Nuevas fronteras y escenarios culturales
en la Sociedad de la Información


Dr. Joaquín Mª Aguirre Romero
aguirre@eucmax.sim.ucm.es
Facultad de Ciencias de la Información
Universidad Complutense de Madrid


   

El siguiente texto es el de la conferencia impartida en el Curso organizado en el mes de julio de 2000 por la Universidad de La Laguna, en la isla de La Gomera, con el título "Periodismo y fronteras culturales", bajo la dirección de la Profesora Olga Álvarez de Armas, a la que quiero agradecer de nuevo su amable invitación. Con posterioridad, ha aparecido publicado en una obra en la que se reunen las intervenciones con el mismo título: Periodismo y fronteras culturales (Madrid, Tauro Ediciones, 2001 pp. 23-45). Quiero agradecer también las valiosas intervenciones en el coloquio de la profesora Silvia N. Barei, de la Universidad de Córdoba (Argentina) y la amable paciencia de los alumnos asistentes al curso.


 

I

El marco.

Una de las cosas con las que solemos entretenernos en discutir las personas que nos dedicamos a esto de pensar el mundo de la cultura y la comunicación es lo que se ha dado en llamar el "determinismo tecnológico". La idea central es que los medios y tecnologías de la comunicación determinan la forma de la cultura en cada momento de la Historia. Esta idea tiene sus detractores, pero como discutir esto es laborioso y probablemente no les interese demasiado, lo vamos a dejar en una fórmula más simple. Hoy somos conscientes de que se han producido unos cambios tecnológicos que nos llevan hacia una nueva forma cultural que ha sido denominada "Sociedad de la Información", sea esto lo que sea, dada nuestra tendencia a inventar primero la etiqueta y luego diseñar el producto. Junto a este término se agrupan otros como "Aldea Global", Post-industrialismo, Post-Modernidad, etc. que intentan definir con mayor o menor grado de consenso el mismo fenómeno -el cambio histórico- desde perspectivas diferentes. Lo cierto, no sé si por sugestión, es que nos sentimos diferentes, incluso extraños en este mundo en el que los cambios son cada vez más acelerados. La impresión que tenemos es la de encontrarnos ante una de esas películas trucadas que nos muestran resumido el crecimiento de las plantas, que dura semanas, en unos pocos segundos. Nos encontramos en eso que el sociólogo Anthony Giddens ha utilizado como descriptivo título de su libro más reciente: Un mundo desbocado.

Estos cambios sociales se han producido por toda una serie de factores, uno de los cuales, sin duda, es el de las tecnologías de las comunicaciones. Los sistemas sociales son complejos, nunca hay un factor exclusivo que determine al resto, sino que todos ellos contribuyen a la configuración de la sociedad en su conjunto. La importancia de un factor está en función de su capacidad de actuar sobre otros factores a los que modifica, multiplicándose su efecto.

Nos toca hoy hablar de las "fronteras culturales" en esta sociedad nueva que se está formando. Las fronteras son los límites, los bordes de los espacios, las líneas que delimitan nuestros movimientos, en este caso, en la Cultura. Las fronteras, pues, marcan un allí y un aquí de nuestras posiciones y posibilidades. Pero las fronteras de las que hablamos son elásticas, cambiantes, son más bien retos ante el futuro, direcciones y sentidos. Nuestras fronteras definen y redefinen escenarios para la Cultura: escenarios presentes y posibles escenarios futuros. Podemos dibujar con mayor o menor precisión nuestros escenarios actuales, pero nos resulta más complicado definir nuestros escenarios futuros, precisamente por esa velocidad del cambio a la que antes aludíamos. No por ello debemos renunciar; más bien lo contrario: cuanto más complejo se nos presenta el futuro, cuanto más confuso, mayor es nuestra obligación de reflexionar sobre él. Porque pensar el futuro es ayudar a construirlo conforme a nuestra libertad de decidir. Hemos sustituido el destino por la necesidad y si no pensamos en nuestro futuro, alguien lo hace por nosotros. Ante un proceso de cambio histórico, es, pues, necesario -y quizá más que nunca- pensar nuestros futuros, delimitar nuestras fronteras e imaginar nuestros escenarios posibles. La Cultura -otro término de difícil acuerdo- no es un elemento independiente del resto y, quizá, hasta sea el resultado de todos ellos.

Por ello, antes de entrar a hablar de los cambios, quizá sea conveniente hacer algunas consideraciones previas que nos permitan recordar en qué mundo nos encontramos. Creo que no podremos avanzar mucho en este proceso de comprensión si no somos capaces de ver los pilares sobre los que se asienta y la forma en que se manifiesta su dinamismo interior. Las Sociedades son sistemas complejos en los que todos los factores contribuyen a su construcción. Veamos algunos de estos factores, puesto que determinan esas fronteras o límites de lo cultural, entendido en su acepción más amplia.

El primero de ellos es la transformación de nuestra sociedad en una sociedad de consumo. Las transformaciones económicas y políticas que se producen en Occidente al término de la Segunda Guerra Mundial desembocan en la creación de una Sociedad estructurada sobre el consumo como elemento dinamizador de la actividad económica y social. Es el consumo el que determina el crecimiento de las economías. No se puede producir más si no existe un consumo que dé cuenta de la producción. Esto obliga a una excitación permanente del cuerpo social, que se ve constantemente presionado y dirigido hacia un muestrario de bienes que se amplía constantemente. La presión sobre los consumidores se hace, de forma directa e indirecta, a través de los medios de comunicación en su sentido más amplio -no solo los de Información-, que pasan a convertirse en los catálogos del sistema de consumo. Las formas directas son las que se relacionan con la publicidad y las indirectas las que representan la forma de vida que implican el consumo de esos productos. Un sistema de consumo vive de la vida corta de los productos o de su acumulación. Lo que antes se creaba para durar lo más posible, ahora se construye para durar una temporada, el período de tiempo fijado para su vida en el mercado. Esto afecta de igual forma a los coches que a los productos culturales, ya que son producidos dentro de un sistema que exige la renovación periódica del mercado para poder continuar produciendo con ritmo frenético.

Ligado a este proceso de producción destinada al consumo, tenemos un segundo factor, la globalización de los mercados. Se exige la retirada de las barreras que aíslan y protegen las economías nacionales para permitir los movimientos de los bienes y capitales entre los diferentes estados. Pero el efecto de la globalización va más allá de los procesos económicos o, si somos más precisos, amplía el marco de lo económico a otras esferas. Como tendremos ocasión de ver, este es precisamente uno de los factores clave de la nueva situación cultural, ya que implica una serie de procesos de uniformación cultural. También los medios de comunicación tienen una importancia capital en este aspecto ya que su alcance se multiplica por efecto de esa misma globalización.

