COMPROMISO FEMINISTA EN LA OBRA DE LUCÍA ETXEBARRIA

 

Juan Senís Fernández
Universidad de Castilla-La Mancha
goditin@mixmail.com


   

 

Lucía Etxebarria es una escritora a la que nunca le ha importado definirse como tal – es decir, como escritora, con -a – y a la que tampoco le ha importado declararse feminista. Al ser una figura bastante conocida en los medios de comunicación debido a diversas circunstancias (televisivas al principio; luego más estrictamente literarias y en el más amplio sentido de la palabra: premios, promociones, apoyo editorial), sus opiniones también han acabado por serlo, en buena medida por la gran cantidad de entrevistas que se ve obligada a afrontar alguien que ha ganado dos premios tan importantes como el Nadal o el Primavera de Novela. Lo cierto es que se ha convertido en una figura polémica, y es bien sabido que la polémica se difunde rápido y se vende bien.

Pero todo esto (es decir, su actitud en las entrevistas, su reacción a las críticas, su manera de conducirse y comportarse) es más visible pero secundario: lo importante es que Lucía Etxebarria cuenta con una plataforma muy sólida y conspicua, compuesta por el apoyo editorial, la escritura en varios medios y los premios, desde la que lanzar sus ideas sobre el mundo. Una plataforma compuesta por el apoyo editorial, la escritura en varios medios y los premios; y, sea por ello o por haberse convertido, muy a su pesar según parece, en un personaje provocador, el caso es que el nombre de Lucía Etxebarria ha quedado unido al feminismo.

¿Tiene esto una justificación o explicación literaria al margen de declaraciones más o menos valiosas, de las que prescindiremos aquí en aras de un acercamiento más inmanentista y objetivo?

Sí, y por varias razones, según veremos a lo largo del presente trabajo.

Porque lo que nos interesa aquí es la obra1 de Lucía Etxebarria –o, más exactamente, el feminismo en ella– y no la figura mediática, tan injustamente vilipendiada por unos como ensalzada por otros (entre los que se encuentra ella misma). Pretendemos mantenernos dentro del mayor grado de objetividad posible: valorar lo que aparece en su obra y, más concretamente, ver cómo aparece el feminismo en ella. Para ello haremos un recorrido en dos partes.

En un primer momento repasaremos las ideas feministas de Lucía Etxebarria a través de su producción ensayística, que incluye el libro La Eva futura/La letra futura y el prólogo a la recopilación de cuentos titulada Nosotras que no somos como las demás. De ahí sacaremos, en bruto, las ideas feministas e intereses fundamentales de la autora respecto a dicho asunto, las que plantea en su nombre y no en nombre de un ente de ficción, ya sea éste narrador o personaje o ambas cosas a la vez2. También veremos de qué recursos persuasivos y argumentativos se sirve para presentar dichas ideas al lector.

A continuación, entraremos ya de lleno en el universo narrativo de Lucía Etxebarria –principalmente en sus dos primeras novelas, aunque sin descuidar sus cuentos y el guión de la película Sobreviviré, coescrito por ella– y en él estudiaremos, más que el feminismo en sí, cómo aparecen las ideas que hemos sacado de los ensayos en la textura narrativa. Es decir, comprobaremos de entrada si la problemática sobre la mujer tratada en los ensayos aparece también en las novelas (adelantamos que es así, como era de esperar); pero nos centraremos sobre todo en cómo se da entrada a dichas ideas dentro de la narración y a través de qué recursos. Así intentaremos llegar a saber si hay en efecto un compromiso feminista en la obra de Lucía Etxebarria y cómo aparece ese compromiso.


En la obra ensayística de Lucía Etxebarria –que, como acabamos de decir, incluye el prólogo de Nosotros que no somos como la demás y el libro La Eva futura/La letra futura– el feminismo es un tema preponderante que se plantea en torno a tres ámbitos diferentes.

Por un lado, a través de la exposición y el análisis de una serie de problemas vinculados a la identidad sexual, la distribución de roles, los géneros y la diferencia sexual. Por otro lado, mediante la consideración de cuestiones más estrictamente relacionados con la economía y las desigualdades en la sociedad de hoy en día, como las dificultades de las mujeres en el ámbito laboral, la ausencia de paridad en los altos cargos etc. Estas cuestiones estarían en la línea del feminismo del poder o tercera ola feminista, que, como la propia autora afirma, corresponde a "las reivindicaciones de una serie de mujeres que han crecido en una sociedad que ya asume, teóricamente pero no en la práctica, la igualdad de derechos y deberes de hombres de mujeres"3 y que "propugnan un orden social más equitativo". Las otras, por el contrario, recaerían sobre temas más discutidos dentro del llamado feminismo de la diferencia y del feminismo de la igualdad. En cualquier caso, y al margen de etiquetas, lo importante es que podemos distinguir dos ámbitos de debate: el primero referente a los papeles sociales adjudicados tácitamente a hombres y mujeres en la sociedad y el segundo a los problemas concretos de las mujeres en el mundo laboral.

