Género y libertad

Marta Gordo García


 

   

El concepto de género es el concepto clave de la teoría feminista. La idea de que lo femenino y lo masculino no son hechos naturales, sino construcciones culturales, abre de inmediato la brecha por la que la reflexión feminista empieza a resquebrajar el orden ideológico establecido de la división de los sexos. Pero puede hacerlo desde presupuestos teóricos muy diferentes y a menudo enfrentados entre sí, como demuestra la existencia de vivas polémicas en torno a diferentes aspectos de la cuestión del género. Este texto pretende destacar la importancia de las aportaciones que pueden hacer al respecto las disciplinas de la estética y la semiótica. Para ello, y por razones de estrategia expositiva, se partirá de la lectura de la obra La dominación masculina, escrita por el pensador francés Pierre Bourdieu. La cuestión que articulará el texto es la del proceso de inmersión social en un mundo ordenado androcéntricamente que implica relaciones de dominación. ¿Cómo puede el individuo resistirse o enfrentarse al orden del mundo que establece el sistema de los géneros?


 

La argumentación de Bourdieu parte de un antiesencialismo fuerte que ataca directamente el punto en el que radica la potencia del orden patriarcal: el hecho de que el efecto de naturalización de los géneros permite prescindir de cualquier justificación, de tal manera que la visión androcéntrica se impone como neutra.

Contra la tesis de que la diferencia biológica entre el hombre y la mujer es el garante fundamental de las significaciones y valores del orden de los sexos, Bourdieu afirma que las significaciones y valoración del orden de los sexos son las que instituyen la diferencia sexual.1

La mirada hacia la diferencia biológica entre los cuerpos del hombre y la mujer ya está transida por el orden simbólico al que supuestamente da comienzo. Por eso, por ser principio de la dominación masculina, el orden simbólico androcéntrico es el objeto principal de la investigación de Bourdieu que, en un primer momento, tomará la forma de una investigación etnográfica. Bourdieu expone los resultados del estudio de campo de la sociedad de los bereberes de la Cabilia. Su larga tarea de antropólogo le permite constatar que el orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya2, y, sobre todo, le permite aislar la estructura simbólica fundamental que constituye el mundo de los sexos y su principio rector: la inferioridad y exclusión de la mujer,

la asimetría fundamental, la del sujeto y del objeto, del agente y del instrumento, que se establece entre el hombre y la mujer en el terreno de los intercambios simbólicos, de las relaciones de producción y reproducción del capital simbólico, cuyo dispositivo central es el mercado matrimonial, y que constituyen el fundamento de todo el orden social.

En la red simbólica que establece el sentido social, la mujer se convierte en un objeto cuyo ser es un ser percibido. La dominación masculina tiene el efecto de colocar a las mujeres en un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de dependencia simbólica.3

Por otra parte, Bourdieu muestra que la característica constitutiva de la masculinidad reside en la libido dominandi, bajo todas las formas específicas que reviste en los diferentes campos. Como contrapartida al efecto de dependencia simbólica que la dominación ejerce sobre las mujeres, los dominadores se caracterizan por conseguir que se reconozca como universal su manera de ser particular. Es decir, el orden simbólico está hecho a su medida. La definición de excelencia, por ejemplo, está cargada en cualquier ámbito de implicaciones masculinas que tienen la particularidad de no aparecer como tales.4

El aislamiento de la estructura fundamental del orden simbólico androcéntrico, que la labor antropológica de Bourdieu pone de manifiesto, permite contemplar la vastedad de su dominio en sus dimensiones diacrónica y sincrónica.

Desde el punto de vista diacrónico, permite no sólo reconocer tal estructura en las diferentes épocas de la historia, sino también matizar la satisfacción ante los cambios sociales de la condición de la mujer, al permitir rastrear la permanencia de las posiciones relativas, que mutan como un virus al ritmo de los progresos sociales. De manera, dice Bourdieu, que las mujeres nunca recuperan su desventaja.5

Desde el punto de vista sincrónico podemos encontrar la proliferación de la asimetría fundamental en todos los espacios y subespacios sociales (en la familia, en el universo escolar, en el mundo del trabajo, en el universo burocrático y en el ámbito mediático).

