Extravagante Cardoza


Ronald Flores (*)


   

Luis Cardoza fue el conservador guatemalteco más revolucionario del siglo XX, el ensayista antigüeño más provocador. Al menos, eso atestiguan algunas de las estridencias que pregonó. Me refiero a ciertos fragmentos de los ensayos, testimonios del mestizaje entre la lucidez y el desvarío (hecho que contagia este yerro, intentar objetivizar lo que sabemos subjetivo: nos gusta, no hay para dónde).

Eludiré el dominio de la poesía, ese delirio exteriorizado, pues lo encuentro similar al de la fe: situado más allá de lo argumentable. Más bien, me sitúo en la ciénaga, tropos y silogismos, de la prosa cardoziana referida a la política.

El territorio explorado desde un plano cartográfico, de allá para acá, vista de pájaro, distanciamiento y confusión. (extra) Vagancia que falla, pérdida en la superficie de los pliegues. Cómoda historiografía (que no eras imaginarias), de entonces hasta hoy, anécdotas y metáforas intercaladas, impre(ci)siones. Se recuesta, diferencia acertada entre un escrito similar coetáneo cuyo título adquiere resonancia metafísica más que esotérica, en los textos predecesores, notas constitutivas de la supuesta canción compartida. Se desplaza, subterráneo, el influjo romántico, explicativo también del doble registro de sus inquietudes. La escritura que va de Ximénez-Díaz del Castillo a Gómez Carrillo conforma una secuencia de fonemas, fragmentos de una melodía que anhela armoniosa, que quizá lo es en contra-punto del ruido sórdido de la explotación. Entreveo la propuesta indigenista tras el disfraz, que reclama, del "guatemalteco", eco disonante que anida y perdura en la tenue ilustración de cierta elite. Aferrarse a la patria para que las palabras posean vuelo universal y, sin embargo, errante: vaya contradicción y suposición vana. Como Descartes, prefiere anclarse en una certeza dubitativa antes de arriesgarse a soltar amarras: gentilicio, nominal reiterativo, pero ya no sustantivo que designa el lugar en donde ocurre la vida. El dicho popular se aplica: qué fácil es amar a distancia, sin padecer los estragos, gozos, frustraciones, abatimientos diarios, que provocan una reacción menos lírica y más apegada a un doble sentir: amodio, imposible sentir otra cosa por este conglomerado de accidentes geográficos y deliberados actos humanos.

La indagación inicial devela un artificio, provoca un rechazo: el despliegue del estilo sobre la aspereza ideológica. La sublimación de la Antigua: "imagen de la Colonia... lo indígena la circunda en todos sus pueblos cakchiqueles y como un duendecillo se escurre y se descubre por muchas partes". Sólo un niño cursi, que fue educado "como mimado señorito" (él mismo lo reconoce), analoga la cultura forzada al margen con "un duendecillo" que emerge y desaparece del centro del retablo. Bajo el fluir de la prosa, el sedimento de las ideas de un encomendero venido a menos (ex-pulsado, des-testado), que por eso mismo se siente incómodo de su condición, con los suyos; como Diego Portales, descubre el peso de la noche, pensándose observador y no partícula; critica, y de qué manera, lo que conoció. Es de señalar que buena parte de los que se alzaron contra el orden establecido eran hijos descarriados de la oligarquía (los apellidos mismos los delatan), cuyo intento de subversión condujo a reproducir en miniatura aquello mismo que repudiaban. Redes de afinidades ancladas en el patriarcado, nudos hechos para apresar a los individuos que ahí anidaron esperanzas y al resto de incautos que fueron espectadores, simpatizantes o víctimas. Poco se ha dicho de su torpe apoyo a estas iniciativas de relevar a Saturno, de suplantarlo. La insurgencia, que Cardoza aplaudió, de la que se sirvió, sobre la que vertió metáforas tenebrosas (mas no esclarecedoras, como demandaba su condición de poeta) espesó, con la sangre derramada, con el fanatismo profesado, con la sublimación del falo-fusil, el peso de la noche.

Sin embargo, el rechazo no se derrama, lo contiene una simpatía por la fabulación del testimonio: crónica imperfecta de sus erranzas. Prefiero la intimidad de su fluir, el sumergimiento en su cauce, desenfado y solemnidad, la re(no)velación de sus polémicas (acentuando la resonancia etimológica del término), condición de extravagante en el mundo, en la caballería del siglo XX. Andante, lo prefiero, enamorado de dama imposible: Guatemala, poesía o Lya. No toda semilla germina en las estaciones venideras. En ciclo diferente, hijo de otras tormentas, opto por emprender, de nuevo, dos viajes: una nunca agotada sinfonía y el que desemboca en el mar. Ambos siguen poblando los días en que sueño despierto.


(*) Ronald Flores (Guatemala, 1973). Licenciado en la Universidad del Valle de Guatemala. Actualmente estudia la maestría en Literatura Comparada en la Universidad de Texas, en Austin (UTA).

 

© Ronald Flores 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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