Como tercer factor tenemos lo que podemos denominar el fenómeno de la "empresarización" de la sociedad. El barbarismo que utilizamos hace referencia al traspaso de la mentalidad empresarial a todos los ámbitos sociales. Hoy hay que tener "mentalidad empresarial" en cualquier actividad; la mentalidad empresarial se ha extendido a esferas que no son necesariamente las de las empresas. La empresa se ha constituido en el paradigma de la estructura del funcionamiento social, en su punto de referencia.

La forma más sencilla de definir una empresa es decir que es una organización que se dedica a la obtención de beneficios. La forma en que los consiga depende de las reglas del juego. Observen que no decimos que una empresa es una organización que tiene como objetivo la creación de productos con los que se pueda obtener un beneficio. Esta mentalidad es la de la antigua empresa. La nueva empresa es una organización cuyo eje y fin no es el producto en sí sino el beneficio que produce. La diferencia es importante y ha supuesto una autentica revolución, una revolución que distingue las empresas tradicionales de las empresas nuevas. En realidad, la nueva empresa no es más que una organización circunstancial con la que obtener un beneficio superior a la inversión realizada. Lo existente es el capital y la empresa es la forma histórica que éste adquiere para conseguir su objetivo. El modelo empresarial ha saltado a otras esferas, incluida la pública y hoy los políticos se consideran gestores, administradores más que otro tipo de referencias con las que quizás no iría a todos mejor. Entienden que su deber es, ante todo, que les cuadren las cuentas del Estado, que pasa a ser una Gran Empresa que, si no gana dinero, al menos no debe perderlo. Que las cuentas cuadren no está mal, pero hay muchas formas de cuadrar las cuentas, como todos sabemos. Como veremos, esta circunstancia de la nueva mentalidad económica ha sido determinante en la configuración del espacio cultural, quizá, deberíamos ya decir del "mercado cultural" en el que nos encontramos metidos.

Otro factor importante, consecuencia de los anteriores, son los procesos de fusiones y concentraciones empresariales en todos los ámbitos, incluido el cultural. En un mundo más grande —y a la vez más pequeño—, el tamaño y el poder de las empresas deben aumentar. El mundo es más grande porque se levantan las barreras y es posible actuar en casi todas partes; pero también es más pequeño, porque las posibilidades de competencia y conflicto aumentan: donde estoy yo también pueden estar los otros. Ya no hay reparto; solo competencia sobre los mismos espacios; porque ahora hay solo un espacio: el global.

El último de los factores que completan este marco es el desarrollo de las tecnologías de las comunicaciones y la implantación del mundo digital. Sin perder de vista todos los factores anteriores, es el que nos guiará en esta exposición. Las tecnologías de las comunicaciones se han desarrollado de forma espectacular en los últimos años y todavía se esperan grandes avances con la implantación de nuevas infraestructuras que amplíen las posibilidades actuales. La comunicación es un elemento básico en la definición de la Cultura. La Cultura solo es posible allí donde hay procesos de comunicación, de intercambio. Estos procesos se dan con los medios y tecnologías disponibles socialmente, desde la oralidad interpersonal a los satélites de comunicaciones, de la carta al correo electrónico, del teléfono a la videoconferencia.1

Los avances en las comunicaciones, incluidos los transportes, favorecen la extensión de la Cultura, en el sentido antes indicado, es decir, favorecen los procesos de intercambio.2 Hoy tenemos los medios de comunicación y transporte más poderosos de la historia de la Humanidad. El problema principal radica en que se han convertido ellos mismos en productos y productores de consumo. McLuhan decía que el medio era el mensaje; deberíamos rectificarle diciendo que "el medio es el producto" ya que el mensaje no es contenido, sino consumo, es decir trivialización de los mensajes. Los ejemplos más claros de este proceso lo tenemos en la proliferación de medios o de espacios en los medios destinados a ser escaparate de personajes fabricados con la finalidad exclusiva de ser consumidos por los lectores o espectadores; también, de forma clara, en esos actores que se ven obligados en las tele-series a declararse su amor o su odio con un yogurt o cualquier otro producto en las manos, rodeados de carteles publicitarios o en esas personas -deportistas, actores, hombres de cultura, etc.- que solo pueden ser grabados si están rodeados de toda clase de logotipos de marcas del producto que sea.

Con todo este marco dibujado, creo que ya podemos enfrentarnos a un intento de definición del escenario en el que nos encontramos y de las posibles direcciones -esas fronteras o límites- que podemos esbozar.

¿En qué escenario se encuentra nuestra cultura? Sumemos los factores anteriores para formar un enunciado:

Nuestro actual modelo cultural se da en el marco de una sociedad de consumo, constituida por un mercado global, en la que se produce conforme a modelos empresariales de rentabilidad y beneficio usando los grandes avances en los sistemas de comunicación e información.

El consumo es el factor determinante. Como ha señalado Zygmunt Bauman en una obra reciente: "En esta "segunda modernidad", en esta modernidad de consumidores, la primera e imperiosa obligación es ser consumidor; después, pensar en convertirse en cualquier otra cosa."3 El hecho de que nuestra sociedad sea una Sociedad de consumo implica que también los bienes culturales están inmersos en estos sistemas de producción. Gran parte de los bienes culturales que producimos utilizan los mismos mecanismos de producción que cualquier otro tipo de bienes en el mercado.

Un mercado orientado al consumo es un mercado que produce aquello que es esperado por el grupo mayor de consumidores. También es una situación en la que los que producen presionan por distintos medios intentando dirigir el gusto general hacia sus productos. Muchas veces se invocan los deseos de los consumidores para justificar cosas injustificables. Se olvida que todo acto de consumo es un acto de aprendizaje, que no hay acto de consumo neutral ni indiferente y, mucho menos, en el campo cultural. La tele-basura, las malas películas, los malos libros crean malos hábitos de la misma manera que los buenos productos audiovisuales o los buenos libros crean buenos espectadores o buenos lectores. El peor enemigo de un buen libro no es la televisión o el cine, como muchas veces se piensa y dice; el peor enemigo es el mal libro, que dificulta la lectura de los buenos libros. El peor enemigo del buen cine es el mal cine. El peor enemigo de la buena televisión es la mala televisión. Son los malos productos culturales -de cualquier especie- los que impiden que se disfruten los buenos. Los buenos hábitos de consumo cultural solo se adquieren tras una relación prolongada, mientras que los malos se generan rápidamente porque se basan en la repetición y en la serialización.

La relación entre consumo y cultura es doble. Por un lado, los productos culturales necesitan ser puestos en circulación, pero, por otro lado, no deben ser agotados. Es decir, el bien cultural debe tender a ser un bien duradero, usado socialmente pero inagotable en su riqueza. Lo valioso es lo que se incorpora a la Cultura, lo que se deposita como substrato para permitir continuar creciendo históricamente. Las sociedades tienen futuro porque son capaces de tener pasado. Nuestra sociedad produce sin trascendencia; produce sin depósito y esto es peligroso porque produce individuos sin sentido de la Historia, es decir, irresponsables. Tener sentido de la Historia no es creer que ésta se dirige a un lugar o a otro, sino saber que todo lo que hacemos determinará hacia dónde nos dirigimos.

