Jaime Sabines o la testimonialidad

Jorge Fernández Granados *


 

   

1. Linaje del diario

Un diario puede ser una poderosa herramienta de autoconocimiento. Hay una sola condición para que esto suceda: no querer gustar, no querer los favores de un público, no querer hacer literatura. Su mayor atributo se encuentra en la testimonialidad de un desprendimiento interior, en la calidad de una catarsis. Confesor a mano, el diario es una entidad neutral y desinvolucrada que escruta, explora y registra movimientos mínimos del ánimo; sin duda, no debe acusar partido y menos aún moralidad; el diario debe funcionar sólo como una zona escrita, un alter ego —un ego scriptor, diría Paul Valéry— que se narra interminablemente.

Sin embargo, el diario también es un espejo que permite conocer literalmente a un individuo en particular y con ello lo vuelve casi tangible, en muchos casos entrañable. Si un diario nos conmueve es porque vemos en él un retrato bien hecho de una persona específica y reconocemos en ella a una criatura de nuestra misma sustancia, reconocemos la fisonomía interior que se manifiesta usando el recurso de la primera persona con destreza.

Supongo también que el yo que escribe un diario está sometido al peor de los libretos: es autor y testigo de la subjetividad del pensamiento y por lo tanto contempla el espectáculo de su propia contradicción. Si, como queda constancia en la literatura epistolar, las ideas y las emociones se escriben y se ordenan en una línea progresiva de tiempo, es decir en un libro, la perspectiva que ofrece la lectura resulta un tanto caprichosa y no excenta de ironía. El protagonista en primera persona que escribe un diario contempla a través de sus propias páginas escritas, de sus propias huellas temporales, la continua desintegración mutativa de esa ilusión demográfica que llamamos individuo.

La contradicción, por supuesto, es más humana que la coherencia. La comedia del yo, expuesta, resulta casi una pintura abstracta. Sin embargo, las debilidades y las emociones, cuando las hallamos escritas con suficiente desnudez, con suficiente contundencia, nos producen un incomparable reconocimiento: adivinamos al animal humano que las habita y experimentamos una especie de admiración por ese semejante capaz de transcribirlas sin demasiado pudor. En la comunión que sobreviene a esa confesión hay un entusiasmo gregario, tribal, que la mayor parte de la veces confundimos con el placer estético (o que muy bien puede ser el más legítimo placer estético para algunos). A manera de una fotografía, nos vemos retratados; el retrato, complaciente, nos seduce; lo llevamos a casa; lo colgamos en la pared; nos miramos y nos convencemos de que estamos ahí; cada vez más seguros de que un retrato que nos gusta tanto es, sin lugar a dudas, un buen retrato. ¿En qué momento el impulso original se trastocó y lo que era sólo una instantánea ahora amenaza con devenir modelo? Lo malo de estos retratos favoritos es que nos conminan a quedarnos sólo con una cierta idea de nosotros mismos.

Ahora bien, no se escriben diarios para otros, se escriben para uno mismo. Son una necesidad extraña del ocio o del pensamiento; tal vez de algún raro placer que obliga a la subjetividad a dejar rastros. Quizás una misma desesperación inconsciente de la memoria inventó, como para seducirse a sí misma, los diarios y las fotografías. La testimonialidad, es decir la posibilidad de objetivarse, de volverse objeto, nos hace creer por un momento que hemos vencido a la sucesión en la que estamos atrapados y que es, no obstante, nuestra verdadera naturaleza. Los atributos del objeto, es decir del texto o de la fotografía, son aparentemente inalterables y están suspensos como en un vacío fuera del devenir. Los testimonios escritos en un diario pintan las naturalezas muertas del alma y, por lo mismo, son frutas siempre frescas. Al paso de los años nos permiten vernos desde fuera, desde lejos, desde los que ya no somos.

 

2. La danza de la muerte

Creo que la poesía de Jaime Sabines fundamentalmente es un gran diario. Su atributo central es la testimonialidad. Confiesa, se confiesa, y al hacerlo, inesperadamente, hace poemas. Hace poemas porque es un poeta, pero su intención original no es ser poeta sino testificarse. El ímpetu de la confesión parece haberlo distinguido desde el inicio y su palabra no hizo otra cosa que acomodarse o transparentarse para recibir esa confesión de la manera más directa y eficaz. Lo que resulta, sin embargo, admirable es que oímos en los poemas de Sabines un testimonio ancestral de nuestra condición humana, una profunda voz que nos habla desde la raíz de nuestras certezas posibles en la tierra. Sin que sea una confesión o creencia religiosa la que le resuelva las dudas —aunque tal vez reciba de la tradición que tiene más próxima, la judeocristiana, esa necesidad de las palabras, esa legislación de la escritura sobre la vida— se trata más bien de una confesión cognoscitiva, una meditación en voz alta con la intención primordial de oírse y de saberse. Acaso también de poseerse.

