Historia de una venganza:
Entre la justicia trascendente y la justicia humana.

"Emma Zunz" de Jorge Luis Borges1

Luis Quintana Tejera
Facultad de Humanidades
Universidad Nacional Autónoma del Estado de México
qluis11@hotmail.com

 

   

En el marco de El Aleph al que pertenece este relato no parece tener una relación directa con otros cuentos tales como "El inmortal", "Los teólogos", "La casa de Asterión" o el que da nombre al volumen. Aparece más bien como un informe novelado en torno a hechos específicos: el suicidio de un padre y la venganza de una hija. Lo consideramos cercano a otros informes de carácter similar como: "El muerto" y "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz". Es cierto además que por su tema está cerca de "La espera". En ambos se narran acciones con determinado carácter de intriga y desarrollo fronterizo con lo policiaco, sin llegar a serlo realmente.

Otro aspecto importante tiene que ver con los valores poéticos en cuestión y con el tema de honda raíz filosófica-jurídica. Una mujer muy joven lleva a cabo una acción que el destino le exige. El marco de la justicia trascendente se yergue sobre la justicia humana y resulta superior a aquélla.

Desde el inicio nos enteramos que los acontecimientos narrados pertenecen a un tiempo y a un espacio muy definidos. El catorce de enero de 1922 Emma recibe una carta que cambiará su vida. En Brasil se había suicidado su padre; es éste un acontecimiento simple, pero que conlleva una enorme carga de desesperación e impotencia para la joven mujer.

A sus diecinueve años Emma era una persona inmadura que había preferido no pensar en su pasado; ahora las cosas cambian y se impone la necesidad impostergable de la venganza.

El narrador comenta:

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día el suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal, Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto.2

Esta breve metadiégesis que se intercala en la narración ubica determinados acontecimientos. Nos habla de un pasado complejo, tan complejo como puede llegar a ser la vida de cada uno de nosotros. En ese pasado, en esos antiguos días felices, la joven recuerda. El verbo recordar conjugado en pretérito del indicativo se repite de manera anafórica cinco veces.

Estamos así ante uno de los recursos estilísticos preferidos del narrador de Borges. Esas reiteraciones lingüísticas no son más que una nueva manera de expresar las constantes repeticiones a las que los seres humanos nos hallamos expuestos constantemente. Vivir hoy no es más que la expresión de infinitas vivencias que si bien ya no recordamos, sí han pasado y han dejado huella profunda en nosotros.

Debemos asumir cuál ha de ser el profundo sentimiento de Emma al recuperar mediante un acto de memoria los veraneos en una chacra, al recordar a su madre, al tener presente la casita de Lanús que les remataron, al actualizar esos amarillos losanges que la memoria conserva.

Todos esos elementos representaban un microcosmos de estabilidad, y poco a poco se fueron perdiendo como consecuencia de la injusticia y del carácter devastador de ese tiempo avaro que todo lo destruye y que todo lo cambia.

Desde 1916 a 1922 habían pasado seis años. En aquel presente la niña de trece años no había podido integrar plenamente lo que ahora se le imponía como una cruel realidad a la mujer de casi diecinueve años.

Los acontecimientos preparatorios para la venganza se suceden ahora. Nos enteramos al pasar de ese terror casi patológico que le inspiraban los hombres. Y llegamos así al día sábado. "En ese día ya no tendría que tramar ni imaginar, tan sólo alcanzaría la simplicidad de los hechos".3

Poco a poco las reflexiones del narrador intercaladas en el relato nos llevan por un intertexto sugerido, y un intertexto que autoriza a quien narra a opinar, conducir, postergar, definir situaciones y aspectos que bien pueden orientar al lector por el enmarañado universo del relato.

Dice al respecto:

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la realidad, un atributo que parece mitigar sus temores y que los agranda tal vez.4

Esto es, los hombres pertenecemos a un mundo real que algunas veces se adecua a nuestras necesidades, pero que también se nos escapa de la mano y adopta un modo difícil de controlar. Por ello, ¿cómo sería posible referir la realidad de esos hechos? ¿Acaso lo real en el mundo borgeseano no adopta muchas veces la forma de lo insólito? Y a su vez, ¿lo insólito, no se parece dramáticamente a lo real? Nos movemos en medio de un bosque de símbolos que al igual que la tenebrosa selva dantesca del canto I del "Infierno", nos confunde y pervierte; somos juguetes en manos de un destino adverso.