El orden simbólico, cuyas directrices se acaban de describir brevemente, opera, en tanto que esquema de percepción y apreciación, en la oscuridad de la no conciencia. Por eso la dominación instaurada por el orden simbólico genérico se despliega a través de lo que Bourdieu denomina "violencia simbólica", una violencia amortiguada, insensible e invisible para sus propias víctimas.

La violencia simbólica se instituye cuando los esquemas que el dominado pone en práctica para percibirse y apreciarse o para percibir y apreciar a los dominadores son el producto de las asimilaciones de la que su ser social es producto.

La violencia simbólica, por tanto, se ejerce desde dentro de los individuos, provocando un efecto de "poder hipnótico" (expresión de Virginia Woolf): parecemos hechizados para comportarnos como hombres o mujeres y respetar las líneas mágicas de la demarcación del orden genérico.

Pero, ¿cuál es esa interioridad que moldea nuestra inserción cultural en el mundo?, ¿son irreversibles los efectos que la socialización ejerce sobre ella? Bourdieu define esa interioridad empleando los conceptos de las disposiciones y los hábitos: los efectos y las condiciones de la eficacia de la violencia simbólica están duraderamente inscritos en lo más íntimo de los cuerpos bajo forma de disposiciones.

El efecto de la dominación simbólica (trátese de etnia, de sexo, de cultura, de lengua,...) no se produce en la lógica pura de las conciencias conocedoras, sino a través de los esquemas de percepción, de apreciación y de acción que constituyen los hábitos y que sustentan, antes que las decisiones de la conciencia y de los controles de la voluntad, una relación de conocimientos profundamente oscura para ella misma.

Al arraigar los efectos y las condiciones de eficacia en el cuerpo -y no en la conciencia-, Bourdieu quiere situar la fuerza simbólica del lado de la pasión, de las emociones y los sentimientos, de los afectos, es decir, del lado de un terreno ciego e indomable de la subjetividad. Dominados y dominadores se someten al orden simbólico de la división de los géneros por propia inclinación. El sistema simbólico androcéntrico en el que los individuos se sumergen desde su nacimiento -y antes, cuando la familia ya espera al bebé con su ropa azul o rosa- modela la parte pasional de la subjetividad, inscribe duraderamente en su cuerpo, las disposiciones que le harán tener la inclinación de someterse al orden genérico.

El ejemplo de la erotización de las relaciones de dominación es uno de los que más claramente muestra el íntimo arraigo de la dominación masculina. El sistema de los géneros configura, como hombres o mujeres, las aspiraciones, la vocación, los deseos, las ideas de la felicidad.

La respuesta a la cuestión de la irreversibilidad de los efectos de socialización empieza a perfilarse: de momento, el camino de una toma de conciencia liberadora ha quedado truncado. Bourdieu es muy claro a este respecto: las pasiones del hábito dominante no son de las que cabe anular con un mero esfuerzo de la voluntad, basado en una toma de conciencia.

¿Qué estrategia puede proponer entonces Bourdieu para combatir la dominación masculina desde el contexto de explicación que ha elaborado?

El orden simbólico que se arraiga en los habitus tiene una estructura que, como hemos visto, muestra una extraordinaria permanencia a lo largo de la historia. Pero tal permanencia no debe hacernos creer en un espejismo de eternidad o naturalidad de la estructura. La tesis de Bourdieu en este punto es rotunda: en la historia, lo eterno sólo puede ser el producto de un trabajo histórico de eternización.

El efecto de permanencia es provocado por el trabajo constante de reproducción que llevan a cabo las instituciones. Es decir, existen unas estructuras objetivas que producen y reproducen los habitus del género. El orden simbólico androcéntrico no es sólo una estructura esquematizadora, subjetiva, localizada en el individuo, sino que también tiene una manifestación objetiva en el espacio social. La introducción de este elemento objetivo permite cerrar el círculo de la explicación de Bourdieu, que establece un circuito cerrado entre el exterior y el interior, las estructuras objetivas y las subjetivas.

