La narrativa norteamericana y Waldo Frank en Amauta.


Dr. Luis Veres
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad Cardenal Herrera-CEU (Valencia)


 

   

Cierto destello artístico caracterizó la vida literaria durante la primera década del S.XX en Estados Unidos. Como en Latinoamérica, París y Londres se convirtieron en un referente inevitable donde los artistas de Chicago y el Greenwich Village se veían reflejados como imágenes de la modernidad que observaban a su alrededor. Los imaginistas ingleses, con Ezra Pound a la cabeza, dirigían desde la antigua metrópoli la revolución visual, y los cuadros de pintores franceses inundaban las exposiciones convocadas en Estados Unidos. Los escritores fueron conscientes entonces del fenómeno general que afecta a las vanguardias y la vida se acercó nuevamente al arte:

"Cuando la primera exposición postimpresionista llegó a Estados Unidos, en el famoso Armony Show de 1913, estos rumores se vieron más que confirmados. Las obras fauvistas, cubistas y las primeras obras futuristas eran prueba palpable de que el artista individual podía ser el líder perceptual, intelectual e ideológico del momento."1

En ese momento los escritores norteamericanos no pensaban en otra cosa que en oponerse a la sociedad y a la cultura anterior. Fue el momento que Joseph Freeman llamó "el año lírico de 1912", "cuando la búsqueda de nuevos valores en la vida y el arte parecían llevar lógicamente a la sociedad socialista"2. Con la presidencia de Woodrow Wilson, en 1912, el mundo de la política y el mundo de las ideas se habían fundido en uno. Lo nuevo significaba una forma de rechazar el pasado, pero también una forma de reafirmación del presente, una manera de intentar alcanzar la vitalidad humana.

No obstante, esta sensación parece ausente en el campo de la narrativa si observamos obras basadas en la confianza, el orden y la expresión decimonónicas como las de autoras Edith Wharton, Ellen Glasgow y Willa Cather. Tampoco se manifestaba el espíritu de lo nuevo en títulos que ponían de relieve el fin del naturalismo como El financiero (1912) y El titán (1914), de Theodore Dreisder. A pesar de este aparente retraso, la ficción no se eclipsó en el período de entreguerras. Muy al contrario, los años que separan los dos grandes conflictos bélicos suponen una profunda transformación de la novela americana. Aunque Joyce y T.S. Eliot habían definido el modernismo como un arte impersonal y al escritor como un observador despegado de la realidad, la ficción norteamericana mostraba que la relación entre el escritor y la literatura era mucho más directa. El artista era el protagonista moderno, tal como muestra Jack London en su novela autobiográfica Martin Eden (1909), en donde el protagonista se enfrenta a una sociedad carente de cultura y consumidora de dinero. Estas obras autobiográficas fueron las precursoras de las ficciones de Hemingway, Scott Fitzgerald y Henry Miller en los años que van de 1920 a 1930. Como señala W. Steiner, "su atractivo no era simplemente su mérito en cuanto obras de arte, sino la provocativa semejanza con las vidas, públicas en gran medida, de sus artistas"3. De esta manera es como surgen obras como la Autobiografía de un antiguo hombre de color (1912), de James Weldon Johnson, que jugaba a construir las falacias del artista y el texto de su obra, o la Autobiografía de Alice B. Toklas (1933), de Stein.

Pero de todos los motivos que contribuyeron a la forja del relato moderno en Estados Unidos, el más importante fue la I Guerra Mundial. Las respuestas de los artistas reflejaron la división entre los valores conservadores y los naturalistas que se expresaron en obras como Francia en lucha (1917), de Edith Wharton, Los constructores (1919), de Ellen Glasgow, que reconducían el tema de la causa bélica desde la purificación de la decadencia moderna hasta la oportunidad de luchar por la democracia. Todo el pasado había sido barrido para los novelistas más jóvenes: Frank Norris, en El pulpo, mostraba el progreso con la imagen de un cordero atropellado por un tren, y Henry Miller, en "Dando vueltas por China", describía a los miles de muertos descuartizados entre los alambres de espino. La guerra también significaba la paralización del mundo de las letras y ese "Risorgimento" era proclamado por Ezra Pound. Con el final de la guerra, la revuelta vanguardista trataría de reaccionar contra toda la mojigatería que significaba el pasado y la novela se convirtió en un vehículo privilegiado para llevar a cabo esta tarea. Autores como Malcom Cowley, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Julien Green, William Seabrook, E.E. Cummings, Salater Brown, Harry Crosby, Howard Lawson, Sidney Howard, Louis Bromfield, Robert Hillyer, Dashiell Hammett, Charles Bernard Nordhoff y Edmund Wilson miraron a los muertos de la guerra a los ojos. Otros como William Faulkner se sintieron desengañados por no estar allí presentes. Dos Passos representará esta desesperación en su obra Tres soldados (1921) y E.E. Cumimings, en La enorme habitación, reproducirá esta pesadilla por medio de la imagen de una absurda sociedad. Gertrude Stein, conductora de ambulancias durante la guerra, les apodará "generación perdida".