Por lo anterior, la realidad es un atributo de lo infernal. El infierno es el más humano de los tres mundos creados por el poeta florentino y por ello es el que más se parece a este universo terrenal en el que habitamos, sufrimos, amamos, abandonamos para morir finalmente sin haber alcanzado el máximo logro de la felicidad.

De esa forma, la mente de Emma Zunz se descubre inmersa en un verdadero caos que ni ella llega a comprender. Pero igual sigue adelante con su plan el cual se divide en varios momentos.

En primer término va al encuentro del hombre desconocido en quien fundamentará su coartada. El espacio sórdido de la degradación momentánea está constituido por el infame Paseo de Julio5, ubicado en el puerto. El puerto es el lugar de paso y representa en la simbología borgeseana todo aquello que se ahonda y aleja para no retornar jamás. Emma necesitaba recurrir a un hombre que no fuera permanencia, sino que representara tan sólo una presencia inmediata y fugitiva.

Ahora bien, en el natural devenir de las circunstancias, la muchacha rechaza a uno de esos marineros, porque sintió miedo de que éste le inspirara alguna ternura, y acepta finalmente a otro: "quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada".6 Emma al decidir esta acción no sólo está tramando y fundamentando su venganza, sino que también se está auto flagelando. Tiene terror de flaquear, no confía en ella misma y se entrega a los brazos de un desconocido que ni siquiera hablaba español. Quien cuenta los hechos se permite acotar:

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.7

Nuevamente el narrador participa, y ahora lo hace con una pregunta que él mismo responde. Emma está entregando su cuerpo con un objetivo muy claro; pero los hechos no son tan fáciles de asumir, porque en el mismo momento de llevarlo a cabo, todo es confusión. Piensa que su padre le había hecho a su madre esa cosa horrible que ahora le hacían a ella, y continúa su martirio, porque debe cumplir con lo propuesto.

Se trata de sostener -desde la perspectiva muy personal del narrador-, que hay momentos en la vida de todos los seres humanos los cuales, debido a su propia circunstancia, están fuera del tiempo en que aparecen realmente; este tiempo sin tiempo, este desorden lleno de sensaciones inconexas y atroces es lo que está viviendo la torturada conciencia de la joven. No verlo así sería negar el verdadero sentido de lo que aquí resulta expresado. El narrador se manifiesta en primera persona y da su opinión derivada y limitada por un punto de vista. Emma, al pensar en lo que estaba ocurriendo no pudo apartar la imagen de su padre en el cuerpo de su madre. Pero lo consideró tan sólo por un momento para luego entregarse de lleno al vértigo de la venganza.

Ese hombre le fue útil a Emma como ella le fue útil a él. Él fue una herramienta para la consumación de la justicia y ella fue un peldaño hacia el goce.

He aquí nuevamente la fuerza del destino que nos arrastra; el hombre es violentamente golpeado por aquella tromba infernal que no se detiene nunca, cual nuevo condenado en el espacio patético de la lujuria (Dante nuevamente).

En realidad, no llegamos a saber con autenticidad cuál ha sido nuestro papel en la vida; parece que las prostitutas vienen a nuestros brazos a perder la virginidad atesorada durante tanto tiempo; el hombre, este desconocido marinero, se acerca a ella como un aparente gozador del instante cuando en realidad es un instrumento para que la justicia se imponga en este mundo de irregular naturaleza.

Vivimos inmersos en puras apariencias y lo que hoy es no refleja auténticamente lo que ayer ha sido. Somos instrumentos orgullosos en manos del poder omnímodo del destino.

Ese hombre que penetra en el cuerpo de Emma, deja en ella la huella imborrable del horror. Esa joven mujer que sacrifica su cuerpo lo hace en aras de un fin superior.

De esta forma, con la virginidad perdida, Emma va al encuentro de su víctima.

Aarón Loewenthal aparece ante nuestros ojos como la representación trágica de alguien que morirá para pagar viejas cuentas; viejas cuentas que no se ofrecen en el contexto de un legado familiar, como en la tragedia griega, sino que son parte de una deuda individualmente contraída.