Es preciso admitir a la vez que las inclinaciones [...] son el producto de unas estructuras objetivas y que estas estructuras sólo deben su eficacia a las inclinaciones que ellas mismas desencadenan y que contribuyen a su reproducción.

Volvamos ahora a nuestra pregunta: ¿qué estrategia se puede idear para modificar el circuito cerrado de la dominación masculina?

Puesto que Bourdieu ha rechazado la posibilidad de modificar significativamente los habitus, la única salida viable es la de la transformación de los agentes e instituciones que concurren permanentemente a asegurar la permanencia del orden genérico. Las tres instancias principales que han asegurado el trabajo de reproducción son la Familia, la Iglesia y la Escuela, oportunamente orquestadas entre sí. Se impone, por un lado, la necesidad de desenmascarar la historia de los agentes e instituciones que concurren a asegurar esas permanencias.6 Por otro lado, Bourdieu preconiza una movilización que califica como "típicamente política", orientada hacia las reformas jurídicas y políticas pertinentes:

Sólo una acción política que tome realmente en consideración todos los efectos de dominación que se ejercen a través de la complicidad objetiva entre las estructuras asimiladas y las estructuras de las grandes instituciones en que se realiza y se reproduce no sólo el orden masculino, sino también todo el orden social podrá, sin duda a largo plazo, y amparándose en las contradicciones inherentes a los diferentes mecanismos o instituciones implicados, contribuir a la extinción progresiva de la dominación masculina.

Hemos llegado al final del recorrido de Bourdieu. Su lectura es susceptible de ser recibida con cierta sensación de desaliento, ya que su visión de la cuestión tiene la tonalidad pesimista propia de todos los planteamientos deterministas. En efecto, el amor fati, el amor al destino social que marca la construcción de las subjetividades, confiere un carácter tenebroso -especialmente si nos referimos al caso de las mujeres, por ser las oprimidas- al paisaje de la sociedad y la cultura esbozado por Bourdieu. Pese a querer situarse en oposición a "la resignación que estimula todas las visiones esencialistas", vemos que el efecto de la postura de Bourdieu es parecido. Esto nos lleva a preguntarnos hasta qué punto el blindaje de los hábitos y las disposiciones, su inscripción duradera en los cuerpos de los individuos, no hace las veces de entidad esencial en la que se funda el status quo.

La propuesta de Bourdieu se reduce a convocar a las mujeres a una acción política de resistencia. Pero aquí está el problema: ¿hasta qué punto desearán las mujeres resistirse? Como mucho será viable comprometerlas en todos esos progresos sociales en los que "nunca recuperaban la distancia", una serie de ventajas y derechos legítimos, pero siempre compatibles con la configuración de sus habitus androcéntricos.

Conclusión: la neutralización de uno de los polos del circuito circular que se establece entre individuo y sociedad arruina el propio proyecto de Bourdieu.

Probablemente el carácter fallido de la propuesta de Bourdieu sea el resultado de intentar unir dos posturas difíciles de conciliar: antiesencialismo y determinismo. Esta asociación tiene que ver con el deseo de Bourdieu de situarse no sólo frente a las doctrinas esencialistas (principal referente polémico de la obra), sino también frente a determinadas doctrinas no esencialistas que él denomina "voluntarismo subversivo" (y que, lejos de ser aliadas en la lucha contra el eterno femenino, son el "enemigo invisible" de la obra).

[Las conclusiones de su investigación] obligan finalmente y sobre todo a descubrir la vanidad de los estentóreos llamamientos de los filósofos "posmodernos" a la "superación de los dualismos"; estos dualismos, profundamente arraigados en las cosas (las estructuras) y en los cuerpos, no han nacido de un mero efecto de dominación verbal y no pueden ser abolidos por una acto de magia performativa

Tomaremos a Judith Butler7 como representante del enemigo invisible de Bourdieu para fijarnos en las diferencias entre su interpretación del género y la del pensador francés. Para ello recurramos a la famosa formulación de Simone de Beauvoir: "No se nace mujer, se llega a serlo" y veamos las diferentes lecturas que de ella hacen Butler y Bourdieu.

