EUGENIO DE TAPIA EN PRISIÓN
UN EPISODIO DE LA REPRESIÓN DE 1814


Dr. José Antonio Bernaldo de Quirós Mateo
Profesor de Secundaria (I.E.S. Jorge Santayana, Ávila)


 

   

Introducción

Es un hecho conocido que Eugenio de Tapia fue encarcelado en 1814 (1). Diversos autores contemporáneos se refirieron a este hecho. Por ejemplo, Eugenio de Ochoa:

Evacuada la España por los franceses, y restituido a su trono Fernando VII, fue perseguido Tapia como otros muchos patriotas por sus opiniones liberales, aunque moderadas. Sufrió en la Inquisición un encarcelamiento de nueve meses, al cabo de los cuales salió absuelto de las imputaciones calumniosas que le atribuyeron. (2)

También, naturalmente, Valle y Bárcena, biógrafo de Tapia:

Terminada la guerra volvió a Madrid con el Gobierno en 1814, y continuaba pacíficamente en el desempeño de su destino cuando en el año siguiente fue dolorosamente turbada la tranquilidad de su vida. Una delación poco noble le presentó envuelto en una supuesta conspiración, y habiéndose confiado de Real Orden la formación de aquellas ruidosa causa a la Inquisición, nuevamente restablecida, estuvo sumido nueve meses en los calabozos del Santo Oficio. Declaró al fin el tribunal su inocencia, y el Rey, en justo resarcimiento, le devolvió su empleo. (3)

Sin embargo, estas fuentes no entran en los pormenores del caso, ni en las consecuencias dramáticas que el hecho tuvo para el escritor(4). De ello nos ocuparemos en estas páginas.

 

Años previos al encarcelamiento

En los años previos a este suceso, Tapia había sido redactor del célebre Semanario Patriótico, a las órdenes de Manuel Quintana, gran amigo suyo. No vamos a ponderar ahora la reconocida importancia de esta publicación. Basta recordar, en palabras de otro contemporáneo (el conde de Toreno), que fue el periódico más influyente de la época y el primero en tratar con toda libertad en España "graves y diversas materias políticas" (5). El Semanario tuvo tres épocas: Madrid (1808), Sevilla (1809) y Cádiz (1810-1812). Tapia no tuvo nada que ver en la segunda, puesto que se encontraba en Valencia, adonde se había trasladado huyendo de Madrid poco antes de la llegada de Napoleón.

En 1810 Tapia llegó a Cádiz, donde la Regencia y las Cortes le encomendaron diferentes tareas; entre ellas, la de redactor jefe de la Gaceta. Mientras las desempeñaba no olvidó su dedicación a la literatura y produjo diversas sátiras apoyando al bando constitucional, de las que sólo se han conservado tres: La muerte de la Inquisición, El censor angustiado y Tonadilla a dúo que se cantó en una boda de gitanos (6). La causa de su posterior encarcelamiento se encuentra en su actitud favorable a la Constitución, o bien en estas composiciones concretas, donde aludía a personas poderosas del bando servil.

Terminada la guerra, Tapia se trasladó a Madrid con el gobierno. A finales de marzo de 1814 fue nombrado, al mismo tiempo que Quintana, Vargas Ponce y Martínez de la Rosa, miembro de la Real Academia Española.

 

Los hechos: dos procesos contra Tapia

En este mismo año de 1814 volvió a España Fernando VII y, tras la manifestación de apoyo del general Elío, decidió tomar el poder y dejar sin efecto la acción de las Cortes de Cádiz, en el trascendental decreto de 4 de mayo. Poco después, en la fatídica noche del 10 de mayo, y en los días siguientes, fueron encarcelados los más destacados liberales.

Aunque por el momento Tapia no fue a prisión (7), sí fue procesado en la causa que se siguió contra el Semanario patriótico, junto con Álvarez Guerra, Quintana y Rebollo. Poco tiempo después, el 22 de agosto de 1814, el fiscal pedía la absolución para Tapia y Rebollo fundándose en que aunque habían incurrido en algunos errores (afecto hacia la Constitución, defensa de la soberanía nacional), siempre manifestaron su apoyo a Fernando VII y rechazo a las ideas republicanas, por lo cual quedaban comprendidos entre las personas que, por decreto de 4 de junio de 1814, Fernando VII señaló que no merecían castigo (8). El fiscal volvió a pedir esta absolución el 15 de abril de 1815 (9).

