Amor y muerte, ¿Reflejo de un mismo espejo?


Cristina Martín de Doria
Universidad de Sevilla


 

   

José Francisco Gambín OrtuñoEl propósito de este trabajo es ofrecer un estudio de un motivo literario concreto: el amor y la muerte como detonante del mismo, tomando como objeto de estudio las siguientes parejas de personajes: Eneas y Dido, Calisto y Melibea, Dante y Beatriz, Heathcliff y Catherine, Petrarca y Laura y, por último, Romeo y Julieta, protagonistas de obras de primera fila como la Eneida, la Celestina, la Vida Nueva, Cumbres borrascosas, Rimas y triunfos y Romeo y Julieta.

Comenzaremos por la primera pareja de enamorados creada por Virgilio en la Eneida, siendo ésta quizás su magistral obra. Me refiero, sin duda, a Eneas y Dido. Como presentación de los personajes diré que Dido era la reina de Cartago que amó a Eneas y se suicidó cuando el héroe partió de su lado. Dido era una princesa de Tiro que tuvo que huir de Fenicia cuando su codicioso hermano Pigmalión asesinó a su esposo Siqueo. Acompañada de nobles tirios llegó hasta las costas africanas y pidió a los nativos que le concediesen toda la tierra que pudiese abarcar una piel de buey. Estos aceptaron y la reina cortó la piel en tiras tan finas que consiguió delimitar así una extensión considerable de terreno suficiente para fundar su propio imperio, Cartago, que literalmente quiere decir "Nueva Ciudad ".

Existen dos versiones sobre el mito de Dido; En el primero Eneas no interviene para nada, mientras que en el segundo, creado por Virgilio, Eneas es una pieza fundamental.

En la primera versión, Dido, obligada a tomar como marido al rey nativo Yarbas, prefirió suicidarse antes que violar el juramento de fidelidad que había hecho a su difunto marido. Esta versión del mito recibe el nombre de la "Casta Dido", tanto es así, que incluso Petrarca, en sus Triunfos, conjunto de poemas para los que se inspiró en su amadísima Laura, que detallan la elevación del alma humana desde el amor terrenal a su realización a través de Dios, inserta a Dido dentro de su "Triunfo de la Castidad", representada ésta por Laura, junto con todos aquellos que supieron guardar fielmente su castidad:

"Y en una trampa a Juno junto a Dido
muerta por el amor hacia su esposo,
y no por el de Eneas como dicen, (…) "
          (Petrarca, 1983: 91)

Estos versos hacen referencia al hecho de que Dido fue inducida al suicidio por el legítimo amor que procesaba hacia su marido Siqueo, y no, como se conoce más comúnmente gracias a Virgilio, por Eneas.

La segunda versión aparece en la Eneida, desplazando Virgilio temporalmente este mito a la época de la guerra de Troya, es decir, tres siglos antes. Eneas, al que una tempestad, creada por Juno, había arrojado a las costas africanas, es recogido por los habitantes de Cartago: (…) Armas canto y al héroe, que de Troya/prófugo por el Hado vino a Italia, /en las lavinas costas, el primero; /al que en tierras y mar se vio batido/de adversos dioses, por la cruda saña/de Juno rencorosa; (…). (Virgilio, 1989: 119-vv. 6-11)

Juno, esposa de Júpiter, quería llevar a las playas africanas el nuevo reino que dominaría el mundo y, por tanto, no quería que Eneas llegase a tierras italianas. Por otra parte, Júpiter deseaba que Eneas pudiera cumplir a la perfección su misión, que consistía en llegar a las costas italianas y fundar allí el reino de Italia. Como colofón final hallamos a Venus, madre de Eneas, que realmente quería lo que todas las madres quieren para sus hijos, una vida feliz y en paz, de ahí su deseo de que permaneciera en las costas africanas, es decir, en Cartago (futura rival de Roma) junto a Dido, la reina de aquel imperio. Todos ellos intentaron por sus medios que se cumpliese la voluntad de cada uno jugando, eso sí, con las vidas de Eneas y Dido, que se convirtieron para ellos en meras marionetas de sus intrigas.

Dido lo acoge en su palacio y el héroe relata durante un banquete la caída de Troya y sus peripecias (cfr. Virgilio, 1989: 154, vv. 905-910). Pero la reina se enamora pronto del troyano por voluntad de Venus:

"Mas Venus Citerea nuevas mañas
y nuevo plan combina: que Cupido
del tierno Ascanio el aire y rostro finja,
y, al venir con los dones, a la reina
todo en amor la inflame y la devore (…) "
        (Virgilio, 1989: 157, vv. 946-950)

Dido, evidentemente, no puede hacer nada ante el poder del dios que está sentado en su regazo y comienza a sentir una intensa atracción por el joven Eneas:

"Pero entre todos la infeliz Fenisa,
ya condenada a su fatal destino,
no se sacia mirando, y más se enciende
cuanto más mira, y su emoción aumenta
al par los dones y el hermoso niño.
     (Virgilio, 1989: 158-159, vv. 1023-1027)

(…)

Él, que no olvida el plan de la Acidalia,
con tiento la memoria de Siqueo
va disfumando, y llama de amor vivo
se afana en atizar en aquel pecho
tiempo hace inerte y al amor extraño. (…)"
(Virgilio, 1989: 159, vv. 1036-1040)

A partir de este momento Dido se enamoró perdidamente de Eneas y decidió contárselo todo a su fiel hermana Ana, pues ella tenía unas dudas enormes sobre lo que debía o no debía hacer: si amar a Eneas o permanecer fiel a su difunto esposo Siqueo creando así una ruptura con su mundo anterior. Dido hablando con su hermana Ana dice:

"Porque, Ana mía,
te lo confesaré, desde el desastre
de Siqueo infeliz, que dejó roto
mi hogar, muerto un hermano por su hermano, sólo éste ha despertado mis sentidos,
y al corazón que vacilaba, él solo
hasta ahora impulsó…¡ Sí, las señales
en mí conozco de la llama antigua ! (…) "
     (Virgilio, 1989: 235-236, vv. 31-38)

Por lo tanto Dido, enamorada apasionadamente de Eneas por intervención de Venus, se decide a quebrantar su promesa de permanecer fiel a su difunto esposo Siqueo y trata de retener al héroe en contra de su voluntad encaminada a fines más altos:

"Ya por media ciudad lleva a su lado
a Eneas, y el boato va mostrándole
de la urbe tiria que dispuesta ofrece:
empieza a hablar, vacila y no concluye;
ya al caer de la tarde le convida
para nuevo banquete y, desvariada,
de las guerras de Ilión nuevo relato
solicita, y de nuevo absorta le oye
de sus labios pendiente (…)."
     (Virgilio, 1989: 238-239, vv. 113-121)

Estas líneas nos muestran lo totalmente enamorada que estaba de su "príncipe" Eneas, utilizando Virgilio para hacérnoslo ver muy claro el tópico literario de la locura de amor.

A continuación, Juno, para hacer fracasar la empresa de la fundación de una nueva Troya en Italia, se alía con Venus para que al unir a Dido y Eneas, la nueva Troya pudiese ser fundada en las costas africanas en lugar de en las italianas, como su esposo Júpiter deseaba (cfr.Virgilio, 1989: 240, vv. 148-157) .

Juno y Venus planearon un encuentro "imprevisto" entre Dido y Eneas durante una partida de caza para que Eneas cayera bajo los encantos de la cartaginesa y se entregasen el uno al otro.

Según dice Virgilio fue aquel día el origen de la muerte de Dido y el principio de sus desventuras (¡Primer día de muerte fue este día, /causa de todo mal!) (cfr. Virgilio, 1989: 243, vv. 247-248), puesto que desde entonces nada le importaban su decoro y su fama (Ya no se mueve/Dido ni por su honor ni por su fama, /ni piensa ya en furtivos amoríos) (Virgilio, 1989: 243, vv. 248-250). Ya no oculta su amor y para exculparse, a este amor le da el nombre de "enlace conyugal ". Tan fuerte era su amor que tanto él como ella olvidan sus obligaciones cegados por su poderosa fuerza. Ella olvida cuidar de su imperio y no se preocupa mucho por lo que le pueda suceder, creándose una gran inquietud entre los tirios, de igual forma que Eneas, enamorado y bajo los efectos de los encantos de la cartaginesa, olvida su misión, hasta tal punto que Júpiter, enfadado tanto con Dido, por haberle sido infiel después de haberle ofrecido unas tierras en las costas africanas, como con Eneas por haber descuidado su misión, tuvo que enviar a Mercurio para que se lo recordase (cfr.Virgilio, 1989: 247, vv. 376-388).

Tras esta visita de Mercurio, Eneas se da cuenta de que debe marcharse pero no sabe cómo hacerlo. Finalmente llega a la conclusión de huir en secreto sin que Dido se entere pero, como llega a decir la propia Dido: "¿quién podría engañar a una amante?" (Virgilio, 1989: 249, vv. 419-420) . Las súplicas desesperadas de Dido, sin embargo, no consiguen retener al amado (cfr.Virgilio, 1989: 254, vv. 569-574).

Ella no sabe qué debe hacer y hablando consigo misma se da algunas posibles soluciones, llegando finalmente a la conclusión de que lo que debe hacer es morir (suicidarse) para acabar con todo aquello de una vez por todas:

"¿Qué hacer al fin? ¿objeto de ludibrio,
volverme a mis antiguos amadores,
mendigando un marido entre esos nómadas,
que tantas veces desprecié arrogante?
¿Qué pues? ¿ir tras las naves de los Teucros,
a sus últimas órdenes sumisa?

(…)

¡Deja! ¡muere más bien, cual mereciste,
pon fin con el acero a tus dolores!

(…)

¡Guardar no supe
mi promesa a los mares de Siqueo!(…)"
     (Virgilio, 1989: 262-263, vv. 796-808)

Dido, para que su hermana Ana no se preocupase y no sospechara nada, le dijo que una sacerdotisa que había llegado a sus tierras le iba a curar (viejo motivo del amor como enfermedad sin cura), pero para ello necesitaba que fuera dispuesta una pira sobre la que debía colocar las armas de Eneas y todas las pertenencias que se hubiera dejado en el palacio. Pero lo que no sabía Ana era que estaba ayudando a su hermana a morir puesto que estaba preparando la pira en la que Dido tenía pensado suicidarse. De hecho, cuando Dido estaba moribunda su hermana le dijo: "¡Ay! ¿esto, hermana, /fue lo que pretendiste? ¿así engañarme/quisiste tú? ¿Para eso fue la pira, /los fuegos y el altar? " (Virgilio, 1989: 269, vv. 984-987). Aunque Dido seguía locamente enamorada de Eneas, ella, bien por dolor, bien por venganza tras haberse burlado de ella o por ambas cosas, deseaba que su amado muriese. Dido llegó a decir: "¡Por Júpiter!, ¿se irá el advenedizo, /haciéndome su escarnio, aquí en mi reino? " (Virgilio, 1989: 264, vv. 858-859).