La famosa frase de Stendhal en la que decía que con su escritura jugaba un billete de lotería para dentro de cien años, muestra una actitud diametralmente opuesta a la que está hoy generalizada. A Stendhal, al menos según se desprende de su frase, no le importaba el presente de su obra; solo le importaba su futuro, es decir, su permanencia en el tiempo, su capacidad de sobrevivir a las circunstancias del presente que despreciaba.

Nuestra producción de bienes culturales, por el contrario, hace del consumo cultural un acto de agotamiento porque no le interesa el bien en sí, sino el bien como parte de un proceso continuo, de una cadena: el de la consumición misma. Los productos culturales forman parte de cadenas programadas: programadas en su producción y previstas en su consumo, porque ya no se puede producir más que con un mínimo de riesgo. Las elevadas inversiones necesarias para ello exigen que el mercado sea lo más homogéneo posible para que lo programado se cumpla sin desvíos.

 

La Sociedad digital

Cuando hablamos de Sociedad Digital debemos separar claramente tres aspectos. En primer lugar, los procesos de transformación de lo mecánico y de lo electrónico analógico en todos los ámbitos de la vida cotidiana y laboral, de la administración y las empresas. Estos cambios llevan años produciéndose - muchos de ellos imperceptiblemente para los usuarios- y son el resultado final de la electrificación, comenzada hace más de un siglo. Los objetos mecánicos son sustituidos por objetos electrónicos. Nuestros relojes ya no hacen tic-tac, por poner un ejemplo claro. También se introducen nuevas máquinas que pueden realizar trabajos sustituyendo a viejas máquinas o a personas. Todo esto cambia nuestro escenario material y las relaciones que se dan en él.

El segundo sentido de Sociedad Digital es el que se refiere a los cambios profundos, a los cambios que afectan a nuestras estructuras mentales, a nuestra forma de concebir el mundo que nos rodea. Jay David Bolter, hace casi veinte años, utilizó el término "Hombres de Turing"4, para señalar que nuestra metáfora explicativa del mundo había pasado a ser el ordenador, como el libro lo había sido en la Antigüedad, o el reloj mecánico para explicar el funcionamiento de universo desde el Renacimiento. El libro, el reloj, la máquina de vapor, el ordenador son herramientas sobre las que se construyen otras metáforas que impregnan las culturas. La metáfora de la computación está presente en gran parte de nuestras disciplinas, desde la psicología a la física. La Máquina de Turing, que ni siquiera era una máquina en el sentido material del término, sino un ejercicio de abstracción, se convierte en el substrato cultural de nuestra época.

Existe un tercer sentido de Sociedad Digital, el que se refiere a las comunidades virtuales, a lo que se ha denominado el Ciberespacio. La idea de comunidad es básica en toda sociedad y en la formación de su cultura. Las comunidades son formas en las que se estructura la sociedad en su conjunto. Las comunidades no están circunscritas al espacio físico, sino que pueden mantener sus redes de contactos, como sucedía con los monasterios medievales repartidos por Occidente. Los miembros de una comunidad se sienten miembros no por estar juntos físicamente, sino porque establecen lazos especiales que les diferencia de otras comunidades.

El Ciberespacio es una manifestación específica de la Sociedad Digital. Quizá sea, social y culturalmente, la más importante. El Ciberespacio es la condensación virtual de lo que implica la digitalización de la sociedad, es, podemos decir, el uso civil. Cuando vemos su tejido, nos damos cuenta que está compuesto por millones de comunidades de los tamaños más diversos; que las gentes que se conectan a través de sus ordenadores establecen lazos con otras personas. Las redes de comunicación convierten al ordenador en una máquina sociable. Por eso es importante no perder de vista los dos fenómenos: los informáticos y las telecomunicaciones. Forman, conjuntados, una situación nueva y poderosa. Algo absolutamente inédito en la Historia.

Esta especie de mundo paralelo, virtual, no está aislado del mundo material, por más que hace unos años tuviera gran circulación en las redes un Manifiesto proclamando la independencia del Ciberespacio. Lo constituyen las personas reales; no anula sus otros vínculos sociales y, además, les permite establecer otros nuevos. El gran éxito de la Red es precisamente ese, la ampliación de las relaciones sociales. Los grandes medios de comunicación convencionales -la Televisión, la Prensa, la Radio- no tienen la capacidad de crear comunidades porque fluyen en una sola dirección. Son instrumentos que utilizamos para informarnos, pero no para relacionarnos directamente. Los medios de masas han transformado nuestra cultura en el sentido de que son las fuentes más importantes de adquisición de conocimientos, pero no crean comunidades por sí mismos. La diferencia entre una masa y una comunidad es precisamente la que se establece entre la verticalidad y la horizontalidad de las comunicaciones. La información vertical uniforma la sociedad, por eso es fundamental la pluralidad de medios, el contraste de las informaciones, para que exista una opinión pública más rica.

El Ciberespacio, por el contrario, establece la posibilidad del doble flujo y, por eso, no se forman masas sino comunidades, grupos cuyos vínculos son establecidos por los propios miembros.

La cultura digital

¿Qué entendemos por cultura digital? La cultura puede ser entendida como una serie de objetos clasificados o como una serie de procesos. Si nos atenemos a la primera forma, la cultura es lo que constituye el canon. Son los grandes textos, los grandes cuadros, las grandes obras musicales, etc. Si nos atenemos a la segunda fórmula, la Cultura son los procesos que permiten que esas obras sean creadas, materializadas, distribuidas, utilizadas, asimiladas, rechazadas, sustituidas, etc.

La Red se ha convertido en la gran alternativa para la producción cultural. Y era lógico que así sucediera porque es el espacio posible del riesgo, del debate, del encuentro fructífero. La ventaja de la Red es que es un escenario doble, reversible: es un espacio de producción y es un escenario de visualización.

El ordenador es una herramienta versátil capaz de producir una gran diversidad de objetos. Cuando este ordenador se conecta a una Red se convierte en un medio de comunicación que asume las dos polaridades que estaban separadas en los medios tradicionales: tiene la capacidad de convertir a su poseedor en receptor y a la vez en emisor. De hecho, el ordenador posee la cualidad de asimilar todos los medios anteriores. Al principio esto se vio positivamente, porque se contempló desde un solo ángulo: el ordenador era el receptor universal. A aquel que tuviera un ordenador se le podían hacer llegar todos los medios: la prensa, la radio, la televisión, los libros, etc. Pero no se vio -o no se quiso ver- que si era el receptor universal, también podía ser el emisor universal. Esto implicaba que cada usuario conectado a la Red era un potencial medio de comunicación.

