Entrevista

JOSÉ SARAMAGO: "Ayúdate, que la literatura te ayudará"

Luis García


 

   

"Ni el arte ni la literatura tienen
que darnos lecciones de moral.
Somos nosotros los que tenemos que salvarnos,
y sólo es posible con una postura ética,
aunque pueda sonar a antiguo y anacrónico".
José Saramago

 

Introducción.- Cada libro suyo levanta expectación, no en vano estamos hablando de uno de los Premios Nobel más respetados de los últimos años. Pocas veces una novela había levantado tanto interés como La caverna. Con ella el escritor, luso de nacimiento, canario de adopción, cerró su particular trilogía que iniciara con Ensayo sobre la ceguera y continuara con Todos los nombres, en lo que parece ser un punto de inflexión en su carrera. No es José Saramago, contra la opinión de algunos agoreros que sin haberle leído critican y rechazan su poética literaria, ese hombre críptico al que se alude con cierta envidia. Como él mismo ha dicho, "a veces la literatura se parece a una operación de Bolsa. La cotizaciones suben y bajan, y muchas veces dependen sólo de la promoción", afirmación que parece chocar con la idea de que la literatura es un arma que puede ayudar a cambiar el mundo. Pero como el propio autor mantiene a lo largo de la entrevista, dicha idea sólo lo parece. Es posible que José Saramago haya visto el horror en los ojos de los indígenas que se agolpaban en Acteal. Para muchos un horror virtual, muy alejado del real. Para él, la constatación de que la confrontación humana anida en nuestro interior y no conoce fronteras. Difícilmente puede un indígena de Chiapas entender la dimensión alegórica de su obra literaria. Pero si existen en el mundo alguien merecedores y deudores de la misma, estos siempre serán aquellos que se levantan en la mañana buscando alimento e intentando escapar de las balas de quienes pretenden aniquilarlos. Porque ellos son los verdaderos protagonistas de La caverna, de Ensayo sobre la ceguera. Ellos son los Ciprianos que no entienden de leyes de mercado, y que algún día pondrán punto y final a la obra de un hombre que no tuvo reparos en abrazar lo que otros denominan como "izquierda de caviar" (que lamentable eufemismo), para así unir su voz a la de quienes no pueden expresarse en libertad sencillamente porque nadie les ha dado la oportunidad. Le debe a Azinhaga el que haya sabido dotarse de la necesaria sensibilidad literaria para que un niño que apenas había salido de la aldea nos legara para el futuro una de las mas optimistas y arrebatadoras visones del mundo de los últimos años. Porque José Saramago no es un hombre pesimista por mucho que se empeñe en lo contrario. Tras de sus palabras se esconde una profunda convicción de que el ser humano, como hizo en el Zócalo hace escasos meses, se levantará y alzará su voz para que ésta sea refundida en una sola y trasladada fuera de los confines de la Tierra.



L.Garcia.- Ahora, que han pasado varios meses desde la edición de La caverna, ¿cree que fue ajustada la descripción que hizo del Centro Comercial?

José Saramago.- El tiempo transcurrido desde la publicación de La caverna no tiene nada que ver con la descripción que hice del centro comercial. Los centros comerciales que conocemos no son todavía como aquel que describí en mi novela, pero la playa artificial que allí incluí, por ejemplo, fue copiada de un mall que visité en la ciudad de Edmonton (Canadá). Cada vez más los centros comerciales se confundirán con los llamados parques temáticos, y no pasará mucho tiempo hasta que las personas quieran vivir dentro de ellos.

L.G.- Quiero decir, que no todos parecieron entender el símil platónico, quizás por desconocimiento del mito de la caverna de Platón. Pero, ¿no resulta un poco exagerado en estos tiempos de vorágine informativa?

J.S.- ¿Qué es lo que es exagerado? ¿Que en estos tiempos de vorágine informativa las personas no conozcan el mito platónico de la caverna? Si la pregunta es esa, la respuesta podría ser esta: que la vorágine es mucho menos informativa de lo que parece.