Dido, antes de morir, pronunció unas palabras en las que se pueden ver concentrados todos los sentimientos unidos en una sola voz:

"- Oh dulces prendas, mientras dios y el Hado
me quisieron feliz, el alma mía
tomad, y libertadme de estos duelos.
He vivido mi vida, el noble curso
que me abrió la Fortuna he recorrido,
y ahora mi jornada bajo tierra
>emprendo, magna sombra. He levantado
una excelsa ciudad; sus regios muros,
los míos, vi surgir; vengué a mi esposo,
y castigué a mi hermano por su crimen;
feliz, oh sí, feliz en demasía
con sólo que a mis playas nunca hubiesen
abordado los dárdanos navíos…"
Y hundiendo rostro y labios en el lecho,
"¡ Moriré no vengada… mas siquiera
- murmura- moriré!" Que así me place,
aún así, descender hacia las sombras.
Desde alta mar la llama de mi pira
el Dárdano cruel lleve en los ojos,
y con ella el augurio de mi muerte… "
     (Virgilio, 1989: 267-268, vv. 949-968)

Y sin más dilación se clavó el hierro de Eneas y murió por amor.

El carácter de Eneas era muy fuerte, puesto que esa sumisión de lo personal a su destino político se muestra ejemplarmente en la decisión de abandonar el amor de Dido y la tentación de la vida fácil en la suntuosa Cartago, sacrificando así los deseos personales al deber, al mandato divino. La figura de Dido alcanza en esta obra unos perfiles románticos como heroína trágica, víctima de su propia pasión amorosa, que sin duda es invención del poeta. Desde mi punto de vista, Dido, la reina seductora, es, como Circe y Calipso en la historia de Ulises, una tentación amorosa en el viaje hacia su hogar. Pero el héroe, al igual que Ulises, debe abandonarla. Dido, no obstante, posee, quizás, un grado de humanidad o de cercanía humana mayor que Circe y Calipso. Eneas volverá a ver a Dido en el Hades, y la cartaginesa no le dirigirá la palabra, deslizándose entre las sombras. Su venganza continuó incluso hasta después de la muerte, puesto que del mismo modo que Eneas le brindó una enorme felicidad y un enorme gozo, éste también le hizo muchísimo daño ya que la llevó a acudir al Hades antes de que los dioses lo dispusieran. La maldición de Dido puede ser el motivo mítico de las Guerras Púnicas y la enemistad secular entre Roma y Cartago, las dos potencias del Mediterráneo Occidental. Ésta es, pues, una patética historia de amor desdichado en la que Virgilio ha trazado unas escenas de admirable emotividad y dado al personaje de Dido una profundidad humana inolvidable. De hecho, San Agustín rechazó la difusión de Virgilio en las escuelas en los años de madurez, pero, sin embargo, no dejó de confesar que en su juventud había derramado lágrimas ante los dolores de Dido.

Y en una línea similar o, al menos, con puntos en común claros, se encuentran historias amorosas en las que o bien ella, o bien él o bien ambos juntos, deciden suicidarse por amor, como es el caso de Calisto y Melibea, en La Celestina, Heathcliff y Catherine en Cumbres Borrascosas o Romeo y Julieta en la obra de Shakespeare que lleva sus nombres. También podemos hallar los casos de Dante Alighieri y Francesco Petrarca, los cuales podrían clasificarse en el grupo de aquellos autores que dedican sus obras a sus respectivos amores (Beatriz y Laura), convirtiéndose ellos mismos en meros suicidas pasivos, es decir, aquéllos que se dejan morir por amor.

En el caso de la pareja formada por Calisto y Melibea la acción de La Celestina, obra creada por Fernando de Rojas, se construye sobre los amores de Calisto y Melibea, en torno a los cuales se incorporan otros episodios que a su vez son causa y consecuencia del argumento principal. Calisto, de noble linaje y claro ingenio, persiguiendo un halcón entra en la huerta de casa de Melibea, joven, rica y de serenísima sangre y queda prendado de ella; intenta hablarle pero ésta le despide con gesto airado. Marcha a su casa compungido y su criado Sempronio le convence para que use los servicios de una vieja alcahueta llamada Celestina. Los criados se ponen deacuerdo con ella en repartir el dinero que consiga sacarle a Calisto. Celestina cumple su misión y Melibea se entrega a Calisto. Los criados van a casa de Celestina a reclamar su parte, pero cuando ésta se niega a darles nada, ellos la matan, y ante los gritos de las pupilas de Celestina, Elicia y Areúsa, acude la justicia, los prende y ejecuta públicamente. Elicia y Areúsa deciden vengar las muertes y, sabiendo que esa noche los amantes se verán en la torre de casa de Melibea, envían a un bravucón contra Calisto, el cual al oír ruidos intenta acudir en ayuda de su criado, se cae de la escala y muere. Melibea se desespera y ante la presencia de su padre se tira de la torre y se suicida.

La renovación de los estudios clásicos familiarizó a autores y lectores con las enamoradas suicidas de la antigüedad como Filis, Fedra, Dido, Hero… y como ejemplo histórico cabe destacar la figura de Safo, si bien es verdad que el suicidio de la poeta es legendario. Con esto quiero decir que se puede pensar que el suicidio de Melibea debe, al menos parte, al de Dido, puesto que su análisis puede arrojar bastantes coincidencias entre uno y otro con una la alusión a Virgilio en esta obra. De entre estas coincidencias, que no sólo se encuentran en el preciso momento del suicidio, podemos destacar las siguientes. Por ejemplo, Calisto y Melibea son prototipos del amor cortés, puesto que en la obra se tocan los tres grandes temas medievales: el amor, la fortuna y la muerte. Pues bien, aunque pueda parecer una locura, la pareja formada por Dido y Eneas también podría ser, de algún modo, una pareja típica del amor cortés, aunque éste se produjese muchísimos años antes de que el amor cortés naciera. En ambas parejas el amor existe, siendo éste, eso si, el causante de todas las desgracias finales, pero, sería curioso pararnos aquí y analizar cómo nace el amor en las dos mujeres, es decir, en Dido y en Melibea. Por una parte, como ya hemos dicho, Dido se enamora perdidamente de Eneas porque Venus, la madre de Eneas, manda a Cupido para que, usando sus poderes, en este caso divinos, Dido desee a Eneas con todo su corazón, cuando al parecer en un principio ésta no parecía mostrar demasiado interés en él. Pues bien, por el otro lado, Melibea se enamora locamente de Calisto porque una vieja alcahueta, la Celestina, se sirve de sus hechizos y de sus artes para conseguir que Melibea caiga en las redes de amor de Calisto por orden explícita de él mismo. Al igual que Dido, Melibea no se enamoró de él cuando lo vio sino que, por el contrario, ella "le despidió con gesto airado". Más tarde, gracias a la Celestina, Melibea se entrega a Calisto para siempre.

