Eros, Gaudio, Avvenimento
o la Experiencia de la lectura


Erasto Antonio Espino Barahona. Ms
peespino@canaa.usma.ac.pa
Universidad Santa María La Antigua (Panamá)


 

   

   La lectura puede ser descrita de muchas maneras. El referente que brota detrás de aquél significante es tan vasto y en apariencia tan inasible, que precisarlo puede parecer tarea ardua e infructuosa. Sin embargo, qué duda cabe que la lectura de la obra literaria resulta una experiencia de alguna manera aprensible, no sólo porque focaliza nuestro campo de reflexión, sino porque siendo una práctica no sólo personal sino intransferible a cualquier otro sujeto lector, constituye un lugar accesible desde donde explicar qué ocurre cuando leemos. O mejor, cuando el yo, aproximándose al discurso literario, inicia una operación que es semiosis pura, es decir, lee.

He dicho arriba que la experiencia lectora es intransferible, en el sentido que cada lectura es un acontecimiento intelectual, afectivo y síquico que ocurre en la conciencia, en ese recinto interior propio de cada lector donde se construyen nuestras representaciones y valoraciones del mundo. Sin embargo, aunque el tono, la dimensión y el número de las experiencias de lectura varíe y se multiplique según sea el lector(a), todas estas experiencias no dejan de tener algo en común: son lecturas. Esto es, interpretaciones, producciones de sentido con las que los sujetos aprehendemos y entendemos la vida.

Desde este trasfondo común a cada lectura, quisiera proponer tres actitudes que son, a su vez, tres modos de concebir y de vivir la lectura: estas tres actitudes las he enunciado ya en el título de esta comunicación: eros (placer), gaudio (alegría) y avvenimento (acontecimiento) son una tríada que marcan mi itinerario personal de lectura; sobre todo cuando me enfrento a ese discurso que, institucionalizado y legitimado estéticamente, se denomina obra literaria.

Esta tríada, ciertamente, no me pertenece. Es a decir verdad, una perogrullada, quizás... Pero también es un dato de hecho; al punto de que, fenomenológicamente, puede decirse que es así la experiencia de lectura. Lo de eros, sin embargo, recibió un impulso fortísimo con la publicación de El placer del texto (1973) del inolvidable -y polémico- Roland Barthes. Aquí se postula la necesidad de una erótica del texto. "Siempre asoció la actividad intelectual con un goce… ¿Qué otra cosa es para él una idea sino un enrojecimiento del placer?" es una frase que Barthes dice de sí mismo y de su aventura intelectual.

La gente de mi generación -hablo de mis compañeros de carrera- éramos más hijos de la Filología que de la Semiótica, por ello esta reflexión del texto y su lectura como práctica erótica nos llegó a destiempo. Pero como dice el refrán popular: "Nunca es tarde cuando la dicha es buena". A partir, pues de esta epifanía se abrió paso otro modo de leer que trataré de sintetizar en unas cuantas aserciones:

  • El texto no es una estructura. Es un cuerpo. Esta metáfora se despliega en una praxis. Porque si cuando leo, lo que veo es un texto/cuerpo, entonces mi mirada además de ser algo voyerista, es la mirada del amante. Miraré, tocaré, recorreré el texto. La lectura deviene ternura y pasión. El cuerpo lo acaricio, lo huelo, lo hurgo. El texto es cuerpo, no es algo: es alguien. El texto es, pues, una otredad.

  • La hechura física del libro y el proceso mismo de escritura ensamblan bien con la metáfora del texto/cuerpo. La lectura vía libro a diferencia de otros soportes, pensemos en el amplio mundo del multimedia, supone el tacto, una superficie, el contacto de la piel con la hoja, cierta cercanía entre el cuerpo que lee y el que es leído. Y justamente por esta condición palpable, tan mediada por los sentidos, uno puede explicar los vínculos que surgen con el libro. Uno se enamora del libro, lo quiere, lo atesora, se resiste a entregarlo o, lo regala como don preciosísimo. No pasa así con las fotocopias, que son simple vehículo de información o con el Internet que es veloz pero frío. Con el libro, con el texto-cuerpo hay una afectividad patente.

  • Lo mismo ocurre con el proceso de escritura. Dejando de lado la analogía fálica del bolígrafo, que penetra y rasga el papel, que lo inunda -lo fecunda- con su tinta creadora; la producción literaria es siempre un goce, a veces, una euforia donde el que escribe asiste a la fruición de ver poblarse el texto/cuerpo de marcas significantes que hacen hablar la piel dormida, esto es, al papel en blanco.

