Las fortunas de Diana de Lope de Vega:
análisis de los personajes

María Cándida Muñoz Medrano
Universidad de Catania


 

   

La primera de las Novelas a Marcia Leonarda narra la historia de una joven principal que acuerda escaparse con su amante tras descubrir que espera un hijo. Diana, tras aguardar al joven Celio por horas, lo confunde con un transeúnte a quien lanza desde su balcón joyas y otras posesiones. Su amante Celio no acude a la cita por no hallar la forma de separarse de la compañía de Otavio, hermano de Diana. Ésta se va tras un desconocido y al no encontrar a Celio se cree traicionada; mientras tanto el joven la busca. Diana da a luz a su hijo y sale en busca de Celio en hábito de hombre. Después de una serie de aventuras, Diana llega a ser Virrey de las Indias y encuentra a Celio preso por haber matado al transeúnte desconocido que había robado las joyas a Diana. La pareja se reencuentra y la novella tiene un final feliz.

En este argumento se mezclan la aventura y el cuento con el elemento fantástico. Todo ha sido concebido según el modelo de las novelas de aventuras de la helenidad tardía y la caballería española, las patrañas enlazadas apenas entre sí y los cuentos que rozan lo fantástico.

Las fortunas de Diana parece dar cabida a todo tipo de temas, rozando el anacronismo: los amantes proyectan huir a las Indias y Celio va allá de hecho, aunque ha perdido la flota que sale de Sevilla, llega a Cartagena; mientras tanto Diana, de varón, va con su amo, el duque, a unirse con las tropas que andan reuniendo los Reyes Católicos para conquistar Granada. En la Corte Diana logra el favor del rey y el nombramiento de virrey, capitán general o gobernador (los tres títulos le da Lope).

Vemos cómo muy pronto aparece la llama del amor al quedar prendado el galán de la dama y encenderse en él una desatada pasión amorosa. Tal es así que nos recuerda el enamoramiento de Calisto y Melibea. En los comienzos de Las fortunas de Diana el que va a resultar galán ve un momento a la que será su dama y apenas pueden cambiar una frase de pasada. Poco basta para que el incendio amoroso prenda. En otra ocasión ha dicho que sólo los casos maravillosos son dignos de ser contados: he ahí la maravilla, aunque se repita mil veces, de un amor que surge ineluctable en un instante. Qué nos importan si ocurre así o no en la realidad; Lope escribe no lo que es sino lo que debe ser con arreglo a esa oposición entre verdad histórica y verdad poética.

Son desenvueltos los personajes que nos presenta Lope en esta novelita. Sus peripecias son el resultado de desatinos, flaquezas e infortunios. Aunque en la tragedia y en la épica personajes excepcionales cometen errores de juicio que desencadenan la acción de la trama, en Las fortunas de Diana las peripecias de los personajes no son producto de su error de juicio, de la ocurrencia de algo probable y previsible pero contrario a las expectativas limitadas del personaje.

Los supuestos infortunios de Diana no son tan terribles, puesto que ésta se lanza a una vida llena de aventuras que la hace lograr puestos principales hasta terminar con la recuperación de su amante.

Lope repite el repetido recurso de presentar como personajes protagonistas a una pareja dotada de muchos encantos. Presenta a los protagonistas, un caballero y una dama, ambos dotados de prendas sobre toda ponderación. El hecho de que el narrador manifieste conocer a los personajes da a la narración otro tipo de credibilidad que no proviene de la poética clásica sino de los discursos histórico y retórico, cuyos emisores defendían con frecuencia la veracidad de los hechos, ya fuera recurriendo a fuentes fidedignas o constituyéndose en testigos presenciales del caso. La veracidad se defiende, pues, mediante el criterio de la información, de lo visto y lo vivido.

