at least it has often recurred, always exciting wonder, but with a sense that the story must be true, and a conception of his hero's character".

  19. "He was intellectual, but not actively so; his mind occupied itself in long and lazy musings, that tended to no purpose (...) and forth goes the middle-aged Mr. Wakefield, almost resolved to perplex his good lady by a whole week's absence".

  20. "After the door was closed behind him, she perceives it thrust partly open, and a vision of her husband's face, through the aperture, smiling on her (...) In her many musings, she surrounds the original smile with a multitude of fantasies, which make is strange and awful; as, for instance, if she imagines him in a coffin, that parting look is frozen on his pale features; or, if she dreams of him in Heaven, still his blessed spirit wears a quiet and crafty smile".

  21. Borges en Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto y en El Aleph considera a Londres como un laberinto.

  22. "melt into the great mass of London life. It would be vain to search for him there. (...) Doubtless, a dozen busy-bodies had been watching him, and told his wife the whole affair. Poor Wakefield! Little knowest thou thine own insignificance in this great world! No mortal eye but mine has traced thee (...)".

  23. "Wakefield sifts his ideas, however, as minutely as he may, and finds himself curious to know the progress of matters at home -how his exemplary wife will endure her widowhood, of a week; and, briefly, how the little sphere of creatures and circumstances, in which he was a central object, will be affected by his removal".

  24. " (...) towards night-fall, comes the chariot of a physician and deposits its big-vigged and solen burthen at Wakefield's door, whence, after a quarter of an hour's visit, he emerges, perchance the herald of a funeral. Dear woman! Will she die? (...) she must not be disturbed at such a juncture. (...) the dead have nearly as much chance of re-visiting their earthly homes, as the self-banished Wakefield".

  25. "Now for a scene! Amid the throng of a London street, we distinguish a man, now waxing elderly, with few characteristics to attract careless observers (...) A portly female, considerably in the wane of life, with a prayer book in her hand, is proceeding to yonder church. She has the placid mien of settled widowhood. (...) They stand, face to face, staring into other's eyes. After ten years' separation, thus Wakefield meets his wife! (...) the sober widow, resuming her former pace, proceeds to church".

  26. "He ascends the steps (...) As he passes in, we have a parting glimpse of his visage, and recognize the crafty smile, which was the precursor of the little joke, that he has ever since been playing off at his wife's expense. (...) Well; a good night's rest to Wakefield!".

  27. "Amid the seeming confusion of our mysterious world, individuals are so nicely adjusted to a system, and systems to one another, and to a whole, that, by stepping aside for a moment, a man exposes himself to a fearful risk of losing his place forever. Like Wakefield, he may become, as it were, the Outcast of the Universe".

  28. "I have secluded myself from society; and yet I never meant any such thing, nor dreamed what sort of life I was going to leave. I have made a captive of myself and put me into a dungeon, and now I cannot find the key to let myself out -and if the door were open, I should be almost afraid to come out".

 

© V. Silva y J. Gutiérrez 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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