LUIS MATEO DÍEZ

"LA NOVELA DE AHORA ES CUESTIÓN DE ARROJO,
DE INTELIGENCIA, DE GANAS DE CONTAR Y DE IMAGINACIÓN"

Santiago Velázquez


 

   

Es fácil llegar a la Plaza Mayor de Madrid a las ocho de la mañana y ver a Luis Mateo Díez asomado al balcón, escrutando ese lugar que le ha acompañado durante más de treinta años de trabajo en el Ayuntamiento. Todavía más fácil es hablar con él, porque su charla se reviste del sosiego y la tranquilidad de quien sabe que se encuentra en un territorio que maneja muy bien: el lenguaje. Defensor de la rutina y de la ambición literaria, Luis Mateo Díez nació en León en 1942, ha obtenido el Premio Nacional de Literatura, el de la Crítica en dos ocasiones, y es miembro de la Real Academia de la Lengua. Sus obras más destacadas son La fuente de la edad, La ruina del cielo y El paraíso de los mortales.

 

-Su último libro, Balcón de piedra, es un homenaje a la Plaza Mayor de Madrid. ¿Es también una inmersión en su memoria, en sus años vividos aquí?

-Llevo treinta años pasando mis mañanas laborales en esta plaza. La plaza es un espacio peculiar, un entorno lleno de simbolismo donde se puede asistir a la representación cotidiana del gran teatro del mundo. En el libro hay observaciones, miradas y encuentros que a mí me han llamado la atención. También hay cosas inventadas. Es un libro muy personal, en el que he intentado que la plaza pertenezca a mi mundo literario.

-El diablo meridiano, su última novela, transcurre en Celama. ¿A qué responde la creación de un mundo imaginario?

-Responde a una necesidad. No es que todo escritor deba tener su propio territorio imaginario. Fui llegando a Celama desde la realidad. Es un espacio que necesitaba para contar las historias que yo quería. Es un descubrimiento que se hace poco a poco. He creado más ciudades, y en ellas se pueden ver retazos de ciudades reales, sobre todo, de aquellas donde yo pasé mi juventud: León, Oviedo. La necesidad consiste en acotar un territorio cosmogónico del que tú te sientes dueño. No es un artificio, es un símbolo y una metáfora del mundo interior del escritor.

-Leyendo La ruina del cielo se perciben ciertas concomitancias con Pedro Páramo de Juan Rulfo, ¿qué hay de Rulfo en su novela?

-Rulfo creó el arquetipo del paisaje misterioso, que está más allá de la realidad, donde conviven los vivos y los muertos. Siempre me ha gustado mucho Rulfo. He pretendido distanciarme de él, pero sí es posible que haya una maravillosa resonancia en mi novela, sobre todo, por aquello del obituario, de recuento de los muertos. Pero, en realidad, Celama quiere ser una metáfora sobre la desaparición de las culturas rurales y de los modos de vida que sustentaron esas culturas, que pertenecen a un pasado que no va a tener futuro.

-Usted ha dicho en alguna ocasión que "es difícil que una novela no esté atada a la vida". ¿Ya no hay lugar para la experimentación?

-La novela es el gran artefacto que cuenta la vida. La experimentación tiene que ver más con las técnicas narrativas. Es muy difícil desfigurar la novela para que no toque la vida, para que se aleje tanto de ella que no la reconozcamos. La novela es el ámbito de la libertad. Ahora que casi todo está hecho, todavía es posible encontrar maneras de narrar que te permitan contar con eficacia aquello que te interesa.

-¿Por dónde cree que van los derroteros de la actual novela?

-Los finales de siglo siempre son desconcertados y desconcertantes. Es difícil hacer previsiones. Las herencias de los siglo XIX y XX están ahí, y no se pueden eludir. La novela es un género que se pone fácilmente al servicio de quien quiere usarlo. Lo único que se ha acabado es la escritura ingenua e inocente. La novela de ahora es un problema de arrojo, de inteligencia, de ganas de contar cosas y de imaginación. No hay que plantearse la superación del pasado sino la herencia que nos aporta, lo que hay detrás te alimenta. Es absurdo escribir novelas inocuas. Debería estar prohibido. Hay que escribir novelas con retos literarios, donde el que escribe se la juega. La novela puramente entretenida no vale para nada. Vivimos en la sociedad del entretenimiento y, en ese sentido, la novela no puede entretener, tiene que fascinar, perturbar.

-¿Qué autores han influido a lo largo de su carrera?

-Hay bastantes. Sobre todo, los clásicos griegos y latinos, a los que he leído mucho. Los clásicos de nuestro siglo de oro, especialmente Cervantes. También soy admirador de Galdós y de Baroja. Hay autores italianos que me marcaron en su momento como Cesare Pavese o Italo Svevo. He sido lector inmoderado y he leído con la conciencia abierta para que prendieran en mí las cosas buenas que leía.

-¿De la novela actual a quién destacaría?

-De la novela española, los autores que más me interesan están en el círculo de mis amistades y tienen una gran calidad literaria: Juan Eduardo Zúñiga, Manuel Longares y José María Merino.

-Para usted hay tres elementos imprescindibles en literatura: memoria, imaginación y palabra, ¿no es así?

-Sí. Para mí y seguramente para cualquier escritor. La memoria, como potencia del alma que activa y ampara la experiencia, es muy importante. La memoria es el alimento de la imaginación, pero también la imaginación es el alimento de la memoria.

 

© Santiago Velázquez 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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