Tanto en la pareja de Virgilio como en la pareja de Fernando de Rojas la fortuna es una pieza importantísima. Calisto, con tal de conseguir a Melibea y satisfacer su deseo, no duda en gastarse su fortuna. De igual forma, Dido está dispuesta, y de hecho lo hace, a descuidar toda su fortuna, sus tierras y sus súbditos para dedicarle el mayor tiempo posible a su amo, es decir, a Eneas.

Y, por último, el tercer tema primordial que existe en el amor cortés, es decir, la muerte, es evidente que en ambas parejas se produce. Incluso aquí podemos encontrar similitudes entre ambas parejas, a parte de la propia muerte en sí. Cuando Dido se suicida tiene a su lado a su hermana Ana al igual que Melibea tiene a su lado a su padre Pleberio. Ambos familiares ven con sus propios ojos como tanto su hermana como su hija respectivamente se dejan morir por amor. Aunque muy pequeño, también existe otro matiz común entre ambas escenas finales y éste es que tanto Ana como el padre de Melibea son engañados por éstas antes de morir para que no puedan darse cuenta de lo que realmente quieren y van a hacer. Es decir, Dido le dijo a su hermana, como ya hemos indicado antes, que preparase una pira porque una sacerdotisa le iba a curar su mal de amor y necesitaba que ésta estuviese preparada, cuando en verdad esta pira fue preparada por su hermana para que Dido se diera muerte. De igual forma Melibea, para que su padre no sospechara nada y no le pudiera impedir que se suicidara, cuando iban subiendo a la torre desde la que Melibea se suicidaría, le dijo a su padre que fuera a buscar algunos instrumentos de música para relajarse y que su dolor se atenuase, cuando en verdad lo que quería era quedarse sola para poder hacer su propia voluntad y no la de Dios, suicidarse.

Otro punto en común entre ambas obras es que en ningún momento se plantea la posibilidad de que pudieran casarse. Dido, a lo más que llega a hacer, para exculparse de haberle sido infiel a su difunto marido, es denominar a su relación "enlace conyugal" aunque en ningún momento se habla de boda, pudiéndose ésta perfectamente producir puesto que ambos eran viudos. De hecho Eneas llega a decir:

"Breve he de ser en mi defensa. Nunca
pensé ocultar mi fuga con amaños,
no, no me imputes eso; mas tampoco
te ofrecí yo jamás nupciales teas,
ni a tales pactos me allané contigo (…)."
     (Virgilio, 1989: 251, vv. 481-485)

De igual modo no se plantea, ni siquiera, la posibilidad de que Calisto y Melibea pudiesen casarse. Pero …¿ qué explicación puede darse al hecho de que el matrimonio no se plantee en ningún momento como solución posible? . Una primera explicación busca las razones de un impedimento y acude a la relación de distintas razas en la Castilla de la época. Otra hipótesis trata de apoyarse en el aprovechamiento por parte de los autores de la concepción amorosa del "amor cortés". Según estos códigos se condena al enamorado que considere lo más importante la belleza física, el perfecto enamorado no debe nunca pedir en matrimonio a la dama.

Melibea tratará de retardar su entrega amorosa e intentará inútilmente disuadir a Calisto:

"MEL.- Señor mío, pues me fíe en tus manos, pues quise cumplir tu voluntad, no sea de peor condición, por ser piadosa, que si fuera esquiva y sin misericordia; no quieras perderme por tan breve deleite y en tan poco espacio. Que las malhechas cosas, después de cometidas, más presto se pueden reprehender que enmendar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y llegar a tu persona. (…)"
     (F. de Rojas, 1983: 242)

y lamentará la consumación:

"¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has querido que pierda el nombre y corona de virgen por tan breve deleite? (…)"
    (F. de Rojas, 1983: 244)

Como se ha hecho notar lo que Calisto llamará "gloria", Melibea llamará "yerro": "¡Oh traidora de mí, cómo no miré primero el gran yerro que se seguía de tu entrada, el gran peligro que esperaba (…)" (F. de Rojas, 1983: 244), yerro, del que, sin embargo, no se arrepiente ni ante la muerte a la que ella misma se condena : "¿Cómo no gocé más del gozo? ¿cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve? "(…) (F. de Rojas, 1983: 285-286). El amor que une a Calisto y a Melibea es tan fuerte que incluso éste llega a parecer enfermizo, sobre todo por parte de Calisto. Éste parece desquiciado en muchos momentos. El sueño se le confunde con la realidad sin acertar con su límite justo. Parece como un anticipado don Quijote amoroso. Esta situación alcanza su punto más alto cuando Celestina le da a Calisto el cordón de Melibea, símbolo tradicional de la entrega de la persona a quien pertenece, como sabía muy bien Melibea: "En mi cordón le llevaste embuelta la posesión de mi libertad" (F. de Rojas, 1983: 105). El supuesto bien, esperado con el cordón, se transforma en su anormal adoración de la prenda. Su alegría se muestra desacompasadamente cuando en el acto XII consigue la cita de boca de Melibea y Calisto se transforma en un hombre fuera de sí. Ni Romeo, de quien hablaremos más adelante, podrá comparársele ya que éste abandona su espera amorosa para cumplir sus obligaciones sociales matando a Tybalt .