En todo momento podemos sentir la presencia del narrador. Lope actúa como si conociera a la perfección la historia que nos presenta, como si hubiese sucedido realmente y lo contara a la señora Marcia Leonarda: "Diana mostraba alegría en la obediencia y con discreción notable no excedía un átomo sus preceptos."1

En la descripción que hace Lope de los personajes principales de Las fortunas de Diana, Celio y Diana, observamos rasgos dramáticos poco después de ser presentados. Una vez que el modelo de amantes nobles ha sido sugerido, el narrador puede ser reemplazado por el dramaturgo: "Quedó atrás Celio, poniendo ella los ojos en él, sacó todos los desseos del alma a las colores del rostro… Celio quanto pudo se llegó a ella, que fue lo más que pudo con su turbado atrevimiento, y al passar Diana le dixo: ¿Qué desseada tenía yo esta vista?"2

Al describir Lope al personaje Celio se plantea un tópico del Siglo de Oro propio del héroe de comedia y novela, pobre en bienes pero rico en atributos y cualidades personales. Celio posee "grandes virtudes y gracias naturales; era pobre y no muy estimado de los ricos… el caballero más noble, más discreto, más fácil (dócil, dulce), más leal, verdadero, secreto (reservado y discreto), y de mejores costumbres que había en Toledo, era pacífico, prudente y cuerdo…"3

Este planteamiento es un tópico de la literatura del Siglo de Oro: la oposición de bienes de naturaleza y de fortuna. Se trata de una manera simple de apelar al sentimiento popular de justicia distributiva, que no tolera el exceso de bienes en un individuo, y de hacer más atractivo al héroe de comedia o novela con la falta de riquezas o calidad social cuando por sus virtudes, talentos y gracia, merece todo bien y fortuna un caso eminente, por los muchos que podrían citarse, el de las bodas de Camacho el rico, y la industria de Basilio el pobre. Lope no ha seguido el planteamiento inicial si no es para explicarnos el secreto con que Celio ama a Diana, hermana de su gran amigo, a quien parece inferior en riquezas.

Se disfrazan los nombres de los dos caballeros protagonistas porque "había no ha muchos tiempos dos caballeros de una edad misma, grandes amigos. Aquí tomaré licencia de disfrazar sus nombres, porque no será justo ofender algún respeto con los sucesos y accidentes de la fortuna."4

Celio, por su parte, es también un personaje que finge ser noble. Aunque planea escaparse con Diana, al desaparecer ésta y al comenzar la gente a murmurar que él se la había llevado, decide pasearse por todo el pueblo para liberarse de toda sospecha ante Otavio. Éste aparece descrito como "valiente caballero", que se conmueve fácilmente.

Los héroes de Las fortunas de Diana huyen para legitimar el hijo que esperan, pero esta huida es diferente a como la habían proyectado. El amor de los héroes llega a la consumación, pero los respetos sociales obligan a que tengan que huir para casarse. Con la huida Lope puede hacer peregrinar a sus personajes y pasar por extrañas aventuras. Galán y dama tienen un perfil teatral. Se comportan a la manera de sus semejantes en la comedia.

Nos sorprende el hecho de que la joven Diana al ser nombrada para ocupar el cargo de virrey, disfrazada de muchacho, nadie se pregunte por el origen de este mancebo y ni siquiera su amante lo descubra. Hemos de aceptar como posible, entre detalladísimas descripciones de sucesos dignos de crédito en la Corte española y en las posesiones americanas de España, el nombramiento para el cargo de virrey de la joven Diana, disfrazada de muchacho y elevada al rango de consejero privado, desde el bajo estado de mozo villano, por el duque de Béjar. Nadie se pregunta, ni en el gobierno ni en la Corte, por el origen de este muchacho a quien se ha de confiar uno de los cargos políticos más importantes y llenos de peligros. Ni siquiera el amante descubre quién es ese "virrey" que lo saca de la prisión y convive con él diariamente durante las largas semanas de la travesía marítima. Deja Lope, como vemos, sin resolución este asunto.

Creo que Diana es un personaje que se emociona profundamente, es una muchacha sensible cuyos sentimientos Lope describe admirablemente. Sus emociones dejan una muestra física. Así nos dice: "Diana, que oyendo tantas alabanzas de Celio, sintió una alteración súbita, que blandamente le desmayaba el corazón y le esforzaba la voluntad"; y más adelante: "y dijo con las colores del rostro lo que calló la lengua."5 Esta última frase es muy significativa, pues en la época era el silencio el gesto que se esperaba de una mujer a la que se decían palabras de amor.

