Un colérico censor español
del tiempo del Centenario


Fernando Sorrentino


 

   

Quién fue don Manuel Gil de Oto

En el libro El compadrito, compilado por Jorge Luis Borges y Silvina Bullrich, encontré un soneto de prosaicos y martillantes versos hispánicos (con un terrible verbo trucidar) que llamó mi atención. No por el soneto en sí, cuya relación con la poesía es remota, sino por el epígrafe que lleva.

El soneto se titula "El tango argentino", su autor es un señor Manuel Gil de Oto y el epígrafe, firmado por un tal Melitón González, dice literalmente así: "El tango es baile anticuado, / no hay más diferencia que / antes se bailaba echado / y ahora se baila de pie".

Como el epígrafe, de clara alusión sexual, resulta muy superior al soneto, se me ocurrió podría ser alguna de las típicas picardías de Borges, que hubiera añadido ese texto propio adjudicándolo al tal Melitón González. Más aún, me dije, acaso tampoco exista Manuel Gil de Oto, y que ambos textos (soneto y epígrafe) sean obra paródica de Borges.

Una visita a la siempre amigable biblioteca de la Academia Argentina de Letras destruyó rápidamente mi hipótesis:

1) "El tango argentino" y su epígrafe pertenecen, con todas sus letras, al libro La Argentina que yo he visto (1914), firmado por Manuel Gil de Oto.

2) Manuel Gil de Oto es el seudónimo de Miguel Toledano de Escalante, madrileño (1870-1937), quien "[...] a los 16 años hizo sus primeros ensayos literarios, escribiendo versos festivos, para lo que reveló notables condiciones. Hasta 1890 colaboró en las principales revistas festivas de la corte, y pasó luego a Barcelona, donde fue colaborador asiduo de La Semana Cómica". En esta ciudad se dedicó "casi exclusivamente a trabajos editoriales, en los que reveló cualidades notables como organizador y director de varias casas, en las que sus iniciativas tuvieron el mejor éxito. Relacionados con estos trabajos hizo diversos viajes a América y a las principales ciudades europeas". Algunas de sus obras son: La Argentina que yo he visto..., Y aquí traigo los papeles, Retratos al agua fuerte, Rasgos de ingenio de Jacinto Benavente, Rameras y jugadores, Timbas, chirlatas y casinos, Médicos y boticarios, Los enemigos de América. En ellas, "la vena satírica y el ingenio del autor se manifiestan espléndidamente, así como sus condiciones de escritor correctísimo, muy influido por los buenos modelos".

Esta información la brinda, cuándo no, la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana Espasa-Calpe, tomo 62, pág. 414, 1928, aunque todas las veces incurre en el error de llamarlo Miguel (en lugar de Manuel) Gil de Oto.

Sus "notables condiciones" para escribir "versos festivos" no dejan de ser —considerando su lúgubre humorismo, zumbón y chocarrero— una hipérbole de la Espasa. Este "escritor correctísimo, muy influido por los buenos modelos" no tiene una pizca de, por ejemplo, Garcilaso, de Góngora o de Quevedo (que sin duda son "buenos modelos"), pero suena como un residuo deficiente de Samaniego o de Iriarte, los de las fatigosas fábulas dieciochescas1.

 

La Argentina que ha visto Manuel Gil de Oto

Es verdad aceptada que en las primeras décadas del siglo XX la Argentina, en el desbordante optimismo del Centenario y en la cresta del masivo proceso inmigratorio, era un país muchísimo más próspero que España.

Sin embargo, a nuestro autor le produjo una impresión pavorosa, de tal modo que sólo encontró fealdades, vilezas, deshonestidad, suciedad, errores, incomodidades... y cuanto elemento de resonancia negativa pudiera imaginarse.

