El Tratado Primero del Lazarillo de Tormes.

Juan José del Rey Poveda
UNED Tenerife e I.E.S. Garoé


 

   

Mucho se ha escrito y reflexionado sobre el Lazarillo de Tormes. Como libro clásico que es, cada generación lo ha leído y se ha fijado más en unos aspectos que en otros. En el siglo XX la crítica literaria ha destacado el realismo, los elementos folklóricos, la estructura, las obras literarias que utilizó, etc. Nuestra modesta aportación quiere reflexionar sobre el Tratado Primero y su significación.

El Tratado primero tiene dos partes diferentes: en la primera, Lázaro relata sus orígenes hasta que su madre le entrega al ciego para servirle; en la segunda, nuestro protagonista cuenta sus peripecias con su primer amo. Probablemente, el autor pudiera haber hecho dos tratados con estas dos partes; pero no, las fusionó por alguna razón o debido a su interdependencia. Quizás se debiera a que Lázaro fragua su modo de ser en estas dos partes y el resto de la novela no sea sino una amplificación. También conviene señalar que el relato de la vida de Lázaro hasta comenzar a servir al ciego es muy delicado, de ahí que no quisiera dedicarle un tratado entero, pues con las aventuras con el ciego el lector olvida un poco la dureza de la infancia del muchacho. El autor no se podía recrear pormenorizadamente en cuestiones como los robos o la relación de la madre con el hombre moreno, porque a mediados del siglo XVI eran cuestiones sociales peligrosas.

Desde las primeras páginas el lector se encuentra con un personaje criado en un mundo marginal, de la delincuencia o próximo a ella. El padre roba y muere por sus delitos, y Lázaro lo exculpa en parte; la madre, viuda, se une a un hombre moreno, que también roba para mantener al hijo de ambos. Lázaro se está educando en este universo ficticio de personajes fuera de la ley y dentro de un mundo de pobreza. Toda la novela, como han señalado ilustres críticos, es el camino hacia la consecución de una estabilidad económica que evite el hambre, a través del "arrimarse a los buenos"1 (15). El propio nombre de nuestro protagonista –Lázaro- contiene esa idea de cambio. Así, en un diccionario de símbolos leemos sobre este nombre: "En el Evangelio, amigo de Jesús, quien le resucitó a los cuatro días de su muerte"2. Entonces él resucita a la nueva vida al final de la novela, en la que ya no habrá hambre. Hay una insistencia semántica importante en la falta de alimentos, porque sin duda era el principal problema para el protagonista.

Una idea nos parece fundamental para nuestro análisis: "cualquier obra literaria [...] además de escrita en una determinada lengua presenta otro código particular pero de presencia ineludible, algo así como un sistema metalingüístico –y metanarrativo- de instrucciones para su propia lectura"3. Si traducimos estas palabras al lenguaje novelesco, podemos señalar fragmentos como el siguiente, que predisponen claramente a un tipo de lectura: "Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide [...] llegó a oídos del mayordomo, y, hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada que para las bestias le daban hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas; y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto" (18-19). Como vemos, Lázaro quita hierro a los robos de su padrastro y los justifica con el argumento de que servían para criar a su hermano. Además, al poner en un mismo nivel al clérigo, fraile y padrastro orienta sobre sus intenciones: todos hacen lo mismo, pero la diferencia está en que su padrastro estaba movido por el amor hacia su hijo y su necesidad de alimentarlo. Y, mediante un epíteto –"pobre"- unido al sustantivo "esclavo" el lector siente compasión de este ladrón, que roba por un fin justificado. El hambre y las necesidades mueven a compasión al lector del siglo XVI, que estaba harto de encontrárselas en las calles.

La mentira es una de las primeras enseñanzas que aprende Lázaro. Su propia madre le enseña esta práctica al presentarle al ciego: "En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, paresciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tractase bien y mirase por mí, pues era huérfano" (21-22). Naturalmente, ella no podía confesar la verdad al ciego, pues éste habría rechazado al hijo. Por su parte, el ciego también es hábil en engañar, desde el principio, a Lázaro: "Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo" (22)4. Fruto de esta enseñanza será el hecho de que Lázaro engañe al ciego para vengarse de él o que él viva la mentira de creer, al final de la novela, en la virtud de su esposa.