Cuando descubrieron esto, se produjo un cierto pánico que se tradujo en dos reacciones. La primera fue criticar la abundancia de material en la red, señalar que era un caos, y denigrar cualquier tipo de fuente que pudiera ser competencia informativa. La segunda fue más peligrosa. Se trató de seccionar las posibilidades de emisión de los ordenadores. Esto se intentó mediante dos estrategias. A la primera la podemos calificar de lobotomía digital. Consistía en lanzar al mercado un ordenador descerebrado, un ordenador sin disco duro. Fue lo que se denominó el Net-PC, un ordenador que solo servía para navegar por la red, es decir, convertir a los usuarios en espectadores, llevarlos a una situación similar a la de los espectadores de televisión. Un ordenador sin disco duro es un ordenador incapaz de producir porque es un ordenador sin programas, solo los necesarios para la navegación, un ordenador sin inteligencia productora. El segundo intento es más sutil. Consistió en derivar la red hacia el televisor. Se nos ofrecía la posibilidad de navegar desde nuestra pantalla televisiva, sustituir el ratón por el mando a distancia. Este proceso denominado de convergencia concentraba en el televisor todos los dispositivos receptores separados. Como en el primer caso, la facilidad de navegación exigía la renuncia a la posibilidad de producción.

Algunos titulares de prensa, no hace mucho tiempo, proclamaban la muerte del PC. Se pretendía sustituir por otras máquinas especializadas -las vídeo-consolas, por ejemplo- para romper la capacidad proteica del ordenador. El ordenador es la máquina capaz de una mayor y más diversa productividad de las inventadas por el ser humano. Si las máquinas convencionales tratan de ahorrar esfuerzo y energía, el ordenador, además, es la máquina con la que se puede poner en marcha la imaginación.

 

Los objetos culturales digitales

Cuando hablamos de "objetos culturales digitales" podemos hacerlo en varios sentidos, todos ellos presentes en el término. El primero sentido es el que se refiere a aquellas formas u objetos culturales cuya base es digital, es decir, formas nuevas culturales que se desarrollan gracias a la existencia de una tecnología: la digital. Pienso en formas como la Infografía, un escenario realmente nuevo en el que la tecnología digital se pone al servicio de las artes gráficas, o en el Hipertexto, en el campo de la creación literaria, o formas híbridas como la Poesía cinética, en la que se fusionan aspectos del grafismo móvil con las artes de la palabra; también en los formatos Multimedia en los que se produce la convergencia del vídeo, el diseño gráfico, la palabra escrita, la voz y la música. También otro campo de desarrollo importantes y todavía inexplorado como es la Realidad Virtual, capaz de generar escenarios en los que podemos interactuar mediante la inmersión. Todos ellos son elementos nuevos en el escenario cultural y su presencia se debe al nuevo mundo digital.

Pero también están los procesos de digitalización, es decir, la transformación de objetos culturales de diversos campos susceptibles de ser trasladados a formatos digitales. A diferencia de los objetos culturales digitales señalados anteriormente, la producción de este tipo de objetos conlleva procesos de transformación complejos y en los que entran factores muy diversos, desde los hábitos sociales hasta los costes económicos. Podemos afirmar, sin duda alguna, que es aquí donde se percibe con más claridad la transición al mundo digital; también con más dramatismo. Los procesos de reconversión no solo afectan a los objetos en sí, sino también a los que los producen y a las estructuras de producción misma. De ahí que, en gran medida, se perciban como traumáticos, aunque, como veremos, no siempre es así.

El ejemplo más evidente de todo esto es la transición del sector literario. La digitalización en el campo de lo textual -expresión con la que englobamos todos los géneros, de la novela al periodismo, de la poesía a la carta- tiene dos etapas bien definidas. La primera de ellas es la que podemos calificar como industrial y afecta a los procesos de producción. Hace ya muchos años que las industrias editoriales y periodísticas se digitalizaron. Las editoriales no aceptaban más que originales con sus correspondientes disquetes; casi puede decirse que obligaron a los autores a digitalizarse. Se transformaban las herramientas de trabajo en busca de una mayor rapidez, eficacia y, también hay que decirlo, una reducción considerable de personal. Aquel proceso comenzó con la aparición de las primeras máquinas electrónicas de composición y siguió con la progresiva digitalización de prácticamente todas las máquinas participantes en el proceso de edición. Pero todas ellas desembocaban en la producción de un objeto material: el libro, papel impreso, plegado y encuadernado. Como no variaba el objeto final, tampoco variaban los hábitos y prácticas de consumo que generaba. De hecho, nadie tenía por qué notar que el libro era el resultado de una industria digitalizada; era una cuestión de puertas para adentro.

Lo mismo podemos decir del mundo del periodismo. Hace muchos años que las redacciones cambiaron sus -hoy- entrañables máquinas de escribir por terminales de ordenador. No fueron solo las máquinas de escribir. Cambiaron, de forma paralela a las editoriales, todos los procesos de producción. También las tripas de los periódicos eran digitales desde hace muchos años. Pero también, al igual que con el libro, el producto final seguía siendo un objeto material: el periódico o la revista. Esto implicaba que tampoco se modificaban los hábitos de los lectores ni los mecanismos de distribución, que seguían siendo iguales. La digitalización seguía estando en la cocina.

No es hasta que se crean unas condiciones exteriores favorables que se cuestiona la materialidad de los objetos culturales. Las condiciones favorables son, evidentemente, las que se desprenden de la digitalización general de la sociedad. El mundo digital es un mundo de "terminales", porque es un mundo de redes de comunicación; es un mundo compuesto por millones de ordenadores u otros aparatos -como ahora la telefonía móvil- con la posibilidad de recibir información o de acceder a ella desde cualquier punto del globo.

En este proceso no se da el pistoletazo de salida hasta prácticamente los primeros años noventa o, si somos más precisos, hasta los años 94-95, en los que por primera vez la información comercial supera a la académica, auténtica iniciadora del desarrollo socializador de las redes. Es desde ese momento cuando se empiezan a abrir las posibilidades de que cambien los objetos finales, el momento en que se vislumbra que las redes de comunicación no son un fenómeno pasajero, una moda -como dijeron algunos-, y que los que las usaban eran "locos de la informática", como se acostumbraba a tildar a todos aquellos que pasaran más de dos horas sentados delante de un ordenador.

Todo aquello que se había aceptado como una mejora empresarial y productiva se convertía en un debate social que todavía continúa y probablemente siga mucho tiempo mientras el proceso avanza: son los debates sobre la "muerte del libro", la "muerte de la prensa", y todo tipo de fallecimientos por digitalización.

Existe una cierta ironía en el hecho de que son los mismos grupos económicos los que hacen avanzar o tratan de dirigir los movimientos de transformación tecnológica. Así es posible que se apueste por el comercio electrónico, pero se esté en contra de la prensa digital; que se vendan enciclopedias multimedia, pero se esté en contra del libro electrónico.

La sociedad digital y su vertebración

Si hay algo claro, aunque muchos no lo quieran ver así, en el efecto conjunto de la digitalización y las redes de comunicación es que han cambiado las reglas del juego. La sociedad digitalizada dispone de unos instrumentos potentes que, como suele suceder, pueden ser utilizados con fines diversos e incluso opuestos.