El regreso de aquellos jóvenes soldados a un mundo en el que no se sentían capaces de vivir desarrolló el tema del vistimismo. En Risa oscura, Sherwood Anderson escribirá que en la guerra "intentamos matar aquello que odiamos en nosotros mismos"4. En un sentimiento de derrota y perdición es en lo que derivaron estos autores y sus obras. Esta misma sensación la experimentaron los izquierdistas. En 1917 John Reed había viajado a Rusia para conocer de cerca la Revolución Bolchevique, viaje del que salió su Diez días que hicieron temblar al mundo (1919) y, aunque el experimento ruso había dado ciertas esperanzas a los escritores de izquierdas, pronto éstos fueron conscientes de la imposibilidad de transplantar lo ocurrido en Rusia a los Estados Unidos. De todos modos, estos escritores sufrieron la persecución del gobierno norteamericano: en 1919 Emma Goldman y Alexander Berkam fueron deportados a Rusia junto a otros doscientos simpatizantes de izquierdas. Dos Passos dejó constancia de estas organizaciones perseguidas en sus novelas hablando en favor de la justicia social. La persecución llegó a su clímax en los años veinte con la ejecución de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Upton Sinclair reviviría esta historia en su obra Boston (1928), pero no hubo nada que pudiera impedir el desmoronamiento de las organizaciones de izquierdas.

Con este panorama los escritores se reunieron alrededor de las revistas. Además de las grandes revistas como Harper's, Atlantic Monthly o Scribner's, se desarrollaron pequeñas publicaciones donde los escritores jóvenes pudieron sacar a la luz su obra experimental: The Seven Arts, en donde se proclamaba la llegada de los nuevos tiempos y la necesidad de una nueva cultura en la que los escritores tenían el papel protagonista; The Little Review, de Chicago, o Dial, de Nueva York, tenían un papel claramente revolucionario y unían la vanguardia política a la vanguardia artística; otras revistas salieron del mundo negro, como Fire, Harlem y The Messenger, y pretendían luchar contra las viejas formas y todo lo que fuera antiguo en cuestión de arte.

La depresión del mundo de entreguerras, la imposibilidad de seguir el modelo soviético junto a este espíritu de lo nuevo que rechazaba la cultura oficial y que predicaba la necesidad de unir los intereses del arte y la política y el vínculo de la literatura y la vida, forzaron que algunos de estos escritores se sintieran fascinados por el mundo negro5. Escritores blancos y negros quedaron perplejos ante la autenticidad del arte africano y se sintieron atraídos por su libertad, concretada en la rúptura de la armonia tradicional que propugnaba el jazz, y por el mundo sensual africano. No es extraño que entonces Fitzgerald calificara a esta época como la Era del Jazz y que la cultura negra se convirtiera para los blancos en una especie de paraíso al igual que lo había sido África para los negros. Libros como En el carácter americano, de Williams, Risa oscura (1925), de Sherwood Anderson, Porgy (1925) y Las hijas de Mamba (1927), de DuBose Heyward, El cielo de los negros (1926) de Carl Van Vechten intentaron penetrar en esa patria inaccesible que con su vitalidad rompía con el puritanismo tradicional. En esta misma línea se puede situar Vacaciones (1923), de Waldo Frank, el único narrador norteamericano que apareció con una aportación de ficción en las páginas de Amauta.