D. Villanueva ha escrito que "el primer Lazarillo está prefigurando un lector fundamentalmente irónico y distanciado de los valores de la sociedad bien pensante de la época"5. Sin duda, en el siglo XVI esta novela no pudo ser del agrado de las clases dominantes, debido a las realidades brutales (hambre, robos, engaños, amancebamiento) que ficticiamente mostraba. El carácter anónimo de la obra era inevitable, porque ningún escrito con altas dosis de denuncia podía ser firmado y, difícilmente, publicado. El realismo de la novela está íntimamente relacionado con la voluntad de denuncia y crítica social. En el fondo de la historia y las anécdotas que cuenta, la obra muestra un catálogo de pecados que practica una sociedad cristiana.

Además del aprendizaje de la mentira, Lázaro padecerá en sus carnes la violencia física del ciego. Resulta paradójico que una persona invidente pueda hacer sufrir de tal manera a un muchacho. Al final de ese aprendizaje Lázaro se vengará cruelmente de su amo. El maltrato del ciego era una forma de mostrar quién dominaba a quién y una manera de prepararse para la vida, una educación basada en el sufrimiento y en la idea de que el hombre es malo por naturaleza. Existe hasta una justificación religiosa para ejercer la violencia sobre los niños. Leamos:

"-¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.
Santiguándose los que lo oían, decían:
-¡Mirá quién pensara de un muchacho tan pequeño tal ruindad!
Y reían mucho el artificio y decíanle:
-Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.
Y él, con aquello, nunca otra cosa hacía" (34).

Mentira, violencia y otro aprendizaje, más duro todavía, y que es el eje semántico de la novela: el hambre. Aunque el ciego gana bastante dinero con sus oraciones y consejos, no alimenta lo suficiente a su criado: "con todo lo que adquiría y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto, que me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre" (27). El ciego no recuerda, porque sólo fue algo retórico, lo que prometió a la madre de Lázaro, el hecho de que le iba a tratar como a un hijo. El muchacho tiene que recurrir constantemente al engaño para sobrevivir y no morir de inanición. Las enseñanzas y maltratos del ciego le obligan a "tomar conciencia de su soledad y afirmarse frente a un mundo hostil"6. Ya el ciego le había aconsejado que "un punto ha de saber más que el diablo" (23). La escasez de alimentos es tal, que Lázaro cree en su próxima muerte y se tiene que espabilar para sobrevivir.

El fin del aprendizaje con el ciego ocurre cuando el mozuelo decide vengarse. En otras palabras: "Lázaro demuestra haber aprendido la lección, vengándose del mendigo con una estratagema"7. El problema para el chico es que no ha aprendido ninguna enseñanza moral, así que al final de la obra no tendrá ningún reparo en casarse con una barragana. La necesidad de supervivencia es tan fuerte que todo lo demás es secundario. Lázaro no asimila ningún modelo que le transmita otra idea de la vida que no sea el engaño. Cuando se venga del ciego entra en la vida adulta, es como su ingreso en la sociedad, una especie de bautismo social. A causa de su pobre educación aceptará cualquier cosa que le mantenga, aun a costa de su honra.

Hay algo en el retrato moral del ciego que nos ha llamado la atención y es su caracterización mediante rasgos hiperbólicos, sobre todo si la ponemos en relación con el desvalido niño que le ayuda. Ya en las primeras páginas se nos dice de él que "desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz" (25). Esta forma de descripción creemos que incrementa el interés del lector, que tiene un motivo más para seguir con deleite la historia. Naturalmente se produce una acumulación de hipérboles una vez comenzada su descripción. Así: En su oficio era un águila" (25), es decir, alguien especialmente hábil. La metáfora ciego = águila es atractiva para el lector. Y, como consecuencia de esto que se acaba de comentar, se pondrán ejemplos, como "Ciento y tantas oraciones sabía de coro" (25). Ha sido un hombre, pues, con una buena formación y que ha desarrollado la memoria, necesaria para ganar su sustento. A veces se puede llegar, mediante la hipérbole y la comparación, a excesos del tipo: "en caso de medicina decía que Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre". Y todo esto lo ha aprendido a través de la palabra, que no de los libros, ya que es invidente. Pero pensamos que al compararse con Galeno va demasiado lejos y peca de inmodestia. Además, el ciego posee sabiduría entre el pueblo, por eso "andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decía creían" (27). Su saber no lo utiliza de manera altruista, sino para obtener dinero, de manera que gracias a su habilidad "ganaba más en un mes que cien ciegos en un año" (27). Es fácil encontrar en un diccionario de símbolos la siguiente definición del ciego: "simboliza la clarividencia, sabiduría y don profético"8. Estas características son visibles en nuestra novela.