Por último, hay un tercer aspecto que parece interesar a Lucía Etxebarria: las cuestiones referentes a las mujeres y la literatura. Este aspecto es desarrollado en la parte del libro La Eva futura/La letra futura llamada La letra futura –y, sobre todo, en el capítulo titulado "Con nuestra propia voz: a favor de una literatura de mujeres"– desde varios puntos de vista: el problema de si existe o no una literatura femenina, la discriminación de las mujeres por parte de la historiografía literaria oficial etc.

Veamos ahora en qué términos plantea Lucía Etxebarria todos estos temas y qué conclusiones se pueden extraer de ellos.

Comencemos por el primer aspecto citado, el de los problemas de identidad, género, roles y diferencia.

Hay un fragmento de La Eva futura que resume muy bien cuáles la postura de Lucía Etxebarria sobre los papeles atribuidos tradicionalmente a hombres y mujeres:

"(...) hay que iniciar la deconstrucción de la masculinidad y la feminidad tradicionales puesto que el desigual ritmo de los perfiles de género está dificultando nuestras vidas, la de los hombres y las mujeres, nuestras relaciones y nuestras posibilidades para desarrollarnos como individuos libres (...)"4

Habla aquí, como vemos, de la necesidad de replantearse qué es lo que se considera femenino y masculino dentro de nuestra sociedad. Utilizar la palabra deconstrucción significa no dar por sentado esto último, aceptar que no hay biologismo ni papeles indiscutibles para ambos sexos. Con ello demuestra su filiación al feminismo clásico, como también lo demuestra al usar el término género y al hacer una distinción entre sexo y género, posición ésta muy difundida por el feminismo desde los años setenta.5

Éste es uno de los ejes que vertebran las ideas feministas que Lucía Etxebarria expone tanto en La Eva futura como en Nosotras que no somos como las demás. Al mismo tiempo, la distinción entre sexo y género va unida a la aceptación y el uso de otras categorías relacionadas, como rol, estereotipo y norma, que junto a aquéllos, son definidos por la autora en un esclarecedor párrafo de La Eva futura.

Así, pues, Lucía Etxebarria distingue entre unos roles ("predeterminación en la conducta de una persona, algo que la sociedad espera y anima"), muy unidos a la norma ("cómo se debe comportar la gente") y el estereotipo ("cómo se suele comportar la gente").6 Y afirma que tanto los roles como la identidad de género se aprenden:

"Una persona nace con un sexo determinado (...), pero más tarde tendrá que avenirse a adoptar determinados comportamientos o actitudes, los que corresponden a su género. Al hablar de género nos referimos a una serie de patrones que cada cultura adjudica a un sexo".7

Esta idea de los géneros sirve para reforzar lo que Lucía Etxebarria ha explicado en las páginas anteriores sobre el valor, en otras culturas y épocas, de algunos atributos vistos hoy como femeninos.8 Y también para insistir en la idea de lo difícil que es determinar qué es biológico y qué social en hombres y mujeres. Un problema éste que la autora destaca también en el prólogo de Nosotras que no somos como las demás, donde también reclama la necesidad de un "replanteamiento de los aspectos profundos del pensamiento social".9

Es decir, que lo que Lucía Etxebarria –como gran parte del feminismo– reclama es que se dejen de considerar como propios de hombres y de mujeres ciertos comportamientos, funciones y roles cuya atribución a un sexo u otro tiene más que ver con la cultura que con la biología o la genética.10

Ahora bien, eso no significa que hombres y mujeres no tengan también diferencias, sino que deben ser tratados de la misma manera y poseer iguales derechos y deberes. Nada más.

Porque es evidente que hay diferencias biológicas claras según Lucía Etxebarria; pero ¿cuáles son? Éste es si siguiente desafío, "una vez se ha admitido que la mayoría de las diferencias que tradicionalmente se establecen entre sexos no son naturales sino que se adjudican arbitrariamente según cada cultura".11 Para esta autora, la cuestión que debatir es la siguiente: "¿existen las diferencias reales entre hombres y mujeres? Y si existen, ¿cuáles son?".12

Aunque Lucía Etxebarria reconoce que las propias feministas son reacias a diferencias de género, "arguyendo que todas, menos las más obvias y visibles, son producto de la cultura y no de los genes", ella se desmarca y afirma que las diferencias son "reales y variadas".13 Pretende demostrarlo en las páginas siguientes mediante la enumeración y somera descripción de una serie de promedios biológicos que no se analizan con detalle y de los que no son citadas sus fuentes de procedencia: la tendencia de las mujeres a ser más daltónicas y menos diestras, su mayor densidad de neuronas, las diferencias en la constitución del cerebro, la presencia de cierto tipo de células etc. A lo largo de tres páginas se despliega una enumeración de características que se dan por sentadas sin ser explicadas ni contrastadas y sin que sus fuentes sean citadas, cosa extraña tratándose de argumentos que se quieren científicos y no de impresiones particulares. Estas diferencias, según la autora, "se adecuan a los diferentes patrones genéticos como cazadores-puericultoras-recolectoras".14

