Monstruos y bestias en las Crónicas del Nuevo Mundo

Juan Francisco Maura


 

   

La línea que separa lo mitológico de lo religioso es difícil de encontrar. Como sabemos, muchas de las criaturas sobrenaturales que aparecen en los escritos de navegantes, soldados y cronistas europeos tienen como base antecedentes bíblicos o grecolatinos. En otros casos estos monstruos son autóctonos de las culturas precolombinas por donde anduvieron y no pocas veces son fruto de de la imaginación calenturienta o interesada de sus autores.

Si buscamos por los antecedentes a los monstruos y dragones que aparecen en las crónicas de Indias tenemos que remontarnos a la épica babilónica Enuma Elish, escrita en la segunda mitad del segundo milenio antes de Cristo, pero sobre todo a las sagradas escrituras de los hebreos, donde el dragón representa lo diabólico y la muerte. El cristianismo hereda la concepción hebraica del dragón como símbolo del pecado, representado gráficamente bajo los pies de la Virgen María, los santos o mártires y simbolizando el triunfo del cristianismo sobre el paganismo. Algunos de los abundantes ejemplos que vemos en la Biblia los encontramos en la tercera y cuarta parte del Apocalipsis y como se verá serán paradigmáticos en sucesivos cronistas del llamado Nuevo Mundo.

En el Apocalipsis, en "La lucha contra el antiguo mundo pagano y contra Israel", cuando se mencionan a los siete ángeles trompetas y las respectivas calamidades que aparecen con éstos, encontramos en el quinto la siguiente descripción:

Las langostas eran semejantes a caballos preparados para la guerra y tenían sobre sus cabezas como coronas semejantes al oro, y sus rostros eran como rostros de hombres; y tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; y tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas era como el ruido de muchos caballos que corren a la guerra. Tenían colas semejante a los escorpiones, y aguijones, y en sus colas residía su poder de dañar a los hombres por cinco meses (Ap. 9, 7-10).

Más adelante, en "La encarnación del hijo de Dios y las encarnaciones del dragón", también en el Apocalipsis, encontramos:

Vi como salía del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas, sobre los cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombre de blasfemia. Era la bestia que yo vi semejante a una pantera, y sus pies eran como de oso, y su boca como la boca de un león. Diole el dragón su poder y su trono y una autoridad muy grande. Vi a la primera de las cabezas como herida de muerte, pero su llaga mortal fue curada. Toda la tierra seguía admirada de la bestia. Adoraron al dragón porque había dado el poder a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia? ¿quién podrá guerrear con ella? (Ap. 13, 1-5)

Pocos autores han gozado del respeto y credibilidad del filósofo hispano-romano Lucio Anneo Séneca. Nacido en Córdoba cuatro años antes de Cristo. En una de sus principales obras, Cartas morales a Lucilio, escrita en los dos últimos años de su vida, Séneca nos trae una de las descripciones más exóticas de una "serpiente". Efectivamente, el filósofo cordobés también tiene su monstruo-serpiente en su repertorio, sin embargo, la serpiente descrita por Lucio Anneo Séneca sobrepasa con mucho a todas las conocidas.

Es con grandes armas como podremos herir a grandes monstruos hombre. Hubiese sido en vano haber perseguido con flechas y con hondas aquella serpiente que asolaba el Africa y que era para las legiones romanas más terrible que la propia guerra; ni siquiera el dardo pitio pudo herirla, pues su espantoso tamaño, resistente en proporción, rechazaba todo hierro y toda arma lanzada por mano de: finalmente fue aplastada con grandes peñascos (Carta 82, 235-236).