Ya hace tiempo un profesor escribió que "El ciego de Lázaro es un personaje único y él se caracteriza por unir en sí dos tradiciones del ciego en el Occidente: El cristiano-medieval y el ciego clásico-pagano [...]. El ciego cristiano-medieval tradicionalmente es un ser negativo que tarde o temprano es burlado por otro. Parece que su cariz negativo se origina en que su ceguera [...] viene de un defecto moral o pecaminoso interior [...]. En contraste, el ciego clásico-renacentista es objeto de veneración y respeto, principalmente por su gran sabiduría, la cual es característica también del sagacísimo ciego de Lázaro. Tiresias, como otros ciegos clásicos y como el ciego de Lázaro, ve el futuro"9. Pensamos que predomina la parte negativa, por su forma de conseguir dinero, su avaricia y, sobre todo, su forma de tratar y educar al mozo. Es un personaje caracterizado de forma despiadada por su inmenso egoísmo.

Unido a su facilidad para ganar dinero está un terrible pecado capital: "con todo lo que adquiría y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi" (27). Y esto no lo aplica a sí mismo, sino a su criado: "me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario" (27). Es curioso que un hombre que logra dinero con las oraciones que le piden los demás, no practique los mandamientos de la Iglesia. Leer esto era fuerte para un lector de la época, ya que estaba educado en las enseñanzas de Cristo. Aquí es donde se ve la denuncia de un personaje que no cree en lo que reza.

Lo paradójico es que un hombre que sabe tanto no enseña nada moral a su criado. Éste pronto se dará cuenta de que no puede seguir con él, pues no satisface sus necesidades de alimento. Lázaro adulto cuenta las peripecias que le ocurrieron con el ciego desde el punto de vista de un niño, de ahí que abunden todo tipo deanécdotas y engaños, y haya pocas reflexiones. Se trata de un proceso de aprendizaje, que comienza con un golpe contra un toro y la primera reflexión del niño: "me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer" (23). Asume, pues, su condición de huérfano y su necesidad de espabilarse para sobrevivir. El ciego es su maestro, como él mismo le declara: "Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré" (23). El Lázaro adulto le reconoce este papel de iniciador en la vida: "después de Dios, éste me dio la vida y, siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir" (24). Pero la narración mezcla al Lázaro adulto y al niño en este Tratado Primero. Así, el adulto exclama: "Huelgo de contar a Vuestra Merced estas niñerías, para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio" (24). Pensamiento que, lógicamente, no puede tener un niño. Sucede que, sin querer, el Lázaro adulto aparece en la historia del Lázaro niño, porque algo le atormenta. F. Rico explica este asunto: "Había que ser consecuente: si el caso hacía verosímil que el pregonero refiriera su vida, el caso debía presidir también la selección y organización de los materiales autobiográficos. La novela se presentaba, así, sometida a un punto de vista: el del Lázaro adulto que protagoniza el caso"10. Parece, por tanto, que la novela se explica y construye desde la justificación del caso de Lázaro, o sea, el estar casado con una mujer barragana por interés económico.

Lázaro va construyendo poco a poco, en este Tratado Primero, una férrea voluntad para agarrarse a la vida. Llega un momento en que ve claramente que su amo es el principal problema y decide prescindir de él: "Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más" (44). Y elige el medio más simple –no olvidemos que es un niño- y brutal: la venganza, pero una venganza cruel, pues deja malherido al amo: "y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida la cabeza" (45). Con este acto se libera de la tiranía del amo y deja atrás su niñez: ya es capaz de tomar decisiones.

¿Qué otro lenguaje y situaciones sino las reales o verosímiles pueden ser manifestadas con la mentalidad de un niño con escasa cultura? Él necesita sobrevivir, por tanto todo lo que diga y haga girará en torno a ese problema de comer. No podrá imaginar mundos maravillosos ni hazañas de héroes, porque eso no resolverá su tormento diario. Su talón de Aquiles es tan elemental y básico que no da alas a la imaginación. F. Rico reflexionó sobre esto: "La excepcional originalidad del autor del Lazarillo estriba en haber concebido un relato que, a diferencia de todos los otros que entonces circulaban, debía poder leerse como ficticio y a la vez responder a los mismos presupuestos manejados en la vida diaria"11. Pero Lázaro niño no nos puede mostrar una realidad amplia, sino "su visión personal de ella"12, el punto de vista del que hablaba F. Rico.