Según Judith Butler, si se considera que "llegar a ser" significa asumir o incardinar intencionalmente, tal formulación encierra una ambigüedad ontológica: ¿cómo puede ser el género a la vez una cuestión de elección y una construcción cultural?

Para Pierre Bourdieu, no habría tal rompecabezas ontológico: "llegar a ser" simplemente haría alusión al carácter procesual del trabajo de socialización eficaz. "No se nace mujer, pero se llega a serlo inevitablemente". De esta manera, la potencia crítica de la formulación de Simone de Beauvoir queda desactivada.

Pero consideremos la ambigüedad ontológica de la expresión "llegar a ser", en la que están comprometidas la libertad y la elección del género. En principio podría parecer imposible ocupar una posición externa al género para poder quedarnos atrás y, desde ese vacío, proceder a elegirlo. Pero este planteamiento es absurdo. Judith Butler señala que no se puede rastrear el origen del género porque él mismo es una actividad originante, una forma presente de organizar las normas culturales pasadas, un estilo activo de vivir el propio cuerpo en el mundo.

Si al principio de la exposición de La dominación masculina trasladábamos con Bourdieu el principio de la cuestión de la diferencia anatómica sexual al orden simbólico que la instituía (y más aún, si acabábamos trasladándolo del orden simbólico subjetivo al orden simbólico objetivado), ahora debemos situar el epicentro de la cuestión en el género como actividad originante, en la misma plasticidad humana.

Judith Butler habla de interpretar las normas del género -entendidas como estilos corpóreos- en lugar de asimilarlas unívocamente. No se trata, por tanto, de un acto de creación radical desde el vacío a-genérico (esta postura caería en la invalidación del polo objetivo de la relación individuo-cultura), pero implica un espacio para la libertad. El cuerpo, desde la perspectiva de Judith Butler, no es sólo un receptor de interpretaciones culturales, sino también un campo de posibilidades interpretativas, por lo que se convierte en un nexo peculiar de cultura y elección.

Volvamos al determinismo de Bourdieu para insistir en sus efectos perniciosos señalando que también restringe la dimensión política de la noción de género, que tiene su culminación en la valiosa enunciación de Kate Millet, "lo personal es político". En efecto, si se considera intocable el reducto de las pasiones, las inclinaciones, la vocación de género, que bien podrían ser consideradas el centro neurálgico del campo de "lo personal", el potencial emancipador de la enunciación de Millet queda muy mermado. Y nuestra tesis es que de ella depende, en gran medida, el éxito o los éxitos de las aspiraciones feministas.8

Dice Bourdieu:

Los actos de conocimiento y reconocimiento prácticos de la frontera mágica entre los dominadores y los dominados [...] adoptan a menudo la forma de emociones corporales –vergüenza, humillación, timidez, ansiedad, culpabilidad– o de pasiones y de sentimiento –amor, admiración, respeto–; [...] maneras todas ellas de someterse, aunque sea a pesar de uno mismo y como de mala gana, a la opinión dominante, y manera también de experimentar, a veces en el conflicto interior y el desacuerdo con uno mismo, la complicidad subterránea que un cuerpo que rehuye las directrices de la conciencia y de la voluntad mantiene con las censuras inherentes a las estructuras sociales.

La tesis de Bourdieu pone sobre la mesa un tema que, con la forma del conflicto entre pasión versus razón es uno de los tópicos principales de la filosofía, especialmente de la filosofía moderna o ilustrada. La razón ilustrada (según la descripción de Cassirer) es una razón crítica irracionalizadora del status quo, a diferencia de la concepción racionalista de la razón, caracterizada por la voluntad de sistema, cuyo enemigo natural son los prejuicios. Estos prejuicios muchas veces podrían combatirse con el conocimiento, pero otras veces, pasan del ámbito del cogito al ámbito del conatus spinozista: el prejuicio entonces tendría un sustrato irracional, por lo que la refutación racional resultaría insuficiente.