Esta inocente mujer será su verdugo y al actuar como tal posterga su condición y se entroniza como una fuerza poderosa que no se detendrá ante nada. Emma no puede no matar; el sacrificio inútil de su padre así lo demanda y la violencia que Aarón Lowenthal empleara en el pasado se vuelve contra él. El narrador continúa ofreciendo los hechos, pero al mismo tiempo incluye precisiones que en el marco del relato son importantes, porque llegan a alterar lo que el propio personaje tenía preparado:

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada). Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.8

Siguiendo el ejemplo de la literatura griega y de otras formas herederas de ésta tales como el pensamiento lírico machadiano9 y la propuesta dramática lorquiana10, la voz que cuenta los hechos alude a dos maneras de perfilar el problema de la justicia: lo humano y lo divino. La primera ya había fracasado dando como resultado el suicidio de Manuel Maier; la segunda se ofrecía ahora como opción que tenía que manejar una mujer, una débil mujer motivada por la idea obsesiva de venganza. Y ella además se sabe instrumento de la venganza; cual nuevo Orestes11 empuñará el arma justiciera, le hará saber al asesino que la justicia de Dios no olvida, no posterga y que la sangre derramada de un padre hallará satisfacción a pesar del tiempo transcurrido. Aarón nunca imaginó esta conclusión nefasta. El narrador conduce así al lector y después de señalarle la posibilidad cierta de cambios en los hechos continúa diciendo: "Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello"12. Los acontecimientos se amontonan y confunden en la mente de la joven, porque para organizar la venganza había sido necesario auto flagelarse, se había entregado en los brazos de un desconocido a los efectos de permitir la violación que funcionaría como la máscara protectora en el momento de justificar sus cruentas acciones, ¿Qué debe hacer ahora? ¿Asesinar para lavar la afrenta individual o seguir con el plan de matar para limpiar la memoria del autor de sus días? Sea una situación u otra la conclusión será la misma. El narrador sugiere que va a matar por ella y por todo el dolor auto provocado; el lector está en libertad de pensar en la dirección que quiera. Lo único cierto, y que nos autorizamos a consignar en este escrito, tiene que ver con el torturado universo personal en donde una joven, casi una niña, toma sobre sus hombros la gran responsabilidad de la acción destructora que el destino reclama como una manera de recuperar el equilibrio perdido; la tragedia shakespereana mostraba hecho semejante cuando Macbeth después de asesinar al rey Duncan constata que la naturaleza se rebela ante dicha muerte y exige reparación.13 En el relato de Borges, la suerte de Maier, su auto aniquilamiento y el papel cumplido por Lowenthal han desencadenado un desequilibrio que sólo otro acto violento puede recuperar.

Si atendemos al problema de la temporalidad y su significación a los efectos de someter a juicio crítico el proceder de la muchacha, constataremos que en la teoría borgeseana la noción de los momentos vividos y su trascendencia resulta inequívoca. Si hurgamos en la maraña de intextextos implícitos que a diestra y siniestra emergen en el relato del autor aquí comentado, surge en seguida la idea fáustica del instante y de qué manera el personaje goetheano sostiene como búsqueda prioritaria aquella que lo llevaría al encuentro del momento que podría ser eterno y perfecto: "Cuando pueda decirle al instante fugaz; detente instante, eres tan bello, te habré entregado mi alma", decía Fausto en el momento de celebrar el pacto con Mefistófeles14. De igual manera, Emma no puede dejar que ese instante sublime de la venganza pase sin ser aprovechado; quizás no sea el momento de la eternidad, pero sí será el lapso esencial en que ella alcanzará la plenitud que otorga una conciencia tranquila que paga sus deudas con el pasado familiar. Y por si todo esto fuera poco, no podemos dejar de lado la idea borgeseana: "Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es"15 , decía el narrador de "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz", aludiendo así a ejemplos tales como el de Alejandro de Macedonia, Aquiles y el propio Tadeo Isidoro. Cuando Cruz salva a Fierro lo hace porque comprende que ése es el instante que dará significación total a su existencia; lo mismo le sucede a Emma: al matar trasciende su propia vida y sella pacto de sangre con la eternidad.

