Espéculo

Reseñas, críticas y novedades



Carmen Duarte

Hasta la vuelta


 

Mireya Robles
Research Associate
University of Natal, Durban, South Africa

Conocí a Carmen Duarte un miércoles de mayo, día 2, en este año de 2001 en el hotel Lowe de South Beach, en el que nos reunimos ella, Vitalina Alfonso y yo a tomar un café mientras Vitalina me entrevistaba. Me pareció Carmen una persona discretamente intensa, que sabe absorber la vida y no me sorprendió que Vitalina me dijera que Carmen era escritora y que su primera novela, Hasta la vuelta, estaba próxima a publicarse. Hasta la fecha había escrito obras de teatro entre las que se encuentran: ¿Cuánto me das, marinero? La plaga, 45 de agosto, Cruzada en Puertagrande y El golpe y la risa.

La novela, que tiene lugar durante la Guerra de Independencia de Cuba, consta de cuatro secciones incluyendo el epílogo.

En la primera parte conocemos al brigadier Sebastián Peltierra, del Ejército Salvador, vigilando desde una colina el paso del Ejército Peninsular hacia la ciudad llamada La Promesa, cuya toma tratará de impedir. Nos adentramos en el mundo erótico de Peltierra, enamorado de Lucila, una de las hijas gemelas del general Gumersindo Arocha. Y ya desde este momento, aparece la técnica de la comedia de enredos. La otra gemela, Anastasia, está enamorada del brigadier enamorado de Lucila y ésta tiene relaciones sexuales con el joven Benito Muñoz, quien, por un malentendido, pasó a ser ayudante de Sebastián, de quien está enamorado.

Nos adentramos en el mundo de Arocha, somos testigos de su amor por su esposa en su lecho de muerte: "Con ternura, Arocha besó las manos de la joven y en ese instante Lucila creyó que Dios la acogía en su reino, abrió los ojos y Gumersindo fue para ella una aparición divina. Así, de las manos de su esposo Lucila pasó al mundo de las sombras en fracciones de segundos.......Gumersindo Arocha no alcanzó a comprender, en ese momento, el corto espacio de tiempo que nos separa a los humanos de la muerte, como tampoco pudo comprender durante su vida, el carácter aparentemente irreversible de un proceso que convierte al ser en la nada". (34) Un proceso que es irreversible solamente en apariencia porque como veremos en el epílogo, todo vuelve, todo se repite. En otro cuerpo, quizás, nos vuelve una memoria de lo que fuimos.

Abundan en la obra, bellísimas descripciones, varias dedicadas al vuelo de palomas: "La Promesa era una ciudad de palomas, donde más de una familia tuvo su génesis en el tradicional juego de enviarse mensajes de amor atados a las paticas de estas aves......De ahí que alguien dijera, alguna vez, que en La Promesa, Dios creó a las palomas y luego a los hombres..... Benito observó un disco de sol poniente abrazando los limoneros del patio y poco a poco las palomas que, rezagadas sobre la estatua, disfrutaban de los últimos minutos del atardecer, fueron tomando el rumbo de sus nidos. La mansión del general, como toda casa de La Promesa, tenía su palomar, sólo que el de los Arocha estaba incrustado en su árbol, así las palomas creían estar en medio del campo, teniendo la sensación de no pertenecer a nadie". (45-46)

Arocha le ordena a Sebastián que se mantenga en la colina y él se quedará en la falda para enfrentarse al lugarteniente español, Arnaldo Simeón, al mando del Ejército Peninsular. La sección termina con una visión omnisciente de La Promesa: "Y el viento fue tocando en cada ventana para darse cuenta de que una noche que hasta el momento parecía tan tranquila, estaba llena de las contradicciones que podían vivir los prometenses tras sus puertas. Aquí, un niño asustado reclamaba la protección de sus padres a través del llanto; allá, una pareja joven discutía en la cama matrimonial mientras en la casa de al lado un anciano agonizaba; tres cuadras más arriba, la tía soltera de una familia se calentaba un poco de leche para calmar el vacío nocturno de su estómago; al doblar, un estudiante repasaba sus libros ayudado por un candil. Y claro, en la casa de los Arocha ya todos dormían". (74)

En la segunda sección el lugarteniente español, Arnaldo Simeón, pasa a un primer plano. Un hombre que se mantiene fiel a su monarca a pesar de estar en contra de la monarquía absoluta. A Simeón no lo ascienden en el ejército porque es un hombre íntegro que dice la verdad y tal vez por eso, por alejarlo de España, el rey lo escogió para que sofocara la rebelión en La Promesa.