Pero, como advierte la propia Lucía Etxebarria, esto no debe malinterpretarse, ya que ella sólo habla de "promedios" y parte de que todo no es "ni blanco ni negro". Al final, su conclusión parece ser que muchas de las características biológicas que se consideran más propias de las mujeres están también presentes en los hombres y viceversa, de manera que "no existen características propias de unos que sean completamente ignoradas por el otro".15 Así, habría que empezara reconocer que "las diferencias entre hombres y mujeres son exactamente eso, diferencias, y no defectos" y que éstas no implican "diferencias de derechos ni tampoco diferencias sustanciales de comportamiento".16

Discutidos, pues, todos estos asuntos sobre lo que deberían ser las cosas, la realidad se impone y toca ya hablar de problemas más relacionados con la sociedad de hoy, en la que la diferencia sí condiciona la situación de los sexos:

"(...) hombres y mujeres vivimos experiencias en parte idénticas y en parte distintas, y nuestra visión del mundo, desgraciadamente, está condicionada a ese ser diferente en función de nuestro género".17

A los que puedan objetar o discrepar de ello, Lucía Etxebarria les obsequia con una enumeración de estadísticas sobre la presencia de las mujeres en distintos ámbitos de la vida española y europea, como la empresa, la política o los malos tratos.18 Estos problemas son los que quiere eliminar el postfeminismo, tercera ola feminista o feminismo del poder (versus feminismo de la diferencia). Su objetivo sería propugnar "un orden social más equitativo que redundaría en beneficio de todo el sistema, no sólo en el nuestro propio".19

Parte de lo que reclama este feminismo de última hornada viene enumerado en el prólogo de Nosotras que no somos como las demás, donde la autora habla en nombre de "algunas mujeres" para desgranar lo que reclaman (salarios iguales, guarderías subvencionadas); lo que no admiten (que se las llama ninfómanas cuando demuestran sus intereses sexuales); lo que no les gusta (que cuestionen su decisión de vivir solas); con lo que no se conforman ( con trabajos infrapagados o infravalorados).20 Por otro lado, en varias partes de La Eva futura se trata de todos estos asuntos. Por ejemplo, hay un capítulo, llamado "Bocados de realidad", que se compone de artículos, noticias y cartas de lectores aparecidos en varias publicaciones nacionales y que versan sobre problemas como la mujer en el trabajo, el reparto de las tareas del hogar o los hombre feministas. Asimismo, a lo largo de La Eva futura la autora se acerca a temas como el mito de la belleza, Barbie, la industria cosmética etc.

De todas estas ideas expuestas se deduce cuáles la función del feminismo y de las feministas hoy, que queda si cabe más aún de manifiesto en un párrafo que resume muy bien todo lo anterior:

"No hemos venido a proclamar la lucha de sexos, sino a abrir un debate acerca de la necesidad de replantear la vigencia de unos roles obsoletos sobre lo que nuestra sociedad considera femenino y masculino, que lejos de ser un producto de una tendencia natural son construcciones sociales destinadas a reforzar la separación artificial entre hombres y mujeres, una distancia creada para mantener una estructura de poder desequilibrada e injusta que nos perjudica a la postre a ambos sexos.21

Todo lo que hemos expuesto hasta ahora se refería al feminismo que podríamos llamar social. Queda aún por ver las cuestiones relacionados con la mujer y la literatura, que son tratados fundamentalmente por Lucía Etxebarria en La letra futura –aunque haya referencias en otras partes– y que giran en torno a varios puntos.

En primer lugar, la autora reclama, siguiendo con la idea de la diferencia y de las visiones distintas del mundo desarrollada en La Eva futura y Nosotras que no somos como las demás, la existencia de un imaginario propio de las mujeres y de una historia propia. En definitiva, de un "vivir y escribir como mujeres".22

Así, Lucía Etxebarria afirma que "a la tradición literaria de las mujeres le corresponde una subversión tanto literaria como política"23, un subversión que conlleva romper con las funciones de objeto literario que concedió la sociedad patriarcal a la mujer; pone de ejemplo los papeles clásicos asignados por la tradición en la literatura ("musas, madres y amadas, o el de putas, adúlteras o locas") o los tres modelos femeninos por excelencia, según ella, del siglo XIX: Madame Bovary, Ana Karenina y Anita Ozores.24

Por tanto, prosigue la autora, no es descabellado hablar de una literatura femenina "al referirnos a textos con rasgos específicos que permiten a las mujeres reconocerse a sí mismas".25 Entre estos rasgos, que Lucía Etxebarria enumera a continuación en un solo párrafo, sin explicarlos ni desarrollarlos, se cuentan un lenguaje más reflexivo, matizado y sensual, un tono intimista, un mayor uso de la primera persona y la autobiografía, una mayor presencia de lo cotidiano y una forma distinta de tratar las experiencias eróticas.26

Es precisamente este último punto el que sirve a Lucía Etxebarria para argumentar que el sexo del autor condiciona sus escritos, hecho que "se percibe muy claramente en las diferentes maneras en que hombres y mujeres abordan las escenas eróticas".27 Lo prueba contrastando las obras de tres escritores (Maupassant, Henry Miller y Manuel Hidalgo) y tres escritoras (Colette, Anaïs Nin y Almudena Grandes) a lo largo de unas líneas, para concluir que "ellos son más visuales y descriptivos, ellas más sensuales y plásticas, porque los hombres cuentan lo que ven y las mujeres lo que sienten".28 También afirma que el erotismo de las mujeres está más cargado de imágenes, "entendiendo la imagen como un simple ornato sino como un modo de conocimiento".29

A continuación, la autora afirma, también en pocas líneas, que la literatura femenina ha superado los tres prototipos de personajes femeninos creados por la literatura masculina (la abandonada, la rechazada y la diabólica) para aportar un nuevo tipo de mujer: "ni bella ni elegante, pero tampoco una amazona ni una prostituta ni una arpía".30 También habla de los nuevos motivos que ha traído consigo la literatura femenina, como la relación madre-hija.

