La Red y la destrucción de la identidad

 

Rafael Vidal Jiménez



Versión castellana de la comunicación "A Rede e a destrucción da identidade", presentada en lengua gallega en la XVII Semana Galega de Filosofía. Filosofía e cambio de milenio. Aula Castelao de Filosofía. Pontevedra, 24-28 de abril de 2000


   


El siglo XX se apaga bajo el signo de una profunda transformación que está alterando, de manera muy notable, los cimientos materiales y culturales sobre los que se sustentaba la modernidad. Esta transformación, ciertamente revolucionaria, se asienta sobre la base de la creciente y acelerada difusión de las nuevas tecnologías vinculadas al hipersector de la comunicación y la información. De este modo, el establecimiento, a escala planetaria, de un nuevo modelo de generación y distribución de la riqueza, así como de un nuevo marco de relaciones sociales y vínculos de poder, corre paralelo a un proceso cultural basado, a mi entender, en la manifiesta incapacidad para desarrollar un sistema de representación simbólica colectiva, que permita pensar las nuevas realidades emergentes como dotadas de sentido. Pienso que, ante todo, sufrimos una grave crisis global de sentido, o, mejor, una crisis de exceso del mismo. Ésta deriva de la imposibilidad de aprehensión de los cambios a partir de los viejos aparatos lingüísticos con los que articulamos nuestras ya viejas experiencias vitales modernas. Creo, por tanto, que uno de los retos esenciales con los que se enfrentan la filosofía y el pensamiento social, en el cambio de milenio, es el establecimiento de un nuevo horizonte conceptual que dé cuenta, en un plano crítico-reflexivo, de las incitaciones de este presente opaco y engañoso, y de los nuevos condicionamientos socio-cognitivos que se imponen ante la urgente reconstrucción de una identidad trastornada.

El eje fundamental en torno al cual se articula este nuevo impulso tecnológico finisecular lo constituye la difusión universal creciente de las redes de comunicación teleinformáticas. Esto representa, de entrada, un incremento inusitado de las posibilidades humanas de almacenamiento y trasmisión de la información, dentro del universo electromagnético del tiempo real. Pero, como indica Manuel Castells, uno de los autores que se ha lanzado más decididamente a describir la nueva era, lo que diferencia en la historia esta revolución tecnológica de las precedentes no es el papel central que juegan aquí la información y la comunicación, sino la forma en que éstas son aplicadas en un círculo de retroalimentación entre la innovación, su uso, y su difusión y desenvolvimiento en nuevos campos. Ello conduce a "una estrecha relación entre los procesos sociales de creación y manipulación de símbolos (la cultura de la sociedad) y la capacidad para producir y distribuir bienes y servicios (las fuerzas productiva)" (Castells, 1997: 58). Esta identificación absoluta entre "lógos" y "techné", entre la mente y la máquina, entre lo cultural y lo material-productivo, está acabando con diluir las distancias metafísicas que existían entre el sujeto como agente pensante, de un lado, y las estructuras, como condición y resultado de una acción social reflexiva, de otro. Este nuevo sistema, que remite a un esquema fenomenológico de la existencia, y que se construye en tensión dialéctica negociadora con el marco social tradicional del que ha surgido, responde a una nueva lógica donde todo deja de ser como era. Para empezar, afecta, de manera radical a los principios de realidad y objetividad, y de inteligibilidad y cognoscibilidad, hasta ahora vigentes; nos ubica, a la vez, en una nueva dimensión perceptiva y simbólica del espacio-tiempo; y culmina, en definitiva, con la implantación de un modelo de relaciones sociales intersubjetivas, que trastoca a fondo la arquitectura y mecanismos de control-coerción desarrollados en la modernidad. Dicho de otro modo, la estructura reticular, flexible e inmaterial de los sistemas teleinformáticos es la que, como paradigma de un nuevo modo de existir, va impregnado de su propia naturaleza a las nuevas formas de cristalización de la conciencia y el ser sociales, en un ámbito de disolución indiferenciada del discurso en la práctica.