Como señaló Eugenio Garro en el séptimo número de Libros y revistas, Waldo Frank era un novelista "poco conocido entre el público de habla castellana"6. Waldo Frank pertenecía a un reducido grupo de intelectuales americanos, "portadores de la lámpara de Aladino, en busca del alma del ensueño secuestrada por el ogro de los negocios"7. Seguramente, Eugenio Garro hacía este juicio de la figura de Waldo Frank porque este autor norteamericano fue uno de los escritores que se sumergió en la sociedad estadounidense para describir la cara más siniestra del capitalismo norteamericano: el mundo de los emprendedores, el universo de los empresarios, de las grandes oficinas, de los éxitos y de los fracasos que abundaban en la América prometida del derroche burgués:

"En todas las edades, civilizaciones, empresas y ciudades, atiborradas de un materialismo arrollador, se encuentra el espíritu como humillado, sumergido en la impotencia de donde se levanta, poco a poco, purificado por el dolor, para clavarse en los hombres y animarlos de una fe desconocida y hacerlos capaces de crear mitos y religiones. Ese espíritu que despertó en Oriente en las márgenes de Galilea, recorre la Tierra en la forma de la Fe, que es su gran creación. Y allí donde triunfa lo brutal, comienza su trabajo, su odisea sangrienta en el océano social, y son los cerebros avizores, los corazones sismógrafos los que vibran con oscilaciones inusitadas y gravan en el arte nuevo de todas las épocas esa epopeya multiforme de las luchas del espíritu."8

La producción de Waldo Frank suponía un ataque al puritanismo más esteril que intentaba luchar contra la penetración de las "malas costumbres" en la literatura. La introducción de la sexualidad en las obras de Cabell, Cather, Fitzgerald y Heminway, incentivaron la crítica contra la hipocresía del americano medio que conjugaba una vida sexual contraria a las buenas costumbres con la visita a las iglesias y su prédica religiosa más pura. Con este propósito surge el ensayo de Randolph Bourne El deseo del poder del puritano (1917) y algunos de los capítulos de Nuestra América (1919) de Waldo Frank.

Garro, y es de suponer que Mariátegui, veía en Waldo Frank una esperanza, al ser capaz de ver la cara más oscura del materialismo capitalista que dominaba en las grandes ciudades. Frank también analizó la decadencia de occidente en varios escritos. Entre sus obras destacan Nuestra América, España Virgen, El redescubrimiento de América9, publicada íntegramente en Amauta, Salvos, Ralab y City Block.

Por otra parte, Frank pedía en sus escritos algo más de espiritualidad y reclamaba aquello que hiciera resurgir al hombre moderno de las cenizas bajo las que lo enterraba la decadencia que en Occidente auguraban escritores como Spengler y su renombrado libro. Esta solicitud de espiritualidad que debía aunar los esfuerzos de los hombres se correspondía con la religiosidad que rodeaba los escritos de Mariátegui:

"La época moderna ha sido, en verdad, de frenéticos esfuerzos para corregir este conjunto que se eclipsa y se disuelve. El nacionalismo reemplaza el apasionado ideal de la fraternidad de Cristo. El internacionalismo de Karl Marx se empeña en unir las clases a través de las fronteras y, desde que el orden hierático no tenía más valor, en hacer un cielo homogéneo sin división de clases. Tal vez la más clara señal de esta ruptura es la separación de la Iglesia y el Estado. Esta separación ha venido a ser un arrogante ideal, por cuanto sería la mescolanza en la caída del hombre. Si la Iglesia y el Estado significan algo en todo, su divorcio es aquel de espíritu y cuerpo, de pensamiento y acción. Hacer de esto una meta social es coronar el caos. religión y política deben formar un todo, si uno de los dos es substancia de la parte saludable. La paz conseguida por desalojamiento de esa unión es la paz de la muerte."

