Egipto. Un locus y un logos en la lengua española


Pedro Tena Tena
Instituto Cervantes


 

   

La atracción por Egipto ha sido y continúa mostrándose insatisfecha. Multitud de gentes, variados pueblos, desde la más temprana Antigüedad griega han sentido lo maravilloso de un país que fue capaz de ofrecerse fascinante con el pequeño jeroglífico o con la majestuosidad de las pirámides, pero también desde la abstracción religiosa en diversidad de dioses hasta las tan reales y generosas crecidas del Nilo. Y es que Egipto, en verdad, no ha dejado de dar cabida al asombro y a la curiosidad tanto como de abrir puertas en pos de fuentes de saber o incluso vías para acceder a paraísos de riquezas.

Las líneas siguientes pretenden tratar diferentes aspectos lingüísticos que han confirmado al topónimo Egipto como patrimonio del español: Su evolución como palabra, su diversidad genérica, su construcción particular como nombre geográfico; pero también la riqueza del término como núcleo de gentilicios y de otros vocablos junto con la vitalidad para crear expresiones variadas. Un recorrido, entonces, que nos llevará de un locus a un logos, de un lugar a una palabra, con la idea de que todo para (per)vivir necesita un nombre. Egipto.

El país del Nilo ha estado siempre presente en las letras españolas a lo largo del tiempo, si bien con dispar ocasión. Los autores procuraron brindar en sus textos una imagen particular, que, aunque teñida del subjetivismo que encierra siempre la mirada propia, forjaron una estampa de leyenda, a la manera de los Aigyptiaka, antiguos escritos griegos que hablaban de las maravillas nilóticas. Ya en la Edad Media, y tras la estela de Egeria (s. IV), viajeros cristianos, judíos y musulmanes fueron pioneros en dar iniciales coordenadas al ofrecer una coincidente serie de tópicos. Con ellos, y con la Biblia, más la sugerida herencia clásica, se asentaron los cimientos de la fantasía ibérica en torno al lugar. El Siglo de Oro, que bien se abre a Egipto con Pedro Mártir de Anglería (ss. XV-XVI) y con Juan León Africano (ss. XV-XVI), no fue ajeno a este acercamiento, aunque América supusiera con el tiempo un atractivo mayor, según evidencia el paulatino descenso de publicaciones de tema norteafricano ante textos cronísticos novocontinentales. El siglo XIX y los principios del siglo XX podrían haber supuesto, en cambio, un renovado interés bajo el pujante orientalismo europeo, pero la caótica política ibérica del momento achata cualquier seria atención. No obstante lo dicho, es posible encontrar aproximaciones en variados campos, con independencia de la calidad: Unas, de cariz científico, conforme advertimos con Rodolfo del Castillo y Quartiellers y Eduardo Toda y Güell, y otras, de naturaleza creativa, según descubrimos (a) en libros de viajes, herederos de Alí Bey [Arturo Baldasano y Topete, De la Puerta del Sol a las pirámides. Viaje al Istmo con escala en Jerusalem; José de Castro y Serrano, La novela del Egipto. Viaje imaginario a la apertura del Canal de Suez; Gregorio Andrés Espala, Del Manzanares al Nilo y el Jordán, por ejemplo, publicados en 1870, un año después de la apertura del canal de Suez]; (b) en novelas [José Ramón Mélida e Isidoro López, El sortilegio de Karnak (1880)] o (c) en obras dramáticas [José Echegaray, Un milagro en Egipto (1883)]. En verdad, lo único que acoge gran atención entonces es el territorio que históricamente había recibido más trato, Marruecos. Así, el dicho orientalismo se concentra en España en sólo una visión muy particular, un tanto heredera del mitificado acervo andalusí. Hoy en día la tónica no varía cualitativamente, si bien se aprecian cambios, como evidencia la colaboración española a favor de monumentos de Nubia, cuyo fruto fue la venida del templo de Debod a Madrid, o el interés que suele suscitar en la actualidad toda cala científica o hasta creativa, dada ésta ya con Dulce María Loynaz, autora de uno de los primeros textos literarios en torno a la figura de Tutankhamón, Carta de amor a Tut-Ank-Amen, o Terenci Moix.