El primer elemento que hay que tener en cuenta es la presencia del ordenador como herramienta. Probablemente no se haya diseñado una máquina más versátil que el ordenador. Nuestro ordenador es una máquina abierta. A diferencia de otras máquinas que se han ido haciendo más específicas en sus funciones, el ordenador es una máquina multifuncional y modular. Permite ser dedicada a muchas y muy distintas tareas. Gracias a la existencia de múltiples programas, nuestra máquina digital es capaz de producir cosas que antes tenían que hacer muchas otras de forma separada. Esto es importante en sí mismo, pero es más importante en su efecto creativo multiplicador. Como dispositivo aglutinador, reúne tareas que habían sido separadas en la Historia por efecto de la especialización.

Pongamos el caso del libro y la edición. Cuando se inventa la imprenta, con la excepción de la figura del autor, todas las funciones posteriores a la escritura estaban reunidas en la figura del impresor. El impresor renacentista era editor, librero y distribuidor. En su taller se componían los textos, se diseñaba la edición, se vendían las obras y se distribuían a otros impresores en el caso de que hubiera acuerdos para sacar conjuntamente alguna obra. Todas estas funciones se separaron por efecto de los procesos de especialización, dando lugar a las figuras de los impresores, los editores, los distribuidores y los libreros.

Hoy existen cientos de miles de páginas en la red que permiten a los autores volver a situaciones similares a las de aquellos pioneros de la edición mecánica. El autor escribe su obra, realiza los procesos de maquetación electrónica gracias a los programas adecuados, puede ilustrarla él mismo y ponerla en un servidor en la red para que sea accesible a lectores de todo el mundo o enviarla a una lista de suscriptores. Todo ello lo realiza desde la misma máquina: su ordenador.

Hace tiempo, quizá por falta de conocimiento o de perspectiva histórica, se cometió el error de despreciar este carácter artesanal de la producción literaria. Las grandes empresas de la edición veían con desprecio este tipo de producciones. Sin embargo, después del fiasco del experimento del e-book, un autor de ventas millonarias, un autor por el que cualquier editorial vendería su alma, ha decido editar el mismo sus obras en la red. El autor es Stephen King. Pero, lo peor del caso, es que mientras todos buscan desesperadamente fórmulas para sacar dinero de la Red, King ha decidido ofrecer gratuitamente su obra. Todavía peor: Stephen King ha tomado la decisión de que todos aquellos lectores que quieran acceder hasta su obra puedan hacerlo libremente y que aquellos que lo deseen le envíen una cierta cantidad de dólares. Si King hubiera decidido regalar su obra habría sido aceptable, pero que se la edite él mismo y deje en libertad a sus lectores del pago o no de la obra atenta contra todos los sagrados valores de la sociedad de consumo.

King afirma que el sistema se le ocurrió cuando un lector, que había obtenido un copia pirata de su novela, le envió un cheque por valor de dos dólares y medio como resultado de una crisis de conciencia. Sin embargo, el acto de King, con lo que tiene de emblemático, no tiene nada de nuevo. De hecho era el sistema normalizado en la red alrededor del año 95. ¿Tenemos que recordar que en esas fechas estaba considerado como una falta muy grave incluir cualquier mensaje comercial en la red? ¿Tenemos que recordar la historia de los dos abogados americanos bombardeados informáticamente por cometer la osadía, hace apenas seis o siete años, de incluir publicidad de sus servicios profesionales en el correo electrónico?5

El caso de King es significativo porque forma parte de algunas situaciones que podemos calificar de claves, situaciones en las que todos los que tratan de deducir hacia dónde se dirige esta masa extraña que es la red. Son casos de cuya resolución depende, en gran medida, si no el futuro, sí las decisiones que algunos tomarán. Otro caso de este tenor es el de la famosa librería Amazon, record simultáneamente en ventas y en pérdidas y que parece intentar imponer el extraño principio empresarial de que lo importante es vender aunque sea con pérdidas, que contradice todas las doctrinas económicas. Son casos, como decimos, de laboratorio, de experimentación de comportamientos y direcciones, y que reservan muchas sorpresas a los gurus del éxito rápido en la Sociedad de la Información.

Lo que mucha gente no parece comprender es que la Red es un fenómeno insólito en la historia de la Humanidad, una situación tan nueva que muchas veces no sirven demasiado las experiencias de fuera de la misma red. El primer efecto de las redes de comunicación es la formación de comunidades. Esto que puede parecer evidente no lo es tanto para muchos que prefieren seguir haciendo sus cálculos con el concepto de audiencia, propio de los medios audiovisuales. La Red no es un conjunto de millones de personas sentadas al otro lado de la pantalla de un ordenador esperando tranquilamente a que le lleguen una serie de programas. Los que trabajan sobre hipótesis de este tipo se equivocan radicalmente.

El valor de la red es un valor potencial; pero no es el valor de consumo potencial, que es el factor que se está barajando de forma continua. Su potencial es, sobre todo, creativo. La capacidad de producir, de crear desde su base misma, desde la sociedad. La Sociedad de la Información no puede acabar siendo la sociedad del entretenimiento, un gigantesco parque de atracciones virtual. Debe ser mucho más.

Desde esa responsabilidad, a la que antes aludíamos, de plantear escenarios posibles de desarrollo, modestamente exponemos aquí las nuestras: nueve proposiciones -amplias, generales-, que nos parecen necesarias para ese futuro digital que es el de todos.

 

II

Nueve propuestas culturales para la sociedad digital.

1ª) Las fronteras de la lengua: el español como lengua de todos.

Las fronteras naturales en la Red son las que determinan las lenguas. En la Red están todos las lenguas, incluso algunas lenguas muertas. El espacio natural de la Cultura está determinado por la pertenencia de los sujetos a sus comunidades lingüísticas. Aunque puedan ser muchas las diferencias culturales entre comunidades, la lengua permite una forma natural de intercambio y de mutua influencia.

Hasta ahora se está hablando del español en la Red en términos cuantitativos y, lo que es peor, en términos de competencia y expansión. Los hablantes del español son objeto de cálculo comercial, más que cultural. Se ha reprochado a España -y creo que con razón- hablar solo de mercados potenciales del español y practicar un neocolonialismo cultural agresivo. Las redes se convierten entonces en un instrumento más de penetración económica y no en lugar de encuentro.

La lengua española es una propiedad de todos y cada uno de los países en los que se habla. Nos tienen que recordar -y hacen bien- que son más de trescientos millones de hablantes en Hispanoamérica frente a los cuarenta millones de pasaporte español. Hay que abandonar de una vez esa retórica de los liderazgos y hacer una política más del hombro con hombro, de la igualdad. Abandonar también esa retórica de la competencia con el inglés o con cualquier otra lengua que no busca más que financiación para sus propios intereses de industria cultural.