Vemos, por tanto, que Tapia iba saliendo bien parado; pero en medio de este proceso, las cosas se complicaron por la intervención de un delator, un tal Vicente de Lema, que acusó a Tapia de ser cabeza de una conspiración, junto con otras personas (Antonio Uguina y José Rebollo) (10). Según su acusación, los conspiradores se reunían preferentemente en casa de Tapia, por la tarde, a tratar asuntos relativos a la destrucción del Gobierno, y él lo sospechó sabiendo que eran personas muy adictas a la Constitución. Señaló también el delator que había oído a Uguina proposiciones contra el rey y la religión, y que Tapia y Rebollo le aplaudían. Además, el denunciante declaró que no cumplían regularmente los preceptos eclesiásticos (11).

Tapia y su familia (integrada por su esposa y un niño de corta edad), así como los demás acusados, fueron detenidos el 20 noviembre de 1814 a causa de dicha acusación. Así lo denuncia el propio autor:

En el mes de noviembre de 1814 se pasó orden al tribunal de la Inquisición [...] para que procediese inmediatamente y sin previa información sumaria, a la prisión del autor y de otras personas que habían sido delatadas al Gobierno por un villano calumniador como conspiradoras contra el altar y el trono. Verificóse la prisión a deshoras de la noche, con gran aparato de tropas y esbirros. [...] Es muy reprensible la condescendencia que tuvo [el tribunal] de prestarse a ser instrumento de la tiranía ministerial, prendiendo por una simple delación, contra lo prevenido en las leyes, a tantas personas inocentes, y entre ellas a tres señoras, una de las cuales estaba a la sazón criando un niño casi recién nacido. ¡Barbarie inaudita! (12).

En otro lugar, Tapia da más detalles de la terrible escena:

ABOGADO: [...] Pues, señor, mi buen Radamanto iba en lo más silencioso de la noche con una manga de granaderos y media docena de esbirros, así como van a embestir un redil los lobos hambrientos. Dirigíase, no a la guarida del inmoral y escandaloso adúltero, sino a la morada del pacífico y virtuoso ciudadano, cuyo delito era no conocer la torpe adulación y lamentarse de la servidumbre en que yacía su patria. El lecho conyugal no era respetado: de él salían a la fuerza trémulo el esposo, ahogada de llanto y de dolor su honesta compañera, estrechando en sus brazos un inocente niño, que lloraba y se estremecía a vista de los bárbaros sayones..

JUEZ: ¡Vaya! Usted delira. ¡Qué sarta de disparates! ¿Conque usted cree todas esas patrañas?

ABOGADO: Señor, yo repito lo que oí esta mañana a un sujeto muy formal, a quien acaeció lo que va referido. "Lleváronme", añadía el infeliz, "a una de las cárceles más conocidas del pueblo, en cuya entrada me separaron aquellos verdugos de mi pobre familia. Esta cruel separación acabó con el poco aliento que ya le quedaba a mi esposa, y dando unos espantosos alaridos cayó desmayada. Yo, que iba, caminando por una crujía oscura al calabozo que me tenían destinado, oí los lamentos de mi mujer; quise volver a consolarla: no me fue permitido. Quien tenga entrañas de hombre, y no de tigre, conocerá lo que mi alma padeció en tan amargo trance. Mi esposa fue encerrada en otra prisión con su hijo" (13).