Las primeras alusiones sobre Egipto, a un lado las bíblicas, nos las indican los griegos. Por ellas, no sólo se le llega a considerar espacio terrestre, sino incluso figura mitológica. De esta forma, pues, Egipto es identificado también con el héroe del mismo nombre, hermano de Dánao y padre de cincuenta hijas. Asimismo, el interés de los griegos por el país, Egipto, explica que fuera igualmente término para denominar al Nilo, tal y como advertimos con la Odisea de Homero (s. VIII a. C.) y con la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia (s. I a. C.). Y hasta Jorge Luis Borges lo pone de manifiesto en "El inmortal".

(Etimología y Fonología:) A partir de fuentes, la aparición del topónimo Egipto (Egypto, Egipto, Egito) se plasma en toda clase de obras literarias e históricas escritas en español. Un somero análisis de las apariciones, teniendo en cuenta cortes de siglos, puede dar idea primero de su evolución como palabra, con la duplicidad gráfica entre la i y la y pitagórica y con la reducción del grupo culto -pt- en -t-.

El nombre Egipto procede de la palabra griega Aigyptos y del término latino Aegyptus. En general, y con el referente académico del Corpus Diacrónico del Español (CORDE), la forma Egypto aparece en 58 citas (22 documentos). Y por ellas se comprueba que una primera con y pitagórica está en el manuscrito escurialense (R. I. 10) de la General Estoria de Alfonso X el Sabio (s. XIII). Observamos, pues, que fue posible el empleo de la y como cultismo en vocablos españoles de origen griego desde bien pronto. En el siglo XVIII se podía encontrar duplicidad de uso entre i/y, pero a partir de 1726 la Real Academia Española, en un ambiente de defensa etimológica, optó por la grafía y en términos de procedencia griega, conforme vemos, por ejemplo, con la entrada egypciano en el Diccionario de Autoridades. Aun lo dicho, el transcurso de las décadas es testigo del decisivo triunfo de la i, y ya con la Ortografía de 1815 se defiende también, por ejemplo, la utilización de i en la semivocal de aire, peine, … o de y en los diptongos decrecientes finales de palabra, como ley, muy, rey, ...

La forma Egipto, tradicional y triunfadora, está en 1554 citas (181 documentos) en el CORDE, las cuales pueden desglosarse. En el periodo 1200-1300, 404, pero centradas, sobre todo, en la General Estoria de Alfonso X el Sabio; las primeras veces, en el anónimo Libro de Apolonio, en Gonzalo de Berceo y en algunos fueros, como Fuero de Aragón, Fuero Juzgo y Fuero de Navarra. Entre 1300-1500, 379 (26 documentos). Entre 1500-1600, 137 (30 documentos). Y entre 1600-1700, 99 (36 documentos); ... Se asiste, pues, a un descenso por el interés hacia el mundo del nombre Egipto, ya apuntado en líneas precedentes.

El Corpus de Referencia del Español Actual (CREA), por su parte, trae abundantes citas de la forma Egipto en España y en América, localizando 1628 (519 documentos). La distribución es sumamente compleja desde el punto de vista cronológico: 1986, 20% de las citas; 1995, 16,95% de las citas; 1997, 14,13% de las citas. En tres años, por lo tanto, se halla un poco más del 50% de los casos; pero todo, en un ambiente teñido también de interés arqueológico, que puede justificar más semejante concentración, si tenemos en cuenta que en 1986 se localiza la tumba de Maya, tesorero de Tutankhamón, y en 1995 se redescubre la tumba de los hijos del faraón Ramsés II; …

La forma Egito se presenta en 44 citas (18 documentos) en el CORDE. Por ellas deducimos que la asimilación total de -pt- > -t- es discontinua. Cierto que en el paso del latín al español el grupo -pt- evolucionó a -tt- para luego resultar -t-, mas la sucesiva incorporación de cultismos, primero con la prosa alfonsí (y también en el siglo XIV, sobre todo con la labor de las universidades, y el Colegio Español de Bolonia, y con las variadas traducciones), supuso tiempo después (ss. XIV-XVII) que las voces importadas vivieran una variable dicotomía entre el mantenimiento del grupo latino -pt-, con una articulación fiel a la clásica, y la adaptación a la pronunciación habitual romance, con la consiguiente simplificación consonántica. Tal dualidad el hablante la resolvía atendiendo a la preferencia personal o al uso general. Las primeras citas con esta particular voz de Egito son de El Victorial o Crónica de don Pero Niño, conde de Buelna de Gutierre Díez de Games (s. XV), abriendo puerta a una etapa de fuerte reducción de grupos consonánticos entre 1474-1525; no extraña, pues, un como los de Egito en el anónimo El Viejo, el Amor y la Hermosa (s. XV). En el Siglo de Oro, sin embargo, se destaca, de nuevo, una diversidad de empleo; por lo tanto, es posible hallar casos como la ciudad antigua tuvo ya el Egito del Conde de Villamediana (ss. XVI-XVII) o la pirámide de Egito de Francisco de Quevedo (ss. XVI-XVII). Con la participación de la Real Academia Española en el siglo XVIII, motivada por el interés hacia una regularización en el idioma, se decide el rechazo de la absorción. No obstante, sobrevivió gran número de ejemplos como afición, cetro, luto, respeto, sino, …, que hicieron posible después la consolidación de dobles formas con variado significado, procurando así un enriquecimiento idiomático (egypciano frente a gitano, …). En el español actual, no obstante, vuelve a sentirse una reducción en los cultismos latinos; Francisco García Pavón (s. XX), como muestra, escribe Egito en El reinado de Witiza.