España se encuentra escindida entre sus intereses europeos y su integración natural con el resto de los pueblos de habla hispana. La red es el mejor instrumento para lograr puntos de encuentro. De hecho, en estos pocos años de funcionamiento, ha servido como foro de un rico intercambio, lejos de las retóricas oficialistas. Hay que intensificar nuestra participación en la construcción de la comunidad virtual hispana. Una comunidad no contra los que hablan otras lenguas, sino a favor de la nuestra; no por rivalidades, sino por necesidad cultural.

Estoy en contra de los intentos, reclamados periódicamente por algunos sectores, de crear una red en español. Creo que encubren el deseo de convertirse en líderes de algo, el deseo de ser directores de un proceso que será tanto más efectivo cuanto más abierto y menos dirigido esté. La Red no necesita ni directores ni líderes; la red crece naturalmente, por incorporación de sujetos. Los que no comprendan esto lo único que harán será gastar dinero y esfuerzo inútilmente y, además, algo peor: sembrar dudas sobre sus intenciones ocultas.

2ª) Es necesaria la presencia de espacios de convergencia de la intelectualidad hispana.

En los últimos años se habla mucho de la crisis de los intelectuales. Se nos dice por parte de filósofos, sociólogos y demás intérpretes de la sociedad que han sido sustituidos por los especialistas y que éstos ya solo saben hablar de lo suyo, de su campo. Esta interpretación oculta otra más evidente: la falta de espacios, la falta de escenarios para el debate intelectual. Hoy solo se puede llegar a la sociedad a través de los medios de masas y estos, como hemos visto, se han convertido en su mayoría en escaparates del consumo.

La Red es un lugar privilegiado de encuentro cultural e intelectual. Permite el mantenimiento de espacios de debate, de crítica del sistema y está más libre de los condicionamientos que lastran las posibilidades de los medios convencionales. La Red permite el establecimiento de foros y debates, de movimientos de respuesta a problemas, propios y comunes. En la medida en que es un espacio informativo, es un espacio de ideas, una gran tribuna mundial, superior a cualquier otro foro creado hasta el momento. Además, es público, es decir, tiene trascendencia inmediata y su velocidad de respuesta es inmensamente superior a cualquier otro.

La intelectualidad de casi todos los países permanece en gran medida en un estado de semisomnolencia o, quizá sea más justo decir, de palabra con sordina, mitigada su voz por el constante ruido de la trivialidad con la que otros ocupan los espacios mediáticos, únicas tribunas posibles hasta el momento. Son ya muchos los intelectuales de diferentes campos que se van introduciendo en la red a través de espacios diversos. Los casos más evidentes son los de aquellos países en los que existen restricciones a la libertad de expresión o se encuentran en situaciones de información vigilada.

Creo que esta sociedad que estamos construyendo entre todos, el mundo en que vivimos, necesita de más opiniones, de más ideas. Hoy por hoy, esas ideas se encuentran, en gran medida, sepultadas por toneladas de informaciones, filtradas o reducidas. La Red es el espacio adecuado para llegar más lejos, más rápidamente y a más gente.

3ª) Son necesarios proyectos culturales comunes.

Como hemos señalado, la Red, a la vez que un escenario de visualización, es también un lugar de producción. Desde sus orígenes, antes de que el mundo comercial la usara como prolongación de los otros medios, se caracterizó por la creación de "Proyectos", es decir, de propuestas de trabajo de gran envergadura que se ofrecían para la colaboración en ellos a través de la misma red. Estos proyectos se constituyeron como las auténticas ONGs de la cultura. Integradas por voluntarios repartidos por todo el mundo, han tejido una malla cultural importante que sigue creciendo. Liderados por instituciones públicas y privadas garantizan que la Red sea depositaria de información cultural importante y no un mero ciber-anuncio.

Existen proyectos de todo tipo: desde los que rescatan la producción de algún autor olvidado hasta los que utilizan miles de ordenadores repartidos por todo el mundo para hacer cálculos que se tardarían años en hacer; están los que buscan crear gigantescas bibliotecas de textos accesibles a todos o los que analizan señales de los radiotelescopios.

Millones de personas esperan oportunidades de participar en nuevos proyectos en los que volcar el deseo de colaboración. Si hay algo que se aprende de la Red -la lección más importante- es que existe el altruismo y la generosidad, que el mundo es algo mejor que la jungla competitiva que vemos cada día.

4º) La gratuidad es un valor cultural.

En mundo sobrecomercializado, la gratuidad es un bien necesario; casi el único acto revolucionario posible. La Red fue una demostración de la generosidad y el altruismo desde sus orígenes. No ha decrecido este valor, solo parece menor por el contraste con la parte comercial. La gratuidad puede garantizar, en muchos casos, la independencia cultural. Apostar por la gratuidad de los servicios y la información no es sencillo cuando prácticamente todo se vuelve objeto de transacciones y cálculos comerciales. Sin embargo, entendemos que debe existir, como fuerza de equilibrio, una tendencia a ofrecer para compartir.

5º) Cooperación para el desarrollo cultural.

Hagamos una globalización cultural positiva. Por "positiva" entiendo la que rechaza el uso de la Red para el colonialismo cultural. Una globalización cultural positiva es la que ofrece su cultura, pero también la que ayuda a que los otros desarrollen las suyas. La globalización debe ser la del acceso generalizado y no la presencia que barre a los demás. Hoy se entiende la globalización como un proceso de unificación de mercados y, como hemos visto, esto nos lleva a una uniformidad progresiva. No se trata solo de volcar información en las redes; también hay que ayudar al desarrollo tecnológico para que los demás puedan desarrollarse en todos los sentidos, en el cultural y en el económico.

Los proyectos de cooperación a través de la Red permiten la formación de grupos de trabajo en los países más desarrollados conectados con otros grupos de trabajo en aquellos lugares donde sea necesario ponerlos en marcha. La ayuda a distancia es una posibilidad que se está desarrollando poco todavía y requiere no solo que se abran vías de comunicación, sino la creación de infraestructuras en los lugares de aplicación. Por esto es importante no abrir grandes brechas en el desarrollo de infraestructuras. En la medida en que desarrollamos nuestras infraestructuras de comunicaciones y no ayudamos a que los demás desarrollen las suyas nos estamos alejando de ellos y cerrando posibilidades de trabajo conjunto.

6º) Por un pensamiento diverso.

Frente a los movimientos reductores, anuladores de la creatividad y de la variedad cultural en beneficio de los productos homogéneos, hay que apostar por la Red como el escenario de la diversidad. Cuanto más rica sea su textura, cuanto más diverso sea su tejido, más alto será su valor. Se dice habitualmente que la aparición de todos los grandes medios fue siempre saludada como la posibilidad de llevar adelante grandes proyectos ilustrados y que esta ilusión pronto se vio frustrada en cada caso.