Con la sola excepción de la mujer de Chivilcoy, a quien don Manuel ve como una suerte de diosa ("Tres días en Chivilcoy"): "No existe en la Argentina, seguramente, / ciudad tan insensata que a dar se atreva / una mujer hermosa, que osada intente / con la chivilcoyana ponerse a prueba. // Con las rosas de carne que Italia cría, / los ojos abrasantes de las cubanas, / y las gracias que alegran Andalucía, / se hacen las esculturas chivilcoyanas". Pero esas gracias no se extienden a los hombres del pueblo: "[Dios] agotó sus tesoros para con ellas, / dejando a los varones desheredados". "[Dios] sabe por qué a las flores encantadoras / las mancillan insectos abominables. // Los varones son tristes como un abismo, / la mujer toda audacia fina y coqueta, / tienen ellas las gracias del Paganismo, / ellos estupideces de anacoreta. // Alzan ellas los ojos, luciendo soles, / ellos van rastreantes como gusanos, / ellas son desprendidas como españoles, / ellos son codiciosos como gitanos".

 

La Babel argentina

Paradójicamente, uno de los hechos que enorgullecen a la Nación Argentina —el de ser, sin limitaciones, un país abierto a la inmigración y un país en cuyos habitantes confluyen variados pueblos y culturas— es quizás el aspecto que más ha molestado al autor.

Es posible que don Manuel esperase encontrar aquí una dócil prolongación o un sumiso apéndice de España, poblado homogéneamente por gentes españolas y por sus correctos descendientes nativos que, además de hablar con los mismos modismos peninsulares, deberían por añadidura mostrar total veneración hacia la Madre Patria.

En lugar de este orden hispánico y de este respeto matriarcal, Gil de Oto encuentra un abigarramiento de razas y de pueblos que lo espeluzna, y que él (sin duda con exageración literaria) describe así, nombrando en un cuarteto seis nacionalidades diferentes ("Buenos Aires"): "Me despierta un mucamo filipino, / un griego me da el té, un ruso el baño, / es mi hotelero un japonés huraño, / el portero alemán, y el groom es chino. // Son las calles revuelto torbellino / de gentes de cien razas [...]".

En otra composición ("Una casa como hay muchas") vuelve sobre el tema de la multitud de nacionalidades, y acentúa aún más la exageración: "Muy joven y sin dinero, / llegó el marido de España, / y, por amor o codicia, / casó con una italiana. // Apadrinaron la boda / un franco-alemán, de Alsacia, / un caballero rumano, / un japonés y un croata. // Tuvo el matrimonio un hijo / argentino, que amamanta / una señorita inglesa, / que aunque señorita, es ama / porque anduvo en amoríos / con un portugués pirata, / que la [sic] hizo un feo muy grande / y una pequeña, no guapa. // Tiene el padre a su servicio / un mucamo que es de Holanda, / y la madre, por doncella, / tiene una señora austriaca2. // Para arreglar el condumio / a estas gentes de seis razas / hay un cocinero belga, / al que auxilia una ayudanta / nacida en el Indostán, / de un polaco y de una bávara, / y mujer de un hotentote, / hijo de una escandinava, / casada en Madagascar, / y fallecida en Pampanga. // No es excepción (os lo juro) / la familia bosquejada".

No hace falta ser especialista en la historia de la inmigración para saber que, por aquella época, sería difícil encontrar en Buenos Aires personas de origen filipino, chino, indostanés, malgache...

 

El habla argentina

Anticipándose en tres décadas a la miopía de Américo Castro3, Gil de Oto fue incapaz de imaginar que el español de la Argentina tuviera rasgos característicos que lo diferenciaran del habla española de otras regiones del mundo. Por eso, en la composición titulada "El idioma", después de afirmar "Es la Argentina [sic: debería ir con minúscula] una extraña / lengua, que toma y amaña / de cien idiomas: yo opino / que tiene tanto de España, / como del ruso y del chino". Y dice luego que va a dar "como muestra / un centenar de botones". He aquí algunas de las voces que reprueba, y cuya "traducción" prodiga en los versos: sándia [sic: debería ser sandia] = sandía; salame = salchichón; chaucha = judía; tapado = abrigo; pollera = falda; galera = sombrero; pava = cafetera; pedido = petición; mucamo = sirviente; patrón = amo; reclamo = reclamación; vos = tú; chiao [sic por chau] = adiós; atorrante = golfo; sonso = abobado; boliche = tenducho; conscripto = soldado; aviso = anuncio; occiso = asesinado; vení = ven; salí = sal; soda = agua de Seltz; kerosén = petróleo; pelada = calva; biaba = trompazo.