Así, Lucía Etxebarria afirma que "la literatura femenina existe como género, y como género que puede interactuar con tantos otros",31 aunque, eso sí, también se encarga de decir que "hablar de tradición femenina no implica (...) encerrar la obra en un gueto".32 Simplemente, es un punto de vista entre muchos otros para estudiar una obra literaria, punto de vista que no implica dejar de lado a todos los demás.

Por último, la autora se ocupa de la representación de las mujeres en el mundo de las letras. En primer lugar, repasa algunos casos de escritoras infravaloradas por la tradición en comparación a sus contemporáneos masculinos, en una lista que compara, sin analizar causas o particularizar los casos, a Chacel con Cela, Joyce con Woolf/Stein, Stevenson con Austen, Galdós con Pardo Bazán, Capote con McCullers.33 Según la autora, en todos estos binomios, la escritora es la menos valorada. Y, a continuación, habla de la escasa representación de las mujeres en antologías, en la Academia, en congresos y de los prejuicios que existen sobre la literatura femenina y que la equiparan a un tipo de subliteratura.34

Así, pues, hemos visto cómo Lucía Etxebarria repasa tres aspectos diferentes de los problemas de la mujer hoy en día –las representaciones en el imaginario colectivo de roles y estereotipos; la realidad social y económica; el campo de las letras– para poner de manifiesto las dificultades a que han de hacer frente. Hemos podido ver también cómo la autora se vale repetidamente de una serie de recursos: la enumeración de datos y, sobre todo, de estadísticas; las listas comparativas; la falta de argumentación; la enumeraciones paralelísticas.

A continuación veremos si estas mismas ideas y estos mismos recursos aparecen en su obra narrativa.


En un principio, y ciñéndose a los aspectos más superficiales y obvios de las novelas y cuentos de Lucía Etxebarria ( que incluso podríamos situar en la presentación editorial, a través de los comentarios de las solapas y las contracubiertas de los libros), parece que éstas son obras en que las mujeres tienen un papel preponderante.

El título del libro de cuentos –Nosotras que no somos como las demás– así lo proclama, como también lo hace el breve texto llamado DRAMATIS PERSONAE, insertado entre el prólogo y los relatos, en el que se describe a las cuatro protagonistas de los mismos. En Beatriz y los cuerpos celestes el título ya hace pensar en una protagonista femenina, que de hecho resulta ser también la narradora, y la contracubierta nos aclara que es "historia de tres mujeres: Cat, lesbiana convencida; Mónica, devorahombres compulsiva, y Beatriz, que considera que el amor no tiene sexo". Su primera novela, Amor, curiosidad, prozac y dudas, no da pistas en el título, pero la contracubierta sí nos revela que hay tres mujeres protagonistas: Ana, Cristina y Rosa.

La lectura confirma no sólo estas expectativas, sino también la preponderancia de personajes femeninos en la obra de Lucía Etxebarria, una suerte de combinatoria y juego de espejos en que las mujeres de ficción se entrecruzan en toda clase de relaciones íntimas. A pesar de que todos personajes importantes son mujeres, se trata de tipos diferentes –casi se puede hablar de prototipos– que se oponen, se atraen, se repelen, se necesitan, se odian y se aman. Ésta es una constante en las dos novelas de Lucía Etxebarria: centrarse, más que en las relaciones entre hombres y mujeres (que también aparecen, aunque secundariamente), en las relaciones entre mujeres. Y no sólo en las de las figuras protagonistas entre sí: hay igualmente una serie de mujeres cuya aparición es más episódica pero no por ello menos significativa.

Este mapa de relaciones femeninas es muy evidente en Amor, curiosidad, prozac y dudas, donde las protagonistas son tres hermanas con vidas en principio muy diferentes: Ana, un ama de casa que, aunque cree haber elegido la vida que la haría feliz, no lo es; Rosa, una alta ejecutiva, de brillante carrera y vida personal gris; y Cristina, la más libre y feliz en apariencia, camarera por decisión propia y promiscua según ella misma se define, pero lastrada por el peso de un desamor reciente. Cada una de ellas intenta buscar la felicidad, y las tres usan para ello sustancias artificiales: tranquilizantes, prozac y drogas. Es esto lo que le lleva a decir a Cristina en el último capítulo que quizás no sean tan diferentes, aunque crean lo contrario y así lo digan a lo largo del libro. Al margen de esta relación entre las tres hermanas, aparece en segundo término la figura de la madre, con la que ninguna de las tres parece tener una gran intimidad, y un par de amigas de Cristina, Line y Gemma, anoréxica la primera y lesbiana que rompe con estereotipos clásicos la segunda.