De su narrativa sólo vieron la luz en Amauta dos relatos suyos bajo el título "Dos relatos de City Block"10. Los dos son el resultado de esa visión desasosiegadora sobre el hombre urbano de los Estados Unidos. En el primero, titulado "Accolade", término que en inglés significa "premio, galardón perdón", se relata una noche de la vida de Clarence Lipper, una noche de Nochebuena, cuando después de salir de la fiesta celebrada en la oficina, se encuentra con un amigo, Biff Daley, que le invita a tomar unas copas. Él se resiste, porque debe ir a comprar un peine y un cepillo de marfil como regalo para su esposa. La salida de la oficina se relata con toda la sordidez que puede suponer el ambiente urbano en medio del manto nocturno y los síntomas de embriaguez que apuntan al protagonista que sólo piensa en el regalo de su esposa. El hombre es un elemento perdido entre la muchedumbre que recorre las calles:

"La calle era fría y cerrada. Dos costados eran comercios... eran tamices, absorbentes, limitantes. La multitud agitada, aunque invariable. Era espesa, irradiaba un fulgor opaco como de metal, medio helado, medio al rojo... fluctuando entre blando y sólido, entre llamarada y barro. Pero Clarence seguía su camino. El tamiz no lo absorbía. En sus bolsillos había seis dólares y monedas. En cierto negocio había un peine y un cepillo de marfil... el regalo para su mujer. Ella lo había sugerido. En este momento estaba en su casa dispuesta a sorprenderse ante el cepillo y peine de celuloide imitación carey, que Clarence le traería. El ritmo de los pies de Clarence se traslucía que le causaría la sorpresa... pues era raro poder sorprender a la sutil Aimée con un regalo que ella no esperase."

El encuentro de Clarence con su amigo no termina tan sólo en unas copas, sino que Clarence termina borracho. Después se dirige a su casa. En el andén de la estación el narrador muestra su estado de embriaguez que en ningún momento se revela explícitamente. El narrador toma el punto de vista del protagonista y mediante sus actos y sensaciones manifiesta su estado:

"Clarence Lipper golpeó uno contra otro sus talones, luego sus rodillas. Le resultaba difícil volver a tomarse. Se detuvo tambaleante, tanteando con dedos extendidos el espacio amplio sobre el cual creía estar acostado. Otro tren. La correntada disolvente de otro grupo compacto de hombres y mujeres, lo tomó, lo arrastró escaleras abajo.

Giró su cuerpo; sus piernas adelantaron con flojedad. Miró el bar de Miguel Connor. Era un punto brillante en la turbia desolación que estaba viviendo. De inmediato el nivel del yo subió sutilmente en su inteligencia. Supo que estaba en la esquina de la cuadra en que vivía... mi cuadra. Llegaba a casa."

El viaje se reproduce fragmentariamente, como si la conciencia del protagonista en estado de embriaguez no pudiera retener los detalles. Del andén se pasa prácticamente a la calle en donde vive. Es en ese momento cuando Clarence se da cuenta de que no ha comprado el regalo para su esposa y es entonces cuando le vienen los remordimientos por su mala acción y su deplorable estado. El echo suponía una búsqueda en los nuevos modos de narrar que acompañaban la modernidad:

"!Qué bajeza, qué vileza!, murmuró entre dientes. Soy el marido de Aimée, y puedo hacer esta bajeza, esta vileza. ¡Qué vergüenza! Que lo sepa. ¡Que vea claro! Que se libre de mí, viendo claro... eso es, un verdadero regalo cristiano... ¡Así lo haré! Ese es mi regalo a la esposa. Que vea claro y sea libre.

Comenzó a caminar. No puedo permitirlo. No, no puedo permitirlo. Por ella... tomaré su regalo. Sí Aimée, aunque no lleven mis manos un regalo para ti, tomaré el tuyo. No lo usaré nunca. ¡Nuca fumaré un cigarrillo en esa boquilla de ambar! La llevaré sobre el corazón. la mirará en mi soledad. Nuestro último cambio de regalos. Ella me dio esto. ¡Que Dios la bendiga! Yo le di ojos lúcidos para que viese, y libertad para que me rechazase. ¡Rechazarme, rechazarme! ¿Moriré? Callaré."

Sumido en el remordimiento y el delirio, Clarence entrega sus seis dólares a un vendedor y echa a andar hacia su casa. Murmura en voz alta sin saber por dónde va. En el camino tropieza con una mujer. Tras pedirle disculpas y presentarse, la mujer le invita a tomar una copa en su casa que es allí cerca. Clarence cede ante la tentación que supone la mujer. Ya en la casa, comienzan a beber y Clarence entiende su nueva equivocación:

"No lograba comprender. ¡Todo esto era horrible! ¡Qué vergüenza había caído sobre él desde ese pequeño instante, tan remoto, tan irreal: el momento en que allá en la ciudad siguió el consejo de Biff Daley? No podía comprender ¿Por qué cedió de repente? Dijo no y no: de pronto, cuando ya la batalla estaba ganada, cedió. Era algo tan ilógico, tan poco natural, tan absurdo. Soy Clarence Lipper, un hombre sobrio, un buen marido, un vendedor de navajas. Creo ser un caballero. ¿Qué he hecho? ¿Y qué le daba la seguridad de haber hecho algo? Era tarde. No tenía el regalo para Aimée. Volvería a su casa. Enterraría la verdad en el corazón querido."