Vemos el proceso de adaptación que sufre el lugarteniente quien, acostumbrado a los fuertes platos de la cocina española, en un país de clima cálido, comienza a padecer serios problemas intestinales. Vemos también su deleite al descubrir la gama de frutas tropicales que hasta entonces desconocía.

Simeón había sido amante en España, de la esposa de su barbero Salustiano quien la mató cuando se dio cuenta de que ésta le era infiel, pero no le revela al lugarteniente que él sabía que él era el amante.

Ya en Cuba, Salustiano es mucho más que un barbero para Simeón, es su confidente y amigo. Para aliviar la soledad de Simeón, Salustiano va a casa de la matrona Ernestina para conseguirle una mujer. Escoge a una rubia mulata llamada Luz quien ignoraba que los españoles habían matado a sus padres rebeldes delatados por Antonio quien trabaja para Ernestina y protege a Luz. Antonio no sabía que Luz era la hija de los delatados por él y Luz ignoraba la traición de Antonio, por quien siente un gran afecto. Al irse de casa de Ernestina, se despide de él: "con la mano temblorosa le fue diciendo adiós, agradecida de tener a alguien en este mundo de quien despedirse". (114)

Simeón se porta como un caballero con Luz y trata de entablar una amistad con ella. Manda a Luz a dormir en otra habitación, pero la presencia de la joven se quedó en la suya: "Tras el cierre de la puerta, la habitación recobró el silencio de la soledad, pero su ambiente era diferente, parecía como si algunas partículas humanas se hubiesen quedado flotando en su atmósfera interior".

Es más, sintió que "en tan reducido espacio acababa de nacer un nuevo universo". (126-127)

Este acercamiento siempre amenazado por la guerra que se avecina, hace que Luz decida irse con el ejército de Arnaldo y casarse con él cuando la lucha haya terminado en La Promesa.

El lector toma partida en esta guerra, pero no por un bando o el otro, sino entre la vida y la muerte, queriendo que se salve el ser humano cuya importancia pasa al primer plano cuando se disuelve la figura del militar: "No faltaron las mujeres que pegadas a las rejas de sus ventanas rezaban y lloraban porque entre las tropas iba su hijo, o su marido, o el hermano predilecto". (133)

La tercera parte tiene que ver con la toma de La Promesa por el Ejército Peninsular. Como ocurre en La Numancia, el invasor toma posesión de una ciudad devastada, ya que había sido reducida a cenizas por órdenes de Benito Muñoz, quien está al mando del Ejército Salvador gracias a una serie de circunstancias que nos remiten de nuevo a la comedia de enredos. Para huir con Luz, Arnaldo Simeón viste el cadáver de su barbero Salustiano con su ropa de militar y le pega con cera la barba de él para que todos crean que el que ha muerto es Simeón. Sebastián Peltierra bajó de la colina para que el peninsular Ferradez no siguiera profanando el cadáver de Arocha. Peltierra enloquece cuando pierde la batalla y en su locura cree que Benito es Lucila, la hija de Arocha y tiene relaciones sexuales con él. Peltierra termina suicidándose. Benito está ante el cadáver de su amado cuando se aparece Simeón con el cadáver de Salustiano vestido con sus ropas. Tres rebeldes, el teniente Marcelo Jiménez, el sargento Luis Domínguez y el soldado Alberto Ricardo encuentran a Benito y a los dos cadáveres. Para levantarles la moral a los rebeldes, Marcelo Jiménez inventa que Benito le dio muerte a Arnaldo Simeón y así lo convierte en el "niño héroe".