¿Qué propuesta puede ser válida para el proyecto de la modificación de los afectos?

Recordemos las conclusiones de Spinoza al respecto. No debe recurrirse a la razón o a la voluntad contra las pasiones: una pasión no puede ser suprimida sino por otra más fuerte. El afecto sólo se neutraliza con el afecto. Pero, ¿cómo crear nuevos afectos que debiliten el dominio del orden simbólico androcéntrico? (o, para no perder el vínculo con lo dicho acerca de Judith Butler, ¿cómo promocionar nuevos estilos corpóreos?)

Para abordar esta cuestión tenemos que señalar primero la importancia en este punto del concepto de estereotipo, variación del concepto de prejuicio, pero que recoge, antes que las connotaciones cognoscitivas, el aspecto de la tipificación que ordena, hace comprensible e identifica a las personas y las situaciones sociales. Los afectos de género, a esto queríamos llegar, están vinculados, ordenados, orientados hacia ciertos estereotipos que provienen de una "poética patriarcal" y que juegan un papel fundamental en el proceso de la formación de la identidad. Esta poética ofrece los personajes que encarnar y la circunstancia en la que vivir y ha reducido a la mujer a ciertos personajes e imágenes que han quedado aprisionadas en discursos masculinos. ¿De qué discursos se trata? En primer lugar tenemos que mencionar a la literatura, que no sólo ha convertido la identidad en un tema recurrente, sino que también ha desempeñado un papel fundamental en la construcción de la identidad de los lectores. El valor de la literatura se ha vinculado muchas veces a su capacidad de hacer que el lector experimente indirectamente las experiencias de los personajes, permitiéndole de esta manera aprender qué se siente en determinadas situaciones y con ello adquirir la predisposición a sentir y actuar de determinada manera. También el cine y otros mecanismos mediáticos de creación de personajes y circunstancias juegan un papel muy importante en el moldeamiento de la identidad. Se trata, por tanto, de destacar la importancia de la lucha en este terreno para la desestabilización de la metafísica del género.

Las estrategias posibles son muy numerosas. (1)Resulta necesaria la tarea de una semiótica de la significación (opuesta a una semiótica de la comunicación, puesto que su objeto no pertenece al ámbito de la información o al de la referencia, sino al de la retórica9), el arte de descodificar los significados ocultos, los contenidos latentes, los tráficos inconscientes e indirectos.10

Cada vez que un semiólogo "descubre" una nueva articulación en el Sistema del Emisor está haciendo dos cosas: inventar una forma de lectura, una estrategia de interpretación o descodificación (o reproducirla) y "olvidar" todo el trabajo histórico de disciplinamiento, de creación de hábitos, ordenación de imágenes y afecciones que ha sido interiorizado por el tiempo en la fibra institucional y que ahora se presenta reducido a la mansedumbre metodológica de un conjunto de operaciones binarias que legitima las pretensiones de legitimidad de la semiótica.11

(2)La deconstrucción de las oposiciones, entendida como una inversión de la jerarquía y un corrimiento general del sistema, ofrece los medios para intervenir en el campo de las oposiciones que critica y que es también un campo de las fuerzas no discursivas. (3)También resultan muy valiosas las investigaciones genealógicas, como método para desenmascarar los orígenes "impuros" de algunos conceptos y las vicisitudes históricas de la creación de determinados estereotipos. (4)Por otro lado, la aportación positiva de la literatura, el cine y los mecanismos mediáticos de creación de personajes y circunstancias juega un papel esencial de maneras diversas. Por una parte, (4.1)puede consistir en una re-creación de personajes, a la manera de la redefinición que Jean Rhys lleva a cabo de los personajes de Rochester y Bertha Manson12 en Ancho Mar de los Sargazos, eficaz puesta en práctica del tratamiento de choque al que pueden someterse los afectos. (4.2) Por otra, todas las obras que levantan mundos posibles completos regidos por sistemas de valores surgidos de la transvaloración o variación de los que están impuestos y que pueden producir en los lectores, por contraste, un punto de vista inédito sobre su propio mundo. (4.3) Y más aportaciones, esta vez desde el ámbito del masscult, y que pueden ir desde las parodias que distorsionan personajes y situaciones prototípicas poniendo en evidencia su pose, hasta el fenómeno del outing –confesión mediática de la orientación sexual de un personaje público.