Leer, así, implica otras reflexiones. Preguntémonos: ¿erotizar el texto, incluyendo los procesos de escritura-lectura? ¿asumir el placer, lo hedónico como actitud existencial frente al libro? Sí, sin duda respondo afirmativamente a ambas interrogantes. Y mi respuesta -insisto- no es nueva ni original, lo decía ya un crítico de la talla de Saúl Yurkievich: "…mi crítica es hedónica, hedónica en el sentido de nunca haber podido proponer un objeto de análisis con el cual no tuviese una relación amorosa, es decir, una relación de participación" (Coloquio de Cerisy -1976).

Estamos, pues, ante una relación con el texto altamente legitimante. Si el acto erótico es la expresión más íntima y estremecedora del amor, si mediante la corporeidad entregada se simboliza la más firme unión de los amantes, entonces, el libro, este texto visto como cuerpo es el lugar donde la soledad viene conjurada, donde el aburrimiento muere de raíz y donde se instaura la comunión.

Porque el texto es cuerpo, es también alma allí inscrita, voz que me habla y me dice el mundo. Y si el libro es el formato -palabra horrible, pero no encuentro otra- necesario para esta erótica de la lectura, entonces no está muerto, sino expectante como el(la) amante siempre en espera de su amada(o). El libro es el vestido con el que se me entrega el texto/cuerpo.

Por todo lo anterior, se entiende el gaudio de la lectura. La fiesta, la alegría, el gozo del saber, el descubrimiento que opera el libro en aquél que cruza sus umbrales, en quien se desliza entre sus pliegues. Gozo en la palabra que no es balbuceo, sino revelación; en la verdad oculta que el sistema había proscrito; en el camino oblicuo que sin embargo conduce a la luz, o en ese chispazo divino que del Logos se encarna en el libro. Era ésta la alegría de los esclavos negros norteamericanos cuando accedian a la lectura, leer era un acto gozoso, porque no siendo más analfabetas, podían experimentar el gaudio de leer la Palabra inscrita en la Biblia.

La noción de la lectura como gaudio va de las manos del texto/cuerpo o si se quiere del texto como presencia. El texto es ocasión para el gozo, convocación para la alegría y el placer porque la textualidad hace presente no una idea o un conjunto de enunciados sino al otro. El placer supone la alegría, la alegría implica un acontecimiento. Pero ¿qué es este avvenimento, este suceso que llega de improviso? La respuesta es simple: Lo que acontece es un encuentro.

Encuentro de la voz autoral que me alcanza en el acto mismo de lectura, cuando interpreto que el texto -aunque autónomo- no es independiente de quien lo produjo. Sí, el texto es cuerpo es también creatura y por ende, me transmitirá las huellas de su creador. Gadamer decía que "quien pretende comprender un texto ha de estar dispuesto a dejarse decir algo por el texto". El texto tiene pues un carácter de excusa, de justificación para el decir. El decir de uno con respecto a alguien, el decir de otro con respecto a mí. El texto, o mejor el libro es el signo de alguien que encuentro, cuando leo. Por esto dije antes que la soledad se disipa y la comunión se instaura cuando activo un proceso de lectura. Ocurre, así, algo inesperado dentro de una sociedad donde la gente está codo a codo interactuando pero no se conoce.

Zavoli, uno de los pensadores más serios de la Italia contemporánea, afirma que en este momento de la Historia, la Humanidad se debate en torno a dos problemas fundamentales: el del sentido y el del otro. ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Dónde encontrar la fuente (plural) del sentido? ¿Cuál relación he de tener con ese que es distinto de mí, con todo aquello que no soy yo, esto es, con el otro y su otredad?

La lectura puede ayudarnos a responder estar interrogantes y asumir una nueva mirada que acogiendo al otro, genera sentido, con tal de que del texto-libro pasemos al texto de la vida. Un primer paso es reaprender a escuchar. Quien lee, escucha, y es ahí en ese silencio, donde acontece e irrumpe el otro y su verdad. Acontecimiento - placer y alegría - que desde del libro nos ofrece esperanza, porque quien lee, abre una carta que dice que nunca estamos solos.

 


Erasto Antonio Espino Barahona, Ms. Profesor del Programa de Estudio Generales y del Postgrado de Estudios Éticos de la Universidad Santa María La Antigua en Panamá. Coordina además el Servicio Social de dicha institución. Egresado de la Maestría del Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá, Colombia) y ejerce la crítica e investigación literaria y lingüística en MAGA y en La Antigua. Ha publicado también en SELA (South Eastern Latin Americanist). Ha sido jurado del Premio Nacional Ricardo Miro (1997) y organizador del I Congreso Internacional de Literatura Panameña (1999).


 

© Erasto Antonio Espino Barahona 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/eros.html