Probablemente, se tratase de una "boa" de enorme tamaño, pero de cualquier forma, lo interesante de este relato, en el caso de Séneca, es que es el único pasaje inverosimil de su obra Cartas morales a Lucilio. Por lo tanto, habrá que absolver, en cierta manera, a los exploradores del siglo XVI que tuvieron la oportunidad de observar y de oir de estas extraordinarias criaturas de boca de terceros. Podemos remontarnos a autores del mismo entorno geográfico de Séneca que describieron diferentes características del mundo conocido. Este sería el caso de Plinio el Viejo (23-79 d.C), que en sus 37 libros, auténtica enciclopedia de la ciencia en la Antiguedad, incluyó lo que sería la base para muchos posteriores historiadores y eruditos de todos los tiempos. Plinio nos cuenta como son los enfrentamientos entre dragones y elefantes:

The context is equally fatal to both; the elephant vanquised, falls to the earth, and its weight, crushes the dragon which is entwined around it (lib. 8, cap. 11, p. 259). "El enfrentamiento es fatal para ambos. El elefante atrapado cae al suelo aplastando con su peso al dragón que está enroscado aldedor de él" [Trad. del autor].

San Isidoro de Sevilla (570-636 circa), cuya obra fue editada en el año 1599, gracias a la labor del padre Mariana fue uno de los que recogió los saberes de los antiguos entre ellos Plinio el Viejo. No solamente nos interesan las Etimologías de San Isidoro por ser utilizadas posteriormente por Covarrubias en su diccionario, sino por ser la base en donde descansará la sabiduría hispano-cristiana por largos siglos durante la Edad Media. San Isidoro en su obra, hará gala de estereotipos y prejucios culturales que serán trasmitidos hasta el díá de hoy.

Veamos cuatro ejemplos extraordinarios de monstruos incluídos en las Etimologías de San Isidoro: el grifo, el yáculo, la salamandra y el dragón. Dice el sabio sevillano en el primer ejemplo:

Llamase "grifo" a un animal dotado de alas y de cuatro patas. Semejante clase de fieras habita en los montes hiperbóreos. Su cuerpo es, en su conjunto, el de un león; por sus alas y su cabeza se asemejan a las aguilas. Son terriblemente peligrosos para los caballos. Del mismo modo despedazan a los hombres que encuentran a la vista (XII 2, 17).

Habrá que abstenerse de cruzar los montes hierbóreos.

La definición del yáculo es la siguiente:

El yáculo es una serpiente voladora, de ella escribe Lucano (9, 720): "Y los voladores yáculos". Están encaramadas a los árboles, y cuando un animal se encuentra a su alcance, se lanzan sobre él y lo matan;por eso se los conoce como yáculos. Por otra parte, en Arabia existen serpientes provistas de alas y llamadas sirenas, que aventajan a los caballos en la carrera y además, según cuentan, también vuelan; su veneno es tan poderoso que la muerte sobreviene antes de sentir el dolor de la picadura (XII 4, 29).

La definición del siguiente "monstruo" es una de las más logradas e interesantes:

La salamandra debe su nombre a que tiene poder contra los incendios. Es el más venenoso entre todos los animales de su especie, pues los demás causan daño a personas aisladas, mientras que éste mata al mismo tiempo a muchas. Así trepa a un árbol, infecciona con su veneno todos sus frutos, de manera que produce la muerte de todos cuantos los coman. Del mismo modo, cuando cae en un pozo, la potencia de su veneno pone fin a la vida de los que beban. Siendo incompatible con los incendios, es el único animal capaz de apagar el fuego; y así vive en medio de las llamas sin sentir dolor y sin consumirse, y no solo por que no se quema, sino porque, además, extingue las llamas (XII 4, 36).

Veamos lo que nos dice el ya citado Plinio sobre el mismo animal:

This animal [the salamandra] is so intensely cold as to extinguis fire by its contact, in the same way as ice does. It spits forth a milky matter from its mouth; and whatever part of the human body is touched with this, all the hair falls off, and the parts assumes the appearence of leprosy (Lib. 10, cap. 86, p.546). Este animal [la salamandra] es tan inténsamente frío que apaga el fuego a su contacto de la misma manera que lo hace el hielo. Escupe una sustancia lechosa por la boca y cualquier parte del cuerpo humano que es alcanzada por ésta la hace perder el pelo y tener la apariencia de lepra [Trad. del autor].

