Crónica desde México



X Encuentro Internacional de Narrativa


por Lucía Ramírez y Coronado


l mes de noviembre fue el periodo seleccionado por los escritores latinoamericanos para reunirse en México. Sus objetivos: el Congreso de Escritores, la entrega del premio Juan Rulfo a la escritora brasileña Nélida Piñón, un homenaje colectivo a Salman Rushdie, naturalmente una feria del libro, pero sobre todo conocerse, reencontrarse, intercambiar juicios; todo envuelto en ambiente de cordial rivalidad y diversión acompañada de tequila, cervezas, chile y mar.

En Guadalajara, sede de la feria, no hay mar, pero esa circunstancia no fue obstáculo para que los creadores de fantasías buscaran escenarios acordes a sus pretensiones; así, aunque el destino final fuese La Perla Tapatía, el primer encuentro tuvo lugar en Huatulco, sitio recientemente inaugurado en las playas estupendas del estado de Oaxaca.

El siguiente punto de reunión de este X Encuentro Internacional de Narrativa la ciudad de México; eso sí, sin hacer mucho escándalo porque el punto fue la universidad nacional y tal vez no fuese conveniente un gran aforo, por aquello de la fama de algunos escritores como Carlos Fuentes, cuyos fanáticos suelen abarrotar los locales. El caso es que no se hizo mucha publicidad y los escritores poco conocidos tuvieron que conformarse con un público minoritario en la ciudad más grande del mundo.

Al fin la ciudad de los mariachis, Guadalajara, recibió con sus sones a los creadores de las fantasías del lenguaje en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El asiento protagónico se reservó a Fuentes y Rushdie, quienes presidieron las sesiones. El acto que marcó el inicio fue precisamente la entrega del premio a la escritora portuguesa Piñón.

Las obras de la portuguesa se han publicado en Argentina, Cuba, México, pero mayoritariamente en Colombia; el grupo editorial Norma distribuye sus creaciones. Su obra ya ha sido traducida el inglés, francés, italiano, alemán, polaco, sueco y, naturalmente, al español.

La editorial Norma publicó en 1991 La república de los sueños. En México se editó en 1990 Tebas de mi corazón (CNCA y Alfaguara). Otras creaciones son Dulce canción de Caetana (1994, Norma).

A pesar del éxito que han tenido sus creaciones, Nélida opina que la gran barrera entre la literatura brasileña y el boom latinoamericano es la lengua portuguesa, ésta ha mantenido a los brasileños en la periferia del éxito mundial que muchos escritores hispanoamericanos han disfrutado, como Paz, Fuentes, Vargas Llosa, Onetti y otros tantos.

De su propia obra opina que está inserta en la expresión de la realidad de América Latina, una realidad exorbitada, desbordante e incontinente. Todo ello en los órdenes de las visiones y las realidades del mundo, que" nos hacen tener la angustia de un interlocutor fuera de nosotros, de un extranjero, de un bárbaro". Esto hace que nuestra literatura tenga un carácter autoproclamativo.

En este foro se encontraron también escritores como Iván Angelo, Eric Nepomuceno y Tabajara Ruas (Brasil), José Balza, Luis Britto García, Salvador Garmendia y Ednodio Quintero (Venezuela), Horacio Castellanos Moya (El Salvador), José Ricardo Chavez (Costa rica), Fernando Cruz Kronfly (Colombia), Mempo Giardinelli (Argentina ), Eric Roberge (Canadá), Carlos Fuentes, Gonzalo Celorio, Fernando del Paso, Leonardo Da Jandra, Guadalupe Loaeza y Laura Esquivel (México).

La intención general era la promoción de sus obras internacionalmente, que la industria editorial en español adquiera importancia en este continente hasta ser competitiva con la española.

Con respecto a los objetivos generales y de postura hay una sola acción que el habitante latinoamericano necesita ejecutar: LEER.

De ello son conscientes todos los escritores, cada uno a su manera y con sus propias palabras: alguno, como Giardinelli, dijo textualmente :-¿Ya conoce mi obra? léala, después podemos hablar sobre ella. Presentaré mi último libro en la Casa Universitaria mañana. ahí puede conocerlo.

Leonardo Da Jandra manifestó desear acercarse a los jóvenes porque ellos representan el futuro, y más que leer parte de su obra, como otros lo habían hecho, dijo: "-Creo que los jóvenes están aquí para conocernos, saber que hacemos, cuestionarnos enterarse de cómo trabajamos. Así que estoy aquí para responder sus preguntas.. ¿Quieres que hable? Parece que tengo sobre mi la némesis del transgresor. porque el texto se fué en la camioneta y me quedé sin texto. Pero, sigo todavía siendo el mismo por otra parte. Y... Me opongo, me opongo tajantemente... respeto por supuesto a los colegas, pero considero que esto es como una especie de televisión. Yo salgo raramente del lugar donde vivo y cuando vengo.., hubo una crisis . Además hubo una crisis, esto es un paréntesis, una crisis en la charla en Huatulco, interesantísima, que se prolongó hasta altas horas de la mañana, un muchacho muy lúcido dijo: ustedes menosprecian a sus lectores, no los oyen, entonces, yo no vengo aquí a que me oigan, vamos, yo oigo un texto.., para... ¡Dios mío! Si yo viera a Cervantes, Proust, a Musil a Brock jamás le diría, oye, ¡no me léas tu obra! No quiero oir ni el Sonámbulo ni el Quijote quiero oir de ti cómo creas, cómo produces,.. tienen diez minutos para preguntar lo que quieran sobre mi vida... y mi obra, of course..."