En esta enumeración, no alcanza a discernir cuáles son términos lunfardos y/o pintorescos, y cuáles, variantes meramente regionales.

 

Gallegos y gayegos

Como español que es, se ha sentido herido por el mote de gallego4, que —ya lo sabemos— no es necesariamente despectivo, sino que muchas veces tiene un matiz afectuoso, como pueden tenerlo, en su innegable imprecisión geográfica, el tano, el ruso, el turco

"Que conste ante todo que5 / el español de Occidente, / como el del Sur y el de Oriente, / son aquí gallegos de... / una cosa maloliente". En la nota al pie, Gil de Oto cree que los argentinos sentían desprecio y odio por los españoles, cosa que, en esta época, resulta inconcebible (¿quién de nosotros puede ser tan desatinadamente irracional para despreciar u odiar a los españoles?):

"Y para que no quede sombra de duda de lo que quieren decirnos cuando nos llaman gayegos (que ni aun gallegos nos dicen), suelen recargar el alias con algún otro calificativo que acabe de expresar bien todo el odio y el desprecio que nos tienen. Unas veces se nos llama gayegos patas sucias, y otras gayegos de m...". En la nota está realmente enojadísimo: "Los gallegos nos conformamos con retrucarles la frase, razonando, que si nosotros somos gallegos de... , los argentinos, que nos deben cuanto son, y que, según reconocen, descienden en línea recta de la escoria que por inadaptable, aventurera y mala emigró de España, son por triste e indiscutible verdad, residuos de residuos nuestros, m... de gallegos".

En "¡Viva España!" don Manuel deviene una suerte de virrey Cisneros redivivo, y, decepcionado ante la ausencia de un síndrome de culpa, no puede explicarse qué demencial razón llevó a la Argentina a independizarse de España: "Este pueblo insensato, / debe justificar el arrebato / que le alzó contra ti, y hoy, madre mía, / este retoño ingrato, / completa su primera felonía / y ofende complacido tu memoria / porque al negarte, afirma su civismo, / callando tu valer, funda su Historia, / y odiarte es su virtud de patriotismo".

Siendo España y los españoles un país y un pueblo por los que los argentinos sentimos tanto afecto y con los que compartimos una importante zona de la cultura, ¡qué extraños suenan hoy estos resentimientos y estas quejas...! Si ahora los traigo de nuevo a la luz, no es para avivar imposibles rencores, sino como mera curiosidad particular que corresponde a un preciso período de nuestra historia.

 

Notas

1. Aunque a menudo errada, tanto en verso como en prosa, transcribo escrupulosamente la puntuación del autor.

2. El texto original dice austríaca, sin duda por errata, ya que, de ser así, el octosílabo se transformaría en eneasílabo y se destruiría la asonancia áa. Por otra parte, austriaca es la forma corriente en España.

3. La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico (1941). Recuérdese el demoledor artículo de Borges "Las alarmas del doctor Américo Castro", Otras inquisiciones (1952).

4. No puedo dejar de citar esta "magnífica ironía" borgeana: "En 1910, [María Justina Rubio de Jáuregui] no quería creer que la Infanta, que al fin y al cabo era una princesa, hablara, contra toda previsión, como una gallega cualquiera y no como una señora argentina" ("La señora mayor", El informe de Brodie, 1970).

5. El empleo del nexo átono que como final de verso (por añadidura, para que todo sea aún más equivocado, rimando con la preposición átona de) torna muy probable que la cuarteta atribuida a "Melitón González" —donde también se utiliza esa extravagancia— pertenezca al mismo Gil de Oto. Es verdad que también Darío apeló alguna vez a estos recursos heterodoxos, pero Rubén, por su alucinante destreza, acertaba hasta en el error.

 

[Este artículo se publicó por primera vez en la revista Todo es Historia, nº 394, Buenos Aires, mayo de 2000.]

 

© Fernando Sorrentino 2000, 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/c_censor.html