Estamos, en definitiva, ante la articulación dialéctica diferencial de dos modos de co-existencia social que se corresponden con otros dos modelos de aprehensión colectiva simbólica del espacio y del tiempo. Ello desde la consideración de que se está produciendo un fenómeno imparable de desplazamiento paulatino de los procesos más relevantes del primero al segundo. Hago referencia, a lo que se ha denominado como espacio de los "lugares" y espacio de los "no-lugares", de manera respectiva (Augé, 1995). Por una parte, un mundo moderno, puramente material en sentido metafísico, que alude a un concepto de espacio territorial, fronterizo, organizado en torno a las comunidades políticas de los estados nacionales. En ese mundo el espacio es trayecto físico y real; mediación en el contacto entre sujeto y el objeto; distancia tangible entre la salida y la llegada; y el tiempo, una experiencia irreversible, lineal, orientada hacia una meta: el progreso. En él la ciudad constituye el ámbito fundamental de una sociabilidad basada en la proximidad y la presencia corpórea del yo y los demás. En este espacio urbano, resultado de una vinculación con una naturaleza finalmente domesticada, pero subsistente en él, los sujetos ocupan posiciones objetivas en relación con los distintos papeles que desempeñan en los procesos de reproducción social de la vida. En los "lugares" la economía es real en tanto supone la obtención de bienes y servicios útiles concretos, distribuidos materialmente. Y la política, el modo de gestión comunitaria de los asuntos humanos desde el ejercicio de la soberanía; una práctica legitimada de determinación, control y bloqueo unidireccional de la conducta de los sujetos por parte de instituciones históricas, naturales y universales –el Estado, por ejemplo. En este mundo de los "lugares" la cultura se basa en los postulados esenciales de la Razón; y en la palabra como vehículo del pensamiento reflexivo y del conocimiento objetivo de un mundo fundado ontológicamente. En este mundo, en definitiva, sustentado por los valores metafísicos del Bien, la Verdad y la Belleza, imperan fuertes principios de diferenciación entre lo bueno y lo malo, lo real y lo ficticio, lo verdadero y lo falso, y lo bello y lo feo.

En el otro polo de la realidad, en el espacio de los "no-lugares", el del universo aéreo de las redes teleinformáticas, todo esto deja de tener vigencia, en tanto se instala una lógica diferente de lo social. Este otro mundo ya no es físico, ni local. Supone una desterritorialización y desurbanización de la vida humana. En este mundo transfronterizo, donde queda abolida la dimensión espacial-trayectiva de los contactos humanos, ya no se convive, sólo se co-existe. En él las relaciones y los intercambios se llevan a cabo desde los flujos deslocalizadores de la velocidad absoluta, lo cual significa el "des-encuentro" con una tenue identidad meramente representacional. En los "no-lugares" la persona real cede su puesto al libre y espontáneo trasiego de múltiples réplicas desfiguradas de una personalidad ausente. Se trata de una trasformación de alcance global, que Paul Virilio define como "gran mutación GLOBARITARIA, la que extravierte la localidad –toda localidad y no sólo deporta personas, poblaciones enteras como ayer, sino también ‘su lugar de vida y de subsistencia económica’. Deslocalización global que afecta a la naturaleza misma de identidad, no sólo ‘nacional’, ‘social’ también, volviendo a cuestionar no ya el estado-nación sino la ciudad, la geopolítica de las naciones" (Virilio, 1999: 20). Este mundo de la velocidad absoluta, de la instantaneidad, de la ubicuidad, de la inmediatez, constituye para éste autor una pérdida del sentido mental de la Tierra, el fin de la geografía. Pero, también, entraña la caducidad de un modo de concebir el tiempo histórico: el fin de la linealidad y del progreso. Para Baudrillard, este fin de la linealidad, representa una auténtica aniquilación de futuro, consecuencia del efecto de reversión, a través del cual fluyen aceleradamente los propios acontecimientos hacia su propia neutralización (Baudrillard, 1995). En el mundo de las redes el tiempo adopta una pluridimensionalidad inabarcable racionalmente. En ellas el tiempo ni es irreversible, esto es lineal, ni tampoco reversible –circular-; es instante eterno, presente congelado. Éste tiempo sólo es ambivalencia, variación, atemporalidad. Dicha perspectiva representa la disolución de la función referencial de una centralidad destruida. En un universo donde el centro está en cualquier lugar ya no pueden articularse diferencias e identidad. Ésta, fragmentada y dispersa en los flujos de la redes, queda sometida a un ciclo continuo de desintegración y reconstrucción, siempre imprevisible y provisional.