Exhortación al encuentro con los lectores de parte de Laura Esquivel; se atreve a llamarlos a algo más que la lectura, a escuchar parte de la música, incluída en un CD que acompaña a su última obra La ley del amor.

"Para los que de plano detestan la ópera, ¿qué les puedo decir? Sé que de entrada se van a resisitir a escuchar un compact disc. Pero, para su consuelo, alternadamente con la ópera he incluído varios danzones que estoy segura van a ser de su agrado. Si ésto no es suficiente para animarlos, ¿por qué no piensan que están participando en un experimento nunca antes visto y que van a escuchar la música viendo las imágenes nada más para ver qué se siente? o, si fueran ustedes creyentes,¿por qué no ofrecen su sufrimiento a Dios o a favor de los niños desamparados? O, no sé, de seguro con un poco de imaginación ustedes podrán encontrar buenas razones para escuchar la ópera, pero oíganla, no sean cabrones, ¡no saben el trabajo que me dio convencer a mis editores de incluir el compact disc!" La ley del amor p. 13, de. Grijalbo, Méx. 1995.

Todos al fin, ya con la lectura de sus textos o con sus invitaciones, y aún increpaciones, se inclinan porque haya lectores como sus interlocutores.

Imaginemos los millones de hispanohablantes que pudieran leer sus libros si todos los habitantes de América Latina consumieran literatura y el público español lo hiciera con las obras de los latinoamericanos. Pero no es así, por tanto el sueño persiste, habita en las almas de todos éstos que han venido a estar reunidos diciendo al público, que existen y son creadores del mundo imaginario de la literatura.


A continuación se reproducen algunas narraciones realizadas en el Encuentro:

Luis Vite Horacio

Venezolano; galardonado con el premio Casa de las Américas en dos ocasiones, 1970 y 1980, además de haber recibido el premio latinoamericano de dramaturgia Andrés Bello.

El texto que voy a leer está basado en una frase literal que figura en las historias de piratas de Alexander Smelling, al fin de la biografía de cada pirata que se respete, que es: "-Zarpó por última vez y no se volvió a saber más nunca de él".

Encontré la historia final de esa frase aplicada a un caballero muy interesante, llamado Mombars, el exterminador, en una botella, gracias a lo cual pude recontruir la historia que voy a narrarles a continuación, que también podría llamarse, por lo tanto: Manuscrito encontrado en una botella de tequila ante una conferencia en Lunalia.

Mombars, llamado el exterminador, tras abordar la última nave del oceano, clava con un clavo de bronce la cabeza de un cautivo del moco del boprés, para que su lengua pruebe la sal de las olas. Las rémoras devoran la lengua. Mombars, clava con un clavo de hierro la cabeza de un cautivo del palo mayor, para que sus sesos piensen los rumbos. Una proliferación detestable de cangrejillos asciende hasta el palo mayor y desciende trayendo en sus pinzas hebras de sesos hasta que el craneo es un domo vacío como el firmamento.

Mombars clava una cabeza en la mura de babor y otra en la mura de estribor para que los fuegos de la putrefacción le señalen los rumbos. Pero las claveras exhalan fulgores que apuntan hacia la costa, en vano anhelando las tierras de descanso de los camposantos.

Mombars, con su tripulación de caribes, que se hieren la carne antes de la batalla, para entrar en combate vestidos de sangre, como una llama viviente, siente al fin el asco del hombre. Entre todos llenan de lenguas clavadas los aparejos, cada lengua cuenta una historia.

Atado como un crucificado al pinzote sobre el cual pivota el timón, contempla Mombars, el morir de los rumbos. Inutilmente se alzan los soles del mar para caer sobre él e inutilmente las tierras que se hunden como naves naufragadas. El mar naufraga dentro de sí mismo, cada estrella es un clavo que fija un mundo en la soledad de un oceano, y las lenguas clavadas no callan. Mombars se siente ahogado en un mar de saliva, apoya el filo de su cuchillo contra sus tímpanos por no escuchar más las historias de las lenguas clavadas. Mombars mata al fin la palabra, como oidos sangrantes empuja la caña del timón hacia el silencio, sin dejarse engañar por los fulgores de las jarcias que reflejan en la noche las fosforescencias del abismo. Los peces voladores devoran los ojos de los craneos suspendidos de los aparejos. Mombars llega al fin a la calma central de la mar en una agua tan quieta que podría pisar dejando ondas eternas, como un hueco craneo de madero ha clavado la nave en la zona central del abismo.