L.G.- Pero, ¿por qué un Centro Comercial?

J.S.- En tiempos pasados era en las grandes superficies llamadas catedrales que la mentalidad humana de esta parte del mundo se formaba. Ahora se forma en esas otras grandes superficies que son los centros comerciales...

L.G.- ¿Tan descorazonador es el futuro como usted parece verlo en la novela?

J.S.- Creo que sí, pero admito la posibilidad de estar equivocado. Para peor, claro está.

L.G.- Vive en una isla, alejado del mundo (es un decir) y haciendo lo que más le gusta: escribir. ¿Cómo ve el mundo desde la distancia?

J.S.- No vivo alejado. Las pruebas de esto (para no citar otras que tienen que ver con mis intervenciones como simple ciudadano) se llaman Ensayo sobre la Ceguera, Todos los nombres, La caverna. No habría escrito esas novelas si no tuviese algunas ideas sobre el mundo y sobre los seres humanos.

L.G.- ¿Cree que hay motivos para la esperanza?. Terrorismo ETARRA, crisis en Oriente Medio, xenofobia, algo que usted conoce muy bien...?

J.S.- Conceptos como el de la esperanza o la utopía, me interesan poco. Para mí, lo que cuenta es el trabajo que tiene que hacerse en el día en el que nos encontramos. Si no lo hiciéramos, esto es, si no buscásemos en cada momento, efectivamente, soluciones para los problemas, de poco nos serviría continuar hablando de utopías o de esperanzas, arrojando hacia un futuro incognoscible la concretización de las mismas.

L.G.- Saramago es un nombre que infunde respeto tanto entre aquellos que le siguen literariamente como entre los que le muestran su rechazo. ¿A qué cree que es debido?

J.S.- Sugiero que se pregunte a esas personas cuáles son las razones por las que me siguen o me rechazan. Creo que la conclusión sería obvia y sencilla: unos están de un lado, los otros están del... otro.

L.G.- ¿Cómo fue su experiencia mexicana? ¿Cómo vivió la manifestación en el Zócalo?

J.S.- Fue uno de los momentos más exaltadores y arrebatadores de toda mi vida, una de las raras ocasiones en las que comprendemos que podríamos ser infinitamente mejores de lo que somos.

L.G.- Es de suponer que el poder de atracción de una figura como la del Subcomandante Marcos es enorme. ¿Dónde cree que radica su atractivo?

J.S.- En sus ideas y en la forma en la que las expresa. Marcos no tiene sólo una gran inteligencia, tiene también una extraordinaria sensibilidad. Todo lo contrario que los políticos comunes y corrientes.

L.G.- También recibieron críticas, ustedes, Montalbán, etc. ¿A qué cree que son debidas?

J.S.- Esas críticas vinieron del... otro lado. No es preciso decir más.

L.G.- ¿Tanto odio, rencor, y por qué no, envidia, hay entre nosotros?

J.S.- Todavía más odio, todavía más rencor, todavía más envidia de lo que podría imaginar. Un nido de víboras sería poca cosa en comparación.

L.G.- Le voy a hacer una confesión: tengo de salvapantallas en mi ordenador de la oficina, una frase que dice: Cuanto más viejo, más libre, y cuanto más libre, más radical. (José Saramago). Se la leí a usted en una ocasión en otra entrevista. ¿Qué hay de cierto en dicha afirmación?

J.S.- En primer lugar, que pronuncié realmente esas palabras. En segundo lugar, porque, contemplándome, veo en mí una relación casi orgánica entre vejez, libertad y radicalidad. Otros dirán que eso no es posible, que la vejez nos empuja inevitablemente hacia la servidumbre y hacia el inmovilismo. Sí, es cierto, pero, mientras la senilidad no me alcance.

L.G.- ¿No le parece que no todos están preparados para entenderla, tanto la frase como la lapidaria moraleja de la novela?

J.S.- Nadie está preparado si no se prepara, si no es preparado. Yo tampoco estoy preparado para comprender con claridad suficiente lo que ocurrió en el Big Bang...