Finalmente se oye el disparo y en el silencio del lugar sólo responde el ladrido del perro: Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero.16

Ya está consumado el acto de la venganza y Aarón Loewenthal muere poseído por el odio; maldice a la joven y no sabe en realidad qué está pasando. Emma se reviste de fuerza y procede de acuerdo con lo planeado:

Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esa y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...17

Esa verdad expresada por el personaje se yergue como "su verdad", por ello el narrador comenta:

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.18

He aquí la conclusión que en el momento de ser formulada adquiere connotación literaria. El lector, confidente del narrador, conoce los hechos. Pero ese mismo narrador asume la defensa de la joven. ¿Por qué? Porque más allá de las realidades que pueden ser explicadas en la cotidianidad de los casos, emerge otra verdad mucho más poderosa que es aquella que anida en el interior de esta hija destrozada. Tono, pudor, odio, ultraje tienen en común la autenticidad con que se expresan. Lo falso radica en las circunstancias, en la hora y en uno o dos nombres propios.

En un determinante juego poético emerge la oposición entre apariencia y verdad, pero como los elementos se hallan alterados por las circunstancias vividas y por la connotación estética teórica, lo que es verdad se torna apariencia y viceversa. ¿Qué importan las circunstancias que señalan como culpable a quien no lo es?; ¿qué trascendencia tiene el hecho de haber sido violada antes de matar al único y verdadero culpable: Aarón Loewenthal? El desconocido marinero sueco o finlandés, ¿no es acaso un instrumento de la justicia?. Emma ha sido violada y éste es un hecho incontrovertido. La justicia trascendente actuó destruyendo al único y verdadero culpable. La joven queda exenta y -a la manera de García Lorca-, la sangre derramada borrará toda huella de afrenta posible.

En conclusión, el narrador ha ofrecido un relato con una carga significativa de ficción, como sucede siempre en el marco de los hechos literarios. Este narrador funcionó desde una perspectiva de focalización cero al ofrecer de manera cuidadosa y detallada todos los contenidos de la diégesis. A pesar de esto, hay momentos en los que permea la conciencia individual de quien narra. En Borges esta situación resulta frecuente.

En otro orden, el tema de la mujer, de una mujer que lejos de actuar como dominante se impone acciones que antes había postergado, resulta así revalorado en el contexto del relato. Emma Zunz busca la justificación que sólo los actos violentos del presente le pueden otorgar.

Notas:

  1. Es ésta una segunda versión interpretativa. La primera se halla en prensa en la revista Gaudeamus de la UAEM.

  2. Jorge Luis Borges. Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1989, p. 564.

  3. Ibidem p.565.

  4. Idem.

  5. Recordamos el poema "Paseo de julio" del libro Cuaderno San Martín (1929), en donde el joven creador actualizaba este espacio de su pasado: "Juro que no por deliberación he vuelto a la calle/ de alta recova repetida como un espejo,/ de parrillas con la trenza de carne de los Corrales,/ de prostitución encubierta por lo más distinto: la música." (Ibidem, p. 95).

  6. Ibidem, p. 566.

  7. Idem.

  8. Ibidem, p. 567.

  9. Antonio Machado en "La tierra de Alvargonzález" de Campos de Castilla, hace referencia al tema de la justicia trascendente en el momento en que los hijos que asesinaron a su padre serán condenados por la ley de Dios. (Cfr. pp. 178-198, en la edición de Pueblo y Educación, La Habana, 1983).

  10. Especialmente a través de Bodas de sangre y Yerma.

  11. Cfr. Esquilo. La Orestíada ("Las coéforas"), México, UNAM, 1921.

  12. Jorge Luis Borges. Op. cit., idem.

  13. Cfr. William Shakespere. La tragedia de Macbeth, versión y notas de Tabaré J. Freire, Montevideo, Síntesis, 1959.

  14. Cfr. Wolfgang Goethe. Obra completa, México, Aguilar, 1921.

  15. Jorge Luis Borges. Op., cit.,p. 562.

  16. Ibidem, pp. 567-568.

  17. Ibidem, 568.

  18. Idem.

 

© Luis Quintana Tejera 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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