En cuanto a la esposa de Tapia, interrogado el delator el 9 de marzo de 1815, explicó:

que a doña María Jesús de Monasterio, mujer de D. Eugenio de Tapia, el motivo de haberla comprendido en las reuniones fue por haber oído que siempre estaba en las tertulias mencionadas con su marido, y haber oído decir, sin acordarse a quién, en Cádiz ser adicta a la Constitución y su partido; pero que no la ha tratado ni visto más que cinco o seis veces en Sevilla, en Cádiz y en Madrid. (14)

El fiscal, que ya desde el principio del proceso había pedido la libertad de doña María Jesús, volvió a hacerlo el 22 de abril de 1815, por ser los cargos contra ella poco firmes, y por librar al tribunal de la responsabilidad en caso de que el niño muriera. En efecto, el niño se hallaba enfermo con alferecía en grave peligro de muerte, desgracia que sucedió poco después. El testimonio de Tapia es desgarrador:

a poco tiempo murió el niño en la prisión, habiendo padecido por espacio de once días unas terribles convulsiones, a presencia de sus desventurados padres (15).

Después de esta tragedia, a primeros de mayo fue la madre puesta en libertad, y Tapia el 9 de agosto. La razón obvia es que la acusación no se tenía en pie:

Se nos formó causa. ¡Y qué causa, gran Dios! Las calumnias más atroces, las imposturas más inverosímiles, y aun ridículas, formaban el fondo de ella. Plugo por fin al cielo que se aclarase nuestra inocencia, y mis perseguidores no lograron su pérfido intento. (16)

El fiscal no sólo pidió la absolución para los acusados, sino que al mismo tiempo pidió prisión para el delator, y así lo decretó el tribunal (17). Sin embargo, asombrosamente, éste quedó libre:

El delator vino a ocupar la prisión que había dejado mi consorte; y cuando todos los hombres de bien esperaban un castigo ejemplar, he aquí que le vemos salir de la cárcel, libre y sin costas, y en posesión de su destino. ¿Cómo es esto?, clamaban las gentes. ¿Absuelto el delator y los delatados? Si éstos son inocentes, ¿cómo a aquél no se le declara culpable? ¡Oh, justicia! (18)

 

El delator y sus motivaciones

El delator, Vicente de Lema, había tenido trato personal con Tapia. En 1808 se había trasladado a Cádiz, donde estableció una imprenta. Más tarde (en 1810), Quintana, Guerra, Rebollo y Tapia le contrataron para reanudar la publicación del Semanario Patriótico. Lema imprimió unos treinta números,

"hasta que, viendo que [el Semanario] empezaba a extraviarse en las opiniones, no quiso continuar, y advirtiendo el mismo Quintana, con Rebollo y Tapia, que eran sus auxiliares, la repugnancia del declarante, se separaron de su imprenta con el pretexto de que tenía mala letra en la impresión" (19).

¿Por qué motivos levantó el falso testimonio contra Tapia? Podría tratarse de una venganza personal, pero lo más probable es que detrás de él hubiera alguna persona más poderosa que se habría sentido aludida en algunas de las sátiras de Tapia o, simplemente (en vista de que nuestro autor se iba librando en el proceso contra el Semanario), alguien que no quería que saliera sin castigo por su apoyo a las ideas constitucionales. En 1821, el periódico El Censor, comentando el volumen de Poesías que nuestro autor acababa de publicar, señaló algo de este estilo, al hablar sobre sus composiciones satíticas gaditanas:

tienen muchos pasajes graciosos, y el mérito de haber quizá acarreado al autor una persecución, honrosa para él, bajo el reinado del poder absoluto. (20)

El mismo Tapia lo creía así. En los Ensayos satíricos, el relato de la detención va precedido de esta explicación:

Antojábasele a cierto personaje poderoso, dicen por ahí en los corrillos, perder por sus miras particulares a algún hombre de bien, o dar apariencia de conspiración a una pacífica tertulia. ¿Qué hacía? Comisionar a uno o más de estos jueces flexibles, acomodaticios, ¿me entiende usted?, éstos que arruinarán a cien familias por complacer a un excelentísimo. (21)

La protección de un personaje poderoso, instigador de los hechos, podría explicar por qué el delator quedó sin castigo, a pesar de la injusticia manifiesta.