(Morfología:) En la Edad Media, y teniendo presente el CORDE, Juan Fernández de Heredia (s. XIV) ya emplea la forma femenina para referirse al territorio de las pirámides. En el siglo XVI, por ejemplo, Fernando de Herrera hace alusión a la antigua Egito, y en el periodo comprendido entre los años 1600 y 1700 observamos también que la construcción Egipto domada no es rara. El topónimo Egipto tiene, pues, un pasado femenino. El género de los nombres propios de países resulta, así, asunto interesante.

La Real Academia Española a partir de su Esbozo de una nueva gramática de la lengua española nos indica que los nombres sustantivos, y por tanto ya apelativos ya propios, pueden ser femeninos o masculinos en función de su género; y también señala el modo de distinción entre uno y otro. Manuel Seco en su Gramática esencial del español nos permite asentar un poco más la raíz de este apartado, cuando recurre a ejemplos geográficos concretos. A la vista de lo referido, y ante el hecho de usar (el) Egipto o (la) Egipto, subyace el deseo o gusto general o propio por identificar, entre aquellos componentes que forman parte de una misma clase, o un concreto país o un determinado territorio, por ejemplo (género masculino), en el primer caso, o una especial civilización o una particular tierra, por ejemplo (género femenino), en el segundo caso. Así, pues, y en este punto, todo radica en una íntima relación del nombre propio con el (género del) apelativo que singulariza. El tiempo, no obstante, ha sido testigo de un desplazamiento hacia la preferencia (el) Egipto, y ello quizás por haber triunfado más la idea de indicar con género masculino a aquellos nombres (de país) que acaban en un final distinto a -a átona y con género femenino a los que terminan en -a átona, como propone para las ciudades el Departamento de Español Urgente de la Agencia EFE.

(Sintaxis:) Relacionado con el punto anterior, la presencia de artículo como integrante de nombre propio de país (Egipto/El Egipto) es otro punto que nos merece especial atención, a pesar de la actual tendencia a no emplearlo. Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, lo evidencia más en "Sin artículo" [El País Semanal, 1250 (10 de septiembre de 2000)]. Por lo pronto, los topónimos pueden tenerlo, con mayúscula y sin posibilidad de sufrir contracción (de El Cairo, por ejemplo), según vemos en el académico Esbozo de una nueva gramática de la lengua española. Aun lo dicho, es conveniente recoger la nota de Samuel Gili Gaya para mayores aclaraciones, aun cuando se advierte una no completa sistematicidad:

"Los nombres geográficos no llevan artículo por regla general, a no ser que el artículo forme parte permanente del nombre, o que haya elipsis, p. ej.: El Perú, El Ecuador, La Habana, La Coruña, El Escorial, Los (montes) Pirineos, el (río de las) Amazonas, el (río de la) Plata, la (República) Argentina. Es pues, galicismo enunciar con artículo los nombres de países que no lo lleven permanentemente (la España, la Colombia, la Bélgica), si no llevan algún determinativo, como en la España de hoy, el antiguo México. Hay algunos nombres vacilantes, como China y la China, África y el África, etc." [Samuel Gili Gaya, Curso superior de sintaxis española, Barcelona, Biblograf, 1990, 15ª ed., p. 244 (y pp. 99, 243-244)].

Ante lo señalado, uno considera que en el uso de Me voy a Egipto o Me voy a El Egipto se da, de igual forma, una apreciación personal, un gusto o uso general (heredado o no). El hecho de estar más extendida y popularizada la utilización sin artículo justifica entonces su mayor peso con respecto a demás empleos.