Mombars mira a su tripulación de caribes vestidos de sangre, uno a otro se van devorando hasta que queda uno solo para ser devorado por el inmenso caníbal del tiempo.


Horacio Castellanos (El Salvador)

Nadamás voy a leer el numeral uno "Con la congoja de la pasada tormenta". Tiene un epígrafe de D. Miguel de Cervantes del Quijote que dice: -que no había hecho más mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era sangre no era sino sudor que sudaba, con la congoja de la pasada tormenta.

El tipo empezó a frecuentar el bar como cinco meses antes de volarse los sesos. Llegaba a la misma hora luego del atardecer, cuando recién habíamos abierto y el calor ya no era tan soporífero. Se sentaba en el mismo banco, en la barra cerca de la caja. Pedía un gin con tonic, lo tomaba lentamente, pensativo como preocupado. De vez en cuando hacía una pregunta, un comentario. Después del segundo trago invariablemente pedía su cuenta, dejaba la misma propina y se iba. Empezó a venir una o dos veces a la semana, luego con más frecuencia, aunque a veces pasaba días sin aparecer. A esa hora casi siempre era el único cliente, me miraba limpiar copas, ordenar vasos, partir limones, ensartar cerezas. Observaba su reflejo en el largo espejo sobre el que también se reflejaban las ringleras de botellas. Lo milico lo exhalaba en el porte, la musculatura, el corte de cabello. Pero no hacía alharaca como los otros que llegaban al bar ya entrada la noche.

Un día preguntó por mi nombre, otra vez por los lugares en que yo había trabajado anteriormente, pero no le interesaba intimar. Hablaba del calor sofocante de la tarde, de lo agobiante del tráfico, luego se perdía en su silencio, hasta que me pedía el segundo gin. En algún momento supe que se llamaba Luis. El capitán Luis Raudales, piloto de la línea aérea Lasa, nadamás, hasta que la noticia de su suicidio apareció en el periódico, perdida entre la cartelera cinematográfica, su foto tamaño cédula, bajo la cual se informaba que el capitán Luis Raudales, de treinta y dos años de edad, había sido encontrado muerto la mañana anterior, en su apartamento de la colonia Las Mercedes. El periódico aseguraba que la víctima se había suicidado con su propia pistola alrededor de la media noche, en un estado de extrema perturbación emocional, nadamás.

Esa noche lo comenté con los meseros y con el jefe, don Giovanni, el dueño del bar, quien nunca lo conoció, porque cuando éste llegaba, el capitán Raudales ya se había ido. De todos modos el jefe me recomendó que me olvidara del asunto. Y de veras me olvidé hasta que unas dos semanas más tarde, también cuando recién habíamos abierto, un cliente, a quien miraba por primera vez, entre sorbos de cerveza, comenzó a sacarme plática a interrogarme, como quien no quería, primero sobre distintas bebidas, luego sobre las horas de más clientela, pero yo lo intuí desde el principio. Quién sabe, quizá por su inconfundible aspecto militar. Por eso no me sorprendí cuando mencionó al capitán Raudales, sin mayor énfasis, como a otro más de sus amigos parroquianos del bar. Me preguntó si lo recordaba, si sabía si había leido la noticia en el periódico. me hice el menso, mientras pensaba.

Enseguida dije que claro había leído la noticia, y entonces arremetió, la frecuencia con que llegaba, si a la misma hora, si solo o alguna vez acompañado, sobre qué platicaba, mencionaría acaso a alguien en especial a quien yo recordara...

Por suerte una pareja de clientes se acomodó en el otro extremo de la barra. No me gustaba el tono del tipo, intimidatorio, como si yo le estuviese escondiédo algo. Le serví a la pareja, fuí a la cocina por ingredientes y más hielos, preparé un ponche. El tipo pidió otro cerveza, con el mismo tono, hasta crecidito, insitió en que necesitaba hablar conmigo, urgente, seriamente, pregunté para qué. El capitán Raudales, por supuesto, su amigo del alma, su hermano, no carnal pero de corazón, se conocían desde siempre, habían compartido tanto... por eso precisamente quería platicar conmigo. Porque él dudaba sobre la versión del suicidio y el propio capitán Raudales le había contado que todas las tardes venía al bar, por eso, porque indudablemente yo también lo conocía como pocos.

Le repetí que su amigo llegaba solo, nunca hablaba con nadie ni conmigo, que apenas permanecía una hora en el bar, en ese banco, señalé. Nadamás. Me disculpé, nuevos clientes entraban al bar, el tipo estuvo un rato más, hasta que acabó su cerveza, luego pagó y se fue.