Esta específica simbolización colectiva del espacio y el tiempo incide sobre el actual desmantelamiento de las pautas modernas de evolución económico-social, política y cultural, en general. Para empezar, la mundialización de la economía supone, ante todo, una estrategia global de circulación espontánea del capital a la velocidad absoluta de las ondas electromagnéticas informáticas. La mayor parte de la actividad económica en esta era de la información ya no es productiva, en sentido estricto. Como señala Marta Harnecker, en alusión a Ignacio Ramonet, el 95% de toda la actividad económica actual es exclusivamente financiera; se reduce al desplazamiento de capital en tiempo real, por medio de la órdenes de compra y venta trasmitidas electrónicamente (Harnecker, 1999)1. Esta economía especulativa ya no responde al principio elemental de la utilidad como capacidad de satisfacción de las necesidades. La desigualdad en el reparto del bienestar mundial, y el consecuente deterioro de la capacidad de demanda de los mercados de bienes y servicios útiles, justifica esta salida para los capitales excedentarios. Se implanta, por tanto, un nuevo sistema de generación diferencial y desequilibradora de una riqueza puramente inmaterial, en el que el valor sólo existe dentro de un código específico: el del consenso financiero sobre lo que es y no es real.

La conversión directa de señales informativas en bienes virtuales, que las redes procuran, es parte constitutiva y constituyente de una economía basada en un sistema flexible de recursos, que permite la articulación independiente de todos sus elementos -financiación, investigación, fases de producción de bienes intermedios, fuerza-trabajo, transporte, publicidad, venta del producto final, etc. Esta versatilidad de lo económico no es posible dentro de lo que entendíamos como estructura económica, esto es, un conjunto de posiciones estables y solidarias entre sí. Este fenómeno tiene lugar en una red económica, donde los nodos son núcleos de fijación parcial y provisional de identidades continuamente reconstruidas con respecto al todo2. Por consiguiente, las redes aportan su propia morfología a la cristalización de un nuevo modelo de supervivencia colectiva. Se trata de una lógica que se basta por sí misma. Su modo de operar se asemeja al de una cadena reticular de infinitas conexiones empresariales, a través de las cuales se produce la transferencia multidireccional de riadas de decisiones instantáneas, dentro de una continua tensión negociadora. Todo ello acaba reduciéndose a un complejo juego multiforme de respuestas a los intereses esenciales, desde los que se activa todo el dispositivo en una constante reconfiguración global. Por ello su rasgo más definitorio es su predisposición a una nunca interrumpida expansión y reorganización, en tanto la integración de nuevos nodos es posible siempre que compartan un mismo código comunicativo (Castells, 1997).