Bebiendo ante la desconocida en la noche de Nochebuena pasa el tiempo y Clarence no puede evitar caer en un sórdido sollozo y contarle a la mujer lo que le ha ocurrido esa noche. Después de relatarle su encuentro con Biff Daley y la historia del regalo de Aimée, decide marcharse. la mujer en ese momento le dice que espere y sale de la escena a buscar algo. Cuando regresa trae algo entre sus manos:

"Son viejos, pero no importa son mejores que nuevos... No han sido usados desde hace veinte años... y entonces los usó, solamente un par de veces, una niña ... una niña maravillosa. Su marido se los regaló para la navidad... el primer año de casados. Ella los encontró demasiado finos para usarlos.

Sacó de un papel arrugado un peine y un cepillo de plata."

Clarence repite que no entiende. La mujer le dice que se lo lleve como regalo para su esposa. Cuando él insiste en que no lo entiende, la mujer le contesta: "Hoy es Nochebuena".

Con este desenlace feliz que recordaría una famosa película de Franz Cappra de no ser porque el texto es anterior a la película, Waldo Frank ponía al descubierto, aunque muy levemente, los problemas de la clase media norteamericana. Ese mismo tema será motivo del otro relato publicado en Amauta: "Esperanza". Allí se nos presenta a otro ejemplo de la clase media norteamericana: como Clarence Lipper, es un hombre perdido que le traiciona el destino, un hombre "que caminaba hacia la nada". El hombre se mueve entre el remordimiento y la desolación: su amada lo abandonó, pero no solamente desde entonces está sólo, sino que la soledad es la misma causa de la ruptura. Con este tema Waldo Frank profundizaba en la soledad del hombre moderno, en la soledad del hombre que vive en la ciudad y que, a pesar de vivir rodeado de miles de personas está completamente solo:

"Algo sabía: estaba solo. Algo sabía: su soledad no nacía de haber dejado a su amada, pero el haberla dejado nacía de su soledad.

Se amaban. Entre ellos, creciendo allí, como un árbol, su soledad. Como un árbol agrietando una roca, su soledad: cuando se estrechaban, cuando sus brazos rodeaban su cuerpo, cuando su boca estaba sobre su boca... la soledad agrietaba la unión, los separaba. Se extendía. Florecía. Crecía hasta que sus ramas eran cielo, hasta que sus raíces eran tierra... hasta que su tronco era vida entre tierra y cielo. Su soledad borró a su amada, lo borró a él mismo. Era blancura moviente, impelida por la soledad a caminar eternamente."

Este hombre que simbolizaba al hombre moderno, este hombre acuciado por la duda vital, entra en un bar, y allí, ve a una mujer. El narrador vuelve a captar la realidad desde el punto de vista de su protagonista y describe el marco en que se mueve mediante retazos que funcionan al igual que lo que ve el protagonista:

"Luego en primer plano, fuerza repentina en su vista, una forma lenta, esbelta. Vio su gran sombrero pasado de moda, vio asomar sus zapatos bajo la rigidez de su tapado. Vio asomar sus muñecas de las rígidas mangas de lana: dos manos luminosas, sinuosas, curvas... manos moviéndose en el aire. El aire que sus manos movían envolvía en curvas difusas, como curvas de un fino tallo de flor, su cabeza. El también lo vio. Vio dentro de su estúpido sombrero negro una sonrisa dirigida hacia él. Adivinó su cuello."

