Espéculo

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ENTRANDO EN CALOR

 

Local: Galileo Teatro, Madrid
Intérpretes: Pepa Sarsa y F.M. Poika
Texto, dirección y espacio escénico: Jesús Campos García.

 

El reestreno (3-2-02) de Entrando en calor, más de once años después de la primera puesta en escena, no ha perdido interés. Los problemas existenciales que trata tienen plena vigencia. El sentido dramático de su autor ha sabido darle la estructura adecuada. Ha logrado lo que los franceses denominan l’oeuvre bien faite.

La trama es, simplemente, lo que se conoce como una cita a ciegas. En su desarrollo, nos va descubriendo la verdad. Es una verdad proteica, una verdad que cambia a medida que la realidad que percibimos se va desgajando como los cascos de una cebolla.

En principio, las reservas, que los protagonistas de una cita a ciegas guardan, se salvan con imaginación. Más o menos, activan un principio que Noel Clarasó enuncia con estas palabras: “Nadie puede cambiar su pasado, pero siempre podrá contarlo al revés”.

Adán y Eva, los protagonistas, plantean en ellos mismos el problema de la identidad. Se presentan con nombres genéricos, los mismos que tildan la agencia de contactos que los presentó. El deterioro de su integridad física aparece como un síntoma de deshumanización y su incapacidad de entendimiento, que en algún momento pretende ser fingida, es una profunda realidad que sólo puede resolver la violencia.

No sólo la personalidad de los protagonistas nos depara sorpresas. El espacio escénico también cambia sin cambiar. El autor acota que la acción se desarrolla “en un lujoso salón de un apartamento del centro, pero en desorden. Por la ventana, se divisa la copa de un árbol en estado lastimoso y las ruinas de unos edificios en demolición”. Pese a la proyección al exterior que el diálogo nos induce a pensar, apreciamos pronto que todo se produce en un mundo cerrado, un mundo que aproxima la situación al absurdo. Los alimentos y material de derribo acumulados en cualquier lugar nos hacen pensar en “los restos del naufragio”. Como en Final de partida de Beckett, el espacio cerrado parece el efecto de un cataclismo que ha dejado a Adán y Eva solos en un mundo hostil del que nada pueden esperar. La vida carece de finalidad y la muerte no es mas que un accidente inherente a la misma.

Jesús Campos introduce el problema de la libertad como capacidad de decisión, una capacidad que se extingue una vez tomada, pero que les sirve para motivar los cambios virtuales de personalidad y situación con los que los protagonistas buscan inútilmente dar sentido a sus vidas. Los cambios que fingen no se hacen realidad y sus esperanzas se frustran. En el tiempo de ficción de la cita a ciegas -teatro en el teatro-, el erotismo no es el objetivo último. Su esperanza es un imposible que desvela Adán: ”No hay placer, no hay deseo, no podemos tener hijos; entonces, para qué...” Una remota esperanza, como la que aparece en Final de partida: el llanto de un niño, al que es imposible acceder.

Pero atención, el pesimismo existencial que se desprende de lo dicho se produce sólo tras una interpretación de los hechos. El ingenio y la experiencia teatral del autor va dejando al descubierto los aspectos ridículos de las situaciones, con un auténtico sentido del humor. La elección y dirección de los actores, Pepa Sarsa y F.M. Poika, ha conseguido el clima necesario

No es que ponga en tela de juicio la opinión del autor, que confiesa “haber preferido hacer aflorar la tragedia que se oculta bajo las comedias”, es que, como si se tratase de una nueva visión anoxométrica, he querido entender la obra desde el trazado de un nuevo eje ideológico: toda situación, por trágica que sea, guarda siempre un aspecto ridículo. Si no lo ves, es que no has buscado bien.

José GARCÍA TEMPLADO
UCM

 

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/encalor.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002