Celio y Diana no sólo actúan inmoralmente sino que, mediante este regodeo narrativo (descripción de personajes que fingen ser castos), el lector asiste también a la dinámica de la seducción de los amantes. El didactismo se desplaza por el deleite casi morboso de los lectores.

Las sentencias y descripciones elogiosas que presentan a Diana como una recatada doncella y a Celio como un joven de gran nobleza se acompañan de acciones de dudosa moralidad, de personajes que rompen voluntariamente con el código del honor.

Sorprende el hecho de que Diana no sienta tristeza alguna al dejar entre los pastores a su hijo, más interesada en la búsqueda de Celio, y que el narrador no haga ningún comentario al respecto.

Además de inconsistentes y violadores voluntarios del código del honor, al menos uno de los personajes de la novella rompe con el principio aristotélico de la propiedad o el decoro. Diana, perteneciendo al género femenino es, a pesar de Aristóteles, muy valiente: consigue pacificar las Indias en calidad de Virrey; sin embargo el narrador logra convencer de la valentía de su personaje al explicar cómo actúa y su entrenamiento con las armas. En este caso el narrador echa mano de la misma convención de la probabilidad para salirse con las suyas. Una vez más se sitúa dentro de la regla para violarla desde ella.

Diana se disfraza de hombre, recurso teatral, y se lanza a una peregrinación sin tregua. Es, por otra parte, una mujer confundida que resulta atractiva en hábito de varón a la hija de la casa donde ha sido acogida, como sucede, invariablemente, en novelas y comedias. Y Lope de nuevo: "Paréceme que dice vuestra merced que claro estaba eso, y que si había hija en casa se había de enamorar del disfrazado mozo. Yo no sé qué haya sido ello verdad, pero por cumplir con la obligación del cuento vuestra merced tenga paciencia, y sepa que…"6

Lope pretende hacer creer a su lectora Marcia Leonarda que los dos personajes Otavio y Celio son reales, así como el caso que le cuenta. Por ello se expresa: "Aquí tomaré licencia de disfrazar sus nombres, porque no será justo ofender algún respeto con los sucesos y accidentes de su fortuna."7

A veces Diana se contradice entre su manera de declararse y su conducta. El narrador juega a hacernos creer que sus personajes se ruborizan y, cuando casi nos tienen convencidos, realizan una vuelta que produce efectos cómicos. Cuando Celio le pide permiso a Diana para hablarle y ésta le contesta que no es posible, el lector se sorprende de que la razón que se da no sea de naturaleza ética sino práctica: los aposentos donde Diana duerme dan a las casas de gente pobre, lo cual podría descubrirla ante su familia. La excusa de Diana no sólo no tiene nada que ver con la moral sino que, además, entrega a Celio la información precisa para que pueda hablarle secretamente; le descubre la localización de su habitación y los posibles obstáculos para llegar a ella, lo cual resulta inconsistente con la negativa inicial.

Otro momento en que se presenta más obviamente la hipocresía del personaje es cuando su amante le pide licencia para hablarle más cerca de su ventana: distaba la ventana del suelo catorce o dieciséis pies, con cuya ocasión Celio le pidió licencia una noche para subir a ella. Diana fingió que se enojaba mucho y, no pesándole de la licencia, le preguntó que cómo había de traer una escalera a una casa en que ya no vivía nadie, sin gran escándalo. Diana, una vez más, finge enojarse y luego, presentando los osbtáculos prácticos de la hazaña, descubre su consentimiento.

Por supuesto, esta simpatía se la da el narrador sobre todo a los jóvenes afectados por el amor: Celio y Diana, Lisardo y Laura en La prudente venganza o Silvia y Felisardo en La desdicha por la honra. Sabe cómo hacerlos interesantes y amables, simplemente presentándolos. Sin idealizarlos, los hace vivir.8 Diana sufre cambios a lo largo del relato, su amor inicial se convierte en confusión por el paso de los acontecimientos que la van haciendo cambiar.9

Diana abandona al hijo entre los pastores para poder ir a buscar a Celio. Su sacrificio es total en beneficio de su honra, de la fama que quiere recuperar a toda costa: "A mí me es fuerza partirme de esta tierra… Mis entrañas te dejo… No tengo de ir en mi hábito, ni en el de mujer, pues en él he sido tan desdichada…"10 La transformación de Diana es total: "Vistióse finalmente de un gabán y, cortándose los cabellos, cubrió con un sombrero rústico lo que antes solían cuidadosos lazos, diamantes y oro. Era Diana bien hecha y de alto y proporcionado cuerpo; no tenía el rostro afeminado, con que pareció luego un hermoso mancebo,…"11