En cuanto al dragón escribe San Isidoro lo siguiente:

El dragón es el mayor de todas las serpientes, e incluso de todos los animales que habitan en la tierra. Los griegos le dan el nombre de drakón, derivado del cual es el latino draco. Con frecuencia, saliendo de sus cavernas, se remonta por los aires y por su causa se producen ciclones. Está dotado de cresta, tiene la boca pequeña, y unos extrechos conductos por los que respira y saca la lengua. Pero su fuerza no radica en los dientes, sino en la cola, y produce más daño cuando la emplea a modo de látigo que cuando se sirve de su boca para morder. 5. Es inofensivo en cuanto al veneno, puesto que no tiene necesidad de él para provocar la muerte: mata siempre asfixiando a su víctima. Ni siquiera el elefante, a pesar de su magnitud, está a salvo del dragón: este se esconde al acecho cerca de los caminos por los que suelen transitar los elefantes, y se enrosca a sus patas hasta hacerlos perecer de asfixia. Se crían en Etiopía y en la India viviendo en el calor en medio del incendio que provocan en las montañas. (XII 4, 4-5).

Desde que se publicó en España el primer diccionario de uso de la lengua española, en 1611, hemos podido comprobar de una forma directa, que no todas las especulaciones pueden ser acertadas aunque estén escritas por las autoridades más importantes de un determinado momento histórico. Veamos la definición que nos trasmite Covarrubias del Bisonte, ya en pleno siglo XVII1: "Según Pausanias, es un animal feroz, de una clin muy larga y en todo lo demás es semejante al ciervo, y tiene en medio de la frente un cuerno." Ni siquiera Aristóteles se permite esos lujos imaginativos sobre el bisonte. Dice Aristóteles: "Es del tamaño del toro, y más mazizo que un buey. Pues no es alargado. Su piel, extendida en el suelo, ocupa un espacio suficiente para tumbarse siete personas. Su aspecto es similar al del buey en lo demás, pero difiere de él en que tiene crines que le llegan hasta las agujas igual que el caballo (Historia Animal, Libro 9, cap. 45, 547)".

Pasando ya a los cronistas del Nuevo Mundo, el conquistador alemán al servicio de la Corona española, Ulrico Schmidl hace mención de una serpiente de "gran tamaño" pero, no obstante, no deja entrever en ningún momento que este animal sea de una especie desconocida, ni ningún monstruo, como parece indicar el investigador contemporáneo Enrique de Gandía, sino como el mismo autor dice "una gran serpiente, larga como de veinticinco pies" coincidiendo exactamente con la medida que nos da el cronista Ruy Díaz. Hoy sabemos que muy bien podía haber sido una Anaconda o un reptil de esta familia. La cita de Shmidl es la siguiente:

Mientras estábamos con esos Mocoretás, casualmente encontramos en tierra una gran serpiente, larga como de veinticinco pies, gruesa como un hombre salpicada de negro y amarillo, a la que matamos de un tiro de arcabuz. Cuando los indios la vieron se maravillaron mucho, pues nunca habían visto una serpiente de tal tamaño; y esta serpiente hacía mucho mal a los indios, pues cuando se bañaban estaba ésta en el río y enrollaba su cola alrededor del indio y lo llevaba bajo el agua y lo comía, sin que la pudieran ver, de modo que los indios no sabían cómo podía suceder que la serpiente se comiera a los indios. Yo mismo he medido a la tal serpiente a lo largo y a lo ancho, de manera que bien sé lo que digo. Los Mocoretás tomaron ese animal, lo cortaron a pedazos, que llevaron a sus casas y se lo comieron asado y cocido (Cap. 17, 151).