En Beatriz y los cuerpos celestes la trama gira en torno al amor que Beatriz siente hacia dos mujeres diferentes: Mónica, durante su adolescencia en Madrid, que no pasa de ser su amiga inseparable; y Cat, en Edimburgo, con la que convive durante varios años y que, a pesar de ello, no logra apagar el fulgor que Mónica ha dejado en la protagonista. Asimismo, hay otras relaciones importantes. Por ejemplo, la de Beatriz con su madre (una madre de clase alta muy parecida a la de la anterior novela: radicada en Madrid pero procedente de la burguesía norteña; engañada por un marido mujeriego; puritana y con una rancia idea de la decencia), que se caracteriza por un exceso de protección que deriva en una especie de odio cuando la primera crece y deja de depender de la segunda. O la de Beatriz y Mónica con Charo, la madre de ésta, directora de una revista de modas, adicta a la cirugía, a la decoración y los cosméticos y obsesionada por parecer eternamente joven, guapa y elegante. O la de Beatriz con todos los grupos donde trata de integrarse –compañeras de colegio, de universidad, grupos gays–, que nos habla de su incapacidad de adaptación a los roles imperantes.

En principio aparecen, pues, varios tipos de mujer que encarnan concepciones diferentes del mundo, aunque al final, como se ve en Amor, curiosidad, prozac y dudas, se descubra que las diferencias son sólo superficiales. Así, podría pensarse que estamos ante ejemplos extremos de la alienación femenina, es decir, de diversas muestras de la difícil situación de la mujer en nuestra sociedad, de diversos tipos de mujeres por edad, posición, opción sexual u opción religiosa y política. Incluso se podría decir que se trata de arquetipos que pueblan el imaginario social actual. Tendríamos, por ejemplo, a la ejecutiva que ha renunciado a todo por su carrera y que, una vez en lo más alto, se siente fracasada; la mujer que lo deja todo gustosamente para casarse y ocuparse de la casa pero que se siente desgraciada y entra en crisis; la chica joven e independiente que no se recupera de un desengaño amoroso; las madres rígidas (frígidas, incluso) que son víctimas de su propia educación machista y su catolicismo ultranza; la mujer madura, víctima a su vez de la obsesión de la sociedad por la juventud perpetua. Al mismo tiempo, hay otros personajes más ambivalentes e inclasificables, como Beatriz, que lucha tanto contra los modelos impuestos por su educación como contra aquellos que quiere imponerle la comunidad gay.

Parece haber, por tanto, mujeres en crisis por varias razones: por la excesiva carga inhibitoria de unos modelos de conducta que no otorgan a la mujer la libertad que desea, que parecen negarle el desarrollo profesional si elige la familia y viceversa, que la condena a ser una paria (como Beatriz) si no adopta los modelos genéricos vigentes (ya sea homosexuales o heterosexuales), que es víctima de su educación pero que, si se replantea los roles establecidos por ella, tampoco alcanza la felicidad.

Todo esto son conclusiones que extraemos del análisis de los personajes y sus relaciones, de las ideas que están latentes en ambas novelas. Pero, como decimos, son sólo ideas, combinatorias argumentales. Hay, desde luego, toda una visión de los problemas de la mujer, pero ¿de qué manera se presentan estas cuestiones que, como vimos más atrás, están tan presentes en los ensayos de Lucía Etxebarria?

El compromiso feminista en la obra de esta escritora aparece bajo la apariencia que le confieren diversos ropajes. Hay recursos más y menos usados, pero la mayoría de ellos tienen que ver con la preponderancia en las dos novelas de Lucía Etxebarria de la primera persona. Esta preponderancia –repartida entre las tres hermanas en Amor, curiosidad, prozac y dudas y limitada a Beatriz en Beatriz y los cuerpos celestes– no sólo permite, como casi siempre, que los personajes expongan por sí mismos sus vivencias, sus sentimientos y contradicciones, sino también que conozcamos de primera mano sus opiniones sobre algunos conflictos y, más en concreto, sobre su propia situación como mujeres. De hecho, en algunos momentos, la voz narrativa se vuelve casi ensayística o incluso reivindicativa. Veamos algunos casos.

En las novelas de Lucía Etxebarria hay una tendencia bastante acusada a que los personajes se expliquen a través de su pasado. O, mejor dicho, a que expliquen la manera o el medio en que han sido educados para que luego se comprenda cómo no han llegado a cumplir esas expectativas o lo infelices que han sido intentando adecuarse a esos papeles preestablecidos dados por el entorno social. Se trata, en definitiva, de un conflicto entre roles, género y sexo. Este conflicto –que recorre grosso modo toda la narrativa de la autora en tanto en cuanto afecta a casi todos sus personajes– se deja ver sobre todo en dos pasajes: sendos saltos atrás en la narración de Cristina en Amor, curiosidad, prozac y dudas y de Beatriz en Beatriz y los cuerpos celestes en los que ambas explican su educación, su infancia y el sentimiento de no encajar en el mundo en el que les ha tocado vivir.