 

Secuelas morales

Una vez absuelto en ambos procesos, Tapia volvió a su anterior empleo de director de la Gaceta, empleo en el que siguió hasta 1820, cuando pasó a ser director de la Imprenta Nacional. Sin embargo, las consecuencias de este drama, en la esfera personal, debieron de ser terribles tanto para Tapia como para su esposa:

Salimos absueltos de la prisión. ¿Pero quién me resarce los daños gravísimos que esta horrorosa desgracia me ha ocasionado? ¿Quién resucita a mi idolatrado hijo, muerto de un accidente en la prisión a la vista de sus acongojados padres? ¿Quién restituye a mi esposa y a mí la tranquilidad y la salud que hemos perdido? (22)

En el poema Epístola a Fabio (Poesías, 1821), Tapia expresa los sentimientos que le invaden al contemplar el campo envuelto en las sombras de la noche:

¡Ay triste!    165
Que entonces me atormenta la memoria
el hijo que perdí. Veo los monstruos
que por la atroz calumnia conducidos
a mi inocente esposa, al tierno fruto
del conyugal amor, y al triste padre     170
en el recinto estrecho sepultaron
de una oscura prisión. ¡Hijo querido!
Aún oigo tus lamentos; aún mis ojos,
cansados de llorar, ven a tu madre
pálida, congojosa, sin aliento,      175
cuando aquellos verdugos me arrancaron
de tu seno inocente. ¡Oh noche infausta!
Tus sombras encubrieron esta escena
de llanto y opresión, que aun de los cafres
enternecido hubiera el duro pecho.    180
Yo en distinta prisión, solo, privado
de tan amadas prendas, ni aun consuelo
darles pude, ¡oh dolor!, en su amargura.
Plugo al cielo por fin que descubierta
nuestra inocencia fuese, ¿mas qué importa    185
víctima del pesar, mi caro hijo
murió?... ¿Y cuál crimen, misterioso cielo,
cometer pudo el candoroso infante
digno de pena tal?... ¿Pero qué digo?    190
¿Pena llamo al morir, al desatarse
de esta angustiosa vida las prisiones
para volar al anhelado empíreo?
En él ya gozas de ventura eterna,
Fernando idolatrado; en él espero     195
contigo unido y con tu tierna madre
ser por siempre feliz. ¡Y ojalá pronto
llegue de nuestra unión el fausto día! (23)

En Dedicatoria (Poesías, 1832), poema dirigido a su esposa, nos muestra a los cónyuges unidos en el dolor por la desgracia:

Resignada en tu fe conmigo apuras    25
del fúnebre pesar la amarga copa
cuando en temprana edad, cual flor marchita,
muere en tu seno el hijo a quien adoras.

Él, más dichoso, en la mansión celeste
ve este mísero suelo: allí se goza    30
mirando nuestra unión, y nos aguarda
cercado en trono de radiante gloria.

Esta dulce esperanza de otra vida
que hasta el cielo al espíritu remonta
consuela a los esposos, que por siempre    35
verse unidos confían sin zozobras.

¡Cuántas veces absortos contemplando
la belleza del cielo encantadora,
"allí está nuestro bien", ambos dijimos,
tributando un suspiro a su memoria!    40

Lágrimas de ternura, tan süaves
como el blando rocío de la aurora,
¡qué de veces bañasteis las mejillas    40
de esta madre afligida y cariñosa!

También en su Historia de la Civilización Española se refiere Tapia a este episodio, aunque con un enfoque más general; se advierte la emoción, pero también el intento de ser ecuánime historiador:

La reacción política de 1814 causó un lastimoso retroceso en la civilización española. ¿Quién podrá recordar sin emoción aquel trastorno general en las instituciones, en los intereses materiales de la sociedad, en la enseñanza pública, en los sentimientos morales del pueblo? A la apacible luz de la progresiva inteligencia sucedió un tenebroso caos, en el cual no se oían más que lamentos de perseguidos y feroces gritos de perseguidores. Pero no imitemos a éstos, no escuchemos las innobles inspiraciones de la venganza: también el que esto escribe tuvo una buena parte en los padecimientos de aquella época, y pudiera creerse que el resentimiento guiaba su pluma. Tracemos con honrosa calma el cuadro de nuestras miserias, el estado de degradación moral e intelectual a que nos redujo entonces el fanatismo. (24)

 

Conclusión

La prisión de Eugenio de Tapia no fue una simple detención de unos cuantos meses de duración, sin más trascendencia. La pérdida, durante estos hechos, de su hijo Fernando, supuso para él un golpe terrible que se ve reflejado en varios lugares de su producción literaria: Ensayos satíricos (1820), Poesías (1821) y Poesías (1832), sobre todo. Podemos suponer que esta tragedia cambió completamente el sentido de su existencia. Sin embargo, tan terrible suceso no aparece recogido en las reseñas biográficas existentes sobre nuestro autor, ausencia que se debería subsanar en el futuro, dada la importancia que el hecho tuvo en su vida.