Miente Diana al Duque para continuar la falsa: "En razón de su patria y padres… le dijo que la había criado en Sevilla un hombre a quien llamaba padre…"12 Mientras tanto, Celio "derrotado con su nave, después de tan larga tormenta, a una isla en las partes de África, donde algunos navíos suelen hacer agua."13 Aquí Celio se nos muestra a modo de personaje de novela bizantina revelando su origen desconocido: "movido de su piadoso ánimo, le contó quién era, lo que le había sucedido y lo que buscaba…"14

Diana, que había sorprendido por su belleza, aun vestida de varón, su "donaire y gracia" quedó al servicio del Rey Católico y "tenía el alma en dos Celios, y ausentes entrambos, uno en las Indias y otro en tierra de Plasencia…"15 Se marcha a las Indias, donde tomó el cargo de gobernador y capitán general de todo lo nuevamente conquistado.

La probabilidad se rompe en la configuración de sus personajes, que no resultan ser muchas veces ni altos (morales), ni consistentes, ni propios. Constantemente se da a entender que los personajes de la novella no son, sino que fingen ser morales.

Al final de la novela tiene lugar el reconocimiento de Diana y Celio. La anagnórisis no queda libre de sospechas. Se lleva a cabo mediante las mejores reglas del arte: Diana reconoce a Celio por la memoria (segunda forma artística de reconocimiento) y Celio reconoce a Diana por incidentes de la trama formal que Aristóteles señala como la más artística.

Otros personajes de la novela, que muy positivamente contribuyen al desenvolvimiento de la misma, sirviendo de marco a los personajes principales, son: Florisa, la criada de Diana, y Feniso, criado de Celio; la serrana y los pastores que quedan admirados cuando ven a Diana: "entre aquellas ramas tal prodigio de hermosura desmayada, descalza y rendida…"16; el labrador "que amaba a lo cortesano"17, la pastora Filis y su padre Selvagio; el Duque, pieza angular en la "fortuna" de Diana; Silveria, hija de éste, el Rey Católico y el Virrey.

 

NOTAS

  1. Lope de Vega, Novelas a Marcia Leonarda, ed. de F. Rico, Madrid, ed. Alianza, 1968, p. 29.

  2. Ibíd., p. 30.

  3. Ibíd., p. 29.

  4. Ibíd., p. 28.

  5. Ibíd., p. 30.

  6. Ibíd., p. 52.

  7. Ibíd., p. 28.

  8. G. Cirot, "Valeur Littèraire des nouvelles de Lope de Vega", en Bulletin Hispanique, XXVIII, (1926), p. 351.

  9. At a later point in the narrative, Diana’s initial enthusiasm and love, changed into confusion by recent events, is vividly captured in stage-like monologue: (el último punto en la narrativa, el entusiasmo y amor inicial de Diana, cambiado en confusión a causa de los sucesos recientes, es vivamente capturado en el escenario como monólogo).

    "Ay, vanos contentos, con que verdades os pagays de las mentiras que nos fingis, ¡Como engañays con tan dulces principios para cobrar tan breues gustos con tan tristes fines! ¡Ay, Celio! ¿Quién pensara que me engañaras? Mira lo que passo por ti, pues he llegado, por auerte querido, hasta aborrecerme, pues no lastimara el alma lo que passo por ti" Novelas a Marcia Leonarda, cit., p. 40. Vid. F. L. Yudin "The novela corta as comedia: Lope’s Las fortunas de Diana", en Bulletin of Hispanic Studies, XLV, (1968), p. 183.

  10. Novelas a Marcia Leonarda, cit., p. 49.

  11. Ibíd., p. 49.

  12. Ibíd., p. 59.

  13. Ibíd., p. 61.

  14. Ibíd.

  15. Ibíd., p. 67.

  16. Ibíd., p. 45.

  17. Ibíd.

 

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© María Cándida Muñoz Medrano 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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