Beatriz relata su infancia y adolescencia en un extenso pasaje35 que comienza con la reveladora frase "En el mundo en que yo crecí parecía estar muy claro lo que era un hombre y lo que era una mujer", y que continúa así:

A las mujeres les correspondía una cierta forma de docilidad, de refinamiento, de sensibilidad de gustos (...). Ellos eran más fuertes y rudos, menos sensibles, más encaminados al trabajo duro".36

El problema para Beatriz aparece cuando se da cuenta de que las cosas "no eran tan claras como las monjas y los padres querían hacernos creer" y llega a ser consciente de que, comparándose con "la idea que las monjas y mi madre tenían sobre la niña que debía ser",37 ella nunca llegaría a ser así. Tampoco el contacto con sus compañeras de clase, que si cumplen con los roles del género, la libra de ese sentimiento, y sólo la amistad con Mónica conseguirá hacerla feliz.

Cristina, por su parte, habla, en el primer capítulo de Amor, curiosidad, prozac y dudas,38 de sus deseos de ser chico, del papel inferior de la mujer debido a que "Dios era chico"39 y ellas, en cambio, Hijas de María y mujeres como Eva, lo cual las encerraba dentro de unas funciones más pasivas y las "condenaba a la inactividad".40 Todo esto se expone mientras Cristina recuerda la educación que le daban las monjas en el colegio, de la misma manera que la propia Lucía Etxebarria recuerda la suya en La Eva futura, en un capítulo titulado "Sobre la educación religiosa" que trata de cómo el hecho de poner siempre de ejemplo a la Virgen ha marcado a las mujeres.

Por tanto, Cristina y Beatriz (y la propia autora) parecen seguir itinerarios educacionales paralelos, y también es paralela su lucha para escapar de los modelos impuestos por monjas, progenitores y demás agentes. Su manera de ser y de actuar está muy condicionada por todo esto, y de ahí que insista en el pasado y se usen los recuerdos de la infancia en este sentido.

Este uso de los recuerdos lo encontramos también en otros pasajes de ambas novelas, y también en otros personajes como Ana y Rosa. Pero en el caso de estas dos hay otro recurso más explícito que se usa para caracterizarlas y para que el lector vea cómo han consagrado su vida a un solo aspecto. Se trata de la alternancia de la exposición de sus sentimientos con un discurso que se centra en sus actividades cotidianas: el trabajo para Rosa, el hogar para Ana. Por ejemplo, en el capítulo titulado "H de hastío",41 Ana cuenta la historia y los problemas de su familia alternando esa narración con largos párrafos en que se dice cómo limpiar bien un salón, cómo arreglar una abolladura en la madera, cómo lavar unas cortinas o cómo hacer huevos rellenos. Más adelante, en "T de triunfadora",42 Rosa alterna el relato de su escapada a Málaga para celebrar sus treinta años y el análisis de sus frustraciones con fragmento entrecomillados de libros tipo "Cómo ser una mujer de negocios de éxito". También el capítulo "F de frustrada",43 el discurso de Rosa mezcla, al principio, su historia personal con citas de informes sobre mujeres, economía y cómo vestirse en el trabajo.

Esta alternancia de discursos parece querer mostrarnos cómo Rosa y Ana sufren su excesiva dedicación a un solo aspecto de su vida y cómo, en definitiva, no son tan diferentes como pudiera parecer a simple vista.

Por ultimo, dentro de los recursos relacionados directamente con la primera persona está aquel que ya hemos comentado de pasada y que guarda una relación mayor con el ataque explícito, con el compromiso presentado con mayor claridad, sin filtros narrativos como, en los casos anteriores, la rememoración de la infancia o el discurso alternante. En este caso, por el contrario, el yo toma la palabra y opina, condena o defiende sin tapujos. Lo vemos, por ejemplo, en Beatriz y los cuerpos celestes cuando la misma Beatriz critica la frivolidad y la automarginación de una comunidad, la gay, en la que se resiste a integrarse44 o el fanatismo de las chicas del grupo de trabajo de la facultad consagrado a la literatura femenina.45

Así, pues, hemos visto tres recursos relacionados directamente con el narrador en primera persona: la rememoración del pasado, la alternancia de discursos y la opinión directa. Los tres sirven para poner de manifiesto diversos problemas de la mujer que Lucía Etxebarria exponía en sus ensayos: la educación, los roles impuestos, la tendencia a etiquetar, el fanatismo y las dificultades en el mundo laboral.

Al margen de esto, hay otros recursos que también guardan relación con la narración en primera persona pero que no se ciñen tanto a la vida, los sentimientos o las opiniones de la voz narrativa sino más bien con su mirada sobre otros personajes y, más en concreto, con la descripción de éstos. La diferencia respecto a la opinión directa radica en que en este último caso lo que se ponía en primer plano era la opinión sobre la realidad descrita, mientras que aquí se remarcan ciertos elementos de la realidad. Es éste un recurso que se usa principalmente para caracterizar personajes o, mejor dicho, una forma de vida. Lo encontramos de forma clara en el retrato de dos de ellos (Ana y Charo, la madre de Mónica), y en ambos casos de manera idéntica: a través de los muebles de la casa. Ambas poseen en sus respectivas viviendas muebles de marcas caras, como un sillón de Rose Bobois, una cocina con azulejos de idéntico origen y un costurero antiguo que cumple las funciones de una mesilla.46 También aparece para dibujar a la madre de Beatriz, cuando se enumeran en un párrafo todas las cosas que la caracterizan (maquillaje en polvo, mechas doradas, club de bridge, rosarios de pétalos de rosas, la Inmaculada Concepción en la mesilla de noche, tubos de pastillas47) o sus actividades cotidianas.48 Asimismo, hay otro pasaje de Beatriz y los cuerpos celestes en que la obsesión de Charo por la belleza y juventud queda de manifiesto al enumerar sus costumbres, manías y operaciones de cirugía estética.49