Por otra parte, el testimonio del autor nos muestra de primera mano los sufrimientos de los perseguidos por el fanatismo y la arbitrariedad, lo que constituye una de esas lecciones de la historia que conviene tener siempre presentes.

 

NOTAS:

(1) Aunque en la actualidad ha caído en un relativo olvido, Eugenio de Tapia (1778-1860) fue un autor muy apreciado por sus contemporáneos. Fue un señalado miembro de la generación de 1808 (según afortunada etiqueta acuñada por el historiador Manuel Moreno Alonso). Destacado liberal en la época de las Cortes de Cádiz, sufrió prisión en 1814 y exilio en 1823, mientras que en las épocas de gobierno liberal ocupó diversos cargos políticos y administrativos: diputado, director de la Biblioteca Nacional, etc. Jurista de profesión (publicó muchas obras de su especialidad, que obtuvieron notable difusión), se dedicó también a la traducción, la historia, la didáctica y el periodismo. En el campo literario destacó en el género satírico. Fue -junto con Mesonero- el más señalado adversario de la moda romántica, si bien admitía el valor de algunas obras de este movimiento. Produjo teatro neoclásico (destaca Amar desconfiando, comedia de 1832), así como poesía neoclásica y a veces prerromántica (Poesías, 1821 y 1832); aunque en su cultivo del verso el libro más destacado es La bruja, el duende y la Inquisición y otras composiciones satíricas (1837), donde parodia y satiriza al Romanticismo. En prosa practicó el costumbrismo (Viaje de un curioso por Madrid, 1807) y la novela realista (Los cortesanos y la revolución, 1838).

(2) Eugenio de Ochoa: Apuntes para una biblioteca de escritores españoles contemporáneos en prosa y verso. París, 1840. Pág. 768.

(3) Juan del Valle y Bárcena: Biografía de don Eugenio de Tapia. Madrid, 1859. Pág. 6.

(4) Lo mismo ocurre con el resto de obras que reseñan la biografía de Tapia. Entre otras: Cueto (Poetas líricos del siglo XVIII, 1869-1875), Martín Carramolino (Historia de Ávila, su provincia y su obispado, 1873), Herrera (Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, 1993)...

(5) Conde de Toreno: Historia del levantamiento, guerra y revolución en España. 1835. Tomo III, libro 9, pág. 13.

(6) Las tres fueron publicadas por Tapia en Ensayos satíricos en verso y prosa, por el Licenciado Machuca, inquilino que fue de la casa negra (1820). Más adelante las reeditó en Poesías (1821) y en Juguetes satíricos (1839). En una de sus composiciones satíricas de estos años gaditanos creó Tapia el término servil aplicado a los partidarios del absolutismo, según testimonia el conde de Toreno (Historia..., tomo III, libro 13, pág. 464).

(7) Alonso Zamora Vicente (La Real Academia Española. Madrid: Espasa, 1999, pág. 453) relata los avatares de la Real Academia este día 10 de mayo: "La casa fue allanada e intervenida por las autoridades gubernativas. Algunos académicos, como Villanueva, Quintana, Martínez de la Rosa, Gallego y Cepero fueron encarcelados. Otros lograron esconderse (Vargas Ponce, Tapia y otros)." No tengo más referencia que ésta sobre la situación de Tapia durante la fatídica noche.

(8) Manuel José Quintana: Memoria sobre el proceso y prisión de don Manuel José Quintana en 1814. En Manuel Cañete: Obras inéditas de don Manuel José Quintana. Madrid: Medina y Navarro, 1872. Pág. 261.