Poseerse al escribirse. Escribir la vida en un diario, en un libro, para volverla objeto, territorio, cuerpo. Su escritura es así una vocación de tierra, dentro de la cual sólo existe lo que ha sido terrenalizado. Esa terrenalización, claro, apunta a la exaltación de lo concreto. Hallamos con frecuencia en sus poemas terror a lo inasible, a lo abstracto. De hecho, el acto mismo de escribir es ante todo una forma de materialización. Al escribir (materializar) las emociones se gana, aunque sea provisionalmente, la calma. Pero también esta materialización es para no desvanecerse. Por eso su escritura es también una catarsis, una expiación del terror original a lo no visible, o, mejor, al permanente tránsito de lo visible hacia lo invisible, hacia la desintegración. Aparece espontáneamente en este punto su tema central: la muerte.

Los demonios dejan de ser demonios para convertirse en textos. Esta interrogación sobre la muerte, esta experiencia de la muerte, esta conversación prolongada con la muerte es también la exaltación, por contraste, de la vida. A veces más desesperación por esa vida que se desvanece que por el hecho en sí de la muerte, la cual, en último término, es sólo la opacidad irreversible, la extrema y definitiva invisibilidad. Si en la tierra yacen las únicas certezas del hombre, toda terrenalización es vigorosa, edificante, afirmativa. La escritura, como ya dijimos, es en Jaime Sabines acto de tierra, materialización conjurativa. Su escritura apuntala por eso su extensión física, robustece sus piernas para caminar por la tierra de las abstracciones de una tradición que erige una supuesta salvación fuera del mundo. Pagano saludable, este poeta saquea de su Biblia sólo el Antiguo Testamento y crece y se multiplica y teme a Yahvé, ese Dios vengativo y caprichoso en la medida en que ha inventado, precisamente, la muerte que tanto lo angustia. Pero también su Dios es un pagano festivo, olvidadizo, tan enamorado del mundo como un niño, un Eros sin límite ni culpa.

"Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres, es lo mismo que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes del naufragio", afirma, con la sencilla contundencia de siempre. Y no puede ser de otra manera, puesto que ninguna salvación, para él, puede sobrevivir al mundo, no puede ser fuera del mundo porque cualquier cosa que esté fuera del mundo es inhumana.

Volvamos al asunto de la testimonialidad. Vista de conjunto, la obra de este poeta hace pensar en ese amplio diario escrito a veces por un anciano y a veces por un niño. Un personal Eclesiastés tierno y desolado, hecho casi para sí mismo. El anciano habla de Dios, del trabajo y de la casa, de la mujer y de los hijos, de la muerte. El niño habla de la alegría, de los perros y la lluvia, del cielo y las hormigas. El niño le enseña al hombre a disfrutar la confusión de las cosas y la ronda de las plantas y los animales. El anciano mira el paso del tiempo y la ceremonia ininteligible de la muerte. Entre los dos hay una respiración, un vínculo constante y regenerativo. Uno no podría vivir sin el otro. Y el poeta es un poco de ambos. Sospecho que esto algo tiene que ver con la idea, que aparece con cierta frecuencia en sus poemas, de ser su propio hijo:

Estoy tanto sin nada que me aflijo
y con todo estoy tanto que me encaro
a tenerme a mí mismo como a un hijo.

Así como son asombrosos, inolvidables, varios poemas de Sabines, es justo preguntarnos por sus proverbiales caídas. No parece casual la célebre inestabilidad de varios de sus libros y en general de sus poemas, que nos parecen de pronto gratuitos y reiterativos, como si el autor enfatizara en su poesía precisamente esa característica de la escritura de un diario a la que hemos hecho referencia: la testimonialidad. Puede ser que esa sea abiertamente la intención. Como si buscara decirnos, demostrarnos con un poco de ironía, que no es infalible ni constante, que no quiere labrar mármol sino arcilla, que su escritura es tan voluble como los inextricables flujos del corazón y la cabeza. Ese ánimo desmitificador es otro de los mejores recursos que pone en juego. Una y otra vez arremete contra sí mismo y contra su necesidad (necedad) constante de escribir, como si en ese desgarramiento buscara las entrañas de su propia naturaleza. Y no finge. No busca gustar; busca decirse, oírse, desentrañarse. Dice la verdad que nos concierne porque es implacable antes consigo mismo. Los rescoldos de sus excavaciones son sus libros. Los mismos títulos parecen admitirlo (Diario semanario y Poemas en prosa, Poemas sueltos, Otros poemas sueltos, Recuento de poemas, Nuevo recuento de poemas). Se trata de acumulaciones. Trabaja todo el tiempo una escritura de auto-registro, un yo paródico, inestable, que no está dispuesto a considerar a la poesía como una práctica oracular ni a la obra como un fin alcanzado y que, por el contrario, va a enfatizar —y por lo mismo a exponer y publicar— un testimonio escrito del paso de los días, los altibajos, las costuras de su alma, sus reveses y sus pespuntes.

 


* Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965). Escritor. Sus libros más recientes son Resurrección (1995), El cristal (2000) y Los hábitos de la ceniza (2000). jfgranad@prodigy.net.mx


 

© Jorge Fernández Granados 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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