Parece, pues, que una comprensión de este nuevo "des-orden" social pasa por el conocimiento necesario de la propia arquitectura y funcionamiento de las trasmisiones teleinformáticas. Y esto me parece, también, válido para entender la nueva fisiología de las relaciones de poder en este tránsito de siglo. Este panorama de una economía virtual, inmaterial, en la que la información-capital se constituye indiferenciada y simultáneamente como factor productivo y mercancía, entraña consecuencias políticas de largo alcance. Se trata del desplazamiento progresivo de los centros de decisión y de control político desde el marco institucional de los estados nacionales hacia los núcleos de autogestión de la propia actividad económica. La sociedad de la información representa, así, no tanto el fin de la política, sino, más bien, su reubicación en otra esfera de la acción determinadora del comportamiento social regulado legítimamente. Es lo que Ulrich Beck define mediante el concepto de "subpolítica", esto es, "un conjunto de oportunidades de acción y poder suplementarias ‘más allá’ del sistema político, oportunidades reservadas a las empresas que se mueven en el ámbito de la sociedad mundial" (Beck, 1998: 19). Nos situamos, en consecuencia, en el plano de una patente desterritorialización de lo político. En estas condiciones, considero que la supervivencia de las viejas estructuras de los estados nacionales corresponde a la propia disolución de su autonomía y materialidad en favor de otros referentes de poder extraestatal: las corporaciones multinacionales y sus tentáculos mediáticos teleinformáticos. No son las fronteras, ni los territorios los espacios de desenvolvimiento natural de aquéllos. Las redes, sí. Pero, éstas, tampoco, son un mero instrumento de control político. Son poder en sí mismo. Lo que seguimos llamando Estado, a falta de nuevos conceptos para designar a esta realidad, es el confuso efecto ilusorio producido por la ininteligible extrapolación de las funciones de orden, seguridad, defensa, distribución y reasignación de los recursos, y organización del marco social de la empresa hacia el universo intangible de los "señores del aire". Con este término, Javier Echeverría dibuja el panorama de las nuevas circunstancias en las que se proyecta lo político dentro del entorno telemático. Este autor anuncia el advenimiento de una nueva Edad Media, donde la muerte del Estado da paso al imperio del régimen exclusivo de la ley del máximo beneficio, en manos de una especie de nueva nobleza cibernética subyugadora de la nueva servidumbre de los "servocybors" (Echeverría, 1999).

La búsqueda de un marco conceptual para este proceso ha hallado, pues, una salida en la analogía histórica. Este enfoque neomedievalista no sólo encuentra eco en el citado autor. Bajo el epígrafe de "La nueva Edad Media", Alain Minc ha puesto el acento sobre este fenómeno de dispersión, atomización y solapamiento de un poder diluido en una multiplicidad de conexiones, entre las que el Estado interpreta un papel cada vez más secundario (Minc, 1994). Del mismo modo, Abbe Mowshowitz alude a una nueva era postestatal a través del concepto de "feudalismo virtual": la usurpación del poder político del Estado por parte de un sector económico privado, detentador soberano de una autoridad descentralizada (Mowshowitz, 1997)3. Sin embargo, pienso con Reg Whitaker, que la comparación elude los rasgos esenciales del nuevo sistema: su fluidez, flexibilidad e inmaterialidad, su desapego por todo referente territorial (Whitaker, 1999)4. Por ello, el camino de la descripción del sistema debe ser el de la analogía formal de las redes, y, si cabe, el de una nueva ontología de la Red. El esquema básico, que he utilizado para aludir a lo económico, vuelve a darnos las claves para la comprensión del fenómeno. Castells habla de un "Estado red", caracterizado por la ausencia de centro y su sustitución por nodos de dimensiones diferentes. Éstos, conectados asimétricamente, en virtud de una distribución desigual del poder, forman parte de un entramado de complejas relaciones retroalimentadoras en las que la acción ejercida desde uno de ellos afecta a la recomposición permanente de todo el sistema (Castells, 1998).