(Léxico:) Fernando Lázaro Carreter define al gentilicio como un adjetivo o un sustantivo que denota origen, raza o patria. Un buen contexto lo ofrecen Juan Alcina Franch y José Manuel Blecua, que incluyen notas sobre la forma en los adjetivos (y, por tanto, en los gentilicios). La Real Academia Española, además, distingue tres grupos: a) Invariables, con final en -a, en -e, en -í, en -ú, en los sufijos -ense, -iense o en terminaciones aisladas consonánticas, como -al, -ar, -ur; b) femeninos en -a y masculinos en -o (egipcia-o, egipciaca-o, egipciana-o, egiptana-o, gitana-o, …, por ejemplo); c) femeninos en -a y masculinos sin -o, con masculino en -és, masculino con final consonántico dispar.

De los mencionados gentilicios derivados de Egipto, resulta interesante la variada significación de gitano, pues de identificar primero a una persona natural de Egipto pasó a servir, sobre todo, para designar a los originarios de India. En el académico siglo XVIII, la palabra egypciano ya se identificaba con gitano, si atendemos al Diccionario de Autoridades. El posterior mantenimiento de la duplicidad gráfica que se daba en el uso (forma con grupo consonántico de raíz latina y forma con simplificación de éste) sirvió para fijar, lindar y simplificar de manera definitiva la variedad semántica tras egypciano: Las palabras con -pt- (y -pc-) para lo relacionado con Egipto y los términos con -t- (y con aféresis de la e-) para todo lo vinculado con el mundo gitano.

Otra de las voces que forman parte de la familia léxica creada en torno a Egipto es aciago. Julio Casares en su Diccionario ideológico de la lengua española la recoge palpitante con otros adjetivos bajo el grupo desgracia. Joan Corominas (y José A. Pascual) la envuelve en una magistral nota, que da idea de la historia del vocablo a partir del latino aegyptiacus "egipcio", término usado en el Medievo para referirse a ciertos días entendidos como desgraciados. A la vista de la erudición de Corominas, conocemos que, aun no estando definido el tratamiento fonético del término, bien ha podido darse la pérdida de la g- a partir de un vocablo *gepciago.

Para concluir este acercamiento (filológico) a Egipto no hemos de pasar de largo por la expresión las ollas de Egipto. El Diccionario manual e ilustrado de la lengua española ya considera bajo su uso "Vida regalona que se tuvo en otro tiempo". El origen se encuentra en la Biblia, y en concreto en Éxodo, 16, 3:

"Dixeruntque filii Israel ad eos: Utinam mortui essemus per manum Domini in terra Aegypti, quando sedebamus super ollas carnium, et comedebamus panem in saturitate: cur eduxisti nos in desertum istud, ut occideretis omnem multitudinem fame?".

La fortuna de su utilización fue manifiesta, y así lo comprobamos con ejemplos del Siglo de Oro, como Mateo Alemán y su Guzmán de Alfarache o Miguel de Cervantes y su Don Quijote de la Mancha.

A modo de punto final, cabe decir que el cosmos filológico que tiene como marco el país del Nilo es numeroso, a un lado ahora la forma Egipto. Faraón y Pirámide, a modo de muestra, encierran un verdadero caudal de riqueza expresiva, sobre todo en torno a lo enorme, y ello, en concreto, no sólo por las posibilidades que ofrecen ambos términos en la creación de estructuras comparativas ("… como un faraón", "… como una pirámide"), sino también por la existencia de vocablos fruto de derivación, como faraónico (-ico/a) y piramidal (-al). Otras voces, en cambio, parecen encerrar curiosas razones de ser: Amoníaco, por ejemplo, del latín ammoniăcus "(goma) amoníaca", y éste del griego ammōniakós "del país de Ammón", tiene su raíz en que dicha goma se obtenía de Libia, territorio en el que se levantaba un templo dedicado a Ammón, y Amonita, "concha fósil en forma de espiral", también derivado de Ammón, recoge tal denominación por los cuernos con que se representaba a este dios. Todo, pues, un mundo inabarcable.

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

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  • Fernando Lázaro Carreter, Diccionario de términos filológicos, Madrid, Gredos, 1968, 3ª ed.

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  • Real Academia Española, Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa Calpe, 1973.

  • Manuel Seco, Gramática esencial del español, Madrid, Espasa Calpe, 1994.

 

© Pedro Tena Tena 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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