El doble carácter, profundamente individual y, a la vez, profundamente colectivo de la red nos hace tener esperanzas de que pueda ser el medio ideal para el crecimiento cultural diversificado. Frente a los grandes medios masivos, a los que necesitan grandes audiencias uniformes, la Red tiene el gran valor de las escalas. La diversidad de los tamaños que acoge es ilimitada. En la Red no se necesitan grandes públicos para existir y esto es un factor determinante para la supervivencia de la diversidad.

Cuando se dan las cifras de los millones de personas conectadas en todo el mundo, se tiende equívocamente a considerarlos en los mismos términos que los públicos de los medios convencionales. Este error de percepción pueden pagarlo caro muchos proyectos y empresas en los próximos años. En la Red conviven en igualdad de condiciones, con el mismo público potencial -cualquiera que esté conectado- los grandes y los pequeños, y es el que se conecta quien elige conforme a sus preferencias.

En la Red no existe la invisibilidad a la que son sometidos muchos bienes culturales o ideas en los mercantilizados espacios de la información. La visibilidad en la Red no está en función de los esfuerzos publicitarios, sino en función del número de enlaces que nos dirigen hacia un punto y estos se establecen conforme a muchos criterios, no exclusivamente económicos. Lo que tiene interés es apoyado por muchos otros a través de los enlaces.

Son precisamente estas dos características, la expansión a través del interés de otros y la escalabilidad de las audiencias las que confirman la Red como un escenario de diversidad, un espacio capaz de acoger la riqueza que queda marginada por los reductores sistemas basados en el consumo.

7ª) Respetar la libertad de la Red.

Para que todo esto se pueda desarrollar es fundamental que se respete la libertad de la Red. Los intentos de controlarla hasta ahora han sido repelidos por la comunidad del ciberespacio o han perecido por su propia megalomanía. Ni los intentos políticos, ni los jurídicos, ni los comerciales han conseguido poner puertas a algo que de por sí no puede tenerlas. Los poderes públicos de cada país, los organismos internacionales deben garantizar la libertad del ciberespacio, con las lógicas restricciones y persecuciones de los comportamientos delictivos, así como el derecho de acceso de todos.

La libertad de la Red es el gran reto jurídico y político de las próximas décadas. Nos enfrenta a nuevos problemas o a nuevas perspectivas de otros antiguos. Un espacio virtual mundial en el que se produce la convergencia de informaciones que provienen de países con diversas normativas legales, con distintos criterios éticos y morales, con diversos grados de libertad o conceptos muy distintos de esa libertad, forzosamente, tiene que ser un quebradero de cabeza jurídico para cada uno de los países. Pero lo que nos enseña la Red es precisamente, como unas nuevas Cartas persas o un cuento volteriano, es el relativismo de los planteamientos que se juzgan como absolutos: Lo que aquí está mal, allí está bien.

La libertad de la Red es un bien de incalculable valor en la medida en que es escaparate de los valores de los demás y tendrá su efecto sobre las mentalidades individuales y sobre el tejido social en su conjunto. En este sentido, será un agente dinamizador de las libertades allí donde sea más necesario.

Es muy significativo que en algunos países con ausencia de libertades, la Red sea una preocupación política de primer orden. Saben que Internet es el medio menos controlable, el medio capaz de burlar las censuras y restricciones que imponen a sus pueblos, el más difícil de parar en su avance. Los libros, los periódicos prohibidos ya no tienen que pasar las fronteras clandestinamente.

Este grado de libertad es muy molesto para mucha gente, para muchos regímenes, que ven debilitarse su poder de imponer el silencio o de cambiar las palabras. Controlar la información en una Sociedad de la Información no es una empresa sencilla. La facilidad para crear medios al margen de los convencionales -algo que asusta a algunos empresarios y profesionales- es también una forma de liberarse de los condicionamientos económicos que los medios y los profesionales tienen.

La libertad de expresión se materializa socialmente cuando se dispone de un medio a través del cual expresarse. La libertad de prensa que, como su propio nombre indica, es la libertad de imprimir, de materializar en papel las ideas propias o ajenas para hacerlas llegar a otros, adquiere otra dimensión en la sociedad digital, en la que los usuarios de las redes son potenciales medios de comunicación. Disponer de medios al alcance de todos no es, como algunos han señalado, convertir la sociedad en un caos informativo. Es la posibilidad del ejercer un derecho que queda limitado, en gran medida, por la dificultad del acceso a los medios tradicionales.

8º) Favorecer la creación de comunidades virtuales.

La red es un elemento de sociabilidad de primer orden. Favorece el contacto entre los seres humanos, por encima de sexo, raza o religión, y nos acostumbra a la diversidad. Permite establecer una relación mediada que se aleja del puro consumo. La red permite mitigar el aislamiento en que se encuentran las sociedades modernas. Se ha dicho que no hay soledad mayor que la de las sociedades masificadas. La incomunicación que generan, en medio de sus hacinamientos, se ve compensada por la posibilidad de participar en otros grupos humanos con intereses comunes. Como en todo, hay comunidades banales y comunidades con fines importantes. Pero ya el hecho mismo de sentirse miembro de un grupo es un arropamiento psicológico importante. Si la comunidad tiene, además -como ya existen muchas- un fin productivo social o cultural, el beneficio es para todos.

9ª) Reconocer el valor cultural de lo producido en la Red.

El celo -y, por qué no, los celos- de las instituciones que controlan el mundo cultural en todas sus manifestaciones resta importancia a algo que no controlan en la misma medida que los escenarios tradicionales. Aunque sea ya una realidad que envuelve a millones de personas por todo el planeta, la Red sigue siendo mirada con recelo por las instituciones que controlan el mundo cultural y académico. Quien controla las instituciones tiene poder y quien tiene poder se resiste a verlo debilitado.

Puede que la apertura de la Red debilite el poder de determinadas instituciones, pero esto no tiene que ser necesariamente malo. Quizá sea hasta enriquecedora la posibilidad de que capas de la sociedad participen en procesos culturales de forma activa y no como meros receptores. La Cultura, insistimos, es un proceso dinámico, un proceso que busca la participación más amplia posible. La cultura de masas existente, regida por las reglas del mercado, ha preferido establecer sus propios bienes y convertirlos en objetos de consumo. La cultura de masas nos ofrece las obras maestras de la música clásica con arreglos de Luis Cobos, a Victor Hugo convertido en musical de dibujos animados -con final feliz, por supuesto- y mutila Moby Dick, para convertirla en una novela de aventuras.

La Red es una alternativa social a la difusión de lo complejo, de lo profundo, de lo que trae conocimiento, de lo que se aventura en el riesgo creativo. Son ya muchos los que van cruzando la barrera para experimentar qué nuevas posibilidades permite este mundo virtual. Cada vez son más los intelectuales, artistas, académicos que participan en este espacio. Algunos lo hacen en busca del beneficio, pero otros se incorporan a las redes con la intención de experimentar nuevas posibilidades, algo que el rutinario mundo material no les permite con frecuencia.