El cronista español más importante de su tiempo, Antonio de Herrera y Tordesillas, nos relata otro suceso semejante, esta vez se trata de una serpiente con pies y alas:

Y habiendo ido a pescar una noche de luna muy clara, más de treinta indios de Acatepeque, estando hablando, oyeron cerca de sí grandes silbos, y vieron un animal que les miraba, con ojos como de fuego, y de miedo se subieron a los árboles y como llegó vieron que era como culebra, y que tenía los pies como de un palmo y una forma de alas encima, y era largo como un caballo, y andaba despacio, y deste miedo no volvieron más allí. Tres indios de los Quelenes, certificaron, que pasando por aquel río habían visto aquel animal, dando silbos, y dieron las señas del, y dijeron que les parecía que bajaba a beber al río, y un indio iba detrás de los otros, tan espantado que murió luego (Década IV; libro X, Cap. XII, 283).

El mismo cronista vuelve a hacer mención de otras culebras tan fantásticas como la antes mencionada.

Hay también culebras y víboras como las de Castilla: hay otras grandes pardas, como de palo podrido, con cuatro ventanas de narices, y vióse picar a un caballo, y luego comenzó a sudar sangre por todas las coyunturas, y no volvió más de un día: hay otras pintadas y otras negras, y largas, no escapa cosa que piquen, y en la creciente no hacen mal, y en siendo menguante la luna se embravecen: otras de dos palmos tienen dos cabezas, y en forma de un Tao, y no solo mueren de su picadura pero de hollar su rastro, cuando ha poco que pasó...(Década IV. Libro X. Cap. XII, 283).

Una vez más, el conocido cronista y explorador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, además de darnos pormenores sobre las gentes, flora y fauna de las tierras norteamericanas, añade en el capítulo XXII de su obra un pasaje insólito pero curiosísimo sobre un ser hermafrodita que vivía debajo de la tierra:

Estos y los de más atrás nos contaron una cosa muy extraña, y por la cuenta que nos figuraron parescía que había quince o diez y seis años que había acontescido, que decían que por aquella tierra anduvo un hombre, que ellos llaman Mala Cosa, y que era pequeño de cuerpo, y que tenía barbas, aunque nunca claramente le pudieron ver el rostro, y que cuando venía a la casa donde estaban se les levantaban los cabellos y temblaban, y luego parescía a la puerta de la casa un tizón ardiendo; y luego, aquel hombre entraba y tomaba al que quería de ellos, y dábales tres cuchilladas grandes por las ijadas con un pedernal muy agudo, tan ancho como una mano y dos palmos en luengo, y metía la mano por aquellas cuchilladas y sacábales las tripas; y que cortaba de una tripa poco más o menos de un palmo, y aquello que cortaba echaba en las brasas; y luego daba tres cuchilladas en un brazo, y la segunda daba por la sangradura y desconcertábaselo, y dende a poco se lo tornaba a concertar y poníale las manos sobre las heridas, y deciannos que luego quedaban sanos, y que muchas veces cuando bailaban aparescía entre ellos, en hábito de mujer unas veces, y otras como hombre; y cuando él quería, tomaba el buhío o casa y subíala en alto, y dende a poco caía con ella y daba muy gran golpe. También nos contaron que muchas veces le dieron de comer y que jamás comió; y que le preguntaban dónde venía y a qué parte tenía su casa, y que les mostró una hendedura de la tierra, y dijo que su casa era allá debajo. De estas cosas que ellos nos decían, nosotros nos reíamos mucho, burlando de ellas; y como ellos vieron que no lo creíamos, trujeron muchos de aquéllos que decían que él había tomado, y vimos las señales de las cuchilladas que él había dado en los lugares en la manera que ellos contaban (159-60).2

Si continuamos investigando en la información vertida por los cronistas de Indias, encontraremos que ni siquiera el más respetado y concienzudo, padre de la etnología moderna, fray Bernardino de Sahagún, en su Historia General de las cosas de la Nueva España, se escapa a la fábula. Veamos dos ejemplos de sus culebras:

Hay otra culebra que también se llama mazacóatl (y) es pequeña, tiene cuernos, es prieta, no hace mal, ni tiene eslabones en la cola. De la carne de ésta usan los que quieren tener potencia para tener cuenta con muchas mujeres; los que la usan mucho, o tomán demasiado de cantidad, siempre tienen el miembro armado y siempre despiden simiente, y mueren de ello (653; lib. 11, cap. 5).

