Borges y Lugones:
entusiastas ataques y reticentes disculpas


Fernando Sorrentino


   

Según se sabe, Borges dedicó algunas de las mejores energías de su juventud a atacar la literatura de Lugones y, más todavía, a burlarse no sólo de su obra sino también de él, en escritos que, yendo más allá de la acerada crítica literaria y aun del malintencionado brulote, tomaron el tinte de la agresión personal.

En este sentido, vale como ejemplo la reseña que, sobre el Romancero de Lugones, publicó, en enero de 1926, en el nº 9 de la revista Inicial, que dirigía Homero M. Guglielmini. Vemos aquí a un Borges de veintisiete años, armado de gruesa violencia verbal pero, a la vez, aún carente de esa finísima sutileza, de esa suerte de gracia angélica con las que, años más tarde, podía demoler famas y vanidades pronunciando (con cara de ingenuo) alguno de sus terribles sarcasmos.1

En dicha reseña, corre, desde la primera hasta la última palabra, la ira y el desprecio que Borges siente hacia Lugones. En su parte central, empieza por satirizar la afición de don Leopoldo por las rimas infrecuentes y termina por aniquilar el Romancero, considerándolo una nada:

Puede aseverarse también que con el sistema de Lugones son fatales los ripios. Si un poeta rima en ía o en aba, hay centenares de palabras que se le ofrecen para rematar una estrofa y el ripio es ripio vergonzante. En cambio, si rima en ul como Lugones, tiene que azular algo en seguida para disponer de un azul o armar un viaje para que le dejen llevar baúl u otras indignidades. Asimismo, el que rima en arde contrae esta ridícula obligación: Yo no sé lo que les diré, pero me comprometo a pensar un rato en el brasero (arde) y otro en las cinco y media (tarde) y otro en alguna compadrada (alarde) y otro en un flojonazo (cobarde). Así lo presintieron los clásicos, y si alguna vez rimaron baúl y azul o calostro y rostro, fue en composiciones en broma, donde esas rimas irrisorias caen bien. Lugones lo hace en serio.2 A ver, amigos, ¿qué les parece esta preciosura?

Ilusión que las alas tiende
en un frágil moño de tul
y al corazón sensible prende
su insidioso alfiler azul.

Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta indecidora, pavota y frívola es resumen del Romancero. El pecado deste3 libro está en el no ser: en el ser casi libro en blanco, modestamente espolvoreado de lirios, moños, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería. De los talleres de corte y confección, mejor dicho.

Y, según las apariencias, a partir de algún momento de su madurez Borges empezó a mostrarse arrepentido de haber lanzado esos injustos ataques y empezó también a cantar su mea culpa en diversas palinodias de distintas épocas.

Pruebas de esa nueva actitud serían, por ejemplo, la página "A Leopoldo Lugones" que encabeza El hacedor. Y, en el mismo libro, dentro de la prosa breve "Martín Fierro" encontramos este indudable homenaje a Lugones: "Un hombre que sabía todas las palabras miró con minucioso amor las plantas y los pájaros de esta tierra y los definió, tal vez para siempre, y escribió con metáforas de metales la vasta crónica de los tumultuosos ponientes y de las formas de la luna".

Sin embargo, en alguna recóndita hondura de la memoria borgeana quedaron para siempre sus opiniones negativas sobre Lugones y, de vez en cuando, como al pasar, como si las formulara sin darse cuenta, afloraron, en su época de madurez y ancianidad, sus reservas juveniles. Sólo dos ejemplos:

1) En 1954 (dieciséis años después de la muerte de Lugones), en la reedición de Evaristo Carriego, Borges incluye, arrepintiéndose de su opinión adversa de 1930 sobre Rubén Darío, una nota de pie de página, en la que, para explicar su juicio erróneo, ejemplifica con otra equivocación suya: "En aquel tiempo creía que los poemas de Lugones eran superiores a los de Darío". (En 1930, ¿sería realmente ésa la opinión de Borges? ¿Quién puede saberlo?)

2) El informe de Brodie es de 1970 (treinta y dos años después de la muerte de Lugones). ¿Es verdad que Borges había modificado su opinión negativa sobre Lugones? Y, si fuera así, ¿cómo se explica este pasaje de "El duelo"?: "Los diarios habían puesto a su alcance páginas de Lugones y del madrileño Ortega y Gasset; el estilo de esos maestros confirmó su sospecha de que la lengua a la que estaba predestinada es menos apta para la expresión del pensamiento o de las pasiones que para la vanidad palabrera".4

En resumen, a la luz de estos pasajes (y de otros parecidos), no me parece ilícito concluir que, a pesar de alguna ambivalencia y de cierta actitud de arrepentimiento (puramente exterior), Borges conservó hasta el fin de su vida una opinión en general adversa o desdeñosa sobre la literatura de Leopoldo Lugones.

 

NOTAS

1. Entre tantas y tantas que podría citar, recuerdo con especial fruición que, en una oportunidad en que le nombré a cierto escritor, de fama muy superior a sus méritos, Borges me contestó: "Bueno, es muy difícil hablar de él sin calumniarlo".

2. ¿Hasta qué punto debemos creer en las opiniones de Borges? ¿Cuándo habla en serio y cuándo habla en broma? He aquí un ejemplo más de su constante jugar:

En 1940 (prólogo del Mester de judería de Carlos M. Grünberg) Borges considera meritorio el recurso que en 1926 había juzgado ridículo: "Góngora, Quevedo, Torres Villarroel y Lugones famosamente han utilizado lo que denomina el último de ellos 'la rima numerosa y variada'; pero han limitado su empleo a composiciones grotescas o satíricas. Grünberg, en cambio, la prodiga con valor y felicidad en composiciones patéticas". Además, vimos que en la nota de 1926 había censurado: "Lugones lo hace en serio". Entonces, la pregunta es: ¿cuál será la verdadera opinión de Borges sobre este tema?; la respuesta: sólo Dios y Borges lo saben.

3. Borges nunca fue sistemático en su propósito de evocar -más o menos- la lengua hablada: escribe soledá y eternidá, pero también voluntad; escribe deste, pero también de esas (en otros pasajes, ahora omitidos, de esa misma reseña).

4. Nótense dos detalles: el matiz irónico que carga el vocablo maestros, y que Borges equipara, en "vanidad palabrera", a Lugones con Ortega y Gasset (carácter recíproco: si A = B, B = A). He aquí una de sus opiniones sobre el filósofo español: "[…] Alfonso Reyes tenía buen gusto, no hubiera incurrido en las cursilerías y en las pedanterías de Ortega y Gasset. […] también hay que pensar que Ortega y Gasset fue profesor y se habrá acostumbrado a hacer bromas para quedar bien con los alumnos, y luego las intercalaba en sus obras" (en mi libro Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, El Ateneo, 1996, págs. 198-199). Por otra parte, vemos que Lugones, el "hombre que sabía todas las palabras", de 1960, se ha degradado, diez años más tarde, en un cultor de la "vanidad palabrera".

 


Este artículo fue publicado en el diario La Gaceta (suplemento "La Gaceta Literaria"; director: Daniel Alberto Dessein), Tucumán, 24 de junio de 2001.


 

© Fernando Sorrentino 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero18/bo_lugon.html