En el ecosistema cibernético se consolida, por consiguiente, un concepto relacional del poder, entendiendo éste desde el ángulo de una actividad intersubjetiva instauradora de sentido. Al margen de cualquier tipo de referente extradiscursivo, y dentro de un sistema que sólo remite así mismo como obra cultural, esto representa la verdadera culminación de la identificación foucaultiana de discurso y práctica. En consecuencia, lo determinante de esta geometría social reticular no son las relaciones de poder, sino el propio poder de las relaciones, de los flujos de decisiones condicionadas recíprocamente. Aquí no caben las posiciones objetivas, con centro en el Estado como categoría universal, sino la continua y, siempre parcial, transición de los elementos –identidades- a los momentos –las relaciones constitutivas interiores al discurso. El poder se despersonaliza. De esta forma, la identidad de los agentes sociales está sujeta a una constante redefinición con respecto a las prácticas articulatorias que conectan los distintos nodos de la Red. La naturaleza relacional de las identidades impide su constitución plena, lo cual implica, a su vez, la inviabilidad de una cognoscibilidad conceptual de las mismas. Como señalan Laclau y Mouffe, en su particular revisión postmoderna del marxismo, muy solidaria con esta concepción relacional de lo social, cualquier discurso de la fijación sólo puede ser metafórico (Laclau; Mouffe, 1987). En el "mundo-red" sólo el símil semántico puede acercarnos a una realidad específicamente inestable.

Pienso que el panoptismo representa una interesante aproximación alegórica al modo de control social que deriva de este sistema relacional del poder. El panóptico, ese proyecto arquitectónico carcelario concebido por Bentham5 hacia 1787, inspiró en Foucault el paradigma de un nuevo mecanismo disciplinario de poder como alternativa a los tradicionales vínculos de soberanía basados en el bloqueo coercitivo directo. Para este autor, la verdadera eficacia del artificio panóptico estaría en la posibilidad de "inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder" (Foucault, 1992: 204). Un esquema, por consiguiente, de automatización y descentralización de un poder que no radica tanto en la persona que pueda desempeñarlo de forma circunstancial, sino en la disposición de los sujetos sometidos a una permanente amenaza disuasiva. Esta estrategia de la persuasión implacable del "ver sin ser visto", convierte el poder en un mecanismo de interiorización de la norma desde la perspectiva del encarcelamiento del individuo en su propio cuerpo. Pero, como señala Reg Whitaker, la eficacia del mecanismo de vigilancia del panóptico sigue dependiendo, en última instancia, de la coerción. La que se ejerce desde la sanción punitiva de la reclusión física. Así, la sustitución de la presión coactiva por la obediencia y el consenso espontáneo, el éxito de esa especie de socialización interior silenciosa sólo es posible si el principio panóptico es trasladado al espacio luminoso de una ilusión mucho más poderosa; la de la libertad y el consumismo. Esta es la oportunidad que brinda el nuevo entorno telemático.

Es en la "no-tierra" prometida del cibermundo donde la estimulación incentivada del sometimiento inconsciente alcanza su cénit. Fundamentalmente, porque la morfología reticular de este universo postmoderno carece de centro. En el panóptico de Bentham opera, en sentido unidireccional, la divinidad omnipresente del "Gran Hermano" orweliano; en el panóptico del entorno teleinformático actúan, desde la dispersión, la elasticidad, y la multiplicidad de centros, la legión infinita de los "pequeños hermanos" desperdigados por el sinfín de nodos de la jerarquía diferencial de la Red6. Ello permite el control multidireccional y multiperspectivo de todos los participantes, con independencia del grado de importancia relativa del que cada uno disfrute. Esta es la verdadera dimensión de un mecanismo de poder omnisciente. Como ya he adelantado, la situación inestable en la que se encuentra cada agente social, al margen de su preeminencia relativa, se encuentra conectada a una dependencia siempre abierta con respecto a la acción-reacción proveniente desde cualquier nodo de la red. Este sistema, en suma, se basa en el principio fundamental de la presencia escalonada de todo en todo; en la trasparencia bidireccional de cada acción; en la reciproca determinación de una conducta social globalizada en torno a un sentido muy débil de la existencia. Y es que, como señala Whitaker, los efectos de este "panóptico participatorio" y multicultural sólo responden a los beneficios garantizados del consumismo, cuyo reflejo es el registro independiente de identidades fragmentadas en torno a determinadas modas, estilos consumistas y preferencias culturales. Ello representa la nueva cara de la exclusión social, la de la desconexión del Yo por parte de la Red (Castells, 1997).