Lucila, en casa de los Arocha, da a luz al hijo de Benito y muere de parto. Anastasia, Tomasa y una nodriza van con el hijo de Lucila a ver a Benito. Y aquí nos sale al paso otra hermosa descripción tan vívida que nos parece estar viendo la escena: la nodriza "se subió la blusa dejando ver un enorme pecho que parecía querer estallar y colocó su pezón en la diminuta boca del recién nacido. El niño se aferró a la teta con fuerza, por ese instinto de asegurarse un lugar en el mundo de los vivos". (210)

Anastasia y Benito se casan. Ambos tienen en común el haber estado enamorados de Sebastián Peltierra. Le pusieron Gumersindo Sebastián al niño.

Los conquistadores colocaron la bandera de la Península en una ciudad quemada: "Al llegar la ofensiva del Ejército Peninsular a La Promesa encontró revoloteando por encima de los escombros a cientos de palomas que habían perdido sus nidos y desesperadas trataban de orientarse por encima de los muros quemados. Los soldados se descubrieron las cabezas con respeto y temor, ante un espectáculo que parecía concebido por la mano de Dios".(223) El epílogo, que tiene lugar en la época presente, es la reafirmación de un regreso anunciado. Ya Benito, cuando aún era el campesino inocente que se apareció en la casa de Arocha, dijo que le gustaría cuidar palomas porque "son las únicas aves que uno puede tener sin necesidad de enjaularlas porque vuelven a casa". (46) Más tarde, el teniente Eladio Valdés, padrino de Gumersindo Sebastián, aunque deseando que Benito se fuera al extranjero para quedarse él con el mando, le dice: "Hasta la vuelta, mi brigadier". Aquí está el presagio del regreso de los que desaparecieron en el éxodo. Regresarán en otras épocas, en otros cuerpos, pero regresarán.

Victoria, nacida en Estados Unidos, residente de este país, periodista y tataratatara nieta de Gumersindo Sebastián Muñoz, sueña con escribir una novela histórica que titulará "La Promesa" y también, con ir a conocer La Isla.

Andrea, la amante de Victoria, es médico y no la acompaña en el viaje porque están en un momento precario de la relación. Los sentimientos de Victoria son ambivalentes: por una parte extraña a su amante y por otra, siente atracción por la guía María Julia.

Victoria visita La Promesa, en parte reconstruida después de la quema. María Julia la lleva por la que fue la casa de Gumersindo Arocha. Victoria tiene la sensación de haber vivido antes esos momentos y siente, en su cuerpo delgado, el peso de "una enorme barriga flácida que se movía al caminar", como le sucedía a Gumersindo. Además, al igual que a su antepasado al que le decían Escupidillas, Victoria salpica de saliva a la persona con la que está hablando.

La guía da la versión equivocada de la historia según le ha llegado a ella. Entre otras cosas, el supuesto retrato de Benito Muñoz era realmente el de Sebastián Peltierra.

A Victoria se le hacen familiares las nalgas de María Julia, "sintió deseos de golpear ese perfecto fondillo con las palmas de las manos" como lo hubiera hecho Gumersindo con Tomasa y hasta "tuvo la sensación de que entre sus piernas pendía un abultado sexo masculino". A María Julia, por su parte, le parece familiar la presencia de Victoria a quien le cuenta que es descendiente de una esclava llamada Tomasa.

Carmen Duarte parece decirnos que el regreso es inevitable, ya sea a nuestra ciudad, a nuestra Isla, a nuestro pasado que quedó atrás pero que de alguna forma no desaparece y que surge de nuevo en estos seres que somos hoy.

La separación es dolorosa para el que se queda y para el que se va. De ahí la dedicatoria : "A los que se quedaron en Cuba y en Miami".

La historia se repite, nuestra historia se repite. En esos lapsos en los que desaparecemos de este mundo, permanecemos alejados sólo "hasta la vuelta". En esos lapsos en los que desaparecemos de nuestra tierra, permanecemos alejados "sólo hasta la vuelta", ya sea en un regreso físico o ese regreso diario que hacemos a través del recuerdo.

 

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2001