Finalmente, otro recurso que es usado para introducir cuestiones relacionadas con el feminismo y la problemática de las mujeres es el diálogo entre los personajes. No demasiado utilizados –frente al gran peso de la introspección y la narración en primera persona– permiten, sin embargo, desarrollar cuestiones relacionadas con el llamado feminismo del poder con bastante explicitud, como vemos en el capítulo de Amor, curiosidad, prozac y dudas "E de enclaustrada, enamorada, empleada y encadenada".50 En él, Rosa va a ver a Cristina y acaban hablando de la dificultad de compaginar la maternidad con una carrera brillante, de ascender en una empresa si se es mujer, de encontrar un hombre que no sea machista.51 Se pone en boca de ambas hermanas, y de manera bastante explícita, ideas que ya han sido expuestas en La Eva futura y que no son difíciles de reconocer. Por otro lado, en el capítulo llamado "I de intolerancia"52 asistimos a una escena en que Cristina y su amiga Line se suben a un autobús al volver de una fiesta y reciben las miradas reprobatorias de los hombres que están dentro por su aspecto y por contar sus experiencias sexuales durante el trayecto.

Hemos visto, por tanto, que, aparte de la preponderancia de la primera persona y los recursos directamente relacionados con ella, hay otros, como la descripción de objetos o los diálogos, que sirven igualmente para poner de ciertas ideas feministas, ya sea porque completan la caracterización de un personaje y su forma de comportarse ( es el caso de Charo, Ana o la madre de Beatriz ), porque ponen en boca de alguien protestas e ideas varias (recuérdese la conversación entre Cristina y Rosa), o porque revelan la intolerancia de los demás (como en el episodio de Cristina y Line en el autobús).


Hecho ya el repaso de varios puntos importantes de la narrativa de Lucía Etxebarria, podemos concluir que en ella el compromiso feminista expresado en los ensayos aparece de diversas maneras. Por un lado, de una forma explícita. Por ejemplo, cuando algún personaje expone problemas de diferencia y roles narrando su propia experiencia infantil, o cuando condena o critica algo, aunque sea camuflándolo a medias en un diálogo que tiene lugar en un bar. Por otro lado, de manera latente, a través de los retratos de varios tipos de mujeres que son muy diferentes pero que, al final, tiene que lidiar con dificultades muy similares, como se ve al final de Amor, curiosidad, prozac y dudas, porque, en definitiva, todas son víctimas.

En este sentido, podemos incluso ver en la narrativa de Lucía Etxebarria una encarnación de la idea de literatura femenina que ella misma preconizaba desde las páginas de La letra futura: una literatura que "explora las relaciones entre mujeres como nunca se había hecho, dando lugar a diferentes temas (...) [como] la relación madre-hija o entre hermanas, o la ambigua relación amor-odio/cooperación-competencia que se establece entre amigas íntimas (...)".53 Creemos, pues, que el verdadero compromiso de Lucía Etxebarria, más allá de las específicas reivindicaciones y denuncias de signo feminista que hemos detectado en sus novelas, está en hacer este tipo de literatura asumidamente femenina sin que ello suponga ningún desdoro ni matiz peyorativo alguno.

 

NOTAS

  1. Con "obra" nos referimos a sus dos primeras novelas -Amor, curiosidad, prozac y dudas (Barcelona, Plaza y Janés, 1997) y Beatriz y los cuerpos celestes (Barcelona, Destino,1998) -, a la recopilación de cuentos Nosotras que no somos como las demás (Barcelona, Destino, 1999) y al ensayo La Eva futura/La letra futura (Barcelona, Destino, 2000); no tendremos en cuenta aquí su primer poemario, Estación de infierno (Barcelona, Lumen, 2001), aparecido durante la redacción del presente trabajo, y su última novela, De todo lo visible y lo invisible, ganadora del último Premio Primavera de Novela y de reciente publicación en Espasa-Calpe.

  2. En esta concepción del ensayo como texto en que el autor habla en su propio nombre seguimos a Pedro Aullón de Haro, y, más en concreto, su obra Los géneros ensayísticos en el siglo XX, Madrid, Taurus, 1987.

  3. Esta definición aparece tanto en el prólogo de Nosotras que no somos como las demás, págs. 8-9, como en La Eva Futura, pág. 17.

  4. La Eva futura, cit., pág. 34.

  5. Para una buena síntesis de la evolución de las ideas sobre género, sexo y diferencia vid. María Dolores Rivera Garretas, Pensar el mundo en femenino, Barcelona, Icaria, 1994.