Este es, en resumen, el esquema de un nuevo modo de construcción social de la realidad. Este mundo de las apariencias es, sobre todo, una nueva manera de entenderlo y sentirlo. En él la palabra cede su puesto al iconocentrismo, y el pensamiento reflexivo a esa suerte de hiperpercepción sensorial que nos dibuja una confusa realidad invadida por la imagen y las sensaciones táctiles. En este "mundo-red", que Augé llama "sobremodernidad", los viejos principios absolutistas de la objetividad retroceden ante el impulso de un relativismo ciertamente paralizante, que renuncia a la distinción formal entre realidad y ficción. Ahí reside su virtualidad. En este reino de la domesticación de las emociones, desde un hedonismo consumista falsamente consolador, el compromiso moral ilustrado y sus secuelas de justicia social es barrido ante el empuje de la única referencia legal, la del beneficio y el predominio del fuerte sobre el débil: el nuevo darwinismo social cibernético.

Frente a todo esto sólo parece quedar la alternativa de una estrategia de la resistencia. A mi entender, ésta debe basarse en la rehabilitación de una identidad que se encuentra en claro proceso de descomposición. Esto a partir de la conservación de una territorialidad no-excluyente, compatible con el respeto de la diversidad, dentro de un diálogo multicultural infinito. Es necesario recuperar ese sentido perdido de la pertenencia por medio del encuentro fecundo con el otro7. Para Virilio, se trata de reelaborar un sentido del propio cuerpo y de la proximidad de los demás y del mundo físico; de devolver a éste sus distancias reales, afrontando no sólo la contaminación ecológica, sino esa otra no menos grave: la "contaminación dromosférica" de la velocidad absoluta y el tiempo real (Virilio, 1997). Creo que debemos poner freno a la negatividad irreversible de este impacto tecnológico que padecemos, reestableciendo el protagonismo agotado de la palabra; reconstruyendo, desde los nuevos condicionamientos, una racionalidad comunicativa que apunte hacia un realismo práctico no-antirrelativista. Ello habrá de consistir en la adecuación de un espacio común desde el que sea posible una doble superación sintetizadora. Por un lado, la de los dogmatismos autoritarios racionalistas de corte moderno; de otro, la del inconciliable conflicto postmoderno de los "diferendos" lyotardianos. Se ha de emprender, en fin, la búsqueda de ese terreno de la neutralidad, donde la diversidad de perspectivas culturales no sea óbice para el establecimiento del diálogo gadameriano de las diferencias, de ese diálogo en el que "se trata siempre de acoger lo que el otro efectivamente quiere decir, y de buscar y encontrar el suelo común más allá de su respuesta" (Gadamer, 1997: 123). Pero esta búsqueda dialógica del otro debe, también, inspirarse en un nueva conciencia social crítica, abierta a la especificidad que cada situación socio-histórica presente, la cual, personalmente, sigo intuyendo en la pureza originaria de los textos marxianos; hoy, injustamente, olvidados.

 

NOTAS:

  1. Me gustaría resaltar este reciente intento por parte de Marta Harnecker de hacer todavía viable, en este nuevo contexto socio-histórico, el análisis crítico de corte marxista. Esta autora advierte sobre el patente fenómeno de la internacionalización del proceso productivo, que discurre en coincidencia con la mundialización de los mercados de capitales. No creo descabellada la idea de que la relocalización del proceso productivo, en virtud del principio de la minimización de los costes, significa una difusión planetaria del sistema capitalista de explotación en proporciones hasta ahora desconocidas.

  2. Manuel Castells define el concepto de red como "conjunto de nodos interconectados. Un nodo es el punto en el que una curva se intersecta a sí misma. Lo que un nodo es concretamente, depende del tipo de redes a que nos refiramos" (Castells, 1997: 506).