La serpiente antes citada se llama mazacoatl, que en lengua nauhatl no significa viagra aunque tenga parecidas propiedades afrodisiacas. Otro ejemplo de Fray Bernardino de Sahagún es el de la culebra bicéfala:

Hay una culebra en esta tierra que tiene dos cabezas: una en el lugar de la cabeza, otra en el lugar de la cola, y llámase maquizcóatl; tiene dos cabezas (y) en cada una de ellas tiene ojos, boca y dientes y lengua; no tiene cola ninguna. No es grande, ni es larga...Anda hacia ambas partes, a las veces guía la una cabeza, a las veces la otra; y esta culebra se llama culebra espantosa, raramente parece (652; Lib. 11, cap. 5).

Es francamente difícil poder separar la ficción del testimonio histórico, cuando éste va cargado de exageraciones que rayan en lo novelesco, sobre todo, si esta información nos viene dada por fuentes consideradas tradicionalmente como fidedignas. Desde los tiempos antiguos, escritores como Homero o Luciano de Samosata han sido conscientes de esta dualidad. El mismo Herodoto, considerado por muchos como el "padre de la Historia" se le achacan no pocas digresiones fantásticas.

Dentro de los libros de viaje de la literatura ibérica, merece un lugar relevante La Peregrinación (Peregrinaçam) de Fernão Mendes Pinto (c. 1509-1581).3 El descubrimiento del Oriente por los portugueses fue simultáneo al descubrimiento de América por los españoles. Vasco de Gama descubre la India en 1498, sólo seis años después de que Colón descubriese América. Esta coyuntura histórica hizo que los libros de viaje tuviesen gran demanda tanto en España como en Portugal. La Peregrinación, es un libro de "acción", donde además aparecen naufragios, viajes, saqueos, y masacres por tierras y gentes desconocidas. De igual forma es "costumbrista" al descubrir el mundo de los chinos y japoneses en forma documental. El protagonista es un hidalgo que en las más críticas situaciones tiene que ingeniárselas para no morirse de hambre.

Fueron pocos o ninguno los europeos que tuvieron la oportunidad de recorrer por tanto período de tiempo y de una manera tan intensa las costas de la India, China y Japón como lo hizo Mendes Pinto, pero si existe alguién consciente de este hecho es precisamente él. El tener conciencia de ser un "hombre de mundo" le dará pié para ponerse en un plano superior al del lector de su tiempo, diciéndole que sólo aquellos que nunca han viajado son los que no pueden creer en las "maravillas" que ocurren en aquellas remotas tierras de nuestro planeta...

Viendo por entre los árboles de la selva una gran cantidad de cobras y bichos de tan admirable grandeza y facciones que es mucho para a treverme a contarlo, por lo menos a las personas de poco mundo, porque éstas como han visto muy poco, acostumbran a dar poco crédito a lo mucho que los otros vieron (Cap. XIV, 51).

En reacción a estas líneas aparece un mecanismo de defensa por parte del lector por miedo a caer en ese grupo de "poco mundo" incapaz de creer más que en lo que ven, dejando desguarnecidas las defensas del sentido común y dando paso a la información cargada de "fantasía" que sutilmente el "narrador" ofrece, cayendo así indefectíblemente en la celada cuidadosamente preparada por el escritor. Esta afirmación no sería del todo válida hoy en día, aun existiendo innumerables personas que creen ciegamente en todo cuanto la "ciencia ficción" ofrece. La razón no es otra que la de tener a nuestro alcance medios de comunicación y de información que confirmen la veracidad del mensaje que se nos da, ya sea verbal o escrito, en breve espacio de tiempo. Veáse la descripción de unos fantásticos animales con semejanzas con el murciélago, la cobra, el lagarto e incluso con un espolón de gallo en la cabeza, que Mendes Pinto durante una travesía por un río que denomina "Guateamgim" tuvo la oportunidad de observar:

Vimos aquí también unos bichos, nunca antes vistos, de extraña manera, que los naturales de la tierra llaman Caqueseitao, del tamaño de un gran pato, muy negros, con escamas por los costados, y cubiertos de púas del tamaño de una pluma de escribir por el lomo. Con alas como las del murciélago, con pescuezo de cobra, con un espolón de gallo en la cresta y con un fuerte rabo de color negro y verde, como son los lagartos de esta tierra [Trad. del autor](Cap.XIV, 51-52).4

Se puede apreciar como al autor está llamando "ignorantes" hombres de "poco mundo" a aquellos que no sean capaces de creer en el valioso testimonio que el explorador proporciona. Dentro de las Relaciones Históricas de América, vale la pena mencionar la del Maestre Juan en la "Relación de su naufragio y de los trabajos que pasó en los ocho años que estuvo en la 'isla de la serrana'" por su semejanza con la del escritor portugués, con la diferencia que en este caso se está describiendo al mismísimo "diablo." Escribe el maestre Juan:

y yo estava asentado a la sombra de nuestra casilla, haziendo un anzuelo, estandome quexando de Nuestro Señor, diziendo que avia hocho años que estava desnudo y descalço en aquel desierto en que no avia ningún mantenimiento, e que bien fuese servido de me sacar deste mundo a tierra de cxristianos, y con aquella pasión dixe: "pues que Dios no me quiere sacar, saqueme el diablo, y asi acabare mi vida;" y a la noche me levante a orinar y vilo pegado en la casilla, de una forma peor de la con que le pintan, con una nariz muy roma, y echando por la nariz como humo, y por los ojos fuego, y los pies como grifo, y alas como de murciélago, y las piernas propias de onbre, y los cabellos muy negros, con dos cuernos no muy grandes; llamé al compañero, que estava echado en la casilla, y tomamos una cruz que tenía hecha de cedro; con aquella corrimos toda la ysla y nunca mas vimos nada...(Relaciones Históricas de América 23-24).

Las criaturas sobrenaturales aparecen en las crónicas de Indias desde el primer momento.5 No olvidemos lo que nos cuenta el primer cronista-cuentista, Cristóbal Colón, en su primer viaje sobre las criaturas que tuvo el privilegio de ver según aparece en su diario de a bordo, un martes 9 de enero de 1493: "El día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vido tres se[i]renas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo [el almirante] que otras veces vido algunas en Guinea, en la costa de Mangueta" (Colón 124). Estos monstruos que como dice el almirante "tenían forma de hombre en la cara" probablemente fuesen casos reales de alguna foca bigotuda o algún manatí comunes en el Caribe. No es el caso del escritor portugués Luis de Camões que en su épica Os Luisiadas, rememorando el viaje que hizo el marino portugués Vasco de Gama a la India cinco años después de Colón, presenta igualmente sirenas.6 En este último caso Camões sigue fielmente el modelo clásico de las sirenas de la Odisea y la Eneida como también hará el cronista y autor de la primera épica americana Alonso de Ercilla y Zúñiga con la Araucana. Pero no siempre el cronista y testigo presencial de un hecho tiene que mentir, y sería injusto conceder el mismo crédito a una flagrante mentira de un Cabeza de Vaca o un Mendes Pinto con una, más o menos, interesada descripción de un Cortés. Cuando Cortés nos describe la extraordinarias cualidades de la ciudad de Tenochtitlan, con fines interesados para despertar interés por sus hechos y conquistas en la Corona, lo hace desde una perspectiva mucho más realista y descriptiva: "Tenía en esta casa un cuarto en que tenía hombres y mujeres y niños blancos de su nacimiento en el rostro y cuerpo y cabellos y cejas y pestañas" (Cortés 81). Igualmente, cuando Cortés nos habla de monstruos no da rienda suelta a su imaginación si no que se limita a darnos una mera visión descriptiva:

Tenía otra casa donde tenía muchos hombres y mujeres monstruos, en que había enanos, corcovados, y otros con otras disformidades, y cada una manera de monstruos en su cuarto por sí; e también había para éstos personas dedicadas para tener cargo dellos (Cortés 82).

El narrador-cronista sin dar noticia de la fuente de información se permite la confianza de llegar a semejantes descripciones. Como se puede apreciar el lector va recibiendo sorpresa tras sorpresa sin que por esto el narrador se canse de incluir en su narración "tanta novedad." La psicología de los autores citados queda reflejada en el agudo conocimiento que éstos tienen de los lectores que van a leer sus obras. A regañadientes tienen que poner freno a sus poderosas imaginaciones por culpa de esos espíritus de "cortos entendimientos" que en un momento dado pueden llegar a dudar de lo extraordinario" de las experiencias que dichos autores pudieron presenciar con "sus propios ojos," o en el peor de los casos les fue trasmitido a través de escrituras clásicas, en algunos casos sagradas, cuya veracidad sería peligroso para el lector de esta época poner en duda.

 

NOTAS

  1. La primera mención de este animal al que los españoles llamarán de "vacas corcovadas" aparece al final del capítulo XVIII en Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Escribe el cronista jerezano: Por la tierra hay muchos venados y otras aves y animales de los que atrás he contado. Alcanzan aquí vacas, y yo las he visto tres veces y comido de ellas, y parésceme que serán del tamaño de las de España; tienen los cuernos pequeños, como moriscas, y el pelo muy largo, merino, como una bernia; unas son pardillas, y otras negras, y a mi parescer tienen mejor y más gruesa carne que las de acá. De las que no son grandes hacen los indios mantas para cubrirse, y de las mayores hacen zapatos y rodelas; éstas vienen de hacia el Norte por tierra adelante hasta la costa de la Florida, y tiéndense por toda la tierra más de cuatrocientas leguas; y en todo este camino, por los valles por donde ellas vienen, bajan las gentes que por allí habitan y se mantienen de ellas, y meten en la tierra grande cantidad de cueros (147).

  2. Sería interesante saber a ciencia cierta si este curioso ser fue sacado de la mitología clásica, de la del indígena norteamericano o bien de la imaginación de su creador.

  3. Tampoco es una casualidad que tanto Mendes Pinto, como Cabeza de Vaca, pertenezcan ambos a esa clase de hidalgos que por razones de la Fortuna, y por haber quedado huérfanos desde niños tuvieron que optar por buscarse su futuro en las recién descubiertas fronteras. Ambos escribieron una sola obra en su vida de la que además fueron autores y protagonistas. Mendes Pinto fue también uno de los cinco supervivientes de un naufragio acaecido durante una travesía hacia Sumatra. La emoción que se respira en la obra del portugués es más de aventura que de supervivencia, aunque fuesen varias las veces que le hicieron cautivo en los 21 años que estuvo en la India, las descripciones de China y Japón, de sus ciudades, templos y mercados son sin duda alguna de un gran valor documental por ser uno de los primeros europeos en recorrer esas tierras, de la misma manera que Alvar Núñez fue uno de los primeros europeos en recorrer las tierras de Norteamérica. En la "crónica" de Mendes Pinto, obra bastante más voluminosa que Naufragios, existe más variedad de personajes algunos tan reales y conocidos como San Francisco Javier del que fue amigo personal.