En la Red hay muchas páginas estúpidas, pero en la misma medida en que existen libros estúpidos, revistas estúpidas, programas de televisión estúpidos o películas estúpidas.

Por todo ello, es importante que no se meta en el mismo saco todo lo que existe en la Red, que se valore lo valioso, independientemente del soporte en el que se presenta. Solo así podrá aumentarse el flujo de lo culturalmente importante hacia la Red.

No existe, por más que muchos lo afirmen, una lucha entre soportes o entre medios; una lucha de libros contra ordenadores o de televisores contra periódicos. Lo que existe es la lucha de los buenos libros por ocupar algún espacio en los estantes de las librerías; lo que existe es la lucha de las buenas películas por no ser ofrecidas a altas horas de la madrugada; lo que existe es la lucha de los buenos músicos por no tener que componer canciones facilonas para cantantes hijos de cantantes, que no tienen voz, pero sí un físico agraciado; lo que existe es el drama de cientos de profesionales de la información que se ven obligados a entrevistar a personas que no tienen nada que decir; lo que sí existe es el drama de esos otros profesionales de la información que se ven obligados a recorrer aeropuertos, terrazas veraniegas o lugares similares para ver si cazan con sus cámaras algún beso furtivo entre dos famosos de un día; lo que existe es el drama de profesionales que tienen que escribir guiones, partituras, artículos, entrevistas, etc. que les revuelven el estómago para que se vendan unos miles de ejemplares más cada día o aumenten unos cientos de miles de espectadores. Lo más triste de esto es que funciona, al menos según la regla de medir de algunos; y mientras funcione seguirá así.

Ante este panorama, que no creo que nadie entienda como catastrofista, no es de extrañar que muchos decidan probar suerte en este nuevo medio o llevar una doble vida y alternar lo que otros les exigen que hagan con lo que les apetece hacer realmente.

Para concluir, quizá alguien pueda pensar que soy muy optimista. Efectivamente, lo soy. Pero creo que es lo único que se puede ser con cierto grado de cordura. Lo soy, además, porque tengo motivos para serlo y durante más de cinco años -y espero poder hacerlo durante mucho más- he disfrutado de una libertad e independencia grande en la Red que me ha permitido hacer cosas que no hubiera podido hacer de otro modo. La Red me ha permitido traspasar, precisamente, esas fronteras de las que hemos venido a hablar aquí. Me ha permitido ver también que existe mucha gente dispuesta a hacerlo, quizá por que no les guste la situación en que se encuentra la cultura en sus países; gentes que tienen cosas que decir y gentes deseosas de escuchar, leer o intercambiar ideas y experiencias. Del trato hemos salido todos crecidos, porque si la cultura no es crecimiento personal, si no es honestidad intelectual, se queda solo en entretenimiento. Y de eso ya tenemos bastante.

San Sebastián de la Gomera, 13 de julio del año 2000      

 

NOTAS:

  1. Confundimos muchas veces la Cultura como proceso con los "objetos" culturales producidos. Un hermoso cuadro guardado en los sótanos de un museo es un objeto cultural, pero no es Cultura por sí mismo. Para que sea "hermoso", "bello" tiene que ser percibido, valorado y clasificado como tal. Tiene que ser contemplado, convertirse en parte de nuestra historia, ser fuente de influencias, semilla de cuadros futuros, objeto de discursos que canten su belleza o la critiquen.
  2. En el mundo de las comunicaciones y transportes materiales, Goethe tenía que viajar a Roma e impregnarse de luz mediterránea para cambiar su punto de vista sobre el arte. El Renacimiento supuso un recorrido por los monasterios más alejados de toda Europa a la búsqueda de viejos códices manuscritos con los que satisfacer el ansia de textos griegos. Muchos de ellos estaban allí gracias a los viajes de monjes copistas hasta los confines de Occidente para localizar los restos de una cultura que casi desapareció entre pestes, guerras e invasiones. Todo ese mundo esencialmente aislado, privado en gran medida de la circulación de objetos culturales, se vio reforzado por la introducción de una tecnología multiplicadora: la imprenta. La imprenta permitió una mayor capacidad de producción que aceleró los procesos de intercambio culturales, además de los políticos y los religiosos.
  3. BAUMAN, Zygmunt: Trabajo, consumismo y nuevos pobres; Barcelona, Gedisa, 2000, p. 48.
  4. BOLTER, J. David: El hombre de Turing. La cultura occidental en la era de la computación, México, FCE, 1988.
  5. En el momento de escribir y leer esta conferencia no sabíamos el resultado de la nueva aventura de King con The Plant, y algunas circunstancias económicas del asunto. Hemos preferido mantener el texto y añadir un comentario a lo sucedido por respeto a los presentes al acto y porque, entiendo, que lo dicho sigue teniendo un valor general en el caso de que se hubiera producido así. El autor introdujo una novedad en el sistema. La gratuidad no era tal, sino tan solo desprotección del texto. Sabedor de que no hay mecanismo duradero de protección, King recurrió a la dosificación de su obra bajo amenaza, sistema alternativo, según parece, al bajo demanda tradicional. Iría publicando las sucesivas entregas de la novela mientras se produjera el pago de los lectores; si no se alcanzaba el porcentaje de pago suficiente tras cada entrega, se suspendería la publicación. Dicho y hecho. Los cada vez más pobres resultados le llevaron a la retirada de la obra. Debemos agradecer a Stephen King dos cosas: haber cerrado dos vías de publicación en la Red. Primero se demostró que violar los códigos protectores de los textos era solo cuestión de tiempo; y la industria se preocupó. King pensó que alejando de sí al mundo empresarial se quitaba un lastre y que, solo, podría obtener el tan deseado beneficio económico. La industria también se preocupó. Si King triunfaba por libre, los dejaba en posición crítica respecto al futuro. El fracaso de King como empresario autónomo ha dado un respiro a los demás empresarios editores, ya que ha cerrado también las posibles salidas de ese tipo. Se dice que se aprende de los fracasos; de lo que no se dice nada es de si todos aprenden lo mismo. Si King hubiera realizado la idea inicial, la que comentábamos en el texto, la gratuidad y el pago voluntario, todo lo recibido habría sido ganancia y no habría habido sensación de fracaso. Pero parece que escribir, publicar y después esperar a que alguien pague, reduce al autor a una especie de figura mendicante, algo semejante a los músicos callejeros que, tras exhibir sus capacidades artísticas, pasan el sombrero u otro recipiente a la espera de la voluntad del público. Hay gente que vive de ello. El problema de King es que actuó con mentalidad de empresario convencional y fijó de antemano su nivel de beneficio, es decir, estableció estimaciones demasiado optimistas de cuánto iba a ganar. En estos meses que han pasado tras la lectura del texto, muchas empresas del ámbito de la Red han cerrado, quizá por lo mismo.

 

© Joaquín Mª Aguirre Romero 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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