  3. Citado por Reg Whitaker en "El fin de la privacidad" (Whitaker, 1999).

  4. En concreto, "el ‘feudalismo’ como metáfora se muestra especialmente inepto cuando pretendemos comparar un sistema enraizado en la permanencia y la inmovilidad, en la tradición y en las costumbres, con otro basado en el cambio febril, en la liquidación y recreación constantes, en el movimiento casi por el movimiento mismo" (Whitaker, 1999: 199).

  5. Jeremy Bentham ideó este proyecto como escenario de una vigilancia permanente, que, en realidad, no es constante; sin embargo, su propia estructura y organización sugiere eso: la ilusión de un control total invisible. Para un conocimiento de la estructura del edificio panóptico y de su finalidad social ver "El panóptico" (Bentham, 1989).

  6. No obstante, pienso que nos queda la posibilidad de una conceptualización débil, consistente en la identificación parcial de los distintos tipos de elementos-nodos inmersos en la interrelación. Ello por la razón de que no podemos obviar la interacción existente entre un este mundo telemático y lo que sobrevive del mundo de los territorios, las fronteras y las instituciones objetivas -los "lugares". Como ya he indicado, en la cúspide del sistema hemos de situar las grandes corporaciones multinacionales. Ellas, en su calidad de controladoras de las infraestructuras del medio cibernético y de todo el sector de la información y comunicación de masas, en general, juegan un papel dominante. En gran medida, al encarnarse en sujetos identificables como el B.M. y el F.M.I., auténticos focos de irradiación de las consignas vitales. Frente a ellos, o, quizá, junto a ellos, se localizan, de forma complementaria, los estados nacionales subsidiarios. Estos últimos, supeditados a las relaciones, han dejado de ser lo que eran. A pesar de todo, disfrutan todavía de un relevante papel de vehículos canalizadores de las instrucciones corporativas. Además, cumplen funciones primordiales de orden y seguridad. De hecho, la jerarquía diferencial que explica el distinto grado de importancia de cada nodo se basa en la posición destacada, dentro de una "geopolítica del caos", de E.E.U.U. en el ámbito militar, y la tríada E.E.U.U.-Unión Europea-Japón en el económico. Finalmente, habremos de considerar nodos de categoría inferior que podemos definir en torno a las distintas formas de organización no gubernamental de una ciudadanía en crisis. El concepto de "geopolítica del caos" está extraído de "Un mundo sin rumbo. Crisis de fin de siglo" de Ignacio Ramonet (Ramonet, 1997).

  7. Es evidente que desde la óptica de la dialéctica local-global, que define al llamado fenómeno de la globalización, las crisis globales de sentido y las amenazas que se ciernen sobre la identidad convierten a los nacionalismos excluyentes, en tanto reacción antropológica natural, no en una mera reacción, sino en uno de los ingredientes constitutivos esenciales de este nuevo "des-orden" social. Pero, ésta fórmula de resistencia en los "lugares" no es la salida que propongo. Esta perspectiva se puede hallar en "Nacionalismo y globalización: localización-deslocalización simbólica del espacio social" (Vidal, 1997/1998).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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RAMONET, Ignacio (1997). Un mundo sin rumbo. Crisis de fin de siglo. Madrid: Debate.

VIDAL, Rafael (1997/1998). "Nacionalismo y Globalización: la localización-deslocalización simbólica del espacio social", en Stylistica. Revista Internacional de Estudios Estilísticos y Culturales, nº 5, pp. 155-174.

VIRILIO, Paul (1997). El cibermundo, la política de lo peor. Madrid: Cátedra.

VIRILIO, Paul (1999). La bomba informática. Madrid: Cátedra.

WHITAKER, Reg (1999). El fin de la privacidad. Cómo la vigilancia total se está convirtiendo en realidad. Barcelona: Paidós.

 

Este artículo también se encuentra en la Revista Internacional Digital del Grupo de Investigación en Teoría y Tecnología de la Comunicación ("TTC") de la Universidad de Sevilla, nº 10, junio, 2000

 

© Rafael Vidal Jiménez 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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