(9) Son interesantísimas, por lo proféticas, las palabras con que sus autores se despiden en el último número del Semanario Patriótico (102, de 19 de marzo de 1812): "Sabemos bien la suerte que nos aguarda si por desgracia volviese a encenderse entre nosotros la tea de la superstición y del fanatismo, o si la arbitrariedad de una Corte devoradora sentase otra vez su trono sobre las ruinas del orden y de las leyes. Entonces los autores del Semanario, como promovedores y entusiastas de este orden y de estas leyes, serán perseguidos y castigados; triste y ordinario pago que reciben los que tan sin reserva se entregan a defender los derechos de los pueblos." (Ver Albert Dérozier: Manuel José Quintana y el nacimiento de la España liberal, Madrid, Turner, 1978, pág. 654). Sólo dos años después se cumplía su predicción.

(10) Galdós, en Memorias de un cortesano de 1815 (Episodios Nacionales, 12), recrea de forma magistral el ambiente de inseguridad que se creó desde mayo de 1814, con abundantes delaciones pagadas, conspiraciones inventadas... El caso de Tapia fue uno más entre muchos. El propio Tapia, en Ensayos satíricos (1820), da una cumplida pintura de varias clases de personajillos en la fatídica fecha: el delator, el chaquetero, el liberal renegado...

(11) Interrogatorio a Vicente de Lema en el proceso contra Tapia. Archivo Histórico Nacional, s/I, leg. 4494. Exp. 41-1815. Reproducido en Manuel Ruiz Lagos: Liberales en Ávila. La crisis del Antiguo Régimen (1790-1840): Cuesta, Tapia y Larra. Ávila: Diputación Provincial, 1967. Págs. 116-117.

(12) Eugenio de Tapia: Poesías, 1821. Nota final, págs. 215-216.

(13) "El juez y el abogado". En Ensayos satíricos, 1820, págs. 120-121. También en Juguetes satíricos, 1839, págs. 73-74 (en esta obra el artículo lleva un título ligeramente diferente: "Diálogo entre un juez antiguo y un abogado moderno"). En la primera obra, Tapia incluye la siguiente nota: "El que esto escribe ha padecido los tormentos que aquí aparecen bosquejados: se abstiene de nombrar y zaherir a sus perseguidores, porque no trata de vengarse, sino de hacer ver al público los funestos efectos de la arbitrariedad." Esta nota no aparece en Juguetes.

(14) Eugenio de Tapia: Poesías, 1821. Nota final, págs. 220-221.

(15) Ibidem, pág. 222.

(16) Ensayos satíricos, pág. 121. También Juguetes satíricos, pág. 75. Nótese el empleo del plural perseguidores, cuando el delator había sido sólo una persona.

(17) Eugenio de Tapia: Poesías, 1821. Nota final, pág. 220.

(18) Ensayos satíricos, pág. 122. También Juguetes satíricos, pág. 76.

(19) Comprobatorio de las declaraciones de don Vicente de Lema, e información secreta de sus motivaciones acusadoras. Archivo Histórico Nacional, s/I, leg. 4494. Exp. 41-1816. Reproducido en Manuel Ruiz Lagos: Liberales en Ávila. La crisis del Antiguo Régimen (1790-1840): Cuesta, Tapia y Larra. Ávila: Diputación Provincial, 1967. Págs. 117-118.

(20) En L. A. Cueto: Poetas líricos del siglo XVIII. Madrid, 1952. Tomo III, pág. 673.

(21) Ensayos satíricos, pág. 119. También Juguetes satíricos, pág. 73.

(22) Ensayos satíricos, pág. 122. También Juguetes satíricos, págs. 75-76.

(23) En la reedición de este poema (Poesías, 1832, con el título Epístola a un amigo), este pasaje autobiográfico fue sustituido por otro más breve y de carácter general; tal vez se debió a razones de censura, dado que aún reinaba Fernando VII y Tapia había terminado recientemente su exilio de Madrid, que se prolongó desde 1823 hasta 1831.

(24) Eugenio de Tapia: Historia de la civilización española, 1840: vol. IV, pág. 216.

 

© José Antonio Bernaldo de Quirós Mateo 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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