La pareja sale del bar. De ella no se dice su nombre, pues sólo ocupa un espacio de objeto en el cuerpo de la narración, porque en el fondo no es más que un objeto para el protagonista. Por este motivo, cuando llegan a la habitación, de ella no se nos describe su belleza, ni el color de su pelo o de sus ojos. Por ella el narrador, desde la óptica del personaje, no muestra la más mínima ternura. Es la historia del hombre que es incapaz de amar a causa de la soledad que se vive en la ciudad y, de esta manera la descripción de la escena en que ella se desnuda y se introduce en la cama es vista con desprecio y frialdad:

"Se sacó el sombrero. Se sacó el tapado color caoba. Volvió hacia él sus ojos... el blanco de sus ojos. Levantó las manos, nadaban sobre ella como peces en agua profunda y negra. se sacó su vestido de mal gusto. se sacó sus pesados zapatos y sus medias gruesas. Desgarró como chispas las franelas sucias de su cuerpo. Levantó la colcha roja y su cuerpo se deslizó en el lecho.

Él quitó la colcha. Su cuerpo negro reposaba sobre la sábana blanca. Miró su cuerpo. Ella también lo miró. Era una cosa negra calma, flotando siempre desde dentro de sí misma, inmóvil fuera de sus límites que eran blancos. Y dentro de su obscuridad una nube brillante de blancura, haciéndola azul, haciéndola amarilla y azul, haciendo vivir su negrura."

La pareja hace el amor y la escena de nuevo se sale de los convencionalismos de una noche romántica. Parece que el protagonista es incapaz de amar y por ello habla el narrador del acto como "pasión, pura pasión, sin objeto" y del cuerpo de ella como "un cuerpo negro, muerto". La secuencia se interrumpe aquí; la secuencia final sólo ocupa una escasas líneas en donde se sintetiza el desenlace del relato:

"Reposaba de espaldas, sonriente, con ojos cerrados. Ella dejó el lecho y se arrodilló en el suelo junto a él.

Besó sus pies. Besó sus rodillas. Tomó sus dedos, apretó cada dedo, uno a uno, contra sus ojos. Sus dedos estaban fríos.

Golpeó su frente, golpeó locamente su frente y su pecho contra la cama de fierro."

El hombre ha muerto y, mediante la muerte, ha adquirido la felicidad y ahora sonríe y ha abandonado definitivamente la soledad. Los conflictos del hombre moderno en la ciudad son los temas preferidos por Waldo Frank en los relatos publicados en Amauta. Frank ejemplifica en sus cuentos la suerte del hombre moderno en una sociedad capitalista avanzada como la sociedad norteamericana. Posiblemente, con su inclusión en la revista, Mariátegui sí que podía presentar al público peruano la realidad literaria que existía fuera de las fronteras del Perú. Waldo Frank mostraba la ciudad, tema que como hemos visto era muy extraño en el Perú, y, además insertaba sus relatos en la vorágine de los problemas del hombre moderno: la soledad, los ambientes sórdidos, la frialdad en las relaciones humanas, el alcohol, etc. Si Mariátegui, en su ensayo "El proceso de la literatura", predicaba la necesidad de forjar una tradición literaria nacional, era necesaria la observación de lo que se hacía con el relato y con otros géneros en otros lares del continente. La observación de otras técnicas narrativas, otros temas y otras literaturas, podían servir para aplicar lo aprendido en el Perú, puesto que Mariátegui, mediante su tribuna, se había planteado la consecución de una nueva tradición literaria.

 

Notas:

  1. Wendy Steiner, "La diversidad de la ficción americana", en Emory Eliott (Editor), Historia de la literatura norteamericana, Madrid, Cátedra, 1991, p.765.

  2. Citado por Wendy Steiner, "La diversidad de la ficción americana", ed., cit., p.765.

  3. Ibídem, p.767.

  4. Ibídem, pp.770-771.

  5. Vid. Robert Stepto, "Literatura afro-americana", en Emory Eliott (Editor), Historia de la literatura norteamericana, ed., cit., pp.715-726.

  6. Eugenio Garro, "The Dark Mother. A novel by Waldo Frank" (reseña), en Libros y revistas, Lima, n7, enero de 1927, p.4.

  7. Ibídem.

  8. Ibídem.

  9. Waldo Frank, "El redescubrimiento de América I. Los últimos días de Europa", en Amauta, Lima, n11, enero de 1928, p.2.

  10. Waldo Frank, "Dos relatos de City Block", en Amauta, Lima, n17, noviembre-diciembre de 1929, pp. 21-29.

 

© Luis Veres 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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