Como consecuencia, Lázaro selecciona y carga las tintas sobre aquello que le interesa para no sentirse culpable. Tiene que justificar su venganza del ciego y, para ello, pinta un retrato muy negativo desde el punto de vista moral, porque si hubiera tenido otra enseñanza quizás otras cosas hubieran sucedido. "El artista, siempre, [...] debe elegir la porción de realidad que considera y la transformación artística a que la somete"13. El narrador del Lazarillo tenía unos condicionantes y unos elementos ineludibles para construir su relato: en el Tratado Primero había que hacer hablar a un adulto desde la perspectiva de un niño y siempre con un caso de honra detrás, como espada de Damocles. Por tanto, había que empezar a justificarse desde los orígenes, para que el final de la novela no pudiera ser sino una deshonra aceptada por lo ventajosa que era. Por eso se ha escrito de él: "la información que nos proporciona el Lázaro maduro en el postrer capítulo de sus memorias, sobre los medios de que se ha valido para alcanzar la prosperidad de que goza en su oficio de pregonero y la paz conyugal de que disfruta en el seno del matrimonio, no sólo altera sustancialmente el perfil humano del personaje y la favorable imagen de sí mismo que nos había dado previamente al relatar sus pasados trabajos y desdichas, sino que nos revela de pronto el abismo de vileza y abyección en que ha caído al llegar a la edad adulta, caracterizada por la más absoluta falta de escrúpulos y la pérdida de toda conciencia moral"14. Por nuestra parte, sólo discrepamos en la pérdida de conciencia moral, pues Lázaro no la ha adquirido con sus diferentes amos y, además, no ha tenido modelos morales en los que fijarse.

Lázaro no aprende ni el significado ni la práctica de palabras como amor y compartir: el ciego le enseña todo lo contrario, aunque con el tiempo algún vocablo moral pone en práctica, por ejemplo hacia el escudero, con el que comparte la comida. Todo su universo semántico –y su modus vivendi- gira en torno a la supervivencia económica, de ahí que lo moral no exista o quede relegado a un segundo plano. El Tratado Primero fue la primera piedra del edificio del personaje Lázaro. Los elementos de que está formado son sencillos y nada intelectuales o de proyección moral. "Hay que ganarse el pan", esa es la divisa de nuestro amigo, y no se pueden poner reparos a situaciones ventajosas para la supervivencia, aunque moralmente sean reprobables. Con un amo y maestro como el ciego, Lázaro no podía hacer sino lo que hizo.

 

Notas:

  1. Todas las citas de esta novela pertenecen a la siguiente edición: Lazarillo de Tormes, edición de F. Rico, duodécima edición, Madrid, Cátedra, 1997.

  2. M. Escartín Gual, Diccionario de símbolos literarios, Barcelona, PPU, 1996.

  3. D. Villanueva, El polen de ideas. Teoría, crítica, historia y literatura comparada, Barcelona, PPU, 1991, pág. 138.

  4. Cuando Lázaro se presenta al escudero, hará de la mentira una herramienta: "preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad. [...] Con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás" (75).

  5. D. Villanueva, op. cit., pág. 142.

  6. F. Rico, La novela picaresca y el punto de vista, nueva edición corregida y aumentada, Barcelona, Seix Barral, 2000, pág. 28.

  7. F. Rico, La novela picaresca y el punto de vista, nueva edición corregida y aumentada, Barcelona, Seix Barral, 2000, pág. 27.

  8. M. Escartín Gual, op. cit.

  9. J. Weiner: "Las interpolaciones en <<El Lazarillo de Tormes>> (Alcalá de Henares, 1554) con énfasis especial sobre las del ciego", en Actas del cuarto congreso internacional de hispanistas, vol. II, celebrado en Salamanca, agosto de 1971, publicadas bajo la dirección de E. de Bustos Tovar. Asociación Internacional de Hispanistas, Consejo General de Castilla y León, Univ. de Salamanca, Salamanca, 1982, pág. 830.

  10. F. Rico, La novela picaresca y el punto de vista, nueva edición corregida y aumentada, Barcelona, Seix Barral, 2000, pág. 38.

  11. F. Rico, Breve biblioteca de autores españoles, Barcelona, Seix Barral, 1990, pág. 117.

  12. A. Amorós, Introducción a la literatura, Madrid, Castalia, 1980, pág. 59.

  13. A. Amorós, op. cit., pág. 57.

  14. A. Vilanova, "Lázaro de Tormes, pregonero y biógrafo de sí mismo", en Symposium in honorem prof. M. de Riquer, Universitat de Barcelona-Quaderns Crema, 1986.

 

© Juan José del Rey Poveda 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/lazarill.html