  6. La Eva futura, cit., págs. 24-25

  7. Ibid., pág. 25.

  8. Ibid., págs. 17-22.

  9. Nosotras que no somos como las demás, cit., página 8.

  10. En este sentido, se incluye una lista comparativa en La Eva futura, cit.,págs. 25-26, con objetos, colores y comportamientos tradicionalmente considerados femeninos o masculinos, aunque no se comenten posibles matices o puntualizaciones al respecto.

  11. La Eva futura, cit., pág. 27.

  12. Ibid., pág. 27.

  13. Ibid., pág. 28.

  14. Ibid., pág. 29.

  15. Ibid., pág. 32.

  16. Ibid., pág. 33.

  17. Este párrafo aparece tanto en La letra futura, cit., pág. 107, como en Nosotras que no somos como las demás, cit., pág. 9, sin niguna modificación ni variación.

  18. De nuevo esta enumeración es idéntica en La letra futura, cit., pág. 107, y en Nosotras que no somos como las demás, cit.,págs. 9-10.

  19. La Eva futura, cit., pág. 17.

  20. Nosotras que no somos como las demás, cit., pág. 9.

  21. Aparece así en Nosotras que no somos como las demás, cit.,pág. 10 y La Eva futura, cit., pág. 17.

  22. La letra futura, cit.,pág. 110.

  23. Ibid.; pág. 110.

  24. Ibid.; pág. 110-111.

  25. Ibid.; pág. 111.

  26. Ibid.; pág. 111.

  27. Ibid.; pág. 111.

  28. Ibid.; pág. 111.

  29. Ibid.; pág. 112.

  30. Ibid.; pág. 112.

  31. Ibid.; pág. 115.

  32. Ibid.; pág. 113.

  33. Ibid.; pág. 116.

  34. Curiosamente, la mayoría de los argumentos, datos y comparaciones que Lucía Etxebarria usa para refrendar sus ideas aparecen también en el libro de Laura Freixas Literatura y mujeres, publicado casi al mismo tiempo; por ejemplo, esta última menciona, para justificar una idea sobre el lenguaje en hombres y mujeres, las parejas Cela/Chacel, Joyce/Woolf, Céline/Colette (pág.206). Este hecho es en cierto modo previsible, pues la propia Etxebarria da gracias a Freixas al principio del capítulo de La letra futura titulado "Con nuestra propia voz: a favor de una literatura de mujeres" (págs. 105-121).

  35. Beatriz y los cuerpos celestes, cit., págs.137-144.

  36. Ibid., pág.137.

  37. Ibid., pág.138.

  38. Amor, curiosidad, prozac y dudas, cit., págs.16-17.

  39. Ibid., pág.17.

  40. Ibid., pág.18.

  41. Ibid., págs. 95-106.

  42. Ibid., págs. 253-260.

  43. Ibid., págs. 61-84.

  44. Op.cit., págs. 39-52.

  45. Ibid., págs. 191-194.

  46. En Amor, curiosidad, prozac y dudas se dice que, en casa de Ana, "un costurero de pino viejo comprado en una almoneda y retaurado (...) hace las veces de mesilla" (pág.89), y en Beatriz y los cuerpos celestes, "un costurero de pino viejo hacía las veces de mesilla de noche "(pág.87) en la habitación de Charo; asimismo, las cocinas de Ana y Charo lucen ambas "una antigua pila de granito" procedente de Italia, con "unos grifos antiguos de mármol del Trentino" y rodeada de "azulejos antiguos" de "una fábrica de cerámica ibicenca"(págs.90 y 81, respectivamente).

  47. Op. cit., pág. 83.

  48. Ibid., pág. 98.

  49. Ibid., pág. 104-108.

  50. Op. cit., págs. 47-59.

  51. Ibid., págs. 52-58.

  52. Ibid., págs. 107-119.

  53. La Eva futura/La letra futura, cit., pág.112.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • AULLÓN DE HARO, Pedro, Los géneros ensayísticos en el siglo XX, Madrid, Taurus, 1987.

  • ETXEBARRIA, Lucía, Amor, curiosidad, prozac y dudas, Barcelona, De Bolsillo, 2000 (ed. orig.: Barcelona, Plaza y Janés, 1997).

  • ETXEBARRIA, Lucía, Beatriz y los cuerpos celestes, Barcelona, Destino, 1998.

  • ETXEBARRIA, Lucía, Nosotras que no somos como las demás, Barcelona, De Bolsillo, 2000 (ed. orig.: Barcelona, Destino, 1999).

  • ETXEBARRIA, Lucía, La Eva futura/La letra futura, Barcelona, Destino, 2000.

  • FREIXAS, Laura, Literatura y mujeres, Barcelona, Destino, 2000.

  • RIVERA GARRETAS, Mª Milagros, Nombrar el mundo en femenino, Barcelona, Icaria, 1994.

 


Juan Senís Fernández es Licenciado en Filología Hispánica, Universidad de Castilla-La Mancha (1997), D.E.A. d'études romanes, Université Paul Valéry-Montpellier II (1998). Becario de investigación en Teoría de la Literatura en el Departamento de Filología Hispánica de la Facultad de Letras de Ciudad Real (Universidad de Castilla-La Mancha).


 

© Juan Senís Fernández 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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