L.G.- Hubo quienes le reprochaban que no entendiera que los Centros Comerciales son las Ágoras de la antigüedad. ¿Qué tiene que decir a eso?

J.S.- Me dan ganas de reírme de esa idea de que las ágoras modernas sean los centros comerciales. Si así fuese, sería el momento para que nos preguntásemos qué demonio de cultura habíamos heredado de los griegos...

L.G.- La caverna es en el fondo una hermosa historia de amor... ¿la concibió con esa idea?

J.S.- Las historias de amor, en mis novelas, nunca son premeditadas, nacen de las circunstancias. La aparición de Isaura, la mujer de la que Cipriano Algor se enamora, no estaba prevista. Como tampoco estaba previsto el perro Encontrado, que, como se sabe, es otra historia de amor.

L.G.- ¿Qué les diría a los que le acusan de inmovilista por no aceptar el progreso?

J.S.- Es una acusación estúpida. Inmovilistas son aquellos que se encuentran a gusto en un planeta en el que la mitad de la población mundial vive con menos de cuatrocientas pesetas por día, y en el que mil cuatrocientos millones de seres humanos tienen que vivir con menos de doscientas pesetas diarias. Lo que yo exigiría a ese llamado progreso es que empiece a considerar al ser humano como prioridad absoluta. Todo lo que no vaya en este sentido, o es criminal, o es hipócrita.

L.G.- Tengo la impresión, que sólo desde una perspectiva comunista se podría escribir La caverna. ¿Le ayudaron sus convicciones políticas a la hora de sentarse ante el ordenador?

J.S.- No pensé en convicciones políticas mientras escribía La caverna. Pobre de mí si lo hubiese hecho... Sería señal de un artificio imperdonable. Escribí con lo que soy y con lo que pienso. Nada mas.

L.G.- ¿En qué está trabajando actualmente?

J.S.- Se trata de una obra proyectada hace casi diez años y constantemente aplazada. Llevará el título de El Libro de las Tentaciones. Es una autobiografía, referida solamente a la infancia y a la adolescencia de su autor. Lo que fui y lo que hice en la edad adulta es más o menos conocido. Espero que ese libro sirva para que yo mismo pueda conocerme mejor.

L.G.- Usted levanta pasiones allá por donde va, como si se tratara de una estrella de Hollywood, y tiene un componente de seductor que choca con su verdadera edad. ¿Percibe ese acercamiento con sus lectores?

J.S.- Sería una persona insensible del todo si no lo reconociese. Creo que el afecto que los lectores me profesan reposa en el hecho de que saben o intuyen que no estoy engañándoles, ni cuando escribo, ni cuando hablo. En cuanto a la seducción, si es cierto lo que me dice de ese componente de mi personalidad, parece que la vejez, al contrario de lo que generalmente se piensa, es capaz de todo...

L.G.- Siempre recordaré (como tantos otros) el comienzo de su discurso cuando recibió el Nobel, aquella historia sobre su abuelo. ¿Queda muy lejano aquel momento? ¿Lo añora?

J.S.- El recuerdo de mis abuelos no es recuerdo, es presencia constante, continua, ininterrumpida. Continúo siendo su nieto. Para mí, están vivos. Y una de las grandes alegrías que me proporcionó el Nobel, fue haberme dado la oportunidad para, delante del mundo, hablar de las dos personas que para el mundo no tenían ninguna importancia. Y que pasasen a tenerla.

L.G.- ¿Tiene Saramago fe en el futuro? ¿Cree que la literatura aún puede cambiar el mundo, o cuando menos ayudar a ello?.

J.S.- Dejémonos de ilusiones fáciles, de tópicos optimistas. La literatura puede poquísimo. ¿Cambiar el mundo? Nunca ha cambiado. ¿Ayudar a que cambie? Parafraseando el dicho: "Ayúdate, que Dios te ayudará", yo diría: "Ayúdate, que la literatura te ayudará". Pero no son muchos los que quieren que se les ayude.

 

© Luis García 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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