Espéculo

Reseñas, críticas y novedades



  J. Jiménez Lozano

  Los lobeznos


 

La condición humana

Teresa Domingo

Los lobeznos presenta un grupo de políticos cuyo líder es Leo Chañez y su mano derecha Rodríguez Haro, Tino -en confianza-. En total ocho alevines que son indistinguibles, por más que quieran individualizarse, existen como grupo y "no veían el mundo más que por un agujero" -p.47-.

Reiteradamente se menciona su condición de lobeznos. Cualquier rasgo de humanidad o sentimiento de culpa es entendido como una debilidad, una mojigatería impropia. Por eso es tan terrible la frase de cierre era "como si masticasen huesos propiamente" -p.219-.

La historia contada es muy simple. Tras la participación activa en la política franquista y en la transición, Leo se retira con el deseo, la intención o la convicción, de ser imprescindible para el funcionamiento del país. Comprobado que los nuevos próceres prescinden de él, trama cómo maniobrar para que, si no por su pericia, lo reclamen por temor, puesto que él posee un archivo exhaustivo en el que constan las debilidades de los políticos en activo.

Leo, en esta etapa, tendrá su mentor filosófico, su asesor de imagen -¡no faltaba más!- Jorge Kurtz, un experto con experiencia en Venezuela y Chile y master en los EE.UU, pero, dado que "era un descendiente puro de españoles" -p.62-, es aquí donde quiere ser útil. Los lobeznos, no obstante, tienen sus propias metas y ya han olvidado cómo llegaron a ser quienes son. Su ambición y su prisa les lleva a intrigar a partir de una interpretación sesgada de lo dicho en una entrevista por Poldo, el chófer de Leo.

En ningún momento, muestran preocupación por el país, ni exponen ideas propiamente políticas. Y esto no es casual, ni un aliquando bonus del narrador, es que, aunque la novela nos presente a unos políticos en los que podemos reconocer a muchos líderes postfranquistas, no es este el tema, a mi entender, sino que lo que se muestra es la condición humana. Los protagonistas hubieran podido ser periodistas, maestros o sepa Dios, como lo fueron Los compañeros (1997); son, simplemente, hombres.

Aunque Leo y Tino andan ya en la sesentena, su cultura es deficitaria, no aprendieron con Horacio, ni siquiera con fray Luis aquello de "qué presta a mi contento si soy del vano dedo señalado". Su ambición no conoce límites. Rodríguez Haro es un individuo carente de principios, ignora su origen o intuye lo oscuro de él, es un resentido que critica la paja en el ojo ajeno; acabará siendo un Caín.

Leo y Poldo son también amigos desde la infancia. Pero, si éste se caracteriza por su fidelidad y su agradecimiento, nada de ello se ve en Leo un prepotente ignorante de sus limitaciones. Poldo es heredero directo de Sancho. Leo puede apiadarse de la señora Tecla y machacar al hermano Orencio, ahora está dispuesto a cargarse a cualquiera que le moleste.

Las figuras femeninas, discretas, son extraordinarias. Ellas sí son imprescindibles y singulares. La madre de Leo casada con esa especie de don Guido soportando sus insolencias. La pobre inocente, la señorita Julia, arrumbada en una residencia. Elena es la prudencia y el saber estar, una persona íntegra. Cuca, un personaje con prehistoria que calla, se mantiene fiel a los Vadillo y al pacto con Leo y siempre, desde la sombra, lo protege.

La ironía, la recursividad, la confusión entre el ser y el parecer son características continuas de esta narración, no lineal, que el narrador observa desde fuera. Ubicada en un espacio: Los Nogales y Madrid, la capital -también de las intrigas-. Desarrollada en un tiempo interno breve que refleja nuestra época, tan marcada por las prisas. Sostenida su intriga sobre quién va a hacer primero sangre. Y unos hombres, nosotros mismos, desmemoriados, impasibles ante los demás, con nuestras ambiciones, debilidades y contradicciones.

02/01/2002

 

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/lobeznos.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002