Editorial



Que la Universidad está necesitada de una profunda renovación es algo que no se le escapa a nadie. Las actitudes encontradas en estos últimos meses respecto a la nueva ley han sido como los árboles que no dejan ver el bosque. Tópicos e intereses corporativos han impedido el debate necesario sobre la situación real de la Universidad española. Más que un debate revitalizador ha sido una discusión sobre cómo se ha de vestir al muerto.

Que cada uno se preocupe por lo suyo es natural, pero que pocos se preocupen por lo de todos, no lo es tanto. Se quejan los alumnos —y con razón— de lo ilusorio de aquellas marchas en las que, codo con codo, caminaban unidos con rectores, sindicatos y profesores tras pancartas reivindicativas. Aprobada la Ley, el panorama es bien distinto y cada uno se ha retirado a su trinchera a tomar posiciones. La sensación de haber actuado como "tonto útil" se ha apoderado de más de uno.

La Universidad es cada vez más una balsa a la deriva. Todo es complejo en ella y todos los debates siguen abiertos sin que se entre en ellos. Se discute con grandes palabras, pero se pelea por cosas pequeñas. La Universidad es hoy en día un proyecto sin ilusión: no hay ilusión entre los alumnos, ni entre el profesorado, ni en sus dirigentes. Todo lo más, intereses. Lo peor que le puede pasar a una institución es que los que entren en ella estén contando los días que faltan para terminar. Tránsito obligado y caminar desencantado.

En el fondo, muchos tienen la sensación de que las leyes no escritas que rigen la vida universitaria seguirán controlando el nuevo escenario, que esta Shangri-la sigue protegida por las escarpadas montañas de la tradición y el hábito. Es difícil construir un edificio nuevo con los mismos ladrillos, los mismos albañiles y los mismos arquitectos.

El Editor

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