  4. El texto original es el siguiente: Vimos aquy tambem ha muito nova maneyra, & estranha feyço de bichos, a que os naturaes da terra chamo Caqueseitão, do tamanho de ha grande pata, muyto pretos, conchados pelas costas, com ha ordem de espinhos pelo fio do lombo do comprimento de ha penna de escrever, & com azas da feiço das do morcego, co pescoço de cobra, & ha unha a modo de espora de gallo na resta, co rabo myto comprido pintado de verde & preto, como sa los lagartos desta terra. Estes bichos de voo, a modo de salto, caço os bugios, & bichos por cima das arvores, dos quais se mantem (Cap.XIV, 51-52).

  5. Es la simbiosis de una cultura renacentista pujante, con una realidad tan cercana a lo "maravilloso" lo que hace que se conjuguen en una sola obra la imaginación y la propia experiencia

  6. Estos dos recursos artísticos, como se puede apreciar, se conjugan perfectamente haciendo un panorama estético capaz de cautivar al lector de su tiempo acostumbrado a leyendas y fábulas, novelas de viajes y libros de caballería. La estética mitológica frente al realismo conciso y fiel de hechos y lugares concretos. La influencia de la poesía épica de Homero y de Virgilio, es indudable en la obra de Camoens. En un caso como en otro son un modelo a seguir, para Camoens, y para todos los escritores de aquel siglo -escritores de lenguas clásicas-. Se llega por tanto a la disyuntiva de elegir un estilo propio y característico del pueblo de donde se pertenece -España, Portugal- o el de seguir los moldes impuestos por escritores italianizantes. Camoens encuentra hasta cierto punto la solución: utiliza a los dioses sin darles el relieve que cobrarían en un texto clásico, pero los usa para recrear su relato dándole así la belleza necesaria. Por eso en un verso del último canto de Os Luisiadas, dice: "So para fazer versos deleitosos/Servimos..." (Canto X, 82) Son los dioses por lo tanto un medio para embellecer los versos y no un fin para testimoniar la veracidad de los hechos. Todo esto, para resaltar una vez más que la noción de dar una base puramente testimonial a cualquier obra literaria es limitarla, y es precísamente esto lo que ocurre con Os Luisiadas.

 

BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles, Historia de los animales. Edición de José Vara Donado. Madrid: Akal, 1990.

Camoens, Luis. Os Luisidas. Lisboa: Minerva, 1972.

Colón, Cristóbal. Diario de a bordo. Madrid: Historia 16, 1985.

Cortés, Hernán. Cartas de Relación. México: Austral, 1957.

Covarrubias, Sebastián de. Tesoro de la lengua Castellana o Española. Ed. de Martín de Riquer. Editorial Alta Fulla: Barcelona, 1993.

Colón, Cristóbal. Los cuatro viajes del almirante y su testameto. Espasa-Calpe: Madrid, 1986.

Herrera y Tordesillas, Antonio de. Historia General de los hechos de los castellanos en las islas i tierra firme del mar océano. Imprenta Real. Madrid. 9 v. 1601-1615.

Mendez Pinto, Fernam. Pregrinaçam, 7 vols. Portucalense Editora, S.A.R.L. Porto. 1944.

Núñez Cabeza de Vaca, Alvar. Naufragios. Ed. Juan Francisco Maura. Cátedra: Madrid, 2000.

Pliny, Natural History. 6 vols. Henry G. Bohn: London, 1855

Relaciones Históricas de América: primera mitad del siglo XVI. Publicadas por La Sociedad de Bibliófolos Españoles. Introd. de M. Serrano y Sanz. Madrid: 1916.

Sahagún, Bernardino de. Historia General de las Cosas de la Nueva España. Porrúa: México, 1992.

Séneca, Lucio Anneo. Cartas Morales a Lucilio. Barcelona: Planeta, 1985.

Sevilla, San Isidoro de. Etimologías. Biblioteca de Autores Cristianos, 9 vols. Madrid, 1993.

Schmidl, Ulrico. Relación del viaje al Río de la Plata. Madrid: Historia 16, 1985.

 

© Juan Francisco Maura 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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