Esta breve enumeración de focos de acción, si bien peca de brevedad, al menos apunta con su heterogeneidad a lo que se pretende poner de manifiesto: la exuberancia que el terreno de la estética y la semiótica pueden ofrecer a la teoría feminista.13


Notas:

  1. Probablemente la argumentación más célebre en contra de la noción de "sexo natural" en tanto que dato primario es la que lleva a cabo Michel Foucault en su Historia de la sexualidad, 1. La voluntad de saber, siglo XXI, México, 1977. También es representativa la postura de Monique Wittig en su artículo "No se nace mujer" ("One is not born a woman" Feminist Issues, 1,2, 1979), en donde afirma que la discriminación misma de "sexo" tiene lugar dentro de un entramado político y lingüístico que presupone y requiere que el sexo siga siendo diádico.

  2. Bourdieu remite al análisis del sistema mítico ritual llevado a cabo en investigaciones anteriores, en especial en El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1999.

  3. "Esta dependencia es el principio de disposiciones como el deseo de llamar la atención y de gustar, llamado a veces coquetería, o la propensión a esperar mucho del amor, la única cosa capaz, como afirma Sartre, de procurar el sentimiento de estar justificado en las particularidades más contingentes del propio ser, y en primer lugar del propio cuerpo."

  4. Pero aunque la estructura social se basa en los intereses masculinos, también los hombres pueden convertirse en víctimas subrepticias de la representación dominante, ya que les corresponde soportar las tensiones que supone el deber de afirmar en cualquier circunstancia su virilidad.

  5. "Además, si bien es cierto que encontramos mujeres en todos los niveles del espacio social, sus posibilidades de acceso (y su tasa de representación) disminuyen a medida que se avanza hacia las posiciones más excepcionales y más buscadas."

  6. Tarea que, desde sus comienzos, ha llevado a cabo la teoría feminista.

  7. Además de la alusión a la "magia performativa", y a los sexos como roles, Bourdieu, en el prefacio del libro, menciona a Judith Butler, desestimando sus parodic performances por exigir "demasiado para un resultado demasiado pequeño y demasiado inseguro". La interpretación del género de Butler se ha tomado de su artículo "Variaciones sobre sexo y género. Beauvoir, Wittig y Foucault" en Teoría feminista y teoría crítica, Edicions Alfons el Magnànim, 1990.

  8. ¿Hasta qué punto la preconización por parte de Bourdieu de un movimiento "típicamente político" no es una alusión a la fórmula de Kate Millet...?

  9. José Luis Pardo, La banalidad, Anagrama, Barcelona, 1989

  10. Íbid.

  11. Esta tarea está en la línea del proyecto que ya en el año 1964 esbozó Umberto Eco para establecer un "análisis científico" de los mass media en el artículo "Cultura de masas y "niveles" de cultura" dentro de sus Apocalípticos e integrados, Lumen, Barcelona, 1968.

  12. Personajes de Jane Eyre, de Charlotte Brontë

  13. Plantear la relevancia de la actuación de la crítica feminista en el campo de la estética y la semiótica puede parecer un poco impertinente ante una situación mundial en la que nos encontramos con tantas culturas con un índice civilizatorio trágicamente bajo. Tal vez esta relevancia mantenga una relación de proporcionalidad inversa con respecto al índice civilizatorio de una cultura. Pero uno de los principios estratégicos de la teoría feminista -si no pierde de vista la abrumadora omnipresencia del orden patriarcal contra el que se rebela- no sólo ha de ser el de la tenacidad dialéctica, sino el de la proliferación de frentes y el carácter masivo de su crítica.

 

© Marta Gordo García 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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