Al igual que Dido, Melibea antes de morir pronunció unas palabras dirigidas a su padre para explicarle por qué lo hacía:

"Padre mío, no pugnes ni trabajes por venir adonde yo estoy, que estorbarás la presente habla que te quiero hacer. Lastimado serás brevemente con la muerte de tu única hija. Mi fin es llegado, llegado es mi descanso y tu pasión, llegado es mi alivio y tu pena, llegada es mi acompañada hora y tu tiempo de soledad. (…) Si me escuchas sin lágrimas, oirás la causa desesperada de mi forzada y alegre partida. (…) Muchos días son pasados, padre mío, que penaba por mi amor un caballero, que se llamaba Calisto, (…) Vencida de su amor dile entrada en tu casa. Quebrantó con escalas las paredes de tu huerto, quebrantó mi propósito. Perdí mi virginidad; (…), a la vuelta de su venida, (…) como las paredes eran altas, la noche oscura, la escala delgada (…) no vido bien los pasos, puso el pie en vacío y cayó. (…)Pues, ¿qué crueldad sería, padre mío, muriendo él despeñado, que viviese yo penada? Su muerte convida a la mía, (…) y así contentarle he en la muerte, pues no tuve tiempo en la vida. (…) Gran dolor llevo de mí, mayor de ti, muy mayor de mi vieja madre. Dios quede contigo y con ella. A él ofrezco mi alma. Pon tú en cobro este cuerpo que allá baja. (…) "
     (F. de Rojas, 1983: 290-293)

Con Dante Alighieri podemos hablar de otro suicidio por amor distinto a los descritos hasta ahora. A Dante, como ya hemos mencionado, puede calificársele como un suicida pasivo puesto que se deja morir por amor. La mayor parte de sus obras son escritas para exaltar el inmenso amor que sentía por Beatriz, pero para seguir con una misma línea podríamos destacar que el amor cortés fue desarrollado en La Vida Nueva ( 1293) y en La Divina Comedia ( 1307). Pero, sobre todo, es en la primera donde se exalta con una mayor intensidad su profundísimo amor por Beatriz. Ésta fue la primera obra literaria de Dante y en ella se narran acontecimientos relacionados con el amor del poeta hacia Beatriz, como el sueño en el que Dante la ve muerta, la muerte real de la joven y la decisión del enamorado que, desesperado, decide escribir una obra literaria dedicada a ella, como último monumento a su amor. El día 8 de junio de 1290 murió Beatriz, apenas tenía 25 años. Dante, que había estado enamorado de ella desde que la vio por primera vez en 1274, recordó con la Vida Nueva las vicisitudes de un amor que -como el de Petrarca hacia Laura- no pudo extinguirse y que duró hasta después de la muerte. Dante, enfermo, tiene una visión que le presenta a su dama muerta, camino del cielo, entre coros de ángeles, mientras que la tierra queda cubierta por la tristeza y las tinieblas. No tarda en hacerse realidad la visión, y Beatriz muere. Dante en su sueño ve que la tierra queda completamente desolada, puro reflejo de cómo quedaría su alma si su sueño se convirtiera en realidad, como así fue. Dante hará de Beatriz la personificación de Amor, compendio de todas las virtudes y perfecciones, y su fidelidad irá más allá de la muerte: "Quella Beatrice chiamerebbe Amore per molta simiglianza che ha meco"("A esa Beatriz la llamaría amor por las muchas semejanzas que tiene conmigo"), siendo éstas las palabras del propio dios Amor. El enamorado se acerca a Dios a través de la dama, de hecho Dante, en su Divina Comedia, llega a contemplar a Dios de la mano de Beatriz. Sin embargo, en esta obra hay una circunstancia que está en contra de las teorías del amor cortés aunque en un principio dijéramos que el tema del "Amor cortés" se desarrollaba en la mayoría de la misma. Ésta consiste en que Dante no busca la reciprocidad de sentimientos, sino sólo la liberación espiritual. Según Boccaccio en su obra Vida de Dante, "aunque Dante todavía era niño [al conocer a Beatriz] recibió con tanta fuerza la hermosa imagen de ella en el corazón, que ya a partir de aquel día, mientras vivió, no se le volvió a alejar. Por tanto, según Boccaccio, Dante se convirtió en ferventísimo servidor de Amor en su tierna edad: "D´allora innanzi dico che Amore segnoreggiò la mia anima "(" Confieso que desde entonces Amor fue el dueño de mi alma ")" (Boccaccio, 1993: 47, punto 34).

El amor hacia ella se hizo cada vez más intenso:

"Pero, dejando estar las palabras sobre los accidentes infantiles, digo que con la edad se multiplicaron las amorosas llamas, de tal forma que nada le agradaba, le descansaba o le consolaba sino verla. (…)" (Boccaccio, 1993: 47, punto 35)

Dante, en su Divina Comedia dedica el canto V del "Infierno" a los castigados por su lujuria. Dante dice "Son castigados aquí los lujuriosos, envueltos por una tormenta". Pues bien, entre estos lujuriosos encontramos a Dido junto a otras como Helena y Cleopatra. Dante le pregunta a su maestro Virgilio que quienes son aquellas almas que el viento castiga tan cruelmente en la oscuridad: "Maestro, ¿quiénes son esas almas a las que el viento en la oscuridad castiga tan cruelmente?" (Dante, 1995: 46, Canto V). Virgilio le enseña algunas de aquellas almas entre las que se halla la "desgraciada" Dido:

"Esa es la reina de Asiria, Semiramide, de la que se lee en las historias que fue esposa de Nino y le sucedió en el reino después de que ella lo hizo asesinar; dominó el territorio que actualmente gobierna el sultán de Egipto. La otra es Dido, que se mató por amor después de que, entregándose a Eneas, rompió la fidelidad a las cenizas del marido Siqueo; después le sigue Cleopatra, famosa por su lujuria. Tú ves a Helena, por culpa de la cual hubo un tiempo tan funesto, es decir, diez años de guerra en Troya; y ves al gran Aquiles que, después de haber vencido a tantos guerreros, al final de su vida combatió con amor y fue vencido. (…) y me añadió y me nombró "más de mil", un número grandísimo de almas que el amor les hizo huir de la vida terrena. (…)" (Dante, 1995: 46, Canto V)

Es posible que el episodio de Dido y Eneas, que impresiona al lector actual por su belleza poética, suscitara en el contemporáneo de Virgilio otros ecos de su historia reciente. M. Grant llegó a afirmar algo así como que un romano de la época de Virgilio, al advertir en la Eneida cómo la extranjera, la exótica Dido, retenía al progenitor de Roma y lo hechizaba con ricos regalos, no podía dejar de pensar en la reina enemiga recientemente derrotada, Cleopatra, que había sido transformada por la propaganda de Augusto en una tentadora e insidiosa oriental que sedujo a Marco Antonio e intentó corromper la virilidad de la propia Roma. Sin embargo esta comparación no se permite como algo estricto, puesto que Dido, en oposición a Cleopatra, gana en gran medida la simpatía del lector.

La próxima pareja de enamorados que sufrió por amor es la creada por Emily Brontë en su obra Cumbres Borrascosas. Ésta está basada en la relación entre Heathcliff y Catherine, quienes sufren por su amor desde el momento en el que se enamoraron. El amor no siempre es una feliz experiencia, siendo un claro ejemplo de esta situación el intenso amor del que no podían gozar Heathcliff y su amadísima Catherine. No todas las personas que se aman se tratan el uno al otro con ternura y delicadeza. Nosotros estamos acostumbrados a encontrarnos parejas que, por fuerzas exteriores y ajenas a ellos mismos, algunas veces por sus familias (como es el caso de Romeo y Julieta) y otras por las costumbres de sus sociedades o por sus religiones (como podría ser el caso de Calisto y Melibea, que se apuntaba anteriormente), no pueden vivir su amor libremente. Pero en Cumbres Borrascosas, la principal fuerza que mantiene a estos amantes separados el uno del otro es la creada por ellos mismos. Los personajes en esta historia, como en la vida misma, tienen debilidades que les conducen hacia la infelicidad. Ellos son orgullosos y egoístas y, a menudo, sienten una mezcla de sentimientos que no les permiten decidirse y aclarar sus mentes. Por esta razón, el amor algunas veces fracasa, aunque raramente tan apasionadamente y tan dramáticamente como en esta historia.

Cumbres Borrascosas, al igual que una historia de amor, también es una historia de odio en la que los dos amantes se casan deliberadamente con otras parejas. El orgullo y el egoísmo de Catherine parece ser más fuerte que su amor; ella se casa con otro hombre (con Edgar Linton) en lugar de casarse con su amado Heathcliff porque deseaba una vida de lujos y riquezas que evidentemente él, un hombre huérfano que había sido recogido de la calle y que trabajaba para el padre de ella, no le podía ofrecer.

Sin embargo, a pesar de todo, Catherine sabe que se está equivocando de hombre porque ella no está enamorada de Edgar sino de Heathcliff:

"Me degradaría ahora casarme con Heathcliff; él no sabrá nunca cuánto le amo, y eso no es porque sea guapo, Neli, sino porque es más que yo misma. De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo, y la de Linton es tan distinta como la luz de la luna del rayo y la helada del fuego." (Brontë, E, 1989: 212)

Ella incluso llega a decir que se casa con Edgar para ayudar a Heathcliff con el dinero de su marido y su ama de llaves se indigna: "¿No se te ocurrió nunca que si Heathcliff y yo nos casáramos seríamos pordioseros? Mientras que si me caso con Linton, puedo ayudar a Heathcliff a levantarse y liberarle del poder de mi hermano. (…) " (Brontë, E, 1989: 213)

Heathcliff, al oír esta conversación entre Neli (el ama de llaves) y Catherine, se va de la casa con la intención de llegar a ser algo en la vida… y lo consigue. Tanto es así que cuando vuelve éste se ha convertido en un verdadero caballero. Al saber que Catherine se había casado con Edgar no pudo evitar el hecho de vengarse y para lograrlo se casó con la hermana de Edgar, Isabella Linton, a quien, por supuesto, él no amaba. A pesar de todas las cosas que sucedieron a lo largo de la obra en ningún momento ni Heathcliff ni Catherine dejaron de sentir ese fuerte amor que había nacido entre ambos muchos años atrás. Catherine le llegó a decir a Neli : "De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo, y la de Linton es tan distinta como la luz de la luna del rayo y la helada del fuego. (…) Neli, Yo soy Heathcliff. (…)" (Brontë, E, 1989: 212).

Arnold Kettle pensaba que Catherine traicionó a Heathcliff y se casó con Edgar Linton, engañándose a sí misma puesto que ella creía que podría tener los dos al mismo tiempo. Catherine cae enferma y pocas horas antes de morir habla con su amado Heathcliff sin importarle quién les pudiera oír. Ella, en su desesperación, sólo quería estar junto a su amado a la hora de su muerte. Ellos se aman, realmente se aman de una forma sobrenatural, pese a todas las cosas que habían hecho para lastimarse el uno al otro:

" En una o dos zancadas [Heathcliff] estuvo a su lado y estrechándola entre sus brazos. Durante unos cinco minutos ni habló, ni la soltaba, dándole más besos, creo, en este tiempo que nunca le había dado en su vida. (…) él no podía soportar (…) el mirarla a la cara: le sobrecogió la misma convicción que yo tenía de que no había esperanza de total curación, estaba destinada, pues, a morir. (…)-¡Cati! ¡Vida mía! ¿Cómo podré soportarlo?. (…) - Me has causado la muerte, de lo que creo que te has regodeado ¡Qué fuerte eres! ¿Cuántos años piensas vivir después de que yo me haya ido?.(…)_ ¿Me olvidarás, serás feliz cuando yo esté bajo tierra? ¿Dentro de veinte años dirás: "Esta es la tumba de Catherine Earnshaw. La amé hace mucho tiempo, y me destrozó el perderla, pero esto pasó, he amado a otras desde entonces, (…) ¡ Tu sabes que nunca podré olvidarte!. (…)"
      (Brontë, E, 1989: 290-295)

Antes de que Catherine muriera ambos se recriminaron todo el daño que se habían hecho para perdonarse finalmente:

"- Ahora me demuestras lo cruel que has sido conmigo, cruel y falsa. ¿Por qué me despreciaste? ¿Por qué traicionaste a tu propio corazón, Cati? (…) Tú te mereces esto. Tú misma te has dado muerte. (…)Tú me amabas, entonces, ¿qué derecho tenías tú para sacrificarme, qué derecho, responde, al pobre capricho que sentías por Linton? (…)Yo no he destrozado tu corazón, tú lo has destrozado, y, al hacerlo, has destrozado el mío. (…) - Tú también me abandonaste, pero no te lo reprocho; te perdono, ¡perdóname tú! .(…) - Te perdono lo que me has hecho. Amo a mi asesino, pero al tuyo, ¿cómo puedo amarle?. (…) "
     (Brontë, E, 1989: 293)

Cuando Catherine muere Heathcliff ruega que ella se le aparezca, pero su salvaje súplica no es más que otra forma de resistirse al dolor. Él se siente morir por la pérdida total de su amada:

"-Yo sólo hago un ruego…, y lo repito hasta que mi lengua se entumezca…Catherine Earnshaw, que no descanses mientras yo viva. Dijiste que yo te maté, persígueme, pues. Los muertos, yo creo, persiguen siempre a sus asesinos. (…)

¡Oh, Dios, esto es impronunciable! ¡No puedo vivir sin mi vida, no puedo vivir sin mi alma!. (…) "
     (Brontë, E, 1989: 299).

Él sufrió en silencio durante muchos años después hasta que ya no pudo soportarlo más y se dejó morir. Dejó de comer, de beber e incluso llegó a decir que tenía que recordarse a sí mismo que tenía que respirar. Deseaba morir para poder estar junto a Catherine y así lo hizo. Una mañana Neli y el viejo Joseph lo descubrieron muerto sobre su lecho con una expresión, como dijo Joseph, malvada, como si le estuviera sonriendo a la muerte. Y realmente eso estaba haciendo porque Heathcliff estaba feliz ya que después de su muerte estaría con Catherine para siempre.

Esta es la historia de un poderoso amor que comenzó a vivir sin problemas después de la muerte. Según cuenta Emily Brontë, Los fantasmas de Heathcliff y de Catherine fueron muy felices paseando juntos por los páramos.

Durante mucho tiempo la crítica descalificó Cumbres Borrascosas. La intensidad de su sentimiento y la brutalidad de los personajes, las energías primitivas de amor y odio que impregnan la novela fueron juzgadas como salvajes y burdas por los críticos del siglo XIX. Aún así éste es uno de los más poderosos y duraderos amores de la Literatura Inglesa. Al igual que anteriormente hablamos de Dante Alighieri como un suicida pasivo que se dejó morir por amor, ahora hablaremos de alguien que también se dejó morir por su fortísimo amor hacia Laura, éste es Francesco Petrarca. El acontecimiento crucial de su vida de artista y poeta fue el encuentro con Laura. La vio por primera vez y la amó inmediatamente, el 6 de abril de 1327 en la Iglesia de Santa Clara de Aviñón; él tenía casi veintitrés años y ella algunos menos. Esta fecha será recordada por él como un Viernes Santo en muchos poemas. De las descripciones y alusiones del propio Petrarca se adivina que fue de clase alta , que se casó y tuvo hijos, que el amor de Petrarca hacia ella permaneció "platónico", y que murió en 1348, víctima de la peste . En cuanto a lo demás se limita a estar viva como imagen en el reluciente espejo de sus versos. Petrarca la amó con todas sus fuerzas aunque, al igual que Dante, su amor sólo pudo llegar a conformarse con la contemplación. Una contemplación que a ellos les bastaba para saber que su vida sin ellas, sin Beatriz y sin Laura, era un sin sentido y que cada día que pasaba las amaban más. Petrarca, del mismo modo que el resto de los enamorados aquí descritos, amó a Laura incluso después de la muerte. El día de su muerte su cuerpo pudo morir pero sus sentimientos hacia ella no. Él incluso llega a escribir que si la muerte desease apoderarse de él, la esperaría tranquilamente porque su espíritu triste [tras la muerte de su amada Laura] no podría hallar un "puerto más sereno" donde poder descansar:

"Si ha de ser mi destino,
y de ello cuida el cielo,
que cierre Amor mis ojos sollozando,
que el cuerpo miserable
halle gracia en vosotros,
y vuelva a su mansión desnuda el alma.
La muerte menos dura
será si así lo espero
en el dudoso paso,
que el espíritu triste
nunca podría en puerto más sereno
ni en más tranquila fosa
escapar de la carne y de los huesos. (…)"
     (Petrarca,1984: Poema CXXVI)

La siguiente y última tragedia amorosa es la de Romeo y Julieta, que cobró vida gracias a Shakespeare. Ésta es una tragedia no en el original sentido griego del aplastamiento de la felicidad de un gran hombre por el poder del dios que lo rige todo, es decir Zeus, sino que es una tragedia humana, en que algo noble y bueno queda destruido por el engranaje, también humano, de los intereses y pasiones de los demás. Así como la tragedia de Dido y Eneas es una tragedia griega del amor aniquilado por el poder de Zeus, la de Romeo y Julieta es una tragedia humana del amor aniquilado por las rivalidades del poder político. Las familias de los Capuletos y los Montescos están en continua enemistad armada, como era típico en aquellas "ciudades Estado" ("I Comuni") de la Italia prerrenacentista, agitadas por interminables luchas hereditarias para cuya contención se elegía una autoridad moderadora, el podestà, aquí el Príncipe della Scala. Las rivalidades de poder se convertían en deudas de sangre, avivadas por una quisquillosidad en los agravios que alcanzaba a los respectivos criados y allegados de las familias. Romeo, extravagantemente enamorado de Rosalina, habla de su amada, cuya belleza, según él, "exalta con grandiosidad retórica", lamentando también que ella ha jurado no amar a ninguno. Para mostrársela a su amigo Benvolio, irán a una fiesta que van a dar los Capuletos, y a la que asistirán ellos disfrazados para no ser reconocidos como miembros de la familia enemiga. Al entrar Romeo ve inmediatamente a Julieta y, olvidando su patético y desesperado amor por Rosalina, se siente cautivado por ella y se enamora perdidamente de ella, oponiéndose así a Dido y a Melibea que no se enamoraron desde el primer momento en que vieron a sus amados, sino más tarde. Julieta, también enamorada al instante, al igual que Calisto, Dante y Petrarca, se entera enseguida de que es Romeo, de la familia rival de la suya, pero, lo más importante es que no renuncia a su amor, primera decisión originaria del fatídico final de los amantes. Este punto de origen de sus muertes tiene semejanzas con aquél primero que dio origen a la muerte de Dido, es decir, cuando Dido y Eneas consumaron su amor en aquella gruta siéndole ella infiel a las cenizas de su difunto esposo. Romeo, desde el jardín de los Capuletos, habla con Julieta asomada a la ventana. Allí se juran amor eterno, y ella promete que se casarán enseguida. En efecto, poco después se casan y cuando se dirigen hacia su cuarto para consumar el matrimonio, Romeo se ve envuelto en una pelea familiar y es condenado por el príncipe Scala, no a la muerte sino al exilio. Romeo se va a Mantua pero antes de hacerlo pudo hacer a Julieta suya. Los padres de Julieta querían que ésta se casase con un conde, el Conde Paris, pero ella no podía hacerlo porque ya estaba casada con Romeo. Por tanto le pide ayuda al fraile que la casó y éste le da la solución. El fraile le da un brebaje que le hará parecer muerta la mañana de su boda y, mientras ella sea enterrada en el panteón familiar él hará volver a Romeo de Mantua, quien la sacará de la tumba en el momento en el que ella reviva. Pero, evidentemente, el plan no llegó a buen puerto. El mensajero que iba a avisar a Romeo no pudo llegar y un amigo del enamorado le hizo saber (en mala hora) que su amada y esposa Julieta había muerto. Ante esto Romeo compra un veneno y se dirige a Verona para morir junto a su amada. Cuando llega y ve a Julieta muerta dice:

"La muerte que sorbió la miel de tus labios
no pudo nada contra tu belleza.
¡No te ha conquistado! La belleza
es rosa en tus mejillas y en tus labios.
Y la pálida enseña de la muerte no fue
enarbolada.(…)
(…)¿He de creer
que el fantasma de la muerte se ha enamorado,(…)?
(…) ¡Bebo por mi amor! [Bebe]Tú, veraz boticario
rápida es tu droga! Con este beso… muero…"
      (Shakespeare, W, 1988: 399)

Al poco tiempo de envenenarse Romeo y morir sobre la tumba de su amada ella despierta y ve a su Romeo muerto. En ese momento, toma el puñal de Romeo y se mata:

¡Oh padre y consuelo mío! ¿Dónde está mi señor?
Recuerdo bien dónde debía encontrarme…

Este es el sitio, pero, ¿y mi Romeo?.

(…)

¡Una copa sujeta entre las manos de mi amado!
Ahora lo entiendo…el veneno fue su muerte
prematura…¿Todo lo bebiste, oh cruel, sin dejar una gota
amiga para mí? He de besar tus labios… Acaso
quede algo de veneno en ellos…
que me dé una muerte reparadora. [le besa]
Tus labios…están aún calientes
Alguien viene. Terminaré pronto. ¡Oh dulce puñal!
Soy tu morada. Descansa en mí. Dame la muerte. (…)"
     (Shakespeare, 1988: 403-405)

Acuden también los Capuletos, los Montescos y el Príncipe, y se enteran de todo por el fraile: la reconciliación entre las familias enemigas es el único consuelo posible después de tantas muertes.

Hay que tenerle miedo al amor, porque como decía Shakespeare "en el amor, locura es lo sensato" y te puede llevar, en un acto de locura, a perder la vida antes de que Dios lo disponga.

 

Referencias bibliográficas:

BOCCACCIO, G, Vida de Dante, Alianza Editorial, Madrid, 1993.

BRONTË, E, Cumbres Borrascosas, Editorial Cátedra, Madrid, 1989.

DANTE, la Divina Comedia, M.E. Editores, Madrid, 1995.

F. DE ROJAS, La Celestina, Editorial Cátedra, Madrid, 1983.

PETRARCA, F, Cancionero. Estudio introductorio de Nicholas Mann. Preliminares, traducción y

notas de Jacobo Cortines. Madrid. Ediciones Cátedra, 1984.

- - - - - - , Triunfos, edición preparada por J. Cortines y M. Carrera, Editora Nacional, Madrid, 1983, p. 91.

SHAKESPEARE, W, Romeo y Julieta, Editorial Cátedra, Madrid, 1988.

VIRGILIO, la Eneida, Editorial Cátedra, Madrid, 1989.

 

 

© Cristina Martín de Doria 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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