LAS BASES AXIOLÓGICAS DEL LENGUAJE
Y LOS CAMPOS HIPONÍMICOS MEJICANOS

Manuel González Alameda


   

Considerar que toda época o generación posee un espíritu base del cual emanan productos de la cultura, como el arte, el lenguaje y otros, no es una idea nueva. Reducir este espíritu a la economía, la lucha de clases, los regímenes absolutistas o cualquier otra condición, resulta, a estas alturas de la historia, algo esperpéntico.

Las generaciones tienen su espíritu, algo de origen multifactorial y de raigambre difícilmente reductible, que se desvanece y muere con los instantes propios que las vieron nacer y que les da ese carácter romántico y único en el tiempo. Incluso aquellas generaciones que vivieron como fondo histórico la guerra y las mayores atrocidades, las generaciones perdidas que dicen los inspirados, asombrados antes esas otras generaciones mimadas por las circunstancias históricas, confiesan: todo faltó excepto claridad de quién éramos y el porqué luchábamos.

Sea como se quiera, generaciones perdidas, tiempos de decadencia y opulencia, rincones inmisericordes del tiempo y de la historia, todas estas características son el vínculo y la circunstancia desde la que debe explicarse la cultura; sin reducirla a estas, pero sin desvincularla de ellas.

Respecto a esta impronta generacional que todos recibimos hay que diferenciar matices. En primer lugar, hay que distinguir horizontes superpuestos y valores implantados, mundos tenidos por reales y, por tanto, así vividos, influencias ideológicas que se trasforman en muletas intelectuales, soluciones dadas, consensos imperiosos y sin alternativas vitales, añorazas de lo que no pudo tenerse y de lo que se posee a destiempo. Evidentemente todo esto puede ser tan firme como la tierra misma que pisamos en nuestros vacilantes pasos los primeros días de nuestra vida infantil: muy poco o mucho dependiendo de la habilidad del caminante.

De esta suerte, es de tal manera condicionante nuestro escenario vital, que no solo la lengua o la sociología son explicadas en una gran proporción por ellos, sino que cuando estos efectos, que en un tiempo fueron casi pilares del mundo externo, se rompen repentinamente, en un momento de la historia, por diversas circunstancias de la existencia, la sensación de angustia es inevitable y un balance apropiado de lo perdido o ganado por el mundo que queda atrás se hace imperioso. Es este el momento en el que la bruma se disipa y lo verdaderamente sólido emerge.

Obsérvese a este tenor el espíritu y valores hechos consigna que prevalecieron durante el franquismo español: repudio al intelectual que enreda los principios sagrados de la patria, denuesto a su palabra volatinera, odio a todo hombre que no aceptara el principio de autoridad y que se negase a las jerarquías que del cielo bajan.

Préstese atención a cómo las fobias de estos tiempos se proyectaron contra todo lo que fuera el lenguaje como arma de la disputa, similar al republicano o cualquier sistema basado en el debate parlamentario; analícese cómo se da en esta época un forzoso huir del lenguaje culto y sofisticado, como si de la peor afectación se tratara.

Se cuenta que un intermediario de buenas intenciones, intentando recomendar a Ortega y Gasset frente a Franco para que aflojara su mano sobre la garganta del intelectual, este contesto: ¡No conoce usted a los intelectuales, mi querido amigo... no conoce usted a los intelectuales!

Esto sólo sería una mínima parte de la historia, brevemente esbozada, de cómo el laconismo insulso y machacón ganó su sitial en los años de la España franquista mientras que la palabra esperaba su turno para ser fusilada.

Pero el lenguaje, ciertamente, me dirán los historiadores de la lengua, ya estaba despuntando sus retoños actuales mucho antes de que llegaran los valores castrenses traídos por el triunfo de la ultraderecha española. El Felipe zarzuelero fue primero que el Felipe de la Zarzuela. Admitamos esto, pero el desvarío del que aquí se habla es el que transmuta el lenguaje de una época castiza y verbenera, donde el –ado vaporoso dejaba paso a una solemne casi diptongación aumentativa y que se paladeaba en su énfasis sonoro, enseñoreante del grácil mohín del labio carnoso de la maja castiza, que sabía imprimír un olé majestuoso al espíritu de la palabra; transmutandose —decíamos— por un oscuro –ao de mutilación y rima forzosa, tan viscoso y ensalivado como enrarecido y balbuciente.

Por una parte, con la poda del –ado, el lenguaje reorganizaba su savia desde dentro y el castizo ganaba en solemnidad; por la otra, con sus malos imitadores, los espíritus fóbicos antirrepublicanos, sólo lograban amputación, rictus, y precariedad. Este empobrecimiento en el énfasis produjo una reacción en cadena contra todo lo que podía ser un exceso de celo en el lenguaje: reló por reloj, setiembre por septiembre, etc., etc... y lo que es peor aún..., algo que afecta a la lengua en sus bases: se cambiaron las pautas de comunicación y los usos ganados a los tiempos y a las costumbres, que viraron en la dirección en la que el aire soplaba: el ordeno y mando.

Se había pasado de una época donde el convencer salía sobrando y el ordenar ganando.

El lenguaje tenía que conservar forzosamente residuo de este trance y lo conservó. El mundo posfranquista español perdió tanta densidad en lo estructural como en las propias formas más simples. Las relaciones personales que nuestro siglo diecinueve nos había legado, muchas de ellas aún pervivientes en Méjico y otros países iberoamericanos, llenas de protocolos y formulas del buen vivir y respeto a la convivencia establecida a través de la palabra, cuyo buen ejemplo aún queda en nuestra zarzuela en los estratos más populares, garantizaban suficientemente un arte conversacional pleno de sutilezas y de manejo de la propiedad y el buen decir, muy bien pertrechado y dispuesto a evolucionar sin corromperse. Relacionarse y convivir en el respeto a la palabra medida y elocuente, el énfasis en la gravitas de nuestros vocablos, en fin, la palabra como un santuario de vida inteligente, quedó toda convertida en un pie de foto bélico, telegramático.

De pronto asistimos a un espectáculo donde el hablante, comenzando por catedráticos y seguidos por la más variopinta fauna, se avergüenza de sus –ados, de sus consonantes finales e intermedias y de los circunloquios que suavizan toda relación humana y marcan con un ritmo secularmente ensayado el acercamiento y el alejamiento relacional a los temas propiamente personales. Ocurrido esto, si bien es cierto, con previa declaración de guerra, comienza de forma barbara y desorientada a desbaratarse lo heredado.

La lengua se hace imperativa, o como los mejicanos califican al español actual, "golpeado", y sigue su marcha militar hacia la historia restallando, desde ahora, bien como timbal opaco, bien como taconazo de bota militar; obviamente despreciando todo aquello que no impone brevedad y efectividad. Cualquier aliento de vida propia para el lenguaje, durante aquellos años, pudo ser considerado juego inocuo o parlamentarismo anatema. Así, se llegó por este sendero al español que podríamos llamar actual.

El socialismo se encargó, debido a su vocación de portavoz de los usos del pueblo, de traernos el resto de las miserias faltantes, que habían de hacerse, claro está, reiteradamente patentes para un discurso que representaba a los desposeídos. De buen seguro que nunca se calculó qué tan desposeído de la lengua habían sido el pueblo ni en qué cantidad había que devolvérsela en su estado castizo y primario, sino que muy por el contrario, lo poco que había sobrevivido y que era auténticamente popular, lo transfiguraron en un producto naïf y rociero, más apegado a la repetición de las partes pudentes del cuerpo, como símbolo de la libertad obtenida, que a entronizar el clavel y la peineta. Las malas maneras tomaron las vanguardias y la lengua gobernada por el socialismo español fue el arte del insulto y la socarronería. No se esforzó en superar el anterior estado de carencias sino que lo envileció aún más con su revanchismo, por otra parte poco enriquecedor del pueblo al que reivindicaba.

 

Si después de estas breves puntualizaciones, alguien aún no cree que las bases axiológicas forman una especie de viento imperioso que campea en el lenguaje, obsérvese, por poner un ejemplo, el lenguaje actual mejicano, mundo curiosísimo, de encrucijadas lingüísticas y de valores que nuestros bisabuelos encontrarían más cercanos al propio que el que nosotros heredamos.

El panorama que forman los valores de convivencia mejicanos son de tal índole que las mayores contradicciones tendrían cabida y su discusión, para formar un pequeño segmento suficiente significativo y clarificador, nos sacaría radicalmente de nuestro propósito. En este caso particular, más conveniente parece ser ir a la inversa: tomaremos el lenguaje y dejaremos que el lector capte la axiología que cimienta sus bases. Un pequeño sector, el de la hiponimia, es suficiente rico para este experimento.

Los diminutivos en Méjico no sólo son graduaciones casuales del adjetivo y del nombre, sino que, lexicalizados en tremendas cantidades, representan medios de expresión axiológica y son banderín de generaciones y creencias que se definen en sus costumbres y en sus valoraciones cotidianas. Sutilmente entendidos, son un termómetro de su sistema de valores. No son un recurso accidental del idioma cotidiano que muere en su diario pervivir; no son un producto efímero del hablante, sino que expresa en muchos segmentos de la historia un espíritu colectivo, o dicho de otra manera, una voluntad de convivencia y de usos protocolizados. Su presencia como atenuantes, desdramatizadores, enfatizadores del aprecio o del desprecio, los hacen propicios a la tarea de representar un determinado espíritu de época.

Así como el diminutivo flexiona la semanticidad hacia aspectos de suavización de los intercambios lexicales —por ejemplo es frecuente en Méjico, como atenuante del malestar que se crea al pedir un favor, requerir éste con un énfasis en el diminutivo y mediante la formula: ¿te puedo pedir un favorcito?— también es frecuente la matización que con él se logra cargándolo de afecto y despreocupación: ¿tomaremos un cafecito? De diferente talante y significado que tomar un café, que supone más formalidad en el encuentro y más seriedad en lo tratado. Así, cuando dos viejos amigos quieren encontrarse sin ningún serio propósito, acuerdan "por el gusto de verse" tomar un cafecito. Pero para arreglar algún asunto de contratos o deudas: tomar un café.

Aún si alguien cree que lo ha comprendido todo a la hora de tomar café, más vale que lo piense dos veces con respecto al momento en que ha quedado para su cita, pues existe la tardecita aproximadamente entre las cuatro y las cinco y media de la tarde; también es claramente descriptiva la nochecita, parte en que la tarde se hace noche y todo matizado con "esperame tantito, que voy ahorita, o mejor no, al ratito". Pero, una advertencia: no se le ocurra enfermarse de diarrea a causa del café, porque ellos lo traducirán como chorrillo y como decía, en perfecto estilo mexicano un poeta cubano amigo mío: en esta tierra ni se puede uno enfermar de aquellito porque le ponen diminutivo.

Al ser rechazo el permiso para salir, un joven pueden argumentar: sólo tantito. Al serle prohibido a un enfermo cierta comida puede aliviar su falta alegando: sólo tantito. A alguien que se le ofrece café se le puede oír moderadamente, sí, sólo tantito. Este tantito llega a su paroxismo cuando es usado en forma de verdades de grado, como diría el lógico, y que esta anécdota, que una joven amiga me contó, hace suficientemente expresiva:

Teniendo necesidad de ir a un ginecólogo, el médico le preguntó: ¿es usted soltera o casada? A cuya rápida respuesta, soltera, el médico volvió a repreguntar perspicazmente: ¿no es usted casada, ni tantito?

El mundo culinario está repleto de estos usos de afectividad agregada que ya son plenas lexicalizaciones; así, una de sus comidas más típicas: las carnitas. "Unos tequilitas o bien unas cervecitas con sus cebollitas y carnitas" puede ser para un mejicano una proposición del todo punto irrechazable. No digamos de "las manitas de puerco", gloria y blasón de la cocina yucateca. Pero si usted, después de todo lo dicho, quiere ir a un restaurante "mexicano" de auténticos "manitos" (suma de abreviatura y diminutivo de hermano: mano-manito) para saciar su curiosidad de tanto diminutivo adscrito a la carta, seguro encontrará alguno llamado "Cielito Lindo", y mientras come, podrá regalar sus oídos con canciones tan bellas como "María Bonita", mientras suaves rasgueos de guitarra musitan versos candarosos que recuerdan las manitas de la amada junto a la arena y el mar. Pero no acaba la cosa aquí, por muy exagerado que llevemos ya el inventario, sino que ningún mejicano por muy humilde o falto de resursos que así diosito lo haya dejado, se queda el día de su santo sin que le canten las MAÑANITAS. Canción que los mismos camareros de cualquier restaurante, lujoso o pobre, de ser informados de que se trata, deteniendo el servicio al resto de los comensales, todos a una, cantan en coro armonioso al celebrado para satisfacción y beneplácito de los demás clientes, los cuales, lejos de experimentar molestias, reafirman su beneplácito con un cordial aplauso, sin que medie por ello conocimiento o amistad previa.

Esta canción, las mañanitas, que por sí sola merecería un análisis axiológico, dejó de ser una canción normal para transformarse en una especie de himno tan apegado a la celebración onomástica que no se entiende la una sin la otra.

Una de las veces que el Papa visitó Méjico dijo: "sé que no todos en esta tierra son católicos, pero sí guadalupanos". Esto viene asociado a una extraña manera de entender a Dios, donde en su forma no diminutiva es una entidad teológica "medio inventada por los curas", mientras que Diosito representa todos los afectos y obligaciones paternales en las que cree el mejicano. A este tenor, cuando un VIEJITO (muy frecuente manera de llamar a los padres de avanzada edad) se le recrimina no ir al médico, éste sentencia: yo ya como DIOSITO ME VAYA DEJANDO.

Para el dia de los muertos, de una gran difusión celebrativa, poseen una costumbre tan tierna como amigable: hacer una calaverita. Mas no se apresure el lector a imaginar que de una pequeña estatua o cosa parecida se trata, sino que intercambian pequeñas poesías escritas en descomprometidos trozos de papel, en cuyo interior, a lo más en un cuarteto, dan cuenta de su ingenio y buen talante los que te lo dedican: generalmente amigos o sobordinados. La primera vez que tome contacto con esta costumbre fue por mediación de mi secretaria Herlinda, que ojalá el destino conserve durante muchos años tan bien dotada como representante de las virtudes de su raza como lo era por aquel entonces, y que en aquellas ya lejanas fechas, acercándose muy sigilosa, me dijo: licenciado, ya me voy, ahí le dejo mi calaverita.

Teniendo muy en cuenta el respeto casi heráldico con que el subordinado trata al jefe en turno, en su estratos más bajos le llaman patroncito o por el título univesitario que posea en el más alto grado, quedé anonadado al leer lo que en un principio creí era un mensaje de última hora:

Por el día de los muertitos yo le deseo a don Manolito
Paz,alegria y felicidad
Para que siga escribiendo bonito
En esta su universidad.

Sólo haré un comentario a estos versos: disponga el destino que se eternicen, más que como monumento a la métrica, como representantes de valores que no deben morir en ese pueblo.

Cuando los sectores representativos del comunismo, a través de sus escritores, Monsivais y otros, satanizaron esta terminología para ellos cursi y escasa de progresismo: sobre todo cuando hacían hincapié en ciertas denominaciones del pueblo llano que mencionaban a su madre como "su santa madre" en conversaciones cotidianas, no osaron ni tan siquiera rasguñar la fijación mental y desorbitada preferencia de los mejicanos por los diminutivos, pues la revolución, que tanta sangre inocente costó a este pueblo, se había hecho para los INDITOS, QUE VIVEN DE SU MILPITA EN SU JACALITO. Y por si esto fuera poco, la canción que representaba más sonóramente a esta revolución titulábase ADELITA. Nada más y nada menos que la representación rediviva de la mujer en la revolución. Símbolo inequívoco de todos los movimientos feministas del porvenir. O como dijera un atento marxista a este proceso de intentar sesgar tanta proliferación de diminutivos: no, no, cuidado, ¡qué tal si al quitarle el diminutivo de Adelita, se enojara, y Adelita se nos fuera con otro!

Se dieron cuenta para su asombro lexicográfico que uno de los mas entrañables prototipos de hombre mejicano era Don Susanito y que la película que más había llegado al corazón del hombre del pueblo era El Padrecito, de Cantiflas.

Más de un planificador marxista en un encuentro universitario al cual asistí, propuso, ya que no se podían cambiar las bases burguesas sobre las que se asentaban las ideologías iberoamericanas aprovechar tanta cursileria como la de los diminutivos, y que se llamara a Lénin o a Marx de igual manera, pues parece que los rusos tampoco son muy ajenos a esta práctica. Pero la propuesta no tuvo eco y nadie, por lo menos en aquella reunión, quiso seguir jugando con fuego, prefiriendo pasar a otra dimensión de la praxis menos aventurada.

Durante varios días mantuve como reserva de buen humor este acontecimiento que les acabo de narrar, haciendo yo mismo todo tipo de ejercitaciones para rebautizar, a lo mejicano, a Lenin y Marx, para percatarme finalmente de que lo que nace espontáneamente de un pueblo difícilmente un planificador social lo puede arreglar de un plumazo. Mientras estas cosas llegaban a mi memoria reparé en el dato que alguien me había contado, y es que al revolucionario Pancho Villa le dieron, como premio de sus actividades, la Hacienda de Canutillo mientras que a la emperatriz Carlota, esposa de Maximiliano, la llamarón Carlotita según nos cuenta la tradición popular.

Madrid, a 6 de Junio